domingo, 1 de abril de 2012

EL ESTÍMULO DE RICARDO JAIMES FREYRE A UN JOVEN POETA


Ricardo Jaimes Freyre
Al poeta Raúl Pérez Arias le subyugan las novedades estéticas aunque está lejos de caer en actitudes iconoclastas con el pasado. Por el contrario respeta y admira obras y figuras literarias del ayer. Así fue como cierta vez una informal charla sostenida en casa sobre el modernismo americano, nos condujo a través de la cita de sus principales referentes, al nombre de Ricardo Jaimes Freyre, el escritor, político y diplomático boliviano nacido en el consulado del país del Altiplano en Tacna (Perú) -el 12 de mayo de 1868-; con el tiempo amigo y colega de Leopoldo Lugones y de Rubén Darío: “Que la América escuche tu noble melodía”, le auguró en un soneto alejandrino el nicaragüense. Alguien de quien Borges, que quizá valoraba por sobre todo que hubiera introducido la mitología escandinava en la literatura castellana entre wagnerianas referencias al Walhalla y visiones de la Thule lejana -aquella última Thule invocada en la antigüedad por Virgilio en el Libro I de las Georgicas y por Séneca en Medea-, solía poner como modelo de música verbal el soneto presente en el libro “Castalia Bárbara” prologado por Lugones en 1899, que comienza: “Peregrina paloma imaginaria/ que enardeces los últimos amores;/ alma de luz, de música, de flores,/ peregrina paloma imaginaria.”

La curiosidad de Pérez Arias fue en aumento al enterarse que mi padre lo trató en su adolescencia, mientras cursaba en la ciudad de San Miguel de Tucumán su bachillerato en el Colegio Sagrado Corazón a cargo de los padres lourdistas. Y más aun al comprobar que éste había dejado escritos y publicados sus recuerdos sobre el autor de “Los sueños son vida” (Buenos Aires, 1917). En efecto y como epílogo en prosa a su primer libro de sonetos, “El cantar del crepúsculo”, editado en Buenos Aires en 1941 por la Librería y Casa Editora de Jesús Menéndez (volumen que entre paréntesis mereció a poco el espaldarazo de un poema ditirámbico –tal su título- de su tío Juan Carlos Dávalos), aparecen las páginas testimoniales y distendidas de “Como conocí a Ricardo Jaimes Freyre”.

Cuenta en ellas que hacia 1931, aquejado por el “mal metafísico”, y sospecho yo que sin duda también por un decadentista “mal du siècle” adquirido en la lectura en francés de Chateaubriand, borroneaba, siendo estudiante sus primeros versos. Fue así que un día primaveral del año siguiente, encontrándose en plena composición de sus cuartetas amatorias, probablemente malas y cursis, en un salón del Círculo, un hotel situado frente a la Plaza Independencia, cuyo propietario era un catalán afable; escuchó a su espalda la voz de Jaimes Freyre, por cierto algo familiar ya que solía frecuentar en sus viajes a Salta el hogar de mis abuelos establecido en la calle Alberdi al 400. (Es tradición que allí supo estrechar vínculos con el hermano del dueño de casa, Monseñor José Gregorio Romero y Juárez, escritor, orador sagrado y obispo diocesano de Saltas y Jujuy que murió en septiembre de 1919, con el poeta de “Rimando el dolor” Calixto Linares Fowlis (1884-1944) y con el médico Juan Pablo Arias Romero (1859-1909), legislador y rector del Colegio Nacional de Salta, en cuyo carácter invitó a visitar el histórico establecimiento al creador boliviano que fuera años después propuesto para ocupar la primera magistratura de su patria .)

Jaimes Freyre, a la sazón -en 1932- presidente del Consejo Provincial de Educación de Tucumán designado por el gobernador Juan Luis Nougués, según dato que aporta Emilio Carilla en su estudio biográfico del poeta (Ediciones Culturales Argentinas, Buenos Aires, 1962), con señorial y castizo hablar, propio de quien había cantado a “la heroica edad de corazón de acero” y se ufanaba en un verso dodecasílabo de “Los antepasados” de tener “sangre de los soberbios conquistadores”, le preguntó qué escribía.

