viernes, 22 de julio de 2016

UNA ESCRITORA ARGENTINA Y SU HOMENAJE A BOLÍVAR EN EL PRIMER CENTENARIO DE SU MUERTE




   
                           Las jornadas de mediados de diciembre de 1930, llegaban con  varios temas como para discutir en la Argentina del primer golpe de Estado triunfante del siglo XX. Algunos de ellos eran de gran impacto internacional, así el levantamiento antimonárquico de Fermín Galán en Jaca (España), pronto reprimido con dureza y al que siguieron fusilamientos ejemplificadores. Y así otros de carácter cultural e histórico, como cierto ingente revisionismo sobre el debido tributo de reconocimiento a su gloria y de un más cabal conocimiento popular de la vida y la acción de Simón Bolívar, en oportunidad del centenario de su muerte, a cumplirse el 17 de diciembre. Precisamente en esa fecha, que caía en día miércoles, el desaparecido diario Crítica, de gran tirada en el país, titulaba en la cuarta página -actualizando la figura y el ideario republicano del vencedor de Carabobo-, en horas signadas por el autoritarismo: “La reacción  en la América Latina no honra a Bolívar”. Reseñaba a continuación el discurso que para celebrar al Libertador pronunciara en la víspera -en Berlín- el profesor Alfons Goldschmidt, con párrafos condenatorios para “el militarismo sin grandeza” de las dictaduras imperantes en Perú, Bolivia y Venezuela. (Sin duda por no pertenecer la República Argentina al ámbito bolivariano, se omitía  mencionar  el gobierno de facto del General José Félix Uriburu).   
                       
                           En rigor de verdad, por aquí apenas se hablaba entonces de Bolívar, aún sin monumento en la ciudad de Buenos Aires como que su estatua fundida en acero, obra del escultor José Fioravanti, se inauguró recién en 1942 en el Parque Rivadavia, casi en coincidencia  con el discurso pronunciado el 27 de octubre de 1942, en el Museo Histórico Nacional, por el presidente de la Academia Nacional de la Historia Ricardo Levene sobre “La tradición bolivarista Argentina”[1], donde lamentó “la incomprensión recíproca de los celos nacionales y del criterio sectario de las vidas perpendiculares. Y continuaba Levene: “Al erigirse  los monumentos de San Martín en Caracas y de Bolívar en Buenos Aires, (…) se cierra ese período polémico para entrar en el juicio definitivo de la posteridad, al consagrar el genio de los pueblos de Venezuela y la Argentina que encendieron la llama del genio de los dos libertadores” 
                            Es que de algún modo se venía confrontando ambas figuras, al punto que la “Entrevista de Guayaquil” adquiría a los ojos de los lectores de textos históricos oficiales y educativos del tipo de la Historia de Grosso, dos caras nítidas y bien diferenciadas entre sí: la del éxito político por un lado y la del ejemplar renunciamiento  por el otro. Incluso la conocida décima inicial de “La retirada de Moquegua” de Rafael Obligado, el “Poeta Nacional”, había resumido y fijado en la mente de sucesivas generaciones argentinas esa visión un tanto maniquea sobre los máximos adalides de la Guerra por la Emancipación Americana: “Dijo San Martín, austero: /  -“Toma mi gloria” a Bolívar./ Y larga copa de acíbar/ fue a beber al extranjero.”/.
                          

                          Lo cierto es que más o menos cerca de aquel primer centenario bolivariano,  elaboraba   Ricardo Rojas “El Santo de la Espada”, título de su biografía sobre nuestro Padre de la Patria publicada en 1933.  Eran  tiempos cuando del colombiano Rafael Pombo muchos  memorizaban sus fábulas infantiles y desconocían el magistral soneto “A Bolívar” -a su estatua en Bogotá por Tenerani-: “¿Qué miras? Ya no hay pábulo de gloria/ que tu mirada fulminante encienda./ ¿A quién hablas? No hay alma que te entienda/ ni quien guarde tu acento en la memoria./”. Y hasta, sobre todo, cuando faltaban todavía años  y caminos  para que el venezolano Rufino Blanco Fombona hiciera pie  definitivo en estas tierras -donde falleció en 1944-  y escribiera  y difundiera en la Argentina un libro revelador: “El pensamiento vivo de Bolívar”.
                      
                       Pero sin embargo, en ese mes de diciembre de 1930, una periodista y escritora nacida en la localidad de Chascomús, en la pampa bonaerense, en el establecimiento rural que había pertenecido a su pariente Richard Black Newton (primer alambrador del campo argentino en 1845,  cuando “todo el país era un camino” en definición de Sarmiento): Flora del Carmen García Black de Gómez Langenheim (1884-1976), que firmaba sus crónicas y relatos con el seudónimo Carmen Arolf, anástrofe de su nombre [2], dio a conocer en un breve opúsculo de algo menos de veinte páginas -hoy totalmente agotado e inhallable- una “Monografía del Libertador Simón Bolívar”.
                       Expresaba allí resumiendo con gran honestidad intelectual lo antedicho sobre cierta tradición local reticente  a exaltar sin titubeos la gloria del prócer que “…el Bolívar que conocí de niña, descripto por historiadores poco celosos, era un Bolívar mezquino, ambicioso y hasta despiadado. ¡Cuán distinto me lo presentan hoy  Madiedo, Samper, Pi y Margall y otros¡ Y si alguno de ellos tiene severa censura  para las debilidades del Libertador  son en cambio justos y grandes con sus triunfos y sus glorias.”
                       El trabajo  sin pretensiones eruditas de Carmen Arolf, quien a juicio de su compatriota la historiadora  Lily Sosa de Newton, -autora del “Diccionario Biográfico de Mujeres Argentinas”[3] - “…tuvo notable actuación en el mundo literario de su época por la importante producción conocida  a través del libro, y de diarios y revistas como “La Nación”, “Para ti”, “Caras y Caretas”, “Plus Ultra” y otras..” [4],  posee pues entre otras méritos de índole estrictamente literario, el de ir más allá de los lugares comunes hechos carne entonces en muchos espíritus  suramericanos, y ello en lo atinente al rescate de la  personalidad del creador de la Gran Colombia.

