martes, 11 de agosto de 2020
EVOCACIÓN DEL CABALLERO GENEROSO Entre las numerosas columnas necrológicas aparecidas con motivo del fallecimiento, días atrás, del doctor Norberto Padilla, entre ellas la firmada por José Claudio Escribano en La Nación y por Serio Rubín en Clarín, leí en el diario La Prensa del domingo 21 de junio del corriente, un emotivo recuerdo suyo del historiador Roberto Elissalde. Entiendo que el jurista, docente universitario, estudioso del Derecho Constitucional, el Derecho Eclesiástico y la Historia Eclesiástica, merecía el homenaje del profesor Elissalde pleno de vivencias, sin sobreactuar el autor con datos autorreferenciales, algo que suele ser común en este tipo de recordatorios donde hablar de otra persona es el mejor pretexto para que lo haga de sí mismo el articulista, invirtiendo así los términos de aquella sentencia de Chesterton quien sostenía que las autobiografías son el mejor modo para referirse a los demás. La nota, al destacar en el título la sonrisa a flor de labios tan característica en el rostro del evocado, remite a memorar a los que tuvimos el privilegio de conocerlo y sin duda a imaginar los que no participaron de tal fortuna, la bonhomía interior en grado de beatitud que trasuntaba ese gesto cálido y espontáneo. Sucede que en todo momento demostraba Norberto Padilla consideración y deferencia hacia el prójimo, sustentando sus buenas maneras, su caballeresca urbanidad de cuño provinciano, en fin su “suaviter in modo”, en profundos y acendrados principios éticos de humanismo y humanitarismo y sobre todo en la prédica del Evangelio que le dictaba atender a la dignidad de cada semejante, su hermano en Cristo hecho a imagen y semejanza del Creador. En tiempos de preeminencia del valor útil por sobre el valor moral, aquel que es conveniente a la naturaleza racional del ser humano, Padilla, sabedor de que el bien y la belleza se dan la mano y tan generoso y solidario en el plano de las relaciones interpersonales como impulsor de grandes causas patrióticas y religiosas, se nutrió con los bienes del espíritu y amó la música clásica, la ópera y la buena literatura sin caer en el esteticismo ni refugiarse en ninguna torre de marfil. Así como también investigó con vocación científica temas genealógicos y heráldicos, lejos de toda subalterna vanidad de prestigio social que por cierto poseía en grado sumo, valiéndole esos estudios ser designado miembro del Instituto Argentino de Ciencias Genealógicas fundado en 1940. Hace un par de años encontré por casualidad algunas cartas dirigidas a Carlos Gregorio Romero Sosa en marzo 1961, es decir cuando tenía apenas diecisiete años ya que había nacido en febrero de 1944. Contenían información sobre la familia tucumana Gallo de su estirpe y solicitaban otros datos sobre el particular. Le envié copia de esa correspondencia por correo electrónico y me respondió entre otros conceptos: “Impresionante, la verdad que bastante bien la carta.,....y qué bien gente como tu padre y Jorge de Durañona y Vedia., que atendían y respondían a las inquietudes de los jóvenes.” En tanto los fundamentalistas de cualquier signo monologan sus consignas guerreras, él regó con la rectitud de su conducta y la frecuentación a los sacramentos, la gracia sobrenatural de la fe católica derramada sobre su alma. Adelantado de ella fue quizá el más notorio de los laicos de las últimas décadas jugados por el diálogo ecuménico, el interreligioso y en el caso del entablado con el judaísmo, debe haber celebrado la conclusión de Benedicto XVI en el sentido que el diálogo entre los católicos y el pueblo elegido es más una interlocución intrarreligiosa que interreligiosa. Fundador con su esposa, la teóloga y catequista Gloria Williams de un hogar ejemplar, ajeno a todo relativismo moral y gnoseológico creyó en la verdad única y no a gusto de cada cual, cuando no pervertida hasta la mendacidad de la “posverdad” en demoníaca rebeldía contra el octavo mandamiento del Decálogo. Pero desanduvo la soberbia intelectual de quienes pretenden tener la verdad en plenitud para imponerla. Es más, haciendo conjugar la supremacía de la Verdad con el don del libre albedrío para perseguirla aun entre sombras y contradicciones, manifestó en el año 2000 siendo Secretario de Culto, cuando se cuestionaba la proliferación en colegios católicos de movimientos vinculados al “New Age”: “El Estado no puede ser juez de las creencias de la gente”. Ocupó primero la Subsecretaría de Culto de la Cancillería y luego, durante el gobierno de su amigo Fernando de la Rúa, fue secretario del área. Era el hombre para el cargo y así lo entendieron a su hora las autoridades de diversas confesiones religiosas que celebraron su nombramiento. No le habrá resultado pequeño el desafío, antes había prestigiado la función en dos oportunidades el doctor Ángel Centeno, del que fue asesor y con quien mantuvo fuertes vínculos amistosos en comunidad de ideales cristianos y republicanos. Y hubo antes y después de Padilla otros nombres para recordar a la cabeza de ese organismo, como Ramiro de La Fuente que como publicista escribió sobre las instituciones del patronato y el concordato con la Santa Sede y hoy, de sonar su nombre, será más como el del director del mojigato Ente de Calificación Cinematográfica creado por el onganiato; o Juan Carlos Palmero y María Merciadri de Morini –dirigente del radicalismo cordobés y coautora cuando fue diputada nacional del proyecto de ley de cupo femenino- designados en Culto por Raúl Alfonsín; o el poeta Ricardo Adúriz y, hasta su renuncia en 1998, el embajador Santiago de Estada con el presidente Mauricio Macri. Cabe hacer mención que la Secretaría de Culto durante el gobierno del doctor Carlos Saúl Menem fue trasladada, encabezada por el dirigente católico santiagueño Juan José Ramón Laprovitta, al ámbito de la Presidencia de la Nación. Y que precisamente con Norberto Padilla volvió al Ministerio de Relaciones Exteriores según lo prescribía desde 1898 la ley de ministerios número 3727, como lo subrayó en un artículo publicado en La Nación el 7 de diciembre de 1999 el notorio periodista Jorge Rouillon. Pocos dominaron como Padilla la historia de los vínculos entre la Iglesia Católica y el Estado Argentino y ello queda demostrado en publicaciones como “Relación Iglesia-Estado: la experiencia argentina”; “El derecho de la libertad de cultos. Constitución Argentina. Análisis doctrinal y jurisprudencial” en 2009; “La crisis del patronato”, trabajo que en 2015 publicó la Academia Nacional de la Historia y en su conferencia de incorporación como miembro de número a la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas –donde su padre: Alberto G. Padilla, ocupó el sitial de Félix Frías- pronunciada en sesión pública del 10 de julio de 2019, sobre “Libertad Religiosa y Estado Confesional”. **** Con haber expuesto lo que antecede, no representan esas líneas escritas a vuelapluma mis sentimientos de permanente gratitud y de consiguiente dolor ante su muerte; y aquí sí creo que me cabe en su memoria dar un testimonio retrotrayéndome a una dramática situación que me tocó vivir a partir del Viernes Santo de 1976. Esa mañana ingresó a casa una patota policial que me vendó los ojos y condujo a algún lugar para interrogarme sobre cosas y personas que por supuesto ignoraba. Después supe que estuvimos –porque asimismo esa jornada fue conmigo secuestrado mi padre, lo cual habla de la irracionalidad de la represión ilegal montada por la dictadura- en la tenebrosa Coordinación Federal de la PFA en la calle Moreno 1417, lugar hoy señalado como centro clandestino de detención y tortura. Mi madre desesperada y sola con mi hermana apenas veinteañera recurrió a Norberto Padilla, nuestro vecino del quinto piso de la calle Laprida al 2100 y él, en momentos en que era difícil hasta que un abogado se expusiera a presentar y firmar “Habeas Corpus”, algo que destaco aquí se ofreció de inmediato a tramitar el amigable y ya ciego doctor Esteban Casaraville -un penalista de nota y profesor universitario de Derecho Comercial-, salió a buscarnos por comisarías y cuarteles con heroica desatención a los riesgos que corría. Pero sé que además rezó por nuestra aparición con vida cosa que a poco ocurrió felizmente. Tengo para mí que la oración de este hombre de Dios en la tierra fue escuchada.- (Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa el 5 de julio de 2020 y antes en Salta Libre el 26 de junio de 2020.-)
miércoles, 1 de julio de 2020
UN DISCÍPULO DE GOUNOT EN LA SALTA DE FINES DEL SIGLO XIX
Contaba
yo pocos años –y pido perdón por ser autorreferencial- cuando el sacerdote de
origen alemán y extensa actuación religiosa, cultural y docente en el país, R.
