jueves, 21 de julio de 2016

ENRIQUE S. INDA, HISTORIADOR DEL GENOCIDIO DE LOS ONAS



                       
                 


                                Durante el mes de diciembre de 2013, que se inició enlutado por la muerte en Johannesburgo de Nelson Mandela, perdió también la Argentina dos luchadores sociales. El jueves 19, falleció nonagenario el dirigente socialista y escritor Enrique Inda nacido en 1923 en Avellaneda[1]; en tanto el viernes 27, con ciento tres años y medio a cuestas, dejó de existir Clara Maguidovich, la viuda de Ángel Gabriel Borlengui, fundador y Secretario General de la Confederación General de Empleados de Comercio y Ministro del Interior del general Perón desde 1946 hasta 1955. Sé que Clara a la que lamento haber conocido poco, concurría a diario hasta no hace mucho  a la sede sindical de los empleados de comercio  para realizar allí tareas de promoción social.
                                En cambio con Enrique Inda, diputado (M.C.),  ex concejal y ex secretario del Partido Socialista Auténtico, puedo decir que me unió una amistad  epistolar que iniciamos en 2007.  Fue a partir de la recepción de una carta suya fechada el 15 de enero de ese año en la localidad de Aldo Bonzi del partido de La Matanza donde vivió las últimas décadas, a la que acompañaba su novela de temática austral “El naufragio del Cabo de Hornos”, publicada en 2005 en la colección Patagonia que dirigía el historiador y académico Néstor Tomás Auza. Por ese correo me anoticié  de que en la década del cuarenta del pasado siglo, cuando Inda fue destacado por la Dirección Nacional de Arquitectura para la reconstrucción del Cabildo de Salta, tuvo oportunidad de  vincularse con mi padre[2], que por entonces organizaba el museo histórico de la provincia, con sede en aquel edificio largamente abandonado hasta su recuperación por la ley que promovió en 1934 el senador Carlos Serrey que lo declaró monumento nacional y lo destinó en forma expresa a museo[3].
                                También a través de esa comunicación y de otras que se sucedieron,  supe de su frecuente concurrencia a la casa de Alfredo L. Palacios, en la calle Charcas próxima a las vías del ferrocarril, donde el prócer despejaba las dudas de los jóvenes visitantes –Inda ingresó al partido socialista a los 17 años- al tiempo que les repartía galletitas de una lata de bizcochos Canale. Y me participó de su devoción por la causa de las Islas Malvinas a las que viajó en varias oportunidades, habiendo recorrido el archipiélago durante un mes entero en 1974 en compañía de su esposa. Conocí además, que su militancia en ese sentido le deparó amistades entrañables; así la del profesor Juan Carlos Moreno, el autor de “Nuestras Malvinas” (1938) y cofundador un 19 de octubre de 1939 con Palacios, Carlos Obligado y Antonio Gómez Langenheim -entre otras personalidades- de la Junta de Recuperación de las Islas, tal como ha recordado en la revista Todo es Historia (Nro. 359 correspondiente a junio de 1977) el periodista Juan Bautista Magaldi uno de los secretarios de aquella Junta. Ante  una pregunta mía referida al porqué de su concurrencia a Puerto Argentino para suscribir el Acta de Recuperación, a pocos días del desembarco del  2 de abril de 1982 dispuesto por la dictadura de Galtieri, me respondió con las siguientes palabras que hablan de sus convicciones: “En total desacuerdo por la improvisación y ceguera absoluta de la Junta Militar, sin embargo, cuando vi que a muchachos de mí pueblo del cercano cuartel de La Tablada los habían enviado allá, mi deber como argentino era acompañarlos. Lo demás es historia, triste y desgarradora, pero que no afecta en nada nuestros derechos”[4].
                                  
                                Tuve el obsequió después, de otros libros de carácter histórico de su pluma: “El faro del fin del mundo” (2007) y “El exterminio de los onas” (2008), dramática y documentada denuncia en castellano e inglés –en traducción de María Nuñez- sobre el genocidio perpetrado contra el pueblo “selknam”; una justa acusación llevada a cabo en la brecha abierta  en 1928 por el abogado vasco afiliado a la Unión Cívica Radical José María Borrero (1880¿?-1931) en la obra “La Patagonia trágica”: “La total desaparición de este pueblo indígena –explica Inda- jamás ha tenido explicación oficial. Constituye un verdadero crimen por comisión y omisión de lesa humanidad. Una grave culpa de diversos gobiernos, perdida en las sombras de los tiempos y silenciada en la conciencia de los dirigentes”. Y continúa argumentando: “Los onas o selknam, ni por su número, siempre escaso, ni por su condición de nómades cazadores, jamás constituyeron un peligro ni una amenaza para los nuevos pobladores blancos que se fueron instalando en sus antiguos territorios. Los onas vagaban a pie, con sus familiares, sus mujeres y sus niños, llevando a cuesta los armazones de palos y los cueros de todos sus toldos; las bolsas con sus pobres y escasos enseres. Ellos no disponían de caballos; jamás organizaron ni ejecutaron malones con ejércitos de miles de jinetes armados de lanzas y boleadoras, como los araucanos de Calfucurá.[5]”  El volumen que comienza rescatando opiniones tan claras y valientes como las vertidas  por Amancio Alcorta en la sesión del 24 de noviembre de 1899 de la Cámara de Diputados de la Nación. O por Roberto J. Payró en “La Australia Argentina” y el sacerdote y geógrafo Alberto María De Agostini en “Mis viajes a la Tierra del Fuego”, obra publicada por ese salesiano en Milán en 1929, en sucesivos capítulos da cuenta de  las masacres de nativos fueguinos a manos de Julio Popper[6], un aventurero rumano de origen judío con título de ingeniero, atraído por la fiebre del oro y que hasta llegó a acuñar su propia moneda e imprimió en sus dominios timbres postales[7]; del naturalista argentino -discípulo de Gemán Burmeister- Ramón Lista, después según algunas  versiones defensor de los tehuelches y del gobernador chileno de Magallanes, capitán de navío Miguel de Señoret.  Y enfatiza sobre el escándalo de la “caza” a precio puesto en libras esterlinas que promovió el escocés Alexander McLennan apodado “Chancho colorado”, el administrador de la estancia Primera Argentina del asturiano  José Menéndez natural de Santo Domingo de Miranda, parroquia de Avilés y provincia de Oviedo[8].  Anota Inda con probada razón que a ese método de aniquilamiento al que era afecto también Samuel Hyslop,  lo siguieron rigurosamente varios otros agentes de los estancieros beneficiados por la privatización de la tierra fiscal de la Isla Grande en 1890; aventureros devenidos en latifundistas mediante el   latrocinio. A ellos y a su guardia pretoriana defendió  por motivos familiares  Armando Braun Menéndez en su “Pequeña historia fueguina”.
                                  Pero junto a tantas miserias rescata el humanitario comportamiento de los misioneros anglicanos establecidos en Ushuaia en 1869 y en 1888 en la isla chilena Bayly, del grupo de la Isla Wollaston, en el confín del continente a pocas millas del Pasaje Drake, remitiéndose al estudio del pastor bautista  doctor Arnoldo Canclini: “Los indios del Cabo de Hornos” donde este historiador nacido en 1926 narra la epopeya filantrópica llevada a cabo por Sussan Ellen Gilbert-Nellie y Leonardo Henry Burleigh, un matrimonio  anglicano que con su pequeña hija se estableció en aquella inhóspita región batida por los vientos, apoyado sólo por un pequeño grupo de yaganes formados en La Misión de Ushuaia[9].
                                   Del mismo modo destaca Inda la protección que poco tiempo después brindaron a los naturales los sacerdotes salesianos -entre ellos monseñor José Fagnano tan enfrentado con Ramón Lista por sus crímenes,  oposición que le valió hasta recibir amenazas por parte del explorador y de su tropa-; siendo ese hecho, el del amparo a los  sobrevivientes onas por parte de los hijos de Don Bosco,   refrendado por el investigador padre Juan E. Belza (S.D.B.) autor de la obra en tres tomos “En la Isla del Fuego”, una de las fuentes principales de “El exterminio de los onas” como puede verse en la bibliografía citada.