-Ah, es usted poeta, comentó entonces y a renglón seguido dio por sentado que el interlocutor había leído a los clásicos.

-No señor, le respondió mi padre.

-¡Bien mi amigo! Usted no debe escribir una línea más sin conocer eso. Yo voy a obsequiarle un volumen de Calixto Oyuela, dictaminó enseguida aquel revelador de las leyes de la versificación castellana.

Y anotará Carlos Gregorio Romero Sosa, al que además entusiasmó el socialismo de signo tolstoiano profesado por quien en 1906 vaticinó en el rebelde poema “Rusia” el fin de la sociedad caduca/ con el sangriento rojo de todos los ponientes, que “…Jaimes Freyre fue, desde entonces, mi guía y mi consulta en las letras. Me corregía mis versos. Me obsequiaba libros. Me enseñaba a escribir y a pensar. ¡Cómo agradezco sus indicaciones y el cariñoso afecto con el que me trataba en esa salita pequeña del hotel tucumano, desde cuya ventana veíase el nacarado ensueño de los naranjos de la Plaza Independencia!”

Si bien es cierto que a poco, mi padre fue abandonando la poesía para adentrarse en los estudios históricos, en especial de la región del noroeste argentino. Encontró abierta la brecha por Jaimes Freyre, autor de magnas obras en la materia como “Tucumán en 1810: Noticia histórica y documentos inéditos” (1907), “El Tucumán del Siglo XVI: bajo el gobierno de Juan Ramírez de Velazco” (1914) o “Historia del descubrimiento de Tucumán” (1916). Pero el maestro que con sobrados títulos lo era también en esa disciplina falleció en Buenos Aires el 24 de abril de 1933, circunstancia que impidió al joven salteño sostener con él diálogos en materia histórica, que sin duda habrían apuntalado su temprana disposición por el arte –y ciencia- de Clio.

Ahora me toca a mí recordar hechos del pasado y personas ausentes; así la habitación del escritorio paterno que lucía un cuadro de aquel preclaro mentor suyo en las letras; obra dibujada a lápiz en 1946 por el artista de origen germano von Scheidt donde captó bien su mirada de fuego y los característicos bigotes que daban a su rostro un aire mosqueteril.

Y por la senda del ensueño, me ilusiona recuperar el eco de lejanas conversaciones mantenidas siendo veinteañero yo, con el escritor y periodista tucumano Eduardo Joubín Colombres muerto en 1988 y autor de un extenso estudio preliminar para la edición de Claridad de las Poesías Completas del boliviano modernista. Me aconsejaba entonces él, con gravedad provinciana, tomar con el debido respeto mi vocación por las letras.

-Y más vos, acentuaba proponiéndome la literatura como un desafío a tomar con responsabilidad.

-Sí, Carlos María, mucho más vos, hijo de un discípulo de Ricardo Jaimes Freyre…
_____________________________________
(*) Comentario de Carlos María Romero Sosa publicado en "Salta Libre" el 9 de febrero de 2012.-

domingo, 26 de febrero de 2012

Robaron la placa de Zavala Ortiz



Días pasados, el doctor Juan Carlos Fustinoni denunció la desaparición del busto de su padre de la Academia Nacional de Medicina, corporación que largamente presidió el profesor Osvaldo Fustinoni. Pero la depredación continua y acabo de advertir que de la “Plazoleta Carlos Bernardo González Pecotche”, que homenajea al escritor y fundador de la logosofía, ubicada en Agüero y Las Heras en las inmediaciones de la Biblioteca Nacional, faltan las placas conmemorativas tanto de González Pecotche cuanto del político radical doctor Miguel Angel Zavala Ortiz (1905-1982). Una vergüenza ambos robos por supuesto. Y en cuanto a la falta del recordatorio de bronce del doctor Zavala Ortiz, un antiguo vecino de la zona, ocurre justamente cuando la cuestión Malvinas se encuentra candente. Al respecto cabe recordar que el ministro de relaciones exteriores y culto del doctor Illia logró la aprobación, el 16 de diciembre de 1965, por la Asamblea General de las Naciones Unidas, de la Resolución 2065 donde se reconoció que las Islas Malvinas eran un territorio sujeto a descolonización.-
Carlos María Romero Sosa
        abogado

Carta publicada en la Sección Correo de Lectores de La Prensa el 15 de febrero de 2012

sábado, 11 de febrero de 2012

GUERRA DE LAS MALVINAS



2 de abril de 1982-14 de junio de 1982:
Me pregunto qué filo de sable corta el tiempo con más
prolijidad que la memoria.

