sábado, 9 de agosto de 2014
Palabras de presentación del libro "Solo se Trató de Vivir y Amar
domingo, 3 de agosto de 2014
DERECHO, TANGO Y POESÍA EN ALBERTO GONZÁLEZ ARZAC
Si bien entre los cultores de las ciencias políticas en el país, no
fue Alberto González Arzac (1937-2014) el primero ni el único en darse tiempo
para ejercitar las vocaciones artísticas y literarias (Juan Bautista Alberdi,
en tanto músico, y José Manuel
Estrada, en tanto orador de vuelo, son
símbolos y antecedentes de esas poco comunes conjunciones estéticas y jurídicas),
ciertamente su labor fructificó tanto en obras académicas sobre las ideas
filosóficas -tributarias de Giambattista Vico- del napolitano Pedro de Angelis,
la reacción antipositivista de nuestro Coriolano Alberini, el promovido internacionalismo
católico de Pablo A. Ramella y el ideario en materia de Derecho Público de su
maestro Arturo Enrique Sampay, de tan fundamental importancia en la reforma constitucional
de 1949, como en los distendidos dibujos de románticos patios porteños o nostálgicas
galerías provincianas y en los rostros de las más diversas personalidades que con aire
caricaturesco pero nunca burlesco, ilustran firmados con sus iniciales ARGA, varios
de sus libros.
Además
el doctrinario expositor, que argumentaba con bien aprendida lógica aristotélica,
supo abrir el espíritu a la inspiración
poética: resultando de ello la letra de la Cantata al Bicentenario musicalizada por la pianista
y compositora Susana Morello y hasta un libro de poemas: “Vivencias en rimas” publicado
en la ciudad de Buenos Aires en 2007 por Quinqué Ediciones.
González Arzac, estaba a la vez abierto al mundo de la vida y concentrado
en el severo estudio interdisciplinario, como que su figura representa en la Cultura Nacional
la antítesis del especialismo. Sintetizó
las vertientes de una tradición no empuñada ni empañada con prejuicio
reaccionario –si por formación tuvo
alguna rigidez la exorcizó pronto- y de la innovación constructiva ajena a la
improvisación irresponsable. Miraba el pasado con interés, curiosidad, respeto siempre;
empeñoso por recibir de la historia “la
advertencia de lo porvenir” como se
alude en el capítulo noveno de Don
Quijote de la Mancha. Pero
no practicaba la religión de las tumbas del anatema de Nicolás Avellaneda y en
todo caso hallaba vivas, trasmitidas de generación en generación y de sangre en
sangre, las líneas rectoras de su propio accionar intelectual y político. Así por
ejemplo, su antepasado, el militar y periodista Buenaventura de Arzac, aquel
“unitario malo” según la clasificación rosista que recogió José Mármol en su
novela Amalia, lo enraizaba a partir de
los testimonios de su lucha contra el invasor inglés vencido en 1806 y 1807,
con los combates ideológicos llevados a cabo por sus mentores de FORJA, o por
Diego Luis Molinari y José Luis Torres. Y más tarde por los esforzados compañeros de la militancia
antiimperialista de su adscripción a un justicialismo sin heterodoxias
neoliberales, en que Alberto se batió hasta el final de sus días. (Durante la
orgía privatizadora del menemismo tan celebrada por comunicadores y dirigentes
políticos, empresariales y sindicales, se opuso a la entrega del patrimonio
nacional y renunció a su cargo de Inspector General de Justicia de la Nación. Ocurrió en tiempos en
los que pocos eran los objetores de conciencia capaces de aguar la fiesta de la pizza y el champagne a los celebrantes locales
del “fin de la historia” de Francis Fukuyama. Otro tanto hizo el jurista
Guillermo Frugoni Rey, que dejó la Subsecretaría de Derechos Humanos al firmarse el
indulto a los genocidas del Proceso.)
También una tradición, para el caso la de los constitucionalistas
poetas, despuntó sin hacer ruido en él, epígono por derecho propio de Joaquín
V. González, el poeta de la prosa en “Mis Montañas” y más tarde el traductor de
las Rubayyatas de Omar Kayyán. En rigor
de justicia tan discípulo espiritual resultó ser del riojano, como lo fueron también
el sanjuanino Pablo A. Ramella, autor de varios refinados poemarios que
conservo en mi biblioteca dedicados en su hora por el ex Senador Nacional y ex Ministro
de la Suprema Corte
de Justicia de la Nación , y Germán Bidart
Campos que quizá por excesivo sentido autocrítico, publicó solo en contadas
ocasiones colaboraciones en verso pero
que no dudó en escribir en enero de 1990, en el diario La Prensa , una nota llena de admiración hacia Gabriela
Mistral.
