viernes, 8 de diciembre de 2017
CARLOS SÁNCHEZ VIAMONTE Y EL "HABEAS CORPUS"
(Carlos María Romero Sosa, se publicó en la revista HISTORIA, Nro. 148, correspondiente a diciembre de 2017-febrero 2018)
domingo, 12 de noviembre de 2017
PIGLIA: HERMENÉUTICA, CREACIÓN Y REBELDÍA
Corresponde pedir perdón
por abusar de la autorreferencia. Hecho, digo que no conocí a Ricardo Piglia
(1941-2017). No tuve oportunidad de verlo nunca en este Buenos Aires de los
desencuentros y la superpoblación de seres aislados como en “La ciudad
ausente” de su
narración de 1992, de cuya adaptación escénica -también por él compuesta-
resultó la ópera que con música de Gerardo Gandini se estrenó en el Teatro
Colón en octubre de 1995.
Llegué incluso algo retrasado a sus libros y la primera aproximación a la novela “Respiración
artificial”, publicada con gran suceso en 1980 fue ya después de mis treinta
años. En cumplimiento sin saberlo de cierto consejo suyo: “Hay que
preservar la lentitud, llegar tarde a la moda”, volví a sus páginas más de
una década después y si primero me había
aguijoneado igual que el enunciado de un
teorema el afán de atreverme por esa
dinámica opresiva de sospechas, comunicaciones epistolares, palabras sugeridas,
historial de posibles y no verificables delaciones que acompañan y van marcando el ingreso de los personajes o de las
presencias: Marcelo Maggi, Emilio Renzi –alter ego de Piglia-, Luciano Ossorio y
la memoria de su abuelo Enrique Arocena, a partir
uno del otro como en las muñecas rusas; en la siguiente y morosa
relectura me ganó un irrefrenable
interés, más acorde en verdad con la oferta del género narrativo. Interés por
su argumento nada lineal ciertamente aunque
con toques incitantes de ajedrezada novela
policial, género al que “Respiración artificial” homenajea y del que saca buen partido, sin
recurrir al sarcasmo o la caricatura de los Holmes, los Brown o los Augusto
Dupin, tal el caso de Isidro Parodi, aquel
detective sedentario y antiguo dueño de una barbería del barrio Sur pergeñado
por Borges y Bioy Casares.
Creí atar entonces los cabos que me habían quedado sueltos y advertir
que la referencia al decimonónico gobierno autoritario de Juan Manuel de Rosas,
pertrechado por espías y mazorqueros, cabía ser entendida como una alegoría de
la dictadura de Videla con su correlato de desapariciones y miserable reparto
de calcomanías subrayando que los argentinos éramos derechos y humanos. En tanto que la relación de parentesco entre
los protagonistas bien podría remitir a la fatalidad de otra estirpe: la del
pueblo argentino en su cohesión o dispersión, condenado quizá a siglos de recurrente tragedia y a
cargar con ella sangre a sangre y sangre sobre sangre, rememorando el mito griego
de los labdácidas.
No es Piglia –no lo será tampoco para las futuras generaciones- un escritor fácil y
cada obra de ficción suya ofrece varios niveles de interpretación, algo que
motiva a entrar en sus páginas con intención de develamiento y asumida actitud
clarividente y rapdomante. Claro que a menudo uno de esos posibles niveles de
comprensión, corresponde a la crítica social y al notorio rechazo al capitalismo; pues qué otra cosa
que un repudio al monetarismo de los Chicago Boys puede representar el
corolario casi sinfónico de “Plata quemada” (1997), su novela “bandoleresca”
construida a partir de un hecho policial
acaecido en 1965. De algún modo, también
aquí, “el interés de la narración se basa en los misterios del
dinero y de su origen”, de forma parecida a lo que Arlt tramó en “El
juguete rabioso” según dedujo el propio Piglia en un análisis de ese libro suscripto
en 1973; una exégesis que parece hallar
sustento en la frase de Marx: “El dinero convierte en destino la vida de los
hombres”. Aunque todo ello acorde con una posición de izquierda independiente de
quien había sido tajante al expresar: “Nunca dejo que la política tenga incidencia
directa en lo que escribo” y fue un sempiterno adversario estético del
realismo estalinista y más de la propaganda ramplona de ciertos burócratas del
partido comunista. (Hacia finales de los 60´ lamentó en un fragmento de “Los diarios de Emilio Renzi”,
que Andrés Rivera, aún miembro del PCA, juzgara de “aventurerismo” las acciones
de los Tupamaros).
Las ficciones de Piglia se
dan la mano en ingenio, erudición y
lucidez con sus obras de crítica literaria, como que el hermeneuta de Borges y Arlt, de Macedonio Fernández y Witold
Gombrowisz, de Manuel Puig, Rodolfo Walsh y Juan José Saer, lejos de
simplificar con demagogia sus estilos, recursos
y mensajes, se dio a echar luz
sobre los universos de esos y de tantos otros creadores; por ejemplo Rig
Lardner, Thomas Wolfe, William Faulkner, Francis Scott Fitzgerald, Nelson
Algren, Truman Capote, John Updike y James Baldwin, cuyos espacios en las letras norteamericanas definió con
precisión en los prólogos redactados en 1967 para acompañar sus cuentos que se publicaron con el título “Crónicas de
Norteamérica” en la serie de antologías que editaba Jorge Alvarez y dirigía Pirí Lugones, en 1977 secuestrada por
grupos de tareas y luego asesinada.