Qué asalto del olvido rinde sus
arrebatos
               incondicionalmente.

Qué fuego crepitante
                 a no ser del afán
                                        –impulso puesto en Gracia-
moldea hilos de cobre para anudar la
vida a su empresa suprema.

Qué son
              –no sólo fueron-
aquellos setenta y tres días
deshojados en un ritual de
otoño y
calendarios,
            al paso de tres décadas en
bastardilla sus prometidos
dones
demorados en un
cancelar turnos de
grandeza.

Qué son,
             para nosotros,
tantas jornadas de heroísmo y
miseria en las
Malvinas.

La nieve que enceguece no
haga cerrar los ojos ante tantos perjuros de
“juremos con gloria” y de
“eternos laureles”,
idóneos en capuchas y
estaqueadas.


La nieve que enceguece conserve en sus
cristales el hambre de
soldados y la
gula de los
jefes corruptos.


(Que su alud envolvente no saque nuevo lustre
a las botas del general
rendido en
ignominia.)



La nieve que enceguece se
amontone en el techo rojo del
oportunismo, de la cruel
imprudencia y lo
derrumbe.
                 Caiga lentificada en
                 miel de flores
                muertas sobre los
               mutilados.


(Copo a copo los
niños de las
Islas jugarán con
muñecos en blancor de
inocencia junto a los
cementerios.)


****** .

La cuenta de amargura de tantos veteranos
a prorratear por
                        todos

es deuda pagadera con
limar
desmemorias y
rodear con la cinta de
duelo los
ojales ganándole al
vacío como
abiertas trincheras en
campo del honor del
compromiso y el
reconocimiento.


Por CARLOS MARÍA ROMERO SOSA Argentino.

lunes, 2 de enero de 2012

NORBERTO LUIS GRIFFA

   Aquellos meses finales de 1996 y sobre todo los de principios de 1997, que trajeron como presente griego a la Administración Pública Nacional la Segunda Reforma del Estado con indiscriminados despidos de personal, ejecutada por el menemismo en el poder, no se pintaban ideales para iniciar una amistad con funcionarios políticos como lo era el doctor Norberto Luis Griffa -fallecido el 21 de noviembre último-, designado Asesor en la Inspección General de Justicia donde yo me desempeñaba como funcionario de carrera. Sin embargo y sin confundir ninguno de los dos nuestros respectivos roles, la sellamos a partir de largas charlas que versaban sobre inquietudes humanas y culturales comunes, ciertamente las afinidades electivas en términos de Goethe.

   Griffa, abogado y docente universitario de filosofía, fue autor entre otros trabajos de un libro que enriquece la bibliografía en lengua castellana sobre Edmund Husserl: “Fenomenología del ser y la esencia”, editado en 1977 por la Cooperadora de Derecho y Ciencias Sociales. Allí con claridad expositiva, esa cortesía del filósofo al decir de Ortega y Gasset, desarrolla varios puntos del sistema del pensador moravo, tales como la esencia (eidos), la intuición sensible y la eidética, la idea de la ciencia, el fenómeno de síntesis con que opera la conciencia o el paréntesis o “epojé” de la reducción fenomenológica.

   Era al momento de su muerte, ocurrida a los setenta años de edad cuando tanto podía esperarse de su inteligencia, dinamismo, creatividad y espíritu de liderazgo, Director del Departamento de Arte y Cultura y Director Académico de la Cátedra UNESCO de Turismo Cultural, de la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

   Lo imagino en la biblioteca de su departamento de Avenida Quintana 4, en Cinco Esquinas, distrayendo quizá alguna lectura, para repetir mentalmente el poema de Borges “Barrio Norte” que expresa en uno de sus versos -grabados en la pared de la escuela y jardín de infantes situados frente a su domicilio-, que el olvido es el modo más pobre del misterio. Y entonces yo que trato de no olvidar, recuerdo su conversación culta, por momentos erudita, pero amena siempre y demostrativa de un hecho indiscutible: el hablante no era sólo un especialista sino un sibarita del pensamiento.