La poética de González Arzac, marplatense por
nacimiento, estudiante universitario en La Plata después y orgulloso vecino porteño de los
barrios de San Cristóbal y de Balvanera finalmente, aletea sin lastre críptico,
experimental o rupturista en un sostenido y distendido vuelo popular; algo coherente
con el antiacartonamiento y la falta de solemnidad del autor. En “Vivencias en
rimas” en ocasiones se alternan versos de ocho y de nueve sílabas en un
simpático renqueo que no lastima el oído del lector y denota un repentismo de
intención payadoresco. Su lírica es por momentos sentenciosa a lo Martín Fierro:
“Las estaciones del año/ son emociones distintas/
que volcadas sobre un paño/ muestran emociones distintas.” En otros pasajes
está embebida de la picaresca tanguera o se luce con leves, amables y algo emocionadas
reminiscencias por tiempos mejores,
donde a lo Discepolín no está ausente la crítica social y hasta política: “Mundo porco fue siempre/ desde tiempos de
Colón, pero ahora de repente/ vino la globalización.”
No es extraño que un estudioso de la canción
de Buenos Aires haya abrevado en sus temas emblemáticos y encendido sus tonalidades
características, por momentos con claroscuros de pasión y tristeza, actividad y
desgano, romanticismo e inspiración criolla, para recrearlos con su propio
verbo. En 2010 celebró en un libro que cuidó y editó Alberto Verdaguer al “Tango patrimonio de la
humanidad” y antes, en 2007, el mismo año que vio la luz su colección poética, analizó
y dio a conocer en las páginas de “Tango aborigen” (Quinque), escrito en
colaboración con su esposa, la socióloga Marisa Uthurralt, trabajo merecedor de
un prólogo de Osvaldo Guglielmino, datos y elementos varios que tienden a demostrar
las influencias culturales y lingüísticas del patrimonio indígena sobre el
tango. Para avalar cada proposición al respecto se enumeran en la parte final voces
del vocabulario quechua, guaraní y araucano presentes incluso en los títulos de
tangos clásicos como “El choclo” de Ángel Villoldo y letras varias, una de Enrique
Santos Discépolo, o “La morocha” de Ángel Villoldo y Enrique Saborido, ““Canchero”
de Celedonio Flores y Arturo Vicente Bassi, “Yuyo verde” de Homero Expósito y
Domingo Federico, “Adiós, Pampa mía” De Ivo Pelay, Francisco Canaro y Mariano
Mores, ““Che papusa, oí” de Enrique Cadícamo y Gerardo Matos Rodríguez y “Che
bandoneón de Homero Manzi y Aníbal Troilo. (Con respecto a estos dos últimos temas,
vale la pena anotar que la investigadora Aurora Alonso de Rocha, con postura
contraria en su libro “Hablar es un placer sensual. Lunfardo campero tumbero”
(Prosa, Buenos Aires, 2014), niega la génesis mapuche y tehuelche del término “Che” en tanto sufijo
indicativo de pertenencia a un pueblo y también la guaraní, un posesivo que
significa “mi” en esa lengua, inclinándose por rastrear otros orígenes de la
voz como el gallego y el galaicoportugués.)
Más allá
de nuevas hipótesis como la anotada, el estudio de González Arzac y
Uthurralt es una original incursión por
donde pocos transitaron antes, sí el afinado José Gobello en su Diccionario Lunfardo, estudioso del que
Alberto me comentó en una carta fechada el 27 de enero de 2005, a propósito de la
recepción de mi opúsculo sobre la correspondencia literaria y política cursada
entre Carlos G. Romero Sosa y Gobello en los años 1945 y 1946: “sus obras
lunfardas y tangueras las conozco muy bien”.
Asimismo
“Tango aborigen” resulta demostrativo de que el nacionalismo popular de
González Arzac no tenía demasiados puntos de encuentro con el hispanismo al
cabo europeizante y defensor del imperialismo decadente español en oposición al británico impuesto como dogma por
el nacionalismo clerical y oligárquico argentino, con sus principales
representantes dados a denunciar la supuesta “leyenda negra” y al mismísimo
Bartolomé de las Casas y hasta fantasear con delirantes restauraciones
virreinales. Al contrario, la preocupación por las comunidades indígenas se
evidenció durante su gestión en el Consejo Nacional de Inversiones al promover
la creación del Fondo de Artesanías Regionales y en 1985 como asesor de la Convención
Constituyente de la provincia de Salta, que sancionó a
iniciativa de González Arzac en el artículo 15 de su texto, una cláusula
relativa a la protección e integración de los aborígenes. (Anoto que según me
contó en otra de sus cartas, en esos tiempos de actividades oficiales cumplidas
en la capital salteña, conoció la labor historiográfica de mi padre.)
