lunes, 11 de marzo de 2013

EL MÉDICO HUMANISTA JUAN CARLOS FUSTINONI




 HISTORIA DE UNA AMISTAD  MARCADA  POR  LA  COMÚN  DEVOCIÓN A  NUESTROS  MAYORES

Las casualidades suelen resultar oportunas y así mientras leía con fruición “La alienación en la ópera”, llegó a mis manos “Mis miedos y mis magias”, suerte de autobiografía de Constantino Juri, el maestro que puso en escena tantos de los dramas líricos estudiado en el libro de Fustinoni.

Pude hacer así una lectura paralela y adentrarme en el mundo de la ópera, tanto desde la visión psicológica y psiquiátrica de los caracteres de sus personajes propuesta por Juan Carlos, como desde la perspectiva de quien tanto conoce de la cocina operística.

Al advertir que en esta mesa hay eruditos en el tema yo trataré otra cuestión: la amistad con el autor a través de la veneración hacia sus mayores y sus severos y nada ditirámbicos escritos en ese sentido.

Pero antes quiero decir dos palabras sobre “La alienación en la ópera”, donde además del investigador original y sagaz, está de cuerpo entero alguien que sigue huellas ilustres. Y pienso en José Ingenieros y en su “Psicopatología del arte” obra que releí hace poco con las notas de Aníbal Ponce. Y en el psiquiatra boquense Hernani Mandolini, amigo de Quinquela Martín y de Juan de Dios Filiberto, autor de “La tragedia heroica del genio”. Y en Osvaldo Loudet y la clasificación de muchos caracteres de creadores a la luz de la ciencia médica.

Sin embargo Fustinoni ha ido más allá de las figuras históricas de músicos y libretistas y ha sabido clasificar caracteres de personajes de la ficción operística y esto habla de la vida y la vigencia de ellos. Pero además carece de la deformación profesional de identificar todo arrebato humano con la alienación, así es especialmente de destacar el capítulo sobre la pasión. Porque no toda pasión es enfermiza, ya Bossuet veía en el amor la fuente de todas las pasiones y como las lenguas de Esopo, las hay buenas y malas. Poco pues dice la pasión por sí misma de igual modo que la fortaleza sin la virtud de la justicia es la palanca del mal según San Ambrosio de Milán. Fustinoni valora y ejemplifica con los extremos, tanto de la pasión heroica en Fidelio cuanto con la pasión perversa y no correspondida de Salomé de Richard Strauss basada en la tragedia de Oscar Wilde. Y asimismo enfoca la pasión a destiempo de Eugenio Oneguin, la pasión por celos de Otello de Verdi y de Wozzeck de Alban Berg, o la pasión seductora de Don Juan en Mozart. Sobre todos esos arrebatos hay en su libro hallazgos interpretativos.

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Del inicio de la amistad con Juan Carlos Fustinoni, pronto hará una década y sin embargo creo que ambos podemos ufanarnos de estrenarla y renovarla día a día; bien mediante los diálogos directos y para mí siempre enriquecedores que mantenemos, ese yo-tú cada vez menos practicado en esta actualidad que es sinónimo de premura avara de la confidencia, bien a través de los correos electrónicos que solemos enviarnos, bien con la lectura recíproca de nuestros trabajos inéditos y sobre todo en el compartido sentimiento de veneración hacia nuestros mayores. Sí, la estrenamos y renovamos como una de las mejores formas de entender la amistad: camaradería en la aventura del cotidiano vivir mejor que anclaje común en la monotonía. Y desde ya coincidencia en los valores y en las actitudes aunque pueda disentirse en las ideas. He ahí la semejanza –no la clonada repetición- de la doctrina de Empédocles que menciona Platón en el diálogo “Lysis o la amistad”.

Ciertamente en marzo de 2003, fue Juan Carlos Fustinoni quien dio el puntapié inicial para un trato que luego sería fraterno al acercarme varios libros de Marilina Rébora con cordiales dedicatorias. Comprendí de inmediato, al leer el riguroso y sentido estudio preliminar de uno de ellos, “No me llames poeta” (2001) -una oportuna selección de las piezas líricas de la exquisita autora de sus días-, que este médico humanista tenía en el altar de la devoción filial un punto de apoyo decisivo para sus empresas vitales e intelectuales, un sostén a prueba de los embates del mundo enemigo del alma, un refugio inaccesible a las ajenas bajezas y a las desconsideraciones inherentes a la jauría humana.

