sábado, 10 de marzo de 2018

EL ABORTO: DISCUSIÓN DEMOCRÁTICA O DESERCIÓN DE PRINIPIOS

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                                                              Como católico practicante, naturalmente  rechazo el aborto. Dicho esto, debo expresar mi comprensión –que no significa aplaudir- para ciertos casos extremos ya desincriminados en nuestra legislación penal, como el que se realiza sobre un embrión o feto  producto de una violación. O el llamado aborto terapéutico,  una situación  a la que de algún modo trata de  responder  desde el plano moral la llamada Ley del Doble Efecto. ¿Cuáles son sus requisitos?: Que la perturbación en la salud  de una mujer embarazada no halle otro modo de resolverse, sino mediante determinada operación quirúrgica y sobre todo que el profesional a realizarla  no tenga como finalidad el aborto aunque éste pueda ser un resultado no buscado y hasta tratado de evitar. El fundamento de esta ley es que no vale para lograr un fin bueno –salvar la vida con mayores posibilidades de seguir adelante-, apelar a  un medio negativo cual es destruir otra vida en gestación; porque ambas son fines en sí mismas. Sin embargo, constituye  un dato de la realidad  que de un único acto pueden desprenderse  dos resultados, uno positivo y otro negativo aunque no sea deseado. Vengo enseñando esto y tratando de insuflar  respeto por la vida en gestación desde hace  casi cuatro décadas a sucesivas promociones de alumnos de la materia Etica y Deontología Profesional, incluida en el diseño curricular  de la carrera de Higiene y Seguridad de la Industria que se cursa en un instituto terciario de la ciudad de Buenos Aires.
                                                             Sin embargo, seré franco, no me resulta grato estar acompañado por determinados sectores y personajes “antiabortistas”,  contradictorios, llenos de soberbia  en su dogmatismo y sin un mínimo de sentido de misericordia hacia la mujer que aborta, a quien  con suficiencia farisaica juzgan pecadora pública, cuando es víctima  también de un infame negocio clandestino.
                                                           Se trata de gente que en general y con todo derecho  a estarlo se encuentra situada a la derecha y más aún a la extrema derecha.  Que se opone a la educación sexual en las escuelas, una asignatura  que puede prevenir tantos embarazos no deseados,  y objeta el uso del preservativo y los anticonceptivos. Gente que en su momento repudió  el matrimonio igualitario y antes el divorcio, demostrando una preocupación por la vida sexual ajena que linda con el voyerismo.  En su selectivo escándalo  por la pérdida de vidas humanas, defiende a los militares genocidas, torturadores de embarazadas y ladrones de bebés y en el plano de la seguridad postula la pena de muerte. Por lo demás, en su tradicionalismo hispanista almibarado con la leyenda rosa, denigra a quienes  rechazamos el exterminio de los naturales de América y más cerca, con hábil disimulo del liberalismo y anticlericalismo del general Roca y  el consiguiente desprecio de raza y de clase a los mapuches sobrevivientes, celebra la Campaña del Desierto cuyas crueldades puso de manifiesto en su hora el mismísimo Arzobispo de Buenos Aires, Monseñor León Federico Aneiros.  Otro punto  increíble es que  suele ensalzar  “in totum”  a Juan Manuel de Rosas, el más portuario de los caudillos, olvidando el crimen de Camila O Gorman embarazada de su amante el sacerdote Ladislao Gutiérrez.
                                                             Por cierto que  para los abortistas caben también reparos a su fundamentalismo, para el caso no religioso sino religiosamente laicista. Uno de los principales argumentos que esgrimen es que ninguna prohibición impide que se realicen a diario. En términos hegelianos  lo real puede ser racional, la discusión es si es o no justo, porque de la vigencia de un hecho o de una norma no se desprende su validez.  Aparte, ¿por qué  es progresista eliminar el embrión, fruto de una violación, y es reaccionario pedir la pena de muerte para el autor de ese delito aberrante? ¿Será qué están tan seguros algunos de que no hay persona, al menos hasta las doce o catorce semanas del embarazo? De pensar así: ¿por qué según lo he escuchado en  debates, hablan precisamente de que “nadie” lo es hasta ese tiempo en vez de emplear el  “nada” a lo Fernando Pessoa en su poema “Tabaquería: “Yo soy nada/ Nunca seré nada”,  como sería más lógico para reflejar con propiedad  lingüística, su teoría que se presume científica? Y si la respuesta la da la ciencia y no la religión o la moral ¿es que volvemos peligrosamente a la superstición positivista decimonónica olvidando la provisionalidad de los postulados de toda ciencia que enseña Karl Popper al hablar de conjeturas y refutaciones?  Extraña que cuando con equidad se ha  reconocido el derecho a la vida y más que eso de los animales, cosa que habla del avance de la civilización,  se los rechace con énfasis para los no nacidos de humanos, cuando menos proyectos de personas humanas. 
                                                            Otro argumento esgrimido a favor del aborto es que de realizarse en hospitales públicos, se evitarían las muertes de mujeres que suelen ocurrir en las clínicas clandestinas, cuando no en manos de practicones inhábiles carentes de asepsia. Claro que no se cuenta con la mala praxis y con las infecciones intrahospitalarias  de las que ningún centro médico está exento como lo escuché decir al doctor René Favoloro. Sumado al hecho de que la  práctica abortiva en sí misma implica el riesgo de complicaciones, en concepto del profesor Juan Carlos Fustinoni,  destacado médico y humanista.   
                                                            Por si faltara algo sobre el dramático tema que  nos ocupa, la discusión legislativa habilitada ahora por el Poder Ejecutivo con bombos y platillos y no para ejecutar la Marcha Fúnebre de Chopin, suena a estrategia de su gurú  Durán Barba para tapar los graves problemas que el gobierno de Cambiemos está lejos de solucionar, como la inflación y el descontento popular creciente. Incluso resulta algo  absurdo y descomedido que se habilite desde el P.E. ese debate y que las máximas autoridades nacionales que se declaran en lo personal contrarias a la legalización, siendo que  legalizarlo no es obligarlo ni proponerlo,  se autoproclamen “defensoras de la vida”, lo cual  es ofensivo para los que dentro del espacio oficialista sostienen  otra posición y ni qué hablar para los miembros de la oposición que asimismo la convalidan. Valga  además advertir a los neoliberales de uno y otro bando que la vida se defiende proporcionando condiciones dignas para su desarrollo.

