domingo, 29 de enero de 2017

LAILA NEFFA, UN PUENTE ENTRE LENGUAS Y CULTURAS

                                                        
                                                                   Laila del viento y de la luz y el verso,
                                                                                             Laila de alguna antigua hechicería,
                                                                                             Laila del sabio corazón inmerso
                                                                                             entre cedros, como una alegoría.
                                                                                                        Dora Isella Russell
                                                       


                                                         En 1921, cuando ejercía la presidencia del Uruguay Baltasar Brum –dirigente del Partido Colorado y después mártir de la libertad bajo la dictadura derechista de Gabriel Terra-, arribó a Montevideo Rezcala Neffa (1887-1964), un joven y emprendedor libanés de fe católica maronita quien fue con los años prominente hombre de negocios y al que en mérito a su prestigio el gobierno libanés, al acceder a la independencia su patria en 1943, lo designó primer cónsul en la capital del país de Artigas. A poco de llegar casó con una joven también de su comunidad y religión: Zubaide Chain y de ese  matrimonio nacieron tres hijos: Laila, Suhad y Ais fallecido en la adolescencia.
                                                            Laila Neffa, educada trilingüe en castellano, francés y árabe y lectora apasionada,  demostró ya en  la infancia inclinación por las letras y  a la edad en que se comienzan a suplantar las fantasías de la niñez por las ensoñaciones juveniles, llevó a cabo el desafío de verter al español poemas y sentencias de Gibrán Jalil Gibrán, Marie Ziade,  Al Karane, Jorge Assaf y Tufic Muffarrey .
                                                   Tan temprana vocación literaria recibió el espaldarazo de sus profesores en el Liceo Zorrilla: Emilio Oribe y Juan Carlos Sabat Pebet, docentes que  para ella fueron auténticos maestros  y guías espirituales. También tuvo el aliento de Juana de Ibarbourou y la poeta de “Las lenguas de diamante” prologó su primer libro: “Voces de Oriente. Trozos de literatura árabe. Traducción y notas biográficas”; una antología con las versiones de los creadores libaneses antes mencionados que se publicó en Montevideo en 1938. “De las huríes del Profeta –escribió entonces Juana de América- desciende, sin duda, esta niña de pura ascendencia árabe y de rostro cuya belleza es una confirmación de la célebre hermosura que ha hecho famosa a las mujeres de su raza, Laila Neffa (…). Vino hacia mí, trayendo una carpeta con traducciones de Gibrán Jalil Gibrán, el maravilloso poeta libanés, que bajo el milenario cedro de Bcharri, hizo canción de sus sueños, y, para asombro y beatitud del mundo, transformó en profunda poesía, su juventud signada por el dedo de la locura”.  
                                                      La aparición de “Voces de Oriente” resultó todo un acontecimiento cultural en el medio uruguayo y no sólo allí. La obra mereció juicios consagratorios del afamado Cónsul General de Turquía en Buenos Aires -a quien Lugones dedicara el “Romance del Rey de Persia”-: el Emir Emin Arslán, de los argentinos Raimundo Lida, Bernardo Canal Feijóo, Fermín Estrella Gutiérrez, Arturo Capdevila, César Tiempo  o Emilio Ravignani; así como de  personalidades y medios  de prensa de Brasil, Colombia, México, España, a los que se sumaron los ecos provenientes del Líbano y hasta del Lejano Oriente, sin dejar de recordar  la conceptuosa carta autógrafa que envió a la autora el filólogo, romanista e hispanista alemán Kart Vossler. 
                                   
