miércoles, 16 de agosto de 2017

EL CASO MALDONADO Y LOS MUCHOS ARGENTINOS "DERECHOS Y HUMANOS"



                                                           Agosto, 11 de 2017: 17 y 30 horas. Plaza de Mayo. CABA.  Mientras por altavoz se leen las numerosas adhesiones a la marcha convocada por la aparición con vida de Santiago Maldonado -entre ellas la de Milagro Sala-, frente al edificio del Cabildo un grupo juvenil de estudiantes de la licenciatura de música autóctona, clásica y popular de América, de la Universidad Nacional de Tres de Febrero, ejecuta sus instrumentos nativos en oportuno acompañamiento. Próximo a esos jóvenes,  un cartel sostenido en alto por una pareja de cierta edad  reza en letras manuscritas: “Han vuelto.”
                                                        Agosto 12 de 2017: 15 horas. En mi casa. CABA. O es que nunca se fueron del todo, me pregunto frente a la computadora, recordando el cartel. Y lo hago con la consiguiente preocupación despertada con sobresalto en este país donde el eterno retorno no es un mito sino una triste realidad. Un infernal escenario con el que tal vez no se contaba ya; y ello con más ingenuidad que con efectivas pruebas de amor sobre las virtudes de una democracia no efectivamente consolidada.   Porque mal que le pese salvando excepciones a la ciudadanía y a los que pretenden representarla, aunque no sea políticamente correcto decirlo, la recuperación democrática de 1983 con toda su epopeya cargada a hombros del doctor Alfonsín y su juicio a las Juntas, estuvo lejos de modificar la mentalidad autoritaria enraizada desde antiguo en buena parte de la sociedad que,  no por casualidad, votó en 2015 a la derecha cuando un eslogan del candidato, pronunciado entre globos amarillos, fue que iba a terminar con el “curro de los Derechos Humanos”. Y no se debió tampoco a obra del azar que La Nación desde un editorial le indicara al ingeniero Macri  pocos días antes de asumir la presidencia, que debía liberar a los genocidas presos. Por cierto un leitmotiv de la Tribuna de Doctrina como que se comenta  que a Néstor Kirchner le había recomendado al oído una mentada “pacificación”, José Claudio Escribano en 2003. Por fortuna y  aparte de las convicciones en materia de justicia de uno y otro mandatario,  el contexto internacional  no era década y media atrás, ni menos lo es ahora, el mismo del menemismo y ningún gobernante, en su sano juicio, puede desafiar al mundo civilizado con indultos como los que otorgó en su hora el hoy candidato mendicante a senador por La Rioja.  
                                                         En pleno 2017 sobrecoge la sola idea de una desaparición forzosa, es cierto, pero que nadie se engañe: la ministro Patricia Bullrich viene tratando de tirar la pelota afuera del área y echando culpas al RAM de los mapuches. Los multimedios hablan ahora del tema porque no pueden hacer otra cosa y recién comenzaron a ponerlo  en primera plana, a días de desconocerse el paradero de Maldonado. E incluso, la importante marcha del 11 de agosto, cabe reconocerlo aunque nos duela, fue menos masiva que los cacerolazos a Cristina y la plaza del sí a Cambiemos de principio año.
                                                        Los malos antecedentes en la materia, muestran al Estado Argentino como uno de los precursores de ese crimen de lesa humanidad: así en 1930, la dictadura de Uriburu fusiló en Rosario al obrero de la construcción anarquista Joaquín Penina, después de secuestrarlo y su cadáver nunca apareció (el poeta rosarino Aldo Oliva dedicó un libro al tema). En 1936, ocurrió el caso de los anarquistas expropiadores, presumiblemente arrojados al Río de la Plata: Miguel Ángel Roscigna, Andrés Vázquez Paredes y Fernando Malvicini. En 1955 el tan resonante entonces del dirigente comunista doctor Juan Ingalinella ocurrido en Rosario. En 1962 el del trabajador metalúrgico peronista Felipe Vallese. En 1970 el del abogado laboralista Néstor Martins y su cliente Nildo Centeno. En marzo de 1976, aun bajo la presidencia  Isabel Martínez, el del ex gobernador de Salta Miguel Ragone. Y ni qué hablar del de los treinta mil detenidos-desaparecidos  de la última dictadura. Y todavía en 2006 del de Jorge Julio López, principal testigo contra el genocida Miguel Etchecolatz, al que el Estado no supo proteger.
                                                       Aunque no se trata de diluir culpas de los asesinos en el impreciso –o interesado rosario de la impunidad- del “fuimos todos responsables”, cabe preguntar cómo reaccionó la sociedad ante cada uno de esos casos y comprobar que la mayoría de sus miembros se encogió de hombros; sobre que la  noticia se desvaneció en los periódicos más temprano que tarde. Por de pronto, quién que vivió los años de plomo no retiene en la memoria la imagen de los automóviles con calcomanías anunciando en los 70´ y primeros 80´ del siglo pasado que los argentinos eran derechos y humanos y quién no escuchó susurrar el miserable “Por algo será”.  
                                                       