   Evoco aquella última vez que nos encontramos después de largo tiempo sin tener noticias suyas. Fue una tarde de marzo de 2002 entre el gentío de la calle Florida. En la ocasión disfruté otra vez de su actitud y aptitud dialogante. Eran ya los tiempos del presidente Duhalde y de la pesadilla del “corralito”, cuando Griffa me esbozó cierta tesis política suya aguda y original.

   -Fíjese, doctor, que si bien pocos intelectuales y académicos refutarían lo que usted me dice, aquí lo silencian los manteros con sus ofertas a toda voz-, le comenté risueño.

   -Se ganan la vida, me contestó socrático…


Por Carlos María Romero Sosa. Se publicó en Ápices Digital, Nro. 10.-

domingo, 25 de diciembre de 2011

El INSTITUTO DE ESTUDIOS FEDERALISTAS, UNA VANGUARDIA DEL REVISIONISMO HISTÓRICO


Creacion del Instituto de Estudios Federalistas 
 Con motivo de la reciente creación por decreto del Poder Ejecutivo Nacional del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino, se han elevado numerosas voces tanto favorables como críticas. Sin embargo, es de augurar que el hecho, más allá de suscitar desaprobaciones o aplausos en general portadores de intencionalidad política, sirva también para rastrear los antecedentes en materia de corporaciones dedicadas con severa y documentada actitud científica, a ensayar un análisis revisionista de la historia patria. Una de ellas, de carácter privado y no oficial, fue recientemente mencionada con un ligero error en cuanto a la fecha de su constitución en el artículo de Ignacio F. Bracht titulado “Un revisionismo de fantasía” (La Nación, 20 de diciembre de 2011). Se trata del Instituto de Estudios Federalistas, fundado en la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz en 1938 y disuelto en 1943, según lo destacó la investigadora Mariela Coudannes Aguirre en su trabajo “El escándalo revisionista en Santa Fe” (Revista Escuela de Historia de la Universidad Nacional de Salta, Año 9, Nro. 9, 2010, pp119-146 ).

Tengo ante mí copia del acta fundacional de aquella institución, una de las primeras sino la primera constituida en el país con el propósito de intentar otra lectura de nuestro pasado y reivindicar la actuación de los caudillos federales en tanto intérpretes de las masas populares. (Ello sin olvidar que en 1934, el historiador entrerriano de origen radical Dardo Corvalán Mendilaharzu, creo y presidió la Junta Americana de Homenaje y Repatriación de los Restos de Rosas.)

En cuanto al Instituto de Estudios Federalistas que hasta editó un boletín, se conformó el 15 de junio de 1938, en oportunidad de recordarse el centenario de la muerte del Brigadier General Estanislao López, el Patriarca de la Federación. Así lo expresa el acta de referencia, suscripta por el ex legislador correntino Justo Díaz de Vivar, por el periodista Félix Barreto y por los historiadores Sigfrido Radaelli, José María Rosa, Manuel Vizoso Gorostiaga, José M. Funes, Absalón Casas, Alfonso Durán y Carlos Gregorio Romero Sosa.

El Instituto fue presidido por el docente santafesino y presidente del Consejo de Educación local Alfredo M. Bello –a quien José María Rosa atribuyó su conversión al rosismo-, quien en ese carácter suscribió el diploma de miembro correspondiente en Salta del citado profesor Romero Sosa, investigador que participó por entonces -1938-, en representación de la Unión Salteña –Sociedad Provincial de Fomento fundada por Cristian Nelson y Agustín Usandivaras-, de las Jornadas de Estudios Históricos sobre el Brigadier General Estanislao López celebradas en Santa Fe y organizadas por la Junta de Estudios Históricos de aquella provincia que presidía el historiador, académico, profesor universitario y hombre público bonaerense radicado en Santa Fe, doctor Manuel M. Cervera, y cuya vicepresidencia desempeñaba Monseñor Nicolás Fasolino, después cardenal. Lo hizo con un extenso trabajo sobre “Relaciones políticas entre Salta y Santa Fe durante la administración del Brigadier General Don Estanislao López”, publicado en 1942, en el tomo II de los anales de dichas Jornadas.-

