Suelen recordarse frente al desprestigio de cierta clase política
reaccionaria y corrupta, los versos de Jaime Dávalos que dicen: “El día que
lospueblos sean libres/
la política será una canción”. Pertenecen al poema “Canto al sueño
americano” y llevan música de Eduardo Falú.
Sin embargo, cabe mencionar que fue el escritor español León Felipe
(1884-1968) -su nombre real era Felipe Galicia Camino de la Rosa- el verdadero autor de
la expresión. Figura ella en la composición “Habla el prólogo” que antecede a
su celebrada traducción de “Canto a mí mismo” de Walt Whitman, obra que aquí
editó Losada en 1950 con un epílogo de Guillermo de Torre. El verso de factura
libre de referencia augura: “Un día, cuandoel hombre sea libre, la política
será una canción”.
En cuanto al ferviente republicano León Felipe, se desempeñó como
agregado cultural de España en Panamá designado durante la Segunda República
y murió exiliado en México. Alguna vez recorrió la Argentina, donde trabó
relación con Atahualpa Yupanqui, según evocó hace poco Roberto Chavero; en
tanto que en Rosario de Santa Fe, de visita en el hogar de sus mayores,
obsequió uno de sus libros con una afectuosa dedicatoria a una adolescente
Ángelica Beatriz del Rosario Arcal –después
la novelista Angélica Gorodischer-, quien ha narrado el hecho en un reportaje
realizado en Tiempo Argentino en julio de 2012.
En la ciudad de Salta fue asiduo concurrente a la panadería del
anarquista natural de Ibiza Juan Riera situada en la calle Pellegrini 515, todo
un personaje (Riera) inmortalizado en la zamba “Juan Panadero” de Manuel J.
Castilla y Gustavo Leguizamón. Igualmente
León Felipe trató en la tierra de Güemes a Juan Carlos Dávalos, padre de Jaime, como solía
relatar el crítico literario y académico de letras doctor Roberto García Pinto.
No cabe duda pues que la suerte de paráfrasis de Jaime Dávalos
correspondió a un homenaje tributado al poeta zamorano de quien expresó
Guillermo de Torre: “Cuando tanto se habla de ´literatura comprometida´,
cuando tan contradictorias definiciones se dan a su verdadera expresión, al
margen de cualquier consigna yo no vacilaría en señalar un modelo inequívoco:
León Felipe y su poesía”-
Carlos María Romero Sosa(Se
publicó en La Prensa
el 21 de mayo de 2013 y se reprodujo en Calchaquimix (Salta) el 23 de mayo de
2013)
Con mi hermana conservamos
varias cartas de Celina Sosa Dávalos. Lo hacemos con devoción familiar y
nostalgia de otros tiempos, para ambos despreocupados y felices. Es que
representaba una alegría en la niñez, recibir la correspondencia de aquella tía
abuela salteña que nos hacía sentir importantes cuando deletreábamos antes y
leíamos de corrido después nuestros nombres en los sobres. Al abrirlos, hallábamos
pequeños dibujos junto a frases llenas
de ternura reveladoras de su proximidad
espiritual con nosotros, escritas con caligrafía inglesa tan propia de su
condición de docente jubilada con actuación en una época en que la buena letra
era toda una carta de presentación social en tanto demostraba fineza, cortesía
y cultura. Porque hacerse entender en forma clara y elegante era algo inherente
al “suaviter
in modo”, una regla
implícita a deducir de las muchas incorporadas al “Manual de urbanidad
y buenas costumbres” de Vicente Carreño estudiado por generaciones en el
bachillerato y el magisterio.
Cierto día
comenzó a espaciarse la comunicación que por
momentos lograba distraernos de las obligaciones escolares: supimos que
Celina estaba enferma. Hasta que a finales de marzo de 1965, un inesperado
mensaje telefónico de esos que llegan a horas inoportunas para generar zozobra
y tristeza, nos anotició de su muerte a los setenta y cuatro años de edad,
puesto que nació un 27 de febrero de
1891. De inmediato viajó a Salta nuestro padre, único deudo directo suyo en
condiciones de ordenar lo atinente a su entierro y cumplir con sus últimas disposiciones. Le
tocó la desagradable tarea de levantar la casa de la calle Alberdi 421 situada
junto al hogar de nuestros abuelos donde habitó al enviudar de Ernesto –creo
que ese era su nombre- Schabert, un laborioso inmigrante alemán radicado en la
ciudad del cerro San Bernardo del que guardo la medalla que lo acreditaba como
socio del club 20 de Febrero.
