martes, 31 de julio de 2012

MOROSO HOMENAJE



















Me he enterado con preocupación del ataque, entre otras estatuas, a la ecuestre del general Güemes, de la que se han sustraído las riendas, las espuelas y la espada. Se trata de un bronce del escultor Hernando Bucci, artista de formas expresivas en calificación y clasificación del crítico Romualdo Brughetti, que tiene por antecedente histórico y sin duda estético el emplazado en la ciudad de Salta, obra de Victor Garino (1878-1958) y que inauguró el presidente de facto José Félix Uriburu el 20 de febrero de 1931 siendo interventor federal de la Provincia el general Gregorio Vélez..

Sobre nuestro monumento presa del vandalismo, que luce en Avda. Figueroa Alcorta y La Pampa, no es dato nuevo su abandono y deterioro, circunstancias denunciadas ya por el Instituto Güemesiano de Salta en el Boletín Güemesiano (Nro. 114 de octubre de 2009).

Quizá sea oportuno recordar a partir del triste estado en que se encuentra ese bronce y su pedestal de veinte metros de altura hecho en piedra traída de la provincia de Salta, la tardanza en que incurrieron sucesivos gobiernos para hacer efectiva la ley Nro. 5.689 de 10 de octubre de 1908, promulgada por José Figueroa Alcorta y sancionada a inspiración de Joaquín Castellanos, que disponía erigir en Buenos Aires la estatua de Martín Miguel de Güemes, así como la de los generales de la Independencia Las Heras y Arenales. Recién se dispuso su emplazamiento en 1977 por Ordenanza Municipal y se inauguró en la tarde del 22 de marzo de 1981.

Anoto también que el profesor Carlos Gregorio Romero Sosa, mi padre, quien a través de artículos y conferencias fue uno de los principales promotores aquí de ese moroso homenaje al “Héroe Gaucho”, concurrió al acto de inauguración en representación de la Academia del Instituto Güemesiano de Salta, por especial designación del entonces presidente de la corporación el historiador Luis Oscar Colmenares.

(Texto de la carta de Carlos María Romero Sosa publicada en La Prensa, el 29 de julio de 2012, en la sección Correo de Lectores. Ese mismo día apareció algo abreviado el mismo texto en La Nación)

martes, 24 de julio de 2012

EZEQUÍAS



Yo añadiré otros quince años a tu vida (…) Ezequías respondió: “¿Cuál es la señal de que podré subir a la Casa del Señor?. “Esta es la señal que te da el Señor para confirmar la palabra que ha pronunciado: en el reloj de sol de Ajaz, Yo haré retroceder diez grados la sombra que ha descendido”. Y el sol retrocedió en el reloj los diez grados que había descendido. Luego dijo Isaías: “Traigan un emplasto de higos, aplíquenlo sobre la úlcera y el rey sanará”
Repasaré delante de Ti con amargura de mi alma todos los años de mi vida. Oh Señor, si esto es vivir, y en tales apuros se halla la vida de mi alma, castígame; y vivifícame.


Isaías 38, 1-16


Haya un reloj de sol que atrase en grado

de beber otra vez la primavera

con su estallar de brotes en hilera…

Yo que enfilé nomás lo desandado.



Y adorne un nuevo afán el descampado

del alma, con la fe por compañera,

si la conciencia purga mi pecado

de los días sitiar con mano artera



tras la línea de hielo del olvido,

el desamor, el miedo, el desencanto,

la pereza, el desánimo, el descuido.



Derrumbe el corazón su cal y canto:

la condena de muerte no extinguida

mientras arda la leña de la vida.



21/7/12
De “Destiempo de tranvías”, libro de próxima aparición de Carlos María Romero Sosa





