sábado, 9 de diciembre de 2017

LA TRAGEDIA DEL ARA SAN JUAN Y LOS NUEVOS VIENTOS MILITARISTAS

                                                           


                                                           La presunción sobre el trágico final de los 44 tripulantes del submarino ARA San Juan y en forma previa  las jornadas de amargura de sus familiares, acompañados por la solidaridad del pueblo todo, desencadenó, como si se abriera otra Caja de Pandora,  aparte de especulaciones de todo tipo y color sobre el accidente, una serie de maliciosos aprovechamientos del mismo destinados a crear en la ciudadanía una suerte de cargo de conciencia colectivo por la situación actual de las Fuerzas Armadas, con la cantinela de que la democracia no supo qué hacer con ellas. Una forma de reivindicar a la dictadura que las ocupó en la guerra sucia, la guerra demencial contra Gran Bretaña y la casi contienda con Chile. 
                                                              La prensa “grande” y “seria” -al decir del nacionalista de derecha  Ramón Doll-, que hoy se denomina “multimedios”,  hace correr como un reguero de pólvora -y nunca mejor empleada la imagen tratándose de cuestiones castrenses-,  el lobby  militarista, favorable no sólo a elevar el presupuesto de las Fuerzas Armadas, algo que podría considerarse si no fuera porque de acabarse de aprobar la reforma previsional, en detrimento de los haberes de los jubilados y a no ser que se intente otro zarpazo a sus sueldos de hambre, es evidente que no debe haber de dónde conseguir fondos para mejorar  el presupuesto militar ni ningún otro.
                                                          Pero lo peor es que ya se arrojan ideas sobre cambios de roles de las fuerzas. De allí a que se exija que controlen la seguridad interna violando las leyes 23.554  de Defensa Nacional del año 1988 y 24.059 de  Seguridad Interior promulgada en 1992 y actualizada según las leyes 25.520 y 25.443,   hay un paso. Lo preocupante es que hacer propaganda de ello hasta que prenda en el  inconsciente colectivo, puede ser muy oportuno para un gobierno neoliberal que más temprano que tarde se las verá con la protesta social en ascenso, a la que por cierto no tiene escrúpulos en reprimir como lo prueban las muertes de Santiago Maldonado y de Rafael Nahuel.
                                                        El militarismo es a las Fuerzas Armadas y a la Defensa Nacional,  lo que el clericalismo a la Iglesia y a la fe católica: una perversión, un desvío interesado y de tinte corporativo. Por cierto que los partidarios del militarismo  han sido y son los mismos del clericalismo con el manido y simplificador recurso de  identificar la Cruz y la espada, vinculando la dimensión sobrenatural con la terrena, algo que sin embargo un derechista ultramontano y militarista como el profesor Jordán Bruno Genta, doctrinario  de gran predicamento en los años sesenta y setenta del siglo pasado entre los cuadros de la Fuerza Aérea Argentina, diferenció tibiamente: “Las Fuerzas Armadas de la Nación son las únicas instituciones de servicio y jerarquía en el orden humano –la Iglesia Católica es de orden divino- que todavía permanecen en pie”, escribió en su obra “Guerra Contrarrevolucionaria”.  Aunque a renglón seguido citando al fascista español  Calvo Sotelo soltó sus afirmaciones militaristas: “Por ser la columna  vertebral de la Patria, el armazón  que la sostiene y la armadura que la defiende, su resquebrajamiento es también el de la Patria. (…) El destino de la Patria es el de las armas: se salva o se pierde con ellas.”  
                                                    Si se piensa bien ni los próceres San Martín y Belgrano fueron propiamente militaristas; y más allá de las batallas ganadas contra los españoles y las geniales intuiciones tácticas como el Éxodo de Jujuy, el creador de la bandera  merecería por sus concepciones doctrinarias, ser reconocido –también- como un prócer civil a lo José Martí. Y más cerca aún, tampoco lo fueron los generales Enrique Mosconi y Manuel Savio que colaboraron con gobiernos constitucionales. Ni el legalista general Eduardo Broquen que se negó a reprimir en la Semana Trágica de enero de 1919. Ni el general mártir Juan José Valle,  en cuya proclama revolucionaria de junio de 1956 hablaba de restaurar la soberanía popular y el imperio de la libertad y la justicia dentro de un orden legal.
