sábado, 9 de agosto de 2014

Palabras de presentación del libro "Solo se Trató de Vivir y Amar

Carlos María Romero Sosa presentó el 7 de agosto de 2014 el libro del Embajador Albino Gómez en el C.A.R.I. (Comité Argentino para las Relaciones Internacionales).

domingo, 3 de agosto de 2014

DERECHO, TANGO Y POESÍA EN ALBERTO GONZÁLEZ ARZAC





 Si bien entre los cultores de las ciencias políticas en el país, no fue Alberto González Arzac (1937-2014) el primero ni el único en darse tiempo para ejercitar las vocaciones artísticas y literarias (Juan Bautista Alberdi, en tanto músico,  y José Manuel Estrada,  en tanto orador de vuelo, son símbolos y antecedentes de esas poco comunes conjunciones estéticas y jurídicas), ciertamente su labor fructificó tanto en obras académicas sobre las ideas filosóficas -tributarias de Giambattista Vico- del napolitano Pedro de Angelis, la reacción antipositivista de nuestro Coriolano Alberini, el promovido internacionalismo católico de Pablo A. Ramella y el ideario en materia de Derecho Público de su maestro Arturo Enrique Sampay, de tan fundamental importancia en la reforma constitucional de 1949, como en los distendidos dibujos de  románticos patios porteños o nostálgicas galerías provincianas y en los rostros de las más  diversas personalidades que con aire caricaturesco pero nunca burlesco, ilustran firmados con sus iniciales ARGA, varios de sus libros.  
                                              Además el doctrinario expositor, que argumentaba con bien aprendida lógica aristotélica,  supo abrir el espíritu a la inspiración poética: resultando de ello la letra de la Cantata al Bicentenario musicalizada por la pianista y compositora Susana Morello y hasta un libro de poemas: “Vivencias en rimas” publicado en la ciudad de Buenos Aires en 2007 por Quinqué Ediciones.
                                         González Arzac, estaba a la vez abierto al mundo de la vida y concentrado en el severo estudio interdisciplinario, como que su figura representa en la Cultura Nacional la antítesis del especialismo. Sintetizó las vertientes de una tradición no empuñada ni empañada con prejuicio reaccionario  –si por formación tuvo alguna rigidez la exorcizó pronto- y de la innovación constructiva ajena a la improvisación irresponsable. Miraba el pasado con interés, curiosidad, respeto siempre; empeñoso por recibir de la  historia “la advertencia de lo porvenir” como  se alude en el capítulo noveno de  Don Quijote de la Mancha. Pero no practicaba la religión de las tumbas del anatema de Nicolás Avellaneda y en todo caso hallaba vivas, trasmitidas de generación en generación y de sangre en sangre, las líneas rectoras de su propio accionar intelectual y político. Así por ejemplo, su antepasado, el militar y periodista Buenaventura de Arzac, aquel “unitario malo” según la clasificación rosista que recogió José Mármol en su novela Amalia,  lo enraizaba a partir de los testimonios de su  lucha  contra el invasor inglés vencido en 1806 y 1807, con los combates ideológicos llevados a cabo por sus mentores de FORJA, o por Diego Luis Molinari y José Luis Torres. Y más tarde por los  esforzados compañeros de la militancia antiimperialista de su adscripción a un justicialismo sin heterodoxias neoliberales, en que Alberto se batió hasta el final de sus días. (Durante la orgía privatizadora del menemismo tan celebrada por comunicadores y dirigentes políticos, empresariales y sindicales, se opuso a la entrega del patrimonio nacional y renunció a su cargo de Inspector General de Justicia de la Nación. Ocurrió en tiempos en los que pocos eran los objetores de conciencia capaces de aguar la fiesta  de la pizza y el champagne a los celebrantes locales del “fin de la historia” de Francis Fukuyama. Otro tanto hizo el jurista Guillermo Frugoni Rey, que dejó la Subsecretaría de Derechos Humanos al firmarse el indulto a los genocidas del Proceso.)                                                      

                                            También una tradición, para el caso la de los constitucionalistas poetas, despuntó sin hacer ruido en él, epígono por derecho propio de Joaquín V. González, el poeta de la prosa en “Mis Montañas” y más tarde el traductor de las Rubayyatas de Omar Kayyán.  En rigor de justicia tan discípulo espiritual resultó ser del riojano, como lo fueron también el sanjuanino Pablo A. Ramella, autor de varios refinados poemarios que conservo en mi biblioteca dedicados en su hora por el ex Senador Nacional y ex Ministro de la Suprema Corte de  Justicia de la Nación, y Germán Bidart Campos que quizá por excesivo sentido autocrítico, publicó solo en contadas ocasiones colaboraciones en verso  pero que no dudó en escribir en enero de 1990, en el diario La Prensa,  una nota llena de admiración hacia Gabriela Mistral.  
                                      
