miércoles, 7 de septiembre de 2011

Emilio Mignone, un cristiano de ley

 





CARTA DE LECTORES




Señor Director:

El sacerdote Fernando Emilio Mignone, que reside en Vancouver (Canadá), ha creído del caso, recientemente, expresarse en forma pública sobre el ideario cristiano que guió al doctor Emilio Fermín Mignone, ejemplar defensor de los Derechos Humanos en su integridad, cuando hacerlo era jugarse la vida.


Nada queda por agregar a tan testimonial recuerdo y a lo aclarado sobre la visión sagrada que de la existencia humana profesó siempre su padre, fundador del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) desde donde tanto se batalló durante los “años de plomo” por la vigencia del Estado de Derecho. Lo conocí apenas, presentado en noviembre de 1984 por el comediógrafo y dirigente socialista José Armagno Cosentino, en la sede de las Universidades Populares Argentinas con motivo de la aparición de un libro de relatos colectivo titulado “Cuentos del Proceso”. Recuerdo que en ese acto donde fueron oradores el jurista y político demócrata cristiano Guillermo F. Frugoni Rey y Emilio Mignone, éste inició su charla participando al auditorio sobre la corrección de las pruebas de un texto de Instrucción Cívica que había confeccionado destinado a la juventud. A renglón seguido reafirmó su condición de católico y explicó que de esa fe, que otrora lo impulsó a militar en la Acción Católica, provenía el compromiso con los Derechos Humanos; lo cual no le impidió y por el contrario le dictó denunciar en “Iglesia y Dictadura” (1986) la connivencia de ciertas jerarquías con el poder militar responsable de torturas y desapariciones como la de su propia hija, la catequista Mónica Mignone, de 24 años, secuestrada el 14 de mayo de 1976.

Después de ese día de finales de 1984 lo vi. muchas veces en la misa vespertina de la iglesia parroquial de Nuestra Señora del Carmelo, junto a su esposa, Angélica Paula Sosa, “Chela” como se la conocía familiarmente y en los ambientes de resistencia a la dictadura. Comulgaban ambos y quedaban largo rato de rodillas orando. Luego, tomados del brazo, caminaban por Santa Fe rumbo a su hogar a la altura del 2900 de esa avenida. Nunca me atreví a saludarlos. Nunca quise interrumpir el estado de elevación espiritual que trasmitían.-

Carlos María Romero Sosa
(Se publicó en La Prensa, el 6 de septiembre de 2011)

sábado, 3 de septiembre de 2011

NUESTRA HOGAREÑA IMAGEN DE LA VIRGEN DEL CARMEN


Victoriosa en las almas, Generala,

con voces de consuelo, no de mando;

y más que voces, signos: pluma y ala

para el aire alcanzar que va volando.



Abajo hay penas, dudas, suelo blando

de la ilusión que su perfume exhala

justo al desvanecerse: justo cuando

la inquietud la deshoja y desinstala.



La casa era un desierto transitado

por caravanas de ansiedad o hastío;

y presagios y duelos. Y espejismos...



Pero Tu imagen nos llenó el vacío,

Virgen del Carmen, red en los abismos.

Generala del triunfo asegurado.

Carlos María Romero Sosa.16 de julio de 2011

(*) Nuestra Señora del Carmen fue declarada por el general José de San Martín, Patrona del Ejército de los Andes.-


domingo, 10 de julio de 2011

ANTISEMITISMO: DELIRIO CONSPIRATIVO

Señor Director:

Alguien del mundo de la política expresó palabras hirientes para la comunidad judía con motivo del caso Shoklender, en presunta violación de la ley antidiscriminatoria según entendió el fiscal Penal, Contravencional y de Faltas de la Ciudad de Buenos Aires, doctor Martín Lapadú. Pero si el antisemitismo es perverso en sí, además de estúpido, resulta por demás incoherente que haya sido en la Argentina , nada menos, uno de los latiguillos del delirio conspirativo de cierto nacionalismo de derecha –aunque hay que reconocer que ni Leopoldo Lugones en su etapa reaccionaria, ni Carlos Ibarguren, ni Manuel Gálvez fueron antisemitas o xenófobos- y ahora también supuestamente de izquierda. Y apelo a un motivo histórico entre muchos otros de orden ético, religioso e incluso de buen gusto: el mismísimo Padre de la Patria fue socorrido en su exilio francés por un noble español de sangre judía: su antiguo compañero de armas, Alejandro María de Aguado y Remírez de Estenoz, Marqués de las Marismas del Guadalquivir (1785-1842). Una estatua de este ilustre protector del general San Martín, obra del escultor Vicente Roselli, se halla instalada desde 1951 en la porteña plaza Grand Bourg, frente a la sede del Instituto Nacional Sanmartiniano. Al pasar frente a ella suelo recordar el soneto de Enrique Larreta “!Señor, señor de Aguado!, incluido en el libro “La calle de la vida y de la muerte” (1942).-