Luego de reconocer al hijo amante tras el crítico y antólogo e inundado por sentimientos de simpatía -o empatía- ante la revelación, quedaba por mi parte dar otro paso, cosa que hice decidido para encontrarnos en el universo en expansión de las afinidades electivas que dijera Goethe. Así le remití a vuelta de correo, la obra a poco aparecida “Testimonios y antología de Lía Gómez Langenheim de Romero Sosa”; y al hacerlo experimenté una vez más que por esas situaciones contradictorias de la vida, o por sus misteriosas ironías, las orfandades y no sólo las presencias, las orfandades a veces más que las presencias, vinculan con hilos de oro a los espíritus. Pasaron algunos meses y hacia la Navidad de 2003 advertí que cierta publicación religiosa que adquirió mi hermana María Graciela en el atrio de nuestra parroquia de San Agustín incluyó en la misma página sendos poemas al Niño Jesús de nuestras respectivas madres, mujeres de letras que no se conocieron pese ser contemporáneas, actuar en círculos sociales y culturales más o menos próximos y ejercitar ambas la literatura infantil con singular creatividad estética, responsabilidad moral, inspiración, vuelo y ternura. Conversamos con Juan Carlos sobre la circunstancia anotada al acercarle una copia de dicha revista y fue ocasión para intercambiar también mutuos recuerdos familiares de los tiempos de la infancia, en los cincuenta y sesenta de la pasada centuria, cuando éramos felices y nadie estaba muerto como escribió Pessoa.

Otro hito determinable en el tiempo de nuestra amistad, fue el libro suyo “Mi padre, Osvaldo Fustinoni” aparecido en 2010. Y puedo asegurar que lo fue porque tuve el privilegio de conocer de sus labios el proyecto inicial de componerlo, la fortuna de ser anoticiado sobre la organización de los capítulos al tiempo que entendí y admiré la dedicación que representó para el autor las arduas investigaciones realizadas para no dejar cabo suelto en este retrato ejemplar que, “mutatis mutandi”, sin duda halló fuente inspiradora en la tradición de las grandes biografías, esas que despertaron nuestra imaginación, supieron trasportarnos a otros momentos históricos y nos permitieron tocar no ya el bronce o el mármol de seres inmortales sino propiamente sus existencias de carne y hueso en las plumas de un Emil Ludwig o un Stefan Zsweig. Aquí y ahora Juan Carlos hizo lo suyo: enfocó a su personaje sin que aquellos otros que lo rodearon, cumplieran la función de una mera escenografía y si en las cuatrocientos cuarenta páginas de la obra brilla de cuerpo entero el profesor Osvaldo Fustinoni, el sabio y el hombre de corazón, Juan Carlos no lo excluye ni lo desprende de su entorno –de su “circunstancia” diría Ortega-; de maestros, colegas y discípulos, de su actuación pública donde se entretejen con el suyo nombres para el juicio de la historia, así como destaca la constelación de talentos que núcleo el Instituto Popular de Conferencias de La Prensa, institución de la que su progenitor fue secretario; quizá durante décadas la más alta tribuna de la República, verdadera Universidad Libre desde donde -y tuvo Juan Carlos la deferencia de subrayarlo-, Carlos Gregorio Romero Sosa disertó por última vez en junio de 1977 sobre el americanismo de Martín Miguel de Güemes presentado por Osvaldo Loudet.

Con método, con infalible cronología, con aguda hermenéutica de hechos y situaciones, y todo ello humanizado por una recatada pero airosa cuota de “intelletto d´amore”, “Mi padre, Osvaldo Fustinoni”, al acentuar las relaciones interpersonales paternas, abre perspectivas al lector común, incluso al que se halla ajeno a la ciencias médicas. Y descubre al maestro en su intimidad, no en actitud de habitante de una torre de marfil sino, aún en la soledad del gabinete de estudio, reticente a entornar las ventanas para no distanciarse del mundo de la vida. Ya lo subrayó Thomas Merton recordando a John Donne: “los hombres no son islas, independientes entre sí; todo hombre es un pedazo del continente, una parte del todo”. Y qué mejor que ejercitar esa integración con sentido retrospectivo al hacer la evocación del padre ilustre.