                                             La poética de González Arzac, marplatense por nacimiento, estudiante universitario en La Plata después y orgulloso vecino porteño de los barrios de San Cristóbal y de Balvanera finalmente, aletea sin lastre críptico, experimental o rupturista en un sostenido y distendido vuelo popular; algo coherente con el antiacartonamiento y la falta de solemnidad del autor. En “Vivencias en rimas” en ocasiones se alternan versos de ocho y de nueve sílabas en un simpático renqueo que no lastima el oído del lector y denota un repentismo de intención payadoresco. Su lírica es por momentos sentenciosa a lo Martín Fierro: “Las estaciones del año/ son emociones distintas/ que volcadas sobre un paño/ muestran emociones distintas.” En otros pasajes está embebida de la picaresca tanguera o se luce con leves, amables y algo emocionadas  reminiscencias por tiempos mejores, donde a lo Discepolín no está ausente la crítica social y hasta política: “Mundo porco fue siempre/ desde tiempos de Colón, pero ahora de repente/ vino la globalización.”  
                                          No es extraño que un estudioso de la canción de Buenos Aires haya abrevado en sus temas emblemáticos y encendido sus tonalidades características, por momentos con claroscuros de pasión y tristeza, actividad y desgano, romanticismo e inspiración criolla, para recrearlos con su propio verbo. En 2010 celebró en un libro que cuidó y editó  Alberto Verdaguer al “Tango patrimonio de la humanidad” y antes, en 2007, el mismo año que vio la luz su colección poética, analizó y dio a conocer en las páginas de “Tango aborigen” (Quinque), escrito en colaboración con su esposa, la socióloga Marisa Uthurralt, trabajo merecedor de un prólogo de Osvaldo Guglielmino, datos y elementos varios que tienden a demostrar las influencias culturales y lingüísticas del patrimonio indígena sobre el tango. Para avalar cada proposición al respecto se enumeran en la parte final voces del vocabulario quechua, guaraní y araucano presentes incluso en los títulos de tangos clásicos como “El choclo” de Ángel Villoldo y letras varias, una de Enrique Santos Discépolo, o “La morocha” de Ángel Villoldo y Enrique Saborido, ““Canchero” de Celedonio Flores y Arturo Vicente Bassi, “Yuyo verde” de Homero Expósito y Domingo Federico, “Adiós, Pampa mía” De Ivo Pelay, Francisco Canaro y Mariano Mores, ““Che papusa, oí” de Enrique Cadícamo y Gerardo Matos Rodríguez y “Che bandoneón de Homero Manzi y Aníbal Troilo. (Con respecto a estos dos últimos temas, vale la pena anotar que la investigadora Aurora Alonso de Rocha, con postura contraria en su libro “Hablar es un placer sensual. Lunfardo campero tumbero” (Prosa, Buenos Aires, 2014),  niega  la génesis mapuche  y tehuelche del término “Che” en tanto sufijo indicativo de pertenencia a un pueblo y también la guaraní, un posesivo que significa “mi” en esa lengua, inclinándose por rastrear otros orígenes de la voz como el gallego y el galaicoportugués.)  
                                     Más allá de nuevas hipótesis como la anotada, el estudio de González Arzac y Uthurralt  es una original incursión por donde pocos transitaron antes, sí el afinado José Gobello  en su Diccionario Lunfardo, estudioso del que Alberto me comentó en una carta fechada el 27 de enero de 2005, a propósito de la recepción de mi opúsculo sobre la correspondencia literaria y política cursada entre Carlos G. Romero Sosa y Gobello en los años 1945 y 1946: “sus obras lunfardas y tangueras las conozco muy bien”.  
                                  Asimismo “Tango aborigen” resulta demostrativo de que el nacionalismo popular de González Arzac no tenía demasiados puntos de encuentro con el hispanismo al cabo europeizante y defensor del imperialismo decadente español en  oposición al británico impuesto como dogma por el nacionalismo clerical y oligárquico argentino, con sus principales representantes dados a denunciar la supuesta “leyenda negra” y al mismísimo Bartolomé de las Casas y hasta fantasear con delirantes restauraciones virreinales. Al contrario, la preocupación por las comunidades indígenas se evidenció durante su gestión en el Consejo Nacional de Inversiones al promover la creación del Fondo de Artesanías Regionales y en 1985 como asesor de la Convención Constituyente de la provincia de Salta, que sancionó a iniciativa de González Arzac en el artículo 15 de su texto, una cláusula relativa a la protección e integración de los aborígenes. (Anoto que según me contó en otra de sus cartas, en esos tiempos de actividades oficiales cumplidas en la capital salteña, conoció la labor historiográfica de mi padre.)
                                       