                                                         Cabe lamentar que la política pocas cosas  solucionó en nuestro país, por de pronto en las últimas décadas e incluyo por supuesto a la política destructora de vidas y soberanía que llevó a cabo  la última dictadura. La política que se inmiscuye en todo acaba en totalitarismo, pero en otro nivel no menos peligroso se encuentra  la politiquería o sea politización barata de todo, algo que desgasta el juego democrático con estrategias oportunistas y banales, pertrechadas con frases hechas y meros recursos dialécticos.  En ese aquelarre de provisionales intereses tironeados, se pierden de vista los valores y se diluyen los principios. Signos de la posverdad tan de moda.         

(Carlos María Romero Sosa, se publicó en Salta Libre, el 9 de marzo de 2018)

miércoles, 7 de marzo de 2018

NICANOR PARRA, POESÍA CON OVEROL


Si en las clases de lengua y literatura  de los primeros años del bachillerato,  me hubieran enseñado que las matemáticas  y las letras no son antagónicas; y hasta mencionado ejemplos  al respecto, como  el del colombiano Jorge Isaacs, que era ingeniero; el de nuestro Ernesto Sábato, doctor en física; o el del  chileno  Nicanor Parra, que se dedicó con paralelo  ahínco tanto a la docencia e investigación de las  ciencias exactas, como a la poesía y a las traducciones de Shakespeare y otros genios del idioma inglés, sin duda hubiera mirado yo con simpatía la aritmética y la geometría, tan mal enfocadas desde el punto de vista pedagógico en mis lejanos tiempos de estudiante secundario. Traigo esto a cuento, porque fue uno de los primeros sentimientos que me asaltó al enterarme de la muerte del inventor de la “antipoesía” y recordar  que el “futuro poeta de Chile”, según el  augurio de  Gabriela Mistral en 1938, luego de la publicación del  primer libro de Nicanor: “Cancionero sin nombre”, estudió  hasta graduarse matemáticas,  física y  mecánica y enseñó esas disciplinas durante décadas: “Soy profesor de un liceo obscuro,/ He perdido la voz haciendo clases, (Después de todo o nada/ Hago cuarenta horas semanales”)
                                                           Quizá uno de los argentinos que más lo frecuentó  fue el escritor Roberto Alifano,  tan vinculado a Borges. Asiduo visitante  a la casa de Las Cruces, frente al Pacífico, a su generosa intermediación debo  un dibujo que el sin par creador oriundo de la región del Bío Bío me dedicó, hace casi  dos décadas y el que conservo enmarcado. Ese boceto con el que ilustré la tapa de  mi poemario “Otrosi Digo” en 2008,  luce en la característica caligrafía de Parra  la leyenda final: “El Siglo XX y yo nos estamos muriendo”. Por fortuna para él y para el Arte y la Cultura en general, erró en el vaticinio ya que traspasó con holgura el siglo XXI. 
                                                        Como prestigio y popularidad no son sinónimos, gozó siempre por sobre todo de lo primero. En lo segundo le ganaba su hermana Violeta: “Y, para colmo, hermano de Violeta”, repite el leitmotiv de las estrofas  en metro endecasílabo dedicadas por  Joaquín Sabina al ganador en  2011  del Premio Cervantes.  Fue así hasta que, precisamente su longevidad, resultó dar más motivo a los comentarios periodísticos  que su literatura. (Otro tanto ocurrió aquí con el cordobés universal Juan Filloy, que tan antiacadémico como él, llegó a las puertas de los 106 años).  
                                                   Tal vez afloraron a su alrededor resquemores y sectarismos políticos,  ya que su biografía muestra que el compromiso ideológico no fue lo más gravitante en su existencia: “Políticamente, éramos, en general, apolíticos; más exactamente izquierdistas no militantes (…) Yo me inclinaba por la filosofía oriental”, memoró sobre la Generación del 38 a la que pertenecía. Por de pronto el compromiso era  menor que el de  Violeta, próxima al Partido Comunista; y por cierto que el de sus contemporáneos  Pablo Neruda y Gonzalo Rojas. O del bastante mayor en edad Pablo de Rokha que publicó en 1950 “Funeral por los héroes y mártires de Corea”,   un año antes de aparecer los “antipoemas” en