P. Santiago Lichius (1877-1973), perteneciente a la congregación del Verbo
Divino, visitó un día nuestra casa. Este organista virtuoso, compositor,
musicólogo y frecuente colaborador en los periódicos con notas sobre crítica
musical y temas piadosos, recibió en la oportunidad de manos de mi padre,
varias partituras originales de quien fuera también otro creador musical, en su
caso de finales del siglo XIX y principios del XX: el salteño presbítero doctor
Clodomiro Arce Romero, nacido en la ciudad del cerro San Bernardo el 14 de
noviembre de 1854 y fallecido allí el 27 de septiembre de 1909.
Habrá motivado la entrega de esas partituras,
el convencimiento que nadie mejor que el padre Lichius para analizarlas y en su caso difundirlas.
Ignoro qué piezas o fragmentos de ellas pudieron haber sido las obsequiadas entonces,
ya que en las biografías del doctor Arce, tanto
la incluida en el Diccionario Histórico Argentino, dirigido por los
historiadores Ricardo Piccirilli, Francisco L. Romay y Leoncio Gianello; como la
inserta más tarde en el Nuevo Diccionario Biográfico Argentino de Vicente
Osvaldo Cutolo, se lo menciona como compositor
de dos misas, de numerosas piezas musicales para órgano de carácter litúrgico y
de una Rapsodia de proyección folclórica. En tanto que el historiador salesiano
R.P. Arsenio Seaje en su obra “La
Iglesia en Salta. Fichas cronológicas para su historia 1806-1985)”
publicada en 1986, además de referir que
fundó una banda de música instrumental y un Coro Polifónico que dirigió por
diez años y de aludir a su gran amistad y colaboración con otro sacerdote: el
franciscano natural de Italia fray Benjamín Cenci, creador de la primera Schola
Cantorum de Salta, ratifica su autoría de temas de música religiosa y de otros
de tono popular.
Tiempo
después el P. Lichius proporcionó al
obsequiante una hoja pentagramada que contiene la obra original de Arce para
voz y órgano con arreglos de aquél según se lee al final con su letra y firma, titulada
“Ecce altare domini”, expresión bíblica que se repite en función de antífona en
la partitura.
No era
improvisada ni accidental la pasión musical de Arce. En la obra de Roberto G.
Vitry: “Mujeres Salteñas” publicada en
Salta en el año 2000, al trazar la
biografía de doña Antonina del Carmen Alvarado de Moyano, hija del brigadier
general Rudecindo Alvarado, dama patricia a la que la historia del
Noroeste Argentino reconoce como notable benefactora. Entre las muchas obras
caritativas y piadosas debidas a su generosidad que se enumeran allí como la
contribución para erigir la torre de la
basílica de San Francisco y la construcción de su altar mayor o la restauración
de la histórica torre de la iglesia de la Merced , también
Vitry aporta el dato -vivo por cierto en la tradición familiar- que Carmen
Alvarado de Moyano fomentó la vocación artística de Arce y su particular inquietud por la música sacra, llegando a costearle un
viaje a Europa en su juventud para que en París se perfeccionara en armonía y
composición con Charles Gounot. Al respecto solían testimoniar sus
hermanos Josefa y Pascual Arce quienes lo
sobrevivieron varias décadas, sobre la veneración que manifestaba por el genial autor de “Fausto”. Incluso en
uno de sus posteriores viajes al Viejo Mundo visitó al
antiguo maestro en su residencia parisina de St. Cloud.
Hijo de
Felipe Arce y Zelarayán y de Matilde Trinidad Romero de la Corte , sobrina del general
Güemes, Arce realizó sus estudios
sacerdotales primero en su provincia y luego en el Seminario de Loreto, en
Córdoba, en cuya universidad se doctoró en Derecho Canónico. Ordenado sacerdote
en Salta en 1878 por su pariente, el franciscano monseñor Buenaventura Rizo
Patrón, tercer obispo de la diócesis salteña, fue luego catedrático en el
Seminario Conciliar de Salta fundado por el mencionado pastor en 1874 y del que
llegó a ser rector. Al respecto informa Andrés Mendieta que Clodomiro Arce –al
que nombra Elías Clodomiro como asimismo lo hizo al trazar su biografía el citado
padre Arsenio Seaje- promovió la creación de ese seminario en una iniciativa a
la que pronto se sumaron el padre Mateo Apaza que recorrió evangelizando las serranías de
Guachitas y Cerrillos y el canónigo Luis B. Alfaro.
Canónigo de la Catedral de Salta y fiscal eclesiástico, el diario La Provincia dirigido por
el poeta satírico Nicolás López Isasmendi, en la nota necrológica que le dedicó
el 28 de septiembre de 1909 donde informaba que el acto del funeral se realizó
en la Catedral ,
subrayó su condición de “decano del
venerable cabildo eclesiástico de esta diócesis”.
Se desempeñó antes como párroco de Nuestra Señora de la Candelaria de la Viña en la segunda mitad del
siglo XIX, cuando activó la edificación de la torre y el campanario que
proyectó el ingeniero Rauch, como informa Telma Chaile en su trabajo “La
tradición de la Virgen
de La Viña.
Construcción colectiva y homogeneización de los relatos
devocionales en Salta, Argentina, afines del siglo XIX y principios del XX”
(Hispania Sacra, Vol 65, Nro. 132 (2013). Esa iglesia debió ser entrañable para él: su tío el canónigo Pascual Arce Zelarayán –que firmaba “Arze”
con z- había ejercido allí el ministerio parroquial y promovido la creación del nuevo templo de estilo italianizante,
hoy Monumento Histórico Nacional; en tanto que su abuelo materno, el guerrero de la Independencia y del
Brasil, Gregorio Victoriano Romero González, había donado en su juventud
terrenos de su propiedad situados en la actual calle Alberdi al 400, para que
junto a la modesta capilla original del Nazareno o capilla de La Viña , se erigiese un templo
destinado a honrar la advocación de Nuestra Señora de la Viña , lo cual se concretó décadas
más tarde con el producido de nuevas donaciones de otros fieles.
En 1903 –da cuenta un artículo aparecido en El
Liberal de Santiago del Estero el 18 de mayo de 2019- el doctor Arce era
visitador diocesano del obispado de Tucumán a cargo de monseñor Pablo Padilla y
Bárcena y a sugerencia suya, se decidió desmembrar del curato santiagueño de
Matará a Mailín y constituir allí una nueva parroquia próxima al añoso
algarrobo donde se inició la veneración
del Señor de los Milagros de Mailín. Además
fundó en Salta la Sociedad
de Obreros Católicos de San José, que se integró luego a los Círculos Católicos
de Obreros creación del sacerdote redentorista Federico Grote en 1892. Actuó en
la prensa local divulgando a través de los
periódicos por él fundados: “El obrero” y “El deber” así como “Democracia” que
dirigió, las ideas en materia social de
la encíclica “Rerum Novarum”, asomando a la sociedad salteña conservadora y en
el mejor de los casos paternalista, a la llamada “Cuestión Social”. En 1908
participó en la primera peregrinación argentina a Tierra Santa junto a figuras
eclesiásticas y laicas de prestigio, entre aquéllas el tucumano monseñor Julián Toscano –hoy
enterrado junto al altar mayor de la
catedral de Cafayate donde fue párroco-, monseñor fray Zenón Bustos y Ferreyra,
monseñor José Américo Orzali, el entonces franciscano fray Pacífico Otero,
después eminente historiador sanmartiniano, o
la madre Camila Rolón, fundadora de la Congregación de las
Hermanas Pobres Bonaerenses de San José y cuya causa de beatificación y
canonización se tramita en la actualidad.
Del periplo iniciado en el puerto de Buenos Aires rumbo a los lugares
sagrados de la cristiandad dejó
testimonio escrito en sus “Memorias de viaje
a Palestina”. En 1903 el papa León XIII le otorgó la cruz “Pro Ecclesia et
Pontífice” y suscribió el
correspondiente diploma que acompaña a la condecoración el entonces Secretario de Estado, cardenal
Mariano Rampolla.