Nuestro biógrafo persiguió con ahínco boswealliano -permítaseme la comparación con el obsesivo estudioso del doctor Samuel Jhonson- cada rastro profesional y sobre todo humano del médico, pero el plus del libro está dado creo yo en intercomunicar con aticista equilibrio sus conductas éticas y sus logros científicos. Además de representar todo un capítulo de la historia de la medicina argentina, materia a veces de relleno en los planes de estudio universitarios, entendiéndola como la “capitis deminutio” de la ciencia y el arte de curar. Un resquemor ya advertido en su hora por Gregorio Marañón: “el progreso explosivo hace envejecer y condena al olvido a lo que sólo diez años más atrás florecía. ¿Para qué saber el pasado remoto, se dice el tipo medio del médico práctico, si casi el pasado inmediato, el de ayer, no me sirve para nada?”

Pero el médico doctorado cum laude, el docente universitario en su especialidad: la neurología, el musicólogo de fuste -y pruebas al canto “La alienación en la ópera” que hoy presentamos-, todo eso que es y hace Juan Carlos Fustinoni, convergió para darme el pasado 2011 una sorpresa capaz de entretejer aún más nuestros vínculos, si es que ello fuera posible, incluso hasta casi rozar la faz profesional: profesional del derecho quiero decir. Como que su estudio “Vida, obra y legado de Juan Carlos Rébora”, el abuelo tratadista jurídico, presidente de la Universidad Nacional de la Plata, vicepresidente del Consejo Nacional de Educación y embajador en París, mostró al nieto, un rapdomante insomne de noticias y datos, algunos guardados en el arcón de los recuerdos familiares y otros a extraer de archivos y bibliotecas, como feliz poseedor de serios conocimientos legales y sobre todo perseguidor con feliz instinto del norte de la justicia; por de pronto de la justicia histórica al recordar tanto y tan bien a los ancestros merecedores del homenaje de las nuevas generaciones.

Por mi parte, al enfrascarme en las páginas de “Vida, obra y legado de Juan Carlos Rébora”, alguien nacido en 1880 y epígono en buena ley de la legión de figuras progresistas a las que la historia reúne e identifica con aquel “annus mirabilis”, evoco los versos del poema “El espíritu puro” del conde Alfredo de Vigny, con intencionadas referencias a los antepasados. Una pieza que memoricé de chico en la versión castellana de mi tío Carlos Obligado, un contertuliano de Rébora, al punto de conservar hoy el nieto en su biblioteca varios de los volúmenes del escritor y académico de letras precedidos por amistosas dedicatorias al jurista y académico de derecho y de ciencias. Sí señores, recuerdo para finalizar aquello de “En vano es sangre suya la sangre de mis venas:/ Si escribo yo su historia descenderán de mí”. Porque aquí también por el milagro de las letras y la magia de la evocación, desde las páginas vertidas por el condigno expositor de sus biografías, los ejemplares padres y abuelo de Juan Carlos Fustinoni renacen y renacerán siempre para la admiración colectiva al vencer la desmemoria de la Argentina de la decadencia.

(*) Texto del discurso pronunciado en la Academia Nacional de Medicina el 16 de octubre de 2012 por Carlos María Romero Sosa en el acto de presentación del libro del doctor Juan Carlos Fustinoni “La alienación en la ópera”.-

sábado, 2 de marzo de 2013

POSTERGADO HOMENAJE AL SALVADOREÑO FRANCISCO GAVIDIA (*)



En la Avenida del Libertador vereda impar, entre las calles Agüero y Austria de la ciudad de Buenos Aires, se encuentra -en su nuevo emplazamiento- la estatua de Rubén Darío, obra del escultor porteño José Fioravanti. Inaugurada en 1968, hasta su traslado en los años noventa a su actual sitio a pocos metros del originario, avenida del Libertador de por medio, lució en los terrenos de la ahora plaza Eva Perón que se extiende detrás de la Biblioteca Nacional , un espacio verde antes bautizado con el nombre o mejor dicho con el seudónimo que universalizó el poeta nicaragüense.

Cuando paso ante ese bronce recuerdo una lejana iniciativa de un grupo de figuras de nuestras letras promoviendo que se homenajeara con una placa a descubrir precisamente en un ámbito de recordación rubendariano, al poeta, humanista y académico de la lengua hijo de la República de El Salvador, Francisco Gavidia (1864¿?-1955).

