domingo, 8 de mayo de 2016
martes, 9 de febrero de 2016
LA GALERÍA GÜEMES, UN LUGAR SALTEÑO EN BUENOS AIRES
| Dr. José Manuel del Campo. Presidente por 25 años del Centro de Residentes Salteños. |
El 14 de diciembre de 2015, el diario La Prensa recordó a dos páginas el centenario de la Galería Güemes , que
fuera inaugurada el 15 de diciembre de 1915 con la presencia del entonces
presidente de la Nación
doctor Victorino de la
Plaza. Como bien se explica en esa nota periodística profusamente ilustrada, el
emprendimiento del que constituyó el primer rascacielos de la ciudad de Buenos
Aires, obra concebida en estilo Art Nouveau por el arquitecto ítaloargentino
Francisco Gianotti (1881-1967) -que asimismo realizó varias construcciones en
Salta, como el Chalet Usandivaras, en colaboración con el arquitecto José
Barboni, en Boulevard Belgrano y Pasaje
Castro-, se debió a los empresarios salteños David Ovejero y su primo Emilio
San Miguel Ovejero, conjuntamente con el Banco Supervielle.
El
referido David Ovejero u Ovejero González
(1859-1931), fue un magnate azucarero que en sociedad con su padre:
Sixto Ovejero Zerda y su tío Ángel
Zerda, explotó el ingenio Ledesma, en Jujuy. Entre los años 1904 y 1906 fue
gobernador de Salta, aprobándose durante su gestión la ley
para la construcción del Ferrocarril al Pacífico. Luego de optar por una
banca en el Senado Nacional para la que la Legislatura local lo
eligió en 1905, delegó el mando en el vicegobernador Ángel Zerda, asimismo su
predecesor y pariente próximo; hecho a todas luces revelador de un nepotismo
que bien denunció entonces, aunque a más de uno le parezca extraño, el doctor Robustiano Patrón Costas.
En otro orden cosas, cabe también recordar que una de las oficinas en
alquiler de la Galería
fue durante décadas sede del “Centro de Residente Salteños General Güemes”,
institución social y cultural que en Asamblea de socios –entre los fundadores figuró
el ex Senador Nacional Carlos Serrey- aprobó sus estatutos el 28 de junio de 1946 y obtuvo la personaría
jurídica por Decreto del Poder Ejecutivo Nacional. Nro. 15.408 de 22 de octubre
de 1946, siendo registrada en la Inspección
General de Justicia bajo el Nro. 2478. Desde su creación y por espacio de veinticinco años lo presidió el
abogado especializado en legislación sanitaria, ex Ministro de Educación de Salta en 1955 y rector del Colegio Nacional
Bernardino Rivadavia de la Capital Federal ,
doctor José Manuel del Campo (1885-1972). (En el libro de Vicente Osvaldo
Cutolo: “Historiadores Argentinos y Americanos” –Casa Pardo S.A. Buenos Aires,
1966- hay una breve noticia sobre Don Manuel del Campo donde se informa respecto
a publicaciones de tema histórico-biográfico de su pluma, como ser “Dr. Luis Güemes, un salteño eminente” y
“El doctor José Mariano Astigueta”,
ambos dados a conocer en el Boletín del
Instituto de San Felipe y Santiago de Estudios Históricos de Salta).
En los años cincuenta y sesenta de la pasada centuria, al ingresar por
la calle San Martín al edificio, una de las vitrinas centrales de su planta
baja exhibía un busto del Héroe Gaucho, propiedad del Centro lo mismo que la
galería de retratos de personalidades salteñas, varios de ellos con dedicatorias
que adornaban las paredes de la entidad situada en un piso elevado del
edificio.
Cuando por las tardes algún asociado que escapaba del bullicio de la
peatonal Florida o la bancaria San Martín –aún sin tanta bicicleta financiera- llamaba
a la puerta del Centro, solían franquearle la entrada con típica cordialidad provinciana, el propio Manuel del Campo o bien
el historiador Miguel Solá, el político Ricardo Aráoz, el coronel Salvador Figueroa
Michel, el algo más joven coronel Ernesto Day, Alfredo Lozano Tedín y Carlos
Gregorio Romero Sosa, por varios períodos secretario de la entidad.