                        Además es curioso que mientras poco se hablaba de integración americana, al menos en estas latitudes,  y en cambio las elites culturales, económicas y políticas miraban embelesadas a Europa, alguien, una mujer nada menos, valorizara el ideario  americanista bolivariano y destacara la trascendencia del Congreso de Panamá de 1826. De igual modo es de resaltar que en épocas signadas por concepciones totalitarias y antidemocráticas se juzgara tan ejemplares aquellas afirmaciones del prócer consignadas en carta al General Antonio Páez: “Yo no soy Napoleón ni quiero serlo; tampoco quiero imitarlo a Iturbide. Tales ejemplos serían indignos de mi gloria. El título de Libertador considero muy superior  a todo lo que ha inventado el orgullo humano. Por tanto no quiero degradarlo”. O que en contradicción con el mesianismo elitista del fascismo, que ganaba terreno y adhesión en el Viejo Mundo y contaba con réplicas locales que proponían declarar sin más la  “capitis diminutio” de la ciudadanía, un prejuicio justificador pronto en la Argentina del llamado “fraude patriótico” y coincidentemente de trasnochadas iniciativas a favor del voto calificado,  la escritora Carmen Arolf, a la sazón con estrechos vínculos familiares, profesionales y sociales con personalidades del régimen gobernante -alguno por demás polémico como Manuel Carlés, fundador de la Liga Patriótica Argentina- y que  “…pertenecía a una familia  que dio al país figuras de relieve en la medicina, en las letras y en la magistratura”, según subrayó el periódico La Nación al evocarla en el centenario de su natalicio, en mayo de 1984 [5],  se identificara tanto con la letra y el espíritu de lo dicho por Bolívar en circunstancia solemne al pueblo de Guayaquil: “Vosotros no sois culpables y ningún pueblo lo es nunca  porque el pueblo no desea más que justicia, reposo y libertad. Los sentimientos dañosos y erróneos pertenecen de ordinario a sus conductores. Estos son la causa de la calamidad política.”[6] 

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                    Contertulia de políticos como  Alfredo L. Palacios, Octavio Amadeo, José Camilo Crotto,  de destacados religiosos, escritores y figuras de la cultura en general de la talla de  Enrique Udaondo, Enrique Larreta, Carlos Ibarguren, Enrique Rivarola, Ricardo Rojas, Eleuterio Tiscornia, Gustavo Martínez Zuviría, Enrique de Gandía, Eduardo Mallea, Carlos Obligado, Juan P. Ramos, Leopoldo Marechal, Juan José de Soiza Reilly, Héctor Pedro Blomberg, Emma de la Barra (César Duayen), Giselle Shaw, María Alicia Domínguez, Olga de Adeler  o del novelista católico de origen venezolano Juan Carlos Moreno, -chestertoniano prosista de “Los casos del Padre Eudosio” y escritor viajero a las Islas Malvinas, radicado desde 1908 en la Argentina cuya ciudadanía adoptó- y del futuro Primer Cardenal argentino S. E. Rev.  Don Santiago Copello, Carmen Arolf  fue autora de libros de imaginación como la novela breve “Ana Teresa” (1925), muy a tono en el formato menor de la edición, en la ilustración de su tapa y sobre todo en la estructura folletinesca del argumento, su vuelo romántico y el subyacente  mensaje de orientación  feminista, con algunos títulos de las contemporáneas y difundidas colecciones “La novela semanal” y  “La novela de hoy“.  Cultivó el relato y la leyenda de proyección folclórica en “Haz de añoranzas“ (1935), “Matices sureños” -obra  aprobada para los cursos de castellano y literatura de los Colegios Nacionales y Escuelas Normales- (1936), “El Hada del Famatina” (1937) y “Evocaciones Argentinas” (1948). Historió y publicó la partida del “El primer matrimonio civil en la República Argentina”[7] -que había celebrado el Gobernador malvinense Luis Vernet en 1830-, divulgó algunas circunstancias poco conocidas de la muerte del General Juan Lavalle a partir  de las confidencias del Coronel  Máximo Cané, uno de los custodios de sus  despojos  hasta Bolivia[8] y reseñó la actuación del Capitán Lázaro Gómez del Canto Rospigliosi y sus hermanos durante las Invasiones Inglesas[9]. También recuperó  memorias y anécdotas de figuras  a las que conoció en su niñez y juventud como el Presidente Bartolomé Mitre, el Coronel Ramón Falcón -gran amigo de su padre y asiduo visitante a su propiedad rural situada en las inmediaciones de Sierra de la Ventana-, Rafael Obligado -su concuñado en razón de las nupcias del autor de Santos Vega con Isabel Gómez Langenheim-, José C. Paz, fundador del diario La Prensa o el médico y escritor sanjuanino Narciso Mallea, padre de Eduardo. Carmen Arolf escribió además comedias infantiles representadas en los primeros teatros vocacionales e independientes como el Aladino, orientado por la profesora María Lidia Varone del Curto.
                      Otra de las actividades en las que se destacó la autora recordada fue el periodismo, ejercido hasta su jubilación con el cargo de jefa de la sección Sociales y cronista del diario católico “El Pueblo”, fundado por el sacerdote redentorista  Federico Grote, el 1º de abril de 1900 y que desapareció en la década del cincuenta de la pasada centuria. En su ejercicio fueron oportunamente muy comentados sus esclarecedores reportajes a varias figuras extranjeras concurrentes al Congreso Eucarístico Internacional celebrado en Buenos Aires en 1934  y, sobre todo, las crónicas satíricas y costumbristas  -menos realistas que las de su colega y amigo Josué Quesada- que escribía desde la veraniega Mar del Plata, todavía sin el multitudinario turismo social promovido por el Estado a través de los sindicatos obreros, y que iba a hacer su cabecera de playa en la ciudad atlántica -nunca más oportuna la imagen-  a partir del gobierno peronista iniciado en 1946.                        
                            Su hondo cristianismo y su particular sensibilidad forjaron en la escritora y en la mujer  una personalidad solidaria con los desprotegidos y marginados por los sectores de poder y despertaron una testigo atenta a difundir sus reclamos al igual que a interesarse por los presos, presas  y enfermos -era San Camilo de Lelis, creador en el Siglo XVI de la congregación de los Ministros de los enfermos (Camilos), una de sus mayores devociones religiosas-. De allí pues su antigua participación en las obras sociales católicas y su colaboración con Monseñor Miguel de Andrea en favor de las empleadas y de  la “Casa de la Empleada Católica”, instalada por este prelado en la ciudad de Buenos Aires. De allí también sus campañas de auxilio para los pueblos indígenas de la Patagonia, vinculándose con las labores de promoción de los aborígenes encabezadas por los sacerdotes salesianos herederos de los primeros misioneros enviados por Don Bosco al Sur Argentino. Y su franca simpatía por las actuaciones legislativas del Primer Diputado Socialista de América: Alfredo L. Palacios y de su compañero de bancada Carlos Sánchez Viamonte, gran defensor de las libertades públicas. Finalmente, su adhesión sincera y desinteresada junto a no muchas otras intelectuales de la época -y excepciones fueron Delfina Bunge de Gálvez, Pilar de Lusarreta, Alicia Eguren, Vera Pichel o las más jóvenes María Granata y Aurora Venturini- a los ideales de justicia social, elevación de la clase obrera y de la condición y dignidad de la mujer que tuvieron por abanderada a  Eva Perón. Precisamente Carmen Arolf conoció en persona a Evita, para cuya Fundación hizo donativos de material de lectura y con quien intercambió correspondencia. 
                             Por todo ello no es de extrañar que ya en 1930 haya sabido leer las entrelíneas, tanto en los estudios  más críticos cuanto en los de los apologistas de Simón Bolívar, y advertir entre las descripciones de sus batallas y los análisis caracterológicos más o menos fidedignos, las marcas de los afanes progresistas y filantrópicos en el racionalismo roussoniano del Libertador; y hasta las del socialismo humanitarista de su preceptor Simón Rodríguez, tan influido por el “Contrato Social”.
                            