                                            La Patria –esa “provincia de la tierra y del cielo” que cantó Marechal, se erige raigal en varias de sus rimas que dicen de terruños muy concretos abarcados por la sensibilidad en tensión de añoranzas: “Mar del Plata me hamacó/ con el vaivén de las olas/ porque en sus playas nació/ esta modesta persona.”
                                           O bien: “La Plata es la juventud/ retozando por los parques./ La Plata es en plenitud/ bullicio de colegiales./ La Plata es la longitud/ que tienen sus diagonales./ La Plata es la excelsitud/ de los goles de Estudiantes./ La Plata es el bosque y tú/ escondida entre los árboles./ La Plata es la tenue luz/ de tus ojos celestiales.” (La Plata)

                                          Alberto González Arzac, cantor de cosas sencillas con sentimiento profundo y hacedor de rimas con “magia que aprehende el alma de los seres” a juicio de su amigo y compañero peronista Fermín Chavez, puso calidez de abrazo humanitario, fraterno o  enamorado, quizá conocedor del reclamo del beato Federico Ozanan: “la tierra se enfría y es necesario abrazar el mundo en una red de caridad”. “Y Justicia” habría agregado Alberto. Exaltó sin cursilería el  amor a la esposa, no con himnos grandilocuentes sino con coplas juguetonas y diáfanas: “Qué felices somos/ cuando despertamos/ estando de novios/ después de casados.”
                                       No pretendió erigirse en poeta civil y ni siquiera debió sentirse plenamente poeta: “Una rima no alcanza a ser poema (…) No siempre quien rima es poeta. Pero seguramente lo hace para dar una expresión diferente a pensamientos que no encuadran en el lenguaje prosaico”, aclaró al comienzo de “Vivencias en rimas”. Sin embargo y pese a las dudas sobre su condición, son fáciles de rastrear en la producción lírica de Alberto González Arzac ciertos elementos, así el tono social, caros a su generación literaria con la que ignoro si se identificaba.  Propiamente la Generación del 60 de Juan Gelman y Francisco Urondo –en ambos casos más que desde el punto de vista cronológico ya que estarían por nacimiento en el límite de la anterior Generación del 50, sí por la temática desarrollada tanto por el autor de “Violín y otras cuestiones” cuanto por el de “Larga distancia”, de aceptar la clasificación de Luis Ricardo Furlan-, o plenamente de Marcos Silber, Alfredo Carlino, Héctor Negro, Luis Navalesi  y los demás integrantes del grupo El Pan Duro, entre otros creadores.
                                  En sus estrofas hay compromiso y rasgos de valiente rebeldía ciudadana al insinuar en varios pasajes la crítica social cuando no explicitarla: “Hoy estuve con Homero/ cantando tristes milongas./ Porque vimos que al obrero/ la pena se le prolonga./ Él invocó a la Justicia/ para ver si se nos da/ lo que con tanta malicia/ nos han venido a quitar.” Solidario, hermanado con los humildes, lo estuvo por añadidura con aquellos creadores que se identificaron con el pueblo y que como en el caso de Homero Manzi,  prefirió a ser hombre de letras escribirlas para los hombres: “El pintó en tangos la vida/ sencilla del arrabal/ buscándole una salida/ a esta lucha desigual”.

                                   Por lo demás, su “Carta Abierta a un N.N.”, fechada en noviembre de 1982, cuando los estertores de la dictadura, la composición que cierra el volumen “Vivencias en rimas”, testimonia con vigor y dolor en versos libres rimados la tragedia del genocidio sufrido en el país: “No sé si conocí tus facciones, ni me importan las ideas que tienes, pero eres semejante a otros amigos que duermen en el Sector N.N. (Sabe Dios en la necrópolis de dónde).”  Y agréguese en su homenaje que quien así escribía era el mismo que en la función de abogado,  presentaba “habeas corpus” por los desaparecidos cuando por especulación o miedo pocos colegas suyos lo hacían.
                      

                                 Aunque en forma gratuita me patrocinó como a otros agentes de la Inspección General de Justicia en la demanda que entablamos contra el Estado Nacional por el descuento del 13% en nuestros haberes que decidió el gobierno de la Alianza, lo traté poco.  Y lo hice a través de la correspondencia intercambiada más que de manera personal, con encuentros fortuitos que la consolidaron al dirigirme al dictado de mis clases en un establecimiento educativo sindical situado en las proximidades del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas que él presidió hasta los últimos meses de 2013.

                                Sabedor de su porteñismo a todo trance, le envié mi poemario “Pueyrredón y Las Heras y adyacencias en tono menor” no bien apareció casi una década atrás. La respuesta llegó de inmediato con palabras generosas, demostrativas además de que nada referido a Buenos Aires le era indiferente. Hace unos meses me enteré de una operación quirúrgica a la que debió someterse y aguardé entonces mejores momentos para continuar el diálogo epistolar algo moroso que sosteníamos. No fue posible. Me queda seguir nutriéndome con sus páginas que no es poco. Y sobre todo evocarlo a menudo con los amigos comunes Susana Torres, Sergio De Carolis y Mario Tesler, corroborando aquello de que no muere para los demás quien no vivió para sí.   