Han pasado las
décadas y no hace mucho descubrí que entre los documentos rescatados entonces,
estaba el diploma de maestra graduada en la histórica institución educativa del
magisterio de Salta: “la Normal” como se la conoce, inaugurada en 1882. Cuando
frecuentaba sus aulas Celina –o Ascensión Benita Celina, así bautizada en
recuerdo de ambas abuelas- se hallaba
situada ya en Mitre y Entre Ríos luego de tener su primera sede en la calle
España al 600.
En cuanto al
diploma, fechado el 23 de junio de 1919, lo suscribieron el ministro de
Justicia e Instrucción Pública de la Nación, José Santos Salinas, el Inspector
General de Enseñanza, Valentín Berrondo, el subsecretario de instrucción
pública de firma ilegible y el Director
de la Escuela Normal de Maestras de Salta, Florentino M. Serrey, hermano de
Carlos el varias veces diputado y
senador nacional.
Pero había algo
más conservado entre esos recuerdos: el original de un telegrama que envió
desde la Capital Federal -el 22 de mayo de 1918- al doctor Emilio
Giménez Zapiola, a la sazón recién designado Interventor Federal de la
provincia, el dirigente radical riojano Pelagio B. Luna (1867-1919), vicepresidente
de la Nación y ocupante desde el día 7 de aquel mes de la titularidad del Poder
Ejecutivo en ausencia de Hipólito Yrigoyen,
transitoriamente en su establecimiento de campo de la provincia de
Buenos Aires, según informaba el diario porteño La Prensa de esa fecha. Su
texto dice: “Al acusar recibo de su telegrama de fecha 17, me complace
comunicarle que su recomendada la señorita Celina Sosa Dávalos ha sido nombrada
por ser un pedido justo. Pelagio. B. Luna. Presidente de la Nación”
En la parte
inferior del papel, puede leerse en tinta negra
una leyenda aclaratoria escrita por la propia interesada: “Este
telegrama lo conservo como un recuerdo de la bondad de la señora Manuela
González de Todd, pues ella fue la del empeño ante el Interventor de esta
doctor Giménez Zapiola para que el Presidente me diera la cátedra de Economía
Doméstica”.
¡Cuántas cosas
invitan a pensar unas y otras líneas
trascriptas! En primer lugar que los plantones y el destrato como forma
de disciplinar a los funcionarios de rango inferior eran inexistentes o al
menos poco usuales entonces, al revés de lo que acontece con los usos políticos
actuales. Así resultó que la solicitud de Giménez Zapiola fue respondida por la máxima autoridad en
ejercicio de la República a los cinco días de receptada. Además, para despejar
toda duda de que pudiera actuarse con favoritismo, el responsable de la designación creyó del caso
dejar asentado que se complació al pedido por tratarse de algo justo.
Ciertamente debió ser de ese modo porque
la beneficiaria, una aplicada estudiante como siempre fue tradición en
la familia, tendría ya idoneidad suficiente para ingresar en la docencia en la
Escuela Profesional de Mujeres de Salta; allí y en otros establecimientos de
enseñanza secundaria y especial actuó en forma ininterrumpida hasta obtener la
jubilación en 1947. Celina solía manifestar que influyó en la íntima vocación
suya por la educación, la impronta de su abuela paterna Benita Carrillo de Sosa
y Aramburú pese a no conocerla –murió en 1880-; una discípula durante los años
de internado en Buenos Aires del deán Gregorio Funes que de regreso a Salta
–cuentan sus biógrafos- fundó la Escuela Privada de Francés y Música y más tarde
un centro de primeras letras en San Carlos.
Por otra parte
no sería para distraerse que la joven
buscaba trabajar hacia 1918. Única hija soltera a ese momento, habitaba
en el inmueble solariego de la calle España 649 con sus mayores, Salustiano
Sosa Carrillo y Celina Dávalos Isasmendi; pues dos de sus hermanas estaban ya
casadas y otra, Elisa, había ingresado
en 1916, bajo el nombre Sor María de la
Ascensión, a la Congregación de Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor
que contaba desde tiempo atrás con un convento en Salta. (La orden fundada en Angers por Santa María Eufrasia
Pelletier y aprobada por el papa Gregorio XVI en 1835, tenía por misión rehabilitar a las mujeres
delincuentes.)
