miércoles, 8 de julio de 2015

TUMBA DE MONSEÑOR OSCAR ARNULFO ROMERO EN LA CATEDRAL DE SAN SALVADOR




TUMBA  DE  MONSEÑOR  OSCAR  ARNULFO  ROMERO
EN  LA  CATEDRAL  DE  SAN  SALVADOR

Si denuncio y condeno la injusticia es porque es mi obligación como pastor de un pueblo oprimido y humillado. El Evangelio me impulsa a hacerlo y en su nombre estoy dispuesto a ir a los tribunales, a la cárcel y a la muerte.
                         Homilía de Monseñor Romero

Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios(…). En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno, en nombre de Dios: ¡Cese la represión!   
                       Homilía de Monseñor Romero en la misa del 23 de marzo de 1980   

No olvidemos que se trata de un proceso sobre martirio.
                       Monseñor Vicenzo Paglia, obispo de Terni- Narni-Amelia, postulador de la causa de beatificación de Monseñor Romero en proceso en el Vaticano

 A los vendedores de
allá
     afuera
Cristo no los arrojaría del
Templo.

             Otros siguen
                                 siendo los
                  mercaderes.


Dicta la
            propaganda:
ningún coreuta ahora
ha de llevar  la
voz que clama en el
desierto. Hay silencio en la
tumba de
Monseñor Romero.


Pero la media luz
                          solemne y
sepulcral entra por los
oídos que
decodifican
maldiciones de 
sicarios,

respuestas evadidas por
testigos perjuros,
el agudo
                     ultrasónico del
rasgar de otras ropas de
Sumos Sacerdotes,

el ahogar las
                  conciencias en la
arena movediza del
cálculo político de
                            muchas
                                          jerarquías

y la oración rezada con
                              labios
apretados porque no se
dispare a
              tanta
                     idolatría.

*****

De frente a quien lo
invoca el
Bienaventurado:
                        Dios iza en él su insignia. 


De frente a quien lo
invoca,
                   a prueba de codicias y el mal de las
alturas
la palia arzobispal que no atajó la
bala. 

Su prédica un
                pan de oro de
harinas eucarísticas:
                                   Los pobres son los que nos dicen qué es el mundo
                                   y cual es el servicio que la Iglesia le debe prestar.


Cubierto con su
mitra, tal vez alegoría de
                    otro  monte
                                     Tabor
                          donde transfigurarse en
                                     Hombre Nuevo.   

De pronto el
flash de algún turista
-no una espada flamígera-,
impone condiciones del
año 2007 a la
Utopía. 


                                                  Mientras 
                                                    tanto
                                                     allá
                                                   afuera
                                 la historia se reencuentra consigo
                                                  en un
                                                 cruce de
                                                 Gólgotas,
                                                 Madero
                                                    por
                                                 Madero. 

  
Carlos María Romero Sosa, San Salvador, noviembre de 2007





sábado, 23 de mayo de 2015

EDUARDO CARROLL Y “EL CRISTO DE LA PAMPA”