jueves, 21 de junio de 2012

RICARDO CARBALLO CALERO, FILÓLOGO Y GALLEGUISTA



En diciembre de 1979 participé con una ponencia sobre la narrativa de Eduardo Mallea, en el Simposio Hispano-Argentino sobre Literaturas Regionales celebrado en el Colegio Mayor Argentino de Madrid, por ese tiempo bajo la dirección del doctor Leoncio Gianello, historiador, jurista y escritor entrerriano de especial actuación pública en Santa Fe. En los salones de aquel inolvidable establecimiento situado en la calle Martín Fierro sin número, próximo al Parque del Oeste y la Ciudad Universitaria, donde solíamos recalar la mayoría de los becarios recién llegados a la capital española hasta poder alquilar un apartamento en una zona más céntrica de la ciudad del oso y el madroño, escuché varias ponencias del Simposio a cargo de los argentinos Guillermo Ara, Ricardo Adúriz o Guillermo Rodríguez como también de los notorios españoles Guillermo Díaz-Plaja, Gregorio Marañón Moya, José María Alfaro y Polanco, Manuel Ballesteros Gaibrois y Ricardo Carballo Calero. A excepción de Díaz-Plaja que aportó en la inauguración su mirada sobre la pluralidad y unidad de la cultura hispánica, no puedo precisar cuál de esos u otros participantes trataron, por ejemplo, sobre la aventura en la Argentina de Vicente Blasco Ibáñez, la Generación del 27, Blas de Otero, España en la poesía de Borges y la poesía de proyección folclórica argentina.
Pasadas más de tres décadas de aquella reunión -primera de ese tipo que tuvo lugar en España, según consignó el periódico ABC de 5 de diciembre de 1979 en una columna que recorté y conservo-, recuerdo muy bien la exposición del doctor Carballo Calero sobre “La literatura gallega en el exilio y Rosalía de Castro”. Y no hago con ello alarde de memoria: sencillamente lo difícil hubiera sido olvidar la palabra del orador, a un tiempo sobria y animada de lirismo como correspondía al poeta de “Trinitarias” (1928), “Vieiros” (1931), “La soledad confusa” (1932), “Anxo da terra” (1950) o “Poemas pendurados dun cabelo” (1952). Porque en verdad, imperdonable sería no sentirse arrobado por esa erudición sin agobio y sobre todo por la sencillez nada académica ni profesoral -pese a que fue miembro de la Real Academia Gallega a partir de 1958 y profesor de la Universidad de Santiago de Compostela, donde accedió por oposición a la cátedra de Lingüística y literatura gallega creada en 1965- que trasuntaba su persona y hasta en ocasiones los rasgos de humor, con que sin demagogia alguna lograba captar al auditorio.

Se me hace hoy al repasar mentalmente la primera –y única- impresión que tuve de Carballo Calero, que físicamente no representaba los casi setenta años que tenía en la oportunidad, dado que nació en Ferrol (La Coruña) en 1910. Con una estatura algo menos que mediana y un aspecto exterior de oficinista, con seguridad sin proponérselo porque no lo imagino ensayando una imagen como a los políticos y a los empresarios actuales, pegaba poco sin embargo con el mero hombre gris en serie y con el típico burgués de saco y corbata, sin duda esto último por la sobriedad con que más que lucir, se limitaba a emplear con funcionalidad el traje: “Estoy acostumbrado a uniformarme”, nos confesó sonriendo en referencia a su grado de teniente del ejército de la Segunda República que se le reconoció después de la sublevación del 18 de julio de 1936 y con el que participó en la defensa de Madrid y a sus posteriores años de prisión padecidos bajo el franquismo.

Quizá mi visión retrospectiva suya continúa impregnada por el eco del paseo estético que nos brindó aquella invernal mañana madrileña, a la que supo enjoyar con la magia verde de los parajes gallegos inspiradores de Rosalía de Castro, la poeta de “Follas Novas” sostenida por hilos de melancolía entre dos abismos: “Saudade” y “Soidade” y sobre quien expresó Carballo en uno de sus libros: “La ecuación entre Rosalía y Galicia es un hecho que se impone de todos modos. Un hecho tan evidente que no necesita demostración.” Sí, nos condujo en la ocasión por aquellos campos de labranza usufructuados desde antiguo por el caciquismo, presas del minifundio y poblados de supersticiones y leyendas para no desmentir la herencia celta volcada a lo sobrenatural y misterioso. Todo un contexto que más que la ideología reivindicativa del Rexurdimento -al que se da fecha de inicio en 1863 con la publicación de “Cantares gallegos” de la escritora compostelana-, un movimiento estético y eminentemente literario contemporáneo de la Renaixença catalana y precedido en Galicia por dramáticas convulsiones políticas y sociales como la sublevación liberal de 1846 liderada por el coronel Miguel Solís que culminó con su fusilamiento y el de los otros Mártires de Carral, nutrió de romanticismo el espíritu de Eduardo Pondal, el autor de los versos del Himno Gallego, figura que estudiara Manuel Murguía poco antes de morir; del Manuel Curros Enríquez de “Aires de miña terra”; del descriptivo y piadoso Antonio Noriega Varela de “Montañesas”; y que aunque don Ricardo no los debió mencionar en su conferencia centrada en esos creadores decimonónicos y en otros más fallecidos en las primeras décadas del siglo XX, más tarde despertó la morriña por el Mar Cantábrico de Eduardo Blanco-Amor del “Poema en catro tempos a un pescador galego” y revivió las inmensidades extendidas a un lado y al otro del Faro de Finisterre en los pinceles de Luis Seoane y de Laxeiro, ambos exiliados en Buenos Aires después de la Guerra Civil.
******