                                                    Si bien cuando Laila se inició en las letras la mayoría de los escritores uruguayos de la llamada Generación del Novecientos, con Rodó a la cabeza, habían muerto a excepción de Horacio Quiroga que se suicidó en 1937, Carlos Reyles fallecido en 1938 y el filósofo Carlos Vaz Ferreira que vivió hasta 1958, le fue dado  a ella mantener trato amistoso y hasta discipular, en ocasiones, con varias otras figuras culturales de prestigio nacional y renombre internacional. Así con Carlos Sabat Ercasty tan admirado por Neruda, con Jules Supervielle, con los nombrados Oribe y Sabat Pebet, con el pintor  y teórico del arte Joaquín  Torres García o con el escritor épico y escénico de “Los Mayas” y “La epopeya de Bolívar”, general  Edgardo Ubaldo Genta.                 
                                               En 1943 entregó a la imprenta un segundo volumen de traducciones de escritores libaneses contemporáneos y entonces Emilio Frugoni, el  prosista de “La esfinge roja” además de poeta, jurista, diplomático, parlamentario y fundador en 1910 del Partido Socialista del Uruguay le expresó, en carta fechada en enero de 1944,  entre otros conceptos elogiosos: “Estoy en deuda con Ud. desde sus “Voces de Oriente” donde su fino espíritu femenino y su inteligencia penetrante resplandecen en el arte de fieles traducciones y en la aguda comprensión del alma y el genio de un gran poeta inmortal de su raza y del mundo”    

                                           Un par de  años antes, sin duda inspirada en los diálogos sobre temas cervantinos que sostenía con Sabat Pebet, autor algo más tarde de “Cervantes, en la aventura entre el querer y el poder”,  puso punto final al ensayo “De Don Quijote a Carlitos Chaplin”, un paralelismo entre el Caballero de la Triste Figura y el genial personaje cinematográfico de risible galera y bastón, vinculados a través de los siglos por el ideal y a veces la tristeza o al menos la triste sonrisa. En tanto, trabajaba los sonetos y otras formas poéticas  que integrarían su primer poemario: “Aís” (1951),  homenaje de tono elegiaco al hermano muerto.   Luego de un prolongado tiempo sin editar libros, aunque no de silencio dado que publicaba a menudo en diarios y revistas de ambas orillas del Plata y comenzó a colaborar en La Prensa en 1964, dio a la imprenta en 1999 “El ángel y la rosa”  y en 2006 “El universo de la rosa”, ambos ilustrados por Hermenegildo Sábat y cabales  testimonios, uno y otro, de ductilidad poética, dominio métrico y estilístico,  alta inspiración y  edificante mensaje espiritual. Algunos de los sonetos de esos libros, “de elocuencia digna de Quevedo”, a juicio de Federico Peltzer, son antológicos en su leve melancolía: “Es el otoño irremisible y tierno./ Es la paz que nos llega de algún lado,/ en la sangre y el goce sosegado./ Las voces se decantan y el invierno/ resbala suavemente en el materno/ cuenco de trascendido, enamorado/ y rutilante barro despiadado,/ sin auroras, voraz y a veces tierno./ En nubes de memoria se diluyen/ trofeos, sueños y batallas. Rondan/ los vientos entre quietas ramas blancas/ y viejas soledades fieles huyen/ y vuelven y nos hablan y se ahondan/ y nos tienden sus leves alas francas” (Otoño)     
                                         Laila Neffa se casó en 1958 –antes de obtener la ciudadanía argentina- con el hombre público y diplomático doctor Guillermo de la Plaza (1918-2011), pariente próximo del presidente Victorino de la Plaza y embajador de la República Argentina en Uruguay durante ocho años, donde concretó la firma del  Tratado del Río de la Plata entre la Argentina y el Uruguay. (Antes de la Plaza fue embajador en Bolivia y después lo sería en el Líbano).  De manera especial en Montevideo, y previsiblemente dado su arraigo familiar, el papel de la esposa del jefe de la representación de nuestro país, entonces con sede en el Palacio Berro,  trascendió  el aspecto protocolar. Testigo de ello fueron, por ejemplo, los entonces funcionarios de la embajada y destacados escritores Silvia Ovejero y Javier Fernández, que ya retirados seguían comentando el hecho con simpatía.  
                                      Hoy, en sus altos años, en su casa de la calle Larrea y Santa Fe en el barrio de Recoleta, vive  rodeada de recuerdos que no la anclan en el pasado. Sigue escribiendo y con su  ingenio, amabilidad, fineza y cultura sabe dar a las reuniones amistosas que convoca, el toque mágico de auténticas tertulias culturales.
                                       A veces, en medio de ellas, miro por algún ventanal e intuyo afuera el apuro de tantos seres sin  tiempo para deleitarse con los eternos valores del arte y la belleza.      

