miércoles, 5 de julio de 2017
ENRIQUE RAMOS MEJÍA: UN JURISTA CONTRA LA CORRUPCIÓN
martes, 4 de julio de 2017
ARTURO FRONDIZI, VISTO POR UN TESTIGO PRIVILEGIADO
ARTURO FRONDIZI POR ALBINO GÓMEZ
Frondizi, visto por un
testigo privilegiado
Dr. Carlos María
Romero Sosa
junio28/2017
A
la proverbial generosidad del embajador Albino Gómez, debo el honor de ver
anunciada mi participación hoy, en este recinto del CARI, en el acto de
presentación de su libro sobre los años de gobierno de Arturo Fondizi.
En
verdad constituye una segunda oportunidad de manifestar aquí, frente a tan
distinguido auditorio, el fraternal cariño y la admiración intelectual que
siento desde antiguo por este proteico exponente de la cultura nacional que
viene enriqueciendo la actividad literaria, la profesión periodística, la vida
política y la vida diplomática argentinas. En efecto: el 7 de agosto de 2014,
también fui inmerecidamente convocado por él para referirme a su obra poética
reunida bajo el título “Sólo se trató de vivir y amar.”
Sin
embargo, en este caso y contra mis más fervientes deseos, me resulta imposible
estar presente. “El hombre propone y Dios dispone”, reza el Libro de los
Proverbios. Un accidente tonto –ningún accidente es ingenioso- ocurrido en la Feria del Libro devino en
una operación de cadera que se complicó con un coágulo en el pulmón, problema
al que espero sobrevivir con la ayuda divina y mariana, pese a que además de la
mala suerte, tironea de parte de Abbadón, el Exterminador, una onerosa prepaga
que no cubre prestaciones imprescindibles para mí en estos momentos.
Hay
signos imposibles de anticipar hasta padecerlos en carne propia,
característicos de una sociedad que se hizo comerciante vil antes que darse a
practicar un capitalismo al estilo del que desarrollaran los viejos puritanos
norteamericanos del siglo XIX. Una sociedad –no toda por supuesto- producto y
cómplice de un Estado que perdió el rumbo sin duda en 1930, y ningún interés
tuvo de reencontrar la senda el 55, el 62, el 66 y menos durante la barbarie
del 76-83. Incluso cabe pensar con optimismo que bastante solidaridad ciudadana
hay, bastantes gauchadas se ejercitan a diario, después que la
negra noche de la dictadura enseñó con la pedagogía de la letra con sangre
entra, a encogerse de hombros frente a sus crímenes; declarado “urbi et orbi” el dogma del “por algo habrá sido”. Sin
embargo ha habido momentos en nuestra historia reciente –momentos estelaresdiríamos
siguiendo a Stefan Zweig- que intentaron
despertar conciencia y revertir ese proceso de decadencia política, económica y
moral. Uno de ellos corresponde sin duda a la gestión que llevó a cabo con sus
más y sus menos el doctor Arturo Frondizi.
Las
más de 330 páginas de la obra de Albino Gómez sobre ese gobierno, salvo un breve y
oportuno apéndice documental, corresponden como bien señala el prologuista,
doctor Rosendo Fraga, a un diario privado,
riguroso y comprometido con los hechos testimoniados con fidelidad, mérito
singular en estos tiempos de postverdades y de mendaces autocorrimientos a
primeros planos.
Juego
a imaginar y me lo permitirá el humorismo del creador del subgénero situado
entre la greguería, el aforismo y la cita erudita que es Albinísimas, que
alguien ajeno al drama argentino de golpes de Estado sucesivos y a la vez
conocedor de la capacidad novelística y creativa de nuestro amigo, podría tomar
el libro como una ficción de espionaje a lo Graham Greene que va encaminándose fecha a fecha a
un dramático final anunciado. Sólo que los planteos militares aquí descriptos
en detalle, los acosos morales al presidente constitucional y los embates de
cierta prensa, ocurrieron hace menos de seis décadas y aquí mismo.
En los primeros capítulos, el pulido verbo
del autor nos sitúa en un momento histórico inaugural; en una suerte de
epifanía donde los proyectos madurados por largo tiempo en los gabinetes de
estudio: los reflexivos sueños acariciados por el mandatario y su principal
asesor:Rogelio Frigerio y su grupo La Usinaal que perteneció el memorialista,
aparecen encaminándose a hacerse realidad. Este libro nos hace entonces
espectadores privilegiados, por ejemplo, de la batalla del petróleo; de la
tesis gubernamental en su hora tan criticada de no aislar a la Cuba revolucionaria; del
afanoso intento de desarrollo de la industria pesada, haciendo caso omiso a las
críticas incluso de una Iglesia local que sin tomar debida nota de lo que
significaba que San Juan XXIII ejerciera la Cátedra de San Pedro y abriera las ventanas del
Vaticano a los aires nuevos, era empecinadamente preconciliar. Prueba de ello
es que llegó a juzgar riesgosa la industrialización porque crearía proletariado
con conciencia de clase y proclive al marxismo, tal como había ocurrido después
de la Guerra
en la Italia
del norte. Algunos jesuitas intransigentes, el padre Julio Meinvielle que tituló un artículo en su revista
Presencia con la pregunta: “Puede
ser presidente de la
República Argentina un agente comunista” y ciertas jerarquías eclesiásticas del
tipo de Monseñor Plaza, ignoraban tanto del mundo y de sus cambios, que un día
26 de marzo de 1967 fueron sorprendidos por la encíclica de Paulo VI Populorum progressiocon su
regla de oro “El desarrollo es
el nuevo nombre de la paz”.
