viernes, 9 de febrero de 2018

NOSTALGIA DEL TÍO EFRAÍN

Como todas las semanas, teníamos un café pendiente. ¿Sería en los “36 Billares” de la Avenida de Mayo? ¿En “La Academia” de Callao y Corrientes? ¿O tal vez en un bar situado en una esquina de la iglesia de La Piedad, donde concurrías a misa y rezabas ante la imagen vestida del Nazareno que está a la entrada? Olvidé el sitio con las décadas pero no el hábito de encontrarnos.  Una costumbre que instauraste desde que en mis primeros años de vida me llevabas de la mano a la desaparecida confitería  “El Blasón”, de Pueyrredón y Las Heras próxima a casa, y yo en mi media lengua pedía “KaKa Cola” con parecido acto reflejo  a esta otra instintiva conducta  para manejar celulares y computadoras que caracteriza a los infantes de hoy.  Después mezclabas en mi vaso un  poco de  la bebida fría con varias medidas  más a  temperatura  natural, cosa de evitarme anginas. Y tu madre  -mi abuela-,  frente a su té inglés, aunque ejercitando un antiimperialismo práctico sin duda inconsciente- protestaba contra ese refresco de origen norteamericano “con gusto a remedio.”
                                                           Pienso en estas cosas, hoy 3 de febrero de 2018, a treinta y tres años de tu muerte, entrañable e inolvidable tío Efraín Honorio Gómez Langenheim. Tuvo que ser esa fecha la de tu partida, que como buen profesor de historia y sobre todo orgulloso tataranieto del capitán Lázaro Gómez del Canto y Rospigliosi,  héroe de las Invasiones Inglesas, tenías tan presente  y contabas a quien quisiera escucharte  la tradición recogida por  Pastor Obligado del Abrazo de la Muerte durante el sitio de Montevideo, en 1807. Veras que no  puedo deslindar tus enseñanzas y tus vivencias, por ejemplo de Joaquín V. González o de tu tío Rafael Obligado,  del vínculo amistoso, confidente y de camaradería espiritual y hasta ciertamente política que forjamos; eso sí, yo con un peronismo a la izquierda del tuyo que provenías del nacionalismo; lo cual no obstaba para que recordaras con veneración  a varios de tus  profesores  en la Universidad de La Plata como el liberal Ricardo Levene o el  socialista Carlos Sánchez Viamonte.  Claro, eras de 1910 cuando el cometa Halley iluminó -y sobresaltó- las fiestas del Centenario y estaban en tus genes el respeto y la admiración por los auténticos valores del espíritu. Adversario del partido radical,  ante la caída del doctor  Illia, mi hermana y yo te escuchamos lamentar -y estas fueron tus palabras cuando pocos las pronunciaban entonces- “la ruptura del orden constitucional.” Toda una lección de Instrucción Cívica, la asignatura que dictaste en tantos colegios secundarios. 
                                                      El lazo contigo fue naturalmente de mayor confianza, informalidad, complicidad, del que tuve con mi padre. Tal como debe ser, porque   los tíos suelen cumplir más que  la función de  indicarnos el comportamiento en la vida  -un deber ineludible de los progenitores-, la de absolver antes que nadie los pecados juveniles de sus sobrinos. “Todos y yo por supuesto cometimos errores a tu edad”, repetías salvando la exculpatoria generalización del plural. Y entonces uno aprendía, sin mal digerir sermones,  cómo golpean el pecho los cantos rodados de la experiencia ajena.    
                                                        
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                                                   En este cálido verano porteño que padecemos, he tratado de no ir al Centro. Ni falta que hace porque  sé que hay y que habrá  perpetuamente en el barrio de Balvanera, un café cerrado por duelo para mí. 


(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa, el 9 de febrero de 2018)


EL PAPA FRANCISCO EN CHILE


                                                 

                                                              Hoy es 17 de enero de 2018 y anteayer arribó  Francisco a la tierra de Lautaro, el jefe guerrero de Arauco tan  admirado por el general San Martín, al punto de participar con sus compañeros independentistas de una logia conocida con su  nombre; y los dominios de Caupolicán, el toqui al que cantó  Rubén Darío en un soneto: “Es algo formidable que vio la vieja raza:/ robusto tronco de árbol al hombro de un campeón/ salvaje y aguerrido cuya fornida maza/ blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón.” 

                                                           El Papa conoce bien  la tensa situación existente entre el estado chileno  y el pueblo mapuche secularmente reprimido, despreciado  y despojado de su hábitat: “Hagamos silencio ante tanto dolor”, acaba de decir en la multitudinaria misa que celebró en Temuco, donde subrayó asimismo que no hay culturas superiores y culturas inferiores; aunque justo es decirlo muchos esperábamos más pedidos de perdón y más condenas al genocidio perpetrado por los europeos y los blancos que los sustituyeron después de la independencia. Lo triste es que debe hacerse cargo en este viaje a la Araucanía de algo de lo que no es responsable personalmente, aunque sí lo fue en el pasado buena parte de la Iglesia de la que él es cabeza. Como que ya el conquistador  del actual territorio de  Chile, Pedro de Valdivia, el que gustaba mutilar a los indígenas vencidos, se proclamaba católico. Y de allí para adelante, la conquista y colonización del país vecino -como es de rigor en todas  las conquistas y colonizaciones- se caracterizó también, salvo alguna honrosa excepción que de haberla confirmaría  la regla, por la crueldad y la avaricia bajo la justificación de evangelizar a los naturales.  
                                                              Pero aparte de la irresuelta cuestión mapuche: del  robo de sus tierras y la forzada culturización sin fines de integrar a los pueblos originarios, sino de crear puentes tan imprescindibles como endebles para mejor dominarlos, el país todo se caracterizó por la sumisión de las clases populares a una oligarquía que dominó económica, política y culturalmente más de una centuria de su historia. Y así en pleno siglo XX fue visto con reticencia por los sectores de poder la  clara sensibilidad social y el compromiso con lo más avanzado de la Doctrina Social de la Iglesia del sacerdote jesuita Alberto Hurtado, el Patrono de la Trabajadores beatificado en 1994 por Juan Pablo II y canonizado por Benedicto XVI en 2005. Se comprende entonces en tal contexto precapitalista y de capitalismo periférico, las persecuciones al líder comunista  Luis Emilio Recabarren y su huida a la Argentina así como  la de Pablo Neruda en 1949 y, sobre todo,  porqué después un proyecto de socialismo en democracia como el de Salvador Allende tenía que terminar trágicamente.
                                                            