****
Comencé admitiendo no sin pena que nunca lo conocí. Los once años y
algunos meses de edad que nos
separaban, significaron en los hechos
que Piglia era joven cuando yo era niño o ingresaba en la adolescencia en tanto
borroneaba mis primeros versos y me escabullía de las miradas de mis mayores con
la revista “Cristianismo y Revolución” fundada por el ex seminarista Juan García Elorrio bajo
el pulóver y guardaba viva en las retinas la imagen del sacerdote, sociólogo y guerrillero
Camilo Torres muerto en las montañas de Colombia en 1966, para participar en
las postrimerías de la dictadura de Onganía,
de reuniones políticas clandestinas del peronismo o de la proyección de
“La hora de los hornos”, el film de Fernando “Pino” Solanas y Octavio Getino.
(Piglia por su parte cuenta que concurrió también subrepticiamente, en enero de
1969, a
un departamento en San Telmo en compañía de Dalmiro Sáenz, el muralista Ricardo
Carpani, el dibujante Lorenzo Amengual y algunos otros amigos a la exhibición
de esa película que juzgó estaba en la línea del agit-prop –agitación y
propaganda- de la vanguardia rusa.) .
Sin embargo ahora, al leer el segundo tomo de “Los diarios de
Emilio Renzi”, que lleva por subtítulo: “Los
años felices”
y
corresponde al período que va de 1968 a 1975 –acaba de
aparecer el tercero: “Un día en la vida”, que comienza en 1976-, encuentro el
dato que el 27 de junio de 1970
concurrió al homenaje tributado
en el cementerio de la
Recoleta al cumplirse un año de la muerte del periodista Emilio Jáuregui, secretario general de la Federación Argentina
de Trabajadores de Prensa (Fatpren) y militante de Vanguardia Comunista, organización
próxima al maoísmo que editaba el periódico “No transar” y a la que también
pertenecieron otros intelectuales como Elías
Semán desaparecido en El Vesubio en 1978 o el poeta Osvaldo Domingo Balbi
secuestrado el mismo año. Sabido es que el
líder chino venía teniendo ascendencia entre quienes repudiaban el
estalinismo y la burocracia soviética. Perón le decía el “Gran Mao” y le
escribió una carta en julio de 1965 llamándolo Maestro Revolucionario; e
intelectuales como el cuentista Bernardo Kordon
y el filósofo Carlos Astrada, que viajaron a China y se entrevistaron con él, se contaban entre sus admiradores locales,
igual que un juvenil Piglia algo después y que Beatriz Sarlo, integrante ésta a
mediados de los 70 del maoísta Partido Comunista Revolucionario, liderado por
Otto Vargas. Ya en 1958 María Teresa León y Rafael Alberti habían dado a
conocer aquí el libro de autoría de ambos “Sonríe China”, elogioso y
propagandístico. Y sino la identificación ideológica, por de pronto cabía el reconocimiento a la labor poética de Mao y
se la difundía en el país. Eduardo
Squirru, por ejemplo, que se desempeñó
como funcionario diplomático junto al doctor José Arce cuando éste fue
designado en 1945 primer embajador argentino en la República China , firmó una nota preliminar al libro “Mao Tse
Tung 20 poemas”, publicado en 1962 por Compañía Argentina de Editores.
Emilio Jáuregui
–sobrino del socialista conservador Federico Pinedo- había sido asesinado por
la policía en 1969 en la intersección de las calles porteñas Anchorena y Tucumán
-aunque Álvaro Abós en su libro “Al pie de la letra” sitúa el hecho en Tucumán
y Larrea- mientras repudiaba la visita
de Nelson Rockefeller, el enviado del presidente Richard Nixon. A su memoria Juan Gelman escribió por entonces el poema “Muerte de
Emilio Jaúregui” y algo después Andrés Rivera lo evocó en “Ajuste de cuentas”.
Lo cierto
es que, como ya lo comenté en el periódico Salta Libre, compartimos con Piglia esa recalentada jornada
invernal de la que tengo vivo el recuerdo
de los cócteles molotov que llameaban entre las tumbas y -como él anota- “el ruido sordo
de las bombas de gas lacrimógeno, la llanta de un coche que empezó a
incendiarse.” Sin duda sería también yo uno de los que mostraban
“el rostro
lloroso.” Y de los caminaban “con aire
sedicioso por las calles vacías esquivando a los policías”, de acuerdo
con la descripción de aquella reunión contestataria que obra en la página 196
del libro. No era mucha gente la congregada allí: un grupo de militantes entre
los que alguien hoy sin rostro me indicó con voz clara que corriera hacia el
peristilo porque la guardia de infantería avanzaba desde el fondo. Pasaron 47 años de ese momento sobre el que
habíamos guardado ambos parecidas vivencias. Aunque vale hacerme hoy la misma
pregunta con la que se inicia “Respiración artificial”: “¿Hay una historia?”…
(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa, reducido en algunos párrafos, el 12 de noviembre de 2017)
sábado, 11 de noviembre de 2017
PROLOGO AL LIBRO DE LAILA NEFFA DE DE LA PLAZA "POR SIEMPRE LA ROSA"
PRÓLOGO
Nacida montevideana de padres libaneses, católicos maronitas, y
ciudadana argentina desde décadas atrás en inversa aventura terrestre, por esas
vueltas del destino, que su colega y amiga la escritora Dora Isella Russell oriunda
de Buenos Aires y afincada desde la niñez en la tierra de Artigas, Laila Neffa de de la Plaza , es poeta, traductora de
Gibrán Jalil Gibrán y otros autores fundamentales del país del cedro, aparte de
finísima lectora de la mejor literatura universal, como lo demuestra su
abultada y bien trajinada biblioteca.
