miércoles, 4 de mayo de 2011

Manuel del Cabral, el poeta dominicano que admiró Manuel Ugarte


Muchos lo ignoran, pero hubo un Palermo de Manuel del Cabral, en coincidencia sino en el tiempo, al menos en la geografía urbana con el de Borges y el de Carriego. Sólo que las arterias de ese barrio, como la calle Güemes a la altura del 4759 -entre Darregueyra y Oro-, donde habitó el poeta dominicano nacido en 1907 en Santiago de los Caballeros, lejos ya de representar una edad del “epos” que concitara mitologías de arrabal, bajo el peso de otros años posteriores y más prosaicos, rebajaría pendencias amorosas a trampas comerciales, desafíos de esquinas a bravatas de automovilistas; y en cambio de anudar caracteres para la nostalgia o la leyenda del coraje, derramaría indiferencia de transeúntes.



Cuesta imaginar entonces, que esa realidad agrisada y vecina a un antipoético cauce de agua entubado: el arroyo Maldonado -al que cantó Baldomero Fernández Moreno cuando su cauce sobre la superficie serpenteaba por los barrios del oeste-, pudiera contener a un espíritu universal, imaginativo, sensible, delicado y profundo como el suyo. Lo cierto es que Manuel voló desde allí con genio e ingenio renovados hacia nuevas coronaciones de su arte, siempre alimentado por el sentimiento de la solidaridad, la idea fuerza de la libertad y el desafío de remontar la belleza desde lo ruinoso, amargo o despojado de gracia, así como se eleva un aeroplano contra el viento.


Manuel del Cabral ensayó la poesía social, no el panfleto politizado sino la surgida de la vivencia directa de la marginación y el sufrimiento ajenos y a la vez de su propia comparecencia ante el tribunal de la historia para testimoniar sobre ellos; por eso hay allí más razones del corazón que propaganda partidaria; densidad metafísica y tono sapiencial en la tradición de los refraneros populares clásicos: “¿Quién ha matado este hombre/ que su voz no está enterrada?/ Hay muertos que van subiendo/ cuanto más su ataúd baja.” Una copla que vale para tantos mártires populares ya olvidados o ya en el mármol que enfría el sacrificio.


De esa conciencia deriva su aporte a la literatura de la negritud, un término acuñado en los años treinta de la pasada centuria en París, por dos poetas de lengua francesa: el martiniqués Aimé Cesaire después influido por el surrealismo de André Bretón y el senegalés Léopold Sédar Senghor, con los años presidente del país africano.


Cabral resulto ser en América figura principal y hasta anticipatoria de la literatura de la negritud junto al cubano Nicolás Guillén de “Sóngoro cosongo” y al puertorriqueño Luis Pales Matos de “Tuntún de pasa y grifería”. Fue un caribeño de cuerpo entero siempre, en la Hispaniola y en el exilio, en sus destinos diplomáticos y en el retiro en nuestro barrio de Palermo. Bien pudo coincidir con el intelectual de lengua francesa oriundo Martinica como su par Cesaire, Edouard Glissant -recientemente fallecido-, en postular que “el Caribe es una realidad cultural” (y) “que un negro de Cuba, un blanco de Guadalupe y un indio de Haití, participan de la misma identidad”.


Aquí y allá no se quedó en morriñas y escribió en ocasiones con los puños cerrados, empleando el ritmo del trópico para decir verdades que antepuso en todo momento al oficio de ensayar novedades; poniendo toda la rabia a fuego lento hasta alcanzar el punto exacto del compromiso en el mejor sentido sartreano y diciendo en ocasiones sin terminar de decir, como entre dientes, con sugerencia incitadora para que el lector al tener que completar los términos capte la idea de orfandad y participe también del desasosiego: “Isla que parece po/ Pero es ri./ Con su ron/ Santo Domingo/ y Haití./ Que sí/ Que no/. Pero no sé,/ No lo sé./ No sé lo que pasa aquí/ Cortada por los cuchí/ de dos lenguas diferen/ en una hay más pan que dien/ en la otra más dien que tri./ Santo Domingo y Haití.”


Si su compatriota José Joaquín Pérez Matos se destacó en el siglo XIX por dar la nota indigenista en el concierto del romanticismo, al rescatar para las letras americanas tras la senda secular de las crónicas de Bartolomé de las Casas y de Oviedo, las glorias y la derrota de la raza taína en la obra “Fantasías Indígenas”; y si Camila Henríquez abogó por integrar a la mujer en la cultura y en la literatura en particular, Manuel del Cabral fue el dominicano que le puso épica al criollismo y a la negritud. Empleó el folclore regional del Cibao, la sabiduría popular mamada en su infancia: esa única patria del hombre al decir de Rilke, como materia prima de un arte trascendente, universal y cósmico: de “voz americana (que) grita a los espacios”, interpretó Enrique Anderson Imbert en su “Historia de la Literatura Hispanoamericana”. Aunque no sólo describió costumbres pueblerinas con empeño sociológico sino que valoró caracteres, actitudes y conductas. No pudo ni quiso escindir la estética de la ética y como tal poetizó con ánimo reivindicatorio y ensueño profético. No en vano su poema “Compadre Mon” mereció ser comparado con nuestro Martín Fierro, aunque en ese sentido puede decirse que Cabral en algo fue incluso más lejos que José Hernández añorante de pasadas épocas mejores para el gaucho: “Yo he conocido otro tiempo/ en que el paisano vivía,/ y su ranchito tenía/ y sus hijos y mujer./ Era una delicia ver/ cómo pasaba sus días.”