Carlos María Romero Sosa
(Se publicó en Tiempo Argentino, el 24 de diciembre de 2011 bajo el título “Federalismo y Revisionismo”)

lunes, 28 de noviembre de 2011

COLORES PARA LA NOSTALGIA




Uno tiene que rendirse a las evidencias y reconocer que en esta época acelerada por demás, el viajero no es ni puede ser otra cosa más que simple turista, algo que representa la “capitis deminutio” del esforzado peregrino del ayer. Pareciera que todo está pensado por las empresas de viajes para que el cliente “toque y se vaya”; para que empache “de cosas diversas la memoria” según el verso de Quevedo, sin llegar a saborear más que poco o nada de los lugares que visita. Como fuere, está en el viajero, sobre todo a su regreso, darse tiempo y espacio para recolectar en su interior vivencias y emociones no siempre al alcance de las cámaras fotográficas o de las filmadoras.



Así por mi parte, de un rápido tour por Sudáfrica con safari fotográfico incluido en el Parque Kruger, realizado días pasados, trato ahora de construir recuerdos; esos valores agregados a la memoria por obra del sentimiento, el cual debe aportar lo suyo para enmarcar el impacto de las novedades vistas a vuelo rasante en un aventurerismo de plástico; para redimensionar y reubicar en el fondo de nuestro ser la experiencia de cada cuadro vertiginoso presentado, dándole así sentido de pertenencia definitiva en el espíritu. Porque sólo desde allí gotea la añoranza su corriente gratificante y que humedece con dosis de ensoñación y de evasión -¿porqué no?- la dureza seca y agrietada del mundo de la vida.

Evoco entonces hoy rostros y lugares que tanto más tocan por conectarse con el ámbito cotidiano de mi existencia que al diferenciarse de él. Porque las cosas y los seres suelen alcanzar mejor el alma en la medida en que pueden ser relacionados con realidades conocidas y propias, ya que lo demás es puro exotismo quizá impactante pero que difícilmente actúe sobre las potencias afectivas. Vale aquí como en tanto más la identificación, la íntima adhesión, la empatía. Comprender que a Nelson Mandela por ejemplo, no hace falta ir a buscarlo a Sudáfrica, a Johannesburgo, al Soweto. Sencillamente porque al enraizarse su lucha en lo más alto del espíritu humano, está instalada en la conciencia colectiva y quedará inspirando cualquier ideal de justicia, libertad y solidaridad, donde fuere que se eleve frente al egoísmo, la discriminación, la competitividad salvaje y el afán de consumo de las sociedades signadas por el utilitarismo.


Voy reviviendo pues momentos del viaje y así recupero un barrio de Cape Town: Bo Kaap, el barrio musulmán. Al transitar por sus calles se me representó de inmediato la porteña Boca del Riachuelo. Y primero que nada por la más evidente de las coincidencias: el colorido y dicho esto sin metáfora sino de cara al cromatismo de sus casas bajas, cada una pintada en un tono diferente como muchos de los inquilinatos boquenses que inspiraron la paleta de Alfredo Lazzari, el maestro de Benito Quinquela Martín, algo más tarde las de Miguel Carlos Victorica, Fortunato Lacámera o Víctor Cunsolo y en la actualidad la de Hugo Iruneta y también la de Víctor Fernández entre tantos otros pintores subyugados por los aledaños de la parroquia de San Juan Evangelista.
Carlos Romero Sosa en Cap Town


Por cierto que resulta curioso y paradojal el hecho de que dos barrios pobres y de inmigrantes, uno de la Ciudad del Cabo y otro de Buenos Aires, estallen por igual de colores quizá para compensar las tristezas y melancolías de sus moradores, seres casi invisibles para los sectores de clase media y alta de la sociedad. Porque así como principalmente marineros genoveses se afincaron en La Boca, dándole su impronta típica antes de que “tuviera dientes” en la expresión de Florencio Sánchez acuñada al enterarse de la elección de Alfredo L. Palacios, quien accedió a la primera diputación socialista de América en 1904 debido a los sufragios obtenidos en la circunscripción, en Bo Kaap habitan sobre todo descendientes de malayos traídos en su momento por los holandeses para cumplir con los menesteres más duros. Se trata de una población hablante hasta hoy de africans más que de inglés según me comentó cierto bohemio vecino de allí de nacionalidad española, barcelonés para más datos, y artista plástico asimilado al lugar, al que confiesa haberse acostumbrado en modo tal que sus usos y costumbres como el llamado a la oración de las varias mezquitas del barrio a primera hora de la madrugada, hace ya tiempo que no lo despierta.