                                        Sobre el topónimo de “Pergamino”, la ciudad del norte bonaerense cabeza de partido de la que fue oriundo Eduardo Carroll, cuenta una tradición recogida por Pastor Obligado que su denominación provendría de haberse encontrado en la costa del arroyo próximo unos rollos  de ese material  así como unos libros en él forrados. Historiadores de la talla del padre Guillermo Furlong han abonado esta tesis.
                                         Curiosa circunstancia la descripta que permite imaginar, dando un salto a través de los siglos, el universo de los productos caligráficos e impresos;  y para el caso, significativamente vincular los escritos de un autor contemporáneo con leyendas a las que adornan reminiscencias bibliográficas que hacen al nombre de su legendaria cuna lugareña, patria chica también del doctor Arturo Umberto Illia, del sabio botánico Lorenzo Parodi,  de Atahualpa Yupanqui, del filósofo y teólogo Monseñor Octavio Nicolás Derisi, del humanista y pensador político Juan José Hernández Arregui o de la poeta y prosista Etna Pozzi. Casual o no la coincidencia entre el azar de la cuna y el asumido destino poético, lo cierto es que Carroll vino a la vida y se nutrió de los mensajes de la naturaleza en una tierra  referenciada  en su prehistoria con seculares manuscritos  y volúmenes  encuadernados en piel de res limpia de vellón.
                                         Empero también desde otra óptica vuelven a darse convergentes circunstancias al respecto, tal cuando se dejan aparte los siempre polémicos dominios de la toponimia y se recuerda, por ejemplo, la muy empleada tercera acepción del término “pergamino” que registra el Diccionario de la Real Academia Española: es decir como antecedentes nobiliarios de una familia o de una persona.  Algo que bien puede representar  una adecuada imagen y mejor aun hasta ser la exacta definición de  la obra del escritor evocado, refinada y culta, plena de abolengo criollo y  tradición pampeana; adentrada en el misterio de aquella “llanura metafísica” que dijera Enrique Larreta  y capaz de abarcar, sin grandilocuencia, la epifanía de esperanzados horizontes, impregnados, eso sí, como en un melancólico paisaje detenido a la hora del ángelus cuando “el campo confiesa su alma sentimental” en el verso de Pedro Miguel Obligado, por el sentimiento de orfandad ante aquel “Ángel demorado” del título de uno de los primeros  poemarios de Eduardo Carroll.
                                        Por la fecha de su nacimiento: el año 1934, podría  ser considerado desde el punto de vista cronológico en la Generación del Sesenta, la de Juan Gelman, Francisco Urondo y los poetas de El Pan Duro, todos de gran compromiso social y político. Su voz sin embargo no transcurrió por esos carriles y apenas en su libro “Las sombras defendidas” de 1992, hay un poema: “El exilio”, dedicado a la inolvidable Alicia Jurado, donde sin eufemismos habla de tiranos y déspotas: “vendiéndole la patria a los gusanos”. 
                                          Es que este poeta dado a atender las vibraciones más sutiles del espíritu, podría ser identificado mejor con la neorromántica  Generación del Cuarenta a varios de cuyos representantes, por edad sus hermanos algo mayores en las letras, trató y admiró.  Ya en la juventud, el lirismo que trasuntaba su labor inspiró a Juana de Ibarbourou un envío poético ofrendándole “un puñado/ De mi sensible, íntima ceniza”, para que guardara en su mesa de trabajo.
                                      Eduardo Carroll cantó en versos vividos y sufridos antes de volcarse al papel en los que es fácil advertir el kierkegardiano temor y temblor, sus propias experiencias e  inquietudes, al tiempo que narró en modélicos cuentos breves reunidos en “La curiosa facultad” (1991) -donde uno de ellos: “Antes que los ángeles”, está dedicado al compositor barcelonés radicado en Mendoza, Eduardo Grau- o en “Cuentos de suspenso en veinte estancias argentinas” (1994),  las siluetas difusas de los fantasmas que lo visitaban desde los rincones pueblerinos de la infancia o desde los suburbios porteños, como la Boca de los inmigrantes y  los  conventillos que resaltaban su cromatismo quinqueliano sobre el fondo oscurecido del Riachuelo de los navíos; el barrio transitado en sus caminatas de joven estudiante de medicina que solía visitar el Hospital Argerich.  La nota esencial  es que  todo ello, captado por él con penetrante sentimiento y aguda sensibilidad, se hizo arte con  tenue iluminación de destellos otoñales incitadores de añoranzas.  
