domingo, 19 de junio de 2016

CALLE ALBERDI 423 (SALTA)

Se publicó en La Prensa el 19/06/2016

RODOLFO MODERN, POR LA PASION A LA RAZÓN LITERARIA

                                                               Al  mundo de las letras no le será fácil  hallar una personalidad signada por tanta vocación literaria como la que tuvo  Rodolfo Enrique Modern; y menos todavía que sea alguien con suficiente capacidad para revalidarla en cada uno de sus escritos. En ellos, el bien adquirido oficio lejos de anularla, disimularla o sustituirla por la mera profesionalidad, puso en acto vocación e inspiración, su natural sucedánea. Y fueron esos llamados del espíritu y no al revés los que determinaron la impar laboriosidad y concentración  de la que resultó una obra vasta, sentida en cada página y rica en cuanto a la forma, ya que Modern  cultivó con igual fortuna la poesía, el cuento, el teatro, el ensayo, la crítica, la biografía y la traducción de creadores de lengua alemana como Georg Trakl, Rainer María Rilke o Hermann Hesse.
                                                                                 Basta leer sus antecedentes académicos que le granjearon premios y condecoraciones y sobre  los que poco o nada gustaba hablar, para advertir que desde la primera juventud se había preparado para el ejercicio de las letras; de allí que no dudó en seguir las carreras universitarias más afines con los que serían sus pasiones y sus quehaceres de vida. Estudió hasta graduarse derecho y filosofía y letras en la Universidad porteña y si el ejercicio de la abogacía jamás lo atrajo ni lo practicó y sólo se asomó doctrinariamente a la rama del Derecho Internacional Público sobre la que versó su tesis en 1953, solía atribuir -si en caso- a su trato con códigos y con jurisprudencias la precisión del lenguaje y las deducciones llenas de buena lógica que  comentaristas y exegetas elogiaron en sus libros  de crítica tales como “El expresionismo literario” (1958), “La literatura alemana del siglo XX” (1969) o “Estudios de literatura alemana” (1974).
                                                                En cambio, el profesorado y finalmente el doctorado en Filosofía y Letras (1964) le abrieron el camino de la docencia secundaria y normal primero y después la superior en la cátedra de Literatura Alemana que ejerció con verdadera pasión de maestro en las Universidades Buenos Aires y La Plata.  

LITERATURA Y VIDA                                                               

                                                               Rodolfo Modern falleció en 22 de marzo pasado próximo a cumplir 94 años: había nacido en Buenos Aires un 22 de julio de 1922.  Para   entonces Leopoldo Lugones publicaba “Las horas doradas”, Manuel Gálvez la novela: “La tragedia de un hombre fuerte”, la imprenta Coni presentaba el último tomo de “La Literatura Argentina” de Ricardo Rojas y un prosista de veta humorística y rasgos costumbristas daba a conocer “Tres relatos porteños”. Era Arturo Cancela al que iba a estudiar décadas más tarde Modern, pese a hallarse, en tanto ser un convencido y consecuente liberal y demócrata en materia política él, en las antípodas ideológicas del  nacionalismo de derecha de su biografiado del que no obstante y seducido por el ingenio y la chispa sarcástica que caracteriza su obra, reunió  una antología de ella que vio la luz en 1962 con el sello de Ediciones Culturales Argentinas del Ministerio de Educación y Justicia.

                                                                     Como el mismo Rodolfo solía reconocerlo entre añoranzas por un pasado más estable al que contraponía las turbulencias  actuales de todo orden, sin duda 1922, el año de la ascensión de Alvear a la presidencia de 