Una iniciativa de larga data del Centro de
Residentes Salteños que sin duda nació y
se conversó entre los muros de la Galería
Güemes , fue efectivizada en 1963; como que el 17 de marzo de aquel año se concretó el
traslado de los restos mortales del Guerrero de la Independencia y del
Brasil, Teniente General Eustoquio Frías, desde el cementerio de la Recoleta donde descansaban en una urna fundida a su
muerte -acaecida el 16 de marzo de 1891-
en los Arsenales de Guerra con bronce de cañones, para ser depositados en el Panteón de las
Glorias del Norte, en la
Catedral salteña. Allí se los puede venerar en la actualidad.
En un
artículo publicado en El Intransigente en 2013, Luis Borelli historió las
circunstancias de ese traslado apuntando que acompañaron los restos de Eustoquio
Frías desde Buenos Aires, los nombrados José
Manuel del Campo y Carlos Gregorio
Romero Sosa en representación del Centro Salteño, así como el descendiente del prócer Claudio
Rómulo Chávez, los comandantes de gendarmería Joaquín Urruti y José María
Farizzano, el general Julio Sueldo y una escolta de dos granaderos.
Carlos María Romero Sosa. Se publicó en Salta Libre
sábado, 2 de enero de 2016
viernes, 27 de noviembre de 2015
EL SOCIALISMO DE ALFREDO L. PALACIOS A CINCUENTA AÑOS DE SU MUERTE: JESÚS Y MARX
En
sus bien vividos ochenta y ocho años, fecundos y llenos de proyectos, Pedro
Vives Heredia tiene mucho para contar y enseñar. Por fortuna este abogado que
se graduó en una de las primeras promociones egresadas de la UCA -a poco fundada en virtud
de la ley de Educación Superior número 14.557 promovida en 1958 por el diputado
de la UCRI Horacio
Domingorena-, lo viene haciendo a través de sus libros y de los reportajes
televisivos que se le realizan. Todo ello con responsabilidad y probada generosidad para con sus conciudadanos en general y
especialmente con las nuevas generaciones, que pocos ejemplos de ética pública
han tenido a la vista en estas más de tres décadas de ejercicio democrático.
Conocía yo desde tiempo atrás su obra: “Alfredo Palacios, el último de
los mosqueteros” (2008) y también: “Alfredo Palacios en la intimidad” (2013), un
testimonial ensayo éste que atrapa al lector y antes sin duda que por la rica incorporación
de datos, debido a las cálidas vivencias volcadas en páginas que el autor
estuvo en inmejorable condición para escribir.
Ello toda vez que entre principios de 1957 hasta finales de 1964, es decir por
casi ocho años, actuó como secretario privado de quien fuera ungido en 1904 primer
legislador socialista de América. Una particular circunstancia que al decir del prologuista de la edición, el diputado nacional (M.C.), dirigente
político y social Héctor Polino, le permitió “conocer los entretelones de la vida cotidiana desarrollada en el seno
del hogar de Palacios, (y) pintar al
ser humano en toda magnitud, en toda su
trascendencia, con sus virtudes y defectos”. Pudo así trasmitir de primera
mano la austeridad, la sobriedad y la honestidad, ese trío de virtudes cívicas que adornaron una existencia que honró
a la patria y por lo mismo merece el recuerdo admirativo de los argentinos a más
de cincuenta años de su muerte, sucedida el 20 de abril de 1965.
Pero si había leído provechosamente
aquellos citados libros suyos, a mi antiguo reconocimiento intelectual hacia su
labor, sumé desde tiempo atrás la fortuna de acceder a su trato directo con los
correlatos de la estima personal que le dispenso y la gratitud por el obsequio
de otros títulos de su cosecha que me fue haciendo llegar. Entre ellos el de
reciente publicación: “Erato contra la muerte”, una colección de sonetos y
haikus demostrativa en tiempos de convulso versolibrismo de que la forma es
muchas veces el fondo; o “Los sonetos de amor de William Shakespeare” (1994), un
volumen con prólogo de Gustavo de Gainza y notas esclarecedoras del traductor,
donde están reunidos en versión castellana los ciento cincuenta y cuatro sonetos
compuestos por el genio de Strafford-upon-Avon. Algo que representa un esfuerzo
que en nuestro país tiene escasos antecedentes: Mariano de Vedia y Mitre y
Manuel Mujica Láinez entre los más notorios, aparte de que Ángel J. Battistessa,
en su libro “Shakespeare en sus textos” (1979) incluyó su traducción de varios
de esos sonetos.