Aparte de la fundamental dedicación al orden
sagrado y de su afición por la música, el doctor Arce tuvo gran interés por las ciencias naturales y destacan
sus biógrafos que reunió un herbario en su hogar que lucía en vitrinas en la
sala donde ejecutaba su armonio; como si esos testimonios muertos de la
naturaleza le inspiraran volar hacia las regiones inmateriales e imperecederas
del arte. En especial desarrolló estudios geográficos, etnograficos y arqueológicos
y participó en expediciones arqueológicas junto al nombrado monseñor Toscano,
destacado historiador y arqueólogo autor
de ensayos en la materia tales como: “La
región calchaquina” (1898) e “Investigaciones sobre arqueología argentina” (1910).
Y también asistió en sus investigaciones de campo al ingeniero Víctor J. Arias,
uno de los primeros estudiosos de la
Cultura de La
Candelaria que después profundizó Alfred de Metraux. En una de esas expediciones, el doctor Arce halló
al norte de Cachi un vaso lítico
ceremonial con forma de jaguar hembra en estado de parición, con guardas decorativas
en su exterior talladas en la piedra que representan hojas de árboles. Esa
pieza despertó en los años cuarenta del siglo pasado la atención del
antropólogo José Imbelloni, en tanto Dick Edgar Ibarra Grasso destacó en el
objeto alguna influencia del Tiahuanaco.
Es de imaginar a Clodomiro
Arce Romero –o Elías Clodomiro al ser bautizado-, un día con el oído atento al
pentatonismo andino de raíz incaico revivido en las nativas bagualas. Y extasiado
otra jornada frente a la sublimidad de las melodías de Charles Gounot, al tener
el privilegio de escucharlas en versión del maestro. O tragando tierra en sus excavaciones
arqueológicas y al regreso de cada yacimiento,
dado a predicar desde el púlpito con inspiración ascética enriquecida por esas experiencias, aquel
pasaje del Genesis: “polvo eres y al
polvo volverás”.-
(Carlos
María Romero Sosa, se publicó en LA
PRENSA , el 7 de junio de 2020.-)
domingo, 28 de junio de 2020
TIEMPO DEL ABURRIMIENTO
TIEMPO DEL ABURRIMIENTO
Que el diablo te encuentre siempre ocupado
San Jerónimo
Cargamos la cruz del tiempo
y en su vía dolorosa,
nuestra imagen marcaremos
como a una nueva Verónica.
Nada más y nada menos
dándonos la exacta forma;
ni olvidos ni noches pueden
agregar sombra a la sombra.
Pero también hay un tiempo
a desandar en las cosas
en vez de reconocernos
al ir por sendas tortuosas.
Tiempo del aburrimiento
si distracciones no rondan
el vacío que hay adentro,
en continua trayectoria.
Tiempo del aburrimiento,
con su carga que desploma
inquietudes y misterios
dibujando paradojas:
cerrar los ojos sin vernos
tanteando espesuras hondas,
si interrogarnos no es reto
y Dios, pensamos que sobra.
El caso es que allí, desiertos
y desconfianzas se anotan
y aburrirse es un compuesto
de las desazones todas.
(Carlos María Romero Sosa, se
publicó en La Prensa ,
el 31 de mayo de 2020.-)
PROPÓSITOS
Con mi lápiz dispuesto en línea recta
yo escriba o tache sin doblar el ánimo;
y que a esta hoja de papel en
blanco,
no la oscurezca el bosque de una pena.
Puesto de pie ocupo poco
sitio,
sobra la sombra y me ata con su nudo;
mas de cielo en arenga y mar tranquilo
vea en azul cada rodar del mundo.
Con mi lápiz dispuesto, letra a letra,
teja como un abrigo los recuerdos
que se amontonan y remolinean
cuando la soledad desata vientos.
La rama me insta a su virtud flexible.
Pasa la brisa que exhaló cada
árbol
y debo yo de auroras revestirme;
es ya el alba sonante de los pájaros.
(Carlos María Romero Sosa, se
publicó en La Prensa ,
el 3 de mayo de 2020.-)
jueves, 11 de junio de 2020
CUARENTENA
CUARENTENA
Busqué la soledad con egoísmo
y en soledad, Señor, me
desconozco.
Del mundo vi el semblante
torvo y hosco
pero huirle no lleva hacia
uno mismo.
Me obsesionó en la playa el
cromatismo
del azul, tan opuesto al tilde
tosco
de mi sombra volcada como
abismo
para el derrumbe en que me
reconozco.
Debí tender la mano, oír
mensajes,
aun los ajenos a mi
pensamiento
y al recibir del prójimo
señales,
deletrear sus banderas en el
viento.
Lo pienso en el destierro
ideando viajes
no sé hacia qué jardines o
qué eriales.
(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa el domingo 29 de
marzo de 2009.-)
miércoles, 18 de marzo de 2020
"LLAMAN A LA PUERTA" DE SANTIAGO SYLVESTER, O LA POESÌA EN ACCIÒN E INTERACCIÒN
El más reciente libro de poesía de Santiago
Sylvester: “Llaman a la puerta”, muestra desde el título un ánimo para ejercitar
el enriquecedor Yo-Tú. En ese sentido es
de anotar que en una continuidad no
iterativa, bautizó “La conversación” a su anterior entrega poética, publicada
en España en 2017; antología o suerte de summa
de su producción hasta esa fecha.
Claro está que el autor parece marcar reglas al dar el primer paso tendiente a entablar esa
plática donde la realidad con sus manifestaciones más actuales, concretas y
hasta prosaicas como el facebook, resulta una materia prima a ser moldeada mediante
la interrogación poética por su fondo y su alcance; es decir por su verdad en
el sentido de ejercicio develador de esencias. Por lo mismo
los versos libres que componen “Llaman a la puerta”, sugieren en su
génesis los mismos asombros que impulsaron hace más de veinticinco siglos el quehacer
filosófico a orillas del Jónico y el Egeo, no en vano la mención a Platón en la primera
página y a Heráclito en la 24.
En cuanto a aquellas antedichas reglas, por
de pronto una impone el rechazo al demagógico y promiscuo tuteo con los
lectores. En consecuencia no representa un detalle menor el reiterado empleo de
la tercera persona del singular o del trato de usted en varios pasajes. “Las palabras
primordiales no significan cosas, sino que indican relaciones”, explicó
Buber. Y esas relaciones se intentan aquí, nunca poniendo distancia, pero sí es de suponerlo, con la conciencia de que al proponer desde el
papel puntos de vista personales y rigurosos con la clarividencia que “no hay seguro a todo riesgo”, es requisito
antes que la mera y superficial complicidad,
una respetuosa atención –y una contagiosa tensión- entre el emisor y el
receptor del mensaje, cuyo campo de
acción no puede ser por cierto el uso
del tuteo: “No olvide que estamos
rodeados de precedentes,/ ese hombre que cruza la calle está tapado de
precedentes,/ el saludo que le envío ahora/ es casi sólo precedentes.”
La
actitud y aptitud para el diálogo de
Sylvester -miembro de número de la Academia Argentina
de Letras, designado en 2015- es propia de quien con instinto, conciencia, responsabilidad, vocación e inspiración, se afirma en un aquí
y ahora donde la zozobra no lo desvincula sino más bien lo religa con el mundo
de la vida y su mapa tentativo y tentador de posibilidades y hasta por qué no
riesgoso de imposibilidades, que en el ciclo de las concausas alcanzarán su marca
de peripecia: “vivimos en zigzag” dice ni pesimista ni optimista y más bien
catador fino del gusto del Sí y el No, frente a los que “ningún sobresalto está fuera de servicio”.
Los parlamentos de Sylvester no lo son en
consecuencia con la musa inspiradora, según la tradición forjada por
antecesores suyos en el oficio lírico, sino que se disparan con mensajes plenos
de imaginación y sabiduría (de vida precisamente), presentados con sobria
belleza y dirigidos a sus semejantes de carne y hueso. Será por eso que no dice
el título de este poemario “tocan” a la puerta, sino “llaman” a ella. Y es que
entre el ejercicio de los nudillos y el reclamo de la voz humana se abre un mundo a
captar, a recrear y a reordenar por el arte. Ello no implica obviar el riesgo
que tras los reiterados golpes a una
puerta cerrada no haya nadie del otro lado, como en la obra teatral “La
cantante calva” de Ionesco.