                                Con la publicación en 2008 de este libro de denuncia, meditado y nada panfletario por cierto -antes dio a conocer en la misma colección dirigida por el profesor Auza otros estudios patagónicos como ser: “El tesoro del Monte Cervantes”, “El condenado del Fin del Mundo” y “Los sobrevivientes del Estrecho”-,  no clausuró su interés por el tema de los selknam y de su triste final a manos de la “civilización”. Cuando en julio de 2011 se exhibió en la Sala Moores del Museo Mitre la colección de fotos tomadas por la antropóloga de origen estadounidense-francés Anne Chapman, una discípula de Claude Lévi-Strauss, que registró el rito de iniciación hain de los varones jóvenes de aquel pueblo originario así como también reunió varias fotos instantáneas tomadas a la chamana y cantante Lola Kiepja y a Ángela Loij, mujeres onas ambas sobrevivientes hasta entrado el siglo XX de la limpieza étnica y receptoras de las tradiciones ancestrales de sus antepasados, sé que Inda concurrió en varias ocasiones a la muestra invitándome también a hacerlo.
                                   Le envié poco después la fotocopia de una noticia aparecida en algún matutino porteño en 1985 cuando falleció Rafaela Ishton, considerada “la última ona”. Me agradeció el aporte destinado a su archivo y me trasmitió por escrito la razón de su afán por reivindicar a esos naturales –voluntad que pronto advertí obedecía en el mejor sentido de la praxis  al plano íntimo de las vivencias y de los sentimientos: como que eran los ancestros  nada menos que de “los indígenas que conocí y fueron mis compañeros de trabajo en la Tierra del Fuego en la década del cuarenta”. Y porque como abrevó en el doctor Justo: “genuina es la teoría que surge espontánea de los hechos”[10] y en el caso suyo bien que lo fue la comprobación “in situ” en los años cuarenta del despojo y el genocidio de sus defendidos.     
            

                                       Enrique Inda, escritor comprometido con la justicia histórica, la justicia social y los valores republicanos que abrevó en sus lecturas a Juan B. Justo del que memorizaba largos pasajes de “Teoría y práctica de la historia”, había abrazado en su juventud una profesión que entendió patriótica en la línea trazada en materia de soberanía petrolera por los generales Mosconi y Baldrich: la de técnico en perforación y exploración petrolífera, actividad que le permitió conocer la Argentina profunda y en gran medida doliente. Enrique Inda, malvinero de la primera hora y defensor con sentido retrospectivo y actual de los derechos humanos, también de los de tercera generacional reconocidos por el artículo 41 de la Constitución Nacional a partir de la reforma de 1994, en tanto su activo compromiso con el medio ambiente que lo llevó  a fundar en Aldo Bonzi asociaciones ecologistas, fue un militante por la integración  latinoamericana a punto tal de remitirle hace unos años un mensaje al presidente Sebastián Piñera en solidaridad con la reivindicación boliviana de la salida al mar, inquietud a la que respondió con amabilidad el mandatario trasandino.
                                      Quizá su última manifestación pública correspondió a un correo de lectores que publicó La Prensa el 19 de noviembre de 2013 titulado “Tregua política”, donde propuso a todos los partidos políticos argentinos lograr un consenso por “diez años de paz social, trabajo y lucha contra la corrupción y el narcotráfico”.
                                    No era un optimista desentendido del presente sino un cruzado de la esperanza dispuesto a avanzar lanza en ristre contra pragmáticos y serviles de la “realpolitik”; alguien capaz de aportar lo suyo al caudaloso río  de la “esperanza interminable” cantado por María Elena Walsh. Y sí era todo un poeta, que de cuando en cuando deleitaba a los lectores del suplemento cultural del diario fundado por José C. Paz con sus composiciones en metro libre con elevados mensajes de sinceridad y humanidad.
                                                     
                 (Carlos María Romero Sosa, se publicó en la revista Historia)