                             De seguro sumó aún más interés por el biografiado la circunstancia de que el esposo de la escritora: el médico porteño Honorio P. Gómez Langenheim (1861-1950), había sido alumno aventajado y apadrinado en su tesis doctoral por el Profesor Doctor Rafael Herrera Vegas (1834-1910). Era éste un caraqueño radicado en el país desde 1871, el luctuoso año de la epidemia de fiebre amarilla. Había partido en su juventud a París junto a Camille Pissarro para estudiar allí pintura y fue en “La Ciudad Luz” bajo el alegre Imperio de Napoleón III, donde descubrió su vocación por la medicina. El doctor Herrera Vegas, que introdujo el uso del termómetro en la Argentina y presidió en Buenos Aires la Academia de Medicina, se había casado en Venezuela con Carmelita Palacios Vega, sobrina de Bolívar, de la que enviudó.[10]  
              
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                                 Para concluir, resta sólo asentar un testimonio personal e íntimo: si bien  Carmen Arolf  representaba en mi niñez alguien que firmaba en diarios como “La Nación”, “La Prensa” y otros medios periodísticos, cuentos y leyendas nativistas, al despojarse en la vida doméstica y hogareña del seudónimo literario era entonces sólo y sobre todo “Mi Abuela” -por vía materna- en extremo cariñosa y que colmaba de obsequios a sus nietos. Recién en los años adolescentes pude unir en el recuerdo a ambas; y descubrir tras las realizaciones culturales de la trabajadora de las letras, las edificantes enseñanzas de vida de la mujer a secas y viceversa. Por eso, como nunca es tarde para ejercitar devociones patrióticas y familiares, dado  que el término “Patria” remite a “Pater” en sentido de mayores y antepasados, releo ahora los amarillentos originales en mi poder del ensayo bolivariano suscripto hace casi ocho décadas por quien, siendo yo pequeño, me contó la historia del Grande Hombre que había tenido éxitos y que asimismo -tal llegó a sospechar él decepcionado- había “arado en el mar”. Quizá -era la moraleja a deducir del relato de la abuela, y que hoy en la edad madura bien alcanzo a comprender- para asumir en la medida de su genio y de su estrella, el ambiguo destino común a los mortales.   
  
                                                                             
(CARLOS MARIA ROMERO SOSA. SE PUBLICÓ EN HISTORIA, Nro 107. SEPTIEMBRE-NOVIEMBRE DE 2007)



[1]           Publicado por la Academia Nacional de la Historia, en 15 páginas. Buenos Aires, 1943. 
[2]            “Seudónimos de Escritoras Argentinas. Diccionario”, Tesler, Mario. Págs. 28 y 214; 1997, ED. Dunken, Buenos Aires (Rep. Argentina)
[3]           
[4]            “Testimonios y Antología de Lía Gómez Langenheim”, Ediciones del Ateneo Popular de la Boca, Pág. 104. Buenos Aires (Rep. Argentina) 2001
[5]            “Centenario de Carmen Arolf”, Diario “La Nación”, Sección “Actualidad Literaria” del 20 de mayo de 1984
[6]            “CARMEN AROLF” –Doña  Flora del Carmen García Black de Gómez Langenheim- trabajo comentado sobre Bolívar.
[7]     “Haz de añoranzas“.- Imprenta López, Buenos Aires (R.A.) 1935, páginas 13/22.-
[8]     “El Hada del Famatina”, Imprenta López , Buenos Aires (R.A.), 1937, páginas  120/124.-
[9]     “Lázaro Gómez y sus hermanos en la Reconquista”, en el diario “Democracia“, Buenos Aires (R.A.) jueves 8 de septiembre de 1949, página 8.-
[10]        “Nuevo Diccionario Biográfico Argentino 1770-1930“, Cutolo, Vicente Osvaldo.-  Tomo III, Buenos  Aires (R.A.) 1971. Editorial ELCHE, página 583.-

jueves, 21 de julio de 2016

MI PADRE, EL DANTÓFILO MARIO AMADEO Y UN TRADUCTOR ARGENTINO DE "LA DIVINA COMEDIA"