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                                                           En cuanto al Papa “populista”, adjetivo con el que pretenden injuriarlo los intelectuales Juan José Sebrelli  y Loris Zanatta, denigración que halla eco en los medios concentrados y para muestra basta leer la nota del periodista Jorge Fernández Díaz publicada en La Nación -de Buenos Aires- el domingo 7 de enero último, no se cansa de hacer gestos como que al fin y al cabo el Vaticano se viene así manejando desde antiguo, aunque antes los guiños eran para otros sectores. Y nada más que al llegar a Santiago, el lunes 15,  se dirigió a la tumba de Monseñor  Enrique Alvear, conocido como “El Obispo de los Pobres” y esforzado defensor de los derechos humanos durante la dictadura de Pinochet, cuando hacerlo implicaba correr  riesgos de vida. Eran los tiempos en que muchos de quienes  aquí sufríamos en forma sucesiva a Videla, Viola, Galtieri y Bignone,  llegamos a sentir  una sana envidia por la  feligresía   de la Iglesia chilena y por la actividad en favor de los reprimidos, encarcelados  y  la memoria de los asesinados que desplegaba su máxima jerarquía: el Cardenal Raúl Silva Henríquez, fundador de la Vicaría de la Solidaridad y contracara en su compromiso humanitario del comportamiento de la mayoría –no de todos-  los mitrados de este lado de la Cordillera durante los años de plomo.
                                                          Sin embargo Francisco no encontró ya esa Iglesia prestigiada por  pastores de la talla de Silva Henríquez, Alvear o (Juan Francisco) Fresno Larraín, que tanto hizo por la salida democrática y por la paz entre Argentina y Chile.  En cambio escuchó quejas de los abusados por sacerdotes pedófilos y pidió perdón por sus crímenes. Sin duda una parte de su cruz es dar la cara frente a semejantes aberraciones del clero.  Mientras que otra  ha de ser  la permanente crítica que recibe de sus compatriotas argentinos atrincherados de un lado de la grieta. A ellos  les resultan intolerables  sus mensajes contra el neoliberalismo; la cara de pocos amigos con que recibió al ajustador presidente Macri en el Vaticano; su debilidad de siempre –desde que era cardenal y arzobispo de Buenos Aires- por los curas villeros; su cercanía  espiritual con Milagro Sala,  presa política desde hace dos años del feudo jujeño del gobernador Morales, aliado de Macri; su mirada solidaria para con los movimientos piqueteros  y de derechos humanos y su magisterio por el medio ambiente vertido en “Laudato si”, encíclica donde se debieran reconocer como pecadores públicos los sojeros que desmontan en forma criminal y los intereses petroleros que ocupan en nuestra Patagonia territorios de los pueblos ancestrales.
                                                          Bien que les hubiera gustado a los poderosos de aquí, un Sucesor de Pedro ultraconservador en todos los aspectos y sobre todo en el orden temporal. Alguien previsible en sus tratos con la injusta organización del planeta según el dictado de las grandes potencias  y no el hombre de blanco y con sandalias del pescador que propone a los jóvenes “hacer lío” “contra la paz del mundo”, por decirlo con el título de un viejo poemario del franciscano argentino Fray Antonio Vallejo, un par generacional de Jorge Luis Borges, Leopoldo Marechal y Francisco Luis Bernárdez.
                                                          Cómo se habrán desengañado los reaccionarios católicos preconciliares que se rasgan las vestiduras porque homenajeó a Lutero en Suecia, al no hallar en Francisco al amigable viajero a su patria gobernada por prósperos  empresarios. Y  cuánta  solidaridad de clase  es la que demuestran por estos días con el plutócrata Sebastián Piñera –al que no concedió audiencia privada-, reciente ganador de la elección presidencial con la autorreconocida ayuda del Banco Mundial que fraguó en su favor datos económicos del gobierno de Bachelet.  
                                                    Sucede que Francisco no reivindica para sí boato eclesiástico a lo Julio II Della Rovere, ni una corte del tipo de la de Clemente VII Médici,  ni el título pagano de “pontífice” en vez del  de Siervo de los Siervos de Dios, que a todas luces debe preferir el pastor que desde el primer día de su elevación a la Cátedra de San Pedro  viene instruyendo a sus hermanos en el episcopado  que lo sean  “con olor a oveja”. Un mensaje, por lo que se advierte, mejor recibido por las reclusas de la santiaguina prisión de San Joaquín, a las que visitó ayer reclamando por su dignidad humana después de escuchar que en Chile la pobreza se castiga con la cárcel, que por muchos de los apoltronados obispos de los cinco continentes.        
                                                       Sin pretenderlo un revolucionario social, ni siquiera un reformador a ultranza de la Iglesia  y  hasta admitiendo que la tensión entre ésta y la modernidad no cede del todo en su pontificado; es evidente que  el argentino Jorge Bergoglio demuestra con signos, gestos y palabras que algo ha cambiado en la institución “santa y pecadora” que dijera San Agustín. Un cambio que con marchas y contramarchas viene anunciándose desde Juan XXIII y el Concilio Vaticano II.  Lenta transformación, es cierto, pero  que permite  que muchos católicos del presente, con renovada esperanza, podamos  sentir a nuestra Iglesia  más próxima a las divinas enseñanzas de Jesús, el  carpintero de Nazaret, que a los mezquinos intereses humanos que en tantas ocasiones gravitaron irrefrenablemente en su seno.