Ella, representa, además, en sus altos años, un nexo espiritual entre el presente de las letras
y las artes rioplatenses y el espíritu de
grandes personalidades de la cultura uruguaya del siglo XX a las que trató y de
las recibió estímulos cuando dio a conocer, ya en la adolescencia, sus primeros
libros. Así Juana de Ibarbourou, Emilio
Frugoni, Emilio Oribe, Carlos Sabat
Ercasty, Joaquín Torres García, Edgardo
Ubaldo Genta y muy especialmente su profesor en el Liceo Zorrilla, maestro y
guía de siempre:
Juan Carlos Sábat Pebet.
Bastaría
que alguien supiera, como tan bien sabe hacerlo Laila, homenajear con emocionado recuerdo esos nombres y otros más,
tales el de Juan Zorrilla de San Martín o el de Jules Supervielle, para justificar
una existencia y mostrarla enriquecida con los valores de la sensibilidad, la
gratitud, la delicadeza y el ansia de conocimiento. Pero sobre celebrar tan trascendentes
y resonantes figuras y labores, les viene dando razón a los tempranos elogios que pronunciaron ellas
a sus creaciones dado el rico, profundo y
consecuente itinerario lírico que transitó y transita. Un itinerario del que se
hace ineludible la mención, junto a “Aís” (1951), elegiaca nostalgia en verso del
hermano muerto en forma prematura, las tres entregas poéticas que ilustró el
maestro Hermenegildo Sábat, cuyos títulos hacen referencia a la arquetípica
rosa con su “círculo apretado” al decir de Leopoldo Marechal y su múltiple
simbología: “El ángel y la rosa” (1999),
“El universo de la rosa” (2006) y ahora, en 2017, “Por siempre la rosa”.
****
Como
corresponde al dominio del Arte más genuino,
o sea el sugerente porque lo explícito es patrimonio de otras actividades
humanas: así
el periodismo con sus titulares y sus copetes, en las páginas de este último
poemario se insinúa, y a media voz, entre imágenes que conforman alegorías y que
sin sacudir inquietan, la permanencia o
mejor la perseverancia en la belleza que
representa la rosa. Laila Neffa, como Pedro Salinas en su poema “La rosa pura”,
es decir, despojada, parece buscar “la
que no tenga fecha”. En consecuencia
no describirá detallista y realista sus insalvables etapas hasta marchitarse, sino
que intuye esperanzada y augural su callado y recatado “siempre”. Un adverbio
que habla aquí de la consumación de su
símbolo en un presente continuo de hermosura, al que se asoma la autora desde
propias y angustiadas temporalidades, enarbolando como banderas de afirmación y negación, la Eternidad y el Tiempo,
esta platónica –en el Timeo- imagen móvil de aquélla.
No
por casualidad dos subtítulos del libro aluden a Tiempos
y a Testimonios de hoy, donde se
hunden huellas de un empecinado afán por conjugar ambas dimensiones: “¡Ay, de la rosa blanca de mis cuitas,/ sola
y fugaz, flameando entre los vientos!/ Ay, con su eterna luz de epifanía.”
Romances,
poemas breves y sonetos de estirpe clásica y otros de metro alejandrino y resonancia
modernista a tono con su devoción por el oriental Julio Herrera y Reissig, nutren
“Por siempre la rosa”. Y la forma de cada composición dice aquí del fondo, con
lenguajes y mensajes ajustados según el
género. De esa manera su verbo directo y juguetón en las estructuras estróficas octosilábicas: “Toda el agua cantarina/ que baja por entre
piedras/ más grandes y más pequeñas,/ guarda una canción marina”, se hace
más críptico, dramático, evocativo en ocasiones y emocionado sin transitar la sensiblería,
en los sonetos: “El ayer apresado en esos
muros/ nos vigila dolido y temeroso./ Un exiguo rosal trepa amoroso/ una turbia
memoria, sin apuros.” Y muy en especial en los catorce versos del
enternecido recordatorio al esposo, el embajador Guillermo de la Plaza a cinco años de su
partida: “Hay memoria en los párpados
perplejos/ como vuelos de aleves mariposas;/ y en los labios, que brillan sus
airosas/ agujas entre lirios y azulejos./ Hay memoria en las manos como
espejos/ y memoria guardada en tantas cosas/ y la fiel del silencio, como
fosas,/ con voces redoblando, no tan lejos./ Hay memoria en la ausencia, y su
destello/ remueve olas de vida por sí mismo,/ en la rueda sin puentes de la
noria./ Y todas las memorias con su sello,/ las que el alma atesora en su
egoísmo,/ regresan a su centro en tu memoria.”
Pruebas
al canto, Laila Neffa, una eximia sonetista de
quien el académico Federico Peltzer elogió su “elocuencia digna de
Quevedo”, revalida en este libro sus títulos, con
piezas de antología escandidas con un vocabulario rico pero sin pedantes cultismos.