Las dos partes del libro, si bien
identificadas en cuanto a la formalidad versolibrista, el lenguaje preciso y a
la vez instigador de aperturas de
significación, las enumeraciones y las
definiciones propuestas en función de hitos orientadores: “La proporción consiste en que
las cosas no sucedan todas juntas” o bien: “un precursor es el que ha llegado antes de tiempo,/ un plagiario el que
ha llegado tarde”, representan dos enfoques a complementarse en unidad de
temores y temblores. Así la primera parte, en algún punto fiel al precepto del
neoyorquino Louis Zukofsky: “Nada de metáforas”, aparece más objetivista. En tanto la segunda: “Fotos familiares”, deja
traslucir ex profeso cierta subjetividad
que despunta en el cielo de lo entrañable y apunta a no perderlo de vista, aun
a riesgo de pesares cuando “los brazos están rotos por haber abrazado las nubes”, según escribió Baudelaire.
Una subjetividad recatada y no disimulada recorre
por ejemplo la composición “El cigarro de mi padre”, donde se filtra la cuota de añoranza que impulsa al poeta a
imaginar –y vincular- en los signos del humo lejano del tabaco, las vocales y las
consonantes de un diálogo imposible ya: “Su
cigarro era una conversación con épocas distintas: el que había sido,/ el que
pudo ser y el que ya no sería;/ recogía miradas que ya no estaban en ningún
lugar/ y medía un tiempo descartado, otro recuperado:/ tan lejos de nosotros
que ya no había cómo acompañarlo”.
La lectura disparadora de inquietudes de “Llaman a la puerta”, tentativamente encauzada
por los títulos en letra pequeña y entre paréntesis dispuestos sobre cada poema,
reafirma el juicio vertido tiempo atrás en El País de Madrid por Alberto
Manguel: “La obra de Santiago Sylvester
es una de las más admirables de la poesía contemporánea en castellano. En esta
época de angustia e incertidumbre (como todas) Sylvester es el profeta de la fe
en lo temporal y lo constante”.
****
Santiago Sylvester nació en Salta en 1942.
Se recibió de abogado en la
Universidad de Buenos Aires, trabajó en su juventud como
redactor en La Prensa donde
afianzó amistad con Oscar Hermes Villordo y el jujeño universal Jorge Calvetti.
Desde mediados de los años setenta del siglo pasado vivió en Madrid en un “transterramiento”
-por utilizar el término que acuñó el filósofo José Gaos- que se prolongó por
veinte años. Recibió allí premios, como en 1993 el Gil de Biedma conferido a su
libro “Café Bretaña”, por un jurado
presidido por Rafael Alberti e integrado por Mario Benedetti, José Manuel Caballero Bonald, Félix Grande y
Francisco Pino. Alternó las letras con
el asesoramiento profesional en materia de Derecho Laboral a la UGT (Unión General de
Trabajadores), la organización sindical obrera española de tendencia socialista
y socialdemócrata. De regreso al país publicó además de poesía, libros de
ensayos, de cuentos y reunió antologías de poetas del Noroeste Argentino.
Sylvester
es un integrante significativo de la generación
literaria que siguió a la del sesenta, aquella que más experimental que
sentimental dejó atrás el neorromanticismo
que caracterizó a su antecesora del cuarenta -y algo a la del cincuenta que
historió Luis Ricardo Furlan- entre batientes tambores de guerra revolucionaria
en los casos de Gelman, Urondo o del
algo menor en edad Alberto Szpunberg, cuando no afinó el verbo en la voz metafísica y de arcangélicos tanteos del
salteño Jacobo Regen.
Casado con la escritora, crítica e
investigadora literaria Leonor Fleming, manifiesta a quien quiera escucharlo que
se siente próximo en la cosmovisión estética y cómplice en
experiencias de vida –en algunos casos el exilio-, con sus pares generacionales
Horacio Salas, Luis Felipe Oteriño, Fernando Sánchez Sorondo y sus
comprovincianos Leopoldo Castilla y Teresa Leonardi, fallecida ésta en marzo de
2019. Empero, salteño de pura cepa al
fin y ajeno a todo parricidio intelectual, sigue abrevando en la fuente
inagotable de los creadores de su terruño. Así en Joaquín Castellanos, el autor
en 1887 de “El borracho” que en 1923 reeditó como “El temulento”, un término que criticó Lugones
por considerarlo “voz erudita, latín puro”.
De Castellanos que con Leandro Alem participó y fue herido en los
sucesos del Parque en 1890 y se
desempeñó como legislador provincial y nacional, ministro en la provincia de
Buenos Aires durante la gestión de
Bernardo de Irigoyen y gobernador de
Salta entre 1919 y 1921, destacó Sylvester en un artículo de 2005, la condición
de “poeta militante, no sólo como ideólogo, sino como actor de la
vida política”. Y como no podía ser
de otra manera abreva también en Juan
Carlos Dávalos, al que dedicó un estudio hace poco dado a la imprenta.
Hasta recalar en otro de sus autores predilectos:
su amigo y en mucho maestro Raúl Aráoz
Anzoátegui. Del creador de “Tierras
altas” y “Rodeados vamos de rocío”,
Sylvester celebró en La Prensa el 4 de
agosto de 1985 tanto su voz poética cuanto su acogedora casa de Limache con su invernal fuego encendido, frente al que
el filósofo de Éfeso bien podría repetir aquello de “Aquí también hay dioses”. Y
es de representarse que todo sacro fuego, en crepitante acción no devoradora
sino integradora, requiere de la
interacción de quienes reunidos a su alrededor, leña a leña y verso a verso lo
alimenten. En esa tarea anda.
(Carlos
María Romero Sosa, se publicó en La
Prensa el 8 de marzo de 2020.-)
jueves, 12 de marzo de 2020
ERNESTO CARDENAL CON LA ANTORCHA DE DARÍO
Hubo una vez un poeta
nicaragüense llamado José Coronel Urtecho autor de una “Oda a Rubén Darío”. Recordaba allí cómo su celebrado enseñó a “criar Centauros a los ganaderos de las Pampas”, algo que debió representar
un infructuoso aprendizaje para nuestra
oligarquía vacuna, en el mejor de los casos refinada y en el peor y más general
tilinga. Y aconteció luego, que otro poeta nicaragüense, Ernesto Cardenal, granadino
y sandinista igual que su maestro en las letras y el alma insumisa, le
dedicó la magnífica –valga el adjetivo y
el adjetivar- “Epístola a José Coronel Urtecho.”
Urtecho,
como en ritual de traspaso de una antorcha
olímpica entre sones triunfales de flautas y liras que el Cisne de Nicaragua encendió con el “Responso a Verlaine”, el “Elogio al Illmo. Obispo de Córdoba fray Mamerto Esquiú” -de 1896- o la “Oda a Mitre” -publicada en La Nación el 10 de marzo de
1906-, entre otras magnas composiciones celebratorias, la recibió espiritualmente
del libertador del idioma fallecido en 1916, el que advirtió a Teodoro Roosevelt: “Tened cuidado”; y con esa tea encendida corrió hacia la meta
de la perfección estética con su propia “Oda”
en los brazos. En tanto que Cardenal la tomó en el aire de Urtecho, cruzando ampliamente
la línea de llegada con su “Epístola”.
Y según era de rigor heredado el
Verbo, todo no quedó y no podía quedar en palabras vacías sino en voces en armas con inflexiones de tensión de
músculos. Voces como clarinadas para despertar la acción contra toda
prepotencia. Voces de apoyo y solidaridad militante, nunca de mando: “El Norte es el que ordena”, supo diferenciar Mario Benedetti.
En un tiempo no tan lejano fue también el de la dictadura lingüística contra la que reaccionaron aquí
Sarmiento y Juan María Gutiérrez. La de la Real Academia Española
con sus otros autos sacramentales disponiendo quemar hasta la ceniza del olvido
en los suburbios del idioma los términos tenidos por americanismos y otros
ismos, imposibles de fijar y dar esplendor a juicio de sus miembros, tan autocomplacientes
de sí al punto de solazarse “Inmortales”.
“Se le adivinan las plumas del
indio” se dijo de Darío al llegar a la Madre Patria. Y era
cierto más allá del destrato, porque era heredero en buena ley de las insignias
del poeta emperador Netzahualcoyótl, el
mismo que predicó que todo hombre era su
hermano, antes de la cruz por la espada de los europeos olvidados de que “todos los que tomen la espada, a espada
perecerán” en Mateo 26: 52.