Para
tener una visión totalizadora de Albino Gómez en tanto actor político entonces
veinteañero o poco más, bueno sería haber accedido a las confidencias de
Frondizi y Frigerio sobre los valores sobresalientes que supieron hallar en él
para situarlo en tan importantes situaciones y hacerlo partícipe de momentos
decisivos del gobierno desarrollista. (Hago mea culpa por haberme privado de
esas revelaciones.)
Porque
si al presente resulta fácil dar fe de de su ética sin dobleces, de su
intelecto poderoso dirigido al bien común y el servicio de la Patria , de su actitud ante
el conocimiento más de sabio que de mero erudito, en la que como al romano nada
humano le es indiferente, cuánto habla de la intuición de aquéllos estadistas
el hecho de haber advertido e impulsado el lucimiento de Albino Gómez en el
gran tablero nacional e internacional; y ello al encomendarle responsabilidades
mayúsculas que supo sortear con ingenio, lealtad, habilidad política y
entusiasmo por la causa. No es posible soslayar los detalles de su rol jugado
en la visita del Che Guevara al presidente.
A.G.
llegó al mundo de la diplomacia de la mano de su amigo de juventud: Carlos
Alberto Florit, primer ministro de Relaciones Exteriores del
doctor Frondizi. Al respecto vuelvo a ser autorreferencial con esta anécdota
que conserva patente mi memoria: en vísperas del 1ero. de mayo de 1958, en
tanto yo andaba en los juegos propios de un niño de seis años recién cumplidos,
mi madre, tía de Carlos Alberto, interrogó a varios vecinos de nuestro edificio
si tenían televisión para ver su juramento. Fue en vano, ninguno de los
interrogados contaba con un aparato de TV en esa otra ciudad que también se
llamaba Buenos Aires y en ese otro barrio que también se llamaba de Recoleta,
por parafrasear a Borges.
En
el libro, es de subrayarlo, se le hace justicia al ahora olvidado intelectual
de nota que fue Carlos Alberto Florit, orgulloso
discípulo en España del filósofo Xavier Zubiri y autor de obras de resonancia en su
momento como “Los militares y
la guerra psicológica”, “Política exterior nacional” o “El
roquismo”. No en vano en la página 147 le lee que “el presidente de Brasil, Janio
Cuadros, pronunció en la exposición de pintura en la Casa Argentina en
Río, el discurso que le escribió el ex canciller Florit. Fue entregado en
español y traducido literalmente al portugués, sin modificar una frase.” De igual modo se realza la acción de
otros titulares del Palacio San Martín hasta el golpe de 1962:Adolfo Mugica, Diógenes Taboada y Miguel Ángel
Cárcano, así como de muchos otros dirigentes y funcionarios que
gravitaron en esos momentos siempre críticos, desde Oscar
Camilión, el economista Cecilio Morales o el intelectual Dardo
Cúneo a Carlos Ortiz de Rosas, Raúl Quijano, Lucio García del Solar u Horacio
Rodríguez Larreta.
Mencioné
al comienzo los casi lugares comunes de la decadencia nacional y la pérdida de
rumbo de buena parte de nuestra dirigencia. En ese sentido: ¿Es imaginable que
un ex ministro –Florit fue a poco designado presidente del Comité de los 21-
escriba por estos días discursos para ser leídos, “sin modificar una frase”, por
el presidente de algún otro Estado y mucho menos el Brasil?
Otro
punto para destacar es que la obra cuyo subtítulo alude a “La vigencia de un proyecto de
desarrollo”, antes que un panegírico del gobernante es un historial de su
mandato. Como que uno es el Frondizi, nacionalista de fines, que ocupó el
sillón de Rivadavia desde 1958
a 1962. Otro distinto el más nacionalista de medios que
lo antecedió con “Petroleo y
política”. Y otro aun, aquel don Arturo final al que se lo podía ver
caminando -apenas seguido por un único custodio- por las proximidades de su
domicilio de la calle Beruti frente al Hospital Alemán. Un anciano quizá
demasiado visitado por carapintadas y en extremo generoso perdonador de los
asesinos de su hermano Silvio, influencias u opciones que hacían añorar a aquel
que en los años de plomo suscribía, con valor cívico, solicitadas por los
desaparecidos.