DERECHOS DE LOS ANIMALES




                               Con motivo de la concesión por parte de la Sala II de la Cámara de Casación Penal -en diciembre de 2014- de un Habeas Corpus a favor de la orangután Sandra, alojada en el Zoológico de la Ciudad de Buenos Aires, reconociéndola como persona no humana y como tal titular de derechos, vengo leyendo opiniones críticas que  oponen reparos de índole teórico y en extremo antropocéntricos al reconocimiento de  los derechos de los animales, algo aceptado por numeroso Derecho Comparado y aprobado por la Organización de las Naciones Unidas y la UNESCO. A alguna de esas objeciones respondí en una carta de lectores que publicó el diario La Prensa el 21 de mayo del corriente año 2016 bajo el título “Protección Legal”.  
                                                  Por supuesto que nadie cuestiona en esta etapa de la civilización, la protección que se les debe a nuestros hermanos menores –nosotros no somos al fin más que animales de naturaleza racional- y que por lo demás exige la Ley argentina 14.346/54 incorporada al Código Penal; sólo que se reaviva el tema frente a noticias de muertes violentas de seres enjaulados ocurridas en zoológicos de la Argentina y del extranjero que ponen en duda la razón de ser de esos sitios.   
                                                Por mi parte voy más allá de aquella resolución judicial promovida en su momento por la Asociación de Funcionarios y Abogados por el Derecho de los Animales (AFADA),  atento que sin duda merecen  algo más que una simple, aunque oportuna declaración de derechos para que deje  de considerárselos “cosas” según reza también el nuevo Código Civil y Comercial de la Nación en el artículo 227 y concordantes.
                                                 Ciertamente lo que corresponde desde una perspectiva puramente ética y humanitaria, es asumir hacia ellos una verdadera actitud de respeto, de compasión y de amor como que incluso,  para los creyentes cabe  aceptar que el Creador merece ser alabado en todas sus criaturas, tal como lo proclamó en el “Cántico al Sol” San Francisco de Asís, no por casualidad declarado Patrono de la Ecología y de los Animales por San Juan Pablo II en 1980.
                                              Pero el derecho siempre es el mínimo de ética exigible y como el grado de evolución moral de los miembros de una comunidad no resulta uniforme, entonces al menos valga reconocer algunas garantías de índole jurídica para las víctimas indefensas de los seres humanos desde la prehistoria. No pretendo invalidar el razonamiento de Fernando Savater  que argumenta  en la materia que a todo derecho corresponde un deber, por cierto no imponible a ningún  animal por lo que entonces se invalidaría aquél.  Claro que no en todos los casos se da esa correspondencia,  a punto tal que el principio  falla,  por ejemplo, frente a la aceptación legal y legítima  del  inalienable derecho humano a la vida de los aún no nacidos. En su libro “Tauroética”,  Savater lamentablemente defensor de las corridas de toros como Mario Vargas Llosa y antes Ortega y Gasset que en 1945 desde Lisboa elogió “Los Toros” del académico de la lengua  y por largo tiempo presidente del Ateneo de Madrid don José María de Cossío, ciertamente una enciclopedia del saber taurino, afirma que “el derecho es una cosa que los seres humanos nos concedemos” y a renglón seguido dice que “un animal vive fuera del reino de las leyes”. 
                                                Aunque  como contrapartida es de destacar que otro filósofo también español como el antes mencionado autor de “Ética para Amador”: el fallecido en 1991  José Ferrater Mora, en el volumen: “Ética aplicada. Del aborto a la violencia” (Alianza, 1981) compuesto junto a su esposa Priscilla Cohn, Profesora Emérita de Filosofía de la Universidad de Pensilvania y activa militante contra las corridas de toros, dedicaron un capítulo a los derechos de los animales cuando poco se hablaba sobre el tema, ya que uno de los pioneros en la cuestión fue en 1975 el filósofo australiano Peter Singer  con su obra “Liberación animal”.  
                                             Ferrater Mora y Cohn llegaron a conclusiones  favorables a tales derechos  sostenidas entre otros principios en el de no discriminación. La posición es hoy llamada también inherentismo; término proveniente de entender que los animales tienen  un valor inherente o sea independiente de nuestros juicios respecto de su utilidad, belleza, etc. Dicho de otro modo,  que su valor no es instrumental ya que no son meramente medios para el logro de nuestros fines,  según explica la misma Priscilla Cohn en un artículo –posterior al libro referenciado- titulado: “Una concepción inherentista de los animales”.       

                                              Sin embargo más allá de cualquier discusión abstracta sobre el tema de los derechos de los animales, como el que se ha planteado con ocasión del ejemplar fallo a favor de la orangután Sandra –el Habeas Corpus que dio lugar a la resolución de la Cámara de Casación Penal reconoce antecedentes en los presentados en Santiago del Estero, Córdoba, Río Negro y Entre Ríos para que se les reconozcan a otros simios derechos a la vida, la libertad y a no sufrir maltratos-,  una sentencia que resulta en mucho coincidente con ese “paradigma de religación con la naturaleza” del que habla el teólogo brasileño Leonardo Boff, creo que ha llegado la hora de coincidir  en forma unánime con lo expresado por Albert Schweitzer: “Sólo sé que un animal es capaz de sufrir  y por ello lo considero mi semejante”.