los Anales de la Universidad de Chile con un estudio preliminar de Enrique Lihn; anticipo del libro “Poemas y antipoemas” de 1954. Sin embargo, el después crítico del pinochetismo por el atajo de las humoradas en  “Chistes para desorientar a la policía/poesía”,  en septiembre de 2010 con  noventa y seis años, se sumó a  una huelga de hambre en respaldo a los presos políticos mapuches. Y bien se enmarca esa actitud del humanista lector de la Biblia y atento también a la ecología, con su historial solidario. Ya en la muy anterior composición “Los vicios del mundo moderno”, escribió contra: “Las discriminaciones raciales,/ El exterminio de los pieles rojas,/  Los trucos de la alta banca,/ La catástrofe de los ancianos,/ El comercio clandestino de blancas realizado por sodomitas internacionales.”
                                              ¿Por qué lo de “antipoemas”? Se ha teorizado que han de serlo menos por sentido de oposición al arte de Erato, que por significar una anticipación, un ir delante de la Poesía como el antifaz que se antepone al rostro.   En suma, de adelantarle a ella nuevas  posibilidades expresivas, lo hizo con versos nada abstractos sin hiperrealismo, vitales lejos del agobio existencial, escandidos extremando el registro estético sin caer en el mal gusto, de rotundidad aforística o incluso de greguería ramoniana por la metáfora más el humor que los caracterizan. Versos  desprejuiciados, irónicos y, al subrayar de Harold Bloom,  redactor del prefacio de sus Obras Completas editadas por Galaxia Gutemberg: concebidos en los límites de la ironía. Versos  referenciados a lo cotidiano equilibradamente despejados de prosaísmo por chispazos líricos sin desbordes románticos ni adjetivos que “si no dan vida, matan”, como enseñó su compatriota Vicente Huidobro. Por cierto que los animan  el imperativo adánico de renombrar lo existente, sin juegos lingüísticos: “El poeta no cumple su palabra/ Si no cambia el nombre de las cosas.” A veces  el autor se sintió arrastrado en la confusión babélica: ¿Quién hizo esta mezcolanza?;  y –el que advierte no traiciona- se  proclamó mendaz: “Yo digo una cosa por otra.”    
                                            Cronometró del poema el tiempo correspondiente al  encuentro de la conciencia y el  inconsciente, del intelecto y el sentimiento, del recuerdo y la desmemoria. Así, aferrado  para evitar el vértigo del abismo a los objetos y los hechos que lo circundaban, confesó: “Me dediqué a dormir;/ Pero las escenas vividas en épocas anteriores se hacían presentes en mi memoria”.  ¿Habrá de ser  que sus versos tan  ajenos a la solemnidad, suelen iniciarse con letra mayúscula  para significar que cada uno de ellos oficia como una proposición autónoma y articulada con el contexto  de la estrofa y el mundo?  Eso sí: suelen ser versos de overol con manchas de trabajo y  “acción a distancia”, a los que rehusó vestir con lujo esteticista ni evasivo ensueño. Y ello sin haber descuidado en la juventud los latidos del corazón enamorado y pruebas al canto el antológico “Es olvido”, con ecos modernistas y resuelto con el impactante -y oportuno- recurso del hipérbaton: “Juro que no recuerdo ni su nombre,/ más moriré llamándola María,/ No por simple capricho de poeta:/ Por su aspecto de plaza de provincia./ ¡Tiempos aquellos!, yo un espantapájaros,/ Ella una joven pálida y sombría/ Al volver una tarde del Liceo,/ supe de la su muerte inmerecida,/ Nueva que me causó tal desengaño/ que derramé una lágrima al oírla.”
                                                       Sin embargo y más allá de que se mantuvo ajeno a un idealismo filosófico a lo Borges, al surrealismo y al onerismo,  al leer su producción, bien puede imaginarse a Nicanor Parra  coincidiendo con  Macedonio Fernández –una de sus admiraciones de este lado de la Cordillera, otra era José Hernández- en la experiencia que no todo es vigilia la de los ojos abiertos.                   
                                                               


(Carlos María Romero Sosa, se publicó en la Revista Con Nuestra América, el 17 de febrero de 2018)

sábado, 24 de febrero de 2018

¿MARCHA LA MARCHA?


