domingo, 17 de febrero de 2013

SOBRE LOS ÁRBOLES HISTÓRICOS



Leí días pasados que se halla en peligro a raíz de un temporal el pino del general San Martín; a cuya sombra, “cubierto aún con su propia sangre y con el polvo y el sudor del combate”, al decir de Mitre, el prócer redactó el parte de guerra de San Lorenzo, victoria de la que el 3 de febrero próximo se cumplirá el bicentenario. Esa noticia de La Prensa, inquietante por cierto, me hizo recordar el libro del historiador Enrique Udaondo (1880-1962) titulado “Árboles Históricos de la República Argentina”, cuya quinta edición corregida y aumentada (Buenos Aires, 1935) tengo en mi poder por haber sido obsequiado por el autor a mi abuela materna Flora García Black de Gómez Langenheim, escritora y periodista que empleó el seudónimo Carmen Arolf en sus relatos y novelas. En el volumen anotado el después académico Udaondo, investigador de curiosos aspectos de la historia patria y colonial y fundador y director del Museo Histórico de Luján, hizo una extensa crónica del añoso pino existente en el huerto de San Lorenzo, informando entre otros detalles que la circunferencia de la copa es de setenta y cinco metros y medio y que el alto total del árbol es de dieciséis metros.

No tengo conocimiento sobre reediciones más nuevas de tan importante obra donde además se estudian entre otros árboles históricos el naranjo de San Francisco Solano, existente en La Rioja, el nogal de Saldán, en Córdoba, el ombú del Virrey Vértiz , el sarandí de Manuel Belgrano, el pacará de Segurola, el sauce de San Martín y O´Higgins, el naranjo de Laprida y la higuera de Sarmiento.

En todo caso será de lamentar su poca difusión actual, ya que sus páginas inspiran tanto el amor a la naturaleza como hacia nuestras mejores tradiciones.-

Carlos María Romero Sosa
(Se publicó en La Prensa el 16 de diciembre de 2012)

jueves, 31 de enero de 2013

SE JUZGA LA REPRESIÓN FASCISTA EN BARCELONA. ¿Y EN MALLORCA?


Los hechos históricos y los datos que dan fe de ellos, pueden voltear al cabo los prejuicios y las transitorias complicidades, como las que se alzaron tiempo atrás contra el juez Baltasar Garzón hasta desplazarlo en forma inicua de la magistratura. Pero existe por fortuna la ley de las compensaciones y así he podido leer con satisfacción en varios matutinos la noticia de que la Audiencia de Barcelona, ordenó investigar crímenes cometidos contra la población civil catalana, por parte de la aviación italiana durante la Guerra Civil Española.

Por cierto algo también destacable es que lejos de caer en el falso atajo de un nacionalismo mal entendido, cerrado y capaz de imponer vendas a los ojos, fue nada menos que una asociación de italianos antifascistas residentes en la Ciudad Condal, la autora de la demanda.

Sin embargo, la auspiciosa noticia, me hace pensar de inmediato en la represión llevada a cabo en Mallorca, tan próxima geográficamente a Barcelona, durante aquella contienda fratricida; y en la actuación allí de un italiano tenebroso que desgraciadamente no puede ya ser juzgado pues murió sexagenario en 1962: Arconovaldo Bonaccorsi, personaje de avería que se hacía llamar “Conde Rossi” y organizó el grupo paramilitar los “”Dragones de la muerte”.

En aquella isla del Mediterráneo fue tan cruel la actitud de los “nacionales”, financiados por empresarios como Juan March -“el último pirata del Mediterráneo”, a juicio de Francesc Cambó- y apoyados en el trabajo sucio por fascistas de la calaña de Bonaccorsi -quien escribió por esos lúgubres días de 1937 al yerno de Mussolini, el conde Ciano, anunciando con orgullo hallarse empeñado en “una limpieza radical de personas y lugares infectos”-, que alguien insospechado de izquierdismo y de anticatolicismo como el escritor monárquico francés Georges Bernanos (1888-1948), denunció los crímenes en “Los grandes cementerios bajo la luna”, un libro testimonial y en extremo valiente al punto de ganarse con él su autor, el calificativo de “traidor” por parte de las derechas.