                                            (Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa, el 29 de enero de 2017)

sábado, 28 de enero de 2017

PREGUNTAS ANTE DOS NOTORIAS PÉRDIDAS CULTURALES





                                                                  Como es de público conocimiento, este comienzo de año murieron en fechas próximas el escritor Ricardo Piglia y el folclorista Horacio Guarany. El primero, el 6 de enero, y el segundo, el 13 del mismo mes. Inevitablemente surgen dudas sobre la consideración oficial debida a una y otra figura. Como que cabe preguntarse entonces, porqué Ricardo Piglia, autor y profesor universitario de prestigio internacional, no fue designado en su hora miembro de número de la Academia Argentina de Letras, lo cual permite suponer y hasta confirmar que si bien –y será de  descontarlo- han de ser merecedores a la inmortalidad académica todos los que hoy conforman la corporación, no ocupan -ni ocuparon- allí sitiales, personalidades  que en rigor correspondería que los tuvieran.
                                                                    En cuanto a Horacio Guarany, que además de su impar trayectoria artística fue un comprometido defensor de causas nobles en actitud militante que le significó recibir amenazas, sufrir atentados y finalmente tener que optar por el exilio,  más de un seguidor del folclorista debe haber querido saber, no sin cierta frustración,  cuál fue la razón por la que luego de  conocerse la noticia de su fallecimiento, no se  declaró duelo nacional como sí se hizo en tiempos pasados,  con toda justicia, ante la desaparición de otros cantantes populares.
                                                                    Es penoso que nuestra comunidad y sus autoridades olviden  aquella expresión que acuñó José Martí: “Honrar honra”.  


  (Carlos María Romero Sosa, se publicó en Calchaquimix, el 27 de enero de 2017 y se dio a conocer en texto algo más breve en La Prensa, también el  27 de enero del año en curso.)   

jueves, 19 de enero de 2017

“DESCOMER” HOY Y “SINMIGO” AYER



                                                 Hubo una vez en la política argentina un pobre hombre, aunque sin duda de auténticas convicciones llamado Herminio Iglesias. Cierto día dijo  aquello de “conmigo o sinmigo” y las burlas no se hicieron esperar. Qué podía pedirse, según el  razonamiento de muchos, de ese caudillo duro de la ciudad de Avellaneda, el antiguo feudo de Barceló y “Ruggierito” donde la forma de hacer política, fuera en los años treinta de ideología conservadora o de sentimiento peronista después de los cuarenta, se caracterizaba por mantener rasgos patoteriles y populacheros; o de vacío populismo como se dice ahora.
                                                Lo grotesco del personaje aparecía nítido en el neologismo con resonancias de vocablo arcaico  pronunciado por el vociferante candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires en 1983. Pero Herminio Iglesias no fue elegido por el pueblo bonaerense que dio su voto al médico radical Alejandro Armendáriz y su estrella declinó pronto, más allá de alcanzar una diputación en 1989 y una concejalía en Avellaneda diez años después. El tosco y  derechoso personaje dejó de representar un peligro para la escasamente afianzada cultura democrática del país a poco salido de la dictadura del Proceso.
                                                Pasaron las décadas y en 2015 llegó un gobierno de buenas maneras y anuncios de cambio a tambor batiente. Sin embargo  hoy, dando un  nuevo argumento a la teoría del “corsi e ricorsi” de la historia propuesta en su hora por Giambattista Vico, otro hombre público, Secretario de Empleo del Ministerio de Trabajo para más datos,  acaba de mencionar un término desusado, coloquial y hasta  escatológico: “descomer”, para el caso con la finalidad de justificar y promover una flexibilización laboral macrista, tanto más cruel  en estos tiempos donde se erige como un fantasma  el fin del trabajo vaticinado por el Premio Nobel Joseph Stiglitz.
                                                Me pregunto si será tomado tan en chiste y recibirá parecido escarnio por parte de los medios, la dirigencia y gran parte de la ciudadanía el actual funcionario y exitoso empresario del grupo Techint,  como en su momento los sufriera Herminio, quien pese a todos sus desaguisados y más que reprochables exabruptos de corte fascistoide, firmó en septiembre de 1979, junto a Deolindo Bittel, el documento del Partido Justicialista saludando a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA, cuando tantos bien hablados callaban. O peor todavía justificaban, mientras lucían orgullosos y serviles en los cristales de sus automóviles, calcomanías con la miserable expresión de que los argentinos éramos derechos y humanos.