[1] A poco de enterarme de la noticia por el único aviso fúnebre que publicó La Nación al día siguiente,  di a conocer en la revista digital costarricense “Con Nuestra América”, el 11 de enero de 2014,  un artículo recordatorio suyo bajo el título: “Un socialista auténtico”.   http://connuestraamerica.blogspot.com.ar/2014/01/argentina-un-socialista-autentico.html
[2] Carlos Gregorio Romero Sosa (1916-2001)
[3] Además de lo realizado en el Cabildo de Salta, Enrique Inda participó hacia 1948 en la reconstrucción del Pucará de Tilcara  en la provincia de Jujuy. Fue a cuarenta años de su descubrimiento por Juan Bautista Ambrosetti y Salvador Debenedetti,; y cuando estuvo a cargo  de esa reconstrucción el profesor Eduardo Casanova titular  de la cátedra de Arqueología Americana en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.-  
[4] Carta de Enrique Inda a Carlos María Romero Sosa fechada el  15 de enero de 2007 en Aldo Bonzi.-
[5] Enrique S. Inda: “El exterminio de los onas”:, Cooperativa de Trabajo Cultural y Educativa  Cefomar, Buenos Aires, 2008. Páginas 23/4.-
[6] Boleslao Lewin: “Quién fue el conquistador patagónico Julio Popper”, Buenos Aires, 1974. Editorial Plus Ultra.-
[7] Aníbal Héctor Allen: “Entre la historia y la esperanza de una región argentina llena de misterio TIERRA DEL FUEGO”, en Clarín Cultura y Nación, viernes 9 de agosto de 1979.-
[8] Juan E. Belza: “En la Isla del Fuego” Tomo II: Colonización,  Buenos Aires, 1975. Talleres del Instituto Salesiano de Artes Gráficas. Página 163.-
[9] Enrique S. Inda: Op. Cit.: páginas 30/31.-
[10] Juan B. Justo: “Teoría y práctica de la historia”, 2da. Edición. Buenos Aires, 1909.- Confrontar también en: http://www.fundacionjuanbjusto.org/2010/07/teoria-y-practica-de-la-historia-i.html..-

miércoles, 20 de julio de 2016

SHERLOCK HOLMES: COSTUMBRISMO Y MISTERIO




             “SHERLOCK HOLMES EN BUENOS AIRES”, de ENRIQUE ESPINA RAWSON: COSTUMBRISMO Y MISTERIO (*)

                                  De cara a una novela policial se suele tener curiosidad, incluso morbosidad y difícilmente nostalgia. Sin  embargo frente a “Sherlock Holmes en Buenos Aires” de Enrique Espina Rawson, primó en mí el último de los sentimientos. No deseo ser autorreferencial pero sucede que, como muchos de mi generación, relaciono al mítico detective con  mi infancia y sin duda con lo mejor de ella: el descubrimiento de los libros y de la lectura. Porque las primeras obras de las que me compenetré fueron precisamente sus aventuras escritas por Sir Arthur Conan Doyle. Incluso lo entrañable para mí es que no llegué a esas historias por casualidad o revolviendo en la biblioteca de casa. Fue mi madre quien puso en mis manos, a mis siete años, los dos tomos de tapa dura publicados por la Biblioteca de La Nación, que a su vez ella había leído de chica y que se iniciaban con la historia de “Un escándalo en Bohemia”.                 
                               A poco y fatigados esos volúmenes comencé a requerir caprichoso que se me proveyera de otras aventuras del hombre de la pipa y el violín; y así recibí en una Navidad el obsequio de “Un estudio en escarlata” y de “La señal de los cuatro” –lectura para las vacaciones, subrayaron mis mayores-  cuando el boletín escolar del Colegio San Agustín que debía firmar mi padre anunció que había pasado de grado.
                          Debo reconocer que las lecturas de Sherlock Holmes no solamente me transportaron a los crímenes y demás delitos con sus resoluciones de tipo racional, sino que también me condujeron a países lejanos cuando el mundo no estaba globalizado y redoblaba mi fantasía imaginar los distantes territorios de Inglaterra y Estados Unidos y los más exóticos de Afganistán, India o Australia, que de uno u otro modo aparecen mencionados en los relatos.
                                Con el paso de los años otras inquietudes y cada vez más exigentes estudios pusieron entre paréntesis la temática policial, poco a poco alojada en el arcón de los recuerdos infantiles. Aunque no archivé del todo a Sherlock Holmes, ni hubiera sido posible hacerlo toda vez que su figura me salía al paso fatalmente. Ora al leer a Borges en la adolescencia, ora al descubrir más tarde una biografía del sabueso británico publicada en 1992 y compuesta por un argentino: el médico Miguel Mateos. Ora al disfrutar de la trama de “Elemental doctor Freud” del norteamericano Nicholas Meyer o incluso al leer un artículo de Julián Marías donde el filósofo contaba que durante la convalecencia de una enfermedad se dedicó a releer íntegro a Conan Doyle y gustar de nuevo del intacto suspenso en el Londres brumoso y transitado por coches de caballo. Aparte advirtió el pensador español cómo funcionaban de bien ciertas actividades en la sociedad victoriana,  por ejemplo el correo ya que los telegramas iban y venían con gran rapidez desde y hacia Baker Street 221 B.
                               Sé que el yo es odioso y pido disculpas por esta introducción. Voy al libro que presentamos.          