(Carlos María Romero Sosa, se publicó en la Revista CON NUESTRA AMÉRICA, de San José de Costa Rica, el 20 de enero de 2018)   

domingo, 14 de enero de 2018

EMILIO FRUGONI, UN HUMANISTA EN LA UNIÓN SOVIÉTICA

                                                           “Poesía y pasión política -aun alta y pura poesía, aun pasión política convertida en acción militante- no son repugnantes entre sí; al contrario, la unión  entre una y otra suele darse con frecuencia en almas superiores”, escribió en La Prensa el 13 de octubre de 1957 Roberto F. Giusti,  en un extenso y elogioso artículo crítico sobre el libro “Sonetos míos” del uruguayo Emilio Frugoni (1880-1969), escritor, docente universitario, jurista, político, parlamentario, diplomático y antiguo colaborador del diario.  Y si de espíritus superiores se trata,  bien podría trazarse un paralelo entre el fundador y  afiliado número 1 al Partido Socialista del  país hermano y nuestro Mario Bravo, sólo dos años menor que aquél y también legislador nacional por el socialismo, al tiempo que estudioso y promotor del desarrollo del Derecho Laboral en el país, cuya bibliografía enriqueció en forma simultanea al dictado de la materia  en la Universidad Nacional de Montevideo por parte de Frugoni. Poeta lírico Mario Bravo, de refinado acento y tono modernista como lo  revelan  sus libros “Poemas del campo y de la montaña”, “Canciones y poemas” y “Canciones de la soledad”,  el dejo de romanticismo y cierto aire nostálgico y bohemio que exhalan sus composiciones, también pueden identificarse con las dictadas por el temperamento estético de Frugoni,  creador de “Los himnos”, “De lo más hondo” -que prologó José Enrique Rodó-, o los “Poemas montevideanos”: “Con cuánto amor te canto, Montevideo,/ a pesar de lo amargo que haces mi vida. Eres en mi existencia llaga y recreo;/ herida y venda y bálsamo de mi herida.”  Por lo demás tan admirador y amigo de Rubén Darío era el tucumano como lo fue el montevideano, de quien su nombre aparece junto al autor de Azul en un número correspondiente a 1907 de la revista La Nueva Atlántida.
                                                               
                                                           Los paralelismos continúan si se piensa que en ambos artistas y hombres públicos repercutió de manera singular la Revolución Rusa y propiamente en algún momento el interés por la realidad de la URSS. Así Bravo pronunció en 1919 en la Facultad de Derecho de la UBA, una conferencia sobre “La Revolución Rusa y la constitución de la República Socialista Federativa de los Soviets”,  tan elogiosa para la instauración de los Soviets y la participación en ellos de las masas como crítica a la implantación de la dictadura del proletariado.  Frugoni, por su parte,  décadas más tarde, tuvo oportunidad de conocer sobre el terreno el funcionamiento del país comunista y sus instituciones al ser designado ministro plenipotenciario del Uruguay en Rusia durante los años finales de la Segunda Guerra Mundial. Al regreso, en un libro de 476 páginas titulado: “La Esfinge Roja. Memorial de un aprendiz de diplomático  en la Unión Soviética” -que editó Claridad  en 1948-, narró las experiencias y mostró desde el comienzo admiración por el Ejército Rojo que se batía contra el nazifascismo. Igualmente emana del texto la solidaridad con el pueblo humilde que entre privaciones proveía de soldados –sus hijos- a los frentes. Inspirado en su ética  humanitaria  propuso   entonces, sin hallar mayor eco entre los colegas,  restringir el boato de las fiestas de la diplomacia y donar esos ahorros para un fondo de guerra y de ayuda a los necesitados. “Una recepción, una fiesta diplomática en Moscú –me decía un distinguido embajador europeo- se reduce siempre a un gran bufet”, anotó con desagrado.                                                              