A Juanjo Sandoval, este guía de privilegio por los pintorescos senderos de Bo Kaap -donde los bares no ofrecen al menos a la vista bebidas alcohólicas en observancia de los preceptos islámicos-, lo enervan los prejuicios de ciertos habitantes de otras zonas de la ciudad sobre el lugar, al que aún muchos le hacen la cruz menos por miedo a la delincuencia -controlada allí por el propio vecindario, explica- que por resabios del “apartheid”. (Aquel “apartheid” que como suele reafirmármelo en los aleccionadores correos que me concede a menudo, tuvo a maltraer al escritor y diplomático Albino Gómez cuando en 1965 y parte del 66 se desempeñó en la Embajada Argentina en Sudáfrica bajo la plena vigencia de ese régimen inhumano y con Mandela preso.)

Cuenta además mi interlocutor Sandoval, que Bo Kaap ha sido propuesto por la UNESCO para ser designado Patrimonio Cultural de la Humanidad, distinción que a nadie se le ocurriría tributar a ninguna de las zonas exclusivas y residenciales de la urbe que es capital legislativa del país, a la que vigila la Table Mountain desde su fundación o primer asentamiento europeo de proporción en las adyacencias del cabo de Buena Esperanza llevado a cabo por Jan van Reibeeck en 1652.

Instructiva experiencia la de pasear por un barrio ajeno y lejano, cuya existencia desconocía yo en absoluto y que me hizo pensar en La Boca de los inolvidables escritores amigos ya fallecidos José Armagno Cosentino, José Meré Larralde, Rosa Sini y del político Jorge Enea Spilimbergo que me hablaba entusiasmado del socialismo latinoamericano. La Boca del poeta vivo y en plena actividad creadora Héctor Miguel Ángeli, que habita en la calle Alvar Núñez al cien y “con quien tanto queremos”, por parafrasear a Miguel Hernández. Un aleccionador y simpático aprendizaje, claro está que lo juzgo así ahora reintegrado a mi medio, pues la descripta asociación emocional me despertó en un primer momento nostalgia; un sentimiento que suele tocar todos los registros del alma sobre un fondo de insinuada tristeza. No sé cual de ellos primó cuando escribí al regresar al hotel el siguiente soneto:


CIUDAD DEL CABO


Habitación de hotel: suerte jugada

a intemperie y cobijo indiferente

en ley de una pared descascarada,

por donde da el pasado su presente.


Rincón para la insignia de la nada.

Dónde el timón, las velas…Dónde el puente

de mando de mi vida alimentada

o mordida por huidas, diente a diente.


Con una impertinencia de turista,

colecciono el vacío que no llena

la cuenta de rendir otro paisaje


a un remedo de asombro y de conquista.

Marque hoy Cape Town con látigo de arena

del fondo del Atlántico, mi viaje.


(*) Carlos María Romero Sosa.Publicado en Salta Libre 26 de noviembre de 2011

miércoles, 19 de octubre de 2011

JUSTICIA PARA MIGUEL RAGONE (*)

           

                                               

Me llena de emoción la sentencia pronunciada por el Tribunal Federal Oral de Salta contra los secuestradores y autores mediatos del homicidio del ex gobernador de la provincia, doctor Miguel Ragone (Tucumán, 1921), hecho ocurrido el 11 de marzo de 1976.
Treinta y cinco años de inducido “olvido” y complicidades varias, se van cerrando con estas condenas. Por supuesto faltan en la causa imponer algunas otras -sin duda a Menéndez y a Bussi- y en la memoria colectiva de la ciudadanía, corresponde formular más de un reproche, por de pronto de orden moral y político, para los sobrevivientes o en su caso para que no descansen en paz aquellos que fueron autoridades del gobierno “lopezrreguizado” de Isabel Perón e instaron y suscribieron el decreto de intervención a Salta, en noviembre de 1974, aduciendo “la manifiesta ineficacia represiva” del doctor Ragone.