Ernesto Cardenal, en su “Epístola”, demostró
entender perfecto, es decir hasta el final,
quién gana y quién pierde con el juego
sucio de las palabras devaluadas. Esos rótulos oportunos hoy para el relato
neoliberal con que también en la Argentina babelizó el macrismo
por las malas artes de los Durán Barba y demás amanuenses de las Fake news. Escribió el apóstol de Solentiname: “A los bancos les interesa que el lenguaje
sea confuso./ nos ha enseñado el “maistro” Pound/ de ahí que nuestro papel sea
clarificar el lenguaje./ Revisar las palabras para el nuevo país.” Y en su libro “Homenaje a los indios
americanos” de 1972, insistió sobre el lenguaje, los poetas han de ser “los descubridores de la Flor-Canto / el único
modo/ de decir verdad sobre la tierra.”
Bien sabemos que aquel nuevo país
augurado en la “Epístola”, no es otro que “Nuestra América” como decía Martí, a
merced desde la conquista y colonización de mendaces retóricas. Ya el padre
Leonardo Castellani gustaba traducir “denarios” por “dólares” y Ernesto Cardenal
en su estilo exteriorista, acorde al
tiempo usó la palabra: “bancos”. Es que
en el peor de los sentidos lo son los prestamistas de la usura internacional y el
Fondo Monetario; éste último con el lenguaje embustero de sus “recomendaciones”
que no son otra cosa que “imposiciones”. Y el mismo que cuando envía sus misiones técnicas para “revisar las cuentas
públicas” quiere decir que lo hace para “planear nuevos ajustes”.
Si se lo permitimos, claro. Y si se lo permiten los gobiernos populares
a los que buscan embretar y condicionar con guerras de noticias. Pero que no nos engañen tampoco los cantos de
sirena de los policías buenos. “Algunos
capitalistas son de buen corazón. Por eso no es cambiar el corazón sino el
sistema”, sigue proponiendo Cardenal en su “Epístola.” Y enseña también allí, menos biblista a lo Prefecto de
la Congregación Para
la Doctrina
de la Fe , que propiamente lector del Libro entre
sacudones de misticismo, que “caridad en la Biblia es sedagah (justicia) y limosna (devolver).”
En eso estuvo siempre el poeta de “Ghetsemani Ky”, “Epigramas”, “Salmos”, “Oración por Marilyn
Monroe y otros poemas”, “Homenaje a los indios americanos”, “Cántico cósmico”.
En eso anduvo el hombre que ingresó treintañero
a la Trapa en 1957 y fue discípulo de Thomas Merton. En eso el poco después
ordenado sacerdote y “sacerdos in
aeturnum”, más allá de la suspensión “Ad
Divinis” decretada por un Sumo Pontífice que no actuó parecido con los
curas pedófilos. En eso el revolucionario que abrazó hasta el final la Teología de la Liberación y no desechó
aspectos del análisis marxista en coincidencia con el fraile dominico brasileño
Carlos Alberto Libánio Christo, más conocido como Frei Betto, otro teólogo de la liberación que
razona al respecto: “Así como Santo Tomás
de Aquino ha utilizado la filosofía de
Aristóteles, que era pagano, para elaborar su teología; hoy para comprender
mejor las contradicciones de la realidad y sobre todo del sistema capitalista,
hay que utilizar categorías marxistas.” En eso el sandinista que ocupó el
Ministerio de Cultura en los inicios de la Revolución , que
entendió luego traficada en corrupción y despotismo y por tal resultó el actual gobierno de Daniel Ortega objeto
de críticas suyas que le costaron persecución.
El 1 de marzo de 2020 Ernesto Cardenal se retiró a poco de cumplir en
enero los noventa y cinco años a su celda del Cielo, abiertas las ventanas a
la gran Luz sin ocaso.
(Carlos
María Romero Sosa, se publicó en Salta Libre el 6 de marzo de 2020 y en versión
definitiva en la revista Con Nuestra América, de San José de Costa Rica, el sábado
7 de marzo de 2020.-)
domingo, 8 de marzo de 2020
DEVOCIONES Y NAUFRAGIOS EN LA POESÍA DE FRANCISCO JUAN PÓLIZA
A
edad infantil leí o me leyeron los versos
de “La pipa de mi papá”, de Francisco Juan Póliza, incorporados junto con
otras composiciones poéticas de José Sebastián Tallón, César Tiempo, Juan
Carlos Dávalos, Arturo Capdevila y Horacio Enrique Guillén a la antología “Poesía
Argentina para Niños”, que editó el Instituto Amigos del Libro Argentino y
reunió Aristóbulo Echegaray, un
integrante del Grupo de Boedo nacido en 1904 y fallecido en 1986, quien además
de su labor literaria presidió con dignidad y valor cívico en los años de plomo
de la dictadura la
Sociedad Argentina de Escritores.
Lo cierto es que algo o bastante habrá tocado mi espíritu ese suelto romancillo,
tal como la preceptiva literaria llama a las formas romanceadas de arte menor, es
decir de metros de menos de ocho sílabas, que nunca se borró de mi memoria. Y
es que a veces la sencillez y la claridad saben revelar y trasmitir, al rechazar
malezas de palabras vacías y metáforas incongruentes, el más puro sentimiento, igual
que lo hace “la túnica sencilla y
elegante/ con que se adorna y viste la hermosura”,
según la imagen presente en un poema de Calixto Oyuela.
Muchos años después al transitar en el barrio de la Boca por la cortada Práctico
Póliza, que nace en la calle Brandsen al 900 y
termina en Olavaria al 800, una presencia
en la nomenclatura porteña dispuesta por
Ordenanza Nro. 3877 del 14 de agosto de
1934, ratificada por Ordenanza Nro. 11.157
del 15 de diciembre de 1940, el instrumento que además dispuso –reseña Vicente
Osvaldo Cutolo en su obra en dos tomos “Buenos Aires Historia de sus calles y
sus nombres” (1988)-, descubrir una placa recordatoria con la inscripción: “Práctico Póliza, Francisco. Héroe civil.
Bello ejemplo de heroísmo. Entereza moral y firmeza”, me interrogué sobre el posible vínculo del
allí homenajeado marino con el autor del mismo apellido y nombre de aquellos versos que dicen o rezan: “Tengo la pipa/ de mi papá:/ ámbar y espuma,/
frutos de mar./ La pipa sabe/ la ley del mar. Fue marinera/ y compañera/ de mi
papá./ Murió mi padre/ por ley del mar. Tengo la pipa,/ beso la pipa/ de mi
papá./ Por sus recuerdos:/ cofre y amor,/ rescoldo y gozo/ del corazón; y sus
colores/ tueste y albar/ y oro ambarino,/ dulce es fumar. Fue marinera/ de río
y mar;/ eso es la pipa/ de mi papá./ Busco alegría,/ busco la paz:/ eso es la
pipa/ de mi papá./ Tuve tabaco,/ no tengo más…/ ¡ni hay en la pipa/ de mi
papá!/ Tengo la pipa,/ miro la pipa,/ beso la pipa/ de mi papá.”
Finalmente advertí que se trataba del padre del poeta, efectivamente
muerto “por ley del mar”, aunque en
el río Paraná cuando en junio de 1931 el
barco de bandera sueca “Anglia” en el
que viajaba como práctico, fue embestido por el vapor español Agire-Mendi,
frente a San Nicolás de los Arroyos. Póliza organizó el salvamento de la
tripulación, incluido el capitán, pero se negó
a abandonar el barco y se hundió con él. Ese sacrificio -sigue informando
Cutolo-, determinó la instalación en el punto del siniestro de una boya verde y
que cada buque que pasa frente a ella
salude ese recordatorio con un prolongado toque de silbato. A partir del conocimiento del vínculo entre
uno y otro Póliza, me interesé por
hallar datos sobre la vida y labor lírica de Francisco Juan, nacido el 6 de
abril de 1894 y fallecido el 17 de enero de 1971. Al rastrearlos luego de
fracasar en la
Hemeroteca Nacional en la búsqueda de algún artículo
necrológico suyo en fecha próxima a su muerte en los periódicos de mayor tirada,
comprobé que Antonio J. Bucich, en “La
Boca del Riachuelo en la historia” (1971), lo destacó entre
los más importantes artistas del barrio: “Autor
de La pipa de mi papá, una poesía que
dio título a un libro de denso contenido lírico, cuyo reciente deceso ha dejado
trunca una producción vasta y variada”
Sin
embargo es alguien poco recordado hoy, salvo algunas evocaciones suyas de la desaparecida escritora
y periodista Cora Bertolé de Cané en Clarín Porteño, la sección a su cargo que apareció durante cincuenta y siete años ininterrumpidos en la
última página del matutino fundado por Roberto Noble. Por ejemplo el 27 de
agosto de 2007, Cora Cané memoró así a su viejo amigo y colega: “Fue Francisco un ser sencillo, modesto,
bondadoso, muy querido en las reuniones de gente de artes y letras, cuando
nadie hablaba de dólares y de poder y
riquezas. Ejerció el periodismo y participó de numerosas entidades de
solidaridad y cultura. Escribió el poema más tierno, escrito por un hombre que
era todo ternura: La pipa de mi papá.”