En cuanto a la economía familiar del hogar de Celina se había puesto algo difícil: el padre envejecido y enfermo, ex combatiente
contra Felipe Varela en octubre de 1867 y una figura representativa del
mitrismo en el norte argentino de dilatada actuación en la segunda mitad del
siglo XIX como legislador provincial, presidente del senado, eventual
gobernador interino, presidente del Consejo Deliberante, convencional
constituyente y presidente en 1889 del
Banco de Salta por cuya fundación bregó, había perdido la fortuna llegando a
malbaratar la finca heredada de sus mayores en San Carlos de los Valles
Calchaquíes. Anota Vicente Osvaldo Cutolo, en el Nuevo Diccionario Biográfico
Argentino, que se fundió embarcado en proyectos de bien público como la
construcción del primer dispensario antivenéreo de la provincia. Nada extraño,
eran tiempos en que la actividad política estaba lejos de ser lucrativa y
asegurar opulencia por generaciones.
Finalmente cabe
subrayar las frases de gratitud hacia Manuela González de Todd, o Manuela
González Salverri de Todd, dama de
origen jujeño radicada en Salta que murió casi centenaria en 1936 luego de
haber presidido la Sociedad de Beneficencia local. Era viuda del coronel José María Todd, tres veces
gobernador de la provincia, y se caracterizó por realizar gestos bondadosos
como el anotado y otros incluso de características filantrópicas y heroicas
como cuidar enfermos, con riesgo de su vida, durante la epidemia del cólera que
asoló Salta en 1886 durante el gobierno de Martín Gabriel Güemes. También
vinculado con aquel flagelo trascribe Roberto G. Vitry en su libro “Mujeres
salteñas”, algunos párrafos del artículo de Zulema Usandivaras de Torino: “Una
dama de dos siglos”, donde la escritora anoticia que doña Manuela con la ayuda de sobrinas y
servidoras se dio a la tarea de coser bolsas para recoger los restos de los que caían
fulminados por el mal y quedaban insepultos en las calles de la ciudad.
*****
¡Lo que son las cosas de la vida! Un
ajado diploma y un telegrama algo borroso resultan ser hoy suficientes
testimonios para mensurar el perfil de una existencia adornada por los afectos,
la estudiosidad, la beneficencia, la gratitud y la sinceridad, como lo supo
destacar su amiga la escritora Elena López Echenique en un artículo necrológico
que publicó a su muerte en El Tribuno. Memoria feliz entonces la de la tía
Celina porque puede resumirse a tanta distancia en esas virtudes y sobrevivir
en el claroscuro del recuerdo, reverdecido luego de descubrir aquellos
envejecidos documentos que le
pertenecieron.
Carlos María Romero Sosa. Publicado en "Salta Libre" del 1 de abril de 2013
Debe haber sido accidental mi
primer encuentro con Carlos Villagra Marsal, en los tiempos en que ambos
vivíamos en Madrid hace bastante más de tres décadas. Aunque tengo presente un
primer y extenso diálogo sobre literatura y política que sostuvimos una tarde
invernal en el apartamento, a buen cobijo del viento del Guadarrama, que el
escritor ocupaba en el centro de la ciudad del oso y el madroño. Y será sin
duda porque lamentablemente para mí tuve pocas oportunidades más de explayarme
con él, que a poco debía regresar al Paraguay, el hecho de que a tantos años de
distancia pueda revivir aquella charla que saltaba de la mención de Ercilia
López de Blomberg –la
sobrina
del mariscal López, autora de una gramática guaraní y conocida de mi familia
materna al igual que su hijo el poeta Héctor Pedro Blomberg-, al asesinato
de Soledad Barrett o a las noticias para mí novedosas sobre la Tertulia Literaria
Hispanoamericana de Asunción, que Villagra presidió no sé si por entonces o
después. Pero además y sobre todo lo recuerdo debido a que me impresionó su
desprendimiento por de pronto en materia de libros, una virtud que armonizaba
con su ingenio, cultura y refinamiento. Según pude comprobarlo, esa generosidad
devenía de su confianza innata en los colegas en las letras y se sobreponía a
las malas experiencias sufridas con los formadores de bibliotecas propias con
volúmenes ajenos.
En
efecto, días antes de nuestro encuentro, mi anfitrión había recibido desde La Habana, enviada por Alejo Carpentier, la obra de
imaginación del novelista sobre Cristóbal Colón titulada “El arpa y la sombra” en una lujosa edición de
gran formato. Me enseñó el obsequio con satisfacción y orgullo y no bien
demostré interés por su lectura, sin dudarlo lo puso en mis manos. Yo me sentí
obligado no sólo a concluirlo con rapidez,
circunstancia a la que el argumento, el ritmo sostenido de la narración y el
desafiante barroquismo de su prosa me
empujaban, sino que hasta escribí sobre el libro un comentario que publicó el
diario La Capital de Rosario,
donde desde tiempo atrás colaboraba con notas bibliográficas y artículos
varios.