¿Cuál era el cargo?: haber evitado la represión ilegal en la provincia cuando la Triple A hacía en el país de cabecera de playa para los venideros y diversificados grupos de tareas del terrorismo de Estado. ¿Y el cargo, le repregunto al silencio?: hacer respetar los derechos humanos y garantías constitucionales en medio de la orgía de sangre que salpicaba a derecha e izquierda el territorio argentino. Qué inicua medida entonces resultó ser aquel acto del Poder Ejecutivo -que refrendó el ministro del interior Alberto Luis Rocamora- por el que se desplazó a Ragone de donde su pueblo lo colocara dieciocho meses antes como resultado de la elección del histórico 11 de marzo de 1973. Ciertamente una medida de corte bandoleril, perpetrada contra la República y el Federalismo y que tuvo un “iter criminis” con actos preparatorios como el desprecio que recibió el Gobernador en la inauguración del Congreso Eucarístico por parte de la entonces presidenta con minúscula. Fue esa una intervención federal que comenzó por traicionar la promesa que le hiciera al mandatario el propio general Perón antes de morir: “Mientras yo sea presidente, vos serás gobernador”.

Pero mientras la actual administración de justicia dicta sus fallos y la justicia histórica hará lo propio con víctima y victimarios, Ragone, “el médico de los pobres”; el antiguo discípulo y colaborador de Ramón Carrillo; el jugado luchador durante la resistencia peronista; el político en el más enaltecido sentido del término: el del servicio a la comunidad; el dirigente preocupado por reparar las injusticias seculares cometidas contra los pueblos originarios; el gobernador que durante su gestión rechazó viáticos y custodia y dejó el recuerdo de su ejemplar fe democrática, progresista y latinoamericanista, sí descansa en paz dondequiera se encuentren sus restos mortales. Esos restos que de hallarse, debieran ser colocados en el Panteón de las Glorias del Norte, en la Catedral salteña; y esto lo expreso como sobrino nieto de Monseñor José Gregorio Romero y Juárez -desde 1915 obispo diocesano de Salta y Jujuy hasta su muerte en 1919-, quien promovió en febrero de 1913, al cumplirse el centenario de la Batalla de Salta, la creación del Panteón efectivizado y oficializado en 1919 por el interventor Manuel Carlés. Los héroes guerreros Martín Miguel de Güemes, Rudesindo de Alvarado, Juan Antonio Álvarez de Arenales, Eustoquio Frías, José Antonino Fernández Cornejo, Martina Silva de Gurruchaga, el Soldado Desconocido de la Independencia Americana y el Soldado Desconocido de la Batalla de Salta, deben haber aceptado desde la eternidad, sin duda complacidos, compartir la última morada de sus cenizas terrenas con un prócer de la organización nacional como el jurista Facundo de Zuviría –que presidió las sesiones del Congreso Constituyente de 1853 y fue trasladado allí el 20 de febrero de 1934- y lo harán también en un futuro que se anhela próximo con Miguel Ragone, mártir de la Democracia con contenido Social, el Federalismo y la Liberación Nacional.

Dije antes que se corrió -y se mantuvo por décadas- un manto de silencio, de mentiras y pistas falsas sobre el magnicidio, comenzando por el mendaz Parte de Guerra fechado el 16 de marzo de 1976. Con excepciones honrosas a destacar: hace un tiempo llegó a mis manos el excelente libro de la profesora Raquel Adet: La causa Ragone, minuciosa y documentada crónica del secuestro, de las actuaciones policiales y judiciales iniciales, tramitadas evidentemente bajo la consigna de no llegar a ningún fin y con trascripción de los principales testimonios del juicio reciente culminado días atrás con las condenas que aplaude el país todo.-

(*) por Carlos María Romero Sosa. Se publicó en Salta Libre el sábado 15 de octubre de 2011.-