Quizá la mayor gloria suya, en tanto traductor impar de Víctor Hugo, fue revelarle a un juvenil Darío la musicalidad del verso alejandrino francés, metro tan empleado por Hugo y por otros románticos galos como Alfonso de Lamartine o el conde Alfredo de Vigny y que a partir de su adopción hacia 1882 por el futuro autor de “Azul”, dotó a la poesía castellana de nuevas posibilidades sonoras y rítmicas, acto que constituye una de las mayores hazañas del modernismo americano. “Fue con Gavidia, -cuenta Darío en su Autobiografía- la primera vez que estuve en aquella tierra salvadoreña con quien penetran en iniciación ferviente, en la armoniosa floresta de Víctor Hugo; y de la lectura mutua de los alejandrinos del gran francés, que Gavidia, el primero seguramente, ensayara en castellano a la manera francesa, surgió en mí la idea de renovación métrica, que debía ampliar y realizar más tarde”.

Como nunca es tarde para solemnizar el recuerdo, sería bueno hacer realidad aquella lejana iniciativa cuyos autores fueron entre otros, el embajador Enrique Loudet, el escritor Jorge Max Rohde y el historiador Carlos G. Romero Sosa. Ello porque no representa un dato de menor importancia dentro de la historia del arte moderno lo destacado por el crítico, pedagogo y luchador revolucionario nicaragüense que hasta llegó a tener trato con el Che Guevara, Edelberto Torres Espinosa, en su libro “La dramática vida de Rubén Darío” (8ava. Edición, Managua 2009, Ed.Amerrisque): la reforma métrica de la poesía castellana se inició en la casa de Francisco Gavidia en la ciudad de San Salvador, en 8va, Calle Poniente, antaño avenida de San José.-

(*) Por Carlos María Romero Sosa publicado en Tiempo Argentino, el 16 de febrero de 2013.-


domingo, 17 de febrero de 2013

SOBRE LOS ÁRBOLES HISTÓRICOS



Leí días pasados que se halla en peligro a raíz de un temporal el pino del general San Martín; a cuya sombra, “cubierto aún con su propia sangre y con el polvo y el sudor del combate”, al decir de Mitre, el prócer redactó el parte de guerra de San Lorenzo, victoria de la que el 3 de febrero próximo se cumplirá el bicentenario. Esa noticia de La Prensa, inquietante por cierto, me hizo recordar el libro del historiador Enrique Udaondo (1880-1962) titulado “Árboles Históricos de la República Argentina”, cuya quinta edición corregida y aumentada (Buenos Aires, 1935) tengo en mi poder por haber sido obsequiado por el autor a mi abuela materna Flora García Black de Gómez Langenheim, escritora y periodista que empleó el seudónimo Carmen Arolf en sus relatos y novelas. En el volumen anotado el después académico Udaondo, investigador de curiosos aspectos de la historia patria y colonial y fundador y director del Museo Histórico de Luján, hizo una extensa crónica del añoso pino existente en el huerto de San Lorenzo, informando entre otros detalles que la circunferencia de la copa es de setenta y cinco metros y medio y que el alto total del árbol es de dieciséis metros.

No tengo conocimiento sobre reediciones más nuevas de tan importante obra donde además se estudian entre otros árboles históricos el naranjo de San Francisco Solano, existente en La Rioja, el nogal de Saldán, en Córdoba, el ombú del Virrey Vértiz , el sarandí de Manuel Belgrano, el pacará de Segurola, el sauce de San Martín y O´Higgins, el naranjo de Laprida y la higuera de Sarmiento.

En todo caso será de lamentar su poca difusión actual, ya que sus páginas inspiran tanto el amor a la naturaleza como hacia nuestras mejores tradiciones.-

Carlos María Romero Sosa
(Se publicó en La Prensa el 16 de diciembre de 2012)

jueves, 31 de enero de 2013

SE JUZGA LA REPRESIÓN FASCISTA EN BARCELONA. ¿Y EN MALLORCA?


Los hechos históricos y los datos que dan fe de ellos, pueden voltear al cabo los prejuicios y las transitorias complicidades, como las que se alzaron tiempo atrás contra el juez Baltasar Garzón hasta desplazarlo en forma inicua de la magistratura. Pero existe por fortuna la ley de las compensaciones y así he podido leer con satisfacción en varios matutinos la noticia de que la Audiencia de Barcelona, ordenó investigar crímenes cometidos contra la población civil catalana, por parte de la aviación italiana durante la Guerra Civil Española.