Si
como afirma con convicción Albino, uno de los objetivos de su gobierno fue la
pacificación, cabe lamentar que el contexto de odios y presiones militares hizo
que zozobrara a veces tan alta mira. ¿Qué otra cosa sino represión lisa y llana
fue el Plan Conintes exigido por ciertos altos mandos ofuscados en su
antiperonismo? Pero la
República contaba entonces con preclaras reservas morales y
el primer acto de Alfredo Palacios al ser electo senador nacional por la Capital en 1961, fue
visitar a los presos políticos y gremiales peronistas y a renglón seguido
promover una interpelación al ministro del interior Vítolo. Valga aquí traer el
recuerdo del prócer de la
Justicia Social , los Derechos Humanos, el Reformismo
universitario y el Latinoamericanismo. (El sector ghioldista del socialismo, en
cambio, atacó a Frondizi por sus rasgos progresistas y coadyuvó al golpe).
El
ensayo que no sin atrevimiento comentamos a vuelo de pájaro, como toda historia
bien documentada, ha de ser “advertencia de lo porvenir” de acuerdo con la
enseñaza impartida por Nuestro Señor Don Quijote. Y en ese sentido, fresca aún
la reciente visita oficial del ingeniero Macri a la República Popular
China y el interés demostrado allá por nuestros materias primas como la soja,
en tanto la superpotencia asiática prepara el viaje a Marte para las próximas
décadas, quiero concluir con esta profética inquietud del estadista que fue Arturo
Frondizi, manifestada con socrática interrogación: ¿Nuestro destino es continuar
siendo un país abastecedor de alimentos o tenemos derecho a construir una
Nación con industria pesada, energía, comunicaciones, y pan, trabajo, cultura y
libertad para todos sus hijos?
Vuelvo
a agradecer al embajador Albino Gómez la invitación, al público la atención
dispensada y a la doctora María Cristina Giuntoli, mi mujer, el
haber puesto en su voz tan modestas palabras.
·
(Texto de Carlos María Romero Sosa leído por la doctora María
Cristina Giuntoli en la presentación del libro del embajador Albino Gómez:
“Arturo Frondizi El último estadista de la Argentina ”, en el acto celebrado el 8 de junio en
el CARI (Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales. Se publicó en Salta Libre, el 28 de junio de 2017.)
martes, 27 de junio de 2017
ALFREDO PALACIOS: HIDALGUIA Y COHERENCIA DE UN PARLMENTARIO PRÓCER
Alfredo Palacios entre el clavel y la espada
Víctor García Costa
El 20 de abril último se
cumplieron 52 años de la muerte de Alfredo
Palacios cuya figura agiganta el tiempo; tanto más comparada con la general medianía de
la dirigencia política actual. Si bien a los integrantes de ella, en tanto
constituir el genio un don avaro de la naturaleza, sería absurdo exigirles la prodigiosa
inteligencia que poseyó el primer diputado socialista de América, adelantado y
tratadista del Nuevo Derecho y autor de las inaugurales leyes obreras del país,
sí debieran ofrecer estos políticos de hoy a la ciudadanía, a cambio del
sufragio que le reclaman, honestidad en grado de escrupulosidad, coherencia ideológica
y un mínimo de pericia para la función pública. Pero así venimos de lejos y así
estamos chapoteando en la decadencia.
Palacios representa un lujo quizá inmerecido para esta Argentina de la que son distintivos, aun más que el
dulce de leche y los colectivos, Maradona y Messi, la viveza criolla, la transfuguiada
partidaria, la corrupción administrativa, las promesas electorales a sabiendas
de su imposible cumplimiento y las ideas
sostenidas con fingido apasionamiento por los candidatos, hasta que deja de ser
políticamente correcta su formulación o hasta que, de tanto banalizarlas, se
convierten en aquellos “significantes vacíos”
de que habla Ernesto Laclau.
Tarea edificante para la ciudadanía será entonces detenerse a leer entre
tanta frivolidad que sale al paso, los debates parlamentarios del líder
socialista, presentes entre otros volúmenes suyos en “La Justicia Social ”
(1954) entablados con contrincantes en
muchos casos de gran nivel como Matías Sánchez Sorondo o el salteño Carlos
Serrey. Se comprobará que resultan verdaderas lecciones de hidalguía, en lo que
hace al trato con los colegas de banca que sostenían posiciones opuestas a las suyas; a más de ser ejemplos
de reflexión, de severa argumentación
y de sustancia ajena en el mejor de
los casos a la retórica sofística y en el peor al palabrerío comiteril.
Humanista y humanitario, defensor de la elevación social y la igualación laboral y política de la mujer, sempiterno
denunciante de la tortura y las policías bravas, se opuso a la pena de muerte y en su obra “El
socialismo argentino y las reformas penales”, se trascribe una memorable intervención
suya en el Senado de la Nación -en 1933- donde patentiza
su coherencia intelectual y ética ajena por lo demás al dogmatismo. Así, al tratarse
en el recinto la reinstauración de la pena de muerte según un proyecto enviado
por el Poder Ejecutivo, expresó su oposición fundándola prioritariamente en su íntima
creencia en la inviolabilidad de la vida humana, visión tan afín con la del
cristianismo en que abrevó en su niñez y juventud, cuando participó en los
Círculos Católicos de Obreros fundados por el sacerdote redentorista alemán
Federico Grote, antes de abrazar con romántica convicción el socialismo sin que
hacerlo haya sido nunca obstáculo para venerar en su casa alquilada de la calle
Charcas 4741, un cuadro de Jesús y trabar fraternos vínculos con los religiosos
Amancio González Paz y Monseñor Miguel de Andrea, el “Obispo Rojo”, así tildado
en su hora por sectores de la oligarquía.