Por de pronto el personaje de Cabral que reúne en su personalidad mucho de Fierro y bastante de Viejo Vizcacha, no se rindió a la civilización de los bienpensantes y siguió razonando provocativamente hasta el final: “¡Qué bien que se ensucia el aire con la tierra de mi voz!/ Si en el reloj no está el tiempo, en la toga no está el juez./ Pero si en este rocío que cae del ojo está un pueblo,/ me lavo la voz en él”. Y en ese desplante de Don Mon hay una “anábasis”, impulsos evidentes de ascensión y elevación que recuerda el destino de los héroes homéricos.


Si la filosofía era para Socrates un aprendizaje de la muerte, la literatura fue en Cabral, como en Neruda, un atajo salvador para enseñorearse de la vida. Dionisiaco y apolíneo, merced al don de renombrar todo con voz lírica y referenciar a sí mismo el mundo, fue que tomó posesión de él. A través de los símbolos del lenguaje que ejercitó armonizándolos pudo representarse kantianamente el tiempo, esa intuición a priori que pareciera instó a ejercitar como “función” a su hija Amanda, inspiradora y destinataria del primoroso libro de infancia y más que eso que es “Chinchina busca el tiempo”. Con la enhorabuena de la literatura abrazó las cosas exteriores y las posibilidades y potencialidades de la propia existencia. De allí el tono erótico y hasta el tema sexual de muchos de sus versos detenidos en el secreto de la pasión y en el torbellino de las sensaciones.


Labor abarcadora de diferentes géneros la suya practicó además del verso, el cuento, la novela y el ensayo dramático. A veces los reunió en un único libro como ocurre en el “El presidente negro”, obra escrita en gran parte en Buenos Aires hacia 1973, donde además del argumento central propiamente novelístico, hay capítulos que sin romper el hilo conductor tienen fuerza de relatos, hay un diálogo teatral, hay tributos al subgénero periodístico del reportaje y sobre todo hay un vaticinio que ahora sabemos cumplido con la elección de Barack Obama. Por eso “El presidente negro” se halla en la línea de las utopías realizadas, como “Las sandalias del pescador” de Morris West que en los años 60 anunció un papa venido de la Europa Oriental.


Si la pura originalidad es un imposible en el arte porque como bien afirma Borges en cierto prólogo a una reunión de cuentos de Silvina Ocampo, la creación humana no es “ex nihilo”, y si bien ya el brasileño José Monteiro Lobato, publicó en 1926 una novela en la que narra la historia de un carismático lider convertido en el primer presidente de color de los Estados Unidos de América; e incluso un argentino: el tucumano Eduardo Joubín Colombres, discípulo del poeta modernista boliviano Ricardo Jaimes Freyre, ensayó una temática similar según me lo manifestara él mismo hace casi tres décadas, lo novedoso en la narración de Cabral está más en el hecho de vincular a William Smith, el mandatario norteamericano de la ficción, con Latinoamérica y en especial con las Antillas y su realidad de pobreza administrada y usufructuada por tiranuelos. Ese encuentro enriquecedor se dio a través de los viajes que realizó Smith como marinero, cuando por ejemplo al llegar a Santo Domingo, tuvo noticias de “El Jefe” Trujillo y de sus gestos de megalomanía. Mucho después ya en la Casa Blanca se preguntará, víctima de los manejos y las conjuras criminales de Wall Street: “¿Porqué el capitalismo me llevó a la presidencia de este país?. ¿Porqué quiere ahora el capitalismo deponerme? Y hallará respuesta, o vías de contestación a la inquietud en el inframundo, o en algo así como una sesión seudo espiritista o quizá de ritual vudú, donde le fue posible entrevistar a Lincoln, a Luther King, a Rockefeller, a Trujillo, a Walt Whitman y a Robert Kennedy.


Este gran artista y abanderado de causas nobles como la no segregación, despertó el interés literario y humano del argentino Manuel Ugarte (1875-1951), aquel socialista, americanista y antiimperialista por partes iguales y convergentes en su ideario emancipador. Tanto fue su valoración de Cabral que le dedicó un libro a su poesía cuyo acento caracterizó como irónico, piadoso y tierno. Y bien que sabía de poetas Ugarte por serlo él mismo y hacer famosos en su época títulos como “Vendimias juveniles” o “Los jardines ilusorios”, además de haber confraternizado con Amado Nervo, José Santos Chocano, Gabriela Mistral, Leopoldo Lugones o Alfonsina Storni, compartir temporadas en París con Rubén Darío y hasta haber escuchado recitar a media voz a la uruguaya Delmira Agustini -presuntamente su amante-, quizá las sugestivas, sensuales y escandalizadoras páginas de “El libro blanco”, “Los cálices vacíos” y “El rosario de Eros”.