Asimismo
me remitió “El socialismo de Alfredo L. Palacios”, que al igual que el mencionado
poemario: “Erato contra la muerte”, vio
la luz en 2015. En esta última obra el biógrafo apasionado es también un fiel
intérprete del pensamiento político de Palacios, que más allá de haber apoyado en
1959 la recién nacida Revolución Cubana como
una respuesta necesaria contra la dictadura de Fulgencio Batista y el obsceno dominio
norteamericano en la Isla ,
bregó siempre por la evolución social antes que por los cambios violentos y
todo en un marco de libertad y respeto irrestricto por las garantías
individuales, como bien correspondía al activo miembro de la Liga Argentina por los Derechos
del Hombre donde participó desde su fundación -en 1937- cuando la presidió
Lisandro de la Torre ;
y al demócrata que no se quedó sólo en denuncias y pistola en mano secuestró de
una comisaría de policía de San Martín una picana eléctrica o al que en 1961,
en su primera actividad como senador nacional, visitó a los presos políticos –en
su mayoría peronistas- víctimas del Plan Conintes decretado por Arturo Frondizi
e interpeló en la Cámara
al Ministro del Interior Roque Vítolo, para que respondiera sobre torturas y
vejaciones a los detenidos.
Para avalar tales
ideas fuerza es que el libro va a ahondar de manera especial en la gravitante influencia
que los profetas del Antiguo Testamento y en particular la prédica de Jesús de
Nazareth tuvieron en su visión del socialismo, doctrina a la que insufló valores éticos, humanizando los postulados
deterministas y economicistas de Carlos Marx.
Vives
Heredia interpreta el ideario del autor de “La fatiga y sus proyecciones
sociales”, obra pionera en la materia de higiene y seguridad laboral, deteniéndose
en las influencias que ejercieron sobre su espíritu tanto “El dogma socialista”
de Esteban Echeverría, al que llamó “albacea
del pensamiento de Mayo” en un libro en el
que estudió al introductor del romanticismo en el Río de la Plata y publicó en 1951,
cuanto las tesis solidarias del economista norteamericano Henry Georges, que proponía la propiedad común de los
recursos naturales, en especial la tierra.
Si
bien centra su atención en las líneas tangentes entre su abrazado socialismo y
la religión católica, no omite referencias al reformista universitario que
presidió la Universidad Nacional
de La Plata y a
su invariable posicionamiento latinoamericanista: como que Palacios presidió la Unión Latino Americana fundada
en 1925, fue igual que su amiga la chilena Gabriela Mistral admirador del
nicaragüense Augusto César Sandino, aquel “General de hombres libres” de la
visión de Gregorio Selser; junto a Manuel Ugarte mostró su solidaridad con el
nacionalista revolucionario portorriqueño Pedro Albizu Campos y, en uno de los
exilios que vivió en la
Argentina el cinco veces presidente constitucional del
Ecuador, José María Velasco Ibarra, intercedió para que el estadista obtuviera
una cátedra en la Facultad
de Ciencias Económicas de la
Universidad de Buenos Aires.
Centrándose en la tesis propuesta en el subtítulo de la obra: “Los
profetas y Jesús de Nazareth”, al rastrear los antecedentes que lo justifican se
han marcado con detenimiento uno a uno los hitos que acercaron a Palacios al
catolicismo, comenzando por su bautismo
en la Iglesia
de Nuestra Señora de La Piedad ,
próxima al Congreso Nacional; a lo que seguirá la memoria de la piadosa devoción
al Sagrado Corazón de Jesús de su madre,
la uruguaya Ana Ramón. Sin olvidar tampoco recuperar de la niñez del fututo legislador, la cercanía
a las Damas de Caridad de San Vicente de Paul, institución benéfica que presidió su tía Felicia Ramón de Palacios.