En el mencionado debate reclamó para sí con justificado orgullo: “En
1906 presenté mi primer proyecto de ley
aboliendo la pena de muerte. En 1913 formé parte de la Comisión Reformadora
del Código Militar que se nombró a mi iniciativa y que
integraban los doctores Manuel Gonnet y
Vicente C. Gallo En 1914 reproduje el proyecto de 1906.”
Del mismo modo que la vida humana y la dignidad de los
trabajadores explotados, Palacios defendió la libertad y las garantías
individuales –en la década del treinta actuó
junto a Lisandro de la Torre
en la recién fundada Liga por los
Derechos del Hombre- y es conocido el hecho que al ser electo Senador por la Capital en 1961 y así
llegar por segunda vez de la
Cámara Alta en su extensa trayectoria parlamentaria, iniciada
como diputado por la Boca
del Riachuelo en 1904 cuando la barriada demostró “tener dientes” en expresión de
Florencio Sánchez, su inicial acto fue ir a visitar a los sindicalistas
peronistas en prisión víctimas del Plan Conintes impuesto por el gobierno de Frondizi.
El docente reformista antiguo
decano de la Facultad
de Derecho de la UBA
y presidente de la Universidad Nacional
de La Plata y
figura de gran predicamento en los círculos universitarios e intelectuales del
Continente, el amigo de los poetas como Carlos
Guido Spano, de sus correligionarios Mario Bravo y Manuel Ugarte, del
anarquista Alberto Ghiraldo en cuya revista rebelde El Sol colaboró con
encendidos artículos en favor de la libertad de su director encarcelado (comenta
Ana Lía Rey en su estudio sobre periodismo y cultura anarquista a comienzos del
siglo XX), o de Leopoldo Lugones, Ricardo Rojas, Arturo Capdevila –una
confraternidad que ha evocado su secretario privado durante ocho años, el
escritor y abogado Pedro Vives Heredia en “Alfredo Palacios en la intimidad”
(2013)-, Alfonsina Storni y la chilena
Gabriela Mistral con la que asimismo polemizó sobre temas educativos en 1925, imbuido
de fe antiimperialista y en consonancia con su americanismo repudió la invasión
norteamericana a Guatemala y la caída del presidente Jacobo Arbenz en 1954 y en
todo momento se solidarizó con los movimientos de liberación surgidos en los países
hermanos. Entre ellos el que encabezó en Nicaragua Augusto Sandino y más tarde,
en Puerto Rico, Pedro Albizu Campos. Sin olvidar la adhesión en 1959 a la Revolución Cubana ,
que lo llevó a visitar la Isla a poco de su triunfo, aunque
criticó después su identificación con el bloque soviético.
Su
nacionalismo económico fue claro. En 1946 publicó la obra “Soberanía y
socialización de industrias. Monopolios, latifundios y privilegios del capital
extranjero”. Escribió allí: “En nuestro país sería absurdo que asistiéramos
impasibles al desenvolvimiento de una industria expoliadora y al privilegio del capital extranjero, pues
las actividades económicas deben transformarse en un sentido favorable a la
clase trabajadora y a los intereses de la Nación ”. Son
palabras que bien valen para el presente tan contaminado por multinacionales mineras exceptuadas de pagar retenciones o por
empresas de servicios públicos a las que se les perdonan deudas millonarias.
Tampoco
puede soslayarse su lucha por la reivindicación de nuestras Islas Malvinas, testimoniada
en su libro “Nuestras Malvinas” de 1939; en su actuación en la primera Junta de
Recuperación de las Malvinas junto a Carlos Obligado y Antonio Gómez Langenheim
y en su iniciativa de 1937 para que
todos los mapas del territorio patrio contengan el archipiélago irredento.
Ajeno
a cualquier sectarismo, quien había sido víctima del justicialismo en el poder y su autoritarismo,
llegó al cabo a comprender algo de la significación histórica de ese movimiento
tan lleno de contradicciones, pero también de aciertos en la tradición de los liderazgos
populares que rastreó en nuestra historia y en cierto modo reivindicó, sin
deponer su admiración por Rivadavia y su enfiteusis y por Echeverría y su Dogma,
en el libro “Masas y élites en Iberoamérica” (1954). Como contrapartida de
aquello un gran número de peronistas lo eligieron senador en 1961 al sufragar
por él.
Una foto junto a un sindicalista gráfico, el católico y
peronista Raimundo Ongaro, documentando la presencia de don Alfredo Palacios
poco antes de su muerte en un acto en la Cooperativa Obrera
Gráfica Talleres Argentinos Limitada (COGTAL), entraña todo un significado y un
desafío para los tiempos actuales. Porque siempre hay posibilidades de unidad tras grandes banderas redentoras, sobre
todo cuando se trata de la
Justicia Social , los Derechos Humanos, la Liberación Nacional
y la solidaridad con los pueblos oprimidos del mundo.