Será de preguntarse si Manuel Ugarte, al estudiar sobre el final de su vida al dominicano, recuperaría en plenitud la memoria de aquel país que conoció durante su gira de concientización latinoamericanista llevada a cabo entre los años 1911 y 1913. Por cierto un periplo iniciático, en algo paralelo al que varias décadas después llevó casi por los mismos senderos del Continente a otro luchador de la justicia social: Ernesto, el “Che” Guevara.


Debemos a la compilación realizada y prologada por el escritor y antólogo mocano Julio Jaime Julia, “Cuatro visiones de Santo Domingo (Vasconcelos, Araquistain, Inman y Ugarte)”, la versión directa de los hechos, extraída en el caso de Ugarte de su libro “El destino de un Continente”. Detalla allí el viajero su arribo, a finales de 1911 a Santo Domingo desde Cuba a poco del golpe de estado contra el presidente Cáceres; cuando el periódico Listín Diario saludó así su llegada: “Que venga el maestro de la juventud Americana, que venga el amigo de la paz, y que su palabra fraternal sea a manera de lazo que nos una a todos”.


El autor de “El porvenir de Latinoamérica” disertó en el Ateneo; conoció a Salomé Ureña, a Federico Henríquez y Carvajal, al novelista e historiador nacido en Cuba y fallecido en La Vega Federico García Godoy, a Raúl Augusto Sánchez; y escribió sus impresiones de la isla donde desembarcó Colón, lamentando “que haya sido desde los orígenes la región del Nuevo Mundo más castigada por guerras, revoluciones, conjuras y desembarcos militares” Para concluir metafórico y absolutorio con los pueblos: “La mayoría de los naufragios, la culpa no es de la barca, ni del mar; la culpa es de los vientos. Y han sido los vientos de la ambición internacional los que han determinado la hecatombe dolorosa”.


Sí, no hay duda que al redactar el libro sobre Cabral, debe haber vuelto a lamentar aquellas desventuras y revivir también las gratas visiones de Santo Domingo: “Ciudad clara -la describe-, de casas pintadas de colores vivos, plazas a la andaluza, y calles anchas cruzadas por vehículos rápidos y livianos. Las viejas iglesias y los monumentos coloniales recuerdan el esplendor de lo que en otros tiempos se llamó La Española, primer florón en América del enorme imperio hispano”.


Tengo en mi poder la segunda edición de la obra, de la Editorial Américalee de Buenos Aires, publicada en 1955 a cuatro años de la muerte de Ugarte en Niza. He tratado de rastrear la primera de ellas en forma infructuosa -constaté que entre otros lugares claves no está ni en la Biblioteca Nacional de la Argentina ni en la del Congreso de Washington-; sobre todo porque hacia el año 2001, el escritor, académico de letras y querido amigo, José Rafael Lantigua, hoy ministro de Cultura de la República Dominicana, me manifestó vía e-mail su interés por reeditar el libro, solicitándome datos biográficos sobre el autor. Cuando le conté que Ugarte había tenido bastante relación amistosa con mi padre, se interesó en extremo por tener referencias directas sobre el ensayista y político y así fue como Carlos Gregorio Romero Sosa redactó a su pedido a mediados de 2001 y estando ya con la salud debilitada, uno de sus últimos trabajos: “Otro argentino en mis recuerdo juveniles: el escritor americanista y diplomático don Manuel Ugarte”.


Pasó el tiempo y en el año 2009 llegaron a mis manos un par de ejemplares de “Cabral Poeta de América” reeditado por la entonces Secretaría -hoy ministerio- de Cultura de la República Dominicana. Como en el Introito que lleva la firma del licenciado Lantigua, se relatan en extenso las circunstancias referidas destacando incluso en una nota a pie de página los aportes de Carlos Gregorio Romero Sosa, me es particularmente honroso y emotivo ver de algún modo vincularse allí, a las memorias insignes de Manuel del Cabral y de Manuel Ugarte, la del laborioso autor de mis días.-

(*) Texto de la conferencia pronunciada por el doctor Carlos María Romero Sosa en la 37 Feria del Libro, el 21 de abril de 2011.

sábado, 12 de marzo de 2011

RACHEL CORRIE

 
El bulldozer blindado avanzó. Le tiró tierra. Volvió a avanzar, la volteó y la aplastó. Según los testigos, después volvió a avanzar sobre su cuerpo aplastado. El ejército israelí calificó su muerte como un “lamentable accidente”, pero culpó a los activistas por comportarse imprudentemente en una zona peligrosa. Silvina Heguy, “La pacifista que se volvió un símbolo”. Clarín, 5 de junio de 2010.



Arrasada la tierra dará

flores silvestres.