                                Alejado y hasta desdeñando los dictados literarios -vaciados de contenidos de belleza y autenticidad- afines con las modas estéticas de ocasión, a practicar con diligencia digna de mejor causa por los violentos contra el arte merecedores del círculo del Infierno dantesco imaginado en el canto decimoséptimo, ofició su vocación lírica con la fuerza, la tensión, la intención y la gloria de su riquísima inspiración. Afianzado sobre la intuición certera de que el Hombre “es un gran nudo de poesía entre la tierra y Dios”, tal como recordó al prologarle “El Ángel demorado” su amigo en la devoción a Nuestra Señora la Poesía Julio Nicolás de Vedia, el que dio asimismo en caracterizarlo “tierno y sentimental como un moderno trovador de nuestros días”.
                                  En “El Cristo de la Pampa”, obra que mereció por exordio una página de Borges donde el maestro  concluye juzgando el libro como “un jalón que los historiadores de nuestra literatura no deben olvidar”, ese “mester de juglaría” alcanza la excelencia y Carroll se manifiesta a un tiempo orfebre del soneto y sabio decidor en esa clásica forma de  “cosas de fundamento”, por citar aquí el poema hernandiano. Su pluma se eleva en cada una de las catorce estaciones de un Vía Crucis Gaucho con mucho de invocación y amor patrio, como si siguiera la huella de Aquel que en Lucas 19: 41-44, lloró al contemplar la ciudad de Jerusalén  desde el Monte de los Olivos.
                                 No se trata de la epopeya de un homérico payador que expresara “la vida heroica de la raza”, como la que Leopoldo Lugones valorizó en 1916 en el Martín Fierro, sino de algo que está más próximo a una hagiografía que a una épica elevándose desde los planos de la metafísica hasta los sacudimientos de la ascética. Y no es que Carroll haya encarado una telúrica visión cristológica restringida a la idealizada recreación en la pampa indómita de la Pasión del Señor en un salto de tiempos y espacios, vale subrayarlo hoy que con tanta ligereza se habla de resignificación.
                               El poeta, consecuente con un  cristianismo que vistió con hábitos de humildad y despojamiento franciscanos, lejos de marchar tras un mundano prejuicio de originalidad se dejó trasportar, embelesar, atraer con impaciencia agustiniana por el Verbo Encarnado al experimentar en carne propia aquella premisa del Doctor de Hipona: “Señor, nos hiciste para ti y nuestro corazón está inquieto hasta descansar en Ti.” Y halló sufriente a Jesús Nazareno en los paisanos castigados por la sinrazón de la miseria material y deshumanizadora que atenta contra la pobreza de espíritu de la bienaventuranza, en una situación  que conoció y que su memoria recuperó desde esa única patria del hombre que es la niñez en la aseveración de Rilke. Haciéndolo mensuró tormento a tormento una “pampa en retirada” en la que ya sólo ha de quedar sitio para el anónimo sepulcro de su arquetipo: el gaucho vencido otra vez como Santos Vega, por la enemistad del progreso  disgregador y alienante frente al que no es posible ya ninguna ilusionada redención. Allí rezará el poeta asumiendo con penitencial empatía mejor que ejercitando un mero recurso literario, la primera persona del celebrante del sacrificio: “En mitad del amor soy el destierro,/ el cerrojo de un tiempo que yo cierro/ con silencio terrible y sin consuelo.”  
                             El testigo se hace protagonista y sostiene igual que un Cireneo el peso de la cruz del condenado, por lo que cobra en su vena sentido, vuelo, Gracia, el pasaje de Mateo 25: “Fui forastero y me hospedaste”. Como que paradójicamente degradado a esa condición fue quedando el hombre nativo de la tierra, donde tras agónicas leguas holladas anudando “distancia de troperos”, su sino trágico será morir con el recuerdo de “la cotidiana sed, los aguaceros/ y un pericón de lanzas en hilera” y no renacer. Ese es el emigrante sin puertas abiertas al futuro, al que Eduardo Carroll supo hospedar amorosamente en recios endecasílabos por el imperecedero milagro del arte.          
                