*****
                               Para los que tenemos el privilegio de gozar del trato frecuente de Enrique Espina Rawson y que venimos siguiendo desde tiempo atrás su magisterio escrito, oral y radial en dos de las materias de su dominio: el tango y la figura de Carlos Gardel, aunque nos  entusiasmó  la lectura de “Sherlock Holmes en Buenos Aires”, una novela policial con suspenso e interrogantes, auspiciosamente prologada por Darío Falú, en rigor de verdad  y conociendo la jugada y bien conjugada porteñidad de Enrique, en todos los tiempos de su historia quizá eterna porque también a él se le hace cuento que empezó Buenos Aires, no nos ha llamado la atención la acertada recreación del personaje inmortal que es Sherlock Holmes. “Este ser casi mitológico (que) está construido sobre el caballero Dupin de Edgar Allan Poe, pero goza de una vitalidad que no tiene su predecesor”, en definición del autor de “El Aleph” que figura en la “Introducción a la literatura inglesa”, escrita en colaboración con María Esther Vázquez.
                                Y si no nos asombró el verosímil traslado de Sherlock a nuestra ciudad es porque Espina Rawson, además de imaginar –o descubrir, vamos a darle crédito a sus dichos-  otra aventura suya y de su alter ego el doctor Watson, al ambientarla en Buenos Aires pinta con pluma amena y ajustada carga costumbrista sin pintoresquismo chillón, un ámbito ciudadano que conoce y ama: aquel en el que nuestros abuelos desarrollaron sus existencias sin premuras posmodernas ni  sentimientos líquidos según la terminología de Sygmunt Bauman; y tal lo fueron los hogares por ellos fundados sobre principios y valores de los que provenimos. Es por eso que con originalidad el libro toma distancia de los ambientes agobiantes, sombríos, lúgubres, tan propios de la novela negra norteamericana.
                          Por algunas pistas –y ello nunca mejor tratándose de una historia detectivesca- es de sospechar que la acción debió desarrollarse en la última  década del siglo XIX, época de nítidos contrastes, como ser la opulencia de las clases dirigentes y el conflicto social en ciernes, los vástagos del patriciado dados al ocio en París y los inmigrantes laboriosos, algunos en vías de ascenso social con  hijos ya en la universidad y pronto desempeñando cargos de preeminencia merced a una limitada pero posible movilidad social. Tiempo en que era un ayer no más la Gran Aldea que pintó Lucio Vicente López y tiempo en que se trataba de cerrar la pesadilla de la especulación bursátil y la corrupción que retrató Julián Martel en “La bolsa”. Tiempo de revoluciones radicales y de la fundación del Partido Socialista y de su órgano periodístico “La Vanguardia”; y ello mientras Miguel Cané pergeñaba el texto de la Ley de Residencia aprobada en 1902. Un tiempo algo posterior a la inauguración de la Avenida de Mayo y cuando Canning –hoy Scalabrini Ortiz- se llamaba todavía Calle del Ministro Inglés y Alfredo Lázzari testimoniaba en un cuadro de su pincel la confluencia casi suburbana de esa arteria y la Avenida Las Heras frente a la Penitenciaría Nacional.  Era por entonces Jefe de Policía de la Capital el General Manuel Campos, disfrazado en la novela bajo el nombre de General Bermúdez.   

                               Como en los actos de presentaciones y en las notas bibliográficas corresponde hablar del libro en cuestión pero no contarlo, buscaremos algunos atajos hacia él. Diremos entonces que se sabe y el que mejor lo sabía era Sherlock, y antes su padre literario Conan Doyle y primero de todo el analítico doctor Joseph Bell, su profesor en la Universidad de Edimburgo: no hay casualidades. Lo que sí hay es mensajes provengan de dónde provengan y resulta oportuno recordar aquí  que Sir Arthur Conan Doyle era espiritista.
                                Aunque sin llegar a cuestiones de tanto sacudimiento espiritual, cabe  proponer la tesis de que aparte de ser esta novela  de pura ficción, lleva explícitos e implícitos los homenajes. Entre los explícitos dado que las referencias a ciertas figuras reales trascienden la mera escenografía, están por cierto los tributados a nuestro sutilísimo escritor José S. Álvarez “Fray Mocho”, integrado como un personaje más a la narración, al sabio Juan Vucetich, creador del método dactiloscópico,  e incluso a la Policía de la Capital, a la que pronto se conocería como “la primera del mundo” y que ya contaba en sus filas con destacadas figuras como los después comisarios César Etcheverry o Antonio Ballvé.
                              Y en cuanto a los segundos,  no es forzado suponer que el recurso mismo que desencadena la acción de la novela, cual es partir de un recuperado texto, homenajea  a Miguel de Cervantes. Sí, quizá represente una ofrenda a quien en el capítulo  IX de su obra inmortal, asentó la conocida referencia al hallazgo en el alcaná de Toledo de un cartapacio con la “Historia de Don Quijote de la Mancha escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo.” Sucede  que en cambio del Manco de Lepanto que requirió  la traducción de un moro aljamiado, Enrique vertió al castellano o al rioplatense mejor dicho, los apuntes, suponemos que en inglés, del doctor Watson. Y qué decir sobre la sospecha de otros homenajes: por ejemplo el que debe haberlo a esa novela policial que décadas atrás dio una vuelta de tuerca al género; y naturalmente por ese camino asimismo a su recientemente fallecido autor Umberto Eco, creador del holmeniano personaje de Guillermo de Baskerville, aquel franciscano lector del nominalista Ockham. Homenaje por cierto a contrario sensu, porque sabido es que en “El nombre de la rosa” no se parte de un misterioso texto sino que al revés hay una búsqueda del presunto y aristotélico “Tratado de la risa”.  

                             Para volver  a los capítulos de Espina Rawson, subráyese que resulta un mérito particular que alguien tan buen conocedor de nuestra ciudad y su historia haya dosificado el costumbrismo. Holmes recorre Florida, la del “pavimento sonoro/ (que) sintió trotar el tronco de potros de Inglaterra” en la visión de Rubén Darío; goza del baile del tango en Montevideo; como buen clubman británico concurre al viejo Jockey Club y al Club del Progreso y hasta advierte la existencia de los conventillos, no mucho más lúgubres que los sórdidos albergues de los barrios bajos londinenses de la era victoriana y eduardina. Esos conventillos sobre los que tomó nota con visión progresista y justiciera el higienista Guillermo Rawson, un ilustre pariente de Enrique. Pero al detective nada lo distrae  del compromiso y el desafío investigativo: visita sospechosos, interroga, analiza,  deduce siempre y el hilo narrativo va por allí. Y no es sólo un frío razonador el que se nos presenta sino que hasta tiene gestos de quijotesca piedad o ya, algo argentinizado, de criolla gauchada.
                                     Ahora sin adelantar el argumento iremos a un punto crucial: hay una joya en cuestión y a muy buen puerto fueron los empresarios que solicitaron los servicios del habitante de Baker Street 221B ya que tiene antecedentes en la resolución de cuestiones de tal índole, como que  un par de aventuras de Sherlock Holmes están vinculadas a la sustracción de joyas: “La corona de berilos” y “El carbunclo azul.” Y no diremos más.
                                       Leamos pues esta obra con el interés que nos promete desde el inicio, sin defraudar ni  trampear porque hay formas de resolución en que ninguna novela policial debe incurrir como bien lo sabían Chesterton y los demás miembros del London Detection Club que proponían el juego limpio en el género.  Advirtamos que precisamente por avanzar con ansiedad en sus páginas se llegará al final con cierta tristeza: otra vez Sherlock Holmes, igual que en sus historias que devorábamos en la infancia, habrá quedado entonces en el recuerdo,  sino en la nostalgia que es la primera sangre del recuerdo vertida por la inflexible espada del tiempo cuando se la desenvaina en los atardeceres.-

(*) Carlos María Romero Sosa.  Texto de la presentación de la novela de Enrique Espina Rawson en el acto celebrado en la Sociedad Argentina de Escritores, el 17 de marzo de 2016.- Se publicó en Calchaquimix el 5 de mayo de 2016.                               