(Carlos María
Romero Sosa, se publicó en La
Prensa el 4 de junio de 2017 con el título “Vislumbres de
Alfredo Palacios”)
JUAN CARLOS DÁVALOS: ESTIRPE Y TRAGEDIA
Es sabido que el salteño Juan Carlos Dávalos (1887-1959) buscó y halló inspiración para
sus cuentos, poemas, artículos periodísticos y obras teatrales en las tierras del
Noroeste Argentino y en sus habitantes de ojos avizores del viento blanco: los
pobladores cuya idiosincrasia habla del
vínculo misterioso y desigual entre el hombre nativo y el paisaje capaz de
apabullarlo pero no vencerlo con su grandiosidad, en una dimensión generadora de
fuerzas desatadas y ya bienhechoras como la del dios Coquena, protector de los
rebaños de vicuñas y llamas, o ya de traviesa crueldad como la del Duende que aparece a la hora de la siesta bajo las
higueras y guarda en su casaca enana una mano de plomo y otra de lana.
No obstante esas fuentes en que abrevó, Dávalos también supo valerse para los argumentos de algunas de
sus creaciones de las tradiciones familiares que bullían en su linaje hidalgo: “!Manes de mis abuelos, duras almas de
roca,/ para quienes la vida era acción y pasión!/ ¡Almas de España fuerte,
almas de España loca,/ aún os llevo insepultas aquí en mi corazón”, escribió en un modernista soneto alejandrino,
suerte de prólogo a su drama en tres
actos y en verso: “Don Juan de Viniegra y Herze”, que en edición oficial se
publicó en Salta en 1917 y teatraliza –comenta Roberto García Pinto- “algunos
episodios de antaño ocurridos en su familia” Y sino el peso, en cambio cierto
mensaje o mandato trasmitido por la sangre, le había hecho evocar después, en
tono autobiográfico en el prefacio de “Estampas lugareñas” (1941), la historia
de sus comienzos en las letras, a los
catorce años y a impulsos de su abuela, “gran señora feudal con una
personalidad llena de carácter y significación”; tal su descripción de doña Ascensión
Isasmendi Gorostiaga de Dávalos, heredera de las posesiones en los Valles
Calchaquíes de su padre, el coronel
Nicolás Severo de Isasmendi y Echalar, último gobernador realista de la Intendencia de Salta
del Tucumán, enterrado a su muerte en la iglesia San Pedro Nolasco de los
Molinos, edificada en el siglo XVII y declarada Monumento Histórico Nacional en
1942.
Dávalos,
hijo de un escritor, abogado y político: Arturo León Dávalos, y de Isabel
Patrón Costas, no se sintió tironeado por el pasado que había subyugado su imaginación a partir de la lectura de añejos documentos familiares con
caligrafías de otros siglos, infolios que a medida que descifraba iban despertando
en su alma un particular vínculo con los ancestros. Si el conde Alfredo de
Vigny poetizó con alguna soberbia
intelectual frente a la tumba de sus mayores: “Si escribo yo su historia descenderán de mí”, Dávalos asumía el
legado de los suyos con naturalidad, creatividad y algo de fatal intuición de una palingenesia:
“Don Toribio bígamo, yo sufrí tu
destierro”, dialogó en verso con un antepasado. En
tanto, vivía con bohemia su presente renovándose
en los hijos -varios de ellos herederos de la vocación literaria y artística:
Arturo, Jaime, Juan Carlos o el pintor Ramiro-, y prodigándose en charlas
desveladas hasta que los amaneces se insinuaran sobre la serranía con los amigos,
los colegas en las letras y los discípulos.
En la inteligencia de ese tradicionalismo en nada anacrónico ni menos
petulante y tilingo de ostentar blasones, debe entenderse la carta que en febrero
de 1948 dirigió el poeta desde la ciudad extendida al pie del San Bernardo a su
sobrino Carlos Gregorio Romero Sosa, residente en Buenos Aires y estudioso de
la historia regional, los temas arqueológicos y la genealogía, a punto tal que en noviembre
de ese año ingresaría en calidad de miembro correspondiente en Salta al
Instituto Argentino de Ciencias Genealógicas fundado ocho años atrás. Alguien
de quien, a su muerte acaecida en 2001, sostuvo Narciso Binayán Carmona que fue el
alma inspiradora de la primera corporación especializada del país en la
materia: el Instituto Argentino de Heráldica Genealogía e Iconografía de Salta,
constituido en 1937. Lo cierto es que el autor de “La Venus de los barriales” le solicitó
en esa correspondencia datos sobre las familias Dávalos e Isasmendi, para
satisfacer la inquietud de su consuegro, el sanjuanino Guillermo Renato Aubone,
un ingeniero agrónomo recibido en la Universidad de Montpellier de actuación
como Director Nacional de Enseñanza Agrícola, miembro de la Academia Nacional
de Agronomía y Veterinaria, vicepresidente del Banco de la Nación Argentina y que asimismo
era afecto a los estudios genealógicos, según datos proporcionados por el
estudioso Marcelo Aubone Ibarguren. “Creo que tú eres más competente que yo para
satisfacer la lógica curiosidad del abuelo acerca de los antepasados de su
nieto”, explicaba el remitente a
Romero Sosa.