Cuando un
par de semanas más tarde regresé a su casa para devolverle “El arpa y la sombra”, lo encontré próximo a
salir a la calle. Debía integrar una mesa redonda con Augusto Roa Bastos y con
el escritor y guaranista Rubén Bareiro Saguier a realizarse en la sede próxima
al Parque del Oeste del Centro Iberoamericano de Cooperación, la institución de
la que yo era becario y Villagra lo había sido una década atrás. Concurrimos
juntos al acto y allí conocí por su
intermedio a Roa, del que conservo un ejemplar de “Hijo de hombre” autografiado por el autor
aquella jornada.
No lo vi
más ni supe nada de él hasta tiempo
después: ya en Buenos Aires hallé en el
suplemento cultural de La Nación una breve reseña de su “Guarania del desvelado” que recorté y guardé. Se
destacaba allí entre otras consideraciones el hecho de que el entorno del
creador –propiamente el
Paraguay- diera fuego y razón de existir a su palabra poética, algo que
experimenté ya en la primera aproximación al
poemario que publicó Losada en 1979 y me obsequió en aquel encuentro a
resguardo del viento del Guadarrama apretando su cordialidad en una frase: Para
Carlos María Romero Sosa. Poesía por amistad. 26 de febrero del 80.
Regreso
ahora a la lectura de ese ramillete de sonetos con resonancias clásicas y tensión amatoria que lo integran –uno de musicales
trece sílabas- junto a versos líricos igualmente cadenciosos, por momentos
nostálgicos de alguna ancestral edad de oro revelada frente al curso
heracliteano del río Paraguay al que llama: “Padre que estás
en la arena” (y) “norte azul para el viento” En otros segmentos el poeta
se propone enumerar decisivas circunstancias de vida, como en el poema libre
que da título a la colección; una pieza donde se revela entusiasta lector –no
imitador- de Neruda, lujosa de metáforas salidas de los más profundo de sí y
por lo mismo tocantes y capaces de suscitar emociones indescriptibles: “El suelo no me llega. Como un Argos
yacente,/ desganado y oscuro,/ aprecio la segura y minuciosa asunción de la
noche/ y entretanto,/ testigo de mí mismo,/ la memoria propaga su vértigo
callado”.
Eso aparte
de contener también algunas estrofas en las que late subyacente la rebeldía
social y hasta una no disimulada denuncia de las arbitrariedades del régimen de
Stroessner; así ocurre al subir el tono hasta buscar la condena general y
reclamar solidaridad incluso de los desatentos del mundo de la época, cuando
estaban firmes las fronteras ideológicas, frente al “alarido lento de un
compañero (en) una oficina sórdida en la nueva/ Guardicárcel.”
Como ahora
por obra del azar, otro libro suyo con pie de imprenta en el año 2007 ha llegado a mis manos: “Poesía congregada y otros
afanes”, una suerte de
antología personal, me anoticié por la
solapa que finalizada la dictadura, Villagra Marsal tuvo una importante
actividad pública como convencional nacional en 1992, que actuó en la
diplomacia y fue designado embajador en
Chile primero y en Ecuador después. Lo bueno es que los cargos políticos no
distrajeron su inspiración ni desviaron su vocación de estudioso. Siguió
produciendo poemas y rastreando en la literatura española del Siglo de Oro,
período que le interesó siempre.
Nacido en
1932, imagino que ya no será el cuarentón de aspecto juvenil que conocí en
Madrid siendo yo veinteañero, cuando frente a ambos, acostumbrados a vivir bajo
regímenes de fuerza, se afianzaba entre marchas y contramarchas la democracia
española bajo la jefatura de gobierno de Adolfo Suárez y con la garantía del
rey Juan Carlos.
Las páginas
finales de “Poesía
congregada” dan cuenta de que Carlos transita su “status viatoris” llevando sus muertos en
carne viva como lo prueban varias dedicatorias de sus composiciones y la
emotiva “Evocación de
Elvio Romero”, el poeta
amigo y compañero de luchas.
Yo
celebro que quien ayer me reveló su fe en un
marxismo humanista o en el humanismo marxista invocado alguna vez por
Salvador Allende, sea hoy el mismo hombre de principios e ideales acostumbrado a dormirse esperanzado más que
utópico con “una memoria
cierta hacia mañana”. Que se muestre libre de dogmatismos, realista y no pragmático,
actitud tan devaluada por la dirigencia en nuestros países que resulta ya al sano realismo lo que la
pornografía al amor. Y elogio que sin duda haya evolucionado desde sus
concepciones juveniles más radicales, pero que no se ha metamorfoseado por obra
del oportunismo, la banalidad del mal y los designios dominantes del
mandarinato cultural. Así Carlos Villagra Marsal sigue bregando por la libertad
y la justicia en la “América ingenua que tiene sangreindígena” celebrada por
Darío; en este subcontinente a la
defensiva, policultural y multilingüistico. Y lo hace lejos del efectismo
olímpico, el exhibicionismo comercial o la calculada grandilocuencia mediática.