Carlos María Romero Sosa: publicado en "La Prensa": Correo de Lectores del 8 de julio de 2011 

sábado, 2 de julio de 2011

REVALORIZACIÓN DE UN NATURALITA VIAJERO: GUIDO BENNATI

En la actual bibliografía sobre la historia de la ciencia argentina y latinoamericana, el libro “Los viajes en Bolivia de la Comisión Científica Médico-Quirúrgica Italiana” -publicado por la Fundación Nova en 2011, en Santa Cruz de la Sierra-, resulta en extremo novedoso y no sólo por los aportes documentales que contiene. Lo es además por la motivación que se advierte en la autora, Irina Podgorny -antropóloga, doctora en ciencias naturales, investigadora del CONICET y del Instituto Max Planck de Berlín-, de ocuparse con una mirada comprensiva, de Guido Bennati (Pisa, 1827-Buenos Aires, 1898), a extenderse sin duda a otros pioneros en la biología y las disciplinas del hombre, más allá de justipreciar los conocimientos técnicos de que disponían y comprender las posibilidades a veces escasas con que contaron. Prima así el afán de rescatar para el conocimiento y el reconocimiento general, la actuación de una figura que si bien mereció el elogio de la médica y feminista Julieta Lanteri al cumplirse el centenario de su nacimiento, quizá fue considerado por algunos de sus contemporáneos como diletante en el campo de las ciencias del hombre; así cabe recordar por ejemplo que Florentino Ameghino, quien algo lo trató, no lo incluyó sin embargo entre los extranjeros que se ocuparon en el país de arqueología, al menos en la reedición hecha por la Editorial Claridad de “Doctrinas y descubrimientos”, una recopilación de escritos del sabio publicada en 1915.

En esta obra la autora, luego de una amplia aproximación a la personalidad del médico italiano Guido Bennati ofrecida como estudio preliminar, incorpora el informe del mismo suscripto junto a sus colegas de aventura José Manó y Vicente Logatto, referido a la flora, la fauna, la etnografía y la arqueología de las regiones del sudeste del país del altiplano, en particular la Chiquitania, en el Departamento de Santa Cruz, que recorrieron hacia 1875 y 1876.

Esos documentos originales exhumados por la doctora Podgorny que conforman la segunda parte del libro, contienen orientadoras notas de ésta a pie de página. Del capítulo inicial se han de destacar los antecedentes de aquella reseña dedicada al presidente boliviano general Hilarión Daza -el “soldado mandón” de ascendencia italiana bajo cuyo gobierno despótico tuvo inicio la Guerra del Pacífico que dejó sin mar a Bolivia-, lo cual lejos de menospreciar las inquietudes del viajero con suficiencia profesional, así como de medir con estándares actuales sus relatos que ciertamente enumeran un buen número de curiosidades dignas de valoración, entre ellas el interés y la reivindicación de las reducciones jesuíticas; y ello décadas antes de que su historia sirviera de inspiración para la novela “Arcadia perdida” (1901) del escocés Roberto Cunninghame Graham, y que Leopoldo Lugones diera a conocer, en 1904: “El Imperio Jesuítico”. Tampoco se han desatendido aspectos pintorescos y casi costumbristas de sus itinerarios incorporándose al libro, por ejemplo, hasta un ripioso soneto, ejemplo de los varios poemas con que celebraban algunos pacientes de las clases adineradas de Cochabamba y otras ciudades bolivianas, la curación de sus males mediante los tratamientos en especial hidroterapéuticos prescriptos por el galeno. Se desprende de los datos que aporta Podgorny que aquél, aun en pleno positivismo y sin acatar los modos del academicismo acartonado, era afecto a vivir y exponer la ciencia como un espectáculo, tanto en materia médica como en lo referente a la paleontología y la antropología que tanto le desvelaban. Prueba de ello fue la exhibición llevada a cabo en Buenos Aires en 1883, evento al que acudieron Estanislao S. Zeballos, el cirujano Ignacio Pirovano, Juan Bautista Ambrosetti y el propio Ameghino, que hasta compuso una lista de los objetos allí expuestos, entre ellos una momia de la tribu de los Potoreros de Bolivia, hecho del que dio cuenta el periódico “La Patria Argentina” de enero de ese año.

Irina Podgorny ha rectificado el año del fallecimiento de Bennati, hecho que hasta su investigación se tenía por ocurrido en 1886, conforme surge de la reseña del “Nuevo Diccionario Biográfico Argentino” de Vicente Osvaldo Cutolo, de la del “Diccionario Histórico Argentino” dirigido por Ricardo Piccirili, Francisco L. Romay y Leoncio Gianello y de la incluida en “La masonería argentina a través de sus hombres” de Alcibíades Lappas. Sin entusiasmarse con el personaje al grado de exagerar sus méritos, exceso en que suelen incurrir en general los biógrafos, no disimula la autora la simpatía que le despierta su innegable vocación por la prehistoria americana; esto sin impedir que el lector saque sus conclusiones sobre la posible debilidad de su formación autodidacta, sobre la heterodoxia de sus métodos –bien que a todas luces constituyó su periplo un auténtico y extenso trabajo de campo- y los resultados de sus observaciones, descripciones a veces minuciosas aunque en ocasiones sin suficiente rigor.