Las
vueltas de la vida resultan en ocasiones trágica y prematuramente encaminadas hacia
la muerte. En ese sentido será de anotar que el nieto de referencia era Juan Carlos Dávalos Aubone, nacido pocos meses antes de fechada la carta, hijo de Juan Carlos Dávalos Helena, un
laureado escritor más conocido por su apodo y seudónimo “Baica”, de larga y definitiva
radicación en Venezuela y de su esposa María Luisa Aubone Deheza. Con los años
desarrolló un exquisito temperamento artístico con el que sin duda habría
prolongado el apellido sumando nuevos lauros a la cultura del país. Lo asesinó en plena
juventud un comando de la Triple
A luego de ser secuestrado,
junto a su amigo y pariente
Roberto Yánez Laspiur en la esquina de Austria y avenida Las Heras, el 20 de
noviembre de 1974. La edición de La
Prensa del viernes 22 de aquel mes y año informó lo mismo que
otros medios gráficos sobre la identificación de los dos cadáveres acribillados
y con signos de tortura hallados en
Garín en las proximidades de la ruta Panamericana.
Cuando hacia finales de la primera década del siglo actual, el juzgado
federal a cargo del doctor Norberto Oyarbide investigó el accionar del
siniestro grupo parapolicial y de las presuntas responsabilidades de Isabel
Perón en la represión ilegal desatada durante su gobierno por la ultraderecha,
María Luisa Aubone Deheza, entonces de 84 años, fue tenida como querellante en
la causa y en un reportaje recordó entrecortada por el llanto: “Juan Carlos
era buen
mozo, inteligente, escribía poemas, dibujaba. Se fue a pie hasta Caracas y de
ahí a Estados Unidos vendiendo dibujos. No tenía militancia. Se estaba por
recibir de sociólogo cuando lo mataron.”
****
Veinteañeros ambos aunque
unos pocos años mayor él que yo, nunca
hablamos de genealogía como que por aquellos días turbulentos otros temas
ocupaban, preocupaban y ponían en crisis la común visión socialcristiana de la
economía y la política, puedo asegurarlo. Y también que el domingo previo a su
muerte habíamos concurrido juntos a la misa vespertina en la Iglesia de San Agustín que
celebraba el inolvidable párroco padre Remigio
Paramio. A más de cuatro décadas de ello
pienso en el triste final del nieto homónimo del poeta salteño y en el caprichoso
entrecruzarse de los linajes con la tragedia.
(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa el 16 de abril de 2017)
miércoles, 12 de abril de 2017
DOS 30 DE MARZO HISTÓRICOS EN TREINTA Y CINCO AÑOS (Sobre la marcha de la CTA)
Está lejana ya la fecha. Y lo peor es que separada de la actualidad por
el cúmulo de acontecimientos sucedidos en el país y el mundo, capaces de marcar
a fuego cuerpos y espíritus de varias generaciones. Por eso
no es fácil recordar, aun para quienes la vivimos dramáticamente, si el
30 de marzo de 1982: jornada de la huelga y la marcha convocadas, tras el lema “Paz, Pan y
Trabajo”, por la entonces
llamada CGT de la calle Brasil encabezada por Saúl Ubaldini contra el proceso
cívico-militar que presidía Galtieri,
era ya un día propiamente otoñal o si, como en este su treintavo quinto aniversario,
el verano se resistió a cumplir con la inexorabilidad de las estaciones.
Como fuere, bien caldeado estaba aquí el ambiente. Además del desquicio económico y social
promovido por las políticas antinacionales y antipopulares que sólo cerraban
con 30.000 desaparecidos y millares de exiliados y presos, eran las vísperas de
la alocada guerra de Malvinas. En ese contexto la medida de fuerza activa
lanzada por el sindicalismo peronista y que acompañó la izquierda, sería la de
mayor respuesta popular y repercusión en el exterior de entre las varias
declaradas casi en la clandestinidad desde 1979 contra la dictadura. Basta
releer los periódicos de la época para tomar conciencia de la crisis terminal
que vivía la Argentina en el 82´.
En tanto documentos y libros de investigación cuentan lo suyo, de manera
más anecdótica cabe dar fe sobre que el aire del centro porteño estaba
enrarecido esa tarde por obra de los
gases lacrimógenos policiales, disparados
contra los manifestantes tratando de silenciar el repudio contra el
Proceso y sus personeros.
Quizá constituyan un límite a la inexistencia o la
fugacidad del tiempo los veinte años que según la letra del tango
de Alfredo Le Pera no son nada; por lo
que ningún gardeliano pondrá reparos en
caso de que alguien afirme cuánto pesan en vez tres décadas y media. Justamente
las que median entre aquella fecha histórica para el movimiento obrero
argentino y este 30 de marzo de 2017, testigo de nuevas frustraciones populares y de otra
multitudinaria movilización a la Plaza de Mayo. Sólo que los líderes de las dos CTA, Pablo Micheli y
Hugo Yasky, aparte del sentido conmemorativo de la jornada, la convocaron para
exigir respuestas a los impostergables y generalizados reclamos contra los
despidos, la inflación, la caída del consumo, la apertura indiscriminada a los
productos importados o la suba
irracional de las tarifas.