Vocabulario al que ha agregado algún acústico neologismo de su propia cosecha. Digamos
entonces parafraseando a Wittgenstein, que si los límites del lenguaje no
coinciden con los de su mundo de expresiva
sinceridad, Laila Neffa de de la Plaza los atraviesa decidida a nombrar adánicamente de nuevo las cosas.
CARLOS MARÍA
ROMERO SOSA, Buenos Aires, 9 de agosto de 2017
Conmemoración
de Santa Teresa Benedicta de la
Cruz (en el siglo Edith Stein)
sábado, 28 de octubre de 2017
EL GENERAL JULIO A. ROCA Y EL CASO MALDONADO
No soy partidario de derrumbar estatuas. Ni de trasladarlas como se
acaba de hacer con la de Juana Azurduy.
En el caso concreto del bronce ecuestre del general Julio Argentino Roca
emplazado en la intersección de Diagonal Sur y las calles Perú y Alsina, es
sabido que desde tiempo atrás hay un movimiento de opinión que postula su
retiro a iniciativa del historiador y periodista Osvaldo Bayer, que dicho en
lunfardo “la sabe lunga” sobre injusticias sociales y matanzas a manos de los poderosos.
Ese repudio a Roca se lo viene haciendo en solidaridad con los pueblos
originarios aniquilados en la
Campaña del Desierto, de sus sobrevivientes de entonces
reducidos a servidumbre en la isla Martín García y de sus descendientes invisibilizados hasta
hoy, más allá de la letra de la Constitución Nacional
según su reforma de 1994.
Pero al respecto será de convenir que la historia tiene varias caras que
hay que saber y sobre todo querer mirar. Y que al más que moralmente discutible
jefe militar de aquella lucha desigual con el aborigen, financiada por la Sociedad Rural
Argentina; el que en tanto símbolo de poderío perpetua su estatua acorde con un
relato que lejos está de admitir con
Ezequiel Martínez Estrada en “Muerte y transfiguración de Martín Fierro”, que “la
matanza final de los indios dio razón a las armas de fuego y a la fuerza, pero
no a la justicia”, cabría oponer la figura del político astuto, buen
conocedor de los hombres que en 1898 supo advertir el genio de Leopoldo Lugones
al ver nomás al escritor. O mejor del
estadista bajo cuyo mandato se sancionaron leyes como la de educación 1420, que
impulsó Sarmiento. Aquel Roca que designó por lo general ministros progresistas de la talla de Eduardo Wilde, de Luis María Drago, de Osvaldo Magnasco, incluso del católico cordobés
Manuel Pizarro que propugnó la creación de escuelas de artes y oficios para
capacitar a los trabajadores con miras a su elevación, un proyecto efectivizado
recién en las primeras décadas del siglo XX. Y sobre todo de su intuición para designar Ministro
del Interior a Joaquín V. González, que impulsó el primer proyecto de Código de
Trabajo en 1904 y cuya reforma electoral para la Capital Federal permitió
la llegada del socialista Alfredo
Palacios a la Cámara
de Diputados de la Nación.
Por supuesto que hubiera sido menos conflictivo un monumento al dos
veces presidente bajo el lema en 1880 de “Paz y Administración”, luciendo ropas
civiles y no al guerrero con el que parte de la población de la Patagonia , no
precisamente los hacendados, tiene aún cuentas pendientes: “Si no se ocupa
la pampa, previa destrucción de los nidos de indios, es inútil toda precaución,
escribió el General al ministro Alsina. Palabras y hechos bélicos
subsiguientes que hacen más que comprensible el repudio a Roca mencionado al
comienzo. Sin embargo, frente a la
trágica circunstancia que la sociedad acaba
de corroborar: la muerte en situación confusa del joven Santiago Maldonado, aunque indudablemente
solidario con esos mismos excluidos de nuestro Sur y sus reivindicaciones
siempre postergadas, propongo que
próxima a la obra escultórica del artista uruguayo José Luis Zorrilla de San
Martín, se descubra un busto de Maldonado para homenajear su idealismo y
espíritu de libertad, valores capaces de contrapesar en algo o en mucho -lo
dirá el futuro- el secular y oscuro dominio del capitalismo internacional y las
oligarquías nativas sobre los sufridos habitantes de la Tierra Azul : Calfu
Mapu, en lengua mapuche.
(Carlos María Romero Sosa, se publicó algo recortado y con un título que no era el original en La Prensa, el 25 de octubre de 2017, como correo de lectores. Al día siguiente apareció en Salta Libre y el 28 de octubre se reprodujo en la revista Con Nuestra América, de San José de Costa Rica)
lunes, 9 de octubre de 2017
LA SAVIA DE LA TIERRA AZUL: 14 VOCES DE LA POESÍA MAPUCHE
Se
suceden las noticias: La gendarmería cada
vez más complicada en la desaparición de Santiago Maldonado.
Se
acelera el juicio por la extradición del lonko Facundo Jones Huala a Chile.
Marcharon en Río Negro por el libre acceso al
lago Escondido.
DESALOJOS. Comunidades y organizaciones de
pueblos originarios cumplieron ayer su tercer día de acampe frente al Congreso
de la Nación
para pedir la prórroga de la Ley
26.160 que suspende los desalojos de los territorios indígenas hasta noviembre
próximo.