Médico o al menos habilitado para el ejercicio de la cirugía, Guido Bennati luego de desempeñar en forma itinerante el arte de curar en Francia y las ciudades de la Toscana y del Piamonte -antes de la unificación de Italia-, llegó a Buenos Aires procedente de Cádiz a fines de los años sesenta del mil ochocientos. Su espíritu viajero lo llevó pronto al Litoral, a la Región Andina, al Noroeste Argentino y a la República del Paraguay. Quizá su adscripción a la masonería y a los ideales de fraternidad universal -Alcibíades Lappas da la jornada del 14 de octubre de 1847 como fecha de su iniciación en la logia Joven Mendoza y resalta a renglón seguido el carácter de fundador de otras logias en Cuyo y Tucumán-, se haya compatibilizado en el plano ideológico con su nomadismo y su innata curiosidad intelectual, circunstancias todas que al ponerlo frente a los paisajes americanos y a sus habitantes, con sus costumbres ancestrales y sabidurías empíricas, lo convirtieron en asombrado observador; condición necesaria aunque no única para su pretensión de ser tenido por naturalista viajero, que hasta intentaba ajustar observaciones previas de Alcides D’Orbigny.

Aunque más humanitario y compasivo que propiamente dado a reivindicar las razas nativas o ser un crítico de la condición de explotación y miseria de las clases trabajadoras, como aquí lo fueron el médico, abogado e ingeniero catalán republicano Juan Bialet Massé y el geólogo y arqueólogo socialista alemán Germán Ave-Lallemant, Bennati fue capaz de emitir alguna exclamación en tal sentido: “Indios quichuas son los que fecundizan, con horribles penas aquel duro y ácido suelo. Y, la condición de esos indios es por cierto azar miserable” (página 247). Pero europeo al fin y al cabo cuando en el Viejo Continente el capitalismo se hallaba en auge y las materias primas eran requeridas por las metrópolis en el contexto de la División Internacional del Trabajo: “Cuándo querrá Dios sean explotadas tantas riquezas que la naturaleza ha derramado en este suelo” (página 205), tuvo aunque almibarados por cierta dosis de humanismo, similares prejuicios en cuanto a la presunta ociosidad de los aborígenes que las oligarquías empeñadas en hacer rendir al máximo a la mano de obra semiesclava: “No es que los indios hayan sacudido su habitual indolencia, no; los indios mansos del territorio boliviano que hemos visitado, sólo trabajan lo rigurosamente indispensable para cubrir sus cortísimas y hasta diremos insignificantes necesidades. Pasado de allí, el indio no cavará ni una pulgada de terreno, no hará un solo esfuerzo, no dará ni un solo golpe de espiocha o de azada, si no se emplean con él medios coercitivos del siglo en que vivimos, y que todo cristiano, que todo hombre honrado estuviera en derecho de vituperar y maldecir si llegaran a emplearse” (página 129).

Sin repudio alguno por aquellos “medios coercitivos” y más bien al contrario, se declaraba un vocero de la “gente decente” de Salta. Precisamente en una columna de “La Reforma” de 1879, en el mismo año en que Bennati daba a conocer allí sus comentarios sobre las excursiones por el lago Titicaca y sus islas. Ese periódico insistía en condenar “la vagancia que prolifera especialmente en la clase proletaria”, recomendando a la policía no cansarse en “perseguir a los vagos, elementos improductivos de la sociedad”. (Poco después -en 1889-, según informa Miguel Solá en su libro “La imprenta en Salta”, el diario se refundió durante la gobernación del doctor Martín Miguel Güemes en el oficialista “El Nacional” que adhería al partido dirigido por Miguel Juárez Celman).

Lo antedicho permite advertir que en la biografía del Comendador Bennati existen varios puntos de vinculación con Salta: como que viajó por esa provincia reuniendo piezas arqueológicas antes de pasar a Bolivia y con bastante antelación a que lo hiciera Ambrosetti, primero en 1895 –bajo el gobierno de Delfín Leguizamón- y al año siguiente en compañía del pintor de origen alemán radicado en Paraná, Federico Voltmer. En la tierra de Güemes, trabó Bennati relación con el enciclopédico Juan Martín Leguizamón mencionado éste sí por Ameghino entre los notorios estudiosos argentinos de la antropología. Y como lo rescata el apéndice final de la obra de Podgorny, publicó en el ya citado medio local “La Reforma” (fundado en 1875, que aparecía los miércoles y sábados, se editaba en la imprenta de “El Comercio” de Pedro Soliverez y contaba entre sus colaboradores al boliviano Pablo Subieta, uno de los primeros difusores del poema “Martín Fierro”, a Eliseo F. Outes, a Juan Martín Leguizamón y al latinista Pablo Policarpo Romero de la Corte, quien solía acompañar a Leguizamón en sus excavaciones arqueológicas), una serie de notas con la descripción del lago Titicaca, sus adyacencias geográficas y sus monumentos arqueológicos.