                                                            El militarismo pretende desviar las específicas, muy técnicas y  por ciento patrióticas funciones de los hombres de armas, a áreas ajenas a su competencia e incumbencia: como la política activa.  Lo que no implica coartar el derecho a expresarse de aquéllos, ni de tener ideas políticas  sean cuales fueren. Pero una cosa es eso y otra muy distinta decidir por el resto de la comunidad a partir del poder de las armas. El militarismo constituye una lacra del siglo XX y surgió en la Argentina de la mente de civiles como Leopoldo Lugones, quien lo explicitó en su conferencia de Ayacucho de 1924 cuando  promovió  “La hora de la espada”, un tanto anacrónico lapso detenido en el  arquetipo del soldado con conformación mental jerárquica,  disciplinada y proveniente de la aristocracia o la alta burguesía, sectores que nutrían mayormente por entonces el Colegio Militar y la Escuela Naval. Un soldado que representara lo contrario de la igualadora y plebeya democracia consumada en las multitudes de raíz inmigratoria del yrigoyenismo. Lo peor es que el dogma lugoniano  no fue  pura teoría: la Revolución del 6 de septiembre de 1930 lo puso en acción.
                                                      “Cristiana y varonil y ensoñadora,/ Disciplinada en el marcial consenso,/ Tal os llegó del rumbo de la aurora”, cantó en un terceto de su poema “Patria”, publicado en 1943 -año de otra revolución militar- el escritor y académico de letras Carlos Obligado; y se advierte que en estos recios y regios endecasílabos aparece clara la conjunción de religión y disciplina marcial  -con el incorporado adjetivo “varonil” por cierto-, apuntando merced a esa añorada simbiosis a una aurora de grandeza de la Nación. Era el signo de los tiempos y era el espíritu   de los autores nacionalistas, convencidos que amar a la Patria implicaba hacerlo con “la espada alerta, porque el mundo es mundo”, como finaliza la rimada epopeya de Obligado.
                                                       “Militares en Babia” llamó en 1960 a los que posponían el golpe contra el gobierno constitucional de Arturo Frondizi, Juan Carlos Goyeneche,  ex Secretario de Prensa y Actividades Culturales de Eduardo Lonardi,  en cuyo desempeño trató de “ejemplo” a la Marina de Guerra cuya aviación había masacrado al pueblo en la Plaza de Mayo, el 16 de junio de 1955. No obstante esa suerte de integrismo militarista con resabios franquistas proclamado sin rubores varias décadas atrás,  cabe recordar que ya  Platón en La República fijó y delimitó la función de los guardianes guerreros de la ciudad pertrechados con la virtud de la fortaleza: “que el guerrero sea guerrero y no comerciante a la vez que guerrero.”  
                                                       Sólo que hoy sabemos que además de guerrear  los militares tienen  otras formas de demostrar su valor cívico y su amor  a la Causa Nacional, sin quedar embretados únicamente en las hipótesis de conflicto. O mejor, como lo demostró el general Savio y seguramente lo demostrarán tantos otros oficiales, suboficiales y voluntarios en la  actualidad, cuando al contar con tales hipótesis de conflicto puedan tener en sus manos seguir desarrollando nuestra industria, garantía de potencialidad, a través de Fabricaciones Militares por ejemplo. En 1964, Jorge Abelardo Ramos en su libro “Historia política del Ejército Argentino”, destacó la importancia de la institución en lo referente a su influencia en materia de soberanía industrial. Algo que este gobierno no tiene en agenda y más bien ha dado muestras de lo contrario al despedir en 2016 más de un centenar de  empleados de Fabricaciones Militares, recortar el plantel  y suspender la construcción de vagones para el trasporte de granos, buen heredero ideológico del menemismo que por ley 24.045 de diciembre de 1991, declaró sujetas a privatización las fábricas militares de Azul, Río Tercero, Villa María y Fray Luis Beltrán, paralelamente al desmantelamiento de la industria naval.
                                                      Qué va a hablar ni conocer entonces este gobierno de Ceos desindustrializadores y privatistas, del sentimiento  castrense y de los roles a corresponder a nuestras Fuerzas Armadas en un contexto de independencia política, justicia social y respeto por los derechos humanos. 