O
bien: “La Plata es
la juventud/ retozando por los parques./ La Plata es en plenitud/ bullicio de colegiales./ La Plata es la longitud/ que
tienen sus diagonales./ La Plata
es la excelsitud/ de los goles de Estudiantes./ La Plata es el bosque y tú/
escondida entre los árboles./ La
Plata es la tenue luz/ de tus ojos celestiales.” (La Plata )
Alberto González Arzac, cantor de cosas
sencillas con sentimiento profundo y hacedor de rimas con “magia que aprehende
el alma de los seres” a juicio de su amigo y compañero peronista Fermín Chavez,
puso calidez de abrazo humanitario, fraterno o enamorado, quizá conocedor del reclamo del
beato Federico Ozanan: “la tierra se enfría y es necesario abrazar el mundo en
una red de caridad”. “Y Justicia” habría agregado Alberto. Exaltó sin cursilería
el amor a la esposa, no con himnos
grandilocuentes sino con coplas juguetonas y diáfanas: “Qué felices somos/ cuando despertamos/ estando de novios/ después de
casados.”
No
pretendió erigirse en poeta civil y ni siquiera debió sentirse plenamente poeta:
“Una rima no alcanza a ser poema (…) No siempre quien rima es poeta. Pero
seguramente lo hace para dar una expresión diferente a pensamientos que no
encuadran en el lenguaje prosaico”, aclaró al comienzo de “Vivencias en rimas”.
Sin embargo y pese a las dudas sobre su condición, son fáciles de rastrear en
la producción lírica de Alberto González Arzac ciertos elementos, así el tono
social, caros a su generación literaria con la que ignoro si se identificaba. Propiamente la Generación del 60 de
Juan Gelman y Francisco Urondo –en ambos casos más que desde el punto de vista
cronológico ya que estarían por nacimiento en el límite de la anterior Generación
del 50, sí por la temática desarrollada tanto por el autor de “Violín y otras
cuestiones” cuanto por el de “Larga distancia”, de aceptar la clasificación de
Luis Ricardo Furlan-, o plenamente de Marcos Silber, Alfredo Carlino, Héctor
Negro, Luis Navalesi y los demás
integrantes del grupo El Pan Duro, entre otros creadores.
En sus
estrofas hay compromiso y rasgos de valiente rebeldía ciudadana al insinuar en
varios pasajes la crítica social cuando no explicitarla: “Hoy estuve con Homero/ cantando tristes milongas./ Porque vimos que al
obrero/ la pena se le prolonga./ Él invocó a la Justicia / para ver si se
nos da/ lo que con tanta malicia/ nos han venido a quitar.” Solidario,
hermanado con los humildes, lo estuvo por añadidura con aquellos creadores que
se identificaron con el pueblo y que como en el caso de Homero Manzi, prefirió a ser hombre de letras escribirlas
para los hombres: “El pintó en tangos la
vida/ sencilla del arrabal/ buscándole una salida/ a esta lucha desigual”.
Por lo
demás, su “Carta Abierta a un N.N.”, fechada en noviembre de 1982, cuando los estertores
de la dictadura, la composición que cierra el volumen “Vivencias en rimas”,
testimonia con vigor y dolor en versos libres rimados la tragedia del genocidio
sufrido en el país: “No sé si conocí tus
facciones, ni me importan las ideas que tienes, pero eres semejante a otros
amigos que duermen en el Sector N.N. (Sabe Dios en la necrópolis de dónde).”
Y agréguese en su homenaje que quien así
escribía era el mismo que en la función de abogado, presentaba “habeas corpus” por los
desaparecidos cuando por especulación o miedo pocos colegas suyos lo hacían.
Aunque en forma gratuita me patrocinó como a
otros agentes de la Inspección General
de Justicia en la demanda que entablamos contra el Estado Nacional por el
descuento del 13% en nuestros haberes que decidió el gobierno de la Alianza , lo traté poco. Y lo hice a través de la correspondencia
intercambiada más que de manera personal, con encuentros fortuitos que la
consolidaron al dirigirme al dictado de mis clases en un establecimiento educativo
sindical situado en las proximidades del Instituto Nacional de Investigaciones
Históricas Juan Manuel de Rosas que él presidió hasta los últimos meses de 2013.
Sabedor
de su porteñismo a todo trance, le envié mi poemario “Pueyrredón y Las Heras y
adyacencias en tono menor” no bien apareció casi una década atrás. La respuesta
llegó de inmediato con palabras generosas, demostrativas además de que nada
referido a Buenos Aires le era indiferente. Hace unos meses me enteré de una
operación quirúrgica a la que debió someterse y aguardé entonces mejores
momentos para continuar el diálogo epistolar algo moroso que sosteníamos. No
fue posible. Me queda seguir nutriéndome con sus páginas que no es poco. Y
sobre todo evocarlo a menudo con los amigos comunes Susana Torres, Sergio De
Carolis y Mario Tesler, corroborando aquello de que no muere para los demás
quien no vivió para sí.