   (Carlos María Romero Sosa, se publicó en Saltalibre.net el 18 de enero de 2017 y se reprodujo en Con Nuestra América)





  

martes, 27 de diciembre de 2016

GUILLERMO DE LA PLAZA: UNA LABOR DIPLOMÁTICA DIGNA DE RECUERDOLO



                                                        Una buena noticia: los presidentes Mauricio Macri y Tabaré Vazquez decidieron luego de su última reunión dejar atrás los conflictos bilaterales,  que en rigor de verdad no fueron pocos en la historia de las relaciones entre los dos países. Será debido a ese accidentado cuanto a la vez íntimo e inquebrantable vínculo, que la República Argentina en varias ocasiones envió a Montevideo notables figuras como representantes diplomáticos.
                                                        Así, fue  nuestro embajador a fines del siglo XIX  Roque Sáenz Peña; y en el XX relucen las gestiones del historiador Roberto Levillier, de Alfredo Palacios, del político reformista Gabriel del Mazo, de Diógenes Taboada, del hombre de prensa  riojano Adolfo Lanús o del ex vicepresidente de la Nación Carlos Humberto Perette. Ello sin olvidar otras actuaciones igualmente constructivas entre las cabe recordar, en especial, la cumplida durante ocho años por Guillermo de la Plaza (1918-2011), designado en 1974 por el presidente Perón que en su primer mandato había enviado a Montevideo al ingeniero Luis H. Yrigoyen. (Sobre este hijo del ex presidente Hipólito Yrigoyen, justo es decirlo, pesan actualmente acusaciones de haberse negado a repatriar un contingente de judíos argentinos cuando se hallaba destinado en Berlín durante la Segundo Guerra Mundial).   
                                                     En su libro “La Patria fue mi causa” (1985), donde parafraseando al Protector de los Pueblos Libres se reconoció Guillermo de la Plaza “argentino de la tierra de Artigas”,  dio cuenta de su paso por el Palacio Berro -la sede hasta hace algunos años de la Embajada Argentina- entre cuyos logros pueden enumerarse: haber posibilitado la firma del Tratado del Río de la Plata y su Frente Marítimo -acuerdo que inició su pariente Victorino de la Plaza en 1910 cuando era canciller de Figueroa Alcorta-, concretar la represa de Salto Grande, los puentes sobre el río Uruguay, el Convenio de Cooperación Económica y el de Seguridad Social, testimonios todos, según sus palabras, “de que serví –con lealtad y buenos resultados- las instrucciones del entonces Presidente de los argentinos”.
                                                          El doctor Guillermo de la Plaza, un convencido americanista, fue asimismo Embajador en Bolivia y  en tiempos de Raúl Alfonsín en el Líbano, cuando arreciaba la guerra civil en el país de Medio Oriente. También se había desempeñado como Interventor Federal en Formosa en 1957 y Subsecretario de Relaciones Exteriores en las postrimerías del gobierno del general Lanusse.
                                      