A continuación de su charla lo vi partir silencioso, con un bolso a la espalda donde cargó los libros que le obsequiaron y los apuntes que traía consigo. Iba despojado, de forma semejante a la que arribaron sus coterráneos inmigrantes a la República Argentina, en busca de horizontes. Venía a cuento hacer la relación, tal vez con la sensibilidad a flor de piel porque cargábamos con nuestras respectivas nostalgias porteñas, al punto de comentar aquella ligereza de equipaje que habría elogiado Machado con el historiador sanmartiniano Alfredo J. Villegas otro de los ponentes. Después estoy seguro de que alguien murmuró mientras pasábamos a escuchar al siguiente orador -que no puedo precisar quién era-, que Carballo debía regresar de inmediato a sus quehaceres y compromisos académicos. Al antiguo co-redactor –era además de doctor en filosofía y letras por la Universidad Complutense de Madrid, licenciado en derecho por la de Santiago de Compostela- con Valentín Paz Andrade, Lois Tobio y Vicente Risco del “Anteproyeito de Estatuto da Galiza” presentado por el Seminario de Estudos Galegos y al cofundador también en 1931 del Partido Galeguista, se le hacía difícil estar fuera del terruño.

Nada más supe de él ni descubrí su nombre en letras de molde descansando en anaquel alguno hasta varios años después, cuando luego de la muerte de otro gallego universal ocurrida en junio de 1985: el abogado, político y escritor oriundo de Ortigueira, Leandro Pita Romero, pude adquirir al venderse parte de su excepcional biblioteca -que ocupaba un departamento entero en la calle Larrea entre Santa Fe y Marcelo T. de Alvear-, entre otros volúmenes no pocos de ellos autografiados por sus autores, varias obras originales de Carballo Calero. Así pude leer “Sete poetas”, de la Editorial Galaxia de Vigo, publicado en 1955, que recoge estudios sobre Rosalía, Curros Enríquez, Pondal, Noriega Varela, Cabanillas, Amado Carballo y Manuel Antonio. Me adentré con mayor facilidad, pues está redactado en castellano en sus “Aportaciones a la literatura gallega contemporánea”, un libro publicado por la madrileña Editorial Gredos también en 1955 y que aparte de estudiar la labor de los creadores anteriormente citados incluye sendos capítulos finales referidos a Ramón Otero Pedrayo y a Alfonso Rodríguez Castelao. Junto a ellos incorporé a mi biblioteca una obra de consulta: “Gramática elemental del gallego común” (Galaxia, Vigo, 1era. Edición de 1966). Vuelvo a detenerme en su inicial Explicación, en extremo informativa y reveladora de su a veces criticada posición reintegracionista en materia etimológica, que proponía que el gallego y el portugués forman parte de un mismo sistema lingüístico: “El castellano, sobre todo a partir del Renacimiento, influyó poderosamente la lengua de Galicia, que, muy poco cultivada literariamente, no podía ofrecer una resistencia eficaz. No sólo el léxico, sino también la fonética, la morfología y la sintaxis, acusaron la huella castellana. Esta huella es en muchos casos imborrable, y ha llegado a caracterizar en algunos aspectos el habla actual. Pero con el renacimiento de las letras gallegas en el siglo XIX, apareció un ideal de pureza que poco a poco fue reaccionando contra los castellanismos. Por supuesto, este fenómeno se registra en la lengua literaria, no en las hablas comunes, cada vez más castellanizadas. Pero el gallego que aspira a ser normativo ya desde Juan Manuel Pintos, nos muestra un prurito de casticismo. Rosalía de Castro supone más bien una concesión al gallego vulgar. Pondal y los escritores que le siguen, alimentan un propósito firme de restauración, y entonces, junto a la reactualización del arcaísmo, aparecen los préstamos del portugués.”

Ricardo Carballo Calero falleció en Santiago de Compostela en marzo de 1990. No recuerdo que ningún medio argentino haya dado la noticia. Pero silencios aparte me descubro como aquel lejano oyente suyo que lamenta ahora no haber sido algo más: su alumno.