                                                    Frugoni, en consonancia con el ideario expuesto en la obra de Carlos Sánchez Viamonte: “Democracia y socialismo”,  otro de sus compañeros de ideales en esta ribera del Plata donde el uruguayo se exilió durante la dictadura de Gabriel Terra –a Sánchez Viamonte le prologó el volumen “Ley marcial y estado de sitio en el derecho argentino”-, hizo profesión de fe sobre que la democracia republicana habrá de perfeccionarse con la asimilación de las ideas fuerzas del socialismo, no pudiendo admitir que en nombre de éste se clausurara la única forma de gobierno capaz de tutelar las garantías individuales. De allí que arribó a Moscú dispuesto a ver y asimilar otra realidad, ajeno a prejuicios ideológicos reaccionarios aunque firme en aquellas convicciones. Lo que no obstó para brindar su elogio a los avances gubernamentales en el reconocimiento de la condición femenina, en contraste “con lo que era la mujer rusa  de los tiempos del zar”. De igual modo  aplaudió el Plan Quinquenal Soviético y de paso mostró  interés porque en Uruguay  se planificara también la producción y la economía, “siguiendo un camino en el que mucho podríamos aprender de la experiencia rusa”.  Pero desde la perspectiva del liberalismo político –no económico- en el que se formó y abrevó  siempre, repudió las formas autoritarias del estalinismo -pese a que aún no había noticias claras sobre los Gulag y se ignoraba el Holodomor ucraniano - y el obsesivo culto a la personalidad que  rodeaba al dictador, amplificado en los versos de la “Canción a Stalin” de Nicolás Guillén o la Oda de Pablo Neruda. Por eso, lejos de idealizar ninguna autocracia,  ni la zarista ni la instaurada en nombre del colectivismo, cuando le tocó abandonar su destino diplomático para regresar a la patria, pudo escribir la “Esfinge Roja”  sin verter en ella el desengaño que muestran las páginas de “Regreso de la URSS” de André Gide, otrora defensor del sistema y en 1936 dolido por el devenir de una revolución traicionada. Tampoco estaba a su alcance  denunciar como lo hizo el general español republicano Valentín González “El Campesino” en los capítulos de “Vida y muerte en la URSS”, las purgas contra los disidentes trotskistas y anarquistas y la propia aventura del “Campesino” de escapar de la NKVD de Lavrenti Beria. Aunque Frugoni subrayó sin titubeos en los renglones finales del libro: “La democracia política  -que allí no existe-, es la policía de todos los derechos humanos. Sin ella, la justicia social o económica es una dádiva que sólo depende de quien la otorga”.
                                                             Meditado ensayo político y sociológico a la vez que   anecdotario ameno de viaje, con apuntes de hechos significativos como su encuentro en Moscú con el general De Gaulle o su participación en calidad de  invitado extranjero en una función celebrada en el Gran Teatro en honor de los británicos Churchill y Eden, la obra explora y retrata desde los grandes desfiles en la Plaza Roja hasta el fútbol y el desarrollarse de la vida cotidiana. Se detiene en la descripción de la arquitectura moscovita,  muestra  admiración  por el  trazado del metro, se interna en temas económicos, ausculta la   condición de los ancianos y los niños y ve la existencia   en proporciones mínimas –lo subraya- de mendigos en las calles: “Pero hay mendigos”, debe admitir. Especial atención  se da a los temas atinentes a la educación pública, la cultura, los libros, las bibliotecas y el periodismo: “No se ve tanta gente como en otras ciudades  leyendo diario, lo cual se debe, sin duda, a que la prensa soviética cotidiana es muy pobre en material”. Y concluye Frugoni refiriendo que había enviado y fue publicada en Pravda una carta suya aclaratoria de la posición oficial uruguaya contraria por sentido filosófico a la pena de muerte, incluso para los criminales nazis juzgados en Núremberg. No tiene desperdicio el capítulo dedicado a estudiar la tradición religiosa rusa revitalizada con motivo de la guerra: “Domingo –de dominicus dies, día del Señor- en ruso se dice Boscrecenie, que se traduce por Resurrección. Pues bien, en la Unión Soviética, Boscrecenie, el día de la Resurrección, ha resucitado.(…) ´La conciliación del materialismo con el dogmatismo religioso –comenta Plejanov-  sorprendería mucho a un francés del siglo XVIII, pero en Inglaterra no extraña a nadie.´ Probablemente en la URSS y en la misma Rusia se hallan también ahora quienes no se extrañen de esa conjunción.”  Jugado por la emancipación de todo dogmatismo y agnóstico en materia religiosa, no dejó de intuir sin embargo con espíritu amplio que: “En un estado superior de la cultura humana, el misticismo esencial de un pueblo puede ser un aire del alma en que se enciendan fervores  de idealidad, no exentos de la vocación del misterio (el futuro, por ejemplo, será siempre enigmático hasta para los marxistas, y quien mire al futuro, aunque no mire a Dios, mira al misterio).”
                                                                 El fervoroso soñador e impulsor de  sociedades abiertas y justas mal podía aprobar prácticas totalitarias y represivas: “Insisto en que el ciudadano soviético es un súbdito de la policía, el cual vive bajo permanente vigilancia e inquisición”; y eso  más allá de reconocer que en Rusia nunca hubo libertad para las decenas de millones de excluidos del régimen anterior.
                                                                  Sabido es que en la Argentina  José Ingenieros, Enrique Del Valle Iberlucea, Alfredo Palacios -“Los revolucionarios han vencido al caos y la miseria”, escribió elogiosamente en 1921 en su obra “La Revolución Rusa”-, Mario Bravo, Roberto F. Giusti, Augusto Bunge, el escritor anarquista Alberto Ghiraldo y hasta el mismísimo Jorge Luis Borges, juzgaron como un momento de progreso de la humanidad el ocaso del zarismo. Otro tanto hizo  Emilio Frugoni treinta años antes de dar a conocer sus experiencias en “La Esfinge Roja”.  Pero si los intelectuales argentinos mencionadas dieron su apoyo  a la  Revolución de Octubre, él, marxista no leninista y próximo a las tesis del alemán Eduard Bernstein en cuanto a las posibilidades del reformismo fruto de la acción parlamentaria, creyó entonces y después, tal como surge de su ensayo “Génesis, esencia y fundamentos del socialismo”, en la evolución transformadora sin violencias de la sociedad; de allí su controversia con el dirigente y futuro legislador comunista Eugenio Gómez. En consecuencia se sintió más próximo a la Revolución de Febrero de 1917 y a la posición del socialrevolucionario  Kerenski, que a la gesta maximalista de octubre de ese año a la que cantaría Borges.