Bernanos describió las ejecuciones sumarias y muchas veces secretas: “En Mallorca vi pasar por la Rambla unos camiones repletos de hombres…los sacaban todas las noches de sus caseríos perdidos, cuando volvían del campo, partían para su último viaje, con la camisa pegada a los hombros por el sudor, los brazos aún cargados de trabajo del día, dejando la sopa servida en la mesa...” Y desenmascaró allí no sólo a los jefes franquistas y por supuesto a Bonaccorsi, sino que hasta les recordó a los prelados firmantes de la Carta Colectiva de los Obispos Españoles, dada a conocer el 1° de julio de 1937, que “los Evangelios son mucho más jóvenes que ustedes.”

Precisamente cabe recordar que uno de los que suscribieron aquella carta, el diocesano de Mallorca, Monseñor Josep Miralles, poco hizo para salvar la vida del sacerdote católico Jeroni Alomar Poquet, vicario de Llubí, fusilado por los responsables de la “Nueva Cruzada” al amanecer del 7 de junio de 1937: apenas el obispo envió una fría solicitud de clemencia a Franco, que llegó a destiempo. En cuanto al religioso Alomar Poquet, martirizado por ayudar a escapar hacia Menorca a varios perseguidos políticos, murió gritando “¡Viva Cristo Rey!.” Una biografía suya en lengua catalana, ha sido escrita por el jesuita Nicolau Pons i Llinás. Se titula: “Jeroni Alomar i Poquet: el capellá mallorquín afusellat pels feixistes el 1937” y se publicó en 1995.

Del padre Alomar, que yo sepa, la Iglesia no ha iniciado aún causa alguna de beatificación, como tampoco ocurrió con los miembros del clero vasco víctimas de la violencia fascista.-

Por Carlos María Romero Sosa. Publicado en "Salta Libre" el 29/01/2013

lunes, 1 de octubre de 2012

EL DIA DEL MILITANTE MONTONERO Y UN TESTIMONIO DE 1970


8 de octubre de 1970
  No podría decir ahora qué colectivo me dejó la tarde del miércoles 7 de octubre de 1970, sin duda de clima primaveral, en las proximidades de la Iglesia de Cristo Rey, ubicada en la calle Zamudio 5541 del barrio porteño de Villa Pueyrredón; la parroquia entonces a cargo del sacerdote Francisco Mascialino, religioso de actuación preponderante -en julio de 1965- en el Encuentro de Quilmes, convocado para “ubicar a Dios en la vida de los sacerdotes, en la Iglesia y en el mundo”.

Cuarenta y dos años no pasaron en vano y se han ido borroneando muchos detalles de aquella jornada. Sí tengo viva la imagen de unos cuantos bancos ocupados durante la misa vespertina, que celebró el también tercermundista padre Domingo Antonio Bresci, vicario cooperador del templo, por el alma de Fernando Luis Abal Medina y Carlos Gustavo Ramus al cumplirse un mes de la muerte de ambos montoneros, luego de un enfrentamiento sostenido con la policía bonaerense en la hoy desaparecida pizzería La Rueda de la localidad de William Morris.

Yo estrenaba ese año mi libreta de enrolamiento, abrevaba en la Teología de la Liberación y aguardaba ansioso cada bimestre la llegada a casa -con más preocupación que propiamente furia de mis preconciliares mayores- de la revista Cristianismo y Revolución de la que me había hecho suscriptor; la publicación fundada por Juan García Elorrio para enfrentar al onganiato cursillista de las fronteras ideológicas con un discurso de cristianismo comprometido con la opción por los pobres y que luego de la extraña muerte de su fundador en un accidente automovilístico ocurrido en febrero del mismo año 70, continuó apareciendo un tiempo más bajo la dirección de Casiana Ahumada.