Sobre el punto específico del vínculo con Salta de este curioso personaje, considero del caso anotar que fue Carlos Gregorio Romero Sosa uno de los primeros, si no el primero, en historiarlo. Lo hizo en 1938 –cuando ya se carteaba con José Imbelloni, su profesor de antropología en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y con el arqueólogo entrerriano Antonio Serrano- en el hoy agotado opúsculo “Guido Bennati. Un curioso de la arqueología”; y pocos meses después en la conferencia auspiciada por la Unión Salteña que pronunció en la sede del Museo Provincial de Fomento de Salta, bajo la dirección del científico dinamarqués Christian Nelson titulada: “Guido Bennati, un arqueólogo en el norte argentino”. Finalmente en 1939 dio a conocer en el número 4 del Boletín del Instituto de San Felipe y Santiago de Estudios Históricos de Salta: “Antiguos curiosos de la arqueología calchaquí-salteña”, donde anotó igualmente el paso del italiano por el actual Departamento de Molinos. Conozco además por referencias paternas que para redactar esos ensayos juveniles se valió de las tradiciones orales escuchadas a los historiadores Atilio Cornejo y Francisco Centeno así como de fuentes familiares que recordaban la visita de Bennati, alrededor de 1880, al museo privado del canónigo doctor Clodomiro Arce Romero instalado en la casa que compartía entonces con sus hermanos, Josefa y Pascual, en la calle Alberdi al 400, próxima a la histórica Iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria de La Viña.

(*) Carlos María Romero Sosa para "Salta Libre"