Carlos María Romero Sosa


(Se publicó en la revista “Con Nuestra América”, el 18 de junio de 2016.-)

sábado, 28 de mayo de 2016

HORACIO SUELDO, UN CRISTIANO DEMOCRÁTICO Y PROGRESISTA

                                         Pienso que de Horacio Sueldo, fallecido el 10 de mayo del corriente año a los casi 93 de su edad, el mejor elogio que  puedo hacer es admitir que lamento de corazón no haberlo votado. Pocas figuras públicas como la suya inspiran este tipo de congojas, sobre todo cuando tan acostumbrada está la ciudadanía a sufragar por  opciones en muchos casos promovidas y manipuladas en forma mediática; haciendo hincapié no en los intereses de la opinión pública sino de la publicada, en tanto y en cuanto el poder comunicativo tiende a gravitar absolutamente y convertirse en poder administrativo y hasta en derecho, como explicó Habermas. Lo cierto es que aquellas disyuntivas que parecen de hierro resultan en los hechos flaquezas de la democracia, puesto que se suele votar más en contra de alguien que a favor de un candidato.
                                         El doctor Sueldo era de la raza de los políticos que trascienden los partidos, en su caso la Democracia Cristiana que nunca alcanzó a ser en la Argentina un movimiento de masas pese a la vocación de varios de sus dirigentes ajenos a todo elitismo. De ella fue él uno  de los fundadores en 1954, junto a Manuel V. Ordóñez, Arturo Ponsati, Rodolfo Martínez, Leopoldo Pérez Gaudio, Oscar Puiggrós  y José Antonio Allende, con las décadas vicepresidente del Senado de la Nación.
                                        Supo mantener principios al tiempo que revisaba actitudes propias, así por ejemplo un antiperonismo juvenil. No en vano llegó a integrar el segundo término de la fórmula presidencial con el médico Raúl Matera en 1963, la que al ser  vetada lo obligó a reducirse a la  testimonial dupla Horacio Sueldo-Francisco Cerro que obtuvo un  mínimo caudal electoral.  Diez años después conformó  con el líder del Partido Intransigente Oscar Alende la fórmula de la Alianza Popular Revolucionaria. Resultó ese frente -más programático que de mera coyuntura- donde convergieron los intransigentes, el Partido Revolucionario Cristiano, el Partido Comunista y otros grupos de izquierda y centroizquierda como el liderado por Héctor Sandler,  la tercera  opción electoral más votada el 11 de marzo de 1973, merced a lo cual Horacio Sueldo alcanzó  sino la Vicepresidencia de la Nación por la que por tercera vez competía, sí una banca de  diputado nacional.
                                         En los convulsos años que precedieron a la última dictadura, Sueldo recibió  amenazas de la Triple A. La reacción no le perdonaba su prédica social abrevada en la Doctrina de la Iglesia en la materia, su credo humanista hijo de las enseñanzas de su bien leído Jacques Maritain o que, fiel al legado ético del George Bernanos de “Los grandes cementerios bajo la luna”, defendiera  los derechos humanos y  denunciara sus violaciones sin importar quiénes y en nombre de qué presuntos valores se llevaran a cabo torturas, asesinatos y desapariciones. Muchos jóvenes de entonces aplaudimos  aquellas palabras proféticas que a comienzos del gobierno de Héctor J. Cámpora  le escuchamos decir en el mismo Congreso donde días pasados fueron velados sus restos: “Queremos la transformación! Si no se socializan la riqueza, el poder y la cultura, y si no hay revolución seguirá el camino y la tentación de la violencia de arriba y de abajo”. Sabemos hoy que no vino –salvo excepciones- cambio alguno de las estructuras injustas y sí una mayor concentración de la riqueza, el autoritarismo primero y después una democracia con cuentas sociales y morales pendientes en vez de la  moderna y participativa que soñó y por la que trabajó  también cuando restaurada la república colaboró con el gobierno de Raúl Alfonsín como asesor en el área de Desarrollo Humano y Familia.
                                     Otra virtud de este cordobés oriundo de Villa del Rosario, graduado de abogado en las mismas aulas  donde en 1918 se inició la Reforma Universitaria, fue la de no haberse sumado a ningún coro triunfalista del pragmatismo en boga en los años 90, circunstancia que suele pagarse con el olvido. Sólo que algunos lo recordamos y lo seguiremos haciendo con  la admiración y el respeto debidos. Los mismos sentimientos que guardamos  para otros correligionarios suyos de la Democracia Cristiana como Carlos Auyero,  el jurista Guillermo Frugoni Rey  o Augusto Conte Mac Donell,  aquel símbolo de la luchas por los derechos humanos al que sí tuve la oportunidad y la satisfacción de votar en 1983.-