*****
                         No lo conocí, pese a que fuimos ambos vecinos del barrio de Recoleta. Y más que eso: habitamos por décadas a una cuadra de distancia, él en Pueyrredón 2190 en el mismo señorial edificio donde vivió Borges entre 1929 y 1939 y yo en la casa paterna de la contigua calle Laprida también a la altura de 2100. En su hogar Eduardo  animaba tertulias literarias, las reuniones del “Café Corrido” evocadas en una sesuda ponencia titulada Conjeturas sobre el ´Poema Conjetural´ que la escritora profesora Dolores de Durañona y Vedia leyó en el Acto de Clausura de la Semana de las Letras organizada por el Centro de Estudiantes de Letras de la Facultad de Filosofía y Letras de la Pontificia Universidad Católica Argentina Santa María de los Buenos Aires, el 28 de septiembre de 2007.
                           Aparte de la entrañable Dolores de Durañona, tuvimos con Carroll varios otros amigos comunes; uno de ellos: Luis Ricardo Furlan, sonetista y gran estudioso de las generaciones literarias, lo retrató así a mi pedido: “en las décadas del cincuenta y sesenta…lo recuerdo como un joven cordial, casi bonachón, dueño de una singular condición amical. Su sola presencia modificaba toda solemnidad prevista, su apretón de manos se extendía en el abrazo fraterno, su ánimo siempre estaba predispuesto a celebrar el texto del cofrade. De su poesía me quedó el limpio lenguaje y la melodía interna de su claridad espiritual”.   
                    Además con Carroll actuamos con simultaneidad en las mismas instituciones culturales, como el Ateneo Popular de la Boca donde dejó la impronta de su personalidad y talento. En 1988 –ocho años antes de su muerte- esta entidad fundada por el historiador Eduardo J. Bucich en 1926 editó con prólogo del académico Antonio Requeni el libro “El soneto en la Argentina”, una suerte de antología del género. Con toda justicia allí pueden leerse tres composiciones extraídas de “El Cristo de la pampa” y me ruboriza mencionar aquí que hay otras tantas de mi cosecha, hecho debido sólo a la magnanimidad del recopilador, el poeta Horacio Turner. Pese a reconocerlo así me satisface y  honra el compartir esas lejanas páginas así como las de algún número de la revista Proa, publicación cuyo Consejo de Redacción integró, con tan valioso hombre de letras por quien llevaré abierta la herida de no haberlo tratado.   