(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa, el domingo 31 de diciembre de 2017)

Fragmento de una carta del doctor Emilio Frugoni a la escritora uruguaya, nacionalizada argentina, Laila Neffa de de la Plaza. 

sábado, 6 de enero de 2018

JUAN JAIME CESIO: EL HONOR DE UN SOLDADO

                        
                       
                                                             A contramano del oportunismo político y el  zigzagueante protagonismo mediático de la dirigencia banal -que salvo honrosas excepciones-   venimos padeciendo los argentinos, hay gestos, que por ejemplares,  resultan de difícil olvido. Uno de ellos es y será para la historia democrática del país aquel  del coronel Juan Jaime Cesio,  marchando junto a las Madres de Plaza de Mayo en reclamo de verdad y justicia cuando tantos escondían la cabeza o aprobaban sin más la llamada “guerra sucia” y sus métodos.
                                                             Cesio falleció el 23 de diciembre último a las 91 años, según informó la nota necrológica que publicó  LA PRENSA  un par de días  después. De su trayectoria de soldado orgullosamente enraizado en la tradición sanmartiniana y bolivariana, era esperable tal actitud valiente, comprometida y bien meditada  que tomó aceptando los riesgos de vida, la persecución y la posibilidad cierta de severas sanciones militares como las que recibió al ser privado del grado y el uso del uniforme. (Un reportaje de Mona Moncalvillo aparecido en el número 101 de la revista Humor le valió también un arresto por tiempo indeterminado).                                                          Me pregunto si sospecharían sus camaradas de armas devenidos en jueces venales,  que Cesio con sus “puños llenos de verdades” venía a salvar el honor de la Fuerza, mancillado por usurpadores de bebés, torturadores y demás lacras morales.  En 1973, durante la primavera camporista fue Secretario General del Ejército bajo la Comandancia en Jefe del Teniente General Jorge Raúl Carcagno, que denunció la doctrina de la Seguridad Nacional en la X Conferencia de Ejércitos Americanos reunida en Caracas. A poco sin embargo, la influencia siniestra de López Rega  y la extrema derecha encaramada en el movimiento popular,  impidieron su ascenso a general de brigada. Cesio intuyó entonces, dando combate a la adversidad, que no debía dejarse ganar por el resentimiento, la frustración, el cómodo silencio  o imaginar  concluida su vida pública. Y aunque denigrado entonces  con el “retiro efectivo”, no se apartó de la lucha por sus ideales y durante la dictadura estuvo próximo a los movimientos de Derechos Humanos. Militó después en el Partido Intransigente liderado por el doctor Oscar Alende, al que muchos provenientes del peronismo votamos en 1983 desencantados del candidato Italo Luder, proclive a convalidar la autoamnistía decretada por Reinaldo Benito Bignone. En 1984, junto al general Jorge Leal –Héroe del Polo Sur luego de comandar la expedición al Polo Sur  Antártico en 1965-, el coronel Horacio Ballester y el capitán Jorge Luis D´Andrea Mohr,  entre otros oficiales, fue uno de los fundadores de CEMIDA (Centro de Militares para la Democracia Argentina).
                                                        Ascendido por el presidente Néstor Kirchner al generalato en 2006, como en el caso de Emilio Fermín Mignone, el fundador del CELS, el genuino respeto del general  Cesio por la vida humana y su defensa de la dignidad integral del hombre que creía hecho a imagen y semejanza del Creador, provenían de su acendrado  catolicismo que nada tenía que ver con el “catolicismo mistongo” que anatemizó en su hora el padre Leonardo Castellani. Sólo hablé con él en dos ocasiones, una vez en el anexo del Congreso y otra precisamente durante una  jornada de oración, por lo que puedo dar fe de lo dicho.-

(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa el 31 de diciembre de 2017 con algún renglón menos  y se reprodujo completo en la revista Con Nuestra América, de San José de Costa Rica, el 6 de enero de 2018.)  




      

jueves, 28 de diciembre de 2017

VILLANCICO DEL AÑO NAVIDEÑO


VILLANCICO DEL AÑO NAVIDEÑO


Las huellas de los pastores al Pesebre de Belén,
marcaron la tierra, el cielo, el presente y el ayer.

Y  las almas,  si están prontas a peregrinar también,
por paisajes florecidos con la Esperanza y la Fe.

Ya es otoño, en las campiñas, tras los árboles sin hojas,
se puede extender la vista hasta que ciegue la aurora.

¿O es  invierno? Da su abrigo  la intimidad hogareña,
pero el Niño Dios nos llora: en las calles hay pobreza.     

Brotes de la primavera, de la rosa y de la espina…
Dos caras de la moneda con el valor de la vida.

Después, el año se alarga perseverando en veranos
con el gesto navideño de jazmines perfumados.

¡25 de diciembre!: alta la insignia en el mástil;
al viento las ilusiones de estrenar semilla y  savia.

Y crecer con tallo recto y ufanarse del tallo alto;
del tallo que se hace tronco sobre unas huellas sembrado.

Las huellas de los pastores a Belén, testimoniantes,
de aquella Gran Alegría que proclamaron los ángeles.

¨***

Quiero seguir a la altura de las estrellas sus rastros,
extendidos por las almas en el trance del Milagro.    