Cuando los ajustes, llámense “sinceramientos tarifarios”, “sintonía
fina” o como se los quiera disimular con eufemismos, parecen ser las únicas coordenadas seguras de
los gobiernos, me pregunto qué deberíamos sentir los que por no haber quedado en el camino o no reconvertirnos con
los cantos de sirena del “fin de la historia” en un momento y el “cambio” ahora, tuvimos la
oportunidad militante de participar en sendas manifestaciones. Qué sentimiento
sino una conjunción de rabia y de hastío frente a la película repetida invadirá
a los que siendo jóvenes hace tanto, hoy con más de sesenta otoños a cuestas enfrentamos
la versión siglo XXI del neoliberalismo en una suerte de eterno retorno. Se
dirá que sin palos ni despliegues de armas a la vista porque para hablar sin
tapujos, la cárcel de Milagro Sala y sus compañeras de la organización Tupac Amaru
se halla en la provincia de Jujuy, lejana e invisibilizada por nuestro
declamatorio federalismo. “Todo cambia” sigue
entonando Mercedes Sosa… O todo tiene su desarrollo y los “Chicago Boys” de los setenta
y ochenta crecieron, se multiplicaron, se maquillaron con colores de
desarrollismo o bien devinieron en Ceos eficientistas más pragmáticos que
estudiosos de Friedman y Harberger.
La historia, esa “advertencia de lo porvenir” que dice Don Quijote, da
cuenta de que si los sucesos no se repiten pueden parecerse tanto hasta
confundirlos. Queda a cargo de sus padecientes espectadores disponerse
a la práctica del juego de las diferencias, descubriéndolas del mismo modo que se lo hacía con los
dibujos que desde la última página del diario La Razón de hace media centuria
desafiaban la capacidad de observación. Y se advertirá entonces, entre las
luces y sombras del panorama sociopolítico actual, por de pronto que no es poco
vivir en esta democracia recobrada en 1983. Así nadie debió correr ayer de
ninguna represión como el primer 30 de
marzo; y piénsese que Ubaldini, el
metalúrgico Lorenzo Miguel, el Premio Nobel Adolfo Pérez Esquivel, varias
Madres y miles de manifestantes más
terminaron presos, que una bala policial
acabó con la vida del obrero Ramón Flores frente al Cabildo de Buenos Aires y
otra asesinó al trabajador José Benedicto Ortiz en Mendoza,, donde lo mismo que
en otras ciudades del interior se replicó el paro. En vez, en la última fecha -“decir la verdad
es siempre revolucionario”, enseña Gramsci-, fuimos testigos de
que la policía desviaba el tránsito para
facilitar el paso de la concurrencia. Una
pues a favor del presente para argumentar contra los conservadores incluso de
lo malo, que no todo tiempo pasado fue mejor.
Eso sí, con militares y civiles en el poder hay personajes que se
reiteran en la escena pública: políticos inmunes a la jubilación, empresarios
sempiternos merodeadores de los despachos oficiales y sindicalistas envilecidos en sus tratos con los mandamases
de turno. Personajes en general con descendencia: en el Banco Central es miembro del directorio un nieto del ministro de trabajo de Videla y del
interior de Viola, general Horacio Tomás Liendo. Y asimismo habrá que
esforzarse para distinguir entre cierta tradición familiar que corre de padre a
hijo dado que los vincula, además de la sangre y el nombre, la
ideología. En 1982, el fallecido Jorge Triaca -burócrata de una oficialista CGT conocida en la época como de Azopardo, y más tarde ministro de trabajo
de Menem-, era de los sindicalistas que no le hacían huelgas a la dictadura confrontando
con los gremialistas de la CGT de la calle Brasil: “Siga el baile, siga el
baile/ al compás del tamboril,/ CGT hay una sola:/ la de la calle Brasil”, era el
estribillo obligado en esos momentos. Fiel a la herencia capitalista o Procapitalista,
el actual ministro Triaca, responsable del área laboral del gobierno del
ingeniero Macri, promueve juicios políticos a los camaristas que convalidaron
la paritaria de los bancarios, se debe regodear
con los descuentos a los maestros en huelga dispuestos por la gobernadora Vidal
y a su pedido intenta sanciones contra los gremios docentes en huelga y sus
dirigentes.
Por supuesto que la ciudadanía eligió este gobierno de derecha y el
presidente tiene indiscutibles atribuciones para designar los colaboradores que
le plazca. Pero aquellos que quedamos del otro lado, en algún caso los mismos
que corrimos de las bombas lacrimógenas ese 30 de marzo de 1982 y que caminamos
de nuevo ayer hasta Plaza de Mayo tras iguales afanes de justicia social y de
soberanía frente a la deuda externa que la llamada “apertura al mundo” macrista
que reinstaló el crédito usurario internacional, ha multiplicado. Perdedores
por siempre, llevamos no obstante aprendido entre tropiezos que el progreso
social requiere no de iluminados sino de tomas de conciencia colectivas y de voluntad
común de realización. Algo distinto a esperar
que el tiempo, una dimensión sin valores agregados, se lleve por delante las
generaciones.