Carlos Maria Romero SosaSe publicó en Con Nuestra América. Costa Rica, 2 de agosto de 2014
domingo, 29 de junio de 2014
LOS BOMBEROS VOLUNTAROS Y SU HISTORIA
Días pasados se
celebró en la Ciudad
Autónoma de Buenos Aires, un nuevo aniversario de la existencia
en el país de los bomberos voluntarios, filantrópica institución merecedora de la
simpatía y la consideración ciudadanas.
Al respecto, vale la pena anotar que el 2 de junio de 1884, quedó constituida
en el Teatro Iris de la Boca
y a iniciativa del vecino caracterizado de ese barrio porteño, Tomás Liberti, la Asociación Italiana
de Bomberos Voluntarios de la
Boca ; así como que dicho cuerpo tuvo su bautismo de fuego en un
incendio ocurrido el 14 de noviembre de 1885. Por lo demás, ya al promediar el
siglo XX, el 9 de enero de 1953, Francisco Carbonari organizó los bomberos
voluntarios de Vuelta de Rocha con sede original en la calle Coronel Salvadores
Nro. 756, habiendo adoptado la sociedad el nombre de Asociación de Fomento y
Cuerpo de Bomberos Voluntarios y de Primeros Auxilios “Vuelta de Rocha”.
Fue el comisario
inspector ® Don Francisco Luís Romay (1888-1972), el redactor de una “Breve
historia de los bomberos voluntarios de la Boca ”, opúsculo que editó en 1962, integrando la
serie Cuadernos de la Boca
del Riachuelo, el Ateneo Popular de la
Boca que presidía para ese tiempo Antonio J. Bucich, su
fundador.
Romay, oriundo de
la bonaerense localidad de Chascomús y vecino de Balvanera hasta su muerte, era
un minucioso investigador del pasado argentino que dirigió con los académicos
Leoncio Gianello y Ricardo Piccirilli los seis tomos del Diccionario Histórico
Argentino. Y un escritor de pluma refinada que incursionó incluso en la ficción
con su libro de relatos de aire costumbrista “El hombre sandwitch”, aparte de
ejercer el periodismo desde la primera juventud. Miembro fundador en 1962 de la Academia Porteña del
Lunfardo ocupó allí el sillón “Carlos Mauricio Pacheco”. Además de
especializarse en cuestiones de criminología y en temas de minoridad, enfocó en
numerosos trabajos el pasado policial. Escribió entre otros libros “Las
milicias del fuego” (Buenos Aires, 1955), sobre la trayectoria del cuerpo de
bomberos de la policía, obra que contiene un capítulo final dedicado a
los voluntarios de la Boca y Vuelta de Rocha.
En su homenaje lleva su nombre el Centro de
Estudios Históricos de la Policía Federal
Argentina, con sede en Lavalle 2629, que dirige en la actualidad el comisario
Eugenio Zappietro. Dada pues la vocación y dedicación demostradas por Francisco
Luis Romay -que como funcionario ocupó entre 1940 y 1941 la Secretaría General
de la Policía
de la Provincia
de Buenos Aires- para rastrear el historial también de los bomberos
voluntarios, es acto de justicia recordarlo en el mes del cumpleaños ciento
treinta de esa institución hoy multiplicada en el país y que tan desinteresados
servicios viene prestando a la comunidad a través de sucesivas generaciones de
integrantes, mártires algunos de ellos como los caídos en el incendio de
Barracas en febrero de 2014.
Carlos María Romero Sosa. Se
publicó en La Prensa
el 10 de junio de 2014 y se reprodujo en
Diario del Viajero el 16 de junio de 2014.-
sábado, 14 de junio de 2014
SOBRE LETRAS DE HISPANOAMÉRICA
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| El autor con los escritores Sergio Ramírez y José Rafael Lantigua |
DE REFLEJOS Y REFLEXIONES POÉTICAS
El primero de los envíos mencionados: “Territorio de espejos”, volumen de gran formato y cuidada edición, para
delicia de bibliófilos, publicado en
Santo Domingo a finales de 2013 (en cuya contratapa luce un artístico
retrato de Lantigua tomado por el fotógrafo argentino radicado en París Daniel
Mordzinsky), da cuenta de una consecuente actitud de apertura metafísica capaz
de aventurarse en la “Espesura de
claridades/ entre rumores que circundan la noche”. Ello al tiempo que muestra una cosmovisión intuida a
través de las visiones recibidas por las lunas cóncavas, metafóricamente sincopadas
y por los cristales retrovisores de los
arquetípicos espejos invocados, como que
gran parte del mensaje poético se referencia al plano de los objetos ideales y
hasta en buena medida al meta lenguaje y al lenguaje dialogante que “interponga mi nombre en el vacío de tu materia/ y una piedra escondida en tu
transparencia”, lo que emparenta pasajes como el trascripto con el
objetivismo, aunque se hallen ajenos al tono coloquial frecuentado, por
ejemplo, por el norteamericano William Carlos Williams.