Y antes, en octubre de 1996, en una conferencia pronunciada con motivo de
cumplir ese año, setenta de su fundación el Ateneo Popular de la Boca , otro de sus amigos:
Carlos Gregorio Romero Sosa, caracterizó a Póliza como un caballero andante de
la solidaridad y el buen gusto artístico.
De profesión farmacéutico: “Soy farmacéutico/ de triaca y songa/ porque
mi espíritu/ siempre rezonga/ del formulario/en particular/(…) Horas perdidas,/
acre sentir,/ en la impotencia/ para servir, se confesó con un sencillismo en
mucho tributario del Fernández Moreno
del poemario “Yo, médico. Yo, catedrático”, y según dato aportado por el antiguo
médico traumatólogo del nosocomio, doctor Humberto Ghermek, presidió la Cooperadora del Hospital Argerich al que dedicó un
extenso poema también de clima cuasigalénico, que comienza evocando la historia
de ese centro de salud creado en 1897: “Hospital
del Buen Amor,/ de la Piedad
repartida,/cómo vaga tu recuerdo/ en la ribera transida.”
Fue notoria además su actuación en las
instituciones culturales del barrio, como el citado Ateneo Popular de la Boca , fundado en 1926 por el
historiador y periodista Antonio J. Bucich; e Impulso Agrupación de Gente de Arte y Letras
de la Boca , que
instituyeron en 1940 un grupo de artistas plásticos, entre ellos Fortunato
Lacámera, Juan Carlos Miraglia, Orlando Stagnaro, José Luis Menghi y el escritor y cronista José
Pugliese, autor del libro “Páginas de historia de la Boca del Riachuelo. Allí Póliza,
vocal de la Comisión
Directiva en 1948 y prosecretario en el período 1953-1955 cuando
ejercía la presidencia Antonio Porchia, el autor de “Voces”, creó la orden de La Pipa Marinera ,
para distinguir a figuras representativas de la cultura barrial, la que se
solía entregar luego de las disertaciones de los premiados en su tradicional sede de la calle Lamadrid
al 355. (En el archivo del Museo Benito Quinquela Martín, a cargo de Walter
Caporicci Miraglia, se conserva algún material fotográfico de las actividades
de Póliza que el nombrado puso a mi disposición).
Este boquense de ley, afincado en Martín Rodríguez entre Wenceslao
Villafañe y Aristóbulo del Valle, fue compañero y vecino de otros poetas como sus contemporáneos Francisco
Isernia que vivía en la calle Patagones al 500 –hoy Enrique Finochieto-; José
González Carbalho, en Ruiz Díaz de Guzmán 79; Roberto Mariani, el integrante
del Grupo de Boedo, nacido en la calle Suárez en las proximidades de las vías
del Ferrocarril Sur; y del mucho más
joven que todos ellos, Héctor Miguel Ángeli, habitante hasta casi su muerte en Alvar Nuñez
196.
Entre sus
quehaceres profesionales y las tertulias culturales, ajeno por despreocupación bohemia a la exigencia del “Nulla dies sine linea” que atribuyó Plinio el Viejo al griego Apeles, Póliza fue
escribiendo poemas los que reunió algo
tardíamente en un libro, en 1963. Sin duda
debido a esa morosidad para editar y al
hecho de no colaborar en las revistas que marcaban el canon literario del
momento, como Nosotros que sí acogió los
versos juveniles de Francisco Isernia, es que no figuró en las antologías publicadas en las primeras
décadas del siglo. Roberto Giusti prologuista en 1925 del libro Vuelos de
Isernia, no lo mencionó en “Nuestros poetas jóvenes”. No figuró en la
“Exposición de la Poesía Argentina ”
(1927) organizada por Pedro Juan Vignale
y César Tiempo y ni siquiera mereció la
crítica irónica de Francisco Soto y Calvo en la galería de “Los maullantinos
poetas del arca de Noé.”
El título de ese libro en el que reunió sus poemas en 1963, corresponde
al del más representativo de ellos: “La pipa de mi papá”. La ilustración de la
tapa del volumen que lleva por subtítulo “Variaciones sentimentales”, la
realizó el pintor y grabador Luis Ferrini (1898-1954), otro de sus vecinos del
barrio. Ferrini, en la juventud, fue alumno de dibujo de Alfredo Lázzari, artista
originario de Lucca y uno de los introductores junto a Faustino Brughetti y
Martín Malharro del impresionismo en la Argentina y perteneció después al círculo de Benito Quinquela Martín
quien lo promovió a la cátedra de dibujo y pintura en la Escuela Museo de la
Boca. Pero lo podría haber ilustrado el
mismo poeta, ya que gustaba del dibujo y solía obsequiar rápidos bocetos en
tinta a sus amigos y conocidos.
Las 200 páginas de la colección evidencian
que su autor no pretendió más que seguir
los dictados de su inspiración, sin importarle las modas en materia literaria y
menos adscribir a vanguardismo alguno. La cronología da cuenta que en el año de
su nacimiento también vino al mundo el cordobés Juan Filloy, que al siguiente
lo hicieron Ezequiel Martínez Estrada y Alfredo Bufano y en 1897, Juan L. Ortiz
y Luis Cané; sin embargo poco o nada que ver tuvo con la generación de ellos,
pese a que tampoco los nombrados coincidieron en inquietudes estéticas e
ideologías.
Los poemas de Póliza son de corte formal abundando los de metro corto, consonantes
o asonantes. En muchos casos de temática repentista, abundan los romances,
romancillos, coplas, décimas y uno que otro soneto de factura clásica, donde
más allá de alguna vacilación en la acentuación, lo revelan conocedor de la técnica
y sin duda buen lector de Quevedo y sobre todo de Lope. Pruebas al canto el
tono elegiaco de los dos últimos
endecasílabos del siguiente soneto : “Me
quiero consolar con un soneto/ y me señala la medida justa/ donde donaire e
idea me regusta./ No tengo nada que decir, ni objeto./ Empiezo por pensar:
estoy sujeto./ Llevo un veneno a mi cabeza adusta/ como a un caballo chúcaro la
fusta./Olvido sufro y quedo recoleto./ Al gozo de vivir encuentro suerte/ que
por ello presento mi fortuna,/ ese consuelo pronto me alucina./ El soneto
cernido ya me aduna,/ en un descuido llego hasta la muerte/ y comprendo que
nada me ilumina.”
Si en gran parte de la producción incluida en “La pipa de mi
papá”, además de un trasfondo religioso afín con su concurrencia dominical a la
parroquia de San Juan Evangelista –templo puntal de la Boca católica que historió el
sacerdote salesiano Juan Belza-, piedad evidenciada en sueltos y
tiernos villancicos navideños y en saetas de cuaresma, o de un buen
número de poemas dirigidos a la niñez,
se advierte en otros versos una mirada nostálgica y añorante de horas lejanas y
felices: Quién pudiera degustarlas/ en la vejez que me abruma”,
sentenció al memorar entristecido la casona de la abuela. Antes lo había experimentado Flaubert: “Los recuerdos no pueblan la soledad, la
ahondan.