Carlos Maria Romero SosaSe publicó en Con Nuestra América. Costa Rica, 2 de agosto de 2014 

domingo, 29 de junio de 2014

LOS BOMBEROS VOLUNTAROS Y SU HISTORIA

                           


                             Días pasados se celebró en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, un nuevo aniversario de la existencia en el país de los bomberos voluntarios, filantrópica institución merecedora de la  simpatía y la consideración ciudadanas. Al respecto, vale la pena anotar que el 2 de junio de 1884, quedó constituida en el Teatro Iris de la Boca y a iniciativa del vecino caracterizado de ese barrio porteño, Tomás Liberti, la Asociación Italiana de Bomberos Voluntarios de la Boca; así como que dicho cuerpo tuvo su bautismo de fuego en un incendio ocurrido el 14 de noviembre de 1885. Por lo demás, ya al promediar el siglo XX, el 9 de enero de 1953, Francisco Carbonari organizó los bomberos voluntarios de Vuelta de Rocha con sede original en la calle Coronel Salvadores Nro. 756, habiendo adoptado la sociedad el nombre de Asociación de Fomento y Cuerpo de Bomberos Voluntarios y de Primeros Auxilios “Vuelta de Rocha”. 
                              Fue el comisario inspector ® Don Francisco Luís Romay (1888-1972), el redactor de una “Breve historia de los bomberos voluntarios de la Boca”, opúsculo que editó en 1962, integrando la serie Cuadernos de la Boca del Riachuelo, el Ateneo Popular de la Boca que presidía para ese tiempo Antonio J. Bucich, su fundador.
                            Romay, oriundo de la bonaerense localidad de Chascomús y vecino de Balvanera hasta su muerte, era un minucioso investigador del pasado argentino que dirigió con los académicos Leoncio Gianello y Ricardo Piccirilli los seis tomos del Diccionario Histórico Argentino. Y un escritor de pluma refinada que incursionó incluso en la ficción con su libro de relatos de aire costumbrista “El hombre sandwitch”, aparte de ejercer el periodismo desde la primera juventud. Miembro fundador en 1962 de la  Academia Porteña del Lunfardo ocupó allí el sillón “Carlos Mauricio Pacheco”. Además de especializarse en cuestiones de criminología y en temas de minoridad, enfocó en numerosos trabajos el pasado policial. Escribió entre otros libros “Las milicias del fuego” (Buenos Aires, 1955), sobre la trayectoria del cuerpo  de  bomberos de la policía, obra que contiene un capítulo final dedicado a los  voluntarios de la Boca y Vuelta de Rocha.  
                       En su homenaje lleva su nombre el Centro de Estudios Históricos de la Policía Federal Argentina, con sede en Lavalle 2629, que dirige en la actualidad el comisario Eugenio Zappietro. Dada pues la vocación y dedicación demostradas por Francisco Luis Romay -que como funcionario ocupó entre 1940 y 1941 la Secretaría General de la Policía de la Provincia de Buenos Aires- para rastrear el historial también de los bomberos voluntarios, es acto de justicia recordarlo en el mes del cumpleaños ciento treinta de esa institución hoy multiplicada en el país y que tan desinteresados servicios viene prestando a la comunidad a través de sucesivas generaciones de integrantes, mártires algunos de ellos como los caídos en el incendio de Barracas en febrero de 2014.  



Carlos María Romero Sosa. Se publicó en La Prensa el  10 de junio de 2014 y se reprodujo en Diario del Viajero el 16 de junio de 2014.-

sábado, 14 de junio de 2014

SOBRE LETRAS DE HISPANOAMÉRICA


El autor con los escritores Sergio Ramírez y José Rafael Lantigua
                                            Será por virtud de la ley de las compensaciones que a un largo periodo de silencio postal verificado bajo mi puerta, le sucedió la llegada  de dos inestimables correos, cada cual portador de un libro enviado por sendos amigos hispanoamericanos, los respectivos autores. Así de la República Dominicana voló hasta mis manos el poemario “Territorio de espejos”, del licenciado José Rafael Lantigua, el escritor mocano y activo Ministro de Cultura del país quisqueyano durante dos periodos de gobierno  (2004-2012). En tanto que  cruzó el Plata desde la República Oriental del Uruguay: “Historia de un origen de ‘ahí’ en más”, reunión de cuentos de Eduardo Emilio Bonora y Pablo Troise remitida por este último,  novelista, crítico literario, jurista y ex magistrado de la Suprema Corte de Justicia de su patria entre los años 2003 y 2006.                                
                                   