miércoles, 1 de junio de 2011

El Código Nacional de Trabajo de 1904


  En el diario La Nación de Buenos Aires, “Tribuna de doctrina” que no brinda mucha oportunidad para aclaraciones, apareció hace unos días una carta de lectores suscripta por el dirigente del Partido Demócrata y Diputado Nacional (m.c.), doctor Alberto Allende Iriarte. Sin duda hay varios conceptos para compartir allí respecto de la política de avanzada de los ministros del presidente Roca: Manuel Demetrio Pizarro, Eduardo Wilde y Joaquín V. González, a los que se refiere el autor sin nombrarlos cuando enumera algunas de sus iniciativas, como la creación del Consejo Nacional de Educación, en 1881, y la promulgación, en 1884, de la ley 1420 de Educación Común, Gratuita, Gradual, Laica y Obligatoria, “para favorecer y dirigir simultáneamente el desarrollo moral como intelectual y físico de todo niño”, como reza su artículo primero.
   Aunque es justo subrayar que quizá no en todos los aspectos los miembros de los sucesivos gabinetes de “El Zorro” tuvieron similar orientación progresista –por ejemplo el nombrado cordobés Manuel D. Pizarro, católico o clerical que no es lo mismo, defendió el matrimonio religioso y se opuso al matrimonio civil- y que el propio primer mandatario, antes de serlo, era un “acuchillador valiente” en caracterización de La Nación del 10 de enero de 1880, y no fue en nada un modelo a seguir en lo que hace al respeto por los derechos humanos e integración pacífica de las comunidades originarias se trata. Pero ese es otro tema y Ubi dubium, ibi libertas.
   El redactor de la carta menciona igualmente como fruto de la visión reformadora y humanitaria del roquismo en materia social -“período eficaz, progresivo y hasta despiadado a partir de 1880”, según lo define David Viñas en su libro “Del apogeo de la oligarquía a la crisis de la ciudad liberal: Laferrére”-, la aprobación del instrumento conocido como “Código Nacional de Trabajo”. Y ello, acotamos por nuestra parte, cuando pocos se preocupaban por la situación de los menos favorecidos y excluidos en el despuntar del capitalismo argentino, en el contexto de la División Internacional del Trabajo. También se promulgó en 1902 la Ley de Residencia propuesta por el senador Miguel Cané y objetada en la Cámara Alta sólo por el legislador correntino Manuel Mantilla. Un medio para expulsar inmigrantes indeseables y disgregadores del orden oligárquico: léase elementos anarquistas y anarcosindicalistas.
   Sin embargo cabe aclarar que la antedicha legislación laboral fundada en el programa mínimo del recién nacido Partido Socialista -creado por Juan B. Justo en 1896- y denominada en rigor “Ley Nacional de Trabajo”, quedó en proyecto y no se efectivizó ni entonces ni después, a punto tal que el actual artículo 75, inciso 12 de la Constitución Nacional -antes de la reforma de 1994, artículo 67, inciso 11, según el texto de 1957- enumera entre las atribuciones del Congreso el dictado de un código de trabajo y seguridad social.
   En cuanto a esa “Ley de Trabajo”, elogiada por Alfredo L. Palacios en sus libros (publicados por la editorial Claridad): “El nuevo derecho” (1920, 1928, 1934 y 1946) y “La justicia social” (1954), y antes por José Ingenieros que la juzgó “obra de alto alcance político. Como simple proyecto del Poder Ejecutivo, y aunque no pase de tal, esta obra merece unir el nombre de su autor al de los más arriesgados reformadores del siglo (…) No conocemos ministro, de país civilizado, que haya presentado a su Parlamento un proyecto que pueda, en su conjunto, comparársele”. (“La législation du travail dans la République Argentine”), la promovió en 1904 el propio ministro del interior González, un conservador humanista y de mirada amplia, sin duda debido a su origen riojano y a su compenetración cuando menos estética con el país profundo. Junto a él actuó por ejemplo el intelectual socialista Enrique Del Valle Iberlucea en su carácter de Secretario de la Universidad Nacional de la Plata, entidad nacionalizada y presidida por el prosista de “Mis montañas” que hasta vertió al castellano las Rubáiyát de Omar Khayyam de la traducción inglesa de Edward FitzGerald.
   Lo cierto es que de aprobarse entonces la normativa laboral instada por el doctor González -en cuya redacción colaboraron además de Del Valle Iberlucea, Leopoldo Lugones, José Ingenieros y Augusto Bunge-, que en su articulado trató la situación de los extranjeros, el contrato de trabajo, sus intermediarios, accidentes, jornadas laborales y descansos, servicio doméstico, contratos de aprendizaje, trabajo de mujeres, menores e indios, higiene y seguridad, tribunales de conciliación, etcétera; la cual tuvo por antecedente inmediato el monumental informe de Juan Bialet Massé, encomendado por Decreto del Poder Ejecutivo de 21 de enero de 1904 sobre “El estado de las clases obreras argentinas a comienzos del siglo”, habría puesto a la Argentina a la vanguardia por de pronto de Latinoamérica en materia de protección obrera. La terrible explotación y la mucha sangre derramada en las luchas por el reconocimiento de los derechos sociales de la clase trabajadora se hubieran ahorrado de contar con ese instrumento. Eran tiempos cuando incluso alguien de la lucidez intelectual de Estanislao S. Zeballos, en consonancia con lo planteado por Enrico Ferri en 1908 para escándalo de los socialistas locales, negaba lisa y llanamente la existencia del problema social en el país, o de la “cuestión social” como la denominaba la encíclica de León XIII “Rerum Novarum” de 1891: “Todas las reivindicaciones de las sociedades europeas están resueltas desde la Revolución de Mayo e incorporadas a la Constitución del 53” escribía Zeballos tres lustros después de elevarse el proyecto, en su ensayo “Cuestiones de legislación del trabajo” publicado en Buenos Aires en 1919.
   Pero más allá de los principios generales de la Constitución invocados por el jurista y polígrafo, la desprotección social era evidente y una autoridad en la materia como el pensador español Adolfo Posada, una de las figuras de la regeneración peninsular junto con Joaquín Costa, Gumersindo de Azcárate o Rafael Altamira, e impulsor de la legislación obrera en su patria, tuvo en alta estima la frustrada “Ley Nacional de Trabajo”. Así en el volumen de su autoría, “La República Argentina. Impresiones y comentarios” (Madrid, 1912, reeditada por Hyspamérica Ediciones Argentinas en 1986), fruto de las experiencias de su viaje por el país realizado en 1910 a invitación de la Universidad de La Plata, analizó en extenso en el capítulo VII su letra y espíritu.
   Cabe anotar que la primera ley integral de trabajo: la Ley de Contrato de Trabajo Nro. 20744 –aprobada y promulgada recién durante el mandato de Isabel Perón- se halla vigente con sus numerosas reformas posteriores. De su anteproyecto fue autor el jurista correntino Norberto Centeno de larga militancia justicialista. Centeno, secuestrado por un grupo de tareas en Mar del Plata, el 6 de julio de 1977 durante la llamada “Noche de las Corbatas”, fue torturado y apareció asesinado días más tarde.

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(*) Carlos María Romero Sosa es abogado, profesor de derecho del trabajo y escritor.
Su último libro es “Fanales opacados” (Proa Amerian Editores, 2010)
Blog: http://www.poeta-entredossiglos.blogspot.com/  

domingo, 22 de mayo de 2011

ALICIA JURADO (1922-2011)



Pensar, pensó desánimo y proyecto,
pregunta y evidencia entrelazadas;
y en su esquina cumplió en ángulo recto
noventa grados de corazonadas.



Santa Fe y Ecuador dirá en dialecto
de bocinas y gritos y frenadas,
las fórmulas de duelo o las llamadas
a recordar su espíritu selecto.