                                                           No quiero pecar de hiperbólico si al parafrasear a Leopoldo Marechal sintetizo sobre la marcha del 21: era febrero y parecía Mayo; y ello  por el Grito Sagrado presente en las consignas  de Patria, Pan y Trabajo que se escucharon al unísono. Concurrí  en compañía de un joven militante socialista de 87 años y los dos quedamos asombrados ante lo multitudinario de la respuesta a la convocatoria –más de siete cuadras sobre una de las avenidas más anchas del mundo como es la 9 de Julio- y más aún por el fervor de los presentes,  juventud en su mayoría.
                                                          Sin embargo, horas antes de comenzar la marcha no parecía fácil su éxito.  Toda la artillería del periodismo canalla venía disparando desde que se anunció su realización  contra quien la convocó, el sindicalista camionero peronista Hugo Moyano, ex Secretario General de la CGT, sacándole los trapitos al sol de posibles actos de corrupción, naturalmente bien disimulados cuando no se presentaba como opositor irreductible del ingeniero Macri y su programa neoconservador y neoliberal que, como era de prever, sólo viene trayendo ajuste, desempleo, inflación, recesión y endeudamiento externo que hipoteca el futuro de los argentinos.
                                                           En forma paralela a la campaña antimoyanista, vinieron las críticas a los sectores que anunciaban su presencia en el acto: el kirchnerismo, los movimientos sociales y la izquierda en sus diferentes matices. Y ello  al tiempo que  los periodistas  de los multimedios M,  destacaban y celebraban cual  fanáticos hinchas de fútbol los goles de su equipo, las noticias sobre los gremialistas que se bajaban de la movilización amenazados y comprados por el gobierno o cuando no  en busca de  prebendas del poder como el próximo viaje a Europa a invitación  del Ministro de Trabajo Jorge Triaca, confirmado en el gabinete luego del escándalo suscitado por el despido a insultos de su empleada doméstica.  Este cóctel venenoso  se batió durante semanas con el hielo molido de los posibles incidentes que ocurrirían y no sucedieron, cosa de intimidar y desanimar a los posibles concurrentes espontáneos.  Así y todo varios centenares de miles de personas se acercaron a la intersección de las avenidas 9 de Julio y Belgrano, a buen entendedor un lugar oportuno para las reivindicaciones sociales, de cara al racionalista edificio del Ministerio de Desarrollo -o subdesarrollo- Social, a cargo de la señora Carolina Stanley, justo es decirlo no de lo peor del equipo gubernativo, aunque responsable el año pasado de disponer la baja de las pensiones por discapacidad,  magros beneficios que ante el rechazo público  debió restituir en breve.      
                                                           Concluido el acto, organizadores y oradores mostraron su satisfacción en tanto que el gobierno debió callar o ironizar sobre las motivaciones presuntamente destituyentes cuando no  destinadas a amedrentar al poder judicial que sabemos que en la Argentina  se escribe con letras minúsculas. Sin embargo nada debe ser igual a partir del 21 de febrero y si eso no ocurre  la responsabilidad caerá sobre una oposición que amaga con la unidad pero que en los hechos la socava  con personalismos, sectarismos y sobre todo con dogmatismos que corren en franca desventaja con las pragmáticas posverdades que va sacando de la manga el poder asesorado por su gurú Durán Barba, para reinstaurar un decimonónico modelo antiindustrialista y exportador de materias primas, en la mejor reedición de la factoría pastoril y ganadera en beneficio de las oligarquías nativas y las metrópolis centrales dispuesta por la División Internacional del Trabajo. Lo que no significa postular el fin de las ideologías sino  fenomenológicamente ponerlas entre paréntesis o dicho en lenguaje más casero y con ecos de la política exterior entreguista de Ménem sobre Malvinas,  “bajo un paraguas”, mientras se combate el plan económico hambreador  del presidente Macri.
                                                    ¿Y ahora qué? es la pregunta, en tanto los periódicos del día siguiente se esmeraron en mostrar la Biblia y el calefón discepoliano en la concurrencia de la víspera y así se habla con desprecio del “acting organizado por Cristina Kirchner, el Papa Francisco y Hugo Moyano”(La Prensa) mientras el columnista estrella de La Nación,  Joaquín Morales Solá, jugó al oxímoron titulando sobre “Una multitudinaria soledad política” (de Moyano.)
                                                   No deja de resultar curiosa y para muchos alentadora esa pretendida denigración del “papismo” como   llaman las derechas -copiando el término empleado contra los católicos por la ultraderecha racista protestante norteamericana y el mismísimo Ku Klux Klan- a los sectores socialcristianos o de izquierda cristiana comprometidos con los humildes y con influencia en los movimientos sociales y piqueteros. Sucede que por primera vez el Obispo de Roma es sentido como alguien próximo a los trabajadores y a los villeros y esto se debe no sólo a que Francisco es un Papa argentino, sino también a su prédica contra el capitalismo salvaje y a su cercanía espiritual con los excluidos de la fiesta del mundo globalizado.
                                                   ¿Y ahora qué?  Una respuesta afirmativa por la unidad en la lucha la dieron los concurrentes a la marcha del 21 en Buenos Aires,  replicada en varias ciudades del interior del país, atisbo de nuevo polo de poder.  Otra corresponde a  los dirigentes opositores si están a la altura de las circunstancias.

(Carlos María Romero Sosa, se publicó en la revista CON NUESTRA AMÉRICA, de San José de Costa Rica, el 24 de febrero de 2018)                                          