                                                       Agosto 13 de 2017: 12 horas. En mi casa. CABA. Escribo en las redes sociales: Santiago Maldonado debe aparecer YA, sano y salvo, aunque hasta ahora a casi dos semanas de no tener noticias de su paradero, no haya sido la lucha por develarlo una causa nacional.
                                                    Si fue víctima de la Gendarmería y sus jerarquías taparon el hecho, esa fuerza de seguridad no merece que se la vincule con Martín Miguel de Güemes, por más que se alegará que las instituciones quedan y los hombres pasan.  
                                                      Por supuesto que resulta antipático  hacer las veces de aquel tábano del que hablaba Sócrates o pretenderlo. Pero vale la pena afrontar el anatema  y lo que venga detrás, si ello significa poner un grano de arena para el imprescindible examen de conciencia colectivo en el tema de los Derechos Humanos.                     
                              
(Carlos María Romero Sosa, se publicó en Salta Libre.Net el 15 de agosto de 2017) 

viernes, 11 de agosto de 2017

Rodolfo Capón Filas: Un Maestro del Derecho del Trabajo



                                                            La muerte es siempre inoportuna. Y tanto más en el caso del profesor Rodolfo Capón Filas,  un tratadista del Derecho del Trabajo y maestro de varias generaciones de laboralistas, cuando es de augurar un cono de sombra para la disciplina que enseñó, promovió y desarrolló jurisprudencial y doctrinariamente. Sucede que al compás del eslogan de la competitividad, el neoliberalismo local, si gana las elecciones de octubre y si se lo permite la CGT y la oposición, sin duda tratará de emular la experiencia de la flexibilización laboral  llevada a cabo en fecha reciente en el Brasil del presidente  Temer; algo por lo demás ya intentado aquí en los años 90 por el menemismo y la Ley Banelco de de la Rúa.  
                                                             Capón Filas, jurista, profesor universitario honrosamente cesanteado por la dictadura en 1976 de su titularidad de cátedra en la Universidad Nacional de la Pampa y  miembro jubilado de la Sala VI de la Cámara Nacional de Apelaciones del Trabajo de la Capital, donde sus votos vanguardistas supieron promover cuestiones protectorias novedosas, por ejemplo el reconocimiento del mobbing a favor de los trabajadores, tenía en claro, sin embargo, que el derecho de los  asalariados “se gana en la calle antes que en los estrados judiciales como lo han demostrado las huelgas francesas de 1995 y 1996,  como escribió en 1998, en su obra  de casi mil páginas:  “Derecho del Trabajo: análisis teórico y práctico del régimen de las relaciones individuales de trabajo: sentido de la empresa y del trabajo en la globalización” (1998). 
                                                        Ajeno al recelo y el prejuicio pequeño burgués frente a las demandas ruidosas de las mayorías populares, a este santafecino nacido en 1934, doctorado en la Universidad Nacional del Litoral  y fallecido  en Buenos Aires el pasado 28 de julio,  lejos de  escandalizarlo su irrupción,  lo animaba comprobar que los obreros –los de Francia en su hora, pero también los de la Argentina en tanto haber asumido conciencia de sus derechos, merced a la prédica de socialistas y anarquistas primero y a partir de 1945 con mayor  efectividad- no precisaran de amparos judiciales y que simplemente “ganaran la calle y no se retiraran a sus casas con las manos vacías”.
                                                   Su cultura humanística  universal se refleja en los libros surgidos de su pluma e inspirados por la idea fuerza del escolástico horizonte del bien común vertebrando, en su caso, un progresista socialcristianismo. En tanto lector atento de Leonardo Boff y sus ensayos de ecoteología según nos manifestara en alguna oportunidad, propendió a la cooperación y nunca al dominio destructivo del hombre sobre la Creación. Así lo demuestran: “Régimen jubilatorio del trabajador subordinado” (1977), “Ley de ordenamiento laboral y trabajo decente” (2004), “El nuevo derecho sindical argentino” (2008),  “Derecho Internacional del Trabajo: su construcción” (2011), “Apuntes para una praxis alternativa” (2012) y “Régimen del trabajador agrario: Ley 26727” (2012).  
                                                 En cada uno de ellos asombran pero no abruman las citas de primera mano que los nutren y van desde Santo Tomás de Aquino a Teihlard de Chardin y Carlos Marx. En la dedicatoria de “Régimen  del trabajador agrario: ley 26727” (2012), fiel al ideal  de que la democracia planetaria, la contracara de una globalización mercantilista y inhumana  debe fundarse sobre el respeto y la promoción de los Derechos Humanos, se lee en severo reproche a la ambigua Ley Antiterrorista promulgada en 2011: “A los que más temprano que tarde  serán perseguidos como terroristas utilizando la ley 26734 (BO 28/12-11) simplemente por defender sus derechos o pretensiones”.
                                                  Rodolfo Capón Filas aplicó y expuso de manera novedosa en los mencionados libros, en varios otros  suyos y en la revista científica EFT (Equipo Federal de Trabajo) bajo su dirección, la Teoría Sistémica del Derecho del Trabajo, fundada en el trialismo jurídico de Werner Goldschmidt y por ende coincidente con la visión antropológica integradora propuesta por el indivitrialismo del filósofo del derecho y penalista salteño Miguel Herrera Figueroa.  Busco con el sustento de una rica argumentación iusfilosófica, y alejando todo subjetivismo, sumar a la pura dogmática de “la ley es la ley”, tanto la dimensión del contexto histórico, social, económico y cultural de donde surgen las normas -“Ex facto oritur ius”, reza el adagio latino-, cuanto la estimativa axiológica de la Justicia Social, la Solidaridad, la Cooperación y demás valores condensados en los Derechos Humanos.  Quizá una empresa intelectual que se arriesgo a pensar  en serio y en grande en un país víctima, en general, de una dirigencia afirmada sobre convicciones líquidas –valga el oxímoron- y posverdades manifestadas con  frases hechas sopladas por constructores de imagen y asidas al vuelo rastrero de globos amarillos.     