Naturalmente pensaba como tantos otros miembros de mi generación que el mundo era muy viejo y muy injusto – no ha variado mi opinión al respecto- y que bastaba con nuestra juventud para modificarlo, lo cual era ingenuo. Porque la conciencia de edad emergía a flor de piel casi como una conciencia de clase. Y porque nos jugábamos a todo o nada a que nuestra mocedad se hallaba en línea directa con el juvenilismo del septuagenario Perón, que desde Madrid exaltaba el Mayo Francés y el Cordobazo. Así creíamos interpretar como nadie, por de pronto mejor que su moderadísimo y atildado delegado Jorge Daniel Paladino sus instrucciones y sus guiños, en una sintonía que conformaba una inapelable mayoría absoluta como para disponer de vidas propias y ajenas. Espíritu de sacrificio y martirio dirá alguien y tendrá razón, de refrendar hoy, tal vez sin saberlo, las palabras pronunciadas frente a los cadáveres de Abal Medina y Ramus por el padre Hernán Benítez, el ex confesor de Eva Perón, en la iglesia San Francisco Solano de Mataderos: “Su muerte, ante Dios, es un holocausto”. Fanatismo adolescente hasta el suicidio y el crimen, juzgará algún otro mirando el ayer con ojos actuales y bajo esa perspectiva algo sesgada también tendrá razón.

Lo cierto es que el sentido en el fondo más político que piadoso de los concurrentes a esa ceremonia religiosa, organizada en secreto en un espacio que habilitaba a los sectores del peronismo combativo en la calle Cangallo -hoy Perón-, en pleno Balvanera, el Sindicato FOETRA liderado por Julio Guillán, fue conocido por las autoridades del Ministerio del Interior a cargo del brigadier Eduardo Francisco Mac Loughlin y ocurrió lo inesperado al menos para mí, bastante inexperto en la gimnasia insurreccional de superficie: la Policía Federal con efectivos de la Guardia de Infantería cercó la cuadra, ingresó al templo, palpó de armas a todos los presentes y llevó detenidos a los asistentes a la misa, incluidos algunos feligreses habituales que debieron acreditar en la Comisaría Seccional 47 su vecindad con el templo. Al resto, es decir a los militantes con el sindicalista Andrés Framini a la cabeza, se nos trasladó de allí a la División Asuntos Políticos de Coordinación Federal para la identificación. No se torturó a nadie y al día siguiente fuimos recuperando la libertad bien que quedamos fichados los que aún carecíamos de antecedentes en los registros policiales. Un acto más de intimidación, preparatorio del terror estatal que mostraría toda su crudeza años después con las parapoliciales tres A y con el Proceso y sus treinta mil desaparecidos.

Memoro el hecho vivido hace más de cuatro décadas, al leer en los periódicos que el pasado 7 de septiembre se celebró en William Morris el “Día del Militante Montonero” con gran escándalo de La Nación que lo tituló en un editorial “Oprobioso homenaje”. Claro está que el acto que mereció tal calificativo transcurrió con riesgo cero para los concurrentes, de quienes sospecho buscaron más asomarse al panteón de una mitología revolucionaria que establecer un hito lejano de posible concatenación con el presente. Y que lejos estarán de abrevar en prescriptos postulados de violencia.