DENUNCIA. La defensa y familiares del lonko
de la comunidad mapuche de Cushamen,,
Facundo Jones Huala, cuestionaron a las
autoridades del Servicio Penitenciario Federal por las restricciones a su
régimen de visitas en la Unidad
14 de Esquel.
Lo cierto es que la Patagonia , con algo o mucho de “tierra maldita” como la llamó Darwin, aunque de
corresponderle ese adjetivo será por
otros motivos que la esterilidad que le adjudicaba el naturalista inglés, está
en los primeros planos de la información, a menudo interesada como no puede ser
menos si titulan La Nación
o Clarín. Pero hay algo que reconocer a las derechas, la reacción, la
oligarquía o como quiera llamarse a los intereses antipopulares y
antinacionales: su consecuencia y coherencia y el bien estructurado discurso que abona
y disimula el propósito de lucro del capitalismo internacional con
cantos de sirena al “cambio” que dice consolidará la república, la idoneidad administrativa, la
lucha contra la corrupción o el
sacralizado ejercicio de la competencia
que, con perspectiva cristiana, llamaríamos mejor avaricia y soberbia.
Un
discurso que no deja resquicio abierto. De
forma tal que recuerda que cuando el problema de los que mandaban era el
gaucho, se cantaban loas al proyecto inmigratorio.
Y cuando
el gaucho, con su actitud de vida sin ataduras ni aceptación de límites
territoriales fue inviable, y el peón de
campo acorralado entre los alambrados tendidos en cumplimiento del mandato de
Sarmiento: “¡Alambren, bárbaros!”, o el mediero explotado por el espíritu del “laissez
faire” vivo en la letra de la codificación de Vélez Sarsfield como sustento -y superestructura- del liberalismo económico decimonónico, dejaron
de ser en esencia y existencia aquel personaje indómito que describió José Hernández para minimizarse e invisibilizarse en el silencioso hombre de campo, entonces
había que idealizarlo y proponerlo como héroe contra la turbamulta sin arraigo que bajaba de la
tercera clase de los barcos, para depositarse
en el sórdido Hotel de Inmigrantes. Resultó un verdadero truco de
prestidigitación convertir el gaucho,
ausente por exterminio físico y legal, en leyenda homérica; una empresa intelectual que
tuvo en el Leopoldo Lugones de “El Payador” su más genial amanuense.
Y cuando
el nacionalismo clerical, maurrasiano y aristocratizante, otra versión de la
dependencia mental, echaba pestes contra el judío encogiéndose de hombros ante
el paganismo genocida nazi, buscaba que
subieran de los árabes y musulmanes las acciones, bastante devaluadas por lo demás antes de
hallarse petróleo en los desiertos arenosos de su hábitat. Y todo hasta
descubrir que son extremistas, alguno
que otro socialista. Y para peor semitas…
Así que la mentalidad colonial, devota en su
vertiente liberal de Hume y Locke o de
Tomás de Aquino en la integrista, lo que
se dio a emplear mejor fue la dialéctica hegeliana en sus momentos de la tesis y la antítesis. Sintetizando la objetivación de toda idea y disquisición académica en el garrote y la
represión lisa y llana.
Tal
sucede ahora que el pueblo mapuche reclama territorios que sin duda le
corresponden, por de pronto infinitamente
más que a Joe Lewis y a Benetton con sus sospechosas adquisiciones de
latifundios durante el menemato. Entonces actúa la gendarmería a escopetazos y como
soporte ideológico se saca de la manga el duelo por los tehuelches,
presuntamente aniquilados por las “lanzas chilenas” de Calfucurá. Una cuestión a
estas alturas altamente discutible. Así la historiadora Geraldine Davies Lenoble
publicó en La Nación ,
el 25 de septiembre del corriente año, un artículo sobre Calfucurá titulado:
“El jefe de una confederación política interétnica”, donde destaca que aquel cacique
se inició participando
en la política interétnica transcordillerana y que su éxito y poder político se
basaban en la negociación y el mestizaje (indudablemente en primer lugar con
los tehuelches).
Aunque
si los bien pensantes tanta compasión tienen por los pueblos nativos sin polémica del territorio argentino,
porqué no denuncian la situación de los wichis del Chaco Salteño, que según
informó La Prensa
recientemente se han quedado sin agua potable. Y porqué nada dijeron jamás
sobre los desmontes que destruyen el medio ambiente de las comunidades qom de
Formosa, el Chaco y Salta, llevando a la muerte por desnutrición a muchos de
sus miembros, en especial niños.
Suele ser cuando menos ocioso para el
vencido, ampararse
en la ley del vencedor. Salvo honrosas y valientes excepciones como el reciente fallo judicial de la Cámara de Apelaciones en lo
Civil, Comercial y de Minería de la Tercera Circunscripción de Bariloche
contra Lewis, que declara ilegal el loteo de tierras de El Bolsón, todo lo
actuado hasta aquí en materia del indígena en general y de los mapuches en particular,
es prueba de aquella desprotección jurídica que desde antiguo vienen soportando.
Con claridad lo resumió Martínez Estrada:
“la matanza final de los indios dio razón a las armas de fuego y a la fuerza,
pero no a la justicia.”