                                  DE REFLEJOS Y  REFLEXIONES POÉTICAS

                                  El primero de los envíos mencionados: “Territorio de espejos”, volumen de gran formato y cuidada edición, para delicia de bibliófilos, publicado en  Santo Domingo a finales de 2013 (en cuya contratapa luce un artístico retrato de Lantigua tomado por el fotógrafo argentino radicado en París Daniel Mordzinsky), da cuenta de una consecuente actitud de apertura metafísica capaz de aventurarse en la “Espesura de claridades/ entre rumores que circundan la noche”. Ello al tiempo que muestra una cosmovisión intuida a través de las visiones recibidas por las lunas cóncavas, metafóricamente sincopadas y por los cristales  retrovisores de los arquetípicos espejos invocados,  como que gran parte del mensaje poético se referencia al plano de los objetos ideales y hasta en buena medida al meta lenguaje y al lenguaje dialogante que “interponga mi nombre en el vacío de tu materia/ y una piedra escondida en tu transparencia”, lo que emparenta  pasajes como el trascripto con el objetivismo, aunque se hallen ajenos al tono coloquial frecuentado, por ejemplo, por el norteamericano William Carlos Williams. 
                                 Sería simplificar y opacar el misterio subyacente en la obra, afirmar que sólo se apunta a describir una mecánica de devolución de estampas testimoniales, posicionadas, orientadas y convocadas por alegóricos fondos de azogue para  multiplicar la realidad; para articularla con los trozos del  agónico ser del poeta  que a la vez se disemina y se recoge en las ciento una páginas del libro. Sucede que además, entre los versos libres con ritmo de salmo de “Territorio de espejos”, hay una reformulación del tiempo para dar perspectiva a la evocación  y del espacio para  proporcionarlo a la estatura del evocador. Y hay asimismo una síntesis vital y cósmica de ambas “intuiciones a priori”, por expresarlo en términos kantianos, la que antes que remitir al caos primordial parece enmendar la plana a los dioses con la puesta en marcha de un nuevo ordenamiento para estrenar el arraigo: “He caminado mañana/ entre ardides y tintas rojas”. 
                             José Rafael Lantigua, en cuyo interior anida el impulso de ocupar su propio sitio en el mundo donde atender al cuidado ya en el acurrucamiento o ya en la expansión de sí, viene a decir no y de manera rotunda a la instantaneidad que reflejan esos convocados espejos del título. Y redimensiona entonces, entre las nostalgias del ayer y las apertura a los proyectos futuros, entre sueños y vigilias,  resignaciones y afirmaciones,  desdenes y anhelos: “Ojalá septiembre/ me contemple imponderable en la abundancia/ de mi abismo”,  su propio “yo”; ese “yo” que en un secreto desdoblamiento bien puede corresponder  a “otro”: al “Je est un autre” de Rimbaud  expresado en la segunda de las llamadas Cartas del Vidente dirigida  Paul Demeny en 1871
                                     
                               Símbolos y más símbolos perseguidos: “Salí a buscar un símbolo/ una diadema/ una perla/ y alcancé a ver la presencia de unas manos/ que parecían cocer sobre la piel sangrante/ el rostro húmedo/ el cuerpo vacilante/ la adúltera belleza del desamparo”, configuran y dan vuelo, profundidad, intensidad, intencionalidad a esta colección de poemas que antes que obedecer a un prefijado anhelo de unidad temática, están signados autobiográficamente: “Me faltó tiempo/ para asumir mi propio dolor”.  Marcados por un designio de confortar con los confines del ensueño a la existencia. Existencia –propiamente la del autor-  que  a menudo se siente incapaz de ganarle en trascendencia al destello fugaz del “amanecer (que) estaba hueco;  y que corre el riesgo de confundirse con los fantasmales “rostros de otros mundos que no nos pertenecen”, según el epígrafe del poeta dominicano Manuel Rueda que inaugura la obra junto al del premio Nóbel polaco  Czestaw Milosz.
                    
                                Lantigua sin desertar de la fantasía salvadora y esperanzadora, descorre aquí el velo del drama en su dimensión estética y en su conmoción espiritual. Sabe bien que, salvando la imaginación de Lewis Carroll, no hallará nada detrás del espejo, pero sí que él mismo en persona y vocación, en tanto testigo y actor de su destino y agente de su nostalgia redentora; que él mismo agobiado “con el crepúsculo en la espalda” y con cada  vestigio de vida a recoger por la memoria –de la que puede interrogarse con Gelman si hay que romperla para que se vacíe- , está de cuerpo entero posicionado delante de su predestinada luna de azogue, retratándose con su “asueto de llamas débiles”. Son esas las llamas que al poeta le toca reavivar para que lo que fue  aventura fugaz, descubrimiento, deslumbramiento adánico “una madrugada/ contra toda inocencia”, cobre  sentido y proyección en la intemporalidad merecida del verbo propuesto en acto creador.                      