 (Carlos María Romero Sosa, se publicó en Salta Libre el 11 de agosto de 2017)

lunes, 10 de julio de 2017

DE TROMPOS Y PLOMADAS



(Carlos María Romero Sosa, se publicó en la sección Cultura de La Prensa, el 9 de julio de 2017)

miércoles, 5 de julio de 2017

ENRIQUE RAMOS MEJÍA: UN JURISTA CONTRA LA CORRUPCIÓN






(Carlos María Romero Sosa, se publicó en la revista HISTORIA, Número 146 correspondiente a junio-agosto de 2017.)

martes, 4 de julio de 2017

ARTURO FRONDIZI, VISTO POR UN TESTIGO PRIVILEGIADO




ARTURO FRONDIZI POR ALBINO GÓMEZ

Frondizi, visto por un testigo privilegiado

Dr. Carlos María Romero Sosa
junio28/2017

A la proverbial generosidad del embajador Albino Gómez, debo el honor de ver anunciada mi participación hoy, en este recinto del CARI, en el acto de presentación de su libro sobre los años de gobierno de Arturo Fondizi.
   En verdad constituye una segunda oportunidad de manifestar aquí, frente a tan distinguido auditorio, el fraternal cariño y la admiración intelectual que siento desde antiguo por este proteico exponente de la cultura nacional que viene enriqueciendo la actividad literaria, la profesión periodística, la vida política y la vida diplomática argentinas. En efecto: el 7 de agosto de 2014, también fui inmerecidamente convocado por él para referirme a su obra poética reunida bajo el título “Sólo se trató de vivir y amar.”
Sin embargo, en este caso y contra mis más fervientes deseos, me resulta imposible estar presente. “El hombre propone y Dios dispone”, reza el Libro de los Proverbios. Un accidente tonto –ningún accidente es ingenioso- ocurrido en la Feria del Libro devino en una operación de cadera que se complicó con un coágulo en el pulmón, problema al que espero sobrevivir con la ayuda divina y mariana, pese a que además de la mala suerte, tironea de parte de Abbadón, el Exterminador, una onerosa prepaga que no cubre prestaciones imprescindibles para mí en estos momentos.
Hay signos imposibles de anticipar hasta padecerlos en carne propia, característicos de una sociedad que se hizo comerciante vil antes que darse a practicar un capitalismo al estilo del que desarrollaran los viejos puritanos norteamericanos del siglo XIX. Una sociedad –no toda por supuesto- producto y cómplice de un Estado que perdió el rumbo sin duda en 1930, y ningún interés tuvo de reencontrar la senda el 55, el 62, el 66 y menos durante la barbarie del 76-83. Incluso cabe pensar con optimismo que bastante solidaridad ciudadana hay, bastantes gauchadas se ejercitan a diario, después que la negra noche de la dictadura enseñó con la pedagogía de la letra con sangre entra, a encogerse de hombros frente a sus crímenes; declarado “urbi et orbi” el dogma del “por algo habrá sido”. Sin embargo ha habido momentos en nuestra historia reciente –momentos estelaresdiríamos siguiendo a Stefan Zweig- que intentaron despertar conciencia y revertir ese proceso de decadencia política, económica y moral. Uno de ellos corresponde sin duda a la gestión que llevó a cabo con sus más y sus menos el doctor Arturo Frondizi.
Las más de 330 páginas de la obra de Albino Gómez sobre ese gobierno, salvo un breve y oportuno apéndice documental, corresponden como bien señala el prologuista, doctor Rosendo Fraga, a un diario privado, riguroso y comprometido con los hechos testimoniados con fidelidad, mérito singular en estos tiempos de postverdades y de mendaces autocorrimientos a primeros planos.
Juego a imaginar y me lo permitirá el humorismo del creador del subgénero situado entre la greguería, el aforismo y la cita erudita que es Albinísimas, que alguien ajeno al drama argentino de golpes de Estado sucesivos y a la vez conocedor de la capacidad novelística y creativa de nuestro amigo, podría tomar el libro como una ficción de espionaje a lo Graham Greene que va encaminándose fecha a fecha a un dramático final anunciado. Sólo que los planteos militares aquí descriptos en detalle, los acosos morales al presidente constitucional y los embates de cierta prensa, ocurrieron hace menos de seis décadas y aquí mismo.
En los primeros capítulos, el pulido verbo del autor nos sitúa en un momento histórico inaugural; en una suerte de epifanía donde los proyectos madurados por largo tiempo en los gabinetes de estudio: los reflexivos sueños acariciados por el mandatario y su principal asesor:Rogelio Frigerio y su grupo La Usinaal que perteneció el memorialista, aparecen encaminándose a hacerse realidad. Este libro nos hace entonces espectadores privilegiados, por ejemplo, de la batalla del petróleo; de la tesis gubernamental en su hora tan criticada de no aislar a la Cuba revolucionaria; del afanoso intento de desarrollo de la industria pesada, haciendo caso omiso a las críticas incluso de una Iglesia local que sin tomar debida nota de lo que significaba que San Juan XXIII ejerciera la Cátedra de San Pedro y abriera las ventanas del Vaticano a los aires nuevos, era empecinadamente preconciliar. Prueba de ello es que llegó a juzgar riesgosa la industrialización porque crearía proletariado con conciencia de clase y proclive al marxismo, tal como había ocurrido después de la Guerra en la Italia del norte. Algunos jesuitas intransigentes, el padre Julio Meinvielle que tituló un artículo en su revista Presencia con la pregunta: “Puede ser presidente de la República Argentina un agente comunista” y ciertas jerarquías eclesiásticas del tipo de Monseñor Plaza, ignoraban tanto del mundo y de sus cambios, que un día 26 de marzo de 1967 fueron sorprendidos por la encíclica de Paulo VI Populorum progressiocon su regla de oro “El desarrollo es el nuevo nombre de la paz”.