Por cierto algo también destacable es que lejos de caer en el falso atajo de un nacionalismo mal entendido, cerrado y capaz de imponer vendas a los ojos, fue nada menos que una asociación de italianos antifascistas residentes en la Ciudad Condal, la autora de la demanda.

Sin embargo, la auspiciosa noticia, me hace pensar de inmediato en la represión llevada a cabo en Mallorca, tan próxima geográficamente a Barcelona, durante aquella contienda fratricida; y en la actuación allí de un italiano tenebroso que desgraciadamente no puede ya ser juzgado pues murió sexagenario en 1962: Arconovaldo Bonaccorsi, personaje de avería que se hacía llamar “Conde Rossi” y organizó el grupo paramilitar los “”Dragones de la muerte”.

En aquella isla del Mediterráneo fue tan cruel la actitud de los “nacionales”, financiados por empresarios como Juan March -“el último pirata del Mediterráneo”, a juicio de Francesc Cambó- y apoyados en el trabajo sucio por fascistas de la calaña de Bonaccorsi -quien escribió por esos lúgubres días de 1937 al yerno de Mussolini, el conde Ciano, anunciando con orgullo hallarse empeñado en “una limpieza radical de personas y lugares infectos”-, que alguien insospechado de izquierdismo y de anticatolicismo como el escritor monárquico francés Georges Bernanos (1888-1948), denunció los crímenes en “Los grandes cementerios bajo la luna”, un libro testimonial y en extremo valiente al punto de ganarse con él su autor, el calificativo de “traidor” por parte de las derechas.

Bernanos describió las ejecuciones sumarias y muchas veces secretas: “En Mallorca vi pasar por la Rambla unos camiones repletos de hombres…los sacaban todas las noches de sus caseríos perdidos, cuando volvían del campo, partían para su último viaje, con la camisa pegada a los hombros por el sudor, los brazos aún cargados de trabajo del día, dejando la sopa servida en la mesa...” Y desenmascaró allí no sólo a los jefes franquistas y por supuesto a Bonaccorsi, sino que hasta les recordó a los prelados firmantes de la Carta Colectiva de los Obispos Españoles, dada a conocer el 1° de julio de 1937, que “los Evangelios son mucho más jóvenes que ustedes.”

Precisamente cabe recordar que uno de los que suscribieron aquella carta, el diocesano de Mallorca, Monseñor Josep Miralles, poco hizo para salvar la vida del sacerdote católico Jeroni Alomar Poquet, vicario de Llubí, fusilado por los responsables de la “Nueva Cruzada” al amanecer del 7 de junio de 1937: apenas el obispo envió una fría solicitud de clemencia a Franco, que llegó a destiempo. En cuanto al religioso Alomar Poquet, martirizado por ayudar a escapar hacia Menorca a varios perseguidos políticos, murió gritando “¡Viva Cristo Rey!.” Una biografía suya en lengua catalana, ha sido escrita por el jesuita Nicolau Pons i Llinás. Se titula: “Jeroni Alomar i Poquet: el capellá mallorquín afusellat pels feixistes el 1937” y se publicó en 1995.

Del padre Alomar, que yo sepa, la Iglesia no ha iniciado aún causa alguna de beatificación, como tampoco ocurrió con los miembros del clero vasco víctimas de la violencia fascista.-

Por Carlos María Romero Sosa. Publicado en "Salta Libre" el 29/01/2013

lunes, 1 de octubre de 2012

EL DIA DEL MILITANTE MONTONERO Y UN TESTIMONIO DE 1970


8 de octubre de 1970
  No podría decir ahora qué colectivo me dejó la tarde del miércoles 7 de octubre de 1970, sin duda de clima primaveral, en las proximidades de la Iglesia de Cristo Rey, ubicada en la calle Zamudio 5541 del barrio porteño de Villa Pueyrredón; la parroquia entonces a cargo del sacerdote Francisco Mascialino, religioso de actuación preponderante -en julio de 1965- en el Encuentro de Quilmes, convocado para “ubicar a Dios en la vida de los sacerdotes, en la Iglesia y en el mundo”.