(*) Texto leído por el autor en el Salón Anasagasti del Jockey Club de Buenos Aires, el 17 de marzo de 2015. 

viernes, 1 de mayo de 2015

EL JUICIO POLÍTICO A ANTONIO SAGARNA






                                    















                       


         
                              El pasado 11 octubre de 2014 se cumplieron ciento cuarenta años del nacimiento -en la entrerriana localidad de Nogoyá- del doctor Antonio Sagarna, jurista, historiador, docente universitaria y miembro de las Academias Nacionales de la Historia y de Derecho y Ciencias Sociales. En su provincia se afilió al partido radical a poco de concluir el bachillerato en el Colegio del Uruguay, instituto que fundó Urquiza y dirigieron figuras de la talla de Alberto Larroque o José Benjamin Zubiaur. En 1914, fue ministro de gobierno de Miguel Laurencena. Años más tarde  Marcelo T. de Alvear lo designó interventor de la Universidad de Córdoba y poco después, en reemplazo de Ireneo C. Marcó, desempeñó la cartera de Justicia e Instrucción Pública. También representó al país como embajador ante la República del Perú y desde 1928 integró la Corte Suprema de Justicia de la Nación.
                                    A pesar de esa extensa trayectoria pública, al pronunciarse su nombre se lo asocia al juicio político que le entabló el peronismo en 1946, junto a los otros miembros del Alto Tribunal: Benito Nazar Anchorena y Roberto Repetto y al Procurador General Juan Álvarez.    
                                 Vale la pena recordar aquellos hechos en el presente, cuando con tanta facilidad se intenta desde el poder aplicar ese remedio constitucional extremo para amedrentar o directamente castigar a ciertos magistrados. Bien lo había anticipado Thomas Jefferson al destacar cuando se discutió la constitución de Filadelfia, que el juicio político puede representar una máquina formidable en manos de la fracción política dominante. (Más allá de que durante su gestión presidencial se lo promovió contra el juez Samuel Caza y que el propio Padre Fundador de los Estados Unidos de América  pretendió enjuiciar por traición a la patria al vicepresidente Burr.)
                               Le cupo al socialista Alfredo L. Palacios  actuar como defensor del acusado Sagarna, finalmente destituido del cargo. La labor del tribuno quedó plasmada en el libro “La Corte Suprema ante el Tribunal del Senado” (Buenos Aires, 1947), donde en algún pasaje elogió con hidalguía al senador peronista Pablo Ramella, el constitucionalista y escritor sanjuanino. Una frase sin embargo de Palacios, tal vez no registrada en la obra y sí en los periódicos de la época proferida después de que bajo amenaza de ser desalojado por la fuerza pública debió abandonar el lugar desde donde articulaba su defensa, da cuenta del ambiente en que se desarrolló aquel proceso: “cuando los acusadores son enemigos del acusado, no hay tribunal ni hay justicia”, exclamó a viva voz el primer diputado socialista de América.
                               No obstante las reprochables e indecorosas medidas que el oficialismo desplegó en la ocasión impidiendo la comparecencia de testigos y obstaculizando la labor del defensor, las que viciaron el proceso; con ecuanimidad deberá reconocerse hoy,  y ello al  alcanzar la ciudadanía alguna madurez democrática fruto de su ejercicio sin interrupciones desde 1983, que la famosa acordada de la Corte Suprema de fecha 10 de septiembre de 1930  que legitimó el poder “de facto” del dictador Uriburu mediante artilugios del tenor de “cualquiera que pueda ser el vicio o deficiencia de sus nombramientos o de su elección, fundándose en razones de policía  y necesidad”, o de “que el gobierno provisional que acaba de constituirse en el país, es pues, un gobierno de facto, cuyo título no puede ser judicialmente discutido  con éxito por las personas en cuanto ejercita la función administrativa y política derivada de su posesión de fuerza como resorte de orden y seguridad social”, abrió la caja de Pandora de buena parte de los males de la Argentina. En rigor no sólo de índole político como que el genocidio de los años setenta fue una cuestión moral antes que política.  Esa objetable tesis de aceptar como hecho consumado  “por razones de policía y necesidad”  la interrupción institucional -fundamento de la acusación de 1946-  representó un baldón para la República y en especial para la credibilidad de la justicia que lejos de encaminarse  hacia el arte de lo bueno y lo equitativo en la clásica definición del romano Juvencio Celso, se transformó en la salvaguarda de los dictadores.
                                Por lo mismo, mirándolo en perspectiva histórica, es  de lamentar la participación en la confección de ese instrumento de alguien carente de perfiles autoritarios y reaccionarios como Antonio Sagarna; máxime si nos remontamos a su tesis doctoral que versó, demostrando su espíritu progresista, sobre la inconstitucionalidad de la ley de extrañamiento de extranjeros por motivos políticos. Además este hijo de un trabajador rural  del que “suena a sarcasmo, llamarle representante de la oligarquía  o amigo del privilegio”, como enfatizó su defensor, demostró una probada vocación latinoamericanista según da cuenta su ensayo “La América Latina frente a sí misma”, un opúsculo que publicó la Universidad del Litoral en 1943 y escribió cuando pocos en el país miraban hacia el interior del Continente. También sostuvo un ideario imbuido en la mejor tradición federalista, la que supo exaltar en sus estudios históricos sobre la efímera República de Entre Ríos proclamada por el caudillo Francisco Ramírez  y disuelta en 1821 con la llegada del gobernador Lucio Mansilla. Y por si fuera poco estuvo consustanciado con las ideas solidarias del cooperativismo propuesto por el economista Charles Gide. Por eso quizá sea menester coincidir en que “el gobierno que lo acusó en un juicio político y lo destituyó, podría haber encontrado buena recepción en temas sociales  por parte de este honorable juez”, como escribió Héctor José Tanzi en su  “Historia ideológica de la Corte Suprema de Justicia de la Nación (1930-1947)”. Y finalmente admitir que resultó ser peor el remedio que la enfermedad, porque si bien el pedido de juicio político que presentó el diputado Rodolfo Decker pudo tener razonabilidad en cuanto a que la Corte Suprema de Justicia no estuvo a la  altura de las circunstancias frente a los golpes de Estado  de 1930 y 1943, el proceso que siguió fue espurio y malintencionado como se desprende del fundado alegato de Palacios. Así pues, error a error en materia institucional o peor aún violación a violación del estado de Derecho se desquiciaron en el país los valores republicanos.
                                Antonio Sagarna murió en Buenos el 28 de junio de  1949. Para concluir anotaré que he hallado en el archivo paterno  varias cartas suyas fechadas a partir de 1943, demostrativas todas ellas de la generosidad intelectual y la sencillez de quien más allá de desempeñar en esos tiempos la más alta magistratura judicial, se aplicaba solícito a responder de su puño y letra y elogiar los primeros ensayos historiográficos surgidos de la pluma de su -para ese tiempo- veinteañero interlocutor epistolar.             