Para tener una visión totalizadora de Albino Gómez en tanto actor político entonces veinteañero o poco más, bueno sería haber accedido a las confidencias de Frondizi y Frigerio sobre los valores sobresalientes que supieron hallar en él para situarlo en tan importantes situaciones y hacerlo partícipe de momentos decisivos del gobierno desarrollista. (Hago mea culpa por haberme privado de esas revelaciones.)
Porque si al presente resulta fácil dar fe de de su ética sin dobleces, de su intelecto poderoso dirigido al bien común y el servicio de la Patria, de su actitud ante el conocimiento más de sabio que de mero erudito, en la que como al romano nada humano le es indiferente, cuánto habla de la intuición de aquéllos estadistas el hecho de haber advertido e impulsado el lucimiento de Albino Gómez en el gran tablero nacional e internacional; y ello al encomendarle responsabilidades mayúsculas que supo sortear con ingenio, lealtad, habilidad política y entusiasmo por la causa. No es posible soslayar los detalles de su rol jugado en la visita del Che Guevara al presidente.
A.G. llegó al mundo de la diplomacia de la mano de su amigo de juventud: Carlos Alberto Florit, primer ministro de Relaciones Exteriores del doctor Frondizi. Al respecto vuelvo a ser autorreferencial con esta anécdota que conserva patente mi memoria: en vísperas del 1ero. de mayo de 1958, en tanto yo andaba en los juegos propios de un niño de seis años recién cumplidos, mi madre, tía de Carlos Alberto, interrogó a varios vecinos de nuestro edificio si tenían televisión para ver su juramento. Fue en vano, ninguno de los interrogados contaba con un aparato de TV en esa otra ciudad que también se llamaba Buenos Aires y en ese otro barrio que también se llamaba de Recoleta, por parafrasear a Borges.
En el libro, es de subrayarlo, se le hace justicia al ahora olvidado intelectual de nota que fue Carlos Alberto Florit, orgulloso discípulo en España del filósofo Xavier Zubiri y autor de obras de resonancia en su momento como “Los militares y la guerra psicológica”, “Política exterior nacional” o “El roquismo”. No en vano en la página 147 le lee que “el presidente de Brasil, Janio Cuadros, pronunció en la exposición de pintura en la Casa Argentina en Río, el discurso que le escribió el ex canciller Florit. Fue entregado en español y traducido literalmente al portugués, sin modificar una frase.” De igual modo se realza la acción de otros titulares del Palacio San Martín hasta el golpe de 1962:Adolfo Mugica, Diógenes Taboada y Miguel Ángel Cárcano, así como de muchos otros dirigentes y funcionarios que gravitaron en esos momentos siempre críticos, desde Oscar Camilión, el economista Cecilio Morales o el intelectual Dardo Cúneo a Carlos Ortiz de Rosas, Raúl Quijano, Lucio García del Solar u Horacio Rodríguez Larreta.
Mencioné al comienzo los casi lugares comunes de la decadencia nacional y la pérdida de rumbo de buena parte de nuestra dirigencia. En ese sentido: ¿Es imaginable que un ex ministro –Florit fue a poco designado presidente del Comité de los 21- escriba por estos días discursos para ser leídos, “sin modificar una frase”, por el presidente de algún otro Estado y mucho menos el Brasil?
Otro punto para destacar es que la obra cuyo subtítulo alude a “La vigencia de un proyecto de desarrollo”, antes que un panegírico del gobernante es un historial de su mandato. Como que uno es el Frondizi, nacionalista de fines, que ocupó el sillón de Rivadavia desde 1958 a 1962. Otro distinto el más nacionalista de medios que lo antecedió con “Petroleo y política”. Y otro aun, aquel don Arturo final al que se lo podía ver caminando -apenas seguido por un único custodio- por las proximidades de su domicilio de la calle Beruti frente al Hospital Alemán. Un anciano quizá demasiado visitado por carapintadas y en extremo generoso perdonador de los asesinos de su hermano Silvio, influencias u opciones que hacían añorar a aquel que en los años de plomo suscribía, con valor cívico, solicitadas por los desaparecidos.
Si como afirma con convicción Albino, uno de los objetivos de su gobierno fue la pacificación, cabe lamentar que el contexto de odios y presiones militares hizo que zozobrara a veces tan alta mira. ¿Qué otra cosa sino represión lisa y llana fue el Plan Conintes exigido por ciertos altos mandos ofuscados en su antiperonismo? Pero la República contaba entonces con preclaras reservas morales y el primer acto de Alfredo Palacios al ser electo senador nacional por la Capital en 1961, fue visitar a los presos políticos y gremiales peronistas y a renglón seguido promover una interpelación al ministro del interior Vítolo. Valga aquí traer el recuerdo del prócer de la Justicia Social, los Derechos Humanos, el Reformismo universitario y el Latinoamericanismo. (El sector ghioldista del socialismo, en cambio, atacó a Frondizi por sus rasgos progresistas y coadyuvó al golpe).
El ensayo que no sin atrevimiento comentamos a vuelo de pájaro, como toda historia bien documentada, ha de ser “advertencia de lo porvenir” de acuerdo con la enseñaza impartida por Nuestro Señor Don Quijote. Y en ese sentido, fresca aún la reciente visita oficial del ingeniero Macri a la República Popular China y el interés demostrado allá por nuestros materias primas como la soja, en tanto la superpotencia asiática prepara el viaje a Marte para las próximas décadas, quiero concluir con esta profética inquietud del estadista que fue Arturo Frondizi, manifestada con socrática interrogación: ¿Nuestro destino es continuar siendo un país abastecedor de alimentos o tenemos derecho a construir una Nación con industria pesada, energía, comunicaciones, y pan, trabajo, cultura y libertad para todos sus hijos?
Vuelvo a agradecer al embajador Albino Gómez la invitación, al público la atención dispensada y a la doctora María Cristina Giuntoli, mi mujer, el haber puesto en su voz tan modestas palabras.
·                                 