Ciencia y arte, los libros, los amigos.
No apostató del credo de aventura,
ni pudo perjurar, por apellido.



Cubre la actualidad con desabrigos:
Tal vez murió, nocturna, de espesura…
Letras, tapices, dan su colorido.

CARLOS MARÍA ROMERO SOSA mayo de 2011

miércoles, 4 de mayo de 2011

Manuel del Cabral, el poeta dominicano que admiró Manuel Ugarte


Muchos lo ignoran, pero hubo un Palermo de Manuel del Cabral, en coincidencia sino en el tiempo, al menos en la geografía urbana con el de Borges y el de Carriego. Sólo que las arterias de ese barrio, como la calle Güemes a la altura del 4759 -entre Darregueyra y Oro-, donde habitó el poeta dominicano nacido en 1907 en Santiago de los Caballeros, lejos ya de representar una edad del “epos” que concitara mitologías de arrabal, bajo el peso de otros años posteriores y más prosaicos, rebajaría pendencias amorosas a trampas comerciales, desafíos de esquinas a bravatas de automovilistas; y en cambio de anudar caracteres para la nostalgia o la leyenda del coraje, derramaría indiferencia de transeúntes.



Cuesta imaginar entonces, que esa realidad agrisada y vecina a un antipoético cauce de agua entubado: el arroyo Maldonado -al que cantó Baldomero Fernández Moreno cuando su cauce sobre la superficie serpenteaba por los barrios del oeste-, pudiera contener a un espíritu universal, imaginativo, sensible, delicado y profundo como el suyo. Lo cierto es que Manuel voló desde allí con genio e ingenio renovados hacia nuevas coronaciones de su arte, siempre alimentado por el sentimiento de la solidaridad, la idea fuerza de la libertad y el desafío de remontar la belleza desde lo ruinoso, amargo o despojado de gracia, así como se eleva un aeroplano contra el viento.


Manuel del Cabral ensayó la poesía social, no el panfleto politizado sino la surgida de la vivencia directa de la marginación y el sufrimiento ajenos y a la vez de su propia comparecencia ante el tribunal de la historia para testimoniar sobre ellos; por eso hay allí más razones del corazón que propaganda partidaria; densidad metafísica y tono sapiencial en la tradición de los refraneros populares clásicos: “¿Quién ha matado este hombre/ que su voz no está enterrada?/ Hay muertos que van subiendo/ cuanto más su ataúd baja.” Una copla que vale para tantos mártires populares ya olvidados o ya en el mármol que enfría el sacrificio.


De esa conciencia deriva su aporte a la literatura de la negritud, un término acuñado en los años treinta de la pasada centuria en París, por dos poetas de lengua francesa: el martiniqués Aimé Cesaire después influido por el surrealismo de André Bretón y el senegalés Léopold Sédar Senghor, con los años presidente del país africano.


Cabral resulto ser en América figura principal y hasta anticipatoria de la literatura de la negritud junto al cubano Nicolás Guillén de “Sóngoro cosongo” y al puertorriqueño Luis Pales Matos de “Tuntún de pasa y grifería”. Fue un caribeño de cuerpo entero siempre, en la Hispaniola y en el exilio, en sus destinos diplomáticos y en el retiro en nuestro barrio de Palermo. Bien pudo coincidir con el intelectual de lengua francesa oriundo Martinica como su par Cesaire, Edouard Glissant -recientemente fallecido-, en postular que “el Caribe es una realidad cultural” (y) “que un negro de Cuba, un blanco de Guadalupe y un indio de Haití, participan de la misma identidad”.


Aquí y allá no se quedó en morriñas y escribió en ocasiones con los puños cerrados, empleando el ritmo del trópico para decir verdades que antepuso en todo momento al oficio de ensayar novedades; poniendo toda la rabia a fuego lento hasta alcanzar el punto exacto del compromiso en el mejor sentido sartreano y diciendo en ocasiones sin terminar de decir, como entre dientes, con sugerencia incitadora para que el lector al tener que completar los términos capte la idea de orfandad y participe también del desasosiego: “Isla que parece po/ Pero es ri./ Con su ron/ Santo Domingo/ y Haití./ Que sí/ Que no/. Pero no sé,/ No lo sé./ No sé lo que pasa aquí/ Cortada por los cuchí/ de dos lenguas diferen/ en una hay más pan que dien/ en la otra más dien que tri./ Santo Domingo y Haití.”