Sería
simplificar y opacar el misterio subyacente en la obra, afirmar que sólo se
apunta a describir una mecánica de devolución de estampas testimoniales,
posicionadas, orientadas y convocadas por alegóricos fondos de azogue para multiplicar la realidad; para articularla con
los trozos del agónico ser del
poeta que a la vez se disemina y se
recoge en las ciento una páginas del libro. Sucede que además, entre los versos
libres con ritmo de salmo de “Territorio de
espejos”, hay una reformulación del tiempo para dar
perspectiva a la evocación y del espacio
para proporcionarlo a la estatura del
evocador. Y hay asimismo una síntesis vital y cósmica de ambas “intuiciones a priori”, por expresarlo en términos kantianos, la que antes
que remitir al caos primordial parece enmendar la plana a los dioses con la
puesta en marcha de un nuevo ordenamiento para estrenar el arraigo: “He caminado mañana/ entre ardides y tintas rojas”.
José Rafael
Lantigua, en cuyo interior anida el impulso de ocupar su propio sitio en
el mundo donde atender al cuidado ya
en el acurrucamiento o ya en la expansión de sí, viene a decir no y de manera
rotunda a la instantaneidad que reflejan esos convocados espejos del título. Y
redimensiona entonces, entre las nostalgias del ayer y las apertura a los
proyectos futuros, entre sueños y vigilias,
resignaciones y afirmaciones,
desdenes y anhelos: “Ojalá
septiembre/ me contemple imponderable en la abundancia/ de mi abismo”, su propio “yo”; ese “yo” que en un
secreto desdoblamiento bien puede corresponder
a “otro”: al “Je est un autre” de Rimbaud
expresado en la segunda de las llamadas Cartas del Vidente
dirigida Paul Demeny en 1871
Símbolos y más
símbolos perseguidos: “Salí a
buscar un símbolo/ una diadema/ una perla/ y alcancé a ver la presencia de unas
manos/ que parecían cocer sobre la piel sangrante/ el rostro húmedo/ el cuerpo
vacilante/ la adúltera belleza del desamparo”, configuran
y dan vuelo, profundidad, intensidad, intencionalidad a esta colección de
poemas que antes que obedecer a un prefijado anhelo de unidad temática, están
signados autobiográficamente: “Me faltó
tiempo/ para asumir mi propio dolor”. Marcados por
un designio de confortar con los confines del ensueño a la existencia.
Existencia –propiamente la del autor- que a
menudo se siente incapaz de ganarle en trascendencia al destello fugaz del “amanecer
(que) estaba hueco; y que corre
el riesgo de confundirse con los fantasmales “rostros de otros mundos que no nos pertenecen”, según el epígrafe del poeta dominicano Manuel Rueda
que inaugura la obra junto al del premio Nóbel polaco Czestaw Milosz.
Lantigua sin desertar de la
fantasía salvadora y esperanzadora, descorre aquí el velo del drama en su
dimensión estética y en su conmoción espiritual. Sabe bien que, salvando la
imaginación de Lewis Carroll, no hallará nada detrás del espejo, pero sí que él
mismo en persona y vocación, en tanto testigo y actor de su destino y agente de
su nostalgia redentora; que él mismo agobiado “con el crepúsculo en la espalda” y con cada
vestigio de vida a recoger por la memoria –de la que puede interrogarse con Gelman si hay que
romperla para que se vacíe- , está de cuerpo entero posicionado delante de su
predestinada luna de azogue, retratándose con su “asueto de llamas débiles”. Son esas las llamas que al poeta le toca reavivar
para que lo que fue aventura fugaz,
descubrimiento, deslumbramiento adánico “una madrugada/ contra toda inocencia”, cobre sentido
y proyección en la intemporalidad merecida del verbo propuesto en acto
creador.
IMAGINACIÓN Y CRÓNICA
La colección de cuentos que suscriben el médico Eduardo Emilio Bonora y
el abogado Pablo Troise, ambos por sobre todo y esencialmente escritores con
una extensa e intensa obra publicada, remite en cambio a otro ambiente: menos
autorreflexivo y más afín con la
auscultación de un pasado entrañable, que se enfoca con la lente de la
evocación y lo envuelve de ensueño y misterio. No campea aquí el temor y temblor metafísico o la nota
lírica, aunque sí hay algún margen de romanticismo en los caracteres de las figuras
convocadas; en verdad una galería de personajes bien delineados e incorporados
a las páginas de la publicación en cuerpos y almas, debido a extremarse las
posibilidades que brinda el género narrativo para quienes saben trabajarlo y
darle esplendor.