viernes, 9 de febrero de 2018

NOSTALGIA DEL TÍO EFRAÍN

Como todas las semanas, teníamos un café pendiente. ¿Sería en los “36 Billares” de la Avenida de Mayo? ¿En “La Academia” de Callao y Corrientes? ¿O tal vez en un bar situado en una esquina de la iglesia de La Piedad, donde concurrías a misa y rezabas ante la imagen vestida del Nazareno que está a la entrada? Olvidé el sitio con las décadas pero no el hábito de encontrarnos.  Una costumbre que instauraste desde que en mis primeros años de vida me llevabas de la mano a la desaparecida confitería  “El Blasón”, de Pueyrredón y Las Heras próxima a casa, y yo en mi media lengua pedía “KaKa Cola” con parecido acto reflejo  a esta otra instintiva conducta  para manejar celulares y computadoras que caracteriza a los infantes de hoy.  Después mezclabas en mi vaso un  poco de  la bebida fría con varias medidas  más a  temperatura  natural, cosa de evitarme anginas. Y tu madre  -mi abuela-,  frente a su té inglés, aunque ejercitando un antiimperialismo práctico sin duda inconsciente- protestaba contra ese refresco de origen norteamericano “con gusto a remedio.”
                                                           Pienso en estas cosas, hoy 3 de febrero de 2018, a treinta y tres años de tu muerte, entrañable e inolvidable tío Efraín Honorio Gómez Langenheim. Tuvo que ser esa fecha la de tu partida, que como buen profesor de historia y sobre todo orgulloso tataranieto del capitán Lázaro Gómez del Canto y Rospigliosi,  héroe de las Invasiones Inglesas, tenías tan presente  y contabas a quien quisiera escucharte  la tradición recogida por  Pastor Obligado del Abrazo de la Muerte durante el sitio de Montevideo, en 1807. Veras que no  puedo deslindar tus enseñanzas y tus vivencias, por ejemplo de Joaquín V. González o de tu tío Rafael Obligado,  del vínculo amistoso, confidente y de camaradería espiritual y hasta ciertamente política que forjamos; eso sí, yo con un peronismo a la izquierda del tuyo que provenías del nacionalismo; lo cual no obstaba para que recordaras con veneración  a varios de tus  profesores  en la Universidad de La Plata como el liberal Ricardo Levene o el  socialista Carlos Sánchez Viamonte.  Claro, eras de 1910 cuando el cometa Halley iluminó -y sobresaltó- las fiestas del Centenario y estaban en tus genes el respeto y la admiración por los auténticos valores del espíritu. Adversario del partido radical,  ante la caída del doctor  Illia, mi hermana y yo te escuchamos lamentar -y estas fueron tus palabras cuando pocos las pronunciaban entonces- “la ruptura del orden constitucional.” Toda una lección de Instrucción Cívica, la asignatura que dictaste en tantos colegios secundarios. 
                                                      El lazo contigo fue naturalmente de mayor confianza, informalidad, complicidad, del que tuve con mi padre. Tal como debe ser, porque   los tíos suelen cumplir más que  la función de  indicarnos el comportamiento en la vida  -un deber ineludible de los progenitores-, la de absolver antes que nadie los pecados juveniles de sus sobrinos. “Todos y yo por supuesto cometimos errores a tu edad”, repetías salvando la exculpatoria generalización del plural. Y entonces uno aprendía, sin mal digerir sermones,  cómo golpean el pecho los cantos rodados de la experiencia ajena.    
                                                        
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                                                   En este cálido verano porteño que padecemos, he tratado de no ir al Centro. Ni falta que hace porque  sé que hay y que habrá  perpetuamente en el barrio de Balvanera, un café cerrado por duelo para mí. 


(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa, el 9 de febrero de 2018)


EL PAPA FRANCISCO EN CHILE


                                                 

                                                              Hoy es 17 de enero de 2018 y anteayer arribó  Francisco a la tierra de Lautaro, el jefe guerrero de Arauco tan  admirado por el general San Martín, al punto de participar con sus compañeros independentistas de una logia conocida con su  nombre; y los dominios de Caupolicán, el toqui al que cantó  Rubén Darío en un soneto: “Es algo formidable que vio la vieja raza:/ robusto tronco de árbol al hombro de un campeón/ salvaje y aguerrido cuya fornida maza/ blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón.” 

                                                           El Papa conoce bien  la tensa situación existente entre el estado chileno  y el pueblo mapuche secularmente reprimido, despreciado  y despojado de su hábitat: “Hagamos silencio ante tanto dolor”, acaba de decir en la multitudinaria misa que celebró en Temuco, donde subrayó asimismo que no hay culturas superiores y culturas inferiores; aunque justo es decirlo muchos esperábamos más pedidos de perdón y más condenas al genocidio perpetrado por los europeos y los blancos que los sustituyeron después de la independencia. Lo triste es que debe hacerse cargo en este viaje a la Araucanía de algo de lo que no es responsable personalmente, aunque sí lo fue en el pasado buena parte de la Iglesia de la que él es cabeza. Como que ya el conquistador  del actual territorio de  Chile, Pedro de Valdivia, el que gustaba mutilar a los indígenas vencidos, se proclamaba católico. Y de allí para adelante, la conquista y colonización del país vecino -como es de rigor en todas  las conquistas y colonizaciones- se caracterizó también, salvo alguna honrosa excepción que de haberla confirmaría  la regla, por la crueldad y la avaricia bajo la justificación de evangelizar a los naturales.  
                                                              Pero aparte de la irresuelta cuestión mapuche: del  robo de sus tierras y la forzada culturización sin fines de integrar a los pueblos originarios, sino de crear puentes tan imprescindibles como endebles para mejor dominarlos, el país todo se caracterizó por la sumisión de las clases populares a una oligarquía que dominó económica, política y culturalmente más de una centuria de su historia. Y así en pleno siglo XX fue visto con reticencia por los sectores de poder la  clara sensibilidad social y el compromiso con lo más avanzado de la Doctrina Social de la Iglesia del sacerdote jesuita Alberto Hurtado, el Patrono de la Trabajadores beatificado en 1994 por Juan Pablo II y canonizado por Benedicto XVI en 2005. Se comprende entonces en tal contexto precapitalista y de capitalismo periférico, las persecuciones al líder comunista  Luis Emilio Recabarren y su huida a la Argentina así como  la de Pablo Neruda en 1949 y, sobre todo,  porqué después un proyecto de socialismo en democracia como el de Salvador Allende tenía que terminar trágicamente.
                                                            