(Carlos María Romero Sosa, se publicó en SALTA LIBRE. NET el 1ero. de abril de 2017)
domingo, 26 de marzo de 2017
sábado, 25 de marzo de 2017
VICISITUDES DE LA HUELGA DOCENTE
“Que ser cobarde no valga la pena”
canta Joaquín Sabina; y aunque para evitar generalizaciones no corresponda tachar
de ser tales a los docentes que por distintos motivos concurren a dar clase en
la provincia de Buenos Aires en vez de adherir al paro dispuesto por los
gremios, el inverosímil y para colmo
exiguo premio ofrecido por la gobernadora Vidal a quienes rompan la huelga: 1.000
pesos, dos “yaguaretés” apenas, permite
afirmar que para este conflicto, por de pronto, puede darse por cumplida
la idealista y ética aspiración del artista
español.
Nada es sencillo en el
mundo de la política, menos laudar en
forma salomónica en la puja distributiva siempre sectorial. Y cuánto más si una
de las fracciones es el Estado en tanto empleador y sus representantes los
interpelados por las demandas salariales
y de mejores condiciones de trabajo. Pero el hecho de estar del otro lado del
escritorio, es decir en función patronal,
no debe significar enfrentarse de cualquier modo con los trabajadores, avasallándolos
a ellos y a sus organizaciones constituidas de manera legal. Sencillamente
porque así llevará las de ganar el más fuerte que no es otro que el Estado, en
detrimento del espíritu que informa el Derecho Laboral y sus principios
protectorios, precisamente de la parte más débil en la relación de trabajo.
Por eso y más allá de que pueda criticarse la metodología de SUTEBA, incluso
desde un punto de vista táctico ya que a nadie escapa que las huelgas reiteradas
o por tiempo indeterminado terminan por desgastarse, resulta increíble el
mensaje oficial que viene siendo dado con relación a las medidas de fuerza de
los maestros bonaerenses. Primero aparecieron
“voluntarios” rompehuelgas en una campaña mediática que se sospecha con
fundamento organizaron los servicios progubernamentales, bien que cuando ella subió
al tono del escándalo, las autoridades se desligaron del tema
reclamando ser ajenas a esos “espontáneos”
que se decían preocupados por la
ausencia de los niños a las aulas.
Sin embargo, ahora, es por boca de la señora gobernadora que se ha
escuchado la decisión de premiar a los no huelguistas. Un dilate que
se da de bruces con la legislación laboral
vigente en el país, como por ejemplo el artículo 53 de la ley 23.551 de
asociaciones sindicales, que enumera las prácticas desleales y contrarias a la ética de las relaciones
profesionales del trabajo por parte de los empleadores, además de contradecir
las recomendaciones en la materia de la OIT. Y ni qué hablar de los ataques y amenazas al
líder sindical Baradel, del promocionado descuento por cada día no trabajado
por el paro o de las denuncias recogidas
por varios medios de prensa sobre incursiones de personal policial en escuelas
para pedir el listado de los que no concurren a ellas. Y hasta en un “crescendo” de tensión,
el hecho de que el gobierno de la
provincia presentó un informe al ministro de Trabajo de la Nación para que se castigue
a los gremios de la actividad que no acataron una dudosa conciliación
obligatoria, por lo demás objetada por la Justicia.
Como era de esperar en esta guerra sin cuartel promovida desde el poder contra los docentes, van al frente regimientos
de “gurkas” mercenarios, emulando a los ingleses en Malvinas. Se trata de los formadores de opinión de los que algún
permeable público televisivo, devenido lacrimógeno ante las aulas vacías en
estas jornadas de lucha y pestalozziano por su súbita vocación pedagógica, repite zonceras del tipo de “apoyamos el reclamo de
los maestros pero no el paro”, “hay que
discutir la educación pública y no sólo los salarios” o “el secretario general
de SUTEBA, Roberto Baradel, es kirchnerista que pone piedras y el país se
expresó por el cambio”. Ese mismo público habla con liviandad contra la reclamada paritaria
nacional docente exigida por ley nacional,
pone en duda el presentismo de los trabajadores de la educación y cuestiona –esta vez con razón- la deficiente
infraestructura edilicia de las escuelas
públicas; problemas algunos contra los cuales, dicho sea de paso, se precavió en salud la mayoría de los actuales gobernantes que concurrieron
a colegios onerosos y universidades privadas.
Mientras
tanto las movilizaciones de los huelguistas impresionan por su número y por el
apoyo popular que reciben; y en la escalada del conflicto se ha declarado para los próximos días una medida de fuerza a
nivel nacional de los docentes.
(Carlos
María Romero Sosa, se publicó en Salta Libre. net, el 21 de marzo de 2017 y se
reprodujo en la revista Con Nuestra América, de Costa Rica, el 25 de marzo.)
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