Carlos María Romero Sosa. Publicado en "Diario Libre

domingo, 1 de abril de 2012

EL ESTÍMULO DE RICARDO JAIMES FREYRE A UN JOVEN POETA


Ricardo Jaimes Freyre
Al poeta Raúl Pérez Arias le subyugan las novedades estéticas aunque está lejos de caer en actitudes iconoclastas con el pasado. Por el contrario respeta y admira obras y figuras literarias del ayer. Así fue como cierta vez una informal charla sostenida en casa sobre el modernismo americano, nos condujo a través de la cita de sus principales referentes, al nombre de Ricardo Jaimes Freyre, el escritor, político y diplomático boliviano nacido en el consulado del país del Altiplano en Tacna (Perú) -el 12 de mayo de 1868-; con el tiempo amigo y colega de Leopoldo Lugones y de Rubén Darío: “Que la América escuche tu noble melodía”, le auguró en un soneto alejandrino el nicaragüense. Alguien de quien Borges, que quizá valoraba por sobre todo que hubiera introducido la mitología escandinava en la literatura castellana entre wagnerianas referencias al Walhalla y visiones de la Thule lejana -aquella última Thule invocada en la antigüedad por Virgilio en el Libro I de las Georgicas y por Séneca en Medea-, solía poner como modelo de música verbal el soneto presente en el libro “Castalia Bárbara” prologado por Lugones en 1899, que comienza: “Peregrina paloma imaginaria/ que enardeces los últimos amores;/ alma de luz, de música, de flores,/ peregrina paloma imaginaria.”

La curiosidad de Pérez Arias fue en aumento al enterarse que mi padre lo trató en su adolescencia, mientras cursaba en la ciudad de San Miguel de Tucumán su bachillerato en el Colegio Sagrado Corazón a cargo de los padres lourdistas. Y más aun al comprobar que éste había dejado escritos y publicados sus recuerdos sobre el autor de “Los sueños son vida” (Buenos Aires, 1917). En efecto y como epílogo en prosa a su primer libro de sonetos, “El cantar del crepúsculo”, editado en Buenos Aires en 1941 por la Librería y Casa Editora de Jesús Menéndez (volumen que entre paréntesis mereció a poco el espaldarazo de un poema ditirámbico –tal su título- de su tío Juan Carlos Dávalos), aparecen las páginas testimoniales y distendidas de “Como conocí a Ricardo Jaimes Freyre”.

Cuenta en ellas que hacia 1931, aquejado por el “mal metafísico”, y sospecho yo que sin duda también por un decadentista “mal du siècle” adquirido en la lectura en francés de Chateaubriand, borroneaba, siendo estudiante sus primeros versos. Fue así que un día primaveral del año siguiente, encontrándose en plena composición de sus cuartetas amatorias, probablemente malas y cursis, en un salón del Círculo, un hotel situado frente a la Plaza Independencia, cuyo propietario era un catalán afable; escuchó a su espalda la voz de Jaimes Freyre, por cierto algo familiar ya que solía frecuentar en sus viajes a Salta el hogar de mis abuelos establecido en la calle Alberdi al 400. (Es tradición que allí supo estrechar vínculos con el hermano del dueño de casa, Monseñor José Gregorio Romero y Juárez, escritor, orador sagrado y obispo diocesano de Saltas y Jujuy que murió en septiembre de 1919, con el poeta de “Rimando el dolor” Calixto Linares Fowlis (1884-1944) y con el médico Juan Pablo Arias Romero (1859-1909), legislador y rector del Colegio Nacional de Salta, en cuyo carácter invitó a visitar el histórico establecimiento al creador boliviano que fuera años después propuesto para ocupar la primera magistratura de su patria .)

Jaimes Freyre, a la sazón -en 1932- presidente del Consejo Provincial de Educación de Tucumán designado por el gobernador Juan Luis Nougués, según dato que aporta Emilio Carilla en su estudio biográfico del poeta (Ediciones Culturales Argentinas, Buenos Aires, 1962), con señorial y castizo hablar, propio de quien había cantado a “la heroica edad de corazón de acero” y se ufanaba en un verso dodecasílabo de “Los antepasados” de tener “sangre de los soberbios conquistadores”, le preguntó qué escribía.

-Ah, es usted poeta, comentó entonces y a renglón seguido dio por sentado que el interlocutor había leído a los clásicos.

-No señor, le respondió mi padre.

-¡Bien mi amigo! Usted no debe escribir una línea más sin conocer eso. Yo voy a obsequiarle un volumen de Calixto Oyuela, dictaminó enseguida aquel revelador de las leyes de la versificación castellana.