DISTANCIA Y CERCANÍA DEL PRIMER LIBRO



                                                    El profesor Raúl Lavalle, un querido amigo latinista con el que compartimos, entre otros empeños culturales,  la aventura de la revista literaria Ápices desde el primer número, fue el que lo advirtió con su prodigiosa memoria de políglota y me lo recordó: han pasado largas cuatro décadas desde la publicación de mi inicial libro: un poemario en formato de bolsillo que titulé “Las veredas” y cuyo colofón documenta que ciertamente se terminó de imprimir en el mes de marzo de 1975.
                                                   Dos veces veinte años es mucho tiempo y hasta lo hubiera reconocido así el mismísimo Alfredo Le Pera; como que  al enfocar en perspectiva tal  trecho, en general las situaciones  que lo llenaron dándole sentido, densidad, escenario, apenas suenan hoy en el espíritu con sordina  y, las más veces, ni siquiera eso y finaliza ganando la partida el olvido que juega siempre con cartas marcadas. No obstante surgen como rocas desafiantes al oleaje de la desmemoria, hechos y momentos del pasado, intactos o mejor aún, reconstruidos por la emoción de recuperarlos.
                                                 Será por eso que me reconozco -o me reinvento- al promediar diciembre de 1974, con los originales bajo el brazo de mis sonetos juveniles en extremo crípticos, a punto tal  que mi tío el poeta Jorge Obligado me manifestó al leerlos que muy vagamente los entendía  y me sugirió perseguir en lo posible  la claridad; de coplas donde advierto ahora que sí dejé algún margen para la frescura y la espontaneidad como lo requiere el género o del Romance de  Lázaro Gómez, un poema de tema histórico “cabalmente logrado”, según juzgó con benevolencia desde las columnas del desaparecido periódico Mayoría el escritor José Eusebio Rodríguez Caso y que yo compuse en metro decasílabo entre los dieciocho y diecinueve años.
                                               Entre tantas siluetas superpuestas -o contrapuestas-, trato de buscarme llevando presuroso ese material mecanografiado a una imprenta en la calle Uriarte al 1000, en el barrio de Palermo. Sus propietarios eran unos conocidos de  Raúl Padró, mi compañero de la Facultad de Derecho de la UBA que con el tiempo fue elegido por el voto popular, miembro del desaparecido Consejo Deliberante de la ciudad de Buenos Aires. Gracias a su intermediación pude conseguir un precio en extremo accesible que me permitió cumplir con el sueño -vivo desde la adolescencia- de ver en letras de molde mis versos. Por ese motivo, sumado a que su hermano, el artista plástico Pablo Padró me diseñó la tapa a su pedido, aparece dedicada a él la edición bajo la invocación a mis padres.    
                                          “Te puedes arrepentir de publicar prematuramente”, me había advertido tiempo antes mi padre que dejó afuera de su bibliografía, por juzgarlas cursis y tontas, las  plaquetas poéticas iniciales que dio a conocer en Salta. No lo escuché, tan convencido estaba de que mi labor veinteañera o incluso anterior a esa edad era ya madura y definitiva. Debía sentir que Rimbaud y nuestro Enrique Banchs me señalaban que la precocidad y la inmortalidad eran dos caras de una misma moneda. El desengaño me llegó a poco por supuesto, aunque no me arrepiento de esas “Veredas” inaugurales; muchas veces con baldosas flojas en las que venía tropezando  y me salpicaban el apuro por llegar a ninguna parte: “Esquina sin vuelta” se titula mi más reciente poemario, como si algo me hubiera instado en forma inconciente, con la apelación a esa “aporía”, a cerrar un trayecto lírico y existencial cuarenta años después de iniciado. Por supuesto espero que no sea más que una casualidad la denominación que se me ocurrió el pasado 2014.

                                                 Pero si no me arrepiento de esas aceras idealizadas a las que describí –lo advierto- tachonadas de “clavos de lluvia”, donde también el aguacero caería por igual sobre la ciudad y sobre mi corazón, como escribió Verlaine, es porque a la colección le siguió más de una docena de nuevos títulos, algo demostrativo de que mi puntapié inicial en las letras no fue como el acné juvenil, un riesgo sobre  el que me advirtió José Gobello en una nota bibliográfica que me dispensó algo más tarde.
                                    
                                               Recorro sus páginas y encuentro el poema: “Almaraz Guevara  como tantos”, síntesis y augurio de mi actitud rebelde de entonces y de ahora, aunque lejos de cualquier sectarismo ideológico piense en la actualidad con Octavio Paz que “la modernidad es el reino de la crítica”. Los nombrados son unos versos alusivos  –mucho antes de abrevar en “El Che amor” de Alberto Szpunberg- a la utópica promesa redentora guevarista, extendida sobre el prefijado destino de pobreza y analfabetismo de tantos condenados de la tierra (Frantz Fanon dixit) que simbolicé en el nombre criollo “Almaraz”: en realidad el de un boyerito adolescente del campo de un bisabuelo en Tornquist, y alguien siempre evocado con ternura por una de sus hijas: mi abuela materna.

                                              Lo cierto es que estrené mi producción poética –desde antes venía publicando algunas notas en prosa-  con parecido  orgullo y ánimo de ruptura de quien lo hacía en mi generación y en las anteriores con los pantalones largos. Y cuánta alegría significó hacerme  de los paquetes de la edición que ahora advierto debí cuidar más atento  las erratas que encuentro  y que de nada vale justificar apelando al verso de Pedro Miguel Obligado: “gracias a mis errores he vivido”. La alegría, en tanto, fue un sentimiento compartido con la familia y los amigos y seguramente compensó en algo el desengaño que significó en mi espíritu el peronismo en el poder, derechizado durante los postreros días de vida de Perón y el gobierno de Isabel, hasta el extremo criminal de las Tres A, del “Brujo” López Rega, el fascista Alberto Ottalagano en la Universidad  de Buenos Aires y el nazi  Alberto Villar como Jefe de Policía.  
                                 