(Texto de Carlos María Romero Sosa leído por la doctora María Cristina Giuntoli en la presentación del libro del embajador Albino Gómez: “Arturo Frondizi El último estadista de la Argentina”, en el acto celebrado el 8 de junio en el CARI (Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales. Se publicó en Salta Libre, el 28 de junio de 2017.)

martes, 27 de junio de 2017

ALFREDO PALACIOS: HIDALGUIA Y COHERENCIA DE UN PARLMENTARIO PRÓCER








Alfredo Palacios entre el clavel y la espada
Víctor García Costa



                                                         El 20 de abril último se cumplieron 52 años de la muerte de  Alfredo Palacios cuya figura  agiganta  el tiempo;  tanto más comparada con la general medianía de la dirigencia política actual. Si bien a los integrantes de ella, en tanto constituir el genio un don avaro de la naturaleza,  sería absurdo exigirles la prodigiosa inteligencia que poseyó el primer diputado socialista de América, adelantado y tratadista del Nuevo Derecho y autor de las inaugurales leyes obreras del país, sí debieran ofrecer estos políticos de hoy a la ciudadanía, a cambio del sufragio que le reclaman, honestidad en grado de escrupulosidad, coherencia ideológica y un mínimo de pericia para la función pública. Pero así venimos de lejos y así estamos chapoteando en la decadencia.
                                                          Palacios representa un lujo quizá inmerecido para esta Argentina  de la que son distintivos, aun más que el dulce de leche y los colectivos, Maradona y Messi, la viveza criolla, la transfuguiada partidaria, la corrupción administrativa, las promesas electorales a sabiendas de su imposible cumplimiento  y las ideas sostenidas con fingido apasionamiento por los candidatos, hasta que deja de ser políticamente correcta su formulación o hasta que, de tanto banalizarlas, se convierten en aquellos  “significantes vacíos” de que  habla  Ernesto Laclau.
                                                        Tarea edificante para la ciudadanía será entonces detenerse a leer entre tanta frivolidad que sale al paso, los debates parlamentarios del líder socialista, presentes entre otros volúmenes suyos en “La Justicia Social” (1954)  entablados con contrincantes en muchos casos de gran nivel como Matías Sánchez Sorondo o el salteño Carlos Serrey. Se comprobará que resultan verdaderas lecciones de hidalguía, en lo que hace al trato con los colegas de banca que sostenían  posiciones opuestas a las suyas; a más de ser ejemplos de reflexión, de severa argumentación  y  de sustancia ajena en el mejor de los casos a la retórica sofística y en el peor al palabrerío comiteril.
                                                      Humanista y humanitario, defensor de la  elevación social y la igualación  laboral y política de la mujer, sempiterno denunciante de la tortura y las policías bravas, se opuso  a la pena de muerte y en su obra “El socialismo argentino y las reformas penales”, se trascribe una memorable intervención suya  en el Senado de la Nación -en 1933- donde patentiza su coherencia intelectual y ética ajena por lo demás al dogmatismo. Así, al tratarse en el recinto la reinstauración de la pena de muerte según un proyecto enviado por el Poder Ejecutivo, expresó su oposición fundándola prioritariamente en su íntima creencia en la inviolabilidad de la vida humana, visión tan afín con la del cristianismo en que abrevó en su niñez y juventud, cuando participó en los Círculos Católicos de Obreros fundados por el sacerdote redentorista alemán Federico Grote, antes de abrazar con romántica convicción el socialismo sin que hacerlo haya sido nunca obstáculo para venerar en su casa alquilada de la calle Charcas 4741, un cuadro de Jesús y trabar fraternos vínculos con los religiosos Amancio González Paz y Monseñor Miguel de Andrea, el “Obispo Rojo”, así tildado en su hora por sectores de la oligarquía.
                                                         En el mencionado debate reclamó para sí con justificado orgullo: “En 1906 presenté mi primer proyecto  de ley aboliendo la pena de muerte. En 1913 formé parte de la Comisión Reformadora del Código  Militar  que se nombró a mi iniciativa y que integraban  los doctores Manuel Gonnet y Vicente C. Gallo En 1914 reproduje el proyecto de 1906.”