 
       


Se publicó en “Salta Libre” el  13 de mayo de 2016 y se reprodujo en la revista de Costa Rica “Con nuestra América” el 21 de mayo de 2016.-

lunes, 23 de mayo de 2016

PATRICIA DERIAN

PATRICIA  DERIAN

Por Carlos María Romero Sosa

Hoy: 22 de mayo de 2016,
escuché una noticia que la memoria arrugará en sus pliegues 
hasta hacerla ilegible: murió Patricia Derian.

En Dios en cambio
que engarza en la eternidad  todas las fechas
brillará inextinguible
cada jornada de la Secretaria de Derechos Humanos del gobierno de Carter
vivida en el deber e insomne en el
cuidado del alma por los otros que es la misericordia.  
Qué chispas de diamante  su búsqueda hora a hora de
desaparecidos entre las
noches forzadas con capuchas,
despobladas de constelaciones donde alzar la esperanza a nivel del
milagro
cuando las lágrimas en salas de tortura
juraban su rocío que
expuesto al frío de las almas de los torturadores
no era escarcha
                       risueña.

****

Contra los círculos infernales,
la redondez perfecta de las otras estrellas de Belén en guía
al Hombre Nuevo y su
Ángel de la Guarda.
 


  

 

domingo, 15 de mayo de 2016

LUIS ALBERTO QUESADA: nostalgias del combatiente poeta

                                        La  actuación de Luís Alberto Quesada durante la contienda civil española iniciada en 1936,  hubiera sido digna de una crónica de la corresponsal de guerra norteamericana Martha Gelhorn;  y hasta -porqué no- del mismísimo Ernest Hemingway a quien el conflicto le dictó “Por quién doblan las campanas”, obra que dedicó a Gelhorn  por entonces su esposa.
                                
                                       Hipótesis aparte, y más allá incluso de comprobar al releer a Quesada  que uno de los libros de poemas de su autoría: “El hombre colectivo”, publicado en Buenos Aires en 1974,  lleva como epígrafes dos sentencias de Antonio Machado y ninguna otra cita, no ha de ser antojadizo traer al Premio Nobel, natural de Illinois, a colación de nuestro autor: un hispanoargentino nacido en la bonaerense ciudad de Lomas de Zamora en 1919 de padres andaluces, aunque se registró su llegada al mundo en el Consulado Español y fue llevado por sus mayores a España poco después. Y no ha de serlo porque sin duda al escribir los versos que componen aquel poemario, el ex Comisario Político y combatiente en la Sierra de Guadarrama,  Jarama, Belchite, Teruel –donde fue herido-  y en la defensa de Madrid, pese a la larga historia de sus padecimientos verificada primero en las líneas de fuego y después en las celdas de Porlier, de Carabanchel o de la Prisión de Alcalá de Henares a las que  lo destinó el revanchismo de los vencedores, cuando no internado en condiciones infrahumanas en los campos de concentración franceses, se esforzó una vez más  por “habitar poéticamente el mundo” como ansiaba Hölderlin y, en consecuencia, tendría vivo o al menos guardaría en su inconsciente el carácter del personaje de la novela de Hemingway: Robert Jordan, tan afirmado sobre el principio del compañerismo y la lealtad en  el ideal del “ser colectivo” y dado a verificar, en los hechos, el principio de John Donne: “Nadie es una isla, completo en sí mismo.”
                                         Lástima, y cuánto lo siento,  no haberlo interrogado por su libro y la posible relación con el mensaje humanista que impregna “Por quién doblan las
campanas”. Aunque concordancias reales o no entre ambas obras, estimo que resume el espíritu de Quesada, con sentido de impostergable programa filantrópico y hasta un dejo de positivismo aprendido en las traducciones de Comte de su admirado Antonio Zozaya -uno de los fundadores de Izquierda Republicana-, esta definitoria cuarteta suya: “O creamos el hombre colectivo/ o morirá el hombre verdadero/ y morirá la vida,/ y morirá la ciencia.
                                       En verdad,  en las ocasiones que conversé con él, principalmente en una librería de Rodríguez Peña y Viamonte que no existe ya, abordamos otros temas como ser su conocimiento personal y el mío epistolar de la brigadista y militante del Partido Comunista Argentino Fanny Edelman, fallecida centenaria aquí en 2011; y de la asimismo integrante de las Brigadas Internacionales natural de la santafecina Moisés Ville: Mika Feldman o Mika Etchebéherè, la testimonial memorialista de “Mi guerra de España”, al cabo radicada en París donde participó del Mayo Francés y trabó amistad con Julio Cortazar. O hablábamos de su larga camaradería con el escritor Marcos Ana (seudónimo del salmantino Fernando Macarro Castillo), preso también y durante veintitrés años en las cárceles franquistas, y al día de hoy –quizá, es de desearlo- uno de los últimos sobrevivientes con actuación en la Guerra Civil en el bando republicano, además de militante en su adolescencia, precisamente junto con  Quesada, en la Juventudes Socialistas Unificadas.
                                        