Las casas derruidas estrenarán

fantasmas de atravesar la altanería compactada al

vacío.



Y sobre el muro a escala del

prejuicio, un insecto pasará delatado por su

sombra lo

mismo que los

hombres.



Será en otra estación del

Calvario de la Franja de Gaza;

entre tajos al aire de

herir una envoltura que no

alcanza a cubrir las

cicatrices.



Las piedras del desierto

con percusión de marcha militar

estrellan una a una sus

porosas prehistorias,

sus vetas -nervaduras de

arcaica utilería-,

en las mentes que

imaginaron muros:

voces de alto impostadas por no

quebrarse en intención de

prójimo.



Filosas como lápidas para

fijar allí leyes de

represalia,

la chispa que

encendió la zarza de Moisés y las

brasas solemnes de

cocinar corderos

en la noche de Pascua no

nació de esas piedras con la

energía ahogada en

cantimploras

castrenses.

*****



En lo idus de marzo del año 2003,

sin conexión los días

con la luz matutina y la

arruga en bandada de los

pájaros, el

trabajo sin nombre de un

blindado Bulldozer.



Mas no un anonimato:


RACHEL CORRIE,

aplastada por una

excavadora.



(Qué intacta y garantida la matriz del
relámpago.)

                     Carlos María Romero Sosa
                        Buenos Aires, junio de 2010

jueves, 24 de febrero de 2011

HELLÉN FERRO (1919-2011)



No presagiaba el nombre de herrería

la pluma de oro y el temblor de su alma;

cristal soplado por tormenta y calma

de la primer jornada al postrer día.



Pudo ser timonel y fue vigía,

por gritar “¡tierra!” en plan de puño o palma

batiente en el color de la alegría

que al cabo -siempre- con dolor se empalma.



Entramado, surtido de universos

en expansión: literatura y cine,

“Bebe” Cooke, Sur, Rodolfo, traducciones...



Con fe en la eternidad rindió sus versos.

Que en la paz del misterio se recline,

desafiando el olvido y sus rincones.


                           CARLOS MARÍA ROMERO SOSA, febrero de 2011

jueves, 10 de febrero de 2011

LA IGLESIA LA REDONDA DE BELGRANO Y SU PÁRROCO VIRGILIO FILIPPO


En los próximos días se completará la restauración de la iglesia La Redonda de Belgrano, templo histórico de la ciudad de Buenos Aires inaugurado el 8 de diciembre de 1878. Su plano original perteneció al ingeniero y arquitecto Nicolás Canale, encargándose José Canale, hijo de aquél, de la dirección de la obra en la que también intervino, durante la etapa final de su construcción, el arquitecto italiano Juan Antonio Buschiazzo. Este último urbanista fue biografiado por un antiguo vecino del barrio, el historiador ya fallecido Alberto Octavio Córdoba, quien asimismo escribió la crónica del templo en su monografía “La Iglesia de la Inmaculada Concepción de Belgrano. Apuntes para su historia” (Buenos Aires, 1969).

Como dato curioso cabe recordar a uno de sus párrocos –antes cura de San Antonio en Villa Devoto-: el presbítero Virgilio Filippo (1896-1969); de mucha popularidad en las décadas de 1930 y l940 por sus campañas radiofónicas. Más allá de sus convicciones ideológicas intolerantes y hasta discriminatorias y de su visión conspirativa de la historia y la política a las que veía -en consonancia con otros representantes de la derecha autoritaria y clerical- como luchas entre el bien y el mal, según lo revelan libros suyos tales como “El reinado de Satanás”,, “Confabulación contra la Argentina”, “Ciencia, milagros y convertidos“, “Marcha hacia la fe” o “El plan quinquenal de Perón y los comunistas“ , fue querido y respetado por buena parte de su feligresía.
Recuerdo siendo adolescente el concurrido velatorio de sus restos, precisamente en la iglesia La Redonda.

El padre. Filippo fue diputado nacional por el peronismo desde 1948 y adjunto eclesiástico a la Presidencia de la Nación. Confortó a Eva Perón en sus últimos días, junto al nada sectario, en cambio, sacerdote Hernán Benítez.

Un ejemplar de otro de sus libros, "Sistemas genialmente antisociales” (1949), luce de su puño y letra una amistosa dedicatoria a mi padre, por cierto un escritor e investigador de ideas democráticas y de actuación en campos intelectuales diferentes; más próximo al ideario de sus contertulios José Luis Torres, Diego Luis Molinari, Raúl Scalabrini Ortíz, Manuel Ugarte y Juan José Hernández Arregui, éste último compañero suyo de docencia en la Escuela Argentina de Periodismo que inauguró el general Perón.-.