   MI PADRE, EL DANTÓFILO MARIO AMADEO, Y UN TRADUCTOR ARGENTINO DE LA DIVINA COMEDIA

                            A finales de septiembre de 1957, mi padre,  remitió con destino a la biblioteca de la Sociedad Argentina de Estudios Dantescos fundada seis años antes, y para entonces con sede en la calle Libertad 555, un opúsculo de su propiedad -publicado en Salta en 1922- con el poema  “A Dante Alighieri” del sacerdote italiano Domingo Tamboleo. Acompañaba a esa donación una carta dirigida al fundador y presidente de la entidad, Gherardo Marone (1891-1962), crítico  y traductor al italiano del “Martín Fierro” y de las novelas “La gloria de Don Ramiro” y “Zogoibi” de Enrique Larreta. Le expresaba allí Carlos Gregorio Romero Sosa que de acuerdo con lo conversado con varios de los miembros y colaboradores de la institución -quizá Jorge Max Rohde, o José León Pagano, o su comprovinciano Juan Carlos García Santillán, o Alberto Obligado Nazar, un sobrino de mi madre, la escritora y periodista Lía Gomez Langenheim-,  le sería por demás grata su inclusión como orador en algún próximo ciclo de conferencias. Ignoro porqué no se concretó la misma, al menos hasta 1963[1], pero conservo en mi poder los apuntes de la proyectada charla sobre el arabista español Miguel Asín Palacios y su obra “La escatología musulmana en la Divina Comedia”, erudito sobre el que tanto conversó después con don Claudio Sánchez Albornoz cuando la visitaba en su departamento de la calle Anchorena y Arenales.
                          Pasaron los años y en diciembre de 1981, Mario Amadeo me obsequió su libro “Dante siempre”, editado ese mismo año en Buenos Aires. La obra compendia y desarrolla las seis conferencias del político, diplomático y hombre de letras argentino fallecido en 1983, pronunciadas justamente  en la tribuna de la Sociedad Argentina de Estudios Dantescos. Recuerdo que mientras me firmaba el ejemplar,  mencionó cuánto sentía la ausencia de algunos párrafos sobre Dante a lo largo de la correspondencia sostenida con mi padre décadas atrás, un intercambio de cartas más bien con consideraciones políticas y mechado con evocaciones de don Octavio R. Amadeo y del sacerdote Juan José Iriarte Amadeo, un pariente común, que después -en 1957- fue primer Obispo de  Reconquista y finalmente Arzobispo de Resistencia; un prelado que influyó mucho sobre el padre Carlos Mujica y su opción por los pobres.
                           Lo cierto es que el aludido correo se inició en diciembre de 1955 luego de la detención del  ex canciller del defenestrado general Eduardo Lonardi por un golpe palaciego dentro del golpe contra Perón, acusado Amadeo de conspirar contra el gobierno del general  Aramburu. Al memorar aquellas cartas vino a demostrarme que conocía y tenía presente las inquietudes al respecto de su lejano interlocutor epistolar, a la sazón un escritor treintañero de diversificados intereses culturales que, en lo atinente a Dante, se intensificaron a partir de los diálogos frecuentes en el claustro de profesores de la Escuela Argentina de Periodismo con sus colegas los catedráticos Duilio Ferraro, con el pensador nacional  -discípulo de Rodolfo Mondolfo- Juan José Hernández Arregui y con Luis Alberto Murray, gran lector del florentino como lo prueban los epígrafes de la Commedia que anteceden a varias de sus composiciones líricas así como su extenso poema en endecasílabos  “A Dante”  incorporado en el libro “De pie entre los relámpagos”.   
                           Sin abusar de las confidencias, me es grato hacer memoria de aquella mención paterna por parte del  autor de “Dante siempre” que ahora releo y   al hacerlo tomo nota, en primer lugar, de la influencia del pensamiento del Alighieri sobre varias figuras del nacionalismo conservador, maurrasiano  y  clerical argentino. Así, por ejemplo, será de destacar que Ernesto Palacio tradujo del latín el tratado  “Monarchia”. Que el antes mencionado Juan Carlos García Santillán escribió entre otros muchos ensayos dantescos, “Influjos del ’román courtois’ sobre la obra de Dante”. Que Tomás Casares -serio tomista y no creo que maurrasiano- gustaba citar de memoria versos de la “Comedia”en sus clases universitarias; sin olvidar tampoco que la introducción a la traducción castellana del libro “Dante y la filosofía”, del pensador tomista francés Étienne Gilson, corresponde al polémico Carlos A. Disandro, un personaje ultramontano, “cismático” a juicio del padre Leonardo Castellani[2], situado a la derecha de los nombrados y en especial del Mario  Amadeo de los años finales, tan preocupado durante la última dictadura por las violaciones de los derechos humanos  y miembro permanente no gubernamental  de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas con asiento en Ginebra.
                              En cuanto a “Dante siempre”, ya en las Palabras Preliminares se anuncia que las citas en español de “La Divina Comedia” incluidas en los capítulos y antes en las conferencias que los originaron, corresponden a las traducciones de Bartolomé Mitre y de Ángel J. Battistessa, en realidad dos de las tres únicas completas del poema hasta entonces llevadas a cabo en la Argentina y por argentinos,  de tomar como tercera la algo arbitraria de Francisco Soto y Calvo publicada en 1941 y de obviar por ser su autor italiano aunque afincado un tiempo en Buenos Aires, la de Enrique Martorelli Francia editada en México en 1967.   Todo lo anotado antecede naturalmente  la publicación en 2002 de la versión de Antonio Jorge Milano; más allá de que también Jorge Max Rohde haya vertido al castellano varios Cantos recogidos en su libro “Dante y su sombra”[3] y que recientemente el poeta Jorge Aulicino dio a conocer, con ilustraciones de Carlos Alonso, una original versión del poema inmortal de algún modo argentinizado en el lenguaje por su pluma.
                              