Y luego, historiar que durante su juventud rebelde
y en confesión del propio Palacios cuando al
sentir “una obligación moral de bregar
por los que padecían la injusticia de ser explotados”, se aproximó a los
Círculos Católicos de Obreros fundados por el sacerdote redentorista alemán Federico
Grote del que se desengañó después que el religioso le
recriminara con estas palabras: “¡Ten
cuidado, no hay que exagerar!”, por el tono de cierto discurso suyo en el que sostuvo que la redención de los
asalariados debía ser aquí y ahora y no esperar el cielo.
Seguidamente, en un capítulo, da cuenta de la amistad que lo
vinculó con monseñor Miguel de Andrea, el obispo de tanto sensibilidad social -“Hay religiosos
honestos y socialistas deshonestos”, el propio Vives Heredia le escuchó
decir ajeno a todo maniqueísmo-; y en
otro, las emociones que le proporcionó un viaje a Tierra Santa cumplido en
octubre de 1956, a
menos de una década de la fundación –en 1948- del Estado de Israel, ese Israel
“hermoso como un león al mediodía” que
inspiró a Borges, en 1967, cuando la Guerra de los Seis Días.
En la
ciudad de Jerusalén que el Rey David conquistó a los jebuseos o en el desierto
de Judea donde profetizó San Juan Bautista la inminente llegada del Mesías, Palacios
evocaría su antigua solidaridad para con el pueblo judío víctima de persecuciones y pogromos en la Rusia de los zares: “Estos movimientos y teorías antisemitas
(por el nazismo en vísperas ya de la Segunda
Guerra Mundial) son, en
realidad, procedimientos de socavación del cristianismo”, razonó en carta
dirigida al doctor José Ignacio Olmedo fechada en marzo de 1938; y valga
puntualizar que ese sentimiento le había
dictado ya en 1924, en la santafecina localidad de Moisesville, un artículo
titulado “Israel en la
Argentina ” que
comienza diciendo: “Toda la noche había
soñado con ese pedazo de Palestina transportado a la República donde miles de judíos, tenaces, obstinados,
como todos los de su raza, labraban la tierra y eran libres”.
No es casual entonces que como observa Vives Heredia, la inspiración del
accionar público de Palacios se enraizó en los preceptos bíblicos y en particular
evangélicos a los que –anotamos- a menudo hizo referencia en libros como “La
justicia social” de 1954, donde en el primer capítulo rastrea en extenso la
cuestión. No en vano había escrito en 1925 desde Palma de Mallorca sobre él –y
sobre Gabriela Mistral- el mexicano José Vasconcelos: “Son dos grandes cristianos prácticos, cristianos de verdad que por lo
mismo no pueden ser católicos” .
Finalmente no omite referirse a
la inútil discusión, mejor dicho al tironeo entre católicos y agnósticos o
ateos sobre el tema de si antes de morir el líder socialista, recibió o no los
auxilios religiosos de manos de su amigo el sacerdote Amancio González Paz.
Como fuere, no hay duda de que padeció la
incomprensión incluso de sus correligionarios, ese eterno drama de los
adelantados a su época. En cuanto a la Iglesia Católica , evidentemente
otra hubiera sido la recepción de sus ideas en tiempos posteriores a la
apertura que significó el Concilio Vaticano II. Y más aún cuando tras las
conferencias de Medellín y Puebla sectores del clero trabajaron en villas, se hizo
carne en muchos laicos de Latinoamérica la opción preferencial por los pobres, en tanto que otros abrazaron la Teología de la Liberación , si bien
tomada con reserva por los anteriores pontífices Juan Pablo II y Benedicto XVI,
hoy vista con otros ojos por el papa Francisco que hasta concelebró una misa
privada con el sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez Merino, llamado el padre de la Teología de la Liberación
Lo cierto es que Palacios vio siempre en la figura de Jesús un precursor
del socialismo y en una conferencia pronunciada en 1903 en la Sociedad Unione e
Benevolenza manifestó su amor por el “sublime
carpintero que seducía con su verbo, recorría las praderas de Galilea y los desiertos de Judea prometiendo el Reino
de los Cielos para los humildes, para los que sufren, para los que están vejados, escarnecidos, humillados
por una sociedad que brutalmente hace pesar su prepotencia”. Si quizá podrá tildarse de polémica su expresión juvenil: “Jesús es nuestro y nos lo han robado”, con qué derecho se ha de negar