Carlos María Romero Sosa Se publicó en Salta Libre el 30 de diciembre de 2014.-

sábado, 14 de marzo de 2015

ALICIA JURADO Y SU ESPACIO EN EL BARRIO DE RECOLETA


                                                  Días atrás el diario La Prensa informó que se halla en venta el departamento que fuera  último domicilio de la escritora y académica de letras Alicia Jurado. Una  señorial residencia en propiedad horizontal  situada en la Avenida Santa Fe esquina Ecuador, en el barrio porteño de Recoleta. Más allá de su  antigüedad de más de ocho décadas, se trata de una vivienda con historia si las hay, por de pronto con historias literarias pues Alicia se la adquirió a sus anteriores propietarios, sus íntimos amigos Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares  cuando éstos se mudaron a la calle Posadas y Eduardo Schiaffino.
                                                        Al anoticiarme ahora que una inmobiliaria se está ocupando de encontrar comprador para ese último piso de la Avenida Santa Fe 2606, no he podido menos que recordar mis habituales visitas allí y los diálogos sostenidos con la autora de “El escocés errante” (1971) –un exhaustivo estudio sobre la  vida del escritor Roberto Cunninghane Grahan-; de novelas de sutil estilo y bien resuelto vuelo narrativo como “La cárcel y los hierros” (1961), “El cuarto mandamiento” (1974) o “Trenza de cuatro” (2001), comprometida obra sobre el polémico tema del aborto a tono con su actitud de defensa de los derechos de las mujeres; de colecciones de cuentos como “Leguas de polvo y sueño” (1965) y de una testimonial y evocativa serie de memorias. Todo ello  además de sus traducciones y de “Qué es el budismo”, libro compuesto en colaboración con Jorge Luis Borges, a quien  también y con verdadero “intelletto d´ amore” supo estudiar y mejor aun retratar en “Genio y figura de Borges”´ (Eudeba, 1964),  pese a reconocer con cierta resignación de biógrafa algo frustrada “que tratar de llegar a su intimidad es perderse en infinitos corredores que jamás conducen al centro”.  
                                                       Con ella y con su esposo, un descendiente de Marcos Sastre que llevaba con orgullo y dignidad idéntico nombre del creador de “El tempe argentino”, pasamos muchas tardes conversando y, por mi parte, admirando la calidez humana y la calidad intelectual de los anfitriones.
                                                            Más allá de la firmeza y hasta de la dureza con que ella sostenía sus ideas políticas –tuvo por ejemplo un antiperonismo visceral y sin concesiones-, admitía en otros órdenes opiniones divergentes y nunca me objetó mi posición contraria al aborto con fundamento en motivos no sólo religiosos,  manifestada en el comentario bibliográfico que  publiqué sobre “Trenza de cuatro” a poco de aparecer la obra, en la revista Proa.
                                                         En ocasiones Alicia me invitaba a subir a su alejandrina biblioteca, que  desbordaba de títulos de literatura argentina y universal  en las varias lenguas que dominaba. Así como de otros sobre ciencias naturales, dado que su propietaria  estudió hasta graduarse esa carrera en la Facultad de Ciencias Exactas Físicas y Naturales de la UBA.
                                                  En la última visita que les hice la hallé bordando uno de sus artísticos tapices, actividad  que cortésmente suspendió para brindarse al diálogo, narrar anécdotas de su abuelo materno Isaac Fernández Blanco y darse al juego de imaginar con penetración psicológica de novelista el carácter de  lejanos ancestros comunes,  como el héroe  de la lucha contra el invasor inglés en 1806 y 1807, capitán Lázaro Gómez del Canto y Rospigliosi y de su esposa Francisca Obligado; y ello me lleva a releer  con nostalgia la dedicatoria que me dispensó en la traducción del extenso cuento Ralph Herne de W.H. Hudson, publicado en 2006: “Para Romero Sosa, en recuerdo de nuestro remoto antepasado común y de sus visitas”.
                                              Una y otra vez sus palabras parecían suspender el ambiente todo en un elevado mundo de ilusión, sabiduría y añoranza de tiempos mejores;  tanto como ahora intuyo que fueron las de esa tarde de nuestras entrevista final que no pude imaginar así aquel día. Y debí sentir entonces que me devolvían a la realidad con la brusquedad de un reloj despertador que rompe la ensoñación, los bocinazos y los gritos que algo asordinados  subían desde la calle.
                                               A la muerte de Alicia Jurado, ocurrida el 9 de mayo de 2011, intenté celebrar su vida en un soneto que dice: “Pensar, pensó desánimo y proyecto,/ pregunta y evidencia entrelazadas;/ y en su esquina cumplió en ángulo recto/ noventa grados de corazonadas./ Santa Fe y Ecuador dirá en dialecto/ de bocinas y gritos y frenadas, / las fórmulas de duelo o las llamadas/ a recordar su espíritu selecto./ Ciencia y arte, los libros, los amigos./ No apostató del credo de aventura,/ ni pudo perjurar, por apellido./ Cubre la actualidad con desabrigos:/ Tal vez murió, nocturna, de espesura…/ Letras, tapices, dan su colorido.”