(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa, el 24 de diciembre de 2017)   



domingo, 10 de diciembre de 2017

RECUERDO DE LA SALTEÑIDAD Y DE LA POESÍA HOGAREÑA DE IGNACIO B: ANZOÁTEGUI (H)

                                           
                                     Aunque nació en Buenos Aires en 1935, un día antes de iniciarse la primavera, Ignacio Braulio Anzoátegui  (h), fallecido el 20 de julio de 2009, gustaba remontar su biografía y no sólo su árbol genealógico, al Año del Señor de 1721 cuando,  portadores de mi apellido/ ingresaron  a las Provincias Unidas del Sud/ por la muy bella Provincia de Salta/”, como escribió en un poema. De esa modo, existencialmente, asumía la salteñidad con una actitud  mucho más vital que recitada con detalles históricos, como que cabe adjudicar a una licencia poética lo de Provincias Unidas del Sud”, del todo inexistentes en la tercera década del Siglo XVIII. Y esa condición de reafirmado provincianismo, actuó  en su espíritu como una cabecera de playa para conquistar todo el Noroeste Argentino y confundirse con la geografía e idiosincrasia de los pobladores, hasta recibir del medio la inspiración que supo plasmar en letra y gama sin rebajarla al efectista color local.
                                En el emprendido viaje iniciático hacia el Arte con mayúscula, anduvo Anzoátegui sorteando con éxito prosaísmos, mal gusto estético, modas baladíes, escuelas sin magisterio valedero y una asfixiante superficialidad. Despertó a la belleza -a los quince años- cuando se dio a pintar  el paisaje de Maimará, el patito feo de Jujuy comparado con el esplendor de Tilcara,  según juzgaba al evocar -tal vez- antes que el ambiente exterior en sí, su propia impresión adolescente de la población jujeña, poniendo en carne viva una experiencia similar a la de  Antonio Machado,  quien aseveró: sólo recuerdo la emoción de las cosas.
                             Pero el artista integral que había en él no sólo reinventó el mundo con trazos y colores sino que con la naturalidad de las evidencias escribió versos hondos, compuso música para acercarlos aun más al corazón de los destinatarios que lo eran también los inspiradores; y hasta supo interpretarlos acompañado por la guitarra con voz grave y asordinada. No precisaba levantarla en verdad para nombrar lo esencial de la vida: el amor a la esposa y a los hijos, el emocionado recuerdo paterno, la ternura de las infancias garantizándole cuotas de futuro a su polvo enamorado; el cotidiano hogareño en fin, tramitado sin beneficio de inventario desde su casa bonaerense de Bella Vista o el  departamento porteño que alquiló un tiempo en la calle Azcuénaga 1745, en el barrio de la Recoleta.
                             Por igual el hombre y el poeta tuvieron la decisión  para reconocer viejas deudas con el sufrimiento, la inquietud y la subjetividad: La vida fue cuando me puse triste./ cuando empecé a crecer, pero hacia adentro.  Es que todo armonizaba en su espíritu,  nutría su mundo interior, afirmaba ante sí el misterio, ese plus de las revelaciones, y sostenía su militancia espiritual en las corazonadas. Sin reproches ni muestras de desánimo escribió en el primer cuarteto de un soneto incorporado a su libro Sub total -que publicó en 1995-; una pieza antológica que habría elogiado su padre, escritor, magistrado, funcionario cultural y reconocido maestro de esa forma poética: Tiene armonía este dolor que siento/ y lejanas razones lo que lloro;/ no estoy tan solo cuando me demoro/ en estar solo con mi pensamiento.