de plano la raíz jesucristiana del socialismo humanitario que afirmó con kantiana
buena voluntad en aquel meeting de Unione e Benevolenza, sobre todo frente a las hipócritas declaraciones de fe de los farisaicos
detentadores del poder económico que han pretendido históricamente cobijar sus
intereses bajo el manto sorteado en el Calvario de un cristianismo reaccionario
y defensor de intereses inconfesables. Es que quien como Alfredo Palacios veía
en la política una disciplina moral y una actividad dirigida a la elevación y
dignificación del ser humano, concebido para la visión judeo-cristiana a “Imago
Dei”, mal podía escapar al influjo del divino sembrador del Sermón de la Montaña : “Ratifico las palabras que dirigí a los
jóvenes en 1941: Se necesita una gran fuerza moral que actúe sobre nuevas
estructuras económicas, pues si el régimen capitalista se mantiene sin mengua
en el mundo, si no se establecen nuevas bases de economía colectiva, seguiremos
bajo el yugo de tiranías sucesivas que nos conducirán a nuevas destrucciones”,
pronosticó en los finales de la Segunda
Guerra Mundial. (Escuche contar a mi padre, Carlos Gregorio
Romero Sosa, que en un almuerzo celebrado en la casa de la calle Charcas 4741
en marzo de 1946, donde le obsequió dedicado un ejemplar del libro “Soberanía y
socialización de industrias”, alguien, posiblemente el poeta Ignacio B.
Anzoátegui, mencionó frente a los demás
comensales entre los que se encontraban el colombiano Germán Arciniegas, uno de
los puntos de la regla del carmelita San Alberto Avogadro, Patriarca de
Palestina designado por Inocencio III en el siglo XIII: “Todo para todos”, ante
lo que el anfitrión exclamó con su voz vibrante que resonara en tantos memorables
debates legislativos: “¡Ese es nuestro
ideal!”
Por su intención justiciera y esclarecedora es loable el esfuerzo de Pedro Vives Heredia de presentar una visión en
nada forzada del prócer, a contramano de sectarismos de uno y otro bando. Porque
tampoco es del caso olvidar aunque tal vez sea mejor hacerlo en aras de la
concordia ciudadana y la unidad de acción entre los que luchan por un mundo más justo y solidario, la
lamentable la batalla del crucifico, un escándalo ocurrido mientras se velaban
sus restos mortales en el Congreso Nacional
cuando militantes socialistas quisieron quitar la cruz de la tapa de su
féretro e impidieron que se le rezara un responso. Actitudes por cierto reñidas
con el respeto y la tolerancia de las que fue paladín Alfredo Lorenzo Palacios.
Por Carlos María Romero Sosa. Se publicò en Salta Libre el 17 de septiembre de 2015
HÉCTOR NEGRO: POESÍA, FÚTBOL Y AMISTAD
Poeta del tango. Poeta del
fútbol. Habitante de la nostalgia en los cafés porteños con volutas de humo que
en su ascenso dibujan interrogantes; como aquel refugio con estaño situado en Callao
11 esquina Rivadavia, donde un buen día de la década del cincuenta recalaron los
jóvenes de El Pan Duro; aquel grupo que Héctor
Negro integró, entre otros, con Juan Gelman, Hugo Ditaranto, Luis Navalesi,
Humberto Costantini y una mujer: Juana Bignozzi, hace poco también fallecida. O
como el Viejo Tortoni de Avenida de Mayo que inspiró sus versos musicalizados
por Eladia Blázquez: “Tortoni de ahora,
tan joven y antiguo,/ con algo de templo, de posta y de Bar./ Azul, recalada,
si el fuego es el mismo,/ ¿quién dijo que acaso no sirve soñar?”
Héctor Negro fue poeta desde
que se dio a escribir versos con doce o trece años de edad, inspirado por el
colorido de las murgas durante un carnaval de los años cuarenta: época del
gobierno de Perón y del Partido Comunista en la oposición con el que simpatizó desde
que en la niñez se despertó en él la conciencia social. Y ello quizá no bien traspuso
los límites de Belgrano -el barrio de clase media donde nació un 27 de marzo de
1934- para descubrir además del romanticismo de los arrabales, la situación de pobreza
de buena parte de sus pobladores. Porque Ismael Héctor Varela, tal era su
verdadero nombre, como no podía ser de otro modo sin traicionar su propia sensibilidad
y más puro espíritu solidario, fue un rebelde hombre de izquierda tan sincero y
decidido como sus admirados guías Raúl González Tuñón y aquel bohemio genial e
insomne buscador de la gloria del anonimato: David Álvarez Morgade, cuya
impronta humana -y literaria- tanto marcó a la muchachada de El Pan Duro.