(Carlos María Romero Sosa,  se publicó en la revista Con Nuestra América, de San José de Costa Rica, el sábado 9 de diciembre de 2017)              

viernes, 8 de diciembre de 2017

CARLOS SÁNCHEZ VIAMONTE Y EL "HABEAS CORPUS"





(Carlos María Romero Sosa, se publicó en la revista HISTORIA, Nro. 148, correspondiente a diciembre de 2017-febrero 2018) 

ALBERTO LUIS PONZO (1916-2017)


(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa, el domingo 3 de diciembre de 2017)

domingo, 12 de noviembre de 2017

PIGLIA: HERMENÉUTICA, CREACIÓN Y REBELDÍA

                                                     
                            
                                                         Corresponde pedir perdón por abusar de la autorreferencia. Hecho, digo que no conocí a Ricardo Piglia (1941-2017). No tuve oportunidad de verlo nunca en este Buenos Aires de los desencuentros y la superpoblación de seres aislados como en La ciudad ausente de su narración de 1992, de cuya adaptación escénica -también por él compuesta- resultó la ópera que con música de Gerardo Gandini se estrenó en el Teatro Colón en octubre de 1995.
                                                          Llegué incluso algo retrasado a sus libros y  la primera aproximación a la novela Respiración artificial, publicada con gran suceso en 1980 fue ya después de mis treinta años. En cumplimiento sin saberlo de cierto consejo suyo: Hay que preservar la lentitud, llegar tarde a la moda, volví a sus páginas más de una década después  y si primero me había aguijoneado igual que  el enunciado de un teorema  el afán de atreverme por esa dinámica opresiva de sospechas, comunicaciones epistolares, palabras sugeridas, historial de posibles y no verificables delaciones que acompañan y van marcando  el ingreso de los personajes o de las presencias: Marcelo Maggi, Emilio Renzi –alter ego de Piglia-, Luciano Ossorio y la memoria de su abuelo Enrique Arocena,  a partir  uno del otro como en las muñecas rusas; en la siguiente y morosa relectura me ganó  un irrefrenable interés, más acorde en verdad con la oferta del género narrativo. Interés por su argumento  nada lineal ciertamente aunque con toques  incitantes de ajedrezada novela policial, género al que Respiración artificial  homenajea y del que saca buen partido, sin recurrir al sarcasmo o la caricatura de los Holmes, los Brown o los Augusto Dupin,  tal el caso de Isidro Parodi, aquel detective sedentario y antiguo dueño de una barbería del barrio Sur pergeñado por Borges y Bioy Casares.
                                                         Creí atar entonces los cabos que me habían quedado sueltos y advertir que la referencia al decimonónico gobierno autoritario de Juan Manuel de Rosas, pertrechado por espías y mazorqueros, cabía ser entendida como una alegoría de la dictadura de Videla con su correlato de desapariciones y miserable reparto de calcomanías subrayando que los argentinos éramos derechos y humanos.  En tanto que la relación de parentesco entre los protagonistas bien podría remitir a la fatalidad de otra estirpe: la del pueblo argentino en su cohesión o dispersión, condenado  quizá a siglos de recurrente tragedia y a cargar con ella sangre a sangre y sangre sobre sangre, rememorando el mito griego de los labdácidas.
                                                        No es Piglia no lo será tampoco para las futuras generaciones- un escritor fácil y cada obra de ficción suya ofrece varios niveles de interpretación, algo que motiva a entrar en sus páginas con intención de develamiento y asumida actitud clarividente y rapdomante. Claro que a menudo uno de esos posibles niveles de comprensión, corresponde a la crítica social y al notorio  rechazo al capitalismo; pues qué otra cosa que un repudio al monetarismo de los Chicago Boys puede representar el corolario casi sinfónico de Plata quemada” (1997), su novela “bandoleresca” construida a partir de un hecho policial  acaecido en 1965. De algún modo, también  aquí, “el interés de la narración se basa en los misterios del dinero y de su origen”, de forma parecida a lo que Arlt tramó en “El juguete rabioso” según dedujo el propio Piglia en un análisis de ese libro suscripto en 1973; una exégesis  que parece hallar sustento en la frase de Marx: “El dinero convierte en destino la vida de los hombres”.  Aunque todo ello acorde  con una posición de izquierda independiente de quien había sido tajante al expresar: “Nunca dejo que la política tenga incidencia directa en lo que escribo” y fue un sempiterno adversario estético del realismo estalinista y más de la propaganda ramplona de ciertos burócratas del partido comunista. (Hacia finales de los 60´ lamentó en  un fragmento de “Los diarios de Emilio Renzi”, que Andrés Rivera, aún miembro del PCA, juzgara de “aventurerismo” las acciones de los Tupamaros).                                               
                                                       Las ficciones de  Piglia se dan  la mano en ingenio, erudición y lucidez con sus obras de crítica literaria, como que el hermeneuta  de Borges y Arlt, de Macedonio Fernández y Witold Gombrowisz, de Manuel Puig, Rodolfo Walsh y Juan José Saer, lejos de simplificar con demagogia sus estilos, recursos  y mensajes,  se dio a echar luz sobre los universos de esos y de tantos otros creadores; por ejemplo Rig Lardner, Thomas Wolfe, William Faulkner, Francis Scott Fitzgerald, Nelson Algren, Truman Capote, John Updike y James Baldwin,  cuyos espacios  en las letras norteamericanas definió con precisión en los prólogos redactados en 1967 para acompañar sus cuentos  que se publicaron con el título Crónicas de Norteamérica en la serie de antologías que editaba Jorge Alvarez  y dirigía Pirí Lugones, en 1977 secuestrada por grupos de tareas y luego asesinada.  
                                        