                                   No es cuestión de reseñar aquí el ensayo del doctor  Amadeo por no ser el presente trabajo una nota bibliográfica como la conceptuosa que en su momento firmó en La Nación Ángel Mazzei[4].  Sin embargo, vale la pena puntualizar que las cuatro secciones  que lo componen, a saber: Poeta y filósofo del imperio, El tema de la adversidad política, La Madre Iglesia y El justiciero, revelan el profundo, antiguo y decantado conocimiento  del tema, tal como se desprende de los novedosos enfoques y las precisas visiones y revisiones de la biografía y la obra de Dante.
                               Ante su lectura,  nadie podrá pasar por alto el hecho de que Mario Amadeo creyó en la actividad política vivida por él  con la pasión que inexorablemente conlleva aciertos y equivocaciones.  Sin tener una actitud  unidimensional, orientaba su mucho saber en varios órdenes del conocimiento hacia la sustentación de las nociones trascendentes de Nacionalidad, Universalidad, Libertad, Tradición  y Bien Común. Hombre de mundo en el mejor sentido de la expresión y persona de fe religiosa atenta a la advertencia del profeta Isaías:  “No se acuerden de las cosas pasadas, no piensen en las cosas antiguas; yo estoy para hacer algo nuevo”,  no posaba de  anacrónico, cosa rara entre los nacionalistas argentinos que creían armarse caballeros de cara a las páginas del ruso Nicolás  Berdiaef  de “Una Nueva Edad Media”,  hallaban ejemplo de gobernante en Felipe II y su “sentido profesional de la monarquía” -en verso de Ignacio B. Anzoátegui-,  de Pontífice en Alejandro VI, según la óptica revisionista de Orestes Ferrara, o pretendían con cierta iracundia a lo Juan Carlos Goyeneche la trasnochada reconstrucción del Virreinato del Río de la Plata. Más sereno, más fogueado y más maduro si se quiere, Amadeo supo acercarse al florentino después de equilibrar mente y corazón,  sin descontextualizarlo  pero también sin desatender  su realidad de observador contemporáneo que  ha   tomado nota de la enseñanza de los siglos. Eso sí,  no ocultó bajo el deslumbramiento admirativo sus “afinidades electivas” -para repetir a Goethe-  con el carácter de Dante, que sentía  amor y “fidelidad entrañable a la “patria chica” que tan ingrata le había sido”.
                                 Uno de los temas desarrollados en el libro corresponde al principio de Monarquía  Universal tal cual se desprende del “Discurso de Justiniano”, al termino del Canto 5to. del Paraíso, luego de la subida de los viajeros al “segundo reino” donde se hallan las almas de los que fueron espíritus activos. Destaca entonces el comentarista  argentino  que en el siguiente Canto -6to.- donde  Justiniano reprocha a  Constantino el traslado de la capital Imperial de Roma a Bizancio (y) “haber vuelto el vuelo del águila contra el curso del cielo”,  halla ocasión el propio Alighieri para lamentar su entorno fragmentado y acusar por boca del codificador del Derecho Romano a los gibelinos por su apropiación ilegítima de la autoridad imperial: Faccian li ghibellin, faccian lor arte/ sott altro segno che mal segue quella/ che la giustizia e lui diparte”. 
                                              El vuelo del águila -deduce entonces Amadeo- es una síntesis de las vicisitudes.(…) El vuelo termina con la resurrección del Imperio y la victoria del cristianismo: otro avizorado fin de la historia. Una perspectiva rebatible  hoy a la luz de la experiencia, que enseña que nada da  garantías de mejorar el mundo. Como que por siglos, desde España hasta Rusia pasando por Inglaterra, los soberanos se han  llamado “Cristianos”, proclamación más política que religiosa que poco repercutió  en la calidad y dignidad de vida de sus súbditos.  Amadeo no objetará sin embargo aquel anhelo medieval como condición de la plenitud terrenal, aunque tampoco, es evidente,  lo vio encarnarse en ninguna experiencia política conocida. Lejos estaban los tiempos de la santificación de la reaccionaria “Cruzada” franquista y de la dictadura de Oliveira Salazar por sus viejos camaradas de ruta. En cambio  mostrará  sus reservas a las tesis del florentino en otras cuestiones: Esta doctrina -la supremacía de Roma- resulta inaceptable en nuestro tiempo (…) La majestad de sus monumentos artísticos y la veneración que inspira la historia gloriosa de la Urbe no tienen proyección política”. Y sobre todo, aventados los prejuicios autoritarios inherentes a su  nacionalismo de derecha, dudará  de  que  libertad se garantiza mejor si el gobierno se concentra en un solo gobernante: “La historia nos muestra infinidad de ejemplos de gobiernos arbitrarios ejercidos por una sola persona y la misma palabra “tiranía” -empleada por Dante- se refiere con más frecuencia a una autoridad unipersonal que a los gobiernos colectivos”.   

                            Es de presumir que los desengaños en materia política y el enfrentarse al “mundo roto” que dimensionó Gabriel Marcel después de la Segunda Guerra, le dictaban a Mario Amadeo rever posiciones juveniles y poner entre paréntesis esquemas y dogmas de otrora. Sí asumía el desafío de imaginar el “contrapasso” dantesco -que podría vincularse en algo con la “restitutio”, el elemento dinámico que Santo Tomás de Aquino halla en la justicia conmutativa-; en equivalencia  -ese “contrapasso”- con las culpas sociales, no sólo individuales como la del cizañero trovador provenzal Beltrán del Bornio[5]. Y es de inferir que inspirado en Dante, también desvelara al comentarista representarse la autoridad supranacional capaz de legislar y ejecutar parecida fórmula penal.  “Hemos visto -concluye- cómo Dante Alighieri, que fue un ardiente patriota, propició la creación de una autoridad universal dotada de poderes superiores a los Estados en cuanto fuere necesaria para asegurar el bien común del género humano”. En los hechos, claro está, el diplomático de carrera y embajador ante las Naciones Unidas entre 1958 y 1962, se habrá esforzado por alejar de su espíritu el escepticismo resultante de comprobar  la incapacidad del Organismo para detener conflictos bélicos y evitar violaciones de los derechos humanos. Aunque ello no le hiciera perder la fe en sus semejantes, a los que nunca calificó como el Alighieri de “mala semilla de Adán”,  ni menos pensó con Sartre que el infierno son los otros. Quién sabe si más allá de compartir  poco en lo ideológico con Antonio Gramsci, no lo haya comprendido al final y hasta  hecho suyo el “pesimismo por inteligencia y optimismo por voluntad” del pensador marxista de “Diarios de la cárcel”.      