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                                                           En cuanto al Papa “populista”, adjetivo con el que pretenden injuriarlo los intelectuales Juan José Sebrelli  y Loris Zanatta, denigración que halla eco en los medios concentrados y para muestra basta leer la nota del periodista Jorge Fernández Díaz publicada en La Nación -de Buenos Aires- el domingo 7 de enero último, no se cansa de hacer gestos como que al fin y al cabo el Vaticano se viene así manejando desde antiguo, aunque antes los guiños eran para otros sectores. Y nada más que al llegar a Santiago, el lunes 15,  se dirigió a la tumba de Monseñor  Enrique Alvear, conocido como “El Obispo de los Pobres” y esforzado defensor de los derechos humanos durante la dictadura de Pinochet, cuando hacerlo implicaba correr  riesgos de vida. Eran los tiempos en que muchos de quienes  aquí sufríamos en forma sucesiva a Videla, Viola, Galtieri y Bignone,  llegamos a sentir  una sana envidia por la  feligresía   de la Iglesia chilena y por la actividad en favor de los reprimidos, encarcelados  y  la memoria de los asesinados que desplegaba su máxima jerarquía: el Cardenal Raúl Silva Henríquez, fundador de la Vicaría de la Solidaridad y contracara en su compromiso humanitario del comportamiento de la mayoría –no de todos-  los mitrados de este lado de la Cordillera durante los años de plomo.
                                                          Sin embargo Francisco no encontró ya esa Iglesia prestigiada por  pastores de la talla de Silva Henríquez, Alvear o (Juan Francisco) Fresno Larraín, que tanto hizo por la salida democrática y por la paz entre Argentina y Chile.  En cambio escuchó quejas de los abusados por sacerdotes pedófilos y pidió perdón por sus crímenes. Sin duda una parte de su cruz es dar la cara frente a semejantes aberraciones del clero.  Mientras que otra  ha de ser  la permanente crítica que recibe de sus compatriotas argentinos atrincherados de un lado de la grieta. A ellos  les resultan intolerables  sus mensajes contra el neoliberalismo; la cara de pocos amigos con que recibió al ajustador presidente Macri en el Vaticano; su debilidad de siempre –desde que era cardenal y arzobispo de Buenos Aires- por los curas villeros; su cercanía  espiritual con Milagro Sala,  presa política desde hace dos años del feudo jujeño del gobernador Morales, aliado de Macri; su mirada solidaria para con los movimientos piqueteros  y de derechos humanos y su magisterio por el medio ambiente vertido en “Laudato si”, encíclica donde se debieran reconocer como pecadores públicos los sojeros que desmontan en forma criminal y los intereses petroleros que ocupan en nuestra Patagonia territorios de los pueblos ancestrales.
                                                          Bien que les hubiera gustado a los poderosos de aquí, un Sucesor de Pedro ultraconservador en todos los aspectos y sobre todo en el orden temporal. Alguien previsible en sus tratos con la injusta organización del planeta según el dictado de las grandes potencias  y no el hombre de blanco y con sandalias del pescador que propone a los jóvenes “hacer lío” “contra la paz del mundo”, por decirlo con el título de un viejo poemario del franciscano argentino Fray Antonio Vallejo, un par generacional de Jorge Luis Borges, Leopoldo Marechal y Francisco Luis Bernárdez.
                                                          Cómo se habrán desengañado los reaccionarios católicos preconciliares que se rasgan las vestiduras porque homenajeó a Lutero en Suecia, al no hallar en Francisco al amigable viajero a su patria gobernada por prósperos  empresarios. Y  cuánta  solidaridad de clase  es la que demuestran por estos días con el plutócrata Sebastián Piñera –al que no concedió audiencia privada-, reciente ganador de la elección presidencial con la autorreconocida ayuda del Banco Mundial que fraguó en su favor datos económicos del gobierno de Bachelet.  
                                                    Sucede que Francisco no reivindica para sí boato eclesiástico a lo Julio II Della Rovere, ni una corte del tipo de la de Clemente VII Médici,  ni el título pagano de “pontífice” en vez del  de Siervo de los Siervos de Dios, que a todas luces debe preferir el pastor que desde el primer día de su elevación a la Cátedra de San Pedro  viene instruyendo a sus hermanos en el episcopado  que lo sean  “con olor a oveja”. Un mensaje, por lo que se advierte, mejor recibido por las reclusas de la santiaguina prisión de San Joaquín, a las que visitó ayer reclamando por su dignidad humana después de escuchar que en Chile la pobreza se castiga con la cárcel, que por muchos de los apoltronados obispos de los cinco continentes.        
                                                       Sin pretenderlo un revolucionario social, ni siquiera un reformador a ultranza de la Iglesia  y  hasta admitiendo que la tensión entre ésta y la modernidad no cede del todo en su pontificado; es evidente que  el argentino Jorge Bergoglio demuestra con signos, gestos y palabras que algo ha cambiado en la institución “santa y pecadora” que dijera San Agustín. Un cambio que con marchas y contramarchas viene anunciándose desde Juan XXIII y el Concilio Vaticano II.  Lenta transformación, es cierto, pero  que permite  que muchos católicos del presente, con renovada esperanza, podamos  sentir a nuestra Iglesia  más próxima a las divinas enseñanzas de Jesús, el  carpintero de Nazaret, que a los mezquinos intereses humanos que en tantas ocasiones gravitaron irrefrenablemente en su seno.