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                                            Comencé admitiendo no sin pena que nunca lo conocí. Los once años y algunos meses de edad  que nos separaban,  significaron en los hechos que Piglia era joven cuando yo era niño o ingresaba en la adolescencia en tanto borroneaba mis primeros versos y me escabullía de las miradas de mis mayores con la revista Cristianismo y Revolución fundada por el ex seminarista Juan García Elorrio bajo el pulóver y guardaba viva en las retinas la imagen del sacerdote, sociólogo y guerrillero Camilo Torres muerto en las montañas de Colombia en 1966, para participar en las postrimerías de la dictadura de Onganía,  de reuniones políticas clandestinas del peronismo o de la proyección de “La hora de los hornos”, el film de Fernando “Pino” Solanas y Octavio Getino. (Piglia por su parte cuenta que concurrió también subrepticiamente, en enero de 1969, a un departamento en San Telmo en compañía de Dalmiro Sáenz, el muralista Ricardo Carpani, el dibujante Lorenzo Amengual y algunos otros amigos a la exhibición de esa película que juzgó estaba en la línea del agit-prop –agitación y propaganda- de la vanguardia rusa.)        .   
                                         Sin embargo ahora, al leer el segundo tomo de Los diarios de Emilio Renzi”, que lleva por subtítulo:  “Los años felices y corresponde  al período que va de 1968 a 1975 –acaba de aparecer el tercero: “Un día en la vida”, que comienza en 1976-, encuentro el dato que el 27 de junio de 1970  concurrió  al homenaje tributado en el cementerio de la Recoleta al cumplirse un año de la muerte del periodista  Emilio Jáuregui,  secretario general de la Federación Argentina de Trabajadores de Prensa (Fatpren) y militante de Vanguardia Comunista, organización próxima al maoísmo que editaba el periódico “No transar” y a la que también pertenecieron  otros intelectuales como Elías Semán desaparecido en El Vesubio en 1978 o el poeta Osvaldo Domingo Balbi secuestrado el mismo año. Sabido es que el  líder chino venía  teniendo  ascendencia entre quienes repudiaban el estalinismo y la burocracia soviética. Perón le decía el “Gran Mao” y le escribió una carta en julio de 1965 llamándolo Maestro Revolucionario; e intelectuales como el cuentista Bernardo Kordon  y el filósofo Carlos Astrada, que viajaron a China  y se entrevistaron con él,  se contaban entre sus admiradores locales, igual que un juvenil Piglia algo después y que Beatriz Sarlo, integrante ésta a mediados de los 70 del maoísta Partido Comunista Revolucionario, liderado por Otto Vargas. Ya en 1958 María Teresa León y Rafael Alberti habían dado a conocer aquí el libro de autoría de ambos “Sonríe China”, elogioso y propagandístico. Y sino la identificación ideológica, por de pronto cabía  el reconocimiento a la labor poética de Mao y se la difundía en el país.  Eduardo Squirru, por ejemplo,  que se desempeñó como funcionario diplomático junto al doctor José Arce cuando éste fue designado en 1945 primer embajador argentino en la República China,  firmó una nota preliminar al libro “Mao Tse Tung 20 poemas”, publicado en 1962 por Compañía Argentina de Editores.
                                        Emilio Jáuregui –sobrino del socialista conservador Federico Pinedo- había sido asesinado por la policía en 1969 en la intersección de las calles porteñas Anchorena y Tucumán -aunque Álvaro Abós en su libro “Al pie de la letra” sitúa el hecho en Tucumán y Larrea- mientras  repudiaba la visita de Nelson Rockefeller, el enviado del presidente  Richard Nixon. A su memoria  Juan Gelman escribió por entonces el poema Muerte de Emilio Jaúregui” y algo después Andrés Rivera lo evocó en “Ajuste de cuentas”.  

                                      Lo cierto es que, como ya lo comenté en el periódico Salta Libre,  compartimos con Piglia esa recalentada jornada invernal de la que  tengo vivo el recuerdo de los cócteles molotov que llameaban entre las tumbas y -como él anota- el ruido sordo de las bombas de gas lacrimógeno, la llanta de un coche que empezó a incendiarse. Sin duda sería también yo  uno de los que  mostraban   el rostro lloroso.” Y de los caminaban  “con aire sedicioso por las calles vacías esquivando a los policías, de acuerdo con la descripción de aquella reunión contestataria que obra en la página 196 del libro. No era mucha gente la congregada allí: un grupo de militantes entre los que alguien hoy sin rostro me indicó con voz clara que corriera hacia el peristilo porque la guardia de infantería avanzaba desde el fondo.  Pasaron 47 años de ese momento sobre el que habíamos guardado ambos parecidas vivencias. Aunque vale hacerme hoy la misma pregunta con la que se inicia Respiración artificial: ¿Hay una historia?”…  

(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa, reducido en algunos párrafos, el  12 de noviembre de 2017)                             

sábado, 11 de noviembre de 2017

PROLOGO AL LIBRO DE LAILA NEFFA DE DE LA PLAZA "POR SIEMPRE LA ROSA"

PRÓLOGO

                                                                   
                                                           Nacida montevideana de padres libaneses, católicos maronitas, y ciudadana argentina desde décadas atrás en inversa aventura terrestre, por esas vueltas del destino, que su colega y amiga la escritora Dora Isella Russell oriunda de Buenos Aires y afincada desde la niñez en la tierra de Artigas,  Laila Neffa de de la Plaza, es poeta, traductora de Gibrán Jalil Gibrán y otros autores fundamentales del país del cedro, aparte de finísima lectora de la mejor literatura universal, como lo demuestra su abultada y bien trajinada biblioteca.
                                                         Ella, representa, además, en sus altos años,  un nexo espiritual entre el presente de las letras y las artes  rioplatenses y el espíritu de grandes personalidades de la cultura uruguaya del siglo XX a las que trató y de las recibió estímulos cuando dio a conocer, ya en la adolescencia, sus primeros libros. Así  Juana de Ibarbourou, Emilio Frugoni,   Emilio Oribe,   Carlos Sabat Ercasty,  Joaquín Torres García, Edgardo Ubaldo Genta  y muy especialmente  su profesor en el Liceo Zorrilla, maestro y guía de siempre: Juan Carlos Sábat Pebet. 
                                              Bastaría que alguien  supiera, como tan bien sabe  hacerlo Laila, homenajear con  emocionado recuerdo esos nombres y otros más, tales el de Juan Zorrilla de San Martín o el de Jules Supervielle, para justificar una existencia y mostrarla enriquecida con los valores de la sensibilidad, la gratitud, la delicadeza y el ansia de conocimiento. Pero sobre celebrar tan trascendentes y resonantes figuras y labores, les viene dando razón  a los tempranos elogios que pronunciaron ellas a sus  creaciones dado el rico, profundo y consecuente itinerario lírico que transitó y transita. Un itinerario del que se hace ineludible la mención, junto a “Aís” (1951), elegiaca nostalgia en verso del hermano muerto en forma prematura, las tres entregas poéticas que ilustró el maestro Hermenegildo Sábat, cuyos títulos hacen referencia a la arquetípica rosa con su “círculo apretado” al decir de Leopoldo Marechal y su múltiple simbología:  “El ángel y la rosa” (1999), “El universo de la rosa” (2006) y ahora, en 2017, “Por siempre la rosa”.