                                          Un día domingo por la mañana de mediados de ese año 1975, mi madre que compraba La Nación al regresar de misa, me despertó con la noticia de la aparición de un comentario bastante favorable en el suplemento literario de ese diario, sin duda producto de la pluma de Jorge Cruz. Y otro día recibí una carta manuscrita del inolvidable Adolfo Pérez Zelaschi, que sentí como un espaldarazo. Y otro día me llegó una invitación del poeta Vicente Trípoli para presentar la obra en el “Museo de Motivos Populares Argentinos José Hernández”, por entonces bajo la dirección de ese notorio miembro de la Generación del ´40. Y otro día el escritor Alberto Córdoba Zavalía se comidió a referirse al poemario en el acto programado en la sede del Museo, en la Avenida del Libertador, evento en el que la joven declamadora Marcela Casabella puso en su voz algunos de mis versos. Y otro día mi padre trajo a casa la noticia de que don Bernardo González Arrili  que en la redacción de La Prensa  hojeó la obra, enviada por mí a la sección correspondiente del matutino, había celebrado que su viejo amigo tuviera un hijo poeta.
                               Hasta que alguna otra jornada noté que se espaciaban las novedades atinentes al libro. Aunque  entrado el olvidable ´76, Domingo V. Gallardo comentó su contenido en La Jornada de Trelew y Lucas Padilla lo hizo en La Capital de Rosario, puntapié inicial de mi vínculo afectuoso con él y oportunidad de conocer de principio a fin el anecdotario de este sibarita del pensamiento, así como de mi colaboración, sostenida durante veinte años, en el diario decano de la prensa argentina que fundó Ovidio Lagos en 1867. Y hasta en abril del ´79 la obra demostró ser capaz de ganar batallas después de…traspapelada; porque para entonces llegó a mis manos una carta de Manucho Mujica Laínez con frases alusivas al volumen dictadas por su proverbial generosidad. (Tengo aquí que aceptar con Cherterton que el relato autobiográfico es el mejor pretexto para referirse a los otros, para el caso con gratitud).
                            
                              Después, irremediablemente, se  alzó el silencio sobre esas “veredas”, cada vez con ecos más lejanos de mis pasos que  por las vueltas de la vida tomaron otras direcciones. Aunque ahora, y mejor que debido a la redondez de la tierra que permite el regreso desde las antípodas, por la espiral con centro en el corazón que traza la gentileza y atención de Raúl Lavalle, puedo  reencontrarlas en otra encrucijada de la edad, de  la visión estética  y de la emoción.

(Carlos María Romero Sosa.  Se publicó en Calchaquimix, el 27 de noviembre de 2015)


domingo, 3 de julio de 2016

OLGA DE ADELER, DE DINAMARCA A LA PAMPA BONAERENSE




                                                    Desde la niñez escuché hablar a los míos de Olga de Adeler, a quien recién conocí hacia  mis once o doce años. Ocurrió cuando un tío nos condujo en su auto hasta el chalet de Olivos donde vivía, creo recordar que con una hija. Mi abuela materna,  como ella escritora y periodista, se quedó allí esa tarde tomando el té con su amiga de la juventud y la militancia literaria. Al regresar a recogerla varias horas después la vi salir de la casa acompañada hasta la puerta por una señora mayor alta y distinguida que hablaba con un ligerísimo acento extranjero.  Revivo la emoción de esa jornada al encontrarme frente a la autora de páginas que tanto movilizaron mi imaginación en la edad en que se tiene una estrella en la mano, como escribió Rubén Darío. Sucede que había leído y fantaseado, sin duda abriendo largos paréntesis a los deberes escolares, aventuras con príncipes valientes,  palacios de ensueño,  madrastras temibles, gnomos queribles y muy en especial había sentido la camaradería con los animales humanizados de sus cuentos de “El hilo mágico”, un libro –en edición de tapa dura de Peuser- bellamente ilustrado en colores por el dibujante Manuel Ugarte, el mismo artista que antes me  trasladó a la campiña británica y a los bosques de Escocia con sus ilustraciones de Ivanhoe y del defensor de pobres y oprimidos Robin Hood.   
                                                            Nacida dinamarquesa en 1877 bajo el reinando de Christian IX -primer monarca de la casa de Schleswig-Holtein-Sonderburg-Glusksburg- y de su esposa Luisa de Hesse-Kassel, procedía Olga Jespersen –tal su apellido de soltera- de una antigua familia de marinos. Pronto como en un futuro cuento suyo con final feliz contrajo matrimonio con el barón Johannes Emil Adeler que, a poco  y debido a reveses de la fortuna, se traslado en 1900 a la Argentina radicándose con su esposa en la localidad de Puan donde nacieron sus tres hijos; allí y en viajes a Bahía Blanca inició Olga la relación  con los García Black, la parte de mi familia afincada en esa ciudad y en Carhué,  no demasiado lejos del partido de Puan.