                                                     Se amalgamaban en él un temperamento conciliador y el ideario democrático  cada día más afirmado  en su espíritu; sobre todo cuando  repasaba entristecido la historia de los desencuentros argentinos, según dan cuenta los artículos editoriales que firmó bajo el seudónimo Moreno del Calchaquí en los doce números de la revista “Patria: un lenguaje común para el entendimiento” que se editó entre 1980 y 1983 bajo la dirección de Carlos Gregorio Romero Sosa. Comentaba con cierta tristeza en la intimidad don Guillermo, que más de un antiperonista irreductible como lo había sido él en su juventud, le cuestionó su colaboración con el tercer gobierno del líder de los trabajadores en el cargo de embajador. 
                                                         A este diplomático profesional ufanado de la sangre salteña que corría en sus venas y lleno de orgullo por el inmediato parentesco de sus mayores con el presidente Victorino de la Plaza, tuve el gusto de tratarlo en sus últimos años. Elijo recordarlo hoy sin pecar de infidelidad para con su ideario indudablemente de derecha liberal, enseñándome una fotografía autografiada por su amigo el presidente revolucionario boliviano general Juan José Torres, un nacionalista de izquierda exiliado aquí donde fue secuestrado y asesinado en el marco del Plan Cóndor, el 2 de junio de 1976.


            (Carlos María Romero Sosa. Se publicó en La Prensa el 27 de octubre de 2016)

domingo, 18 de diciembre de 2016

ALEJANDRO CABRAL: UN ARTE PARA HOSPEDAR SECRETOS HOMENAJES





                                            El punto de partida fue una historia que conoció el artista desde la primera niñez: un diplomático dominicano destinado en el Uruguay condecoró en 1947 en Montevideo a Eva Perón -al  regreso de su gira europea- con la Orden del Mérito en grado de Gran Cruz de Oro. Sólo que el diplomático, a poco trasladado a Buenos Aires, era Manuel del Cabral, el poeta universal de “Compadre Mon”, uno de los primeros y mayores referentes de la literatura de la “negritud” y alguien con un claro compromiso ético y social tanto en su vida privada como  en su producción literaria. El hijo, Alejandro Cabral, nacido en Buenos Aires en 1958 pero pronto afincado en Santo Domingo donde reside y ocupó allí la subdirección del Museo de Arte Contemporáneo, es un destacado artista plástico que desde los veinte años de edad realiza muestras individuales y colectivas dentro y fuera de la República Dominicana.
                                                  Ahora exhibe su colorida, no figurativa –salvo un muy realista retrato de Eva- y siempre impactante pintura en el un salón del Museo “Evita” de la ciudad de Buenos Aires.  La muestra corresponde a la serie de sus creaciones en acrílico reunidas bajo el título “Los huéspedes secretos”; algo que constituye un doble homenaje, tanto a la  abanderada de las reivindicaciones populares, cuanto al poeta autor de sus días, el que así llamó a uno de sus libros más conocidos y de mayor contenido social publicado en 1951. 
                                        Los veinte trabajos expuestos dan cuenta de una inspiración que halla su vía de escape y no de contención en los tonos cromáticos altos y en la deconstrucción menos intelectualizada que en actitud afectiva, dada a captar y jerarquizar valores. Porque hay pasión vital en cada uno de sus cuadros, pero contando “a priori” con el fatal deshojamiento de esa fuerza interior que tiende a desdibujarse hasta la dispersión o el apaciguamiento a imagen de los huracanes tropicales.
                                            Alejandro Cabral concentra y sostiene la pasión en la confluencia de sus trazos  dispersos, diversos e indefinidos, pero nunca desasidos del marco que los contiene según la fórmula   kantiana del espacio: “forma de todos los fenómenos del sentido externo”. Aunque los fondos coloreados no actúan aquí o no parecen hacerlo sólo como condiciones necesarias de las imágenes incorporadas, llenas de sugestiva indeterminación y atrapadas en función quizá de condensaciones oníricas. Sobre esos fondos se destacan los primeros planos de figuras que lejos de desprenderse de aquéllos, se integran, marcan contactos, vínculos misteriosos entre los datos caóticos del inconsciente generador del automatismo al materializarse y visibilizarse a través de símbolos. O bien de alegorías a captar sin la pretensión de organizarlas -es decir de desmitificarlas-  ante la imposición del “sentido común” de una realidad -la del mundo actual- que en tantos aspectos carece de razón suficiente.
                                           Hay también una tentación amnésica, de hacer “tabula rasa” mental e ignorar preconcebidos contornos, es decir límites impuestos  por poderes oscuros sean interiores o ajenos. Algo traducible en las palabras de Manuel del Cabral, disparadoras de la serie: “Por no tener memoria es que soy original”. Una originalidad que en el caso del maestro Alejandro Cabral es creatividad, desafío constante y lucha contra la rutina como que nada hay inercial, fruto del puro oficio y sin acción en su obra.-