Si el neorromanticismo de la Generación poética del
40 fue creando, a partir de la segunda mitad del siglo XX, un clima al que no
pudo sustraerse parte de la canción popular ciudadana de la época, la que hasta
demostró influencia garcialorquiana en las metáforas como en el caso de
“Malena” de Homero Manzi, en tiempos más
próximos despuntaron al par que otros horizontes estéticos, renovados
compromisos políticos y Héctor Negro, que
con valor de cuchillero borgeano defendió de los prestidigitadores del idioma y
los contorsionistas del cripticismo su cuota de lirismo, a tono con la
ensoñación barrial evocadora de un “Tiempo
de tranvías tropezando el empedrado”,
supo depositar entre los intersticios de su sentimental tono menor, la impronta
revolucionaria de Pablo Neruda, al que evocó en un tango con música de Osvaldo
Requena: “El alma profunda de Chile irredento,/ recorre tu voz./Y todo se torna
poesía en tu acento,/ tan cerca del hombre y de Dios”.
Lo traté poco y me siento apenado
de que haya sido así, aunque compartimos algunas veces en el Ateneo Popular de la Boca recitales poéticos y lo
encontré en varias oportunidades en actos celebrados en la Academia Porteña
del Lunfardo, corporación en la que desde diciembre de 1990 ocupó, en calidad de
miembro de número, el sillón “Carlos Mauricio Pacheco” que homenajea al creador
uruguayo de sainetes. En cierta oportunidad escribí en la revista Proa sobre su poesía
futbolística y lo llamé entonces lenguaraz del fútbol, en el sentido de que
dominaba las lenguas de la emoción y la pasión y era traductor fiel de las mismas en sus páginas en
verso, dedicadas al deporte de multitudes y a sus ídolos como Maradona: “Yo no
sé que ángel pardo se asomó por Fiorito”, cantó a Diego. Poco antes, cuando
advertí que me había citado en su libro “La verdad sobre el Pan Duro” (2007),
le agradecí la gentileza. Lo cierto es que durante más de un quinquenio nos
comunicamos con cierta periodicidad. Habitaba
en la calle Holmberg al 900, en Villa Ortúzar antes de trasladarse a Aizpurúa al 2900 en Villa Urquiza, el barrio celebrado en el
título de un tango de Enrique Cadícamo que habla de “Un
porteño de buen porte (que) para el tango es muy cabrero”; y aunque Héctor Negro tenía menos
que mediana estatura y tendencia a la obesidad, bien podría ser ese su retrato
ya que por personalidad o aureola de poeta, su presencia resaltaba entre la
gente.
Desde la primera de esas
direcciones me envió por correo postal varios poemas y datos curiosos sobre
amigos comunes, como el humanista Duilio Ferraro, que fuera su profesor de
religión en la Escuela
de Educación Técnica Otto Krause. (Estaba vigente entonces la enseñanza
religiosa en los establecimientos oficiales impuesta desde la revolución de
1943.) Luego, avenidos o mejor dicho resignados ambos a los tiempos posmodernos,
intercambiamos poesías e impresiones por Internet, algunas de estas últimas suyas
en extremo reveladoras, como su visión admirativa del grupo literario Barrilete
–al que perteneció Miguel Ángel Bustos, secuestrado en mayo de 1976 por la
última dictadura-, grupo consolidado cuando El Pan Duro desapareció hacia 1964,
y de uno de sus fundadores: Carlos Patiño, el poeta de “Esquinas silenciosas”,
obra que recibió el premio Casa de las
Américas en Cuba. Pero la tecnología hizo lo suyo y la comunicación se interrumpió súbitamente un par de años
atrás, al cambiar uno de nosotros el e-mail. En la parte que me toca, el 15 de
septiembre de 2015, al enterarme de su muerte por los periódicos, sentí lo ocioso
que -por tardío- resultaba lamentarlo.
Carlos María Romero Sosa
Carlos María Romero Sosa
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