                                                        
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                                             Como corresponde al dominio del  Arte más genuino, o sea el sugerente porque lo explícito es patrimonio de otras actividades humanas: así el periodismo con sus titulares y sus copetes, en las páginas de este último poemario se insinúa, y a media voz, entre imágenes que conforman alegorías y que sin sacudir inquietan,  la permanencia o mejor  la perseverancia en la belleza que representa la rosa. Laila Neffa, como Pedro Salinas en su poema “La rosa pura”, es decir, despojada, parece buscar “la que no tenga fecha”.  En consecuencia no describirá detallista y realista sus insalvables etapas hasta marchitarse, sino que intuye esperanzada y augural   su callado y recatado “siempre”. Un adverbio que habla aquí de la consumación  de su símbolo en un presente continuo de hermosura, al que se asoma la autora desde propias y angustiadas temporalidades, enarbolando  como banderas de afirmación y negación, la Eternidad y el Tiempo, esta platónica –en el Timeo- imagen móvil de aquélla.
                                             No por casualidad dos subtítulos del libro aluden a  Tiempos y a Testimonios de hoy, donde se hunden huellas de un empecinado afán por conjugar ambas dimensiones: “¡Ay, de la rosa blanca de mis cuitas,/ sola y fugaz, flameando entre los vientos!/ Ay, con su eterna luz de epifanía.”
                                           Romances, poemas breves y sonetos de estirpe clásica y otros de metro alejandrino y resonancia modernista a tono con su devoción por el oriental Julio Herrera y Reissig, nutren “Por siempre la rosa”. Y la forma de cada composición dice aquí del fondo, con lenguajes y mensajes  ajustados según el género. De esa manera  su verbo  directo y juguetón en las  estructuras estróficas octosilábicas: “Toda el agua cantarina/ que baja por entre piedras/ más grandes y más pequeñas,/ guarda una canción marina”, se hace más críptico, dramático, evocativo en ocasiones y emocionado sin transitar la sensiblería, en los sonetos: “El ayer apresado en esos muros/ nos vigila dolido y temeroso./ Un exiguo rosal trepa amoroso/ una turbia memoria, sin apuros.” Y muy en especial en los catorce versos del enternecido recordatorio al esposo, el embajador Guillermo de la Plaza a cinco años de su partida: “Hay memoria en los párpados perplejos/ como vuelos de aleves mariposas;/ y en los labios, que brillan sus airosas/ agujas entre lirios y azulejos./ Hay memoria en las manos como espejos/ y memoria guardada en tantas cosas/ y la fiel del silencio, como fosas,/ con voces redoblando, no tan lejos./ Hay memoria en la ausencia, y su destello/ remueve olas de vida por sí mismo,/ en la rueda sin puentes de la noria./ Y todas las memorias con su sello,/ las que el alma atesora en su egoísmo,/ regresan a su centro en tu memoria.” 

                                          Pruebas al canto, Laila Neffa, una eximia sonetista de  quien el académico Federico Peltzer elogió su “elocuencia digna de Quevedo”,  revalida en este libro sus títulos, con piezas de antología escandidas con un vocabulario rico pero sin pedantes cultismos. Vocabulario al que ha agregado algún acústico neologismo de su propia cosecha. Digamos entonces parafraseando a Wittgenstein, que si los límites del lenguaje no coinciden con los de su mundo de expresiva  sinceridad, Laila Neffa de de la Plaza los atraviesa decidida a nombrar  adánicamente de nuevo las cosas.
                                           
                                          
CARLOS MARÍA ROMERO SOSA, Buenos Aires, 9 de agosto de 2017
Conmemoración de Santa Teresa Benedicta de la Cruz (en el siglo Edith Stein)