Cuarenta y dos años no pasaron en vano y se han ido borroneando muchos detalles de aquella jornada. Sí tengo viva la imagen de unos cuantos bancos ocupados durante la misa vespertina, que celebró el también tercermundista padre Domingo Antonio Bresci, vicario cooperador del templo, por el alma de Fernando Luis Abal Medina y Carlos Gustavo Ramus al cumplirse un mes de la muerte de ambos montoneros, luego de un enfrentamiento sostenido con la policía bonaerense en la hoy desaparecida pizzería La Rueda de la localidad de William Morris.

Yo estrenaba ese año mi libreta de enrolamiento, abrevaba en la Teología de la Liberación y aguardaba ansioso cada bimestre la llegada a casa -con más preocupación que propiamente furia de mis preconciliares mayores- de la revista Cristianismo y Revolución de la que me había hecho suscriptor; la publicación fundada por Juan García Elorrio para enfrentar al onganiato cursillista de las fronteras ideológicas con un discurso de cristianismo comprometido con la opción por los pobres y que luego de la extraña muerte de su fundador en un accidente automovilístico ocurrido en febrero del mismo año 70, continuó apareciendo un tiempo más bajo la dirección de Casiana Ahumada.

Naturalmente pensaba como tantos otros miembros de mi generación que el mundo era muy viejo y muy injusto – no ha variado mi opinión al respecto- y que bastaba con nuestra juventud para modificarlo, lo cual era ingenuo. Porque la conciencia de edad emergía a flor de piel casi como una conciencia de clase. Y porque nos jugábamos a todo o nada a que nuestra mocedad se hallaba en línea directa con el juvenilismo del septuagenario Perón, que desde Madrid exaltaba el Mayo Francés y el Cordobazo. Así creíamos interpretar como nadie, por de pronto mejor que su moderadísimo y atildado delegado Jorge Daniel Paladino sus instrucciones y sus guiños, en una sintonía que conformaba una inapelable mayoría absoluta como para disponer de vidas propias y ajenas. Espíritu de sacrificio y martirio dirá alguien y tendrá razón, de refrendar hoy, tal vez sin saberlo, las palabras pronunciadas frente a los cadáveres de Abal Medina y Ramus por el padre Hernán Benítez, el ex confesor de Eva Perón, en la iglesia San Francisco Solano de Mataderos: “Su muerte, ante Dios, es un holocausto”. Fanatismo adolescente hasta el suicidio y el crimen, juzgará algún otro mirando el ayer con ojos actuales y bajo esa perspectiva algo sesgada también tendrá razón.

Lo cierto es que el sentido en el fondo más político que piadoso de los concurrentes a esa ceremonia religiosa, organizada en secreto en un espacio que habilitaba a los sectores del peronismo combativo en la calle Cangallo -hoy Perón-, en pleno Balvanera, el Sindicato FOETRA liderado por Julio Guillán, fue conocido por las autoridades del Ministerio del Interior a cargo del brigadier Eduardo Francisco Mac Loughlin y ocurrió lo inesperado al menos para mí, bastante inexperto en la gimnasia insurreccional de superficie: la Policía Federal con efectivos de la Guardia de Infantería cercó la cuadra, ingresó al templo, palpó de armas a todos los presentes y llevó detenidos a los asistentes a la misa, incluidos algunos feligreses habituales que debieron acreditar en la Comisaría Seccional 47 su vecindad con el templo. Al resto, es decir a los militantes con el sindicalista Andrés Framini a la cabeza, se nos trasladó de allí a la División Asuntos Políticos de Coordinación Federal para la identificación. No se torturó a nadie y al día siguiente fuimos recuperando la libertad bien que quedamos fichados los que aún carecíamos de antecedentes en los registros policiales. Un acto más de intimidación, preparatorio del terror estatal que mostraría toda su crudeza años después con las parapoliciales tres A y con el Proceso y sus treinta mil desaparecidos.

Memoro el hecho vivido hace más de cuatro décadas, al leer en los periódicos que el pasado 7 de septiembre se celebró en William Morris el “Día del Militante Montonero” con gran escándalo de La Nación que lo tituló en un editorial “Oprobioso homenaje”. Claro está que el acto que mereció tal calificativo transcurrió con riesgo cero para los concurrentes, de quienes sospecho buscaron más asomarse al panteón de una mitología revolucionaria que establecer un hito lejano de posible concatenación con el presente. Y que lejos estarán de abrevar en prescriptos postulados de violencia.