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                                En cambio de lo relatado con Mario Amadeo, mi padre no conoció en forma personal y ni siquiera por carta a Antonio Jorge Milano. Sin embargo no sería extraño que lo  hubiera visto y hasta quizás que se hubieran saludado en caso de encontrarse ambos en el ascensor o en la puerta del edificio de Laprida al 2100, cuando Milano concurría a visitar al escribano Cabred, nuestro vecino de piso, un hijo del médico alienista Domingo Cabred.  De éste,  pese a que (Milano) tenía seis años en 1929 cuando murió, se consideraba en muchos aspectos un discípulo y solía repetir su consejo: “Más asilos y menos monografías”, de cara a la recurrente emergencia sanitaria del país. 
                               En efecto, también Antonio después de graduarse en la Facultad de Medicina de Buenos Aires en 1948, se orientó a la psiquiatría, especialidad que ejerció hasta entrados los años ochenta en su consultorio del barrio de  Belgrano y en la clínica San Gabriel -bajo su dirección- en la localidad bonaerense de Adrogué.  Por sus inquietudes múltiples que iban desde las ciencias biológicas a las artes plásticas, desde los temas agrarios que lo convocaban para la explotación de su establecimiento rural situado en el uruguayo Departamento de Soriano, hasta la historia universal y la literatura y desde la genealogía a los estudios dantescos, este porteño nacido en 1923 mantenía viva en sí la tradición de los psiquiatras argentinos de formación multidisciplinaria y visión  humanista. Pese a su modestia tal vez tomó alguna conciencia de ello y de allí que no por casualidad  gustaba recordar a los maestros de la disciplina José Ingenieros, Gonzalo Bosch, Arturo Ameghino, José T. Borda, Alejandro Korn,  Nerio Rojas, Lucio. V. López;  y también mencionar con admiración y afecto a los colegas más próximos en el tiempo, como el sabio Osvaldo Loudet, el neurólogo y psiquiatra Hernani Mandolini -el boquense autor de “La tragedia heroica del genio”-, Marcos Victoria, el exiliado español Ángel Garma o Julio Lardies González, historiador de la especialidad y discípulo en España de Antonio Vallejo Nágera y de Pedro Laín Entralgo. 
                                Antes de retirarse de la profesión y a tiempo completo después, escribió y dio a la imprenta obras de diversos géneros: “Diálogos de un psiquiatra y un poeta” (1979) sobre sus conversaciones con la escritora Helena García de la Mata; la traducción de “El personaje de la Colina”, de Helena García de la Mata sobre grabados de Aída Carballo (2001), “Casa Milano de Amalfi” (2003), un estudio histórico, genealógico y heráldico de su familia paterna o “Vidas” (2005), ensayos biográfico-críticos sobre los creadores Alfredo Lazzari, Antonio Sibellino, Víctor Cunsolo, Marcos Tiglio, Oscar Pedro Capristo, Rubén Alberto Locaso y Enrique Luis Savio. 
                              Si bien siempre le interesó la figura de Dante y desde niño cultivó la lengua italiana, fue después de una larga estadía en Italia cuando se trazó el plan de traducir “La Divina Comedia”, un desafío que le demandó más de dos décadas de trabajo sin interrupción. “Mi traducción fue hecha en continuidad: ningún día dejé de trabajar en ella. Traducía aunque fuera diez minutos, cada día, hasta durante los viajes: me acuerdo de haber traducido parte de un  canto del Infierno en un hotel en Uruguay”, contó en un  reportaje en Página/12 el domingo 15 de junio de 2003. Lo efectuó con motivo de la aparición el año anterior -editados por Grupo Editor Latinoamericano-  de  los tres volúmenes  de su versión de “La Divina Comedia” con notas suyas y en “tercetos ritmados”, aunque sin la rima estricta de los originales, según explicó el propio Milano en el prólogo. Entre otras curiosidades, la obra además de recuperar en sus páginas las ilustraciones clásicas de Botticelli, Gustavo Doré o William Blake,  incluye otras de los artistas contemporáneos Oscar Capristo, Clelia Speroni y María Cristina Criscuola.               

                                        Fue Oscar Capristo precisamente, el que me vinculó con  el doctor Milano hacia mediados del año 2005 y, por esas vueltas  de la vida que nunca sabremos si anudan o libran de ataduras a la muerte, él y yo compartimos la tribuna del Ateneo Popular de la Boca el 16 de septiembre de 2006, en un acto de homenaje tributado  al pintor y amigo común fallecido el mes anterior. A partir de esa noche nos hablamos por teléfono más a menudo que antes y nos vimos con asiduidad por el resto de ese mes y durante los primeros días del siguiente. Le facilité en casa, donde venía siempre manejando su automóvil, el libro de Mario Amadeo que con honestidad  declaró no conocer. Pronto me hizo llegar  dedicada su traducción de “La Divina Comedia” en su correspondiente estuche de cartulina. Un presente del cual comprobé que además de la ejemplaridad  intelectual y laboriosidad a toda prueba que representa, es todo un objeto estético y quién sabe sino  mañana una joya a disputarse por coleccionistas y bibliófilos.
                             A mediados de octubre de ese año quedamos en visitarnos  cuando regresara él de su campo del Uruguay. El domingo 29 por la mañana leí en La Nación dos avisos fúnebres que participaban de su fallecimiento un par de días antes. Durante las jornadas siguientes busqué en los diarios una nota necrológica en forma infructuosa. Entonces até cabos: tampoco se le dio difusión a su versión de “La Divina Comedia”, un acontecimiento cultural retaceado con mezquindad.
                            Concluí resignado que la fama cabe en interesados espacios gráficos o televisivos, en tanto que lo valioso en serio, aquello que honra al espíritu humano, anda felizmente suelto y libre de estrategias comerciales quizás por la Eternidad...            

(Carlos María Romero Sosa. Se publicó en ÁPICES, Nro. 15. Buenos Aires, 2013)
   



[1]          DANTE, Boletín de la Sociedad Argentina de Estudios Dantescos, Año XIII, Buenos Aires, 1963.- 
[2]      Alberto Caturelli: La filosofía en la Argentina, Sudamericana, Buenos Aires, 1971, página 260.-
[3]       EUDEBA, Buenos Aires, 1970.-
[4]    Política, ética y poesía, La Nación, 1ero. De noviembre de 1981.-
[5]     (Infierno XXVIII, 142-145)

ENRIQUE S. INDA, HISTORIADOR DEL GENOCIDIO DE LOS ONAS



                       
                 