Su “Hacer la vida con cosas de la muerte”

                                        El ciclo vital de Luís Alberto Quesada se cerró el 12 de diciembre del pasado 2015 en Buenos Aires, la ciudad que lo había declarado Ciudadano Ilustre en 2003. Tenía noventa y seis años y jamás depuso los ideales de justicia y libertad por los que luchó desde la adolescencia. Los conjugó sabiamente con el de belleza y escribió prosas llenas de imaginación y versos inspirados, límpidos, dirigidos al corazón, por momentos de  tono sapiencial y brevedad aforística: “Lo más importante del saber, es el saber pensar”.
                                        Antes que relatar o rimar amarguras volcó en cada una de sus páginas ilusiones y mejor aún esperanzas que son la madurez de la ilusión. Bien poetizó en su elogio Rafael Alberti en la página final de su libro de cuentos “La saca” (1963), colección prologada por Bernardo Canal Feijoó: “Venid todos a celebrar/ al que después de sufrir presos/ tantos años sus pobres huesos,/ aún es capaz de caminar./ Venidle todos a cantar,/ porque sencillo, humano, fuerte, / hoy es capaz de hacer la vida/ con tantas cosas de la muerte.”   Testimonio de ello, de su capacidad y tenacidad por  “hacer la vida/ con tantas cosas de la muerte”, resultan  hasta los títulos de los libros de poemas de Quesada:  “Ayer, hoy y mañana” (1944), “Muro y alba” (1963), “Espigas al viento” (1986) el mencionado “El hombre colectivo” y “Hacia el sol de la Utopía” (1999), todos prometedores de luz en tiempos de oscuridades -Octavio Paz habló alguna vez de “Tiempo nublado”-, de solidaridades en compensación por tantos egoísmos que impone la cruel disciplina capitalista, de ternuras y finezas a rescatar entre el mal gusto estético y las afrentas éticas a la condición humana, en un siglo marcado por autoritarismos que extremaron el acto de vigilar y castigar: “Barrotes oscuros,/ oscuras cancelas,/ patios silenciosos,/ y pequeñas celdas./ Cárcel: noria,/ permanente rueda./ Vida de unas vidas/ que en vida están muertas.”   
                                       Su humanitarismo y su visceral antifascismo lo expresó Quesada  por momentos con una sencillez  y una pureza más próximas a la visión adánica del mundo que a la ingenuidad: “!Qué bonito es el sueño/ de aquellos que piensan! De aquellos que miran la luna,/ y aprecian su inmensa belleza.” Solo que su  mano tendida hacia los semejantes: “La voz llamó a los hombres,/ les habló del dolor,/ de la injusticia, /de la guerra,/ de la cárcel, del pan de cada día”, no le impedía, durante la dictadura franquista,  practicar el sarcasmo de filiación quevediana: “Usted es un inglés,/ ¡véngase a España!/ Y venga usted, francés,/ que lo esperamos./ Diga que es alemán,/ americano,/ noruego o finlandés./ No importa su nación,/ creencia o habla./ Si es turista holandés,/ venga a Canarias. Pero si es español…/ Bueno,/ si es español:/ salga de España”.   
                                       No lo tentaron los vanguardismos y cantó y contó con su propia voz sin fallarle el oído en el romance y en alguna copla de vuelo popular que le brotaba espontánea y bullía en el linaje andaluz de sus venas. Porque la musicalidad fue otra constante de su poética que en cambio de distraer o distender con el ritmo fácil, hacía más nítido el mensaje: “Se va a acabar;/ porque lo pide el río/ cuando baja glorioso/ hacia los anchos mares”, postuló durante el Proceso haciendo propia una consigna popular cada vez más audible en los corazones y en las calles.  Los compositores que musicalizaron sus versos, como Pompeyo Camps, sabían bien de esa esencial afinación de su lírica.