Se
nota que aparte de hallarse de cuerpo entero en sus creaciones de largo aliento
como su novela juvenil “Mancuello y la perdiz”, también se sostiene lanza en ristre y no con la “lanza en astillero”
de aquel hidalgo “que tenía por sobrenombre Quijada o Quesada”, en el tono
menor de la rimada confidencia al alcance de quien quiera escucharla y hasta
quizá armonizarla con notas -o gotas- de arpistas y rabeleros nativos, para dar
coro a la sentencia de Sartre: el hombre está condenado a ser libre. Y que en
consecuencia: “Al joven
impacto/ del brazo sincero,/ caerán las prisiones,/ huirá el carcelero.”
por Carlos María Romero Sosa. Publicado en Salta Libre el 19 de abril de 2013
HISTORIA DE UNA AMISTADMARCADAPORLACOMÚNDEVOCIÓNANUESTROSMAYORES
Las casualidades suelen resultar oportunas y así mientras leía con fruición “La alienación en la ópera”, llegó a mis manos “Mis miedos y mis magias”, suerte de autobiografía de Constantino Juri, el maestro que puso en escena tantos de los dramas líricos estudiado en el libro de Fustinoni.
Pude hacer así una lectura paralela y adentrarme en el mundo de la ópera, tanto desde la visión psicológica y psiquiátrica de los caracteres de sus personajes propuesta por Juan Carlos, como desde la perspectiva de quien tanto conoce de la cocina operística.
Al advertir que en esta mesa hay eruditos en el tema yo trataré otra cuestión: la amistad con el autor a través de la veneración hacia sus mayores y sus severos y nada ditirámbicos escritos en ese sentido.
Pero antes quiero decir dos palabras sobre “La alienación en la ópera”, donde además del investigador original y sagaz, está de cuerpo entero alguien que sigue huellas ilustres. Y pienso en José Ingenieros y en su “Psicopatología del arte” obra que releí hace poco con las notas de Aníbal Ponce. Y en el psiquiatra boquense Hernani Mandolini, amigo de Quinquela Martín y de Juan de Dios Filiberto, autor de “La tragedia heroica del genio”. Y en Osvaldo Loudet y la clasificación de muchos caracteres de creadores a la luz de la ciencia médica.
Sin embargo Fustinoni ha ido más allá de las figuras históricas de músicos y libretistas y ha sabido clasificar caracteres de personajes de la ficción operística y esto habla de la vida y la vigencia de ellos. Pero además carece de la deformación profesional de identificar todo arrebato humano con la alienación, así es especialmente de destacar el capítulo sobre la pasión. Porque no toda pasión es enfermiza, ya Bossuet veía en el amor la fuente de todas las pasiones y como las lenguas de Esopo, las hay buenas y malas. Poco pues dice la pasión por sí misma de igual modo que la fortaleza sin la virtud de la justicia es la palanca del mal según San Ambrosio de Milán. Fustinoni valora y ejemplifica con los extremos, tanto de la pasión heroica en Fidelio cuanto con la pasión perversa y no correspondida de Salomé de Richard Strauss basada en la tragedia de Oscar Wilde. Y asimismo enfoca la pasión a destiempo de Eugenio Oneguin, la pasión por celos de Otello de Verdi y de Wozzeck de Alban Berg, o la pasión seductora de Don Juan en Mozart. Sobre todos esos arrebatos hay en su libro hallazgos interpretativos.
*******
Del inicio de la amistad con Juan Carlos Fustinoni, pronto hará una década y sin embargo creo que ambos podemos ufanarnos de estrenarla y renovarla día a día; bien mediante los diálogos directos y para mí siempre enriquecedores que mantenemos, ese yo-tú cada vez menos practicado en esta actualidad que es sinónimo de premura avara de la confidencia, bien a través de los correos electrónicos que solemos enviarnos, bien con la lectura recíproca de nuestros trabajos inéditos y sobre todo en el compartido sentimiento de veneración hacia nuestros mayores. Sí, la estrenamos y renovamos como una de las mejores formas de entender la amistad: camaradería en la aventura del cotidiano vivir mejor que anclaje común en la monotonía. Y desde ya coincidencia en los valores y en las actitudes aunque pueda disentirse en las ideas. He ahí la semejanza –no la clonada repetición- de la doctrina de Empédocles que menciona Platón en el diálogo “Lysis o la amistad”.