(Carlos María Romero Sosa, se publicó en SALTA LIBRE el 26 de noviembre de 2012)          

DOS JUECES HUMANISTAS EN LA CORTE SUPREMA


                                                 Si hay lugares comunes como para obviar por buen gusto, también, de cuando en vez en compensación, se encienden datos orientadores en el mundo de la vida que no deben pasarse  por alto. En ese sentido  posee  ya otra guía  la República en la memoria  del doctor Carlos Fayt, cuya existencia representó hasta el final la dignidad, la consecuencia en los valores de  Justicia  y Libertad y la laboriosidad sin descanso.
                                                   La ciudadanía no suele tener en mente la integración de la Corte Suprema de Justicia de la Nación; sin embargo su nombre  mereció el conocimiento y el respeto del público, algo no común fuera de los ambientes jurídicos, políticos o periodísticos.  Y lo curioso es que esto ocurrió con alguien  cuya palabra rectora se conocía en general sólo por sus ponderados votos o por sus decenas de libros ricos en doctrina. Lujosamente hablamos del juez Fayt y su independencia frente a los gobiernos de turno durante sus treinta y dos años de ejercicio en nuestro máximo tribunal, como en los Estados Unidos se habla del juez Holmes, conocido por igual circunstancia como El Gran Disidente, que permaneció por treinta en la Corte norteamericana. Sólo que a diferencia de Oliver Holmes, el argentino no se embanderó en un realismo que privilegiaba la fuerza del Estado y por el contrario creía que la jurisprudencia -su campo de acción constitucional- debía tomar nota y acompañar sin demagogia los progresos sociales fiel al precepto latino “Ex facto oritur ius”: de los hechos surge el derecho. De tal convicción nacieron sus decisorios memorables en contra de toda discriminación, como cuando se pronunció a favor de que se concediera personería jurídica a la Confederación Homosexual Argentina o cuando admitió volviendo sobre sus propios pasos, que no debía ser criminalizada la tenencia de estupefacientes para consumo personal.
                                                  En tanto estudioso de la ciencia política, investigó en un libro “La naturaleza del peronismo”; y más allá de las severas críticas que recorren sus páginas,  en el prólogo a la segunda edición de 2007, dio cuenta de pretender examinar, cosa que hizo  más objetivo que prejuicioso: “los acontecimientos que culminaron con el advenimiento de los trabajadores a la vida política y social de la Argentina”, o sea reconociendo ese avance social que se verificó en los hechos durante el primer justicialismo. Pero la incomprensión del peronismo por parte de cierta izquierda de la que provenía Fayt  y la sectaria postura de este movimiento hacia la izquierda democrática, quedan aquí también patentes en función de aporías. De la vieja guardia del Partido Socialista, apenas Manuel Ugarte que fue embajador de Perón, Enrique Dickman, expulsado de las filas partidarias por el sector de derecha ghioldista y en alguna medida Alfredo Palacios después de la Revolución Cubana con la que mostró solidaridad, pudieron  entender  algo del contradictorio fenómeno  peronista.  
                                               Lo curioso o no tanto, es que la hombría de bien, la visión humanista de Fayt y su decoro, pueden hallar paralelismo con los atributos morales e intelectuales de otro jurista y escritor de nota que integró asimismo, entre 1975 y 1976, la Corte Suprema de Justicia. Pese a tener vertientes políticas y hasta religiosas distintas: de raíz socialista y escéptico uno, peronista y católico militante el otro, no es forzado identificar aquellas virtudes con las que poseyó en grado de excelencia el doctor Pablo Antonio Ramella  (1906-1993); inolvidable para los que tuvimos el privilegio de tratarlo. Ramella fue senador nacional peronista por la provincia de San Juan de su radicación desde 1930 y convencional constituyente para la reforma constitucional de 1949; además de ministro y juez provincial en San Juan y decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Cuyo. En 1955, la llamada “Revolución Libertadora” lo encarceló durante dos años. En prisión, me lo refirió hacia 1989 en una carta, se dedicó a releer a Dante; y lo cierto es que la admiración y el estudio del florentino y su obra  nunca lo abandonaron y en 1985 dio a conocer  en libro “Un soneto de Dante”.
           