sábado, 28 de octubre de 2017

EL GENERAL JULIO A. ROCA Y EL CASO MALDONADO

                                                           No soy partidario de derrumbar estatuas. Ni de trasladarlas como se acaba de hacer con la de Juana Azurduy.  En el caso concreto del bronce ecuestre del general Julio Argentino Roca emplazado en la intersección de Diagonal Sur y las calles Perú y Alsina, es sabido que desde tiempo atrás hay un movimiento de opinión que postula su retiro a iniciativa del historiador y periodista Osvaldo Bayer, que dicho en lunfardo “la sabe lunga” sobre injusticias sociales y matanzas a manos de los poderosos. Ese repudio a Roca se lo viene haciendo en solidaridad con los pueblos originarios aniquilados en la Campaña del Desierto, de sus sobrevivientes de entonces reducidos a servidumbre en la isla Martín García  y de sus descendientes invisibilizados hasta hoy, más allá de la letra de la Constitución Nacional según su reforma de 1994. 
                                                             Pero al respecto será de convenir que la historia tiene varias caras que hay que saber y sobre todo querer mirar. Y que al más que moralmente discutible jefe militar de aquella lucha desigual con el aborigen, financiada por la Sociedad Rural Argentina; el que en tanto símbolo de poderío perpetua su estatua acorde con un relato que lejos está de  admitir con Ezequiel Martínez Estrada en “Muerte y transfiguración de Martín Fierro”, que “la matanza final de los indios dio razón a las armas de fuego y a la fuerza, pero no a la justicia”, cabría oponer la figura del político astuto, buen conocedor de los hombres que en 1898 supo advertir el genio de Leopoldo Lugones al ver nomás al escritor.  O mejor del estadista bajo cuyo mandato se sancionaron leyes como la de educación 1420, que impulsó Sarmiento. Aquel Roca que designó por lo general ministros  progresistas de la talla de  Eduardo Wilde, de  Luis María Drago, de  Osvaldo Magnasco, incluso del católico cordobés Manuel Pizarro que propugnó la creación de escuelas de artes y oficios para capacitar a los trabajadores con miras a su elevación, un proyecto efectivizado recién en las primeras décadas del siglo XX.  Y sobre todo de su intuición para designar Ministro del Interior a Joaquín V. González, que impulsó el primer proyecto de Código de Trabajo en 1904 y cuya reforma electoral para la Capital Federal permitió la llegada del socialista  Alfredo Palacios a la Cámara de Diputados de la Nación.  
                                                              Por supuesto que hubiera sido menos conflictivo un monumento al dos veces presidente bajo el lema en 1880 de “Paz y Administración”, luciendo ropas civiles y no al guerrero con el que parte de la población de la Patagonia, no precisamente los hacendados, tiene aún cuentas pendientes: “Si no se ocupa la pampa, previa destrucción de los nidos de indios, es inútil toda precaución, escribió el General al ministro Alsina.                             Palabras y hechos bélicos subsiguientes que hacen más que comprensible el repudio a Roca mencionado al comienzo.  Sin embargo, frente a la trágica circunstancia que la sociedad  acaba de corroborar: la muerte en situación confusa del  joven Santiago Maldonado, aunque indudablemente solidario con esos mismos excluidos de nuestro Sur y sus reivindicaciones siempre postergadas,  propongo que próxima a la obra escultórica del artista uruguayo José Luis Zorrilla de San Martín, se descubra un busto de Maldonado para homenajear su idealismo y espíritu de libertad, valores capaces de contrapesar en algo o en mucho -lo dirá el futuro- el secular y oscuro dominio del capitalismo internacional y las oligarquías nativas sobre los sufridos habitantes de la Tierra Azul: Calfu Mapu, en lengua mapuche.  


 (Carlos María Romero Sosa, se publicó algo recortado y con un título que no era el original en La Prensa, el 25 de octubre de 2017, como correo de lectores. Al día siguiente apareció en Salta Libre y el 28 de octubre se reprodujo en la revista Con  Nuestra América, de San José de Costa Rica) 

lunes, 9 de octubre de 2017

LA SAVIA DE LA TIERRA AZUL: 14 VOCES DE LA POESÍA MAPUCHE



                                                Se suceden las noticias: La gendarmería cada vez más complicada en la desaparición de Santiago Maldonado.
                                      Se acelera el juicio por la extradición del lonko Facundo Jones Huala a Chile.
                                       Marcharon en Río Negro por el libre acceso al lago Escondido.
                                     
                                       DESALOJOS. Comunidades y organizaciones de pueblos originarios cumplieron ayer su tercer día de acampe frente al Congreso de la Nación para pedir la prórroga de la Ley 26.160 que suspende los desalojos de los territorios indígenas hasta noviembre próximo.
                                  DENUNCIA. La defensa y familiares del lonko de la comunidad mapuche  de Cushamen,, Facundo Jones Huala, cuestionaron  a las autoridades del Servicio Penitenciario Federal por las restricciones a su régimen de visitas en la Unidad 14 de Esquel.                                           
                                 