                                                    Del mismo modo que la vida humana y la dignidad de los trabajadores explotados, Palacios defendió la libertad y las garantías individuales  –en la década del treinta actuó junto a Lisandro de la Torre en la recién fundada  Liga por los Derechos del Hombre- y es conocido el hecho que al ser  electo Senador por la Capital en 1961 y así llegar por segunda vez de la Cámara Alta en su extensa trayectoria parlamentaria, iniciada como diputado por la Boca del Riachuelo en 1904 cuando la barriada demostró “tener dientes” en expresión de Florencio Sánchez, su inicial acto fue ir a visitar a los sindicalistas peronistas en prisión víctimas del Plan Conintes impuesto por el gobierno de  Frondizi.
                                                    El docente reformista antiguo decano de la Facultad de Derecho de la UBA y  presidente de la Universidad Nacional de La Plata y figura de gran predicamento en los círculos universitarios e intelectuales del Continente,  el amigo de los poetas como Carlos Guido Spano, de sus correligionarios Mario Bravo y Manuel Ugarte, del anarquista Alberto Ghiraldo en cuya revista rebelde El Sol colaboró con encendidos artículos en favor de la libertad de su director encarcelado (comenta Ana Lía Rey en su estudio sobre periodismo y cultura anarquista a comienzos del siglo XX), o de Leopoldo Lugones,  Ricardo Rojas, Arturo Capdevila –una confraternidad que ha evocado su secretario privado durante ocho años, el escritor y abogado Pedro Vives Heredia en “Alfredo Palacios en la intimidad” (2013)-, Alfonsina Storni y  la chilena Gabriela Mistral con la que asimismo polemizó sobre temas educativos en 1925, imbuido de fe antiimperialista y en consonancia con su americanismo repudió la invasión norteamericana a Guatemala y la caída del presidente Jacobo Arbenz en 1954 y en todo momento se solidarizó con los movimientos de liberación surgidos en los países hermanos. Entre ellos el que encabezó en Nicaragua Augusto Sandino y más tarde, en Puerto Rico, Pedro Albizu Campos. Sin olvidar la adhesión en 1959 a la Revolución Cubana, que lo llevó a  visitar la Isla a poco de su triunfo, aunque criticó después su identificación con el bloque soviético.
                                                 Su nacionalismo económico fue claro. En 1946 publicó la obra “Soberanía y socialización de industrias. Monopolios, latifundios y privilegios del capital extranjero”. Escribió allí: “En nuestro país sería absurdo que asistiéramos impasibles al desenvolvimiento de una industria expoliadora y  al privilegio del capital extranjero, pues las actividades económicas deben transformarse en un sentido favorable a la clase trabajadora y a los intereses de la Nación”.  Son palabras que bien valen para el presente tan contaminado por  multinacionales  mineras exceptuadas de pagar retenciones o por empresas de servicios públicos a las que se les perdonan deudas millonarias. 
                                             Tampoco puede soslayarse su lucha por la reivindicación de nuestras Islas Malvinas, testimoniada en su libro “Nuestras Malvinas” de 1939; en su actuación en la primera Junta de Recuperación de las Malvinas junto a Carlos Obligado y Antonio Gómez Langenheim  y en su iniciativa de 1937 para que todos los mapas del territorio patrio contengan el archipiélago irredento. 
                                            Ajeno a cualquier sectarismo, quien había sido víctima del  justicialismo en el poder y su autoritarismo, llegó al cabo a comprender algo de la significación histórica de ese movimiento tan lleno de contradicciones, pero también de aciertos en la tradición de los liderazgos populares que rastreó en nuestra historia y en cierto modo reivindicó, sin deponer su admiración por Rivadavia y su enfiteusis y por Echeverría y su Dogma, en el libro “Masas y élites en Iberoamérica” (1954). Como contrapartida de aquello un gran número de peronistas lo eligieron senador en 1961 al sufragar por él.
                                           Una foto  junto a un sindicalista gráfico, el católico y peronista Raimundo Ongaro, documentando la presencia de don Alfredo Palacios poco antes de su muerte en un acto en la Cooperativa Obrera Gráfica Talleres Argentinos Limitada (COGTAL), entraña todo un significado y un desafío para los tiempos actuales. Porque siempre hay  posibilidades  de unidad tras grandes banderas redentoras, sobre todo cuando se trata de la Justicia Social, los Derechos Humanos, la Liberación Nacional y la solidaridad con los pueblos oprimidos del mundo.