                                Durante el mes de diciembre de 2013, que se inició enlutado por la muerte en Johannesburgo de Nelson Mandela, perdió también la Argentina dos luchadores sociales. El jueves 19, falleció nonagenario el dirigente socialista y escritor Enrique Inda nacido en 1923 en Avellaneda[1]; en tanto el viernes 27, con ciento tres años y medio a cuestas, dejó de existir Clara Maguidovich, la viuda de Ángel Gabriel Borlengui, fundador y Secretario General de la Confederación General de Empleados de Comercio y Ministro del Interior del general Perón desde 1946 hasta 1955. Sé que Clara a la que lamento haber conocido poco, concurría a diario hasta no hace mucho  a la sede sindical de los empleados de comercio  para realizar allí tareas de promoción social.
                                En cambio con Enrique Inda, diputado (M.C.),  ex concejal y ex secretario del Partido Socialista Auténtico, puedo decir que me unió una amistad  epistolar que iniciamos en 2007.  Fue a partir de la recepción de una carta suya fechada el 15 de enero de ese año en la localidad de Aldo Bonzi del partido de La Matanza donde vivió las últimas décadas, a la que acompañaba su novela de temática austral “El naufragio del Cabo de Hornos”, publicada en 2005 en la colección Patagonia que dirigía el historiador y académico Néstor Tomás Auza. Por ese correo me anoticié  de que en la década del cuarenta del pasado siglo, cuando Inda fue destacado por la Dirección Nacional de Arquitectura para la reconstrucción del Cabildo de Salta, tuvo oportunidad de  vincularse con mi padre[2], que por entonces organizaba el museo histórico de la provincia, con sede en aquel edificio largamente abandonado hasta su recuperación por la ley que promovió en 1934 el senador Carlos Serrey que lo declaró monumento nacional y lo destinó en forma expresa a museo[3].
                                También a través de esa comunicación y de otras que se sucedieron,  supe de su frecuente concurrencia a la casa de Alfredo L. Palacios, en la calle Charcas próxima a las vías del ferrocarril, donde el prócer despejaba las dudas de los jóvenes visitantes –Inda ingresó al partido socialista a los 17 años- al tiempo que les repartía galletitas de una lata de bizcochos Canale. Y me participó de su devoción por la causa de las Islas Malvinas a las que viajó en varias oportunidades, habiendo recorrido el archipiélago durante un mes entero en 1974 en compañía de su esposa. Conocí además, que su militancia en ese sentido le deparó amistades entrañables; así la del profesor Juan Carlos Moreno, el autor de “Nuestras Malvinas” (1938) y cofundador un 19 de octubre de 1939 con Palacios, Carlos Obligado y Antonio Gómez Langenheim -entre otras personalidades- de la Junta de Recuperación de las Islas, tal como ha recordado en la revista Todo es Historia (Nro. 359 correspondiente a junio de 1977) el periodista Juan Bautista Magaldi uno de los secretarios de aquella Junta. Ante  una pregunta mía referida al porqué de su concurrencia a Puerto Argentino para suscribir el Acta de Recuperación, a pocos días del desembarco del  2 de abril de 1982 dispuesto por la dictadura de Galtieri, me respondió con las siguientes palabras que hablan de sus convicciones: “En total desacuerdo por la improvisación y ceguera absoluta de la Junta Militar, sin embargo, cuando vi que a muchachos de mí pueblo del cercano cuartel de La Tablada los habían enviado allá, mi deber como argentino era acompañarlos. Lo demás es historia, triste y desgarradora, pero que no afecta en nada nuestros derechos”[4].
                                  
                                Tuve el obsequió después, de otros libros de carácter histórico de su pluma: “El faro del fin del mundo” (2007) y “El exterminio de los onas” (2008), dramática y documentada denuncia en castellano e inglés –en traducción de María Nuñez- sobre el genocidio perpetrado contra el pueblo “selknam”; una justa acusación llevada a cabo en la brecha abierta  en 1928 por el abogado vasco afiliado a la Unión Cívica Radical José María Borrero (1880¿?-1931) en la obra “La Patagonia trágica”: “La total desaparición de este pueblo indígena –explica Inda- jamás ha tenido explicación oficial. Constituye un verdadero crimen por comisión y omisión de lesa humanidad. Una grave culpa de diversos gobiernos, perdida en las sombras de los tiempos y silenciada en la conciencia de los dirigentes”. Y continúa argumentando: “Los onas o selknam, ni por su número, siempre escaso, ni por su condición de nómades cazadores, jamás constituyeron un peligro ni una amenaza para los nuevos pobladores blancos que se fueron instalando en sus antiguos territorios. Los onas vagaban a pie, con sus familiares, sus mujeres y sus niños, llevando a cuesta los armazones de palos y los cueros de todos sus toldos; las bolsas con sus pobres y escasos enseres. Ellos no disponían de caballos; jamás organizaron ni ejecutaron malones con ejércitos de miles de jinetes armados de lanzas y boleadoras, como los araucanos de Calfucurá.[5]”  El volumen que comienza rescatando opiniones tan claras y valientes como las vertidas  por Amancio Alcorta en la sesión del 24 de noviembre de 1899 de la Cámara de Diputados de la Nación. O por Roberto J. Payró en “La Australia Argentina” y el sacerdote y geógrafo Alberto María De Agostini en “Mis viajes a la Tierra del Fuego”, obra publicada por ese salesiano en Milán en 1929, en sucesivos capítulos da cuenta de  las masacres de nativos fueguinos a manos de Julio Popper[6], un aventurero rumano de origen judío con título de ingeniero, atraído por la fiebre del oro y que hasta llegó a acuñar su propia moneda e imprimió en sus dominios timbres postales[7]; del naturalista argentino -discípulo de Gemán Burmeister- Ramón Lista, después según algunas  versiones defensor de los tehuelches y del gobernador chileno de Magallanes, capitán de navío Miguel de Señoret.  Y enfatiza sobre el escándalo de la “caza” a precio puesto en libras esterlinas que promovió el escocés Alexander McLennan apodado “Chancho colorado”, el administrador de la estancia Primera Argentina del asturiano  José Menéndez natural de Santo Domingo de Miranda, parroquia de Avilés y provincia de Oviedo[8].  Anota Inda con probada razón que a ese método de aniquilamiento al que era afecto también Samuel Hyslop,  lo siguieron rigurosamente varios otros agentes de los estancieros beneficiados por la privatización de la tierra fiscal de la Isla Grande en 1890; aventureros devenidos en latifundistas mediante el   latrocinio. A ellos y a su guardia pretoriana defendió  por motivos familiares  Armando Braun Menéndez en su “Pequeña historia fueguina”.
                                  Pero junto a tantas miserias rescata el humanitario comportamiento de los misioneros anglicanos establecidos en Ushuaia en 1869 y en 1888 en la isla chilena Bayly, del grupo de la Isla Wollaston, en el confín del continente a pocas millas del Pasaje Drake, remitiéndose al estudio del pastor bautista  doctor Arnoldo Canclini: “Los indios del Cabo de Hornos” donde este historiador nacido en 1926 narra la epopeya filantrópica llevada a cabo por Sussan Ellen Gilbert-Nellie y Leonardo Henry Burleigh, un matrimonio  anglicano que con su pequeña hija se estableció en aquella inhóspita región batida por los vientos, apoyado sólo por un pequeño grupo de yaganes formados en La Misión de Ushuaia[9].
                                   Del mismo modo destaca Inda la protección que poco tiempo después brindaron a los naturales los sacerdotes salesianos -entre ellos monseñor José Fagnano tan enfrentado con Ramón Lista por sus crímenes,  oposición que le valió hasta recibir amenazas por parte del explorador y de su tropa-; siendo ese hecho, el del amparo a los  sobrevivientes onas por parte de los hijos de Don Bosco,   refrendado por el investigador padre Juan E. Belza (S.D.B.) autor de la obra en tres tomos “En la Isla del Fuego”, una de las fuentes principales de “El exterminio de los onas” como puede verse en la bibliografía citada.