                                                         Al morir  el barón de Adeler diez años después, esta vez emulando la realidad un cuento con amargo epílogo del danés Andersen, le tocó a la viuda hacer frente a la adversidad que representaba  la prematura desaparición del compañero y el consiguiente desamparo económico en que quedó sumido el hogar. Entonces con la fuerza espiritual de otra Karen Blixen, aquella compatriota suya radicada en África y más conocida por el seudónimo Isak Dinesen, se aplicó a concebir historias, en su caso inspirada en la pampa bonaerense y sus habitantes y a traducirlas al papel en perfecto castellano, enriquecido por voces criollas cuando la temática lo requería. Pronto publicaciones como Caras y Caretas y El Hogar requirieron sus colaboraciones,  editoriales como Peuser o la Librería del Colegio publicaron sus libros, el Consejo Nacional de Educación aprobó uno de ellos: “Jazmín del país”, como texto de lectura para la escuela primaria y de ese modo con el fruto de su labor intelectual sostuvo a sus hijos. También de la tercera década del 1900 data su vínculo con La Prensa donde, según lo destacó una crónica aparecida allí el 20 de octubre de 1967 fecha  en que cumplió  90 años, Olga de Adeler fue “durante más de medio siglo una distinguida colaboradora cuya adhesión al diario se ha mantenido inquebrantable.”  Incluso, ya trasladada a la ciudad de Buenos Aires,  llegó a desempeñarse en la redacción y estuvo a cargo del archivo del periódico que fundara José C. Paz, para lo cual concurría diariamente al  antiguo y elegante edificio de Avenida de Mayo al 500.
                                                         Cultivó con maestría el cuento y el relato muchas veces de fondo moral y afirmación humanista. Así “La pausa de humanidad”, ambientado en las trincheras de la Primera Guerra e  incluido en su libro “De corazón adentro” (1922), recrea una situación real y abre una puerta a la esperanza de un mundo mejor. En tanto que en        “Caridad oculta” de la misma colección, hay aparte de la moraleja de contenido ético, cierto  atisbo de crítica a las injusticias sociales y a las postergaciones de los necesitados.  El criollismo de buena ley, producto de sus vivencias en el campo argentino y  la consiguiente captación psicológica de los temperamentos rurales sencillos y  en general llenos de nobleza y lealtad, recorre buena parte de su narrativa. Impresiona también en ella un recatado feminismo y el nada forzado argentinismo que la inspira.
                                                   En el prólogo de otra colección de cuentos que alcanzó  dos ediciones (1929 y 1956): “Jazmín del país”, expresó: “En este Jazmín del país, flor eminentemente argentina, he condensado mis ideas de mujer –vale decir de madre- y he querido impregnarlo de fragancia nacional para que su perfume sea a la vez terreno y humano”.  Esos caracteres enmarcados con un fondo de ternura que resalta  en una prosa sin artificios pero de elevado tono poético, están patentes en otro de sus libros del género: “Imágenes” (1934) e incluso  en sus comedias “En las mejores manos del mundo” y “La mejor obra”, estrenada en junio de 1931 en Buenos Aires.
                                                    Tuvo amistad y fueron  admiradas su vida y su obra ejemplares por colegas en las letras como Juan Burghi, Ada Elflein, Carmen Arolf –seudónimo de Flora García Black-,  María Lidia Barone del Curto, Lía Gomez Langenheim o Adelia Di Carlo. Esta última expresó en una oportunidad: “Olga de Adeler es de origen noble, pero lo es doblemente por su alma; y  esa alma hecha a base de nobleza, de rectitud y de sentir profundo está en sus libros. Esa alma vibra en sus páginas que ora tiernas, ora dulces, buenas, altivas, justicieras, nos conmueven hondamente.” 
                                                   La autora de dos mundos, tan pronto capaz de recrear para los pequeños las leyendas nórdicas conocidas en la propia niñez –“la literatura infantil  no es otra cosa que la memoria de una invención”, destacó Fryda Schultz de Mantovani- y de imaginar argumentos frente a nuestras abiertas extensiones pampeanas, falleció en Olivos el 31 de enero de 1968. El “Diccionario de Mujeres Argentinas” de Lily Sosa de Newton y  el “Diccionario de literatura infantil y juvenil” de María Ruth Pardo Belgrano, Graciela Rosa Gallelli y Elsa Plácida Vulovic, han registrado los datos principales de su biografía.

Carlos María Romero Sosa


(Se publicó en La Prensa el 3 de julio de 2016)

domingo, 19 de junio de 2016

CALLE ALBERDI 423 (SALTA)

Se publicó en La Prensa el 19/06/2016

RODOLFO MODERN, POR LA PASION A LA RAZÓN LITERARIA

                                                               Al  mundo de las letras no le será fácil  hallar una personalidad signada por tanta vocación literaria como la que tuvo  Rodolfo Enrique Modern; y menos todavía que sea alguien con suficiente capacidad para revalidarla en cada uno de sus escritos. En ellos, el bien adquirido oficio lejos de anularla, disimularla o sustituirla por la mera profesionalidad, puso en acto vocación e inspiración, su natural sucedánea. Y fueron esos llamados del espíritu y no al revés los que determinaron la impar laboriosidad y concentración  de la que resultó una obra vasta, sentida en cada página y rica en cuanto a la forma, ya que Modern  cultivó con igual fortuna la poesía, el cuento, el teatro, el ensayo, la crítica, la biografía y la traducción de creadores de lengua alemana como Georg Trakl, Rainer María Rilke o Hermann Hesse.
                                                                                 Basta leer sus antecedentes académicos que le granjearon premios y condecoraciones y sobre  los que poco o nada gustaba hablar, para advertir que desde la primera juventud se había preparado para el ejercicio de las letras; de allí que no dudó en seguir las carreras universitarias más afines con los que serían sus pasiones y sus quehaceres de vida. Estudió hasta graduarse derecho y filosofía y letras en la Universidad porteña y si el ejercicio de la abogacía jamás lo atrajo ni lo practicó y sólo se asomó doctrinariamente a la rama del Derecho Internacional Público sobre la que versó su tesis en 1953, solía atribuir -si en caso- a su trato con códigos y con jurisprudencias la precisión del lenguaje y las deducciones llenas de buena lógica que  comentaristas y exegetas elogiaron en sus libros  de crítica tales como “El expresionismo literario” (1958), “La literatura alemana del siglo XX” (1969) o “Estudios de literatura alemana” (1974).
                                                                En cambio, el profesorado y finalmente el doctorado en Filosofía y Letras (1964) le abrieron el camino de la docencia secundaria y normal primero y después la superior en la cátedra de Literatura Alemana que ejerció con verdadera pasión de maestro en las Universidades Buenos Aires y La Plata.  