Descuento pues que los nuevos actores del homenaje a Abal Medina y a Ramus entienden que era muy distinta la realidad de 1970, cuando los montoneros –había ofrendas florales de Perón en su velatorio, tal como informó La Nación del sábado 12 de septiembre de aquel año-, pero no sólo los montoneros actuaban con violencia y a diestra y siniestra se expandía como mancha de aceite la intolerancia. Así por ejemplo el diario La Razón, que en la 5ta. edición del jueves 8 de octubre, en la página 16 dio detalles sobre lo acontecido en la parroquia de Cristo Rey bajo el título: “Un procedimiento en una Iglesia” -la noticia a dos columnas transcribe la lista de los detenidos y allí no será raro hallar hoy el nombre de más de un desaparecido-, dos días antes registró que el obispo Carlos T. Gattinoni, de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina, expresó durante la semana de la Biblia organizada por la Sociedad Bíblica Argentina que “La Biblia es revolucionaria. Es la dinamita de Dios”. Es que sino todo, mucho de lo que entonces se decía en voz alta auspiciaba el choque sangriento cuya inevitabilidad tampoco se ponía en duda. Ciertamente las condiciones de la época eran otras, el tuteo verbal con la violencia política que venía de décadas hizo perder respeto por la vida y la muerte nos fascinaba menos por su misterio ancestral que por el rostro jesucristiano del Che Guevara exhibido al mundo -en octubre de 1967- desde el piletón de lavar del Hospital Nuestro Señor de Malta de Vallegrande en Bolivia.

Pero la historia por fortuna no se repite, al menos cuando las sociedades y sus dirigencias tienen la voluntad y la imaginación de abrir nuevas direcciones, no para distraer o neutralizar demandas sectoriales con ilusorios paisajes de propaganda, sino para permitir poner en acto el mejor ánimo colectivo. La contratara del resentimiento y la indignación.

 Carlos María Romero Sosa es abogado y escritor. Se publicó en Salta Libre el 28 de septiembre de 2012.-
Su último libro es “Destiempo de tranvías”, 2012.-

martes, 28 de agosto de 2012

Sus desavenencias con el mundo: crédito de las “DISONANCIAS” de Nidia Olivera




Lo mismo que en la prestidigitación, también en la técnica de la poesía, para no aventar su implícita cuota de magia, los trucos -de practicarse- no deben ser advertidos por nadie y en cambio disimulados a toda costa. Al contrario, sí enriquece el poema, le da sentido y sobre todo le dispara horizontes, o sea posibilidad cierta de hallar lectores atentos y no ocasionales, cuando aparte de las metáforas y el encadenamiento de las imágenes, cuando más allá de las aporías y el hermetismo a veces alógico que remite a la sin razón del “mundo roto” ya advertido por Gabriel Marcel, puede intuirse que algo -o que mucho- subyace tras los versos. Porque en todo caso, lo críptico y difícil, puede ser tanto la representación exterior del misterio cuanto la banalización del abismo manipulada con meros juegos de palabras. Para deconstruir antes hay que edificar y todo edificio debe asentarse sobre cimientos.

Precisamente Nidia Olivera en su libro Disonancias (2009), con el que obtuvo el primer premio del género Poesía de Ediciones Ruinas Circulares, poetiza sobre firmes cimientos, como ser el trasfondo de las íntimas historias sufridas: “Hoy es un tiempo raro en el que comienza a salir una/ raíz de invierno en la solapa como una enredadera/ y esa enredadera, asfixia los cabellos” (¿Por qué no?); de las enriquecedoras experiencias de vida con su cuota de ausencias: “siente frío/ siento distancia./ Camus dice:/ Un hombre es más por lo que calla/ que por lo que dice” (En el día de la madre); de los ideales de belleza asumidos y perseguidos con ahínco: “Buscar la luz en la sombra/ del deseo inaugural“ (En el duelo); de la sonrisa del ayer atardeciéndose a la mesa de un bar pueblerino y sobreviviendo en el recuerdo, justo en el ángulo con forma de escuadra escolar del rayo de sol de la ilusión: “El hombre cada vez era más pequeño,/ se empequeñecía para volverse niño y soñar/ que tenía un bar otra vez y que alguien se daba un/ beso y era él y su amor” (En el bar); de las letanías a un paraíso perdido, en impronta barrial propicia para la nostalgia de la niñez, esa única patria del hombre al decir de Rilke: “Era el barrio de todos, que olía a muñecas gastadas/ y a fogata del día de San Juan” (En mi barrio).