CARLOS MARIA ROMERO SOSA publicado en Calchaquimix el 5 de marzo de 2015.-http://poeta-entredossiglos.blogspot.com.ar/2011/05/alicia-jurado-1922-2011.html

domingo, 1 de marzo de 2015

PEREGRINAJES



Qué decir de los viajes:
                                   recuperos  de prisa a
                                   hebras de incertidumbre y
                                   turbación nervio a
                                                                 nervio
                                   asistidas en un ir y venir
                                   calando hasta los huesos la
                                   lluvia de Edimburgo o
                                 
                                    aquel disfrute
                                                         -tensa su
                                             piel de hechicería- de                               
                                    una fugaz tormenta
                                    trascendida de espíritus de
                                    dioses protectores en el                                                                                                                             
                                                                  Caribe.                              
                                                                 
 Qué decir de los viajes
                                     con su envión que no
                                     alcanza a tramitar regresos
                                     -del todo los regresos-  y
                                     sobreseer definitivamente la
                                     ansiedad
                                                  arrugado su
                                                    abrigo de
                                                  espejismos.
  
Tres veces por mi
culpa el
arrepentimiento ante el
residuo de los
pasos sin guía
a imagen del cobijo del
olvido
desconociéndome
como un perro a su
                                amo.

Aquí y allá
                 redonda, sin centésimos,  la
                 cifra negativa de todos los
                 rincones de paisajes lejanos
                dados a convocarme en                
                desquicio de emblemas a un               
                rito de
                extravío
                                confundidos mis puntos cardinales,
                                desmagnetizada la brújula,   
                                borroneada la rosa de los vientos y
                                apagándose en noches de vigilia la
                                guía de tu
                                               estrella.      
                 
           
Carlos María Romero Sosa



lunes, 16 de febrero de 2015

DESAPARICIÓN DE UNA PLACA Y DESTRUCCIÓN DE OTRA

             


 Al pasar frente a la calle Anchorena 1481, más de un transeúnte se extrañará  de la ausencia de una placa que obraba en su frente hasta hace un tiempo. Informaba que allí vivió durante décadas Claudio Sánchez-Albornoz (1893-1984), notorio político español republicano, historiador y maestro de medievalistas que honró a nuestra comunidad con la actividad intelectual desplegada en el país que lo acogió hacia 1940. En efecto, aquí el “transterrado” –por emplear un término caro al filósofo José Gaos-  ejerció la docencia universitaria en Mendoza y finalmente en Buenos Aires donde  dejó una pléyade de discípulos. Don Claudio fue una de las grandes figuras de la Segunda República Española, varias veces diputado a Cortes, vicepresidente de las mismas, embajador en Lisboa, rector de la Universidad de Madrid y entre 1959 y 1970, presidente  del gobierno republicano en el exilio. Muchos tradicionales lectores de medios periodísticos porteños  evocarán sus habituales artículos en los que solía pasar revista a su actuación en aquellos tiempos. Por lo demás, quienes tuvimos el privilegio de tratarlo y de conocer su casa, podemos dar fe de la atención y generosidad con que recibía a los visitantes en ese comedor atiborrado de archivos y libros desde donde gustaba evocar a España y augurar para su pueblo los dones definitivos y enriquecedores de la democracia y la libertad.    
   De igual modo, en la Avenida Pueyrredón entre la Avenidas del Libertador y Figueroa Alcorta, en las inmediaciones de la Facultad de Derecho, debe lamentarse la destrucción intencional de una placa que colocada  bajo su busto de bronce recuerda al doctor Alfredo Roque Vitolo (1910-1967), político radical de origen mendocino, activo legislador y Ministro del Interior durante gran parte del gobierno del doctor Frondizi. Reconocido por su talento y honorabilidad, la gestión ministerial de Vítolo tuvo algún claroscuro como el Plan CONINTES, hecho que determinó la interpelación parlamentaria al responsable de la cartera política del senador  Alfredo L. Palacios, invariable defensor de las libertades públicas.-

Carlos María Romero Sosa  Se publicó en La Prensa el 13 de enero de 2015.-

domingo, 11 de enero de 2015

PRO Y CONTRA DE ROCA

                                   