Y anotará Carlos Gregorio Romero Sosa, al que además entusiasmó el socialismo de signo tolstoiano profesado por quien en 1906 vaticinó en el rebelde poema “Rusia” el fin de la sociedad caduca/ con el sangriento rojo de todos los ponientes, que “…Jaimes Freyre fue, desde entonces, mi guía y mi consulta en las letras. Me corregía mis versos. Me obsequiaba libros. Me enseñaba a escribir y a pensar. ¡Cómo agradezco sus indicaciones y el cariñoso afecto con el que me trataba en esa salita pequeña del hotel tucumano, desde cuya ventana veíase el nacarado ensueño de los naranjos de la Plaza Independencia!”

Si bien es cierto que a poco, mi padre fue abandonando la poesía para adentrarse en los estudios históricos, en especial de la región del noroeste argentino. Encontró abierta la brecha por Jaimes Freyre, autor de magnas obras en la materia como “Tucumán en 1810: Noticia histórica y documentos inéditos” (1907), “El Tucumán del Siglo XVI: bajo el gobierno de Juan Ramírez de Velazco” (1914) o “Historia del descubrimiento de Tucumán” (1916). Pero el maestro que con sobrados títulos lo era también en esa disciplina falleció en Buenos Aires el 24 de abril de 1933, circunstancia que impidió al joven salteño sostener con él diálogos en materia histórica, que sin duda habrían apuntalado su temprana disposición por el arte –y ciencia- de Clio.

Ahora me toca a mí recordar hechos del pasado y personas ausentes; así la habitación del escritorio paterno que lucía un cuadro de aquel preclaro mentor suyo en las letras; obra dibujada a lápiz en 1946 por el artista de origen germano von Scheidt donde captó bien su mirada de fuego y los característicos bigotes que daban a su rostro un aire mosqueteril.

Y por la senda del ensueño, me ilusiona recuperar el eco de lejanas conversaciones mantenidas siendo veinteañero yo, con el escritor y periodista tucumano Eduardo Joubín Colombres muerto en 1988 y autor de un extenso estudio preliminar para la edición de Claridad de las Poesías Completas del boliviano modernista. Me aconsejaba entonces él, con gravedad provinciana, tomar con el debido respeto mi vocación por las letras.

-Y más vos, acentuaba proponiéndome la literatura como un desafío a tomar con responsabilidad.

-Sí, Carlos María, mucho más vos, hijo de un discípulo de Ricardo Jaimes Freyre…
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(*) Comentario de Carlos María Romero Sosa publicado en "Salta Libre" el 9 de febrero de 2012.-

domingo, 26 de febrero de 2012

Robaron la placa de Zavala Ortiz



Días pasados, el doctor Juan Carlos Fustinoni denunció la desaparición del busto de su padre de la Academia Nacional de Medicina, corporación que largamente presidió el profesor Osvaldo Fustinoni. Pero la depredación continua y acabo de advertir que de la “Plazoleta Carlos Bernardo González Pecotche”, que homenajea al escritor y fundador de la logosofía, ubicada en Agüero y Las Heras en las inmediaciones de la Biblioteca Nacional, faltan las placas conmemorativas tanto de González Pecotche cuanto del político radical doctor Miguel Angel Zavala Ortiz (1905-1982). Una vergüenza ambos robos por supuesto. Y en cuanto a la falta del recordatorio de bronce del doctor Zavala Ortiz, un antiguo vecino de la zona, ocurre justamente cuando la cuestión Malvinas se encuentra candente. Al respecto cabe recordar que el ministro de relaciones exteriores y culto del doctor Illia logró la aprobación, el 16 de diciembre de 1965, por la Asamblea General de las Naciones Unidas, de la Resolución 2065 donde se reconoció que las Islas Malvinas eran un territorio sujeto a descolonización.-
Carlos María Romero Sosa
        abogado

Carta publicada en la Sección Correo de Lectores de La Prensa el 15 de febrero de 2012

sábado, 11 de febrero de 2012

GUERRA DE LAS MALVINAS



2 de abril de 1982-14 de junio de 1982:
Me pregunto qué filo de sable corta el tiempo con más
prolijidad que la memoria.

Qué asalto del olvido rinde sus
arrebatos
               incondicionalmente.

Qué fuego crepitante
                 a no ser del afán
                                        –impulso puesto en Gracia-
moldea hilos de cobre para anudar la
vida a su empresa suprema.