Ciertamente se trata de un ramillete de narraciones que no han sido
escritas a cuatro manos sino que en parecida proporción firmó cada uno de los
autores mencionados, eso sí partiendo de una premisa compartida: homenajear a
través de estos actos de imaginación o de imaginativa recreación de seres y
cosas, a la oriental ciudad de Carmelo de donde son aquéllos orgullos hijos
nacidos en 1930, Bonora, y 1936, Troise.
Para
realizar tal ofrenda no se prestaron ellos a uniformar ni a disfrazar la conquistada
personalidad literaria, el estilo y la
perspectiva creadora particular, cosa que enriquece el libro con
multiplicidad de enfoques y lenguajes. Uno y otro se proponen -y lo logran sin
duda- exhumar y extender en emotiva continuidad de estirpes, mediante el
documentado rastreo histórico y la intuitiva captación estética y hasta
psicológica, sucesos incitadores de
argumentos de ficción o no ficción que involucran sentimientos,
esfuerzos, sacrificios y
esperanzas de lejanos y hasta ahora anónimos pobladores de Carmelo.
Hay historias
verificadas en distintas épocas y en un mismo escenario geográfico. Historias con
fuerza de leyenda que datan desde el origen casi bicentenario de la población
fundada en 1816 en las proximidades del arroyo de Las Vacas por el prócer de la
Independencia y padre del federalismo en esta región de Sudamérica, general José
Gervasio de Artigas: el Protector de los Pueblos Libres, el caudillo justiciero
y visionario que “tres años antes que
naciera Marx/ y ciento cincuenta antes que roñosos diputados la convirtieran en
otro expediente demorado/ borroneó una reforma agraria que aún no ha conseguido
el/ homenaje catastral”, como poetizó Mario Benedetti.
Hay
costumbrismo en las descripciones reveladoras del modo de comportarse y
actuar pueblerino de los protagonistas, muchos de ellos personajes verídicos
con el dato de sus existencias retenido apenas en los folios amarillentos y
borrosos del “Álbum del Centenario” de Carmelo, editado en 1916. La
circunstancia del redescubrimiento y revitalización de esos seres ausentes y
olvidados se hace posible a partir de estos cuentos que parecen crónicas o son crónicas
con técnica y vuelo cuentístico. En todo
caso historias que si anotician sobre prácticas sociales bien diferentes a las
del siglo XXI, permiten al cabo de su lectura el milagro de la identificación,
de la empatía con tantos episodios centrados en los rasgos de humanidad de tal
o cual poblador de los que se han
destacado sus inquietudes, dolores y empeños
por lo demás comunes al resto de los mortales. Y todo en doscientas páginas dispuestas y
ofrecidas como espejos, no como espejismos, para reconocernos ahora en una
legión de corazones carmelitanos en ejercicio de “proximidad” en tanto y en
cuanto su “proximidad” espiritual. Y si
fuera el mérito preponderante de un libro del género narrativo, hermanar
en ideales a los lectores con los seres vivos
en el papel y la tinta, estaría más que cumplida su misión en este caso.
Carlos María Romero Sosa: publicado en "Salta Libre" el 4 de febrero de 2014
Carlos María Romero Sosa: publicado en "Salta Libre" el 4 de febrero de 2014
viernes, 18 de abril de 2014
MAGIA Y HUMOR EN EL ARTE FOTOGRÁFICO DE DANIEL MORDZINSKI
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| Mordzinski en plena tarea |
| Carlos María Romero Sosa fotografiado por Daniel Mordzinski |
Había perdido el contacto con Daniel Mordzinski
hasta hace unos días, cuando un correo electrónico del escritor José Rafael Lantigua, mi viejo y admirado
amigo dominicano, me anunció el envío de su último libro: “Territorio de
espejos”, con un retrato de Lantigua hecho tiempo atrás por Daniel. Precisamente ese mensaje fue algo así
como un hilo de Ariadna que me condujo
por los laberintos de Internet hasta su
mail.
Mordzinski es el fotógrafo de los escritores y así se lo conoce en los ambientes literarios y culturales internacionales. “Desde hace por lo menos un cuarto de siglo, en todos los festivales de libros, congresos o encuentros literarios a los que asisto en cualquier parte del mundo la primera cara con la que me doy es siempre la de mi amigo Daniel Mordzinski”, comentó Mario Vargas Llosa en un artículo que le dedicó en marzo último, apenado ante la noticia de que fueron incinerados sus negativos y diapositivas por un negligente empleado del diario Le Monde donde Mordzinski, que reside en París desde hace más de tres décadas se desempeña como colaborador.