Sin renunciar al intimista aire
barrial, rechazó la inevitable decoración con conventillos, la exaltación
de corte turístico del color local y en cambio fue solidario con las existencias
grises de sus habitantes: “Yo miro las
gaviotas cuando bajan/ sobre las aguas quietas del Riachuelo. O bien: “De la Boca hasta Barracas/ sigue la niebla brotando,/
sus volutas son hamacas/ de la luz que están tapando.” Solo que esa niebla
que enmarca parte de la producción de Póliza, es algo que al difuminar los
paisajes exteriores e interiores los
endulza sin hacerlos tenebrosos, como aquella otra bruma de los puertos
exóticos a los que arribó trotamundos y cantó Héctor Pedro Blomberg. De ese
modo los idealizados barcos de Póliza y sobre
todo sus marinos, aun con la carga de la tragedia paterna a flor de piel, aparecen
vivos más allá de su rescate del pasado. Vivos los náufragos y los inmigrantes empujados
a ese rincón porteño con acento genovés a finales del siglo XIX. Y por cierto vivo
el autor de sus días, gracias a la pirueta poética de erigirlo en su propio norte
esperanzado: “Como navegaba/ era
marinero/ de todos los mares,/ de todos los tiempos,/ de todos los ríos,/ de
todos los puertos. Tenía los astros/ en sus derroteros,/ en su corazón/ que
estaba en el cielo./ Volvía y partía/ partiendo y volviendo,/ del mar se traía/
los viejos secretos./ Como navegaba/ era marinero,/ me trajo un regalo/ de amor
y de fuego./ Nostalgia paterna/ que nutre el recuerdo./ Yo tengo una brújula./
Yo tengo el lucero.”
Sí, esos viejos lobos de mar que inspiran
y recorren el libro de Póliza, se muestran familiares, cercanos a su corazón y también
al de los lectores, en vez de ser la imagen
de los apurados visitantes de lenguas extranjeras en busca de aventuras
sexuales en los bajos fondos, los marineros que “Besan y se van. Dejan una
promesa (y) no vuelven nunca más” en el Farewell de Pablo Neruda.
(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa, el 16 de febrero de 2020)
sábado, 4 de enero de 2020
NOCHEBUENA, 2019
NOCHEBUENA, 2019
¡Oh feliz la culpa que mereció tal
Redentor!
Exultet
Hace perfecta esta noche,
una luz y no de estrellas:
fuego de amor por los hombres,
brillo que guía y no ciega.
Chispa que incendia las almas
cuando la Gracia
golpea
sobre un parche de esperanza,
en la indigencia terrena.
Revelación y misterio,
dos caras de una moneda,
tan grande es nuestra riqueza
porque nos viene del Cielo.
Por la primera promesa
que Adán y Eva escucharon,
¡felix culpa, su pecado,
amanece hoy Nochebuena!
(Carlos María Romero Sosa, se
publicó en La Prensa ,
el domingo 22 de diciembre de 2019.-)
ADOLFO DICKMANN Y EL NACIONALISMO ECONÓMICO
(Carlos María Romero Sosa, se publicó en la revista HISTORIA, Año XXXIX, Número 156 correspondiente a los meses de diciembre de 2019 a febrero de 2020.-)
lunes, 9 de diciembre de 2019
PERIODISMO, HISTORIA DIPLOMÁTICA Y LITERATURA EN "SENTIRES", DE ALBINO GÓMEZ
PERIODISMO,
HISTORIA DIPLOMÁTICA Y LITERATURA EN “SENTIRES”,
DE ALBINO GÓMEZ
…Y un
día de verano del año 2010 conocí a
Albino Gómez en persona. Y la imagen de la figura mítica y de culto que de él
me había formado al escuchar anecdotarios que lo pintaban de cuerpo entero
registrados por amigos comunes -uno de ellos Rogelio García Lupo-, a más de la fuerte
impresión causada por los pocos libros de su autoría que había leído hasta ese momento, reveladores
de una impar trayectoria en las letras jalonada por una irrefrenable imaginación
creadora, una captación de caracteres individuales cuando no de idiosincrasias colectivas y todo
condimentado con enfoques del mundo y de la vida en extremo singulares, en lugar
de desvanecerse en la cotidianeidad del trato que me dispensa desde entonces,
se fue afianzando en mí marcada por el creciente afecto, la admiración intelectual
y cierta complicidad en materia de solidaridades
con los malditos incluidos en el index del
establishment, hoy un más exclusivo y plutocrático “círculo rojo”.
Falta
escribirse una biografía de este hombre público y polígrafo ajeno a toda
actitud olímpica tan común entre quienes han alcanzado nombradía en el campo de la cultura o accedido
a cargos expectables, dos circunstancias
que en su caso se suman y complementan. Esa obra futura y necesaria bien podría
titularse por memorar y parafrasear antiguos y ya clásicos encabezamientos: “Albino
Gómez o el don de la familiaridad”. Familiaridad sin chabacanería -va sin
decirlo-, e invitación cordial, sin demagogia, a aventar en su presencia o
frente a su labor de publicista, cualquier cuota de timidez, sea en el diálogo
directo o en esa alteridad que en forma
ineludible reclama la de sus artículos y libros. En rigor pocas lecturas como
las suyas requieren del enriquecedor, afectivo y buberiano yo-tu con el lector,
en esta época monologante en grado de hiperbólico subjetivismo individualista.
Albino
Gómez, más platónico que aristotélico, sabe bien diferenciar el conocimiento
sensible del inteligible. Sin duda ha
intuido las ideas puras; empero aquí y ahora ofrece estos “SENTIRES” y lo hace sin
prejuicio racionalista alguno contra las emociones, de allí su denominación. Lo hace sin
negar ni disimular su propio itinerario
existencial, uno de cuyos galardones es haber tanteado con humano
empecinamiento, entre sombras que enardecen nuestro tiempo nublado y ante la
vaguedad de las figuras que se desvanecen en el agua, las letras que forman la palabra verdad. Para asumirla como posibilidad, horizonte,
desafío interior y para pronunciarla y repetirla como un mantra contra todo escepticismo. Y aunque
no se cree dueño de ella, muestra en
cada línea de estos “SENTIRES” su constancia para sostener la porción de la
verdad al alcance de la humana indigencia gnoseológica a través de la práctica ética
y estética de la autenticidad, esa veracidad del corazón.
De su propio temperamento donde no cabe la
actoral solemnidad deviene su literatura. Tanto la de imaginación, expuesta en
sus novelas directas y sujetas a tramas de creciente interés para los lectores,
nunca barbitúricamente experimentales, como la del ensayista erudito y lúcido que
no soslaya el dato pintoresco, la anécdota personal traída a cuento con ánimo
aclaratorio y sin propósito de adjudicarse primeros planos. Son ensayos los
suyos condimentados con el innato sentido de aquella gracia celebrada por don
Ángel Ossorio y Gallardo en un libro con ese título, para exponer las ideas
claras y distintas sin renunciar con Chesterton a la certeza de que hay una sola
cosa imprescindible: todo.
Y ni qué hablar
de sus Albinísimas, donde se dan cita
el humor, el ingenio, la ironía, la perplejidad ante las cosas y los hechos que
le salen al paso y ante los que toma nota y se empeña en darles sentido, proporción,
contexto, ordenación y jerarquía. Después las entrega a los lectores –durante
mucho tiempo los de La Prensa
dominical- en porciones brevísimas cocinadas al fuego del corazón. Así sus Albinísimas constituyen una suerte de subgénero del
aforismo y de la ramoniana greguería. El
saber que trasmite en ellas es saber sabroso con mucho del saber alegre de los
trovadores provenzales que sedujo a Nietzsche.
Pocos
como él han conocido tantos seres dignos
de conocerse y con la mayoría de ellos hacer amistad: desde el iusfilósofo
Carlos Cossio a don Raúl Alfonsín; desde Arturo Fondizi , Rogelio Frigerio,
José Ber Gelbard y Mario Amadeo hasta Dardo Cuneo, Hermenegildo Sábat, Astor Piazzola
y Arnaldo Rascovsky; desde Marco Denevi, Bernardo Ezequiel Koremblit, Juan
Gelman, Mario A. Cámpora o Beatriz Sarlo, hasta los españoles republicanos
Ramón Prieto -ex integrante de la Columna
Prestes en 1925, más tarde, durante la Guerra Civil española, herido en la batalla del Ebro y después de asentarse
en la Argentina
e incorporarse al peronismo, uno de los
que suscribieron en Santo Domingo -la entonces Ciudad Trujillo por la
megalomanía de “El Chivo”- el famoso Pacto entre él líder exiliado y Frondizi-,
y el músico y diplomático después de nacionalizado estadounidense, Comandante Gustavo
Durán, integrante en aquel annus
mirabilis 1945 de la misión de Spruille Braden y en tal carácter fogonero de la Unión Democrática. Es de anotar
que no hubo ni hay fisura alguna en los afectos de este sacerdote de la
amistad.