Tres partes componen el poemario: Disonancias, En los Jardines y Del Amor, como coronación esta última y síntesis de un proceso dialéctico que fatalmente habrá de llevar en sí otra nota del ciclo cósmico de los eternos opuestos luz y sombra, vida y muerte, amor y desamor. Con un argumento casi lineal, más metafísico que propiamente argumentativo, Nidia Olivera se interna y se reencuentra consigo en el transcurrir de su tiempo existencial plagado de angustias, de angustias que en función de diapasones dan el tono a las disonancias propiamente dichas. Llega entonces a los jardines que no son aquí los de los simbolistas franceses decimonónicos, ni los rubendarianos “llenos de góndolas y cisnes vagos” y ni siquiera “Los jardines solos” para el ascetismo de Arturo Capdevila, sino los laberínticos de Borges con sombras implacables que hacen ver u oír o callar “distorsionada la palabra” (En el duelo).

Con el viaje casi iniciático que representa este verdadero libro de navegación, la autora, capaz de suscitar tantas esperanzas con el anterior y primer poemario publicado: Amaterasu (2005), asimismo una inmersión bautismal en las verdades líricas de Oriente, renueva ahora su personal apuesta creadora. Esta poeta que cultivó la amistad humana e intelectual del escritor Augusto Zorreguieta, tan vinculado con Salta y aquerenciado como ella en la bonaerense localidad de Temperley, sabe y asume sin escepticismo quietista -quizá por eso reescribe a Federico García Lorca, a Leonidas Lamborghini, a Alejandra Pizarnik-, que no se llega nunca a destino porque quedan metas sin cumplir y posibilidades sin agotar del “logos” primordial; pero que sí hay espíritus destinados a inventarlas y a intentar darles nuevas significaciones. Y que en la formulación de tales objetivos suele llevarse las palmas la Poesía.
Carlos María Romero Sosa. Publicado en Salta Libre el 14 de agosto de 2012.-

martes, 31 de julio de 2012

MOROSO HOMENAJE



















Me he enterado con preocupación del ataque, entre otras estatuas, a la ecuestre del general Güemes, de la que se han sustraído las riendas, las espuelas y la espada. Se trata de un bronce del escultor Hernando Bucci, artista de formas expresivas en calificación y clasificación del crítico Romualdo Brughetti, que tiene por antecedente histórico y sin duda estético el emplazado en la ciudad de Salta, obra de Victor Garino (1878-1958) y que inauguró el presidente de facto José Félix Uriburu el 20 de febrero de 1931 siendo interventor federal de la Provincia el general Gregorio Vélez..

Sobre nuestro monumento presa del vandalismo, que luce en Avda. Figueroa Alcorta y La Pampa, no es dato nuevo su abandono y deterioro, circunstancias denunciadas ya por el Instituto Güemesiano de Salta en el Boletín Güemesiano (Nro. 114 de octubre de 2009).

Quizá sea oportuno recordar a partir del triste estado en que se encuentra ese bronce y su pedestal de veinte metros de altura hecho en piedra traída de la provincia de Salta, la tardanza en que incurrieron sucesivos gobiernos para hacer efectiva la ley Nro. 5.689 de 10 de octubre de 1908, promulgada por José Figueroa Alcorta y sancionada a inspiración de Joaquín Castellanos, que disponía erigir en Buenos Aires la estatua de Martín Miguel de Güemes, así como la de los generales de la Independencia Las Heras y Arenales. Recién se dispuso su emplazamiento en 1977 por Ordenanza Municipal y se inauguró en la tarde del 22 de marzo de 1981.