Lo cierto es que no hay autor de renombre y hasta más de uno sin nombre
que no haya sido enfocado por su cámara. Empero, eso con ser mucho no es lo
principal y en cambio sí que a todos ellos los sorprendió -o dicho con más
propiedad los capturó- en situaciones capaces de definirlos y redefinirlos en
humanidad y vocación, echando mano él con intuición e inspiración a los gestos
reveladores de ensueños invocados, de fantasías cumplidas lúdicamente y hasta
de accidentalidades constitutivas de los más íntimos y emblemáticos caracteres
de sus retratados. Porque este artista de excepción, mejor que volver
informales a las personalidades más
notables de las letras universales, sabe convocarles sus duendes, desdramatizar
sus fantasmas; y entonces, al rodear sus figuras de mágicos mensajes, ocurre el
hecho singular de desprenderse de los seres captados por las cámaras de Daniel,
efluvios de intensidad, emotividad, imaginación, sinceridad, humor y también
como rubricando cada pose, serenidad: pienso en un Juan Gelman sonriente con
un bandoneón entre las manos y en un
Ernesto Cardenal recostado sobre una hamaca, dos de las obras de Mordzinski que
fueron expuestas en la Usina
del Arte de la Boca ,
en diciembre de 2012 y enero de 2013. (Entre otros libros suyos: “Ultimas
noticias del Sur”, volumen compuesto con el chileno Luís Sepúlveda y publicado
en 2012, suerte de crónica de viaje y
originalísimo y emotivo testimonio de una amistad personal y estética, es una
joya por su contenido y hasta su edición para regodeo de bibliófilos.)
Algo extraordinario es que nadie frente a sus lentes se endurece, se
disfraza, ni menos resulta otro que el que deseó ser alguna vez; que el que se
proyectó con mayor empatía en alguno de sus personajes de ficción; que el que
lidió con sus máscaras hasta reconocerse en plenitud. Y ahí está Mordzinski
para dar cuenta del instante por él oportunamente convocado después de colocar
la cabeza, el ojo y el corazón en el mismo eje como enseñó Henry
Cartier-Bresson.
Ahí está Mordzinski para hacerse del instante capaz de proyectarse en
esa platónica –en el Timeo- imagen móvil de la eternidad que es el tiempo; por
de pronto, hic et nunc, promesa y posibilidad abarcadora del
recuerdo, porque no tienta a nuestro amigo ningún destiempo de derrumbe y desmemoria.
Ahí está pues Mordzinski poniendo arte y parte de sí para que nadie se despersonalice y al
contrario para que cada uno cobre su real y su mejor dimensión terrenal y por
añadidura eterna.
Lo conocí en abril del año pasado durante la Feria Internacional
del Libro Santo Domingo 2012, donde ambos concurrimos invitados por el
Ministerio de Cultura del país antillano para exponer en el ciclo de
conferencias magistrales que inauguró el
científico -físico nuclear- doctor Fidel Castro Díaz Balart, hijo del líder
cubano. En una siguiente disertación a
cargo de Mordzinski, sabrosa por la cantidad de vivencias y de confidencias, le
escuche contar que en 1979, con apenas diecinueve años, llegó a París con una
gran cantidad de fotos de su autoría por equipaje. Logró realizar una
exposición con ese material y se le ocurrió invitar a la inauguración a Julio
Cortazar dejándole un mensaje en su contestador luego de buscar y hallar el
número telefónico en la guía de la ciudad. Le expresó algo así: “Julio: No soy nadie. No hice nunca nada. Pero mañana inauguro mi primera
exposición y me gustaría que viniera”.
Cortazar concurrió y esa deferencia
del autor de “Rayuela” fue la piedra inicial de la gran amistad que los unió después. Anécdotas como esa justifican cualquier conferencia, aunque él
siguió contando otros hechos que le tocó
protagonizar, como cuando documentó fotográficamente el entierro casi secreto
de Susan Sontag en París.
Con extrema generosidad nos invitó a María Cristina y a mí, que soy un
escritor –o “escribidor”- anónimo si los hay, a tomarnos unas fotos. Fue así
que una mañana después de desayunar en
el hotel en que nos alojábamos los tres quedamos en realizarlas. Daniel se
atrasó unos minutos charlando con el novelista nicaragüense y ex vicepresidente
del gobierno sandinista Sergio Ramírez, otro participante principal de la Feria. Quedó en
llamarnos a nuestra habitación en cuanto terminara el diálogo, pero como estaba
ya la mucama limpiando el cuarto le pedimos a ella avisarle que lo esperaríamos
en el “lobby”. Pocos minutos después vino hacia nosotros con su cámara al
hombro y un telón de fondo negro enrollado bajo el brazo, preguntándonos entre
absorto y divertido si viajábamos con el personal de servicio, algo así como lo
hacían con naturalidad los beneficiarios del producto de “los ganados y las mieses” en nuestra Belle
Époque, imitados burdamente en sus costumbres por los rastacueros.