                                 Si de su idoneidad técnica dan prueba  su extensa bibliografía jurídica así como  el volumen dedicado a su memoria que prologó Alberto González Arzac: “Pablo Ramella, un jurista en el Parlamento”, editado en 1999 por el Círculo de Legisladores de la Nación Argentina, sobre su insobornable independencia de criterio habla un hecho que merece ser registrado con letras doradas en la historia del Congreso Nacional, institución que tanto vienen desprestigiando muchos de sus integrantes: cuando en 1947 se planteó el juicio político a la Corte Suprema a propuesta del diputado oficialista Rodolfo Decker, votó en soledad de su bloque, con fundamentos, por la negativa, ante lo cual Alfredo Palacios, defensor del acusado ministro Antonio Sagarna, manifestó su elogio y ponderó su hidalguía.  
                                 
                                Al socialista moderado  Fayt, un abanderado de la  templanza política en los fanatizados años sesenta y setenta,  antiguo profesor adjunto en la cátedra de Derecho Político de la Universidad Nacional de La Plata de Silvio Frondizi, y al socialcristiano Ramella que sabía llevar al máximo de su compromiso el espíritu de las encíclicas papales de carácter social  y la opción por los pobres explicitada por el episcopado latinoamericano en Puebla en 1979; sin que al escolástico autor de “La Internacional Católica” lo escandalizara en su madurez advertir el  surgimiento de los curas tercermundistas y el despuntar de la Teología de la Liberación, los vinculó el norte de la Justicia Social. 

                            El salteño “aporteñado” y amante del tango Fayt y el platense devenido sanjuanino por adopción Ramella, descollaron como publicistas y docentes universitarios  en los campos del Derecho Político y Constitucional, llevando a la práctica los principios liminares de esas disciplinas en la defensa concreta y arriesgada de los derechos humanos durante la última dictadura. Y si bien el primero no frecuentó -que sepamos- la poesía ni la prosa de imaginación como sí el lírico autor de “Palabras de paz”, “Torre de cristal”, “Orbe”, “Himno”, “Ruego”,  “Antología poética” o la ficción apocalíptica de fondo “cristiano-patriota”, a juicio de Leonardo Castellani: “Tres días de tinieblas” -cuya edición de 1982 lleva un expresivo testimonio enviado al autor por los coroneles Aldrin, Collins y Armstrong, los tres primeros astronautas  a la luna-, su espíritu selecto debió hallar sosiego en las lecturas literarias. Alguna correspondencia con la que nos honró el doctor Carlos Fayt es indicativa de ello.



Carlos María Romero Sosa, se publicó en LA PRENSA, el 18 de diciembre de 2016

domingo, 4 de diciembre de 2016

ADOQUINES

     (Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa, el 4 de diciembre de 2016)