Ciertamente en marzo de 2003, fue Juan Carlos Fustinoni quien dio el puntapié inicial para un trato que luego sería fraterno al acercarme varios libros de Marilina Rébora con cordiales dedicatorias. Comprendí de inmediato, al leer el riguroso y sentido estudio preliminar de uno de ellos, “No me llames poeta” (2001) -una oportuna selección de las piezas líricas de la exquisita autora de sus días-, que este médico humanista tenía en el altar de la devoción filial un punto de apoyo decisivo para sus empresas vitales e intelectuales, un sostén a prueba de los embates del mundo enemigo del alma, un refugio inaccesible a las ajenas bajezas y a las desconsideraciones inherentes a la jauría humana.
Luego de reconocer al hijo amante tras el crítico y antólogo e inundado por sentimientos de simpatía -o empatía- ante la revelación, quedaba por mi parte dar otro paso, cosa que hice decidido para encontrarnos en el universo en expansión de las afinidades electivas que dijera Goethe. Así le remití a vuelta de correo, la obra a poco aparecida “Testimonios y antología de Lía Gómez Langenheim de Romero Sosa”; y al hacerlo experimenté una vez más que por esas situaciones contradictorias de la vida, o por sus misteriosas ironías, las orfandades y no sólo las presencias, las orfandades a veces más que las presencias, vinculan con hilos de oro a los espíritus. Pasaron algunos meses y hacia la Navidad de 2003 advertí que cierta publicación religiosa que adquirió mi hermana María Graciela en el atrio de nuestra parroquia de San Agustín incluyó en la misma página sendos poemas al Niño Jesús de nuestras respectivas madres, mujeres de letras que no se conocieron pese ser contemporáneas, actuar en círculos sociales y culturales más o menos próximos y ejercitar ambas la literatura infantil con singular creatividad estética, responsabilidad moral, inspiración, vuelo y ternura. Conversamos con Juan Carlos sobre la circunstancia anotada al acercarle una copia de dicha revista y fue ocasión para intercambiar también mutuos recuerdos familiares de los tiempos de la infancia, en los cincuenta y sesenta de la pasada centuria, cuando éramos felices y nadie estaba muerto como escribió Pessoa.
Otro hito determinable en el tiempo de nuestra amistad, fue el libro suyo “Mi padre, Osvaldo Fustinoni” aparecido en 2010. Y puedo asegurar que lo fue porque tuve el privilegio de conocer de sus labios el proyecto inicial de componerlo, la fortuna de ser anoticiado sobre la organización de los capítulos al tiempo que entendí y admiré la dedicación que representó para el autor las arduas investigaciones realizadas para no dejar cabo suelto en este retrato ejemplar que, “mutatis mutandi”, sin duda halló fuente inspiradora en la tradición de las grandes biografías, esas que despertaron nuestra imaginación, supieron trasportarnos a otros momentos históricos y nos permitieron tocar no ya el bronce o el mármol de seres inmortales sino propiamente sus existencias de carne y hueso en las plumas de un Emil Ludwig o un Stefan Zsweig. Aquí y ahora Juan Carlos hizo lo suyo: enfocó a su personaje sin que aquellos otros que lo rodearon, cumplieran la función de una mera escenografía y si en las cuatrocientos cuarenta páginas de la obra brilla de cuerpo entero el profesor Osvaldo Fustinoni, el sabio y el hombre de corazón, Juan Carlos no lo excluye ni lo desprende de su entorno –de su “circunstancia” diría Ortega-; de maestros, colegas y discípulos, de su actuación pública donde se entretejen con el suyo nombres para el juicio de la historia, así como destaca la constelación de talentos que núcleo el Instituto Popular de Conferencias de La Prensa, institución de la que su progenitor fue secretario; quizá durante décadas la más alta tribuna de la República, verdadera Universidad Libre desde donde -y tuvo Juan Carlos la deferencia de subrayarlo-, Carlos Gregorio Romero Sosa disertó por última vez en junio de 1977 sobre el americanismo de Martín Miguel de Güemes presentado por Osvaldo Loudet.
Con método, con infalible cronología, con aguda hermenéutica de hechos y situaciones, y todo ello humanizado por una recatada pero airosa cuota de “intelletto d´amore”, “Mi padre, Osvaldo Fustinoni”, al acentuar las relaciones interpersonales paternas, abre perspectivas al lector común, incluso al que se halla ajeno a la ciencias médicas. Y descubre al maestro en su intimidad, no en actitud de habitante de una torre de marfil sino, aún en la soledad del gabinete de estudio, reticente a entornar las ventanas para no distanciarse del mundo de la vida. Ya lo subrayó Thomas Merton recordando a John Donne: “los hombres no son islas, independientes entre sí; todo hombre es un pedazo del continente, una parte del todo”. Y qué mejor que ejercitar esa integración con sentido retrospectivo al hacer la evocación del padre ilustre.