                                       Lo cierto es que  la Patagonia, con algo o mucho de “tierra maldita”  como la llamó Darwin, aunque de corresponderle ese adjetivo  será por otros motivos que la esterilidad que le adjudicaba el naturalista inglés, está en los primeros planos de la información, a menudo interesada como no puede ser menos si titulan La Nación o Clarín. Pero hay algo que reconocer a las derechas, la reacción, la oligarquía o como quiera llamarse a los intereses antipopulares y antinacionales: su consecuencia y coherencia y el bien estructurado discurso  que abona  y disimula el propósito de lucro del capitalismo internacional con cantos de sirena al “cambio” que dice consolidará  la república, la idoneidad administrativa, la lucha contra la corrupción  o el sacralizado ejercicio  de la competencia que, con perspectiva cristiana, llamaríamos mejor avaricia y soberbia.  
                                       Un discurso  que no deja resquicio abierto. De forma tal que recuerda que cuando el problema de los que mandaban era el gaucho, se cantaban loas al proyecto inmigratorio.
                                      Y cuando el gaucho, con su actitud de vida sin ataduras ni aceptación de límites territoriales  fue inviable, y el peón de campo acorralado entre los alambrados tendidos en cumplimiento del mandato de Sarmiento: “¡Alambren, bárbaros!”, o el mediero explotado por el espíritu del “laissez faire” vivo en la letra de la codificación de Vélez Sarsfield  como sustento -y superestructura-  del liberalismo económico decimonónico, dejaron de ser en esencia y existencia aquel personaje indómito  que describió José  Hernández  para minimizarse e invisibilizarse   en el silencioso hombre de campo, entonces había que idealizarlo y proponerlo como héroe contra la   turbamulta sin arraigo que bajaba de la tercera clase de los barcos,  para depositarse en el sórdido Hotel de Inmigrantes. Resultó un verdadero truco de prestidigitación  convertir el gaucho, ausente por exterminio físico y legal, en  leyenda homérica; una empresa intelectual que tuvo en el Leopoldo Lugones de “El Payador” su más genial amanuense.
                                     Y cuando el nacionalismo clerical, maurrasiano y aristocratizante, otra versión de la dependencia mental, echaba pestes contra el judío encogiéndose de hombros ante el  paganismo genocida nazi, buscaba que subieran de los árabes y musulmanes las acciones,  bastante devaluadas por lo demás antes de hallarse petróleo en los desiertos arenosos de su hábitat. Y todo hasta descubrir que son extremistas,  alguno que otro socialista. Y para peor semitas… 
                                      Así que la mentalidad colonial, devota en su vertiente liberal  de Hume y Locke o de Tomás de Aquino en la integrista,  lo que se dio a emplear mejor fue la dialéctica hegeliana en sus momentos de la  tesis y la antítesis. Sintetizando la  objetivación de toda idea y  disquisición académica en el garrote y la represión lisa y llana.  
                                      Tal sucede  ahora que  el pueblo  mapuche reclama territorios que sin duda le corresponden, por de pronto  infinitamente más que a Joe Lewis y a Benetton con sus sospechosas adquisiciones de latifundios durante el menemato. Entonces  actúa la gendarmería a escopetazos y como soporte ideológico se saca de la manga el duelo por los tehuelches, presuntamente aniquilados por las “lanzas chilenas” de Calfucurá. Una cuestión a estas alturas altamente discutible. Así la historiadora Geraldine Davies Lenoble publicó en La Nación, el 25 de septiembre del corriente año, un artículo sobre Calfucurá titulado: “El jefe de una confederación política interétnica”, donde destaca que aquel cacique se inició participando en la política interétnica transcordillerana y que su éxito y poder político se basaban en la negociación y el mestizaje (indudablemente en primer lugar con los tehuelches).                
                                        Aunque si los bien pensantes tanta compasión tienen por los pueblos  nativos sin polémica del territorio argentino, porqué no denuncian la situación de los wichis del Chaco Salteño, que según informó La Prensa recientemente se han quedado sin agua potable. Y porqué nada dijeron jamás sobre los desmontes que destruyen el medio ambiente de las comunidades qom de Formosa, el Chaco y Salta, llevando a la muerte por desnutrición a muchos de sus miembros, en especial niños.
                                          Suele ser cuando menos ocioso para el vencido, ampararse en la ley del vencedor. Salvo honrosas y valientes excepciones como  el reciente fallo judicial de la Cámara de Apelaciones en lo Civil, Comercial y de Minería de la  Tercera Circunscripción de Bariloche contra Lewis, que declara ilegal el loteo de tierras de El Bolsón, todo lo actuado hasta aquí en materia del indígena en general y de los mapuches en particular, es prueba de aquella desprotección jurídica que desde antiguo vienen soportando. Con claridad lo resumió  Martínez Estrada: “la matanza final de los indios dio razón a las armas de fuego y a la fuerza, pero no a la justicia.”   
                                       Cómo reaccionar estos pueblos entonces frente a las “campanas de palo” de sus razones desoídas: como primera estrategia de lucha, haciéndose ver, conocer y denunciar  la situación de injusticia y marginación que atraviesan en los hechos, más allá de los reconocimientos a sus derechos que establece la Constitución Nacional en la reforma de 1994. Y mejor que con piedras respondidas con balas de goma o de plomo, en  reedición ciento cuarenta años después de la boleadora contra el rémington, la poesía, en tanto palabra en armas, resulta ser un camino válido hacia la verbalización del reclamo ancestral,  del grito que aturde una geografía de mártires ocultados y verdugos del procerato oficial en el bronce; e incluso del silencio, que cabe entre dos interjecciones y  envuelve  a más de un mercader o represor como una  amenazante nube de tormenta.   
                                        En 2008 apareció en versión bilingüe de Ediciones Continente: “Kallfv mapu (tierra azul)”, una antología de poetas mapuches de Argentina y Chile de encendidas voces  que seleccionó Néstor Barron y prologó Osvaldo Bayer. En una primera recorrida por las páginas se advierte que la originaria oralidad de la lengua mapuche,  musical si las hay,  ganó  difusión al verterse a la escritura con el devenir de las generaciones y la trasculturización producto del vínculo con el huinca.[1]
                                       Sin embargo, lo esencial de la cosmovisión del hombre y la mujer mapuches, mezcla de inocencia adánica y de astucia  para sobrevivir en la mayor adversidad cual es la dominación, marca a fuego el mensaje de su poética.  En ella se hace patente el asumirse como hijos de la sagrada naturaleza, su Ñuque mapu, y hermanos del paisaje, lo que a entender del médico e historiador  neuquino Gregorio Alvarez en su libro “Donde estuvo el paraíso”, devino en la circunstancia de colocarlos “deliberadamente en el plano de superioridad que le concede el escenario natural de sus vivencias”.  Nada de esto se ha diluido con el paso del tiempo porque  la  nación más que etnia que constituyen,  llevando a cuestas las tradiciones, evolucionó adaptándose a las posibilidades de testimoniar y sostener hoy, a través de la palabra escrita, los resquicios de la memoria. Y así devota asume el pasado como mandato, María Teresa Panchillo Neculwal: “Cada día una historia/ los sueños son/ misiones que cumplir.”    