                                          

                                                IMAGINACIÓN Y CRÓNICA                                                               
                                    La colección de cuentos que suscriben el médico Eduardo Emilio Bonora y el abogado Pablo Troise, ambos por sobre todo y esencialmente escritores con una extensa e intensa obra publicada, remite en cambio a otro ambiente: menos autorreflexivo y más afín  con la auscultación de un pasado entrañable, que se enfoca con la lente de la evocación y lo envuelve de ensueño y misterio. No campea aquí  el temor y temblor metafísico o la nota lírica, aunque sí hay algún margen de romanticismo en los caracteres de las figuras convocadas; en verdad una galería de personajes bien delineados e incorporados a las páginas de la publicación en cuerpos y almas, debido a extremarse las posibilidades que brinda el género narrativo para quienes saben trabajarlo y darle esplendor.
                                        Ciertamente se trata de un ramillete de narraciones que no han sido escritas a cuatro manos sino que en parecida proporción firmó cada uno de los autores mencionados, eso sí partiendo de una premisa compartida: homenajear a través de estos actos de imaginación o de imaginativa recreación de seres y cosas, a la oriental ciudad de Carmelo de donde son aquéllos orgullos hijos nacidos en 1930, Bonora, y 1936, Troise.
                                          Para realizar tal ofrenda no se prestaron ellos a uniformar ni a disfrazar la conquistada personalidad literaria, el estilo y la  perspectiva creadora particular, cosa que enriquece el libro con multiplicidad de enfoques y lenguajes. Uno y otro se proponen -y lo logran sin duda- exhumar y extender en emotiva continuidad de estirpes, mediante el documentado rastreo histórico y la intuitiva captación estética y hasta psicológica, sucesos incitadores de  argumentos de ficción o no ficción que involucran  sentimientos,  esfuerzos,  sacrificios y esperanzas de lejanos y hasta ahora anónimos pobladores de Carmelo.
                                       Hay historias verificadas en distintas épocas y en un mismo escenario geográfico. Historias con fuerza de leyenda que datan desde el origen casi bicentenario de la población fundada en 1816 en las proximidades del arroyo de Las Vacas por el prócer de la Independencia y padre del federalismo en esta región de Sudamérica, general José Gervasio de Artigas: el Protector de los Pueblos Libres, el caudillo justiciero y visionario que “tres años antes que naciera Marx/ y ciento cincuenta antes que roñosos diputados la convirtieran en otro expediente demorado/ borroneó una reforma agraria que aún no ha conseguido el/ homenaje catastral”, como poetizó Mario Benedetti.                

                                       Hay  costumbrismo en las descripciones reveladoras del modo de comportarse y actuar pueblerino de los protagonistas, muchos de ellos personajes verídicos con el dato de sus existencias retenido apenas en los folios amarillentos y borrosos del “Álbum del Centenario” de Carmelo, editado en 1916. La circunstancia del redescubrimiento y revitalización de esos seres ausentes y olvidados se hace posible a partir de estos cuentos que parecen crónicas o son crónicas con técnica y vuelo cuentístico.  En todo caso historias que si anotician sobre prácticas sociales bien diferentes a las del siglo XXI, permiten al cabo de su lectura el milagro de la identificación, de la empatía con tantos episodios centrados en los rasgos de humanidad de tal o cual poblador de los que se  han destacado sus inquietudes, dolores y empeños  por lo demás comunes al resto de los mortales.  Y todo en doscientas páginas dispuestas y ofrecidas como espejos, no como espejismos, para reconocernos ahora en una legión de corazones carmelitanos en ejercicio de “proximidad” en tanto y en cuanto su “proximidad” espiritual.  Y si fuera el mérito preponderante de un libro del género narrativo, hermanar en  ideales a los lectores con los seres vivos en el papel y la tinta, estaría más que cumplida su misión en este caso.  

Carlos María Romero Sosa: publicado en "Salta Libre" el 4 de febrero de 2014        

viernes, 18 de abril de 2014

MAGIA Y HUMOR EN EL ARTE FOTOGRÁFICO DE DANIEL MORDZINSKI

Mordzinski en plena tarea



  Carlos María Romero Sosa fotografiado por Daniel Mordzinski


                                     Había perdido el contacto con Daniel Mordzinski hasta hace unos días, cuando un correo electrónico del escritor   José Rafael Lantigua, mi viejo y admirado amigo dominicano, me anunció el envío de su último libro: “Territorio de espejos”, con un retrato de Lantigua hecho tiempo atrás por  Daniel. Precisamente ese mensaje fue algo así como  un hilo de Ariadna que me condujo por los laberintos de Internet  hasta su mail.
                                                               