                                       Lo mismo que Marcos Ana y otros combatientes de la Guerra Civil incorporados luego por vocación al mundo de las letras, Quesada privilegiaba el decir para ser comprendido por los lectores de diferentes condiciones sociales y culturas a experimentar en el  laboratorio de la literatura para un grupo de iniciados. Sus hermanos mayores de la Generación española del 27, en general se dieron a  fusionar las dimensiones de contenido y continente; él los admiraba, los citaba a menudo, pero no los imitaba. Lejos del esteticismo distraído en las promesas vacías del arte por el arte, tampoco intentó   conmover con metáforas deslumbrantes a lo Neruda, al que tanto valoraba por genio y conducta militante. Prefería llegar con el tono menor de la propia voz  sostenida sin trucos hasta donde le permitían hacerlo sus dones para el canto. El poema “Desintegración” del libro “Espigas al viento”, puede leerse como un manifiesto: “Se deshizo, de pronto,/ la poesía,/ en un caudal de frases enigmáticas./ Un aroma lejano/ dejó la rosa enmascarada/ entre  hojas/ de insípidas palabras./ Se deshizo, de pronto,/ la poesía;/ y un hombre estaba muerto/ con diez disparos/ en la espalda.”
                                        Empero resulta difícil encasillarlo y si en la Argentina, cronológicamente era contemporáneo de los miembros de la Generación del Cuarenta, hay poco romanticismo y neoromanticismo en sus páginas, más afines si se quiere por su carácter de denuncia y protesta con las tomas de posición política de izquierda de los grupos  poéticos o de las revistas y editoriales de poesía que atravesaron con la palabra en armas los años cincuenta. Así El Pan Duro con Juan Gelman y Héctor Negro a la cabeza, Barrilete, liderado por Rodolfo Jorge Santoro después detenido-desaparecido, o La Rosa Blindada, una reunión de autores promovida por la visión editora del poeta José Luís Mangieri.  Aunque la inspiración  de Quesada era mucho más emotiva y plena de vivencias  que la de esos muchachos veinteañeros o treintañeros que se iniciaban casi en la lucha por las reivindicaciones sociales: él  venía de allí y llevaba a cuestas todo un pasado de combatiente  en España, donde se le dictó  una condena a muerte, e incluso peleó en la Resistencia francesa y fue perseguido por la Gestapo.    
                                    Con su melena blanca a lo Alberti,  raleada en sus finales, era común hallarlo en actos literarios, presentaciones de libros, conmemoraciones de la Segunda República Española y homenajes a sus figuras políticas y sus intelectuales. Quesada, el alicantino de actuación en Galicia Arturo Cuadrado, que prologó su cuento “Mineros”, editado por Botella al Mar en 1970 con  ilustraciones de  Luís Seoane,  y el también aquí afincado coruñés José Blanco Amor, novelista y cronista del exilio español republicano en la Argentina, eran infaltables en esos eventos reivindicativos de hechos y de personas queridas y admiradas. Concluidos estos y  acallados los diálogos con los asistentes que se acercaban a conversar con Luís Alberto Quesada, un siempre solícito interlocutor, se dirigía a su casa situada en la calle Lezica al 4407 del barrio de Caballito. No era una sombra más en el anochecer de la ciudad: el fuego de su espíritu chispeaba en cada vereda porteña.

Carlos María Romero Sosa


Se publicó en La Prensa el 28 de febrero de 2016.-          

Rodolfo Modern