Si pocos tuvieron el don de ejercitar semejantes
confraternidades, menos aún han sido los signados con el privilegio de
participar para luego testimoniar en crónicas periodísticas de alto vuelo, de muy dramáticas y siempre notorias situaciones, que al cabo en algún
caso devinieron pintorescas pero todas ellas vinculadas por el hilo común de la
trascendencia histórica. Quién otro puede
contar sin alardes, por ejemplo, que a poco de triunfar la Revolución Cubana , fue anfitrión de Fidel Castro durante su visita a Buenos Aires, cuando
todavía era considerado un héroe por los Estados Unidos y su presencia
aquí caía muy bien a nuestra oligarquía perseverante
en su tilingueria, que identificaba al general
Perón con el sargento Batista. Albino, el primero de mayo de 1959, como funcionario de la Cancillería , agasajó
al Comandante y a una decena de sus barbados guerrilleros en el restaurante La Cabaña famoso por sus
carnes argentinas, debido a que el entonces
canciller Carlos Alberto Florit debía participar de una función en el Teatro Colón esa noche.
Pero no todo fue
agasajo, fiesta y condecoraciones en su vida. Más tarde, a partir del 11 de
septiembre de 1973, como consejero cultural en la embajada Argentina en
Santiago de Chile le tocó vivir el horror de la represión desatada contra el
pueblo hermano según lo registra el capítulo: “Memorias del horror en el Chile
de Pinochet”.
Fue entonces que el intelectual que
rechazaba y rechaza habitar la torre de marfil y en cambio puede admitir con
satisfacción en sus altos años repitiendo aquel verso del “El espíritu puro” del
conde Alfredo de Vigny: “Así viví mi
tiempo y así he vivido yo”; el humanista
en todas las acepciones del término que tanto había conversado en Nueva York sobre
el mundo griego con el escritor boliviano, ex alumno en Alemania de Heidegger: Marcial Tamayo –a la sazón
embajador ante las Naciones Unidas y en 1982 canciller del país del Altiplano-
y que tensando el arco de sus convicciones escribió en un poema de su antología “Sólo se
trató de vivir y amar” (2014): “A Grecia llegué/ dos mil años después/ de lo
debido/ y a Sudáfrica/ dos mil años antes/ de lo oportuno” -al evocar que ejerció funciones
diplomáticas tanto en la cuna de la democracia cuanto en la desoladora afrenta
a la dignidad humana del apartheid-, desplegó tras la cordillera de los Andes su
lado compasivo y su fidelidad a los principios del Derecho Internacional Humanitario. Es así
que según sus palabras “con la única ayuda de dos colegas,
lamentablemente fallecidos, logramos salvar la libertad o la vida de más de
cuatrocientas personas, a las cuales les otorgamos refugio en la sede de
nuestra Embajada.” La historia decidirá alguna vez que el nombre de Albino
Gómez bien pueda inscribirse por esa razón, próximo al de aquellos esforzados diplomáticos
que se jugaron en otros momentos históricos, así el cónsul en Madrid Pablo Neruda durante la Guerra Civil Española, dado al
rescate de perseguidos del bando perdedor de la Guerra Civil , depositados en campos de concentración bajo
la acusación de rojos. En tanto en la Segunda Guerra
Mundial, baste ejemplificar con el caso del sueco Raul Wallemberg, el gran
desaparecido del siglo XX, o el del embajador español: Ángel Sanz Briz,
salvador de más de cinco mil judíos en Hungría, conocido como el Ángel de
Budapest y declarado Justo entre las Naciones por el Estado de Israel.
De ser así en
la posteridad, el brillo del nombre de Albino Gómez habrá de servir para limpiar
la triste, la vergonzosa decisión de no otorgar
visas a indeseables o expulsados: léase judíos, en los países ocupados por la Alemania nacionalsocialista
por parte de nuestra Cancillería, política verificada en la Circular reservada Nro.
11 de 12 de julio de 1938, suscripta por el ministro José María Cantilo, un
dato más en el conglomerado de los que sobre el particular viene analizando y
documentando otro embajador de lujo e historiador de nuestras relaciones
internacionales, el doctor José Ramón Sanchís Muñoz.
Por cierto en
este mundo enemigo del alma, la misericordia merece burla y la solidaridad no
se agradece, se venga, como una vez le escuché decir a Hipólito Paz -el inolvidable Tuco Paz-; y
ocurrió que años después de su actuación oficial en el país trasandino, quizá
el peor de los ministros de Relaciones Exteriores que soportó la Nación , Alberto Vignes, lo
declaró prescindible, situación que se prolongó por diez años. Albino que “pane lucrando” debió volver full time al
periodismo, desde las columnas de Clarín denunciaba los comprometedores
antecedentes antisemitas y los otrora presuntos
negocios turbios con visas del canciller ultraderechista próximo a la logia P2. Ante las respuestas airadas del aludido,
lo motejaba en el diario de Roberto Noble “Vignes de ira”, en una ocurrente
paráfrasis del título de la novela de John Steinbeck. (En Clarín más tarde,
donde dirigió el suplemento de los jueves Cultura y Nación desde 1976, publicó
una de las primeras versiones castellanas de poemas previamente vertidos al
inglés de Juan Pablo II, con el que conversó en más de una oportunidad.)
Nada más
apropiado que la actividad periodística para este hombre con los ojos fijos en
la realidad y los del alma anhelosos de
modificarla en libertad y
justicia. Periodista jugado por la noticia sin medir riesgos, se aventuró al
Irán del Ayatollah Komeini y arribó a Teherán un 20 de agosto de 1980
soportando 40 grados de temperatura, cuando cumplían más de trescientos días de
cautiverio los rehenes de la embajada norteamericana a manos de los estudiantes
siítas. Al cronista ciertamente de lujo no le faltaron contactos
internacionales y pudo entrevistarse con la cúpula del gobierno que suplantó al
Cha, algo negado en general a los enviados por las redes informativas de Occidente.
Seré autoreferencial por un momento
para reconocer que cuando una noche de 1984 escuché el debate por el tratado de
Paz y Amistad entre Argentina y Chile para poner fin al conflicto sobre el
Canal de Beagle, disputado entre el
senador Vicente Leónidas Saadi y el ministro Dante Caputo, que moderó el inefable Bernardo Neustard, apenas
treintañero yo poco sabía de Albino Gómez y apenas más debido a mis
antecedentes salteños de Julio Mera Figueroa, quienes me entero ahora por
“SENTIRES”, resultaron ser los representantes respectivamente del entonces
canciller y del pintoresco legislador catamarqueño que acusó al académico
licenciado Caputo de irse por las nubes
de Úbeda. Otra situación que lo tuvo en primera línea.
En “SENTIRES”
hay material de sobra para construir y reconstruir la pequeña y la gran
historia. Hay justicieras menciones al tratadista y ex canciller del
presidente Cámpora, doctor Juan Carlos Puig, hay otras varias evocaciones
y homenajes, hay inquisiciones sobre nuestra realidad política, diplomática, social
y cultural. Hay apreciaciones sobre el
mundo que nos toca vivir y sus vertiginosas posibilidades como la robótica. Y hay
un sinnúmero de inquietudes varias traducidas en prosas breves llenas de
intención y lucidez. Sin descuidar las aproximaciones a la filosofía, a tono
con la vocación de difusor de la madre
de las ciencias a que nos tiene acostumbrado el didáctico exegeta de la Teoría Egológica del
Derecho de Carlos Cossio, del pensamiento católico, justicialista y latinoamericanista
de
Amelia Podetti o su insomne peregrinar
por el tránsito del existencialismo al
maoísmo de Carlos Astrada y por las ponencias acercadas al Congreso de
Filosofía reunido en Mendoza entre el 30 de marzo y el 9 de abril de 1949.
Decía Xavier
Zubiri que la filosofía no es su historia pero que la historia de la filosofía,
es filosofía y en ese sentido su rastreo e interpretación de complejos y
cerrados sistemas filosóficos o iusfilosóficos, dan cuenta de sus propios desvelos
en la materia.
“SENTIRES”, en resumen y aun con la osadía
de pretender tal extracto, constituye un ejemplo de libro misceláneo donde cada
título despierta un interés diverso, que
al cabo y en forma paradojal invita a pensar en el modo ordenado, relacionado e ilimitado en que se expande el universo intelectual y afectivo del autor.
(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa , el 8 de diciembre
de 2019.-)
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