                                      Mordzinski es el fotógrafo de los escritores y así se lo conoce en los ambientes literarios y culturales internacionales. “Desde hace por lo menos un cuarto de siglo, en todos los festivales de libros, congresos o encuentros literarios a los que asisto en cualquier parte del mundo la primera cara  con la que me doy es siempre la de mi amigo Daniel Mordzinski”, comentó Mario Vargas Llosa en un artículo que le dedicó en marzo último, apenado ante la noticia de que fueron incinerados sus negativos y diapositivas por un negligente empleado del diario Le Monde donde Mordzinski, que reside en París desde hace más de tres décadas se desempeña como colaborador. 
                                      Lo cierto es que no hay autor de renombre y hasta más de uno sin nombre que no haya sido enfocado por su cámara. Empero, eso con ser mucho no es lo principal y en cambio sí que a todos ellos los sorprendió -o dicho con más propiedad los capturó- en situaciones capaces de definirlos y redefinirlos en humanidad y vocación, echando mano él con intuición e inspiración a los gestos reveladores de ensueños invocados, de fantasías cumplidas lúdicamente y hasta de accidentalidades constitutivas de los más íntimos y emblemáticos caracteres de sus retratados. Porque este artista de excepción, mejor que volver informales a las personalidades  más notables de las letras universales, sabe convocarles sus duendes, desdramatizar sus fantasmas; y entonces, al rodear sus figuras de mágicos mensajes, ocurre el hecho singular de desprenderse de los seres captados por las cámaras de Daniel, efluvios de intensidad, emotividad, imaginación, sinceridad, humor y también como rubricando cada pose, serenidad: pienso en un Juan Gelman sonriente con un  bandoneón entre las manos y en un Ernesto Cardenal recostado sobre una hamaca, dos de las obras de Mordzinski que fueron expuestas en la Usina del Arte de la Boca, en diciembre de 2012 y enero de 2013. (Entre otros libros suyos: “Ultimas noticias del Sur”, volumen compuesto con el chileno Luís Sepúlveda y publicado en 2012,  suerte de crónica de viaje y originalísimo y emotivo testimonio de una amistad personal y estética, es una joya por su contenido y hasta su edición para regodeo de bibliófilos.)
                                                        
                                     Algo extraordinario es que nadie frente a sus lentes se endurece, se disfraza, ni menos resulta otro que el que deseó ser alguna vez; que el que se proyectó con mayor empatía en alguno de sus personajes de ficción; que el que lidió con sus máscaras hasta reconocerse en plenitud. Y ahí está Mordzinski para dar cuenta del instante por él oportunamente convocado después de colocar la cabeza, el ojo y el corazón en el mismo eje como enseñó Henry Cartier-Bresson.
                                  Ahí está Mordzinski para hacerse del instante capaz de proyectarse en esa platónica –en el Timeo- imagen móvil de la eternidad que es el tiempo; por de pronto, hic et nunc,  promesa y posibilidad abarcadora del recuerdo, porque no tienta a nuestro amigo ningún destiempo de derrumbe y  desmemoria.
                               Ahí está pues Mordzinski poniendo arte y parte de sí  para que nadie se despersonalice y al contrario para que cada uno cobre su real y su mejor dimensión terrenal y por añadidura eterna. 
                              
                                       Lo conocí en abril del año pasado durante la Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2012, donde ambos concurrimos invitados por el Ministerio de Cultura del país antillano para exponer en el ciclo de conferencias magistrales  que inauguró el científico -físico nuclear- doctor Fidel Castro Díaz Balart, hijo del líder cubano.  En una siguiente disertación a cargo de Mordzinski, sabrosa por la cantidad de vivencias y de confidencias, le escuche contar que en 1979, con apenas diecinueve años, llegó a París con una gran cantidad de fotos de su autoría por equipaje. Logró realizar una exposición con ese material y se le ocurrió invitar a la inauguración a Julio Cortazar dejándole un mensaje en su contestador luego de buscar y hallar el número telefónico en la guía de la ciudad. Le expresó algo así: “Julio: No soy nadie. No hice nunca nada. Pero mañana inauguro mi primera exposición y me gustaría que viniera”.  Cortazar concurrió y esa deferencia  del autor de “Rayuela” fue la piedra inicial de la gran  amistad que los unió después.  Anécdotas como esa  justifican cualquier conferencia, aunque él siguió contando otros hechos  que le tocó protagonizar, como cuando documentó fotográficamente el entierro casi secreto de Susan Sontag en París.
                          Con extrema generosidad nos invitó a María Cristina y a mí, que soy un escritor –o “escribidor”- anónimo si los hay, a tomarnos unas fotos. Fue así que una mañana después de  desayunar en el hotel en que nos alojábamos los tres quedamos en realizarlas. Daniel se atrasó unos minutos charlando con el novelista nicaragüense y ex vicepresidente del gobierno sandinista Sergio Ramírez, otro participante principal de la Feria. Quedó en llamarnos a nuestra habitación en cuanto terminara el diálogo, pero como estaba ya la mucama limpiando el cuarto le pedimos a ella avisarle que lo esperaríamos en el “lobby”. Pocos minutos después vino hacia nosotros con su cámara al hombro y un telón de fondo negro enrollado bajo el brazo, preguntándonos entre absorto y divertido si viajábamos con el personal de servicio, algo así como lo hacían con naturalidad los beneficiarios del producto  de “los ganados y las mieses” en nuestra Belle Époque, imitados burdamente en sus costumbres por los  rastacueros.
                                      Creía o le resultaba pintoresco suponer que la mucama era costeada por nosotros  y no pertenecía al hotel internacional. El otro día  en mi mail le recordé esa graciosa situación  imaginada por él con ingenio e  inagotable fantasía. Me respondió de inmediato:  “Claro que me acuerdo. Nítido y luminoso. Cómo no.” Me quedo con esas palabras tan propias del léxico de su arte y hago votos para que la mejor Luz nunca lo abandone.
Romero Sosa y su esposa Cristina vistos por Mordzinski 