                              Como es lógico, el centenario de la muerte del general Julio Argentino Roca ha reavivado polémicas sobre su actuación pública. Sin duda alguna la mayor objeción hacia el dos veces presidente de la república se centra en la Campaña del Desierto; una guerra a todas luces cruel y cuyos excesos merecieron en su hora reproches hasta del arzobispo de Buenos Aires monseñor Aneiros. Hay quienes justifican esa acción pretextando que los mapuches vencidos eran de origen chileno, como si los pueblos originarios no hubieran antecedido a las divisiones políticas productos de la conquista y colonización de estos territorios. Aunque cabe asimismo reconocer que décadas antes de la ofensiva  encabezada por Roca cuando era ministro de guerra y marina de Avellaneda, hubo otra campaña dirigida por Juan Manuel de Rosas en 1833, tanto o más cruel que aquélla y de la que poco se habla en la actualidad. Es más, autores enrolados en el revisionismo han ensalzado al proclamado “Héroe del Desierto” y Manuel Gálvez. al trazar la biografía del Restaurador registró sin objeción ética alguna la proclama a la que juzgó  “bella como todas las suyas” en la que Rosas expresó: “!Soldados de la División del Sur! La campaña que abrimos debe cerrar la historia de nuestras empresas contra los indígenas, y poner término a la guerra de dos siglos, cuya duración es el baldón de nuestra patria”. De clemencia, virtud moderadora de la pasión, nada.
                                                 Sin embargo, en honor a la justicia histórica deben reconocerse los méritos de la gestión gubernativa roquista. Incluso sectores intelectuales de izquierda así lo han venido haciendo desde tiempo atrás y  Jorge Abelardo Ramos en su “Historia de la Nación Latinoamericana” pudo observar entre el haber del ciclo bajo la influencia  del tucumano, que quedó concluida la unidad del Estado en 1880 “y federalizada Buenos Aires por el ejército de provincianos dirigido por Roca, (cuando) la gran provincia quedó sin su orgullosa ciudad, que pasó a ser de jurisdicción federal, terminando un viejo pleito”.   Y entre otros aciertos uno no menor fue la elección durante sus dos mandatos de excelentes colaboradores en las diferentes áreas ministeriales. Así pudo instaurarse un régimen que aunque ideológicamente conservador tuvo aristas en extremo progresistas  merced a gabinetes –bien que también fue su ministro de justicia e instrucción pública el cordobés Manuel D. Pizarro, alguien que se opuso a la ley de matrimonio civil finalmente sancionada en 1888- en los que sobresalieron Eduardo Wilde, Bernardo de Irigoyen, Luis María Drago, Marco Avellaneda y sobre todo Joaquín V. González..
                                                Precisamente a este último le cupo en 1902 promover la modificación del régimen electoral estableciéndose el escrutinio uninominal. Y sabido es que en resulta de ello, en 1904 fue electo Alfredo Lorenzo Palacios primer diputado socialista de América.  El historiador Víctor García Costa, en su libro “Alfredo Palacios entre el clavel y la espada”, trascribe las palabras del ministro del interior González  pronunciadas con motivo del defender el proyecto del Poder Ejecutivo: “No nos debemos asustar porque vengan a nuestro Congreso representantes de las teorías más extremas del socialismo contemporáneo. ¿Porqué nos hemos de asustar? ¿Acaso no somos también parte de ese movimiento de progreso de la sociedad humana?  ¿Acaso no formamos parte de la civilización más avanzada?  Es mucho más peligrosa la prescindencia  de esos elementos que viven en la sociedad  sin tener un eco en este recinto, que el darles representación”.
                                             No es de extrañar que González emitiera tales conceptos toda vez que en una suerte de humanización de aquel “periodo eficaz, progresivo y hasta despiadado a partir de 1880”, en la caracterización de David Viñas, impulsó el primer proyecto de Código de Trabajo creando para ello una comisión que integraron entre otros José Ingenieros, Leopoldo Lugones -por entonces socialista-, Augusto Bunge, Manuel Ugarte  y Enrique del Valle Iberlucea. Que poco antes encomendó al español Juan Bialet Massé informar sobre el estado de las clases obreras argentinas y hasta que designó en la Universidad Nacional de la Plata, de la que fue fundador y presidente, al antes nombrado del Valle Iberlucea -notable jurista  electo en 1913 senador por la Capital Federal en representación del partido socialista-, secretario de esa casa de altos estudios. Según dato que proporciona Vicente Osvaldo Cutolo en su Nuevo Diccionario Biográfico Argentino, del Valle era hombre de confianza del autor de “Mis montañas” y  permaneció en esas funciones desde la fundación de la Universidad de la Plata hasta 1913.
                                       Lo cierto es que la visión nada sectaria del ilustre riojano permitió que el veinteañero Palacios pudiera, desde su banca, oxigenar la República conservadora diseñada por  la Generación del Ochenta, generación  de la que “El Zorro” y su régimen fueron la fórmula política más acabada. Y ello al llevar el verbo del legislador socialista Palacios, la expresión de agravios del naciente proletariado argentino.

     Carlos María Romero Sosa.  Se publicó en La Prensa, el 17 de noviembre de 2014