(Carlos María Romero Sosa, se publicó en la Revista CON NUESTRA AMÉRICA, de San José de Costa Rica, el 20 de enero de 2018)   

domingo, 14 de enero de 2018

EMILIO FRUGONI, UN HUMANISTA EN LA UNIÓN SOVIÉTICA

                                                           “Poesía y pasión política -aun alta y pura poesía, aun pasión política convertida en acción militante- no son repugnantes entre sí; al contrario, la unión  entre una y otra suele darse con frecuencia en almas superiores”, escribió en La Prensa el 13 de octubre de 1957 Roberto F. Giusti,  en un extenso y elogioso artículo crítico sobre el libro “Sonetos míos” del uruguayo Emilio Frugoni (1880-1969), escritor, docente universitario, jurista, político, parlamentario, diplomático y antiguo colaborador del diario.  Y si de espíritus superiores se trata,  bien podría trazarse un paralelo entre el fundador y  afiliado número 1 al Partido Socialista del  país hermano y nuestro Mario Bravo, sólo dos años menor que aquél y también legislador nacional por el socialismo, al tiempo que estudioso y promotor del desarrollo del Derecho Laboral en el país, cuya bibliografía enriqueció en forma simultanea al dictado de la materia  en la Universidad Nacional de Montevideo por parte de Frugoni. Poeta lírico Mario Bravo, de refinado acento y tono modernista como lo  revelan  sus libros “Poemas del campo y de la montaña”, “Canciones y poemas” y “Canciones de la soledad”,  el dejo de romanticismo y cierto aire nostálgico y bohemio que exhalan sus composiciones, también pueden identificarse con las dictadas por el temperamento estético de Frugoni,  creador de “Los himnos”, “De lo más hondo” -que prologó José Enrique Rodó-, o los “Poemas montevideanos”: “Con cuánto amor te canto, Montevideo,/ a pesar de lo amargo que haces mi vida. Eres en mi existencia llaga y recreo;/ herida y venda y bálsamo de mi herida.”  Por lo demás tan admirador y amigo de Rubén Darío era el tucumano como lo fue el montevideano, de quien su nombre aparece junto al autor de Azul en un número correspondiente a 1907 de la revista La Nueva Atlántida.
                                                               
                                                           Los paralelismos continúan si se piensa que en ambos artistas y hombres públicos repercutió de manera singular la Revolución Rusa y propiamente en algún momento el interés por la realidad de la URSS. Así Bravo pronunció en 1919 en la Facultad de Derecho de la UBA, una conferencia sobre “La Revolución Rusa y la constitución de la República Socialista Federativa de los Soviets”,  tan elogiosa para la instauración de los Soviets y la participación en ellos de las masas como crítica a la implantación de la dictadura del proletariado.  Frugoni, por su parte,  décadas más tarde, tuvo oportunidad de conocer sobre el terreno el funcionamiento del país comunista y sus instituciones al ser designado ministro plenipotenciario del Uruguay en Rusia durante los años finales de la Segunda Guerra Mundial. Al regreso, en un libro de 476 páginas titulado: “La Esfinge Roja. Memorial de un aprendiz de diplomático  en la Unión Soviética” -que editó Claridad  en 1948-, narró las experiencias y mostró desde el comienzo admiración por el Ejército Rojo que se batía contra el nazifascismo. Igualmente emana del texto la solidaridad con el pueblo humilde que entre privaciones proveía de soldados –sus hijos- a los frentes. Inspirado en su ética  humanitaria  propuso   entonces, sin hallar mayor eco entre los colegas,  restringir el boato de las fiestas de la diplomacia y donar esos ahorros para un fondo de guerra y de ayuda a los necesitados. “Una recepción, una fiesta diplomática en Moscú –me decía un distinguido embajador europeo- se reduce siempre a un gran bufet”, anotó con desagrado.                                                              