LITERATURA Y VIDA                                                               

                                                               Rodolfo Modern falleció en 22 de marzo pasado próximo a cumplir 94 años: había nacido en Buenos Aires un 22 de julio de 1922.  Para   entonces Leopoldo Lugones publicaba “Las horas doradas”, Manuel Gálvez la novela: “La tragedia de un hombre fuerte”, la imprenta Coni presentaba el último tomo de “La Literatura Argentina” de Ricardo Rojas y un prosista de veta humorística y rasgos costumbristas daba a conocer “Tres relatos porteños”. Era Arturo Cancela al que iba a estudiar décadas más tarde Modern, pese a hallarse, en tanto ser un convencido y consecuente liberal y demócrata en materia política él, en las antípodas ideológicas del  nacionalismo de derecha de su biografiado del que no obstante y seducido por el ingenio y la chispa sarcástica que caracteriza su obra, reunió  una antología de ella que vio la luz en 1962 con el sello de Ediciones Culturales Argentinas del Ministerio de Educación y Justicia.

                                                                     Como el mismo Rodolfo solía reconocerlo entre añoranzas por un pasado más estable al que contraponía las turbulencias  actuales de todo orden, sin duda 1922, el año de la ascensión de Alvear a la presidencia de 

DERECHOS DE LOS ANIMALES




                               Con motivo de la concesión por parte de la Sala II de la Cámara de Casación Penal -en diciembre de 2014- de un Habeas Corpus a favor de la orangután Sandra, alojada en el Zoológico de la Ciudad de Buenos Aires, reconociéndola como persona no humana y como tal titular de derechos, vengo leyendo opiniones críticas que  oponen reparos de índole teórico y en extremo antropocéntricos al reconocimiento de  los derechos de los animales, algo aceptado por numeroso Derecho Comparado y aprobado por la Organización de las Naciones Unidas y la UNESCO. A alguna de esas objeciones respondí en una carta de lectores que publicó el diario La Prensa el 21 de mayo del corriente año 2016 bajo el título “Protección Legal”.  
                                                  Por supuesto que nadie cuestiona en esta etapa de la civilización, la protección que se les debe a nuestros hermanos menores –nosotros no somos al fin más que animales de naturaleza racional- y que por lo demás exige la Ley argentina 14.346/54 incorporada al Código Penal; sólo que se reaviva el tema frente a noticias de muertes violentas de seres enjaulados ocurridas en zoológicos de la Argentina y del extranjero que ponen en duda la razón de ser de esos sitios.   
                                                Por mi parte voy más allá de aquella resolución judicial promovida en su momento por la Asociación de Funcionarios y Abogados por el Derecho de los Animales (AFADA),  atento que sin duda merecen  algo más que una simple, aunque oportuna declaración de derechos para que deje  de considerárselos “cosas” según reza también el nuevo Código Civil y Comercial de la Nación en el artículo 227 y concordantes.
                                                 Ciertamente lo que corresponde desde una perspectiva puramente ética y humanitaria, es asumir hacia ellos una verdadera actitud de respeto, de compasión y de amor como que incluso,  para los creyentes cabe  aceptar que el Creador merece ser alabado en todas sus criaturas, tal como lo proclamó en el “Cántico al Sol” San Francisco de Asís, no por casualidad declarado Patrono de la Ecología y de los Animales por San Juan Pablo II en 1980.
                                              Pero el derecho siempre es el mínimo de ética exigible y como el grado de evolución moral de los miembros de una comunidad no resulta uniforme, entonces al menos valga reconocer algunas garantías de índole jurídica para las víctimas indefensas de los seres humanos desde la prehistoria. No pretendo invalidar el razonamiento de Fernando Savater  que argumenta  en la materia que a todo derecho corresponde un deber, por cierto no imponible a ningún  animal por lo que entonces se invalidaría aquél.  Claro que no en todos los casos se da esa correspondencia,  a punto tal que el principio  falla,  por ejemplo, frente a la aceptación legal y legítima  del  inalienable derecho humano a la vida de los aún no nacidos. En su libro “Tauroética”,  Savater lamentablemente defensor de las corridas de toros como Mario Vargas Llosa y antes Ortega y Gasset que en 1945 desde Lisboa elogió “Los Toros” del académico de la lengua  y por largo tiempo presidente del Ateneo de Madrid don José María de Cossío, ciertamente una enciclopedia del saber taurino, afirma que “el derecho es una cosa que los seres humanos nos concedemos” y a renglón seguido dice que “un animal vive fuera del reino de las leyes”. 
                                                Aunque  como contrapartida es de destacar que otro filósofo también español como el antes mencionado autor de “Ética para Amador”: el fallecido en 1991  José Ferrater Mora, en el volumen: “Ética aplicada. Del aborto a la violencia” (Alianza, 1981) compuesto junto a su esposa Priscilla Cohn, Profesora Emérita de Filosofía de la Universidad de Pensilvania y activa militante contra las corridas de toros, dedicaron un capítulo a los derechos de los animales cuando poco se hablaba sobre el tema, ya que uno de los pioneros en la cuestión fue en 1975 el filósofo australiano Peter Singer  con su obra “Liberación animal”.  
                                             Ferrater Mora y Cohn llegaron a conclusiones  favorables a tales derechos  sostenidas entre otros principios en el de no discriminación. La posición es hoy llamada también inherentismo; término proveniente de entender que los animales tienen  un valor inherente o sea independiente de nuestros juicios respecto de su utilidad, belleza, etc. Dicho de otro modo,  que su valor no es instrumental ya que no son meramente medios para el logro de nuestros fines,  según explica la misma Priscilla Cohn en un artículo –posterior al libro referenciado- titulado: “Una concepción inherentista de los animales”.       

                                              Sin embargo más allá de cualquier discusión abstracta sobre el tema de los derechos de los animales, como el que se ha planteado con ocasión del ejemplar fallo a favor de la orangután Sandra –el Habeas Corpus que dio lugar a la resolución de la Cámara de Casación Penal reconoce antecedentes en los presentados en Santiago del Estero, Córdoba, Río Negro y Entre Ríos para que se les reconozcan a otros simios derechos a la vida, la libertad y a no sufrir maltratos-,  una sentencia que resulta en mucho coincidente con ese “paradigma de religación con la naturaleza” del que habla el teólogo brasileño Leonardo Boff, creo que ha llegado la hora de coincidir  en forma unánime con lo expresado por Albert Schweitzer: “Sólo sé que un animal es capaz de sufrir  y por ello lo considero mi semejante”.

Carlos María Romero Sosa


(Se publicó en la revista “Con Nuestra América”, el 18 de junio de 2016.-)