                                   A comienzos de los setenta cuando todo era algo más romántico, incluso la militancia política juvenil clandestina bajo el onganiato y que rimaba con ideales de un orden social más justo, Ignacio B. Anzoátegui (h) se hizo conocido por su Zamba para Javier. No alcanzó el puro cuento de la fama por protestar como otros artistas o por incorporar vanguardismos estéticos a su mensaje. En cambio  se mantuvo fiel a fuentes inspiradoras más tradicionales, quizás  por influencia del conservadurismo familiar. Recuerdo que aquella pieza, grabada en un disco simple de 33 revoluciones, giraba en nuestro Wincofón  del mismo modo que las estrofas darían vueltas, en espiral, hasta tocar el centro emotivo de cierto público de entonces, predispuesto a la delicadeza. Público joven  que hasta consentía en hacer un alto en el sentimiento sin deponer el compromiso político, para escuchar:  Hijo nuestro, por tu cielo ha salido otra luz./ Que ya viene a invitarte a paseo,/ en su burro el Niñito Jesús.  Anzoátegui no estaba  solo en  la patriada de expresar con niveles de excelencia la afectividad, traducir en palabras y notas los ecos del misterio y participar a sus semejantes del vértigo fugaz del infinito: A veces siento/ que un corazón canta/ a mi lado/ lejos de aquí. Coincidentemente los medios radiofónicos y televisivos de la época solían expandir al aire composiciones de otros puntales del cancionero folclórico argentino como Jaime y Arturo Dávalos,  Manuel J. Castilla, César Perdiguero, Hamlet Lima Quintana,  Armando Tejada Gómez,  León Benarós y por supuesto Atahualpa Yupanqui. Lo hacían cuando la expresión popular, o la proyección folclórica, representaban un hecho artístico a tomar en serio y no un fenómeno sociológico de connotación casi policial como hoy la cumbia villera y otros ritmos actuales. En ese particular contexto, Anzoátegui abrió su propio surco, original, personalísimo, trascendente.
                               Claro que también los de sus inicios, eran tiempos cuando los poetas podían cantar al ambiente familiar desde la plenitud presencial de cada integrante; recordar los ritos iniciales del amor logrado y establecido más allá de las crisis: Ni vos ni yo supimos que caía/ nuestra historia, sencilla, enamorada”; proyectar hacia el futuro la dicha, incluso aquélla por momentos empañada de humana inseguridad: Cuando quisimos descubrir la esencia/ estaba todo listo para el viaje,/ estaba todo armado por la ausencia”.  Por cierto se podía dialogar desde el verso y en la vida con los hijos, el padre, la esposa. Había proximidades que parecían invencibles. Por de pronto no mediaban exilios como poco después. No había que llorar muertos por el terrorismo de Estado o  la violencia guerrillera, luctuosa aunque haya existido un único demonio. No se contaban por millares los desaparecidos y por centenares los nietos con la identidad robada. En ese sentido, no puedo menos que memorar la serena, esperanzada y ejemplar alabanza familiar de Ignacio B Anzoátegui (h) y contraponerla, por ejemplo, con la dolorosa actitud poética de  Sergio Ciocchini frente a la perdida de su hija María Clara, víctima de la Noche de los lápices: Sálvame, martirizada,/ de la crueldad del amor, de los seres humanos/ de su feroz herida. Llévame/ a la serenidad del canto”.  O  a la empecinada búsqueda del tiempo perdido de Juan Gelman con su ahora reconquistada nieta María Macarena: “Lo que se cuenta es lo/ que no se cuenta, un rayo, una/ interrupción ahí.
                            Pienso esto hoy, al repasar los poemas de Ignacio B. Anzoátegui (h), en ocasiones de contenida tristeza aunque sin marcas de angustia o duelo.  Mientras, observo su dibujada caligrafía en un saludo de cumpleaños que me remitió en febrero de 1995 y que conservo enmarcado sobre un anaquel de la biblioteca. En rigor lo traté poco y cuando charlamos lo hicimos más de parientes comunes que de literatura; pero obvio es decir  que fui y soy  un admirador de su obra.
                          Quizás otros oyentes y lectores suyos sientan como yo, además de embeleso frente a ella, una sana envidia por lo que  al autor la vida le dio y no le fue arrancado en un tiempo de orfandades.      

    
                                                 

(Carlos María Romero Sosa, se publicó en Salta Libre, el 5 de agosto de 2009)