Cómo reaccionar estos
pueblos entonces frente a las “campanas de palo” de sus razones desoídas: como
primera estrategia de lucha, haciéndose ver, conocer y denunciar la situación de injusticia y marginación que
atraviesan en los hechos, más allá de los reconocimientos a sus derechos que establece
la Constitución
Nacional en la reforma de 1994. Y mejor que con piedras
respondidas con balas de goma o de plomo, en
reedición ciento cuarenta años después de la boleadora contra el
rémington, la poesía, en tanto palabra en armas, resulta ser un camino válido hacia
la verbalización del reclamo ancestral, del
grito que aturde una geografía de mártires ocultados y verdugos del procerato
oficial en el bronce; e incluso del silencio, que cabe entre dos interjecciones
y envuelve a más de un mercader o represor como una amenazante nube de tormenta.
En 2008
apareció en versión bilingüe de Ediciones Continente: “Kallfv mapu (tierra
azul)”, una antología de poetas mapuches de Argentina y Chile de encendidas voces
que seleccionó Néstor Barron y prologó
Osvaldo Bayer. En una primera recorrida por las páginas se advierte que la originaria
oralidad de la lengua mapuche, musical si
las hay, ganó difusión al verterse a la escritura con el
devenir de las generaciones y la trasculturización producto del vínculo con el huinca.[1]
Sin
embargo, lo esencial de la cosmovisión del hombre y la mujer mapuches, mezcla
de inocencia adánica y de astucia para
sobrevivir en la mayor adversidad cual es la dominación, marca a fuego el
mensaje de su poética. En ella se hace
patente el asumirse como hijos de la sagrada naturaleza, su Ñuque mapu, y
hermanos del paisaje, lo que a entender del médico e historiador neuquino Gregorio Alvarez en su libro “Donde
estuvo el paraíso”, devino en la circunstancia de colocarlos “deliberadamente en el plano de superioridad
que le concede el escenario natural de sus vivencias”. Nada de esto se ha diluido con el paso del
tiempo porque la nación más que etnia que constituyen, llevando a cuestas las tradiciones, evolucionó
adaptándose a las posibilidades de testimoniar y sostener hoy, a través de la palabra
escrita, los resquicios de la memoria. Y así devota asume el pasado como
mandato, María Teresa Panchillo Neculwal: “Cada
día una historia/ los sueños son/ misiones que cumplir.”
En
cuanto al vínculo dialogal y piadoso con lo creado, se materializa en el hecho de
incorporar a cada vocablo su exacta sonoridad y dar idea de prever en su vuelo las
derivaciones del eco. Cada sustantivo arrima
al vocabulario profundidad de tierra, entonación de agua, crepitar de fogata,
colorido de cielo, misterio nocturno. El poeta sabe que “la
lengua solo existe para poder nombrar las cosas sagradas de la naturaleza” (cuando) “quisieron arrancarnos la existencia.”
Epigramáticas
algunas composiciones de la antología, como las nada resignadas estrofas de
Graciela Huinao: “En lenguaje indómito/
nacen mis versos/ de la prolongada noche/ del exterminio”. O bien: “Nunca fuimos/ el pueblo señalado/ pero
nos matan/ con la señal de la cruz”. Más
extensas otras, sin decaer la tensión en los versos libres con ritmo de
remolino de “Sueño Azul” de Elicura Chihuailaf, logrado ensamble de
fuerza elegíaca y serena
introspección lírica que parte de lo
descriptivo hasta elevar el mensaje al plano trascendente de lo milagrosamente
íntimo sin decolorarse en la habitualidad. Dirá este poeta oriundo de la región
de la Araucania
y miembro de la Academia Chilena
de la Lengua : “Sentado en las rodillas/ de mi abuela oí las
primeras historias/ de árboles y piedras/ que dialogan entre sí/ con los
animales y con la gente/ Nada más, me decía, hay que/ aprender a interpretar
sus signos/ y a percibir sus sonidos/ que suelen esconderse en el viento.”
Parecida apuesta por la integración,
tal vez con un condimento de
palingenesia, viene a hacer Wewün Nagtül en su jaculatoria al mar: “Bajo tus aguas estuve bajo tus aguas,/
Delfín fui delfín,/ Cochayuyo fui cochayuyo,/ Ballena fui ballena,/ Pez en tus
aguas fui pez.” ¿No había intuido ya Anaximandro que los hombres descienden
de los peces? Y el mismo Wewün Nagtül dinamiza después su meditar en el desafío y
la inspiración de su quehacer de artesano: “Coceremos
estas alfarerías con nuestras manos/ alegres iremos a encender el fuego.” Un hogareño fuego ante el que bien puede
predicar “Aquí también hay dioses”, tal como Heráclito anunció a sus visitantes
extranjeros frente al horno en que se calentaba.
En octubre de 1877, Juan María Gutiérrez aconsejó a Francisco P. Moreno,
en una carta que hizo pública La Tribuna , estudiar del
hombre americano, “sus obras, sus artes, su culturas, sus costumbres”, es decir
no quedarse en la medición de sus cráneos, algo que presupone su muerte y la sacrílega
exposición de sus restos óseos en museos. (Aun no ha sido restituido el cráneo de
Juan Calfucurá a sus descendientes de la Comunidad Namuncurá ,
del departamento Collón Curá de la provincia de Neuquén, que el general Nicolás
Levalle envió al Museo de La
Plata ).