Anoto también que el profesor Carlos Gregorio Romero Sosa, mi padre, quien a través de artículos y conferencias fue uno de los principales promotores aquí de ese moroso homenaje al “Héroe Gaucho”, concurrió al acto de inauguración en representación de la Academia del Instituto Güemesiano de Salta, por especial designación del entonces presidente de la corporación el historiador Luis Oscar Colmenares.

(Texto de la carta de Carlos María Romero Sosa publicada en La Prensa, el 29 de julio de 2012, en la sección Correo de Lectores. Ese mismo día apareció algo abreviado el mismo texto en La Nación)

martes, 24 de julio de 2012

EZEQUÍAS



Yo añadiré otros quince años a tu vida (…) Ezequías respondió: “¿Cuál es la señal de que podré subir a la Casa del Señor?. “Esta es la señal que te da el Señor para confirmar la palabra que ha pronunciado: en el reloj de sol de Ajaz, Yo haré retroceder diez grados la sombra que ha descendido”. Y el sol retrocedió en el reloj los diez grados que había descendido. Luego dijo Isaías: “Traigan un emplasto de higos, aplíquenlo sobre la úlcera y el rey sanará”
Repasaré delante de Ti con amargura de mi alma todos los años de mi vida. Oh Señor, si esto es vivir, y en tales apuros se halla la vida de mi alma, castígame; y vivifícame.


Isaías 38, 1-16


Haya un reloj de sol que atrase en grado

de beber otra vez la primavera

con su estallar de brotes en hilera…

Yo que enfilé nomás lo desandado.



Y adorne un nuevo afán el descampado

del alma, con la fe por compañera,

si la conciencia purga mi pecado

de los días sitiar con mano artera



tras la línea de hielo del olvido,

el desamor, el miedo, el desencanto,

la pereza, el desánimo, el descuido.



Derrumbe el corazón su cal y canto:

la condena de muerte no extinguida

mientras arda la leña de la vida.



21/7/12
De “Destiempo de tranvías”, libro de próxima aparición de Carlos María Romero Sosa





jueves, 21 de junio de 2012

RICARDO CARBALLO CALERO, FILÓLOGO Y GALLEGUISTA



En diciembre de 1979 participé con una ponencia sobre la narrativa de Eduardo Mallea, en el Simposio Hispano-Argentino sobre Literaturas Regionales celebrado en el Colegio Mayor Argentino de Madrid, por ese tiempo bajo la dirección del doctor Leoncio Gianello, historiador, jurista y escritor entrerriano de especial actuación pública en Santa Fe. En los salones de aquel inolvidable establecimiento situado en la calle Martín Fierro sin número, próximo al Parque del Oeste y la Ciudad Universitaria, donde solíamos recalar la mayoría de los becarios recién llegados a la capital española hasta poder alquilar un apartamento en una zona más céntrica de la ciudad del oso y el madroño, escuché varias ponencias del Simposio a cargo de los argentinos Guillermo Ara, Ricardo Adúriz o Guillermo Rodríguez como también de los notorios españoles Guillermo Díaz-Plaja, Gregorio Marañón Moya, José María Alfaro y Polanco, Manuel Ballesteros Gaibrois y Ricardo Carballo Calero. A excepción de Díaz-Plaja que aportó en la inauguración su mirada sobre la pluralidad y unidad de la cultura hispánica, no puedo precisar cuál de esos u otros participantes trataron, por ejemplo, sobre la aventura en la Argentina de Vicente Blasco Ibáñez, la Generación del 27, Blas de Otero, España en la poesía de Borges y la poesía de proyección folclórica argentina.
Pasadas más de tres décadas de aquella reunión -primera de ese tipo que tuvo lugar en España, según consignó el periódico ABC de 5 de diciembre de 1979 en una columna que recorté y conservo-, recuerdo muy bien la exposición del doctor Carballo Calero sobre “La literatura gallega en el exilio y Rosalía de Castro”. Y no hago con ello alarde de memoria: sencillamente lo difícil hubiera sido olvidar la palabra del orador, a un tiempo sobria y animada de lirismo como correspondía al poeta de “Trinitarias” (1928), “Vieiros” (1931), “La soledad confusa” (1932), “Anxo da terra” (1950) o “Poemas pendurados dun cabelo” (1952). Porque en verdad, imperdonable sería no sentirse arrobado por esa erudición sin agobio y sobre todo por la sencillez nada académica ni profesoral -pese a que fue miembro de la Real Academia Gallega a partir de 1958 y profesor de la Universidad de Santiago de Compostela, donde accedió por oposición a la cátedra de Lingüística y literatura gallega creada en 1965- que trasuntaba su persona y hasta en ocasiones los rasgos de humor, con que sin demagogia alguna lograba captar al auditorio.