sábado, 9 de diciembre de 2017

LA POETA SILVIA OVEJERO Y SUS ANCESTROS SALTEÑOS


En una residencia de la calle Juncal a la altura del 1200, de la que su moradora tomó posesión definitiva en un soneto: “Yo estoy aquí y aquí me moriré”. Allí precisamente, a pasos de las Cinco Esquinas, un tradicional encuentro de calles donde es posible recuperarse de los apuros del Centro si uno se enfrasca en la lectura del poema de Borges “Barrio Norte”, escrito en una placa colocada al comienzo de la Avenida Quintana,Silvia Ovejero, poeta, abogada, diplomática, solía recordar con unción a su padre, el jurista y magistrado David Víctor Ovejero; a su madre, la actriz cinematográfica natural de la provincia de Córdoba Tulia Ciampoli; a su abuelo paterno, David Ovejero Zerda, gobernador constitucional de Salta entre 1904 y 1906, año en que renunció para ocupar una banca en el Senado de la Nación; alguien que además fue un próspero empresario que hizo edificar en sociedad con Alberto San Miguel la Galería Güemes inaugurada en 1915, una construcción de estilo ecléctico modernista que con sus 87 metros fue por años el edificio más alto de Buenos Aires.
Tiempo de afectos
Silvia solía evocar, asimismo, a su bisabuelo Sixto Ovejero, también gobernador de Salta desde 1867 a 1869; y acercando el tiempo de los afectos hablaba de su bien leído pariente jujeño Daniel Ovejero, abogado, profesor universitario de Derecho Civil y cuentista, autor entre otras obras de “El terruño” y cuñado de Juan Carlos Dávalos.
Aunque porteña por nacimiento eran reconocibles en su personalidad y en sus modales la hidalguía provinciana heredada. Evidenciaba esa tradición en el trato amable y delicado, en una cultura no sólo libresca, en el innato refinamiento y el talento para crear el clima mágico de las tertulias y encender y sostener la llama amena del diálogo porque ella nunca monologaba distante.
Sin embargo se la escuchaba con creciente interés y su palabra ingeniosa y amena era digna de ganar ecos, más que entre paredes de ladrillos huecos de una propiedad horizontal, en aquellas señoriales galerías de adobe con arcadas que parecen copiar el lomo de las serranías.
Esta mujer con un extenso desempeño en embajadas y consulados del Viejo y el Nuevo Mundo como que cumplió funciones plenipotenciarias en Austria, Uruguay, Chile, Puerto Rico, Colombia y Rumania, era una localista universal, valga el oxímoron. Vivió bajo el sino de añorar terruños y anduvo por los caminos del mundo, dispuesta a hacer cabecera de playa aprovechando cualquier distracción de la distancia.
Su primer poemario
No por nada titulo “Itaca” a su primer poemario de 1974, nombre que suena a imagen y casi alegoría de un regreso a todo lo posible y sin duda a lo más sentido e íntimo de su biografía: a su ciudad cantada hasta el final; a la niñez, esa única patria del ser humano; a las ilusiones primeras y a los afectos definitivos. Claro está que debido a la característica de su profesión de diplomática fue el suyo un regreso lento, “pleno de aventuras, pleno de conocimientos”, tal como lo aconsejó Konstantino Kavafis en su poema escrito en 1911 que no casualmente también se llama “Itaca” y que nuestra escritora admiraba y recitaba.
En el segundo libro publicado en 1988, Silvia Ovejero suplantó en algo la nostalgia y la ansiedad del retorno por el asombro y el desafío juvenil de descubrir la novedad cotidiana de los dones -su hijo David Lafuente Ovejero, en primer término- que a manos llenas se le ofrecían aquí y allá,“Bajo este sol”.
Pero es en “Último tren a Galilea” (1995) donde su lirismo alcanzó quizá la madurez expresiva, donde las formas métricas como el soneto y el sugerente haiku se le rindieron con docilidad, donde el exotismo –nunca el esnobismo- dio paso a la vivencia empática de otros paisajes principalmente espirituales, religiosos y hasta ascéticos en tránsito por momentos al misticismo.
Aquí ya no hay lejanías sino integraciones; no pesan soledades, resuenan encuentros en el interior del alma que es donde habita la verdad, como enseña San Agustín: “Sólo vivo si en mí Tu te reflejas/ y tu Amor y tu Paz conmigo dejas”. Tampoco hay horror de laberintos y sí una búsqueda esperanzada de la Buena Noticia del Evangelio: “Me mostrarás la senda de la vida”.
Y mucho Amen, porque la obra o gran parte de ella corresponde a una oración cristiana que sin proselitismo cristianiza, no con apelación a ningún temor y temblor de raíz kierkeguiana sino con dulzura franciscana, al participar las composiciones de una inspiración signada por la luz de la Gracia: “Mantenme firme en la palabra: VIDA/ y en el refugio del amor constante.”
¿Y porqué entonces eso de “Último tren a Galilea? Nunca se lo pregunté a la autora, pero puedo afirmar que no habrá sido por despedirse de la Tierra Santa en tren de turista ávido de tocar e irse, dándole al término “tren” la tercera acepción que marca el Diccionario de la Real Academia: “ostentación o pompa en lo perteneciente a la persona o cosa”. No en ese tren –repito- y en cambio, por voluntad o experiencia de confortado –y no confortable- peregrinaje, en vagón expreso hacia lo esencial y sin retorno a ninguna pompa del mundo enemigo del alma.
Datos genealógicos
La conocí en el Palacio San Martín una tarde de enero de 1998, en un ámbito muy poco burocrático y al que identifiqué más propicio para la literatura que para las memorias diplomáticas y los chismes superficiales del mundo de las embajadas que describió Roger Peyrefitte: el Consejo de Embajadores de la Cancillería, organismo que después me enteré era algo así como un cementerio de elefantes durante el menemismo y un depósito de funcionarios “in partibus infidelium”, por poco funcionales al poder político.
Salvaban los papeles formales y creaban aquel ambiente simpático y particularísimo, el presidente del Consejo: Embajador Francisco José Figuerola, un escritor cervantino y hombre de actitudes quijotescas al par que gran orador y autor de varios libros de poemas. Tomás Alva Negri, poeta, narrador, crítico de arte, erudito lugoniano, bibliófilo consumado y amigo inolvidable. Y por cierto la propia Silvia, quien luego de serme presentada aquel día por el embajador Negri, comenzó a recordar conmigo escritores salteños y a dispararme datos genealógicos sobre su familia y la mía entre las que hallaba entronques, creo que por la rama de los González de Saravia. Por de pronto mencionó entonces a las matronas salteñas del siglo XIX Manuela González de Todd y Florencia González de Ovejero, ambas vinculadas por lazos de sangre y especial afecto a mis antepasados Gregorio Romero González y Cesárea de la Corte de Romero.
Desde entonces continuamos el diálogo, ahora reparo que moroso. Como siempre ocurre con los seres que queremos, no contaba con su muerte ocurrida el ultimo 20 de noviembre y más bien apostaba a que continuaría ganándole a la enfermedad que la aquejaba desde hacía ocho años. Supe que tenía en mente hasta el final publicar otro libro de poemas, un proyecto capaz de animarla y sostenerla entre agresivas quimioterapias.
Siempre teníamos por delante una visita y nos imponíamos la puntual llamada telefónica, para mutuamente ponernos al tanto sobre el mundillo cultural y sus olímpicos protagonistas locales. No todo puede ser profundidad, seriedad y tensión ante el absoluto; sospecho que Silvia, al distraerse con noticias sociales y cuestiones carentes de intensidad dramática, trataba de aventar temores sobre su futuro y quería alejar de sí el gusto amargo de las injusticias, arbitrariedades y postergaciones sufridas en las postrimerías de su carrera diplomática. Nada menos que configuradas “violencias laborales y de género”, según se las caracterizó en mi presencia María Cristina Giuntoli, experta en el tema.
Sé que hoy vale la pena pasar revista a cada uno de los recuerdos compartidos con Silvia Ovejero y que me cabe inventariar hasta las mínimas anécdotas suyas. Para conmemorarla, que significa memorarla en grande y en plural; porque “el olvido es la forma más pobre del misterio”, tal como lo aprendí hace mucho en el poema de Borges “Barrio Norte”, aquella composición que releí trascripta en una placa colocada al comienzo de la Avenida Quintana, justamente un día que fui a tomar el té a su casa.
(Carlos María Romero Sosa, se publicó en CALCHAQUIMIX, el 20 de diciembre de 2009)