Nuestro biógrafo persiguió con ahínco boswealliano -permítaseme la comparación con el obsesivo estudioso del doctor Samuel Jhonson- cada rastro profesional y sobre todo humano del médico, pero el plus del libro está dado creo yo en intercomunicar con aticista equilibrio sus conductas éticas y sus logros científicos. Además de representar todo un capítulo de la historia de la medicina argentina, materia a veces de relleno en los planes de estudio universitarios, entendiéndola como la “capitis deminutio” de la ciencia y el arte de curar. Un resquemor ya advertido en su hora por Gregorio Marañón: “el progreso explosivo hace envejecer y condena al olvido a lo que sólo diez años más atrás florecía. ¿Para qué saber el pasado remoto, se dice el tipo medio del médico práctico, si casi el pasado inmediato, el de ayer, no me sirve para nada?”
Pero el médico doctorado cum laude, el docente universitario en su especialidad: la neurología, el musicólogo de fuste -y pruebas al canto “La alienación en la ópera” que hoy presentamos-, todo eso que es y hace Juan Carlos Fustinoni, convergió para darme el pasado 2011 una sorpresa capaz de entretejer aún más nuestros vínculos, si es que ello fuera posible, incluso hasta casi rozar la faz profesional: profesional del derecho quiero decir. Como que su estudio “Vida, obra y legado de Juan Carlos Rébora”, el abuelo tratadista jurídico, presidente de la Universidad Nacional de la Plata, vicepresidente del Consejo Nacional de Educación y embajador en París, mostró al nieto, un rapdomante insomne de noticias y datos, algunos guardados en el arcón de los recuerdos familiares y otros a extraer de archivos y bibliotecas, como feliz poseedor de serios conocimientos legales y sobre todo perseguidor con feliz instinto del norte de la justicia; por de pronto de la justicia histórica al recordar tanto y tan bien a los ancestros merecedores del homenaje de las nuevas generaciones.
Por mi parte, al enfrascarme en las páginas de “Vida, obra y legado de Juan Carlos Rébora”, alguien nacido en 1880 y epígono en buena ley de la legión de figuras progresistas a las que la historia reúne e identifica con aquel “annus mirabilis”, evoco los versos del poema “El espíritu puro” del conde Alfredo de Vigny, con intencionadas referencias a los antepasados. Una pieza que memoricé de chico en la versión castellana de mi tío Carlos Obligado, un contertuliano de Rébora, al punto de conservar hoy el nieto en su biblioteca varios de los volúmenes del escritor y académico de letras precedidos por amistosas dedicatorias al jurista y académico de derecho y de ciencias. Sí señores, recuerdo para finalizar aquello de “En vano es sangre suya la sangre de mis venas:/ Si escribo yo su historia descenderán de mí”. Porque aquí también por el milagro de las letras y la magia de la evocación, desde las páginas vertidas por el condigno expositor de sus biografías, los ejemplares padres y abuelo de Juan Carlos Fustinoni renacen y renacerán siempre para la admiración colectiva al vencer la desmemoria de la Argentina de la decadencia.
(*) Texto del discurso pronunciado en la Academia Nacional de Medicina el 16 de octubre de 2012 por Carlos María Romero Sosa en el acto de presentación del libro del doctor Juan Carlos Fustinoni “La alienación en la ópera”.-
En la Avenida del Libertador vereda impar, entre las calles Agüero y Austria de la ciudad de Buenos Aires, se encuentra -en su nuevo emplazamiento- la estatua de Rubén Darío, obra del escultor porteño José Fioravanti. Inaugurada en 1968, hasta su traslado en los años noventa a su actual sitio a pocos metros del originario, avenida del Libertador de por medio, lució en los terrenos de la ahora plaza Eva Perón que se extiende detrás de la Biblioteca Nacional , un espacio verde antes bautizado con el nombre o mejor dicho con el seudónimo que universalizó el poeta nicaragüense.
Cuando paso ante ese bronce recuerdo una lejana iniciativa de un grupo de figuras de nuestras letras promoviendo que se homenajeara con una placa a descubrir precisamente en un ámbito de recordación rubendariano, al poeta, humanista y académico de la lengua hijo de la República de El Salvador, Francisco Gavidia (1864¿?-1955).