Carlos María Romero Sosa. Se publicó en Tiempo Argentino, el 5 de febrero de 2011.-

domingo, 16 de enero de 2011

UN TRIBUTO A VARGAS LLOSA Y LA TRADICIÓN AMERICANISTA DOMINICANA


He leído en Tiempo Argentino el último día del año 2010, que Mario Vargas Llosa fue distinguido por el gobierno de la República Dominicana con la Orden de Cristóbal Colón y con la ciudadanía honoraria dominicana. Ahora, suma el novelista esa otra nacionalidad a la peruana que posee por nacimiento y a la española por elección. Señala la información que en el acto oficial, el presidente Leonel Fernández destacó que su pueblo, no sólo se siente honrado por haber adoptado el flamante premio Nóbel ese país como su tercera patria, sino que “estamos orgullosos de compartir con usted la patria más grande, que es América Latina”.


Es de resaltar el espíritu de integración americana que resumen esas palabras; algo que no resulta ajeno a la tradición cultural de la Tierra Primada de América, a punto tal que varios de sus prohombres sintieron el americanismo como un desafiante destino digno de desvelos y sacrificios. Ya lo proclamó el dominicano universal Pedro Henríquez Ureña: “La desunión es el desastre”, apotegma que bien pudieron suscribir los líderes populares Juan Bosch y José Francisco Peña Gómez.

De igual modo fue en su hora aquel ideal, uno de los más caros al novelista y crítico Federico García Godoy (1857-1924), natural de Santiago de Cuba y radicado desde la niñez en La Vega, un esforzado denunciante de la invasión norteamericana de 1916 a Santo Domingo, considerado el primer intelectual dominicano en incorporar la historia nacional a la narrativa criolla, con lo que hizo del nacionalismo literario una bandera del americanismo o latinoamericanismo, en coincidencia con la visión “arielista” del uruguayo José Enrique Rodó.

Asimismo juzgo, aunque me comprenden las generales de la ley debido al afecto que le profeso, que en su ámbito es otro abanderado de la tradición americanista el escritor José Rafael Lantigua, en la actualidad ministro de cultura del país quisqueyano. En efecto, el licenciado Lantigua, un mocano nacido en 1949, autor de ensayos sociológicos y de interpretaciones de la realidad como “La conjura del tiempo”, de originales estudios biográficos como “Duarte en el ideal” -sobre el Padre de la Patria- y el dedicado al poeta Domingo Moreno Jiménez -pontífice del “postumismo”-, de reveladoras memorias como “Semblanzas del corazón”, de poemarios como “Los júbilos íntimos” y de reportajes periodísticos de alto nivel, varios de ellos coleccionados en “El oficio de la palabra“, viene también difundiendo y haciendo valorizar las letras de las Américas, de manera especial de la Argentina, y no sólo las de los creadores consagrados por la mercantil industria cultural globalizada. De ese modo aporta su cuota de sagacidad, comprensión y tenacidad para cuando se cumpla lo profetizado por Rodó en su estudio sobre Juan Montalvo y …“los pueblos hispanoamericanos pongan en acervo común las glorias de cada uno de ello, arraigándolas en la conciencia de los otros”. En esto, la divulgación de autores, también Lantigua es ejecutivo y no se pierde en los laberintos de la burocracia. Pruebas al canto la sección “Biblioteca” del periódico Listin Diario, a cargo suyo durante años y donde tuve el honor de ser columnista merced a su generosidad y amplitud de criterio. Después su brillante dirección de la Feria Internacional del Libro de la República Dominicana -que en 2006 tuvo como país invitado a la Argentina-, y sus desempeños que estimo en extremo constructivos como secretario de cultura y ahora ministro del área. Además, claro está, se da tiempo para deleitar a sus lectores con los frutos de su pluma elegante, ingeniosa, erudita y dada a develar tanto nuestras comunes marcas del subdesarrollo material y mental cuanto la fuerza del genio continental encarnado aquí y allá en artistas de proyección universal. En 2009 prologó la reedición dominicana del volumen del argentino Manuel Ugarte, “Cabral un poeta de América”, (2da. Edición, Buenos Aires, 1955). Previamente solicitó y obtuvo de Carlos Gregorio Romero Sosa quien en su juventud trató a Ugarte, datos y apreciaciones sobre este escritor “maldito” para la cultura oficial local. Mi padre correspondió al pedido y redactó especialmente para Lantigua, poco tiempo antes de morir, un texto lleno de vivencias fechado a finales de 2001 que tituló “Otro argentino en mis recuerdos juveniles: el escritor, americanista y diplomático Manuel Ugarte”. Resultaron ser las últimas páginas por él escritas como bien anota con emoción y honestidad intelectual, en el introito referenciado, el destinatario de aquella monografía; trabajo –el de Romero Sosa- del que además subraya Lantigua que representa una verdadera “contribución en el conocimiento de la vida de Manuel Ugarte”.