Se me hace hoy al repasar mentalmente la primera –y única- impresión que tuve de Carballo Calero, que físicamente no representaba los casi setenta años que tenía en la oportunidad, dado que nació en Ferrol (La Coruña) en 1910. Con una estatura algo menos que mediana y un aspecto exterior de oficinista, con seguridad sin proponérselo porque no lo imagino ensayando una imagen como a los políticos y a los empresarios actuales, pegaba poco sin embargo con el mero hombre gris en serie y con el típico burgués de saco y corbata, sin duda esto último por la sobriedad con que más que lucir, se limitaba a emplear con funcionalidad el traje: “Estoy acostumbrado a uniformarme”, nos confesó sonriendo en referencia a su grado de teniente del ejército de la Segunda República que se le reconoció después de la sublevación del 18 de julio de 1936 y con el que participó en la defensa de Madrid y a sus posteriores años de prisión padecidos bajo el franquismo.

Quizá mi visión retrospectiva suya continúa impregnada por el eco del paseo estético que nos brindó aquella invernal mañana madrileña, a la que supo enjoyar con la magia verde de los parajes gallegos inspiradores de Rosalía de Castro, la poeta de “Follas Novas” sostenida por hilos de melancolía entre dos abismos: “Saudade” y “Soidade” y sobre quien expresó Carballo en uno de sus libros: “La ecuación entre Rosalía y Galicia es un hecho que se impone de todos modos. Un hecho tan evidente que no necesita demostración.” Sí, nos condujo en la ocasión por aquellos campos de labranza usufructuados desde antiguo por el caciquismo, presas del minifundio y poblados de supersticiones y leyendas para no desmentir la herencia celta volcada a lo sobrenatural y misterioso. Todo un contexto que más que la ideología reivindicativa del Rexurdimento -al que se da fecha de inicio en 1863 con la publicación de “Cantares gallegos” de la escritora compostelana-, un movimiento estético y eminentemente literario contemporáneo de la Renaixença catalana y precedido en Galicia por dramáticas convulsiones políticas y sociales como la sublevación liberal de 1846 liderada por el coronel Miguel Solís que culminó con su fusilamiento y el de los otros Mártires de Carral, nutrió de romanticismo el espíritu de Eduardo Pondal, el autor de los versos del Himno Gallego, figura que estudiara Manuel Murguía poco antes de morir; del Manuel Curros Enríquez de “Aires de miña terra”; del descriptivo y piadoso Antonio Noriega Varela de “Montañesas”; y que aunque don Ricardo no los debió mencionar en su conferencia centrada en esos creadores decimonónicos y en otros más fallecidos en las primeras décadas del siglo XX, más tarde despertó la morriña por el Mar Cantábrico de Eduardo Blanco-Amor del “Poema en catro tempos a un pescador galego” y revivió las inmensidades extendidas a un lado y al otro del Faro de Finisterre en los pinceles de Luis Seoane y de Laxeiro, ambos exiliados en Buenos Aires después de la Guerra Civil.
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A continuación de su charla lo vi partir silencioso, con un bolso a la espalda donde cargó los libros que le obsequiaron y los apuntes que traía consigo. Iba despojado, de forma semejante a la que arribaron sus coterráneos inmigrantes a la República Argentina, en busca de horizontes. Venía a cuento hacer la relación, tal vez con la sensibilidad a flor de piel porque cargábamos con nuestras respectivas nostalgias porteñas, al punto de comentar aquella ligereza de equipaje que habría elogiado Machado con el historiador sanmartiniano Alfredo J. Villegas otro de los ponentes. Después estoy seguro de que alguien murmuró mientras pasábamos a escuchar al siguiente orador -que no puedo precisar quién era-, que Carballo debía regresar de inmediato a sus quehaceres y compromisos académicos. Al antiguo co-redactor –era además de doctor en filosofía y letras por la Universidad Complutense de Madrid, licenciado en derecho por la de Santiago de Compostela- con Valentín Paz Andrade, Lois Tobio y Vicente Risco del “Anteproyeito de Estatuto da Galiza” presentado por el Seminario de Estudos Galegos y al cofundador también en 1931 del Partido Galeguista, se le hacía difícil estar fuera del terruño.