Si su compatriota José Joaquín Pérez Matos se destacó en el siglo XIX por dar la nota indigenista en el concierto del romanticismo, al rescatar para las letras americanas tras la senda secular de las crónicas de Bartolomé de las Casas y de Oviedo, las glorias y la derrota de la raza taína en la obra “Fantasías Indígenas”; y si Camila Henríquez abogó por integrar a la mujer en la cultura y en la literatura en particular, Manuel del Cabral fue el dominicano que le puso épica al criollismo y a la negritud. Empleó el folclore regional del Cibao, la sabiduría popular mamada en su infancia: esa única patria del hombre al decir de Rilke, como materia prima de un arte trascendente, universal y cósmico: de “voz americana (que) grita a los espacios”, interpretó Enrique Anderson Imbert en su “Historia de la Literatura Hispanoamericana”. Aunque no sólo describió costumbres pueblerinas con empeño sociológico sino que valoró caracteres, actitudes y conductas. No pudo ni quiso escindir la estética de la ética y como tal poetizó con ánimo reivindicatorio y ensueño profético. No en vano su poema “Compadre Mon” mereció ser comparado con nuestro Martín Fierro, aunque en ese sentido puede decirse que Cabral en algo fue incluso más lejos que José Hernández añorante de pasadas épocas mejores para el gaucho: “Yo he conocido otro tiempo/ en que el paisano vivía,/ y su ranchito tenía/ y sus hijos y mujer./ Era una delicia ver/ cómo pasaba sus días.”


Por de pronto el personaje de Cabral que reúne en su personalidad mucho de Fierro y bastante de Viejo Vizcacha, no se rindió a la civilización de los bienpensantes y siguió razonando provocativamente hasta el final: “¡Qué bien que se ensucia el aire con la tierra de mi voz!/ Si en el reloj no está el tiempo, en la toga no está el juez./ Pero si en este rocío que cae del ojo está un pueblo,/ me lavo la voz en él”. Y en ese desplante de Don Mon hay una “anábasis”, impulsos evidentes de ascensión y elevación que recuerda el destino de los héroes homéricos.


Si la filosofía era para Socrates un aprendizaje de la muerte, la literatura fue en Cabral, como en Neruda, un atajo salvador para enseñorearse de la vida. Dionisiaco y apolíneo, merced al don de renombrar todo con voz lírica y referenciar a sí mismo el mundo, fue que tomó posesión de él. A través de los símbolos del lenguaje que ejercitó armonizándolos pudo representarse kantianamente el tiempo, esa intuición a priori que pareciera instó a ejercitar como “función” a su hija Amanda, inspiradora y destinataria del primoroso libro de infancia y más que eso que es “Chinchina busca el tiempo”. Con la enhorabuena de la literatura abrazó las cosas exteriores y las posibilidades y potencialidades de la propia existencia. De allí el tono erótico y hasta el tema sexual de muchos de sus versos detenidos en el secreto de la pasión y en el torbellino de las sensaciones.


Labor abarcadora de diferentes géneros la suya practicó además del verso, el cuento, la novela y el ensayo dramático. A veces los reunió en un único libro como ocurre en el “El presidente negro”, obra escrita en gran parte en Buenos Aires hacia 1973, donde además del argumento central propiamente novelístico, hay capítulos que sin romper el hilo conductor tienen fuerza de relatos, hay un diálogo teatral, hay tributos al subgénero periodístico del reportaje y sobre todo hay un vaticinio que ahora sabemos cumplido con la elección de Barack Obama. Por eso “El presidente negro” se halla en la línea de las utopías realizadas, como “Las sandalias del pescador” de Morris West que en los años 60 anunció un papa venido de la Europa Oriental.


Si la pura originalidad es un imposible en el arte porque como bien afirma Borges en cierto prólogo a una reunión de cuentos de Silvina Ocampo, la creación humana no es “ex nihilo”, y si bien ya el brasileño José Monteiro Lobato, publicó en 1926 una novela en la que narra la historia de un carismático lider convertido en el primer presidente de color de los Estados Unidos de América; e incluso un argentino: el tucumano Eduardo Joubín Colombres, discípulo del poeta modernista boliviano Ricardo Jaimes Freyre, ensayó una temática similar según me lo manifestara él mismo hace casi tres décadas, lo novedoso en la narración de Cabral está más en el hecho de vincular a William Smith, el mandatario norteamericano de la ficción, con Latinoamérica y en especial con las Antillas y su realidad de pobreza administrada y usufructuada por tiranuelos. Ese encuentro enriquecedor se dio a través de los viajes que realizó Smith como marinero, cuando por ejemplo al llegar a Santo Domingo, tuvo noticias de “El Jefe” Trujillo y de sus gestos de megalomanía. Mucho después ya en la Casa Blanca se preguntará, víctima de los manejos y las conjuras criminales de Wall Street: “¿Porqué el capitalismo me llevó a la presidencia de este país?. ¿Porqué quiere ahora el capitalismo deponerme? Y hallará respuesta, o vías de contestación a la inquietud en el inframundo, o en algo así como una sesión seudo espiritista o quizá de ritual vudú, donde le fue posible entrevistar a Lincoln, a Luther King, a Rockefeller, a Trujillo, a Walt Whitman y a Robert Kennedy.