                                         En cuanto al vínculo dialogal y piadoso con lo creado, se materializa en el hecho de incorporar a cada vocablo su exacta sonoridad y  dar idea de prever en su vuelo las derivaciones del eco.  Cada sustantivo arrima al vocabulario profundidad de tierra, entonación de agua, crepitar de fogata, colorido de cielo, misterio nocturno. El poeta sabe  que “la lengua solo existe para poder nombrar las cosas sagradas de la naturaleza” (cuando) “quisieron arrancarnos la existencia.”
                                       Epigramáticas algunas composiciones de la antología, como las nada resignadas estrofas de Graciela Huinao: “En lenguaje indómito/ nacen mis versos/ de la prolongada noche/ del exterminio”. O bien: “Nunca fuimos/ el pueblo señalado/ pero nos matan/ con la señal de la cruz”.  Más extensas otras, sin decaer la tensión en los versos libres con ritmo de remolino de “Sueño Azul” de Elicura Chihuailaf, logrado ensamble  de  fuerza elegíaca  y serena introspección lírica que  parte de lo descriptivo hasta elevar el mensaje al plano trascendente de lo milagrosamente íntimo sin decolorarse en la habitualidad. Dirá este poeta oriundo de la región de la Araucania y miembro de la Academia Chilena de la Lengua: “Sentado en las rodillas/ de mi abuela oí las primeras historias/ de árboles y piedras/ que dialogan entre sí/ con los animales y con la gente/ Nada más, me decía, hay que/ aprender a interpretar sus signos/ y a percibir sus sonidos/ que suelen esconderse en el viento.”
                                                         Parecida apuesta por la integración,  tal vez con un condimento de palingenesia, viene a hacer  Wewün  Nagtül en su jaculatoria al mar: “Bajo tus aguas estuve bajo tus aguas,/ Delfín fui delfín,/ Cochayuyo fui cochayuyo,/ Ballena fui ballena,/ Pez en tus aguas fui pez.” ¿No había intuido ya Anaximandro que los hombres descienden de los peces?  Y el mismo Wewün Nagtül  dinamiza después su meditar en el desafío y la inspiración de su quehacer de artesano: “Coceremos estas alfarerías con nuestras manos/ alegres iremos a encender el fuego.”  Un hogareño fuego ante el que bien puede predicar “Aquí también hay dioses”, tal como Heráclito anunció a sus visitantes extranjeros frente al horno en que se calentaba.                                                   

                                                         En octubre de 1877, Juan María Gutiérrez aconsejó a Francisco P. Moreno, en una carta que hizo pública  La Tribuna, estudiar del hombre americano, “sus obras, sus artes, su culturas, sus costumbres”, es decir no quedarse en la medición de sus cráneos, algo que presupone su muerte y la sacrílega exposición de sus restos óseos en museos. (Aun no ha sido restituido el cráneo de Juan Calfucurá a sus descendientes de la Comunidad Namuncurá, del departamento Collón Curá de la provincia de Neuquén, que el general Nicolás Levalle envió al Museo de La Plata).
                                                       Tanto tiempo después de la exhortación del eminente polígrafo, poco sigue siendo el interés general –quizá no el científico ahora- por los pueblos originarios y para el caso los mapuches. Y al desentenderse gran parte de la sociedad de sus vidas y cultura, ni recibir sus demandas,  suele enfrentarlas  con parecido recelo al llamado a la puerta de un extraño.              
       
  
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[1] El tema de la poesía mapuche ha merecido incluso alguna tesis de licenciatura en la Universidad de Utrecht. Así, J.A. Moens, estudiante del Departamento de Lingüística y Literaturas Hispánicas de la citada universidad,   presentó con la supervisión del doctor  F. Lasarte la tesis titulada “La poesía mapuche: expresiones e identidad”, en agosto de 1999. También, entre otra bibliografía obrante por Internet,  existe el estudio: “Poesía mapuche: deslindes sobre una textualidad fronteriza” cuya autora es Selena Millares de la Universidad Nacional del Comahue.-   

* Carlos Maria Romero Sosa,  publicado en la Revista Con Nuestra América, el 7 de octubre de 2017 y   en Salta Libre.Net en la misma fecha.