                                Con la publicación en 2008 de este libro de denuncia, meditado y nada panfletario por cierto -antes dio a conocer en la misma colección dirigida por el profesor Auza otros estudios patagónicos como ser: “El tesoro del Monte Cervantes”, “El condenado del Fin del Mundo” y “Los sobrevivientes del Estrecho”-,  no clausuró su interés por el tema de los selknam y de su triste final a manos de la “civilización”. Cuando en julio de 2011 se exhibió en la Sala Moores del Museo Mitre la colección de fotos tomadas por la antropóloga de origen estadounidense-francés Anne Chapman, una discípula de Claude Lévi-Strauss, que registró el rito de iniciación hain de los varones jóvenes de aquel pueblo originario así como también reunió varias fotos instantáneas tomadas a la chamana y cantante Lola Kiepja y a Ángela Loij, mujeres onas ambas sobrevivientes hasta entrado el siglo XX de la limpieza étnica y receptoras de las tradiciones ancestrales de sus antepasados, sé que Inda concurrió en varias ocasiones a la muestra invitándome también a hacerlo.
                                   Le envié poco después la fotocopia de una noticia aparecida en algún matutino porteño en 1985 cuando falleció Rafaela Ishton, considerada “la última ona”. Me agradeció el aporte destinado a su archivo y me trasmitió por escrito la razón de su afán por reivindicar a esos naturales –voluntad que pronto advertí obedecía en el mejor sentido de la praxis  al plano íntimo de las vivencias y de los sentimientos: como que eran los ancestros  nada menos que de “los indígenas que conocí y fueron mis compañeros de trabajo en la Tierra del Fuego en la década del cuarenta”. Y porque como abrevó en el doctor Justo: “genuina es la teoría que surge espontánea de los hechos”[10] y en el caso suyo bien que lo fue la comprobación “in situ” en los años cuarenta del despojo y el genocidio de sus defendidos.     
            

                                       Enrique Inda, escritor comprometido con la justicia histórica, la justicia social y los valores republicanos que abrevó en sus lecturas a Juan B. Justo del que memorizaba largos pasajes de “Teoría y práctica de la historia”, había abrazado en su juventud una profesión que entendió patriótica en la línea trazada en materia de soberanía petrolera por los generales Mosconi y Baldrich: la de técnico en perforación y exploración petrolífera, actividad que le permitió conocer la Argentina profunda y en gran medida doliente. Enrique Inda, malvinero de la primera hora y defensor con sentido retrospectivo y actual de los derechos humanos, también de los de tercera generacional reconocidos por el artículo 41 de la Constitución Nacional a partir de la reforma de 1994, en tanto su activo compromiso con el medio ambiente que lo llevó  a fundar en Aldo Bonzi asociaciones ecologistas, fue un militante por la integración  latinoamericana a punto tal de remitirle hace unos años un mensaje al presidente Sebastián Piñera en solidaridad con la reivindicación boliviana de la salida al mar, inquietud a la que respondió con amabilidad el mandatario trasandino.
                                      Quizá su última manifestación pública correspondió a un correo de lectores que publicó La Prensa el 19 de noviembre de 2013 titulado “Tregua política”, donde propuso a todos los partidos políticos argentinos lograr un consenso por “diez años de paz social, trabajo y lucha contra la corrupción y el narcotráfico”.
                                    No era un optimista desentendido del presente sino un cruzado de la esperanza dispuesto a avanzar lanza en ristre contra pragmáticos y serviles de la “realpolitik”; alguien capaz de aportar lo suyo al caudaloso río  de la “esperanza interminable” cantado por María Elena Walsh. Y sí era todo un poeta, que de cuando en cuando deleitaba a los lectores del suplemento cultural del diario fundado por José C. Paz con sus composiciones en metro libre con elevados mensajes de sinceridad y humanidad.
                                                     
                 (Carlos María Romero Sosa, se publicó en la revista Historia)



[1] A poco de enterarme de la noticia por el único aviso fúnebre que publicó La Nación al día siguiente,  di a conocer en la revista digital costarricense “Con Nuestra América”, el 11 de enero de 2014,  un artículo recordatorio suyo bajo el título: “Un socialista auténtico”.   http://connuestraamerica.blogspot.com.ar/2014/01/argentina-un-socialista-autentico.html
[2] Carlos Gregorio Romero Sosa (1916-2001)
[3] Además de lo realizado en el Cabildo de Salta, Enrique Inda participó hacia 1948 en la reconstrucción del Pucará de Tilcara  en la provincia de Jujuy. Fue a cuarenta años de su descubrimiento por Juan Bautista Ambrosetti y Salvador Debenedetti,; y cuando estuvo a cargo  de esa reconstrucción el profesor Eduardo Casanova titular  de la cátedra de Arqueología Americana en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.-  
[4] Carta de Enrique Inda a Carlos María Romero Sosa fechada el  15 de enero de 2007 en Aldo Bonzi.-
[5] Enrique S. Inda: “El exterminio de los onas”:, Cooperativa de Trabajo Cultural y Educativa  Cefomar, Buenos Aires, 2008. Páginas 23/4.-
[6] Boleslao Lewin: “Quién fue el conquistador patagónico Julio Popper”, Buenos Aires, 1974. Editorial Plus Ultra.-
[7] Aníbal Héctor Allen: “Entre la historia y la esperanza de una región argentina llena de misterio TIERRA DEL FUEGO”, en Clarín Cultura y Nación, viernes 9 de agosto de 1979.-
[8] Juan E. Belza: “En la Isla del Fuego” Tomo II: Colonización,  Buenos Aires, 1975. Talleres del Instituto Salesiano de Artes Gráficas. Página 163.-
[9] Enrique S. Inda: Op. Cit.: páginas 30/31.-
[10] Juan B. Justo: “Teoría y práctica de la historia”, 2da. Edición. Buenos Aires, 1909.- Confrontar también en: http://www.fundacionjuanbjusto.org/2010/07/teoria-y-practica-de-la-historia-i.html..-