Tanto tiempo después de la exhortación del eminente polígrafo, poco
sigue siendo el interés general –quizá no el científico ahora- por los pueblos
originarios y para el caso los mapuches. Y al desentenderse gran parte de la
sociedad de sus vidas y cultura, ni recibir sus demandas, suele enfrentarlas con parecido recelo al llamado a la puerta de
un extraño.
.
[1] El tema de la poesía mapuche ha
merecido incluso alguna tesis de licenciatura en la Universidad de
Utrecht. Así, J.A. Moens, estudiante del Departamento de Lingüística y
Literaturas Hispánicas de la citada universidad, presentó con la supervisión del doctor F. Lasarte la tesis titulada “La poesía
mapuche: expresiones e identidad”, en agosto de 1999. También, entre otra
bibliografía obrante por Internet,
existe el estudio: “Poesía mapuche: deslindes sobre una textualidad
fronteriza” cuya autora es Selena Millares de la Universidad Nacional
del Comahue.-
* Carlos Maria Romero Sosa, publicado en la Revista Con Nuestra América, el 7 de octubre de 2017 y en Salta Libre.Net en la misma fecha.
martes, 26 de septiembre de 2017
LILY SOSA DE NEWTON: FEMINISMO ESCLARECEDOR NO CONFRONTATIVO
Aunque por esas
cosas de los apuros cotidianos hacía un par de años o algo más que no nos
comunicábamos, no olvido la
característica telefónica de Lily Sosa de Newton: 4632; y si los pienso tampoco del resto de los números. La llamaba a
menudo y la veía mientras los horarios docentes
me permitieron visitarla en su
departamento de la calle Coronel Bonorino 82, en el barrio de Flores: una gran
biblioteca adornada o resguardada tal vez de
algún colega historiador cleptómano de libros, por un sinnúmero de pequeños gatos de porcelana.
¿Dónde
estarán unos y otros hoy? Tanto más que el pasado 24 de octubre de 2016, cuando
aún estaba viva pero internada contra su voluntad en un geriátrico suburbano, el grupo de amigos y lectores suyos que nos convocamos en el ámbito de la Comuna II de la CABA para celebrar su
cumpleaños en ausencia, fuimos testigos de las denuncias públicas de los organizadores de la reunión: la
escritora y periodista había sido quizá despojada de su propiedad y lo peor, se
dijo, que desapareció la última versión
de su clásico “Diccionario biográfico de mujeres argentinas” volcado por
ella en la computadora con múltiples actualizaciones, ampliaciones y correcciones.
Muy extraña
resulta esa pérdida, porque además de hacerlo en la PC , un instrumento que manejaba
con pericia digna de alguien con muchas décadas menos, copiaba en resguardo de
eventualidades cada documento modificado en un diskette cuando los había y al aparecer en el mercado el pendrive, en ese otro soporte más seguro.
Será cosa entonces de agotar la búsqueda de tales elementos sin darnos
por vencidos en la tarea, porque la obra de Lily en rescate de la memoria de
miles de mujeres nativas o avecinadas en el país, constituye un inestimable
patrimonio cultural de la
Nación y en cuanto a su agotado Diccionario, ya se empieza a conocer por “el Sosa de
Newton”, como una suerte de “Moliner” local, por cierto no gramatical y sí
biográfico e imbuido de un feminismo esclarecedor y no dado a la confrontación,
aunque fruto digno de parangonarse en laboriosidad y erudición en su materia con
el mítico “Diccionario del uso del español” de la filóloga zaragozana.
Sé de las puertas que infructuosamente tocó
para conseguir que fuera reeditado; las primeras ediciones son de Plus Ultra, editorial donde se desempeñó mucho tiempo en las
funciones de directora de prensa y relaciones públicas. Hace alrededor de un quinquenio comentaba
ilusionada que el gobierno de la
Ciudad de Buenos Aires o su Ministerio de Cultura tenían
intenciones de hacerlo, lo que no ocurrió y la desalentó bastante.
Esta mujer
de excepción nacida en Morón en 1920 y fallecida en Ciudadela el 13 de mayo de
2017, fue pionera en el estudio de las figuras de su sexo de actuación en las más
diversas actividades, como las letras, las artes, la actuación, las ciencias,
las profesiones liberales, la beneficencia, la política y el deporte. Notorias
algunas y menos buena parte de las incluidas, Lily en tanto investigadora insomne,
rastreó en archivos y bibliotecas biografías y bibliografías de ellas y sobre
ellas y reunió así miles de fichas no
sólo para el Diccionario sino también para otros libros de su autoría como “Las
argentinas de ayer a hoy” (1967), “Narradoras argentinas” (1995), “Las protagonistas”
(1998), “Las argentinas y su historia” (2007) y numerosos artículos dados a
conocer en diarios y revistas especializadas. Antecedentes en el tema como “Mujeres
de América”, de Juan José de Soiza Reilly (1930) o “Grandes mujeres de América” (1945) de J. Luis
Trenti Rocamora, aparte de extenderse a figuras de la Colonia y patricias de
otros lugares del Continente, centraron la atención no en personalidades
desconocidas sino en todo caso olvidadas. En cambio la tarea suya fue circunscripta al país y dirigida a toda
mujer que valiera la pena memorar.