Este gran artista y abanderado de causas nobles como la no segregación, despertó el interés literario y humano del argentino Manuel Ugarte (1875-1951), aquel socialista, americanista y antiimperialista por partes iguales y convergentes en su ideario emancipador. Tanto fue su valoración de Cabral que le dedicó un libro a su poesía cuyo acento caracterizó como irónico, piadoso y tierno. Y bien que sabía de poetas Ugarte por serlo él mismo y hacer famosos en su época títulos como “Vendimias juveniles” o “Los jardines ilusorios”, además de haber confraternizado con Amado Nervo, José Santos Chocano, Gabriela Mistral, Leopoldo Lugones o Alfonsina Storni, compartir temporadas en París con Rubén Darío y hasta haber escuchado recitar a media voz a la uruguaya Delmira Agustini -presuntamente su amante-, quizá las sugestivas, sensuales y escandalizadoras páginas de “El libro blanco”, “Los cálices vacíos” y “El rosario de Eros”.


Será de preguntarse si Manuel Ugarte, al estudiar sobre el final de su vida al dominicano, recuperaría en plenitud la memoria de aquel país que conoció durante su gira de concientización latinoamericanista llevada a cabo entre los años 1911 y 1913. Por cierto un periplo iniciático, en algo paralelo al que varias décadas después llevó casi por los mismos senderos del Continente a otro luchador de la justicia social: Ernesto, el “Che” Guevara.


Debemos a la compilación realizada y prologada por el escritor y antólogo mocano Julio Jaime Julia, “Cuatro visiones de Santo Domingo (Vasconcelos, Araquistain, Inman y Ugarte)”, la versión directa de los hechos, extraída en el caso de Ugarte de su libro “El destino de un Continente”. Detalla allí el viajero su arribo, a finales de 1911 a Santo Domingo desde Cuba a poco del golpe de estado contra el presidente Cáceres; cuando el periódico Listín Diario saludó así su llegada: “Que venga el maestro de la juventud Americana, que venga el amigo de la paz, y que su palabra fraternal sea a manera de lazo que nos una a todos”.


El autor de “El porvenir de Latinoamérica” disertó en el Ateneo; conoció a Salomé Ureña, a Federico Henríquez y Carvajal, al novelista e historiador nacido en Cuba y fallecido en La Vega Federico García Godoy, a Raúl Augusto Sánchez; y escribió sus impresiones de la isla donde desembarcó Colón, lamentando “que haya sido desde los orígenes la región del Nuevo Mundo más castigada por guerras, revoluciones, conjuras y desembarcos militares” Para concluir metafórico y absolutorio con los pueblos: “La mayoría de los naufragios, la culpa no es de la barca, ni del mar; la culpa es de los vientos. Y han sido los vientos de la ambición internacional los que han determinado la hecatombe dolorosa”.


Sí, no hay duda que al redactar el libro sobre Cabral, debe haber vuelto a lamentar aquellas desventuras y revivir también las gratas visiones de Santo Domingo: “Ciudad clara -la describe-, de casas pintadas de colores vivos, plazas a la andaluza, y calles anchas cruzadas por vehículos rápidos y livianos. Las viejas iglesias y los monumentos coloniales recuerdan el esplendor de lo que en otros tiempos se llamó La Española, primer florón en América del enorme imperio hispano”.


Tengo en mi poder la segunda edición de la obra, de la Editorial Américalee de Buenos Aires, publicada en 1955 a cuatro años de la muerte de Ugarte en Niza. He tratado de rastrear la primera de ellas en forma infructuosa -constaté que entre otros lugares claves no está ni en la Biblioteca Nacional de la Argentina ni en la del Congreso de Washington-; sobre todo porque hacia el año 2001, el escritor, académico de letras y querido amigo, José Rafael Lantigua, hoy ministro de Cultura de la República Dominicana, me manifestó vía e-mail su interés por reeditar el libro, solicitándome datos biográficos sobre el autor. Cuando le conté que Ugarte había tenido bastante relación amistosa con mi padre, se interesó en extremo por tener referencias directas sobre el ensayista y político y así fue como Carlos Gregorio Romero Sosa redactó a su pedido a mediados de 2001 y estando ya con la salud debilitada, uno de sus últimos trabajos: “Otro argentino en mis recuerdo juveniles: el escritor americanista y diplomático don Manuel Ugarte”.


Pasó el tiempo y en el año 2009 llegaron a mis manos un par de ejemplares de “Cabral Poeta de América” reeditado por la entonces Secretaría -hoy ministerio- de Cultura de la República Dominicana. Como en el Introito que lleva la firma del licenciado Lantigua, se relatan en extenso las circunstancias referidas destacando incluso en una nota a pie de página los aportes de Carlos Gregorio Romero Sosa, me es particularmente honroso y emotivo ver de algún modo vincularse allí, a las memorias insignes de Manuel del Cabral y de Manuel Ugarte, la del laborioso autor de mis días.-

(*) Texto de la conferencia pronunciada por el doctor Carlos María Romero Sosa en la 37 Feria del Libro, el 21 de abril de 2011.