Pero retorno a la noticia difundida por Tiempo Argentino y pienso que si hoy, acorde con el ya unánime reclamo continental de integración en base a principios rectores de democracia plena, con contenido social y derechos humanos, no la despojada de valores republicanos “democracia en la pasarela”, en caracterización reciente del nicaragüense Sergio Ramírez, la consigna unificadora llega dada precisamente desde la República Dominicana y en ocasión del homenaje tributado a Vargas Llosa -figura que entre paréntesis pudo ahorrarse en su discurso pronunciado en Estocolmo la calificación de “seudo democracia populista y payasa”, al proceso boliviano que lleva adelante el presidente Evo Morales-, bueno sería poder rastrear en el trasfondo de ese americanismo humanista y militante antillano la influencia de un compatriota –aunque nacido en Palermo, de la italiana Sicilia- por aquí más mentado que leído al presente, como José Ingenieros. Alguien cuyos libros tienen vigencia y son estudiados en México –conocimiento al que no fue ajeno la actividad literaria e ideológica cumplida en la tierra azteca por Aníbal Ponce, un epígono del autor de “Las fuerzas morales” que buscó refugio allí en tiempos del presidente Lázaro Cárdenas, luego de ser exonerado en 1936 de sus cátedras en el Instituto Nacional del Profesado Secundario por el ministro de justicia e instrucción pública de Agustín P. Justo, Jorge de la Torre- y en especial en la patria de Juan Pablo Duarte, según lo he comprobado en mi trato con hombres y mujeres del mundo de la cultura y la educación de allá y me lo reafirma a menudo el escritor, bibliófilo y editor dominicano Miguel Collado. En efecto, el socialista Ingenieros fundó en los años 20 del pasado siglo la Unión Latinoamericana -donde participaron desde la creación Alfredo L. Palacios, Manuel Ugarte y Carlos Sánchez Viamonte-, y fue redactor de su programa antiimperialista. Una circunstancia casi olvidada entre nosotros aunque no en otras latitudes.
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(*) Carlos María Romero Sosa.Publicado en "Salta Libre", el 5 de enero de 2011.-

sábado, 1 de enero de 2011

LAS MEMORIAS DE ANTONIO GAMONEDA Y UNA CARTA CON SU APRECIACIÓN SOBRE MIGUEL HERNÁNDEZ (*)

En los dominios de la literatura existen muchas habitaciones, escribió recientemente Claudio Magris. Entonces, en un aposento destinado más al ensueño intencionado que al acto biológico de dormir, con el consiguiente olvido de sí mismo en aquel “pregusto de la muerte” que dijera Borges, puede hallarse, testigo mudo de incitaciones a hurgar en sus incógnitas y al cabo pronto a deponer sobre la aceptación de ausencias y orfandades, el inmaterializado armario que oficia de protagonista mudo antes que de elemento escenográfico del reciente libro de memorias de Antonio Gamoneda: “Quieto ante el armario, entré en una suavidad semejante a la que acompaña a los movimientos en los sueños; no tenía necesidad de distinguir entre lo posible y lo imposible y no hubo en mí sobresalto al oír el chasquido que sólo se producía cuando mi madre hacía girar la llave”.
El poeta de “Sublevación inmóvil” (1960) o “Edad” (1987), nacido en la universitaria Oviedo en 1931 y trasladado en 1934, tras la muerte de su padre a León; una tierra de revolucionarios y anarquistas como Buenaventura Durruti o Sinesio García Fernández (Diego Abad de Santillán) -adonde don Antonio reside hasta la actualidad-, extrajo del interior del mueble los recuerdos de niñez y adolescencia con la originalidad de intercalar y conjugar el tiempo cronológico que los contuvo, con aquel otro tiempo psicológico o dramático identificado por Bergson, que los trasciende. En esa interrelación de lo cósmico y lo subjetivo toman cuerpo y reciben el soplo del espíritu recreador las remembranzas y las confidencias del escritor, que lo son de experiencias, inquietudes, empeños y testimonios de vida, o del despertar a ella en un lapso que va desde el inicio de la Guerra Civil Española hasta cumplir sus catorce años de edad.
Ya el título del libro, precisamente “Un armario lleno de sombra”, impone condiciones a la evocación como ser el desafío de echarse a bucear por momentos entre la ausencia de colores, de brillos y también de espejismos del pasado. El poeta en verso que lo es asimismo en su prosa tersa y disparada desde zonas donde dominan la razón emocional sin logicismo y el intelecto penetrativo en las esencias, fija detalles del ayer como boyas orientadoras de la profundidad de muchos sucesos cotidianos generadores de ecos y concausas infinitas. En ocasiones apela a símbolos que apuntan a lo elegiaco: “En pocos minutos, el espacio, hasta entonces caliente pero limpio, pasó a ser ceniciento y azufrado. En ese espesor, empezamos a oír campanas que tañían con insistencia”; notas de bronce emparentadas sin duda con el doblar a duelo del que John Donne identificó en su hora el destinatario: cada uno de los hombres.