Descuento pues que los nuevos actores del homenaje a Abal Medina y a Ramus entienden que era muy distinta la realidad de 1970, cuando los montoneros –había ofrendas florales de Perón en su velatorio, tal como informó La Nación del sábado 12 de septiembre de aquel año-, pero no sólo los montoneros actuaban con violencia y a diestra y siniestra se expandía como mancha de aceite la intolerancia. Así por ejemplo el diario La Razón, que en la 5ta. edición del jueves 8 de octubre, en la página 16 dio detalles sobre lo acontecido en la parroquia de Cristo Rey bajo el título: “Un procedimiento en una Iglesia” -la noticia a dos columnas transcribe la lista de los detenidos y allí no será raro hallar hoy el nombre de más de un desaparecido-, dos días antes registró que el obispo Carlos T. Gattinoni, de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina, expresó durante la semana de la Biblia organizada por la Sociedad Bíblica Argentina que “La Biblia es revolucionaria. Es la dinamita de Dios”. Es que sino todo, mucho de lo que entonces se decía en voz alta auspiciaba el choque sangriento cuya inevitabilidad tampoco se ponía en duda. Ciertamente las condiciones de la época eran otras, el tuteo verbal con la violencia política que venía de décadas hizo perder respeto por la vida y la muerte nos fascinaba menos por su misterio ancestral que por el rostro jesucristiano del Che Guevara exhibido al mundo -en octubre de 1967- desde el piletón de lavar del Hospital Nuestro Señor de Malta de Vallegrande en Bolivia.

Pero la historia por fortuna no se repite, al menos cuando las sociedades y sus dirigencias tienen la voluntad y la imaginación de abrir nuevas direcciones, no para distraer o neutralizar demandas sectoriales con ilusorios paisajes de propaganda, sino para permitir poner en acto el mejor ánimo colectivo. La contratara del resentimiento y la indignación.

 Carlos María Romero Sosa es abogado y escritor. Se publicó en Salta Libre el 28 de septiembre de 2012.-
Su último libro es “Destiempo de tranvías”, 2012.-

martes, 28 de agosto de 2012

Sus desavenencias con el mundo: crédito de las “DISONANCIAS” de Nidia Olivera




Lo mismo que en la prestidigitación, también en la técnica de la poesía, para no aventar su implícita cuota de magia, los trucos -de practicarse- no deben ser advertidos por nadie y en cambio disimulados a toda costa. Al contrario, sí enriquece el poema, le da sentido y sobre todo le dispara horizontes, o sea posibilidad cierta de hallar lectores atentos y no ocasionales, cuando aparte de las metáforas y el encadenamiento de las imágenes, cuando más allá de las aporías y el hermetismo a veces alógico que remite a la sin razón del “mundo roto” ya advertido por Gabriel Marcel, puede intuirse que algo -o que mucho- subyace tras los versos. Porque en todo caso, lo críptico y difícil, puede ser tanto la representación exterior del misterio cuanto la banalización del abismo manipulada con meros juegos de palabras. Para deconstruir antes hay que edificar y todo edificio debe asentarse sobre cimientos.

Precisamente Nidia Olivera en su libro Disonancias (2009), con el que obtuvo el primer premio del género Poesía de Ediciones Ruinas Circulares, poetiza sobre firmes cimientos, como ser el trasfondo de las íntimas historias sufridas: “Hoy es un tiempo raro en el que comienza a salir una/ raíz de invierno en la solapa como una enredadera/ y esa enredadera, asfixia los cabellos” (¿Por qué no?); de las enriquecedoras experiencias de vida con su cuota de ausencias: “siente frío/ siento distancia./ Camus dice:/ Un hombre es más por lo que calla/ que por lo que dice” (En el día de la madre); de los ideales de belleza asumidos y perseguidos con ahínco: “Buscar la luz en la sombra/ del deseo inaugural“ (En el duelo); de la sonrisa del ayer atardeciéndose a la mesa de un bar pueblerino y sobreviviendo en el recuerdo, justo en el ángulo con forma de escuadra escolar del rayo de sol de la ilusión: “El hombre cada vez era más pequeño,/ se empequeñecía para volverse niño y soñar/ que tenía un bar otra vez y que alguien se daba un/ beso y era él y su amor” (En el bar); de las letanías a un paraíso perdido, en impronta barrial propicia para la nostalgia de la niñez, esa única patria del hombre al decir de Rilke: “Era el barrio de todos, que olía a muñecas gastadas/ y a fogata del día de San Juan” (En mi barrio).