Carlos María Romero Sosa Publicado en Salta Libre el 7 de febrero de 2014
                                                               
      

martes, 25 de febrero de 2014

EL HISTORIADOR DE LOS BOMBEROS


Comisario Inspector Francisco L. Romay

     Con motivo del incendio de Barracas, que costó la vida a varios servidores públicos profesionales unos, voluntarios otros, pero movilizados todos según fue demostrado por la vocación solidaria y el arrojo, he recordado al Comisario Inspector Don Francisco Luís Romay (1888-1972), historiador,  periodista, cuentista en la colección de relatos de tono ciudadano de “El hombre sándwich” y miembro de número de la Academia Porteña del Lunfardo. Fue autor también, entre otros trabajos históricos, literarios y de ciencia criminal, del libro  “Las milicias del fuego” (Buenos Aires, 1955), del que conservo un ejemplar dedicado a mi padre, colaborador en los seis tomos del “Diccionario Histórico Argentino” dirigido por el mencionado Romay junto a los académicos Ricardo Piccirilli y Leoncio Gianello. En cuanto al volumen antedicho se trata de una documentada crónica del esforzado cuerpo de bomberos creado por el Jefe de Policía, Enrique O´Gorman, el 2 de enero de 1870,  cuando comenzó a actuar en Buenos Aires, a la sazón la Gran Aldea, en forma oficial un grupo de  vigilantes-bomberos. Como supo resaltarlo el autor, tuvo el cuerpo desde entonces numerosos muertos en actos de servicio, lista a la que ahora se agregan estos nuevos nombres para la gratitud de la ciudadanía toda. También contaron con jefes que orientaron a sus subordinados en las virtudes de la disciplina, la abnegación y el heroísmo, como el mítico Coronel José M. Calaza, el Inspector General –ahora el grado corresponde a Comisario General-  Juan José Graneros -Jefe de Bomberos y más tarde, durante el segundo gobierno de Hipólito Yrigoyen, Jefe de Policía-; o el Inspector General Carlos Del Campo que reorganizó técnicamente el cuerpo.
     Cabe anotar que en homenaje al investigador Romay, natural de Chascomús y vecino de Balvanera hasta su muerte, el Centro de Estudios Históricos de la Policía Federal Argentina, con sede en Lavalle 2629, lleva su nombre-                

Carlos María Romero Sosa
(Se publicó en La Prensa, el 10 de febrero de 2014) 

domingo, 9 de febrero de 2014

MASCOTAS



Lamento que haya personas que piensan, como el autor de una carta de lectores publicada días pasados en otro matutino, que los animales, nuestros semejantes porque sufren, según advirtió Albert  Schweitzer, son bienes suntuarios; ellas sin duda nunca habrán compartido el ir y venir del amor y  la ternura con mascotas. En tanto que por el camino propuesto de cobrar impuestos a los poseedores de animales domésticos, como parece ser se estableció en algún estado de México en dato aportado por ese mismo correo,  bien podría llegarse también a la prohibición de tener más de un hijo a ejemplo de lo que ocurre en China; puesto que la arbitrariedad no tiene límites.
El nivel ético de una comunidad se advierte en estos tiempos por el respeto prodigado al medio ambiente, algo que en nuestro país tiene rango constitucional desde la reforma de 1994 (Art. 41); y más aún al reconocimiento de los derechos de todos los seres vivos. En ese sentido qué bueno sería pensar, creyentes y no creyentes, en el sentido profundo e intemporal de la seráfica oración de San Francisco de Asís que reza en un pasaje: “Alabado seas, mi Señor, en todas tus criaturas”; y mucho más cerca de nosotros, en  lo manifestado por Juan Pablo II: “Los animales son fruto de la acción creativa del Espíritu Santo y merecen respeto…Están tan cerca de Dios como los hombres”.-

Carlos María Romero Sosa
 (Se publicó en La Prensa, el 7 de enero de 2014)