Antonio Gamoneda retrata de frente y perfil, manteniendo la proporción con su personalidad de otrora, un cúmulo de circunstancias capaces de distraer su atención y acelerar sus latidos de chiquilín, de modo tal que lo dicho como al pasar en la página 216: “no me sentía extraviado sino exterior”, constituye quizá una frase definitoria que bien puede tomarse como “leitmotiv” de la obra. Porque se advierte la vocación de exterioridad asumida con ánimo de integración en vez de dispersión o alienación. Se observa el afán de salir de sí, para hermanarse franciscanamente con las cosas e incluso, si es que de impulsos de modificar el mundo se trataba, el proponerse la meta de tenerlo a tiro y de nunca recluirse en la “torre de marfil”, en el preciosismo o en el puro esteticismo.
Renglón a renglón y palabra a palabra parece irse encadenando la aceptación de las pretéritas honduras intuidas alrededor suyo; suficientes para no encallar en la edad de las inseguridades y las carencias, aunque no se describan navegaciones de epopeya ni deslumbrantes descubrimientos. Por el contrario, casi todo lo recuperado del ayer es sencillo, pueblerino, inocente y nunca ingenuo, como corresponde a quien tuvo que madurar de golpe en épocas difíciles, insertas en la “cultura del hambre”. Tal el tiempo del niño que como signo, marca, destino, auspicio, aprendió a leer en el texto de “Otra más alta vida”, el libro de poemas escrito por el padre periodista, admirador de Verlaine y “anarquista de acción convencidísimo”, de su mismo nombre, obra que se publicó en 1919 “bajo las influencias del desmedulado realismo español, pronto subordinadas a las del modernismo, a las de Rubén Darío, en particular, al que hace homenaje explícito”, juzga hoy el hijo consagrado en las letras castellanas.
Aquí y allá, según corresponde no a una autobiografía justificadora de conductas y actitudes, sino a un desgranar de las más íntimas reminiscencias transferibles a los lectores por el milagro del arte, la paleta de Gamoneda es de tonos bajos y sugerentes, tanto como para retratar esa luz primera y vacilante de la alborada, para el caso la de su propio amanecer surcado por privaciones y lutos que lejos de hacer familiar la muerte, por el contrario le marcaron la vida: “…en Oviedo, al norte de la cordillera atravesada por túneles, están la calle y la casa donde, detrás de los balcones del tercer piso, nací yo y murió mi padre”.
En uno de los pasajes más dramáticos cuenta que estudió en León con los padres agustinos (igual -anotemos- que Manuel Azaña quien en “El jardín de los frailes” narró su experiencia escolar en el monasterio de El Escorial a cargo de la orden fundada por el Doctor de Hipona.) Gamoneda, con un toque como de espátula cargada, oscurece el contexto desde ya inquisitorial que se le presentaba en la adolescencia al referenciar los castigos corporales y psicológicos a los que los religiosos sometían a sus educandos. Y fija un dato para él significativo y en verdad capaz de signar una existencia sensible y depresiva: allí, en el colegio, conoció la vergüenza y la humillación al sentirse sujeto de burla debido a su situación de pobreza por parte de un sacerdote ajeno a las enseñanzas impartidas por San Agustín, por ejemplo en su carta a Proba: “Cuando oréis, hacedlo con mucha caridad y pocas palabras”. Cuenta: “Ya he dicho del placer que Ramón obtuvo avergonzándome con el relato de la ocasión en que mi madre no alcanzó a tener dinero para pagar nuestro turno de racionamiento. Parecida bajeza cometió agravando la humillación a que fui sometido por el padre Anacleto. Aprovechando mi visibilidad -ya he dicho que había de estar de pie todos los días durante la clase- hacía correr la información, numerosamente atendida, de que yo iba calzado con zapatos de mujer. La crueldad y la risa se generalizaban. Efectivamente yo no tenía calzado para el invierno leonés. Mi madre no encontró otra solución que mandar rebajar el escaso tacón de unos zapatos de mi abuela (ya vivía con nosotros, de ello hablaré pronto) y calzarme con ellos. No llegaban a pasar por zapatos masculinos. La pobreza es grotesca demasiadas veces. No fue el sadismo ni los diversos aspectos y grados de la pederastia frailuna lo que me echó de los agustinos y acrecentó mi maldad; fue la vergüenza de ser publicado pobre”.


No obstante la lógica reacción anticlerical, motivada por situaciones como la descripta, a tono con los aires del señoritismo político y la reacción de las derechas acaudilladas por el nada magnánimo vencedor Francisco Franco, el autor refiere más adelante cierta experiencia eucarística vivida en la leonesa iglesia de San Isidoro en la que es posible suponer que no actuaron únicamente la extrema sensibilidad del escritor y su arrobamiento de corte estético ante la Sagrada Forma sino algo más: tal vez la indescifrable visita de la Gracia: “Yo creía o no creía en Dios desde una absoluta indiferencia, sin acordarme nunca de Dios ni pararme a dudar de su existencia o inexistencia, pero es cierto que, lejana y enorme, la hostia (...) blanquísima en su camarín luminoso, ponía en mí una especie de hipnosis. Empecé a llorar en silencio. Sentía resbalar mis lágrimas y la contracción pectoral con que ahogaba los gemidos. No lloraba por nada que se manifestase en mi conciencia; simplemente lloraba. Cuando salí, había mucha luz bajo un cielo impecable.”