Obras ajenas a
su pluma como el opúsculo “Genio y figura de mujeres americanas” de Amalia René
S. del Castillo (1985), el libro colectivo “Mujeres argentinas” (1998), que
prologó María Esther de Miguel y es una selección de textos debidos, entre
otras creadoras, a Alicia Dujovne Ortiz y Marta Cichero o “Mujeres salteñas”,
de Roberto G. Vitry, por citar tres
ejemplos, tienen mucho de su impronta reivindicativa de la “mitad invisible de la historia” según el
titulo del historiador Luis Vitale. Otro tanto puede decirse de la labor de su elogiada amiga Ana
María Cabrera, que noveló las existencias
de Macacha Güemes, Felicitas Guerrero y
Regina Pacini de Alvear, una demostración
de hasta qué punto la labor precursora de Lily Sosa de Newton abrió surcos y que
el tema femenino de sus afanes es en verdad inagotable y posible de tratar
desde diversas ópticas y géneros literarios. En ese sentido juzgaba
anticipadoras de la novela histórica centrada en personajes femeninos a María
Alicia Domínguez con sus libros sobre Mariquita Sánchez y Margarita Weild de
Paz y a Martha Mercader con “Juanamanuela, mucha mujer”.
No fue sin
embargo la mujer el único interés que transitó dado que también publicó -en
1981- y fue laureada por él, un ensayo sobre Hilario Ascasubi que dio a conocer
Eudeba en la colección Genio y Figura; ello sin dejar de mencionar los documentados
estudios biográficos de los próceres
Lavalle, Dorrego, Paz y Aráoz de Lamadrid que escribió y se divulgaron
en las décadas del sesenta y setenta.
En las numerosas
entrevistas que se le hicieron no se cansaba de subrayar hasta qué punto la
vocación literaria que siempre tuvo y no logró frustrar su padre cuando le
impidió concretar el propósito de ingresar a la Facultad de Filosofía y
Letras luego de graduarse como maestra normal -“Una hija mía no va a ir a machonear
a la Universidad ”,
contaba que le advirtió-, pudo desarrollarla plenamente a partir de su
casamiento a los veinte años con Jorge Newton, que le llevaba otros tantos. Un
novelista con todas las letras, asomado a la cuestión social desde su ideario
anarcosocialista, dramaturgo, periodista
e historiador; además de haber sido un militante de la libertad, que
combatió en su juventud en la Revolución Mexicana y se vinculó con Lázaro
Cárdenas. El matrimonio vivió en varias ciudades del interior del país donde desempeñó
un periodismo de información y opinión sin
concesiones a las oligarquías locales, el contestatario descendiente del estanciero
inglés Richard Black Newton, uno de los fundadores de la Sociedad Rural
Argentina y primer alambrador del campo argentino. (“Alambren, bárbaros” con su
ejemplo reclamaba Sarmiento a los hacendados criollos.)
Estuvieron
juntos en Venezuela cuando el general Perón, con el que trabaron relación, se
hallaba exiliado en Caracas. Sin embargo
Lily en su sencillez jamás abrumaba con
anécdotas y recuerdos personales a sus visitantes. En cambio vivía para los
proyectos intelectuales y, lejos de toda torre de marfil, también para la
sociabilidad.
Doy fe
de cómo la colmaba de felicidad encontrar
un dato nuevo o modificar uno erróneo. De allí la obsesión por corregir y
ampliar su Diccionario y lo irreparable del extravío de sus últimas enmiendas y
ampliaciones. Nunca cerraba para siempre una investigación aunque
la hubiera dado a conocer en letras de molde.
Me
acuerdo que en una ocasión le mencioné que en un capítulo de “Las argentinas de
ayer a hoy”, había escrito sobre mi antepasada, la salteña Javiera Molina y Gallo,
quien víctima de un caso de bigamia y habiendo
caído en una suerte de delirio místico al sentirse en forma absurda culpable,
empleaba cilicios y disciplinas sangrientas a imitación de Santa Rosa de Lima.
Más que a la historiadora, a la mujer moderna que era Lily, conciente de su
identidad y responsabilidad familiar y social, la turbaba esa tragedia shakespiriana
acaecida en tiempos de la
Guerra de la
Independencia , cuando en el ejército patriota actuaba el coronel
Toribio Dávalos hasta que su jefe: Manuel Belgrano, lo condenó por bígamo al
destierro en la Patagonia
y a la pérdida del empleo y honores militares. Me pidió que le acercara más
elementos sobre el tema y le fotocopié cartas de doña Javiera dirigidas a su
hijo, el después gobernador de Salta doctor Benjamín Dávalos de Molina.
Quedamos incluso en que vendría a casa a tomar el té y ver el cilicio de
aquella lejana abuela paterna, conservado en una caja de madera en el “Sancta
Sanctorum” familiar. Pero parece ser que estuvo más próximo el mil ochocientos y
tantos al que nos remitió aquella charla histórico genealógica que el dos mil y
pico del que por unos instantes nos evadimos; la conventual Salta del Ejército
del Norte, de Rondeau y de Güemes y sus infernales que el barrio de Flores con
sus motochorros y sus veredas rotas en las que razonablemente temía caer. Y fue
así que los temas y los sinsabores de la vida ciudadana postergaron “sine díe” su
visita.
(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa el 24 de septiembre de 2017)
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