Creía o
le resultaba pintoresco suponer que la mucama era costeada por nosotros y no pertenecía al hotel internacional. El
otro día en mi mail le recordé esa
graciosa situación imaginada por él con
ingenio e inagotable fantasía. Me respondió
de inmediato: “Claro que me acuerdo. Nítido y luminoso. Cómo no.” Me quedo con
esas palabras tan propias del léxico de su arte y hago votos para que la mejor
Luz nunca lo abandone.
| Romero Sosa y su esposa Cristina vistos por Mordzinski |
Carlos María Romero Sosa Publicado en Salta Libre el 7 de febrero de 2014
martes, 25 de febrero de 2014
EL HISTORIADOR DE LOS BOMBEROS
| Comisario Inspector Francisco L. Romay |
Con motivo del incendio de Barracas, que costó la vida a varios servidores públicos profesionales unos, voluntarios otros, pero movilizados todos según fue demostrado por la vocación solidaria y el arrojo, he recordado al Comisario Inspector Don Francisco Luís Romay (1888-1972), historiador, periodista, cuentista en la colección de relatos de tono ciudadano de “El hombre sándwich” y miembro de número de la Academia Porteña del Lunfardo. Fue autor también, entre otros trabajos históricos, literarios y de ciencia criminal, del libro “Las milicias del fuego” (Buenos Aires, 1955), del que conservo un ejemplar dedicado a mi padre, colaborador en los seis tomos del “Diccionario Histórico Argentino” dirigido por el mencionado Romay junto a los académicos Ricardo Piccirilli y Leoncio Gianello. En cuanto al volumen antedicho se trata de una documentada crónica del esforzado cuerpo de bomberos creado por el Jefe de Policía, Enrique O´Gorman, el 2 de enero de 1870, cuando comenzó a actuar en Buenos Aires, a la sazón la Gran Aldea, en forma oficial un grupo de vigilantes-bomberos. Como supo resaltarlo el autor, tuvo el cuerpo desde entonces numerosos muertos en actos de servicio, lista a la que ahora se agregan estos nuevos nombres para la gratitud de la ciudadanía toda. También contaron con jefes que orientaron a sus subordinados en las virtudes de la disciplina, la abnegación y el heroísmo, como el mítico Coronel José M. Calaza, el Inspector General –ahora el grado corresponde a Comisario General- Juan José Graneros -Jefe de Bomberos y más tarde, durante el segundo gobierno de Hipólito Yrigoyen, Jefe de Policía-; o el Inspector General Carlos Del Campo que reorganizó técnicamente el cuerpo.
Cabe anotar que en homenaje
al investigador Romay, natural de Chascomús y vecino de Balvanera hasta su
muerte, el Centro de Estudios Históricos de la Policía Federal Argentina, con
sede en Lavalle 2629, lleva su nombre-
Carlos María Romero Sosa
(Se
publicó en La Prensa, el 10 de febrero de 2014)
domingo, 9 de febrero de 2014
MASCOTAS
Lamento que
haya personas que piensan, como el autor de una carta de lectores publicada
días pasados en otro matutino, que los animales, nuestros semejantes porque
sufren, según advirtió Albert Schweitzer, son bienes suntuarios; ellas
sin duda nunca habrán compartido el ir y venir del amor y la ternura con
mascotas. En tanto que por el camino propuesto de cobrar impuestos a los
poseedores de animales domésticos, como parece ser se estableció en algún
estado de México en dato aportado por ese mismo correo, bien podría llegarse también a la prohibición
de tener más de un hijo a ejemplo de lo que ocurre en China; puesto que la
arbitrariedad no tiene límites.
El nivel
ético de una comunidad se advierte en estos tiempos por el respeto prodigado al
medio ambiente, algo que en nuestro país tiene rango constitucional desde la
reforma de 1994 (Art. 41); y más aún al reconocimiento de los derechos de todos
los seres vivos. En ese sentido qué bueno sería pensar, creyentes y no
creyentes, en el sentido profundo e intemporal de la seráfica oración de San
Francisco de Asís que reza en un pasaje: “Alabado seas, mi Señor, en todas
tus criaturas”; y mucho más cerca de nosotros, en lo manifestado por
Juan Pablo II: “Los animales son fruto de la acción creativa del Espíritu
Santo y merecen respeto…Están tan cerca de Dios como los hombres”.-
Carlos María Romero Sosa
(Se publicó en La
Prensa , el 7 de enero de 2014)
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