Este escritor que sufrió en carne propia la extrema pobreza, que comenzó su vida laboral a las catorce años, en el Banco Mercantil de León, y estudió contabilidad y cálculo mercantil -disciplinas que también transitó Vicente Aleixandre-, un día presenció en la calle el accidente de un obrero que quedó con las manos desechas. A partir de allí algo cambió en él: “Me sentí mal. Subí a casa y lloré (…) Sería excesivo hablar de un pensamiento, de una inclinación ideológica, pero yo sentía que algo se transformaba en mi conciencia”. La rebeldía natural de la edad tomó cauce y dirección hacia posiciones progresistas en materia social; a riesgo de recibir, como ocurrió, una golpiza por parte de miembros de la falange.
Lo cierto es que el poeta Antonio Gamoneda, laureado en el año 2006 con el Premio Reina Sofía y el Cervantes, no ha cejado nunca en los ideales de justicia y libertad.


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Me interesé por su obra desde hace años no bien la conocí. Después adquirí y leí impactado “Lengua y herida” (Colihue, 2004), suerte de antología que seleccionó y prologó Vicente Muleiro. Traté algo a Gamoneda en su visita a Buenos Aires este año 2010, con motivo de su participación en la Feria del Libro como invitado extranjero. A partir de entonces tuvo la deferencia de enviarme sus libros y de escribirme con una cordialidad nada común entre los consagrados. Siempre identifiqué su condición obrera y autodidacta con la de Miguel Hernández. Eso más allá de las generaciones y estéticas diferentes e incluso del grado de compromiso político dispar, o al menos de distinta repercusión pública en el caso de Antonio. Le comenté en un correo esos pareceres y le pedí indicarme si creía tener o no influencia del autor de “Viento del pueblo”. Hizo más que eso: en una carta fechada en junio último, luego de descartar sentirse epígono de la poética de Hernández, analizó aspectos poco visitados por la crítica sobre literatura y pobreza material en las letras españolas:


Muy querido amigo Romero Sosa
En su último correo me hace llegar Ud. algún amable interrogante que intentaré contestar.
En el orden formal, yo no me siento directamente influido por Miguel Hernández, aunque sí, desde siempre, he admirado la “frondosa” belleza de su escritura y el carácter, acendradamente sincero, de sus manifestaciones poéticas, pero sí hay en Miguel Hernández una esencialidad que, en mi modesta condición, me hace sentirlo muy cercano Existe una poesía declaradamente “resistente” frente a la injusticia y la opresión. Una y otra tienen su origen, a mi entender, en la universal maldad del poder económico y, como digo, se da una poesía que denuncia y combate esta maldad. Esta poesía suele ser nombrada como “poesía social”.


Pero en esta poesía tenemos que advertir la presencia de dos posiciones diferenciables. Una sería la que comporta la actitud “solidaria”, que se da en poetas que pertenecen a clases acomodadas y hasta adineradas. Podemos tomar como paradigma contemporáneo al muy celebrado poeta español Gil de Biedma. Sí, su poesía se opone inteligente y críticamente a la dictadura franquista (resultado esta de una rebelión militar suscitada y apoyada por grandes fuerzas económicas; recuérdese a Juan March, por ejemplo), pero Gil de Biedma fue multimillonario y en ningún momento pensó en renunciar a serlo.
Hay que agradecer esta “poesía social solidaria”, muy extendida, por cierto, en España. Pero hay que distinguirla de la “poesía que se hace en la pobreza y desde la pobreza.” Pobreza económica y pobreza cultural se dan normalmente reunidas: Francois Villón, Luis de Camoes, Juan de Yepes, Miguel de Cervantes, César Vallejo, Miguel Hernández…Estos sí, estos vivieron en la pobreza y escribieron desde la pobreza. Es esta una circunstancia poco estudiada en lo que pueda tener de repercusión en la obra. Pongamos un ejemplo. Escribe Miguel Hernández en sus “Nanas de la cebolla”:


En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.


¿Podría haber escrito esto Gil de Biedma? No. No sin entrar en una falacia retórica y carente de verdad existencial.
Esta es la diferencia, querido amigo. Yo (podrá verlo en “Un armario lleno de sombra”), he sido pobre y pasado hambre. No es una virtud. No es un dato que avale mi calidad de escritor ni la de nadie, pero es un hecho. Un hecho definitoriamente existencial. Y este hecho sí, este, en mi pequeñez, me proporciona algún tipo de hermandad con Miguel Hernández. Le abraza Antonio Gamoneda.


Sí, Antonio Gamoneda relacionó estéticas con buenas intenciones de algunos y vivencias concretas del hambre de otros; así las del pastor de Orihuela y las suyas propias, concluyendo que fueron realidades suficientes como para hermanar a ambos en el sufrimiento.
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(*)  CARLOS MARÍA ROMERO SOSA, publicado en PROA, número 80, y reproducido en CALCHAQUIMIX (Salta) el martes 28 de diciembre de 2010.-


domingo, 26 de diciembre de 2010