Quizá la mayor gloria suya, en tanto traductor impar de Víctor Hugo, fue revelarle a un juvenil Darío la musicalidad del verso alejandrino francés, metro tan empleado por Hugo y por otros románticos galos como Alfonso de Lamartine o el conde Alfredo de Vigny y que a partir de su adopción hacia 1882 por el futuro autor de “Azul”, dotó a la poesía castellana de nuevas posibilidades sonoras y rítmicas, acto que constituye una de las mayores hazañas del modernismo americano. “Fue con Gavidia, -cuenta Darío en su Autobiografía- la primera vez que estuve en aquella tierra salvadoreña con quien penetran en iniciación ferviente, en la armoniosa floresta de Víctor Hugo; y de la lectura mutua de los alejandrinos del gran francés, que Gavidia, el primero seguramente, ensayara en castellano a la manera francesa, surgió en mí la idea de renovación métrica, que debía ampliar y realizar más tarde”.
Como nunca es tarde para solemnizar el recuerdo, sería bueno hacer realidad aquella lejana iniciativa cuyos autores fueron entre otros, el embajador Enrique Loudet, el escritor Jorge Max Rohde y el historiador Carlos G. Romero Sosa. Ello porque no representa un dato de menor importancia dentro de la historia del arte moderno lo destacado por el crítico, pedagogo y luchador revolucionario nicaragüense que hasta llegó a tener trato con el Che Guevara, Edelberto Torres Espinosa, en su libro “La dramática vida de Rubén Darío” (8ava. Edición, Managua 2009, Ed.Amerrisque): la reforma métrica de la poesía castellana se inició en la casa de Francisco Gavidia en la ciudad de San Salvador, en 8va, Calle Poniente, antaño avenida de San José.-
(*) Por Carlos María Romero Sosa publicado en Tiempo Argentino, el 16 de febrero de 2013.-
Leí días pasados que se halla en peligro a raíz de un temporal el pino del general San Martín; a cuya sombra, “cubierto aún con su propia sangre y con el polvo y el sudor del combate”, al decir de Mitre, el prócer redactó el parte de guerra de San Lorenzo, victoria de la que el 3 de febrero próximo se cumplirá el bicentenario. Esa noticia de La Prensa, inquietante por cierto, me hizo recordar el libro del historiador Enrique Udaondo (1880-1962) titulado “Árboles Históricos de la República Argentina”, cuya quinta edición corregida y aumentada (Buenos Aires, 1935) tengo en mi poder por haber sido obsequiado por el autor a mi abuela materna Flora García Black de Gómez Langenheim, escritora y periodista que empleó el seudónimo Carmen Arolf en sus relatos y novelas. En el volumen anotado el después académico Udaondo, investigador de curiosos aspectos de la historia patria y colonial y fundador y director del Museo Histórico de Luján, hizo una extensa crónica del añoso pino existente en el huerto de San Lorenzo, informando entre otros detalles que la circunferencia de la copa es de setenta y cinco metros y medio y que el alto total del árbol es de dieciséis metros.
No tengo conocimiento sobre reediciones más nuevas de tan importante obra donde además se estudian entre otros árboles históricos el naranjo de San Francisco Solano, existente en La Rioja, el nogal de Saldán, en Córdoba, el ombú del Virrey Vértiz , el sarandí de Manuel Belgrano, el pacará de Segurola, el sauce de San Martín y O´Higgins, el naranjo de Laprida y la higuera de Sarmiento.
En todo caso será de lamentar su poca difusión actual, ya que sus páginas inspiran tanto el amor a la naturaleza como hacia nuestras mejores tradiciones.-
Carlos María Romero Sosa (Se publicó en La Prensa el 16 de diciembre de 2012)
Poeta, ensayista y crítico literario, nació en Buenos Aires donde reside. Ha ejercido el periodismo cultural desde su primera juventud en periódicos del país y del exterior como La Prensa (Buenos Aires), La Capital (Rosario), El Liberal (Santiago del Estero), El Tribuno (Salta), Listin Diario (Santo Domingo, República Dominicana) y en las revistas Proa, Casandra, Historia, Claves, Letras de Buenos Aires, BCV Cultural -órgano del Banco Central de Venezuela-, Excerta Scholastica, Ápices -cuyo consejo de redacción integra desde su fundación- y otras publicaciones. En la actualidad es columnista permanente del diario Salta Libre (Salta).
Ha pronunciado conferencias en Argentina, República Dominicana y España. Autor de opúsculos literarios e histórico-literarios y de 13 libros hasta el presente. Abogado y escribano (UBA), cursó también en la Facultad de Filosofía y Letras. Fue becado por el Centro de Cooperación Iberoamericano a propuesta de su maestro Ángel J. Battistessa, realizó estudios superiores de literatura española en la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid entre los años 1979 y 1980. Desde 1981 ejerce la docencia.