(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa el 4 de junio de 2017 con el título “Vislumbres de Alfredo Palacios”)          

JUAN CARLOS DÁVALOS: ESTIRPE Y TRAGEDIA


                                                    



                                                     Es sabido que el salteño Juan Carlos Dávalos  (1887-1959) buscó y halló inspiración para sus cuentos, poemas, artículos periodísticos y obras teatrales en las tierras del Noroeste Argentino y en sus habitantes de ojos avizores del viento blanco: los pobladores cuya idiosincrasia habla  del vínculo misterioso y desigual entre el hombre nativo y el paisaje capaz de apabullarlo pero no vencerlo con su grandiosidad, en una dimensión generadora de fuerzas desatadas y ya bienhechoras como la del dios Coquena, protector de los rebaños de vicuñas y llamas, o ya de traviesa crueldad como la del Duende  que aparece a la hora de la siesta bajo las higueras y guarda en su casaca enana una mano de plomo  y otra de lana.  
                                                   No obstante esas fuentes en que abrevó, Dávalos también  supo valerse para los argumentos de algunas de sus creaciones de las tradiciones familiares que  bullían en su linaje hidalgo: “!Manes de mis abuelos, duras almas de roca,/ para quienes la vida era acción y pasión!/ ¡Almas de España fuerte, almas de España loca,/ aún os llevo insepultas aquí en mi corazón”,  escribió en un modernista soneto alejandrino, suerte de prólogo  a su drama en tres actos y en verso: “Don Juan de Viniegra y Herze”, que en edición oficial se publicó en Salta en 1917 y teatraliza –comenta Roberto García Pinto- “algunos episodios de antaño ocurridos en su familia” Y sino el peso, en cambio cierto mensaje o mandato trasmitido por la sangre, le había hecho evocar después, en tono autobiográfico en el prefacio de “Estampas lugareñas” (1941), la historia de sus comienzos en las letras,  a los catorce años y a impulsos de su abuela, “gran señora feudal con una personalidad llena de carácter y significación”; tal su descripción de doña Ascensión Isasmendi Gorostiaga de Dávalos, heredera de las posesiones en los Valles Calchaquíes  de su padre, el coronel Nicolás Severo de Isasmendi y Echalar, último gobernador realista de la Intendencia de Salta del Tucumán, enterrado a su muerte en la iglesia San Pedro Nolasco de los Molinos, edificada en el siglo XVII y declarada Monumento Histórico Nacional en 1942.
                                                   Dávalos, hijo de un escritor, abogado y político: Arturo León Dávalos, y de Isabel Patrón Costas, no se sintió tironeado por el pasado que  había subyugado su imaginación a partir de la  lectura de añejos documentos familiares con caligrafías de otros siglos, infolios que a medida que descifraba iban despertando en su alma un particular vínculo con los ancestros. Si el conde Alfredo de Vigny  poetizó con alguna soberbia intelectual frente a la tumba de sus mayores: “Si escribo yo su historia descenderán de mí”, Dávalos asumía el legado de los  suyos con  naturalidad, creatividad  y algo de fatal intuición de una palingenesia: “Don Toribio bígamo, yo sufrí tu destierro”, dialogó en verso con un antepasado.   En tanto,  vivía con bohemia su presente renovándose en los hijos -varios de ellos herederos de la vocación literaria y artística: Arturo, Jaime, Juan Carlos o el pintor Ramiro-, y prodigándose en charlas desveladas hasta que los amaneces se insinuaran sobre la serranía con los amigos, los colegas en las letras y los discípulos.