Qué son
              –no sólo fueron-
aquellos setenta y tres días
deshojados en un ritual de
otoño y
calendarios,
            al paso de tres décadas en
bastardilla sus prometidos
dones
demorados en un
cancelar turnos de
grandeza.

Qué son,
             para nosotros,
tantas jornadas de heroísmo y
miseria en las
Malvinas.

La nieve que enceguece no
haga cerrar los ojos ante tantos perjuros de
“juremos con gloria” y de
“eternos laureles”,
idóneos en capuchas y
estaqueadas.


La nieve que enceguece conserve en sus
cristales el hambre de
soldados y la
gula de los
jefes corruptos.


(Que su alud envolvente no saque nuevo lustre
a las botas del general
rendido en
ignominia.)



La nieve que enceguece se
amontone en el techo rojo del
oportunismo, de la cruel
imprudencia y lo
derrumbe.
                 Caiga lentificada en
                 miel de flores
                muertas sobre los
               mutilados.


(Copo a copo los
niños de las
Islas jugarán con
muñecos en blancor de
inocencia junto a los
cementerios.)


****** .

La cuenta de amargura de tantos veteranos
a prorratear por
                        todos

es deuda pagadera con
limar
desmemorias y
rodear con la cinta de
duelo los
ojales ganándole al
vacío como
abiertas trincheras en
campo del honor del
compromiso y el
reconocimiento.


Por CARLOS MARÍA ROMERO SOSA Argentino.

lunes, 2 de enero de 2012

NORBERTO LUIS GRIFFA

   Aquellos meses finales de 1996 y sobre todo los de principios de 1997, que trajeron como presente griego a la Administración Pública Nacional la Segunda Reforma del Estado con indiscriminados despidos de personal, ejecutada por el menemismo en el poder, no se pintaban ideales para iniciar una amistad con funcionarios políticos como lo era el doctor Norberto Luis Griffa -fallecido el 21 de noviembre último-, designado Asesor en la Inspección General de Justicia donde yo me desempeñaba como funcionario de carrera. Sin embargo y sin confundir ninguno de los dos nuestros respectivos roles, la sellamos a partir de largas charlas que versaban sobre inquietudes humanas y culturales comunes, ciertamente las afinidades electivas en términos de Goethe.

   Griffa, abogado y docente universitario de filosofía, fue autor entre otros trabajos de un libro que enriquece la bibliografía en lengua castellana sobre Edmund Husserl: “Fenomenología del ser y la esencia”, editado en 1977 por la Cooperadora de Derecho y Ciencias Sociales. Allí con claridad expositiva, esa cortesía del filósofo al decir de Ortega y Gasset, desarrolla varios puntos del sistema del pensador moravo, tales como la esencia (eidos), la intuición sensible y la eidética, la idea de la ciencia, el fenómeno de síntesis con que opera la conciencia o el paréntesis o “epojé” de la reducción fenomenológica.

   Era al momento de su muerte, ocurrida a los setenta años de edad cuando tanto podía esperarse de su inteligencia, dinamismo, creatividad y espíritu de liderazgo, Director del Departamento de Arte y Cultura y Director Académico de la Cátedra UNESCO de Turismo Cultural, de la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

   Lo imagino en la biblioteca de su departamento de Avenida Quintana 4, en Cinco Esquinas, distrayendo quizá alguna lectura, para repetir mentalmente el poema de Borges “Barrio Norte” que expresa en uno de sus versos -grabados en la pared de la escuela y jardín de infantes situados frente a su domicilio-, que el olvido es el modo más pobre del misterio. Y entonces yo que trato de no olvidar, recuerdo su conversación culta, por momentos erudita, pero amena siempre y demostrativa de un hecho indiscutible: el hablante no era sólo un especialista sino un sibarita del pensamiento.

   Evoco aquella última vez que nos encontramos después de largo tiempo sin tener noticias suyas. Fue una tarde de marzo de 2002 entre el gentío de la calle Florida. En la ocasión disfruté otra vez de su actitud y aptitud dialogante. Eran ya los tiempos del presidente Duhalde y de la pesadilla del “corralito”, cuando Griffa me esbozó cierta tesis política suya aguda y original.

   -Fíjese, doctor, que si bien pocos intelectuales y académicos refutarían lo que usted me dice, aquí lo silencian los manteros con sus ofertas a toda voz-, le comenté risueño.

   -Se ganan la vida, me contestó socrático…


Por Carlos María Romero Sosa. Se publicó en Ápices Digital, Nro. 10.-