Tres partes componen el poemario: Disonancias, En los Jardines y Del Amor, como coronación esta última y síntesis de un proceso dialéctico que fatalmente habrá de llevar en sí otra nota del ciclo cósmico de los eternos opuestos luz y sombra, vida y muerte, amor y desamor. Con un argumento casi lineal, más metafísico que propiamente argumentativo, Nidia Olivera se interna y se reencuentra consigo en el transcurrir de su tiempo existencial plagado de angustias, de angustias que en función de diapasones dan el tono a las disonancias propiamente dichas. Llega entonces a los jardines que no son aquí los de los simbolistas franceses decimonónicos, ni los rubendarianos “llenos de góndolas y cisnes vagos” y ni siquiera “Los jardines solos” para el ascetismo de Arturo Capdevila, sino los laberínticos de Borges con sombras implacables que hacen ver u oír o callar “distorsionada la palabra” (En el duelo).

Con el viaje casi iniciático que representa este verdadero libro de navegación, la autora, capaz de suscitar tantas esperanzas con el anterior y primer poemario publicado: Amaterasu (2005), asimismo una inmersión bautismal en las verdades líricas de Oriente, renueva ahora su personal apuesta creadora. Esta poeta que cultivó la amistad humana e intelectual del escritor Augusto Zorreguieta, tan vinculado con Salta y aquerenciado como ella en la bonaerense localidad de Temperley, sabe y asume sin escepticismo quietista -quizá por eso reescribe a Federico García Lorca, a Leonidas Lamborghini, a Alejandra Pizarnik-, que no se llega nunca a destino porque quedan metas sin cumplir y posibilidades sin agotar del “logos” primordial; pero que sí hay espíritus destinados a inventarlas y a intentar darles nuevas significaciones. Y que en la formulación de tales objetivos suele llevarse las palmas la Poesía.
Carlos María Romero Sosa. Publicado en Salta Libre el 14 de agosto de 2012.-

martes, 31 de julio de 2012

MOROSO HOMENAJE



















Me he enterado con preocupación del ataque, entre otras estatuas, a la ecuestre del general Güemes, de la que se han sustraído las riendas, las espuelas y la espada. Se trata de un bronce del escultor Hernando Bucci, artista de formas expresivas en calificación y clasificación del crítico Romualdo Brughetti, que tiene por antecedente histórico y sin duda estético el emplazado en la ciudad de Salta, obra de Victor Garino (1878-1958) y que inauguró el presidente de facto José Félix Uriburu el 20 de febrero de 1931 siendo interventor federal de la Provincia el general Gregorio Vélez..

Sobre nuestro monumento presa del vandalismo, que luce en Avda. Figueroa Alcorta y La Pampa, no es dato nuevo su abandono y deterioro, circunstancias denunciadas ya por el Instituto Güemesiano de Salta en el Boletín Güemesiano (Nro. 114 de octubre de 2009).

Quizá sea oportuno recordar a partir del triste estado en que se encuentra ese bronce y su pedestal de veinte metros de altura hecho en piedra traída de la provincia de Salta, la tardanza en que incurrieron sucesivos gobiernos para hacer efectiva la ley Nro. 5.689 de 10 de octubre de 1908, promulgada por José Figueroa Alcorta y sancionada a inspiración de Joaquín Castellanos, que disponía erigir en Buenos Aires la estatua de Martín Miguel de Güemes, así como la de los generales de la Independencia Las Heras y Arenales. Recién se dispuso su emplazamiento en 1977 por Ordenanza Municipal y se inauguró en la tarde del 22 de marzo de 1981.

Anoto también que el profesor Carlos Gregorio Romero Sosa, mi padre, quien a través de artículos y conferencias fue uno de los principales promotores aquí de ese moroso homenaje al “Héroe Gaucho”, concurrió al acto de inauguración en representación de la Academia del Instituto Güemesiano de Salta, por especial designación del entonces presidente de la corporación el historiador Luis Oscar Colmenares.

(Texto de la carta de Carlos María Romero Sosa publicada en La Prensa, el 29 de julio de 2012, en la sección Correo de Lectores. Ese mismo día apareció algo abreviado el mismo texto en La Nación)