                                                 En la inteligencia de ese tradicionalismo en nada anacrónico ni menos petulante y tilingo de ostentar blasones, debe entenderse la carta que en febrero de 1948 dirigió el poeta desde la ciudad extendida al pie del San Bernardo a su sobrino Carlos Gregorio Romero Sosa, residente en Buenos Aires y estudioso de la historia regional, los temas arqueológicos  y la genealogía, a punto tal que en noviembre de ese año ingresaría en calidad de miembro correspondiente en Salta al Instituto Argentino de Ciencias Genealógicas fundado ocho años atrás. Alguien de quien, a su muerte acaecida en 2001,  sostuvo Narciso Binayán Carmona que fue el alma inspiradora de la primera corporación especializada del país en la materia: el Instituto Argentino de Heráldica Genealogía e Iconografía de Salta, constituido en 1937. Lo cierto es que el autor de “La Venus de los barriales” le solicitó en esa correspondencia datos sobre las familias Dávalos e Isasmendi, para satisfacer la inquietud de su consuegro, el sanjuanino Guillermo Renato Aubone, un ingeniero agrónomo recibido en la Universidad de Montpellier  de  actuación como Director Nacional de Enseñanza Agrícola, miembro de la Academia Nacional de Agronomía y Veterinaria, vicepresidente del Banco de la Nación Argentina y que asimismo era afecto a los estudios genealógicos, según datos proporcionados por el estudioso Marcelo Aubone Ibarguren.  “Creo que tú eres más competente que yo para satisfacer la lógica curiosidad del abuelo acerca de los antepasados de su nieto”, explicaba el remitente a  Romero Sosa.
                                               Las vueltas de la vida resultan en ocasiones trágica y prematuramente encaminadas hacia la muerte. En ese sentido será de anotar que el nieto de referencia era  Juan Carlos Dávalos Aubone,  nacido pocos meses antes de fechada la carta,  hijo de Juan Carlos Dávalos Helena, un laureado escritor más conocido por su apodo y seudónimo “Baica”, de larga y definitiva radicación en Venezuela y de su esposa María Luisa Aubone Deheza. Con los años desarrolló un exquisito temperamento artístico con el que sin duda habría prolongado el apellido sumando nuevos lauros  a la cultura del país. Lo asesinó en plena juventud un comando de la Triple A luego de ser secuestrado,   junto a su amigo y pariente Roberto Yánez Laspiur en la esquina de Austria y avenida Las Heras, el 20 de noviembre de 1974. La edición de La Prensa del viernes 22 de aquel mes y año informó lo mismo que otros medios gráficos sobre la identificación de los dos cadáveres acribillados y con signos de  tortura hallados en Garín en las proximidades de la ruta Panamericana.
                                                    Cuando hacia finales de la primera década del siglo actual, el juzgado federal a cargo del doctor Norberto Oyarbide investigó el accionar del siniestro grupo parapolicial y de las presuntas responsabilidades de Isabel Perón en la represión ilegal desatada durante su gobierno por la ultraderecha, María Luisa Aubone Deheza, entonces de 84 años, fue tenida como querellante en la causa y en un reportaje recordó entrecortada por el llanto: “Juan Carlos era buen mozo, inteligente, escribía poemas, dibujaba. Se fue a pie hasta Caracas y de ahí a Estados Unidos vendiendo dibujos. No tenía militancia. Se estaba por recibir de sociólogo cuando lo mataron.”
                                                     
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                                                       Veinteañeros ambos aunque unos pocos años mayor él que yo,  nunca hablamos de genealogía como que por aquellos días turbulentos otros temas ocupaban, preocupaban y ponían en crisis la común visión socialcristiana de la economía y la política, puedo asegurarlo. Y también que el domingo previo a su muerte habíamos concurrido juntos a la misa vespertina en la Iglesia de San Agustín que celebraba  el inolvidable párroco padre Remigio Paramio.  A más de cuatro décadas de ello pienso en el triste final del nieto homónimo del poeta salteño y en el caprichoso entrecruzarse de los linajes con la tragedia.   
                                                                                              

             (Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa el 16 de abril de 2017)