Nada más supe de él ni descubrí su nombre en letras de molde descansando en anaquel alguno hasta varios años después, cuando luego de la muerte de otro gallego universal ocurrida en junio de 1985: el abogado, político y escritor oriundo de Ortigueira, Leandro Pita Romero, pude adquirir al venderse parte de su excepcional biblioteca -que ocupaba un departamento entero en la calle Larrea entre Santa Fe y Marcelo T. de Alvear-, entre otros volúmenes no pocos de ellos autografiados por sus autores, varias obras originales de Carballo Calero. Así pude leer “Sete poetas”, de la Editorial Galaxia de Vigo, publicado en 1955, que recoge estudios sobre Rosalía, Curros Enríquez, Pondal, Noriega Varela, Cabanillas, Amado Carballo y Manuel Antonio. Me adentré con mayor facilidad, pues está redactado en castellano en sus “Aportaciones a la literatura gallega contemporánea”, un libro publicado por la madrileña Editorial Gredos también en 1955 y que aparte de estudiar la labor de los creadores anteriormente citados incluye sendos capítulos finales referidos a Ramón Otero Pedrayo y a Alfonso Rodríguez Castelao. Junto a ellos incorporé a mi biblioteca una obra de consulta: “Gramática elemental del gallego común” (Galaxia, Vigo, 1era. Edición de 1966). Vuelvo a detenerme en su inicial Explicación, en extremo informativa y reveladora de su a veces criticada posición reintegracionista en materia etimológica, que proponía que el gallego y el portugués forman parte de un mismo sistema lingüístico: “El castellano, sobre todo a partir del Renacimiento, influyó poderosamente la lengua de Galicia, que, muy poco cultivada literariamente, no podía ofrecer una resistencia eficaz. No sólo el léxico, sino también la fonética, la morfología y la sintaxis, acusaron la huella castellana. Esta huella es en muchos casos imborrable, y ha llegado a caracterizar en algunos aspectos el habla actual. Pero con el renacimiento de las letras gallegas en el siglo XIX, apareció un ideal de pureza que poco a poco fue reaccionando contra los castellanismos. Por supuesto, este fenómeno se registra en la lengua literaria, no en las hablas comunes, cada vez más castellanizadas. Pero el gallego que aspira a ser normativo ya desde Juan Manuel Pintos, nos muestra un prurito de casticismo. Rosalía de Castro supone más bien una concesión al gallego vulgar. Pondal y los escritores que le siguen, alimentan un propósito firme de restauración, y entonces, junto a la reactualización del arcaísmo, aparecen los préstamos del portugués.”

Ricardo Carballo Calero falleció en Santiago de Compostela en marzo de 1990. No recuerdo que ningún medio argentino haya dado la noticia. Pero silencios aparte me descubro como aquel lejano oyente suyo que lamenta ahora no haber sido algo más: su alumno.


Carlos María Romero Sosa. Publicado en "Diario Libre