                                                    Frugoni, en consonancia con el ideario expuesto en la obra de Carlos Sánchez Viamonte: “Democracia y socialismo”,  otro de sus compañeros de ideales en esta ribera del Plata donde el uruguayo se exilió durante la dictadura de Gabriel Terra –a Sánchez Viamonte le prologó el volumen “Ley marcial y estado de sitio en el derecho argentino”-, hizo profesión de fe sobre que la democracia republicana habrá de perfeccionarse con la asimilación de las ideas fuerzas del socialismo, no pudiendo admitir que en nombre de éste se clausurara la única forma de gobierno capaz de tutelar las garantías individuales. De allí que arribó a Moscú dispuesto a ver y asimilar otra realidad, ajeno a prejuicios ideológicos reaccionarios aunque firme en aquellas convicciones. Lo que no obstó para brindar su elogio a los avances gubernamentales en el reconocimiento de la condición femenina, en contraste “con lo que era la mujer rusa  de los tiempos del zar”. De igual modo  aplaudió el Plan Quinquenal Soviético y de paso mostró  interés porque en Uruguay  se planificara también la producción y la economía, “siguiendo un camino en el que mucho podríamos aprender de la experiencia rusa”.  Pero desde la perspectiva del liberalismo político –no económico- en el que se formó y abrevó  siempre, repudió las formas autoritarias del estalinismo -pese a que aún no había noticias claras sobre los Gulag y se ignoraba el Holodomor ucraniano - y el obsesivo culto a la personalidad que  rodeaba al dictador, amplificado en los versos de la “Canción a Stalin” de Nicolás Guillén o la Oda de Pablo Neruda. Por eso, lejos de idealizar ninguna autocracia,  ni la zarista ni la instaurada en nombre del colectivismo, cuando le tocó abandonar su destino diplomático para regresar a la patria, pudo escribir la “Esfinge Roja”  sin verter en ella el desengaño que muestran las páginas de “Regreso de la URSS” de André Gide, otrora defensor del sistema y en 1936 dolido por el devenir de una revolución traicionada. Tampoco estaba a su alcance  denunciar como lo hizo el general español republicano Valentín González “El Campesino” en los capítulos de “Vida y muerte en la URSS”, las purgas contra los disidentes trotskistas y anarquistas y la propia aventura del “Campesino” de escapar de la NKVD de Lavrenti Beria. Aunque Frugoni subrayó sin titubeos en los renglones finales del libro: “La democracia política  -que allí no existe-, es la policía de todos los derechos humanos. Sin ella, la justicia social o económica es una dádiva que sólo depende de quien la otorga”.
                                                             Meditado ensayo político y sociológico a la vez que   anecdotario ameno de viaje, con apuntes de hechos significativos como su encuentro en Moscú con el general De Gaulle o su participación en calidad de  invitado extranjero en una función celebrada en el Gran Teatro en honor de los británicos Churchill y Eden, la obra explora y retrata desde los grandes desfiles en la Plaza Roja hasta el fútbol y el desarrollarse de la vida cotidiana. Se detiene en la descripción de la arquitectura moscovita,  muestra  admiración  por el  trazado del metro, se interna en temas económicos, ausculta la   condición de los ancianos y los niños y ve la existencia   en proporciones mínimas –lo subraya- de mendigos en las calles: “Pero hay mendigos”, debe admitir. Especial atención  se da a los temas atinentes a la educación pública, la cultura, los libros, las bibliotecas y el periodismo: “No se ve tanta gente como en otras ciudades  leyendo diario, lo cual se debe, sin duda, a que la prensa soviética cotidiana es muy pobre en material”. Y concluye Frugoni refiriendo que había enviado y fue publicada en Pravda una carta suya aclaratoria de la posición oficial uruguaya contraria por sentido filosófico a la pena de muerte, incluso para los criminales nazis juzgados en Núremberg. No tiene desperdicio el capítulo dedicado a estudiar la tradición religiosa rusa revitalizada con motivo de la guerra: “Domingo –de dominicus dies, día del Señor- en ruso se dice Boscrecenie, que se traduce por Resurrección. Pues bien, en la Unión Soviética, Boscrecenie, el día de la Resurrección, ha resucitado.(…) ´La conciliación del materialismo con el dogmatismo religioso –comenta Plejanov-  sorprendería mucho a un francés del siglo XVIII, pero en Inglaterra no extraña a nadie.´ Probablemente en la URSS y en la misma Rusia se hallan también ahora quienes no se extrañen de esa conjunción.”  Jugado por la emancipación de todo dogmatismo y agnóstico en materia religiosa, no dejó de intuir sin embargo con espíritu amplio que: “En un estado superior de la cultura humana, el misticismo esencial de un pueblo puede ser un aire del alma en que se enciendan fervores  de idealidad, no exentos de la vocación del misterio (el futuro, por ejemplo, será siempre enigmático hasta para los marxistas, y quien mire al futuro, aunque no mire a Dios, mira al misterio).”
                                                                 El fervoroso soñador e impulsor de  sociedades abiertas y justas mal podía aprobar prácticas totalitarias y represivas: “Insisto en que el ciudadano soviético es un súbdito de la policía, el cual vive bajo permanente vigilancia e inquisición”; y eso  más allá de reconocer que en Rusia nunca hubo libertad para las decenas de millones de excluidos del régimen anterior.
                                                                  Sabido es que en la Argentina  José Ingenieros, Enrique Del Valle Iberlucea, Alfredo Palacios -“Los revolucionarios han vencido al caos y la miseria”, escribió elogiosamente en 1921 en su obra “La Revolución Rusa”-, Mario Bravo, Roberto F. Giusti, Augusto Bunge, el escritor anarquista Alberto Ghiraldo y hasta el mismísimo Jorge Luis Borges, juzgaron como un momento de progreso de la humanidad el ocaso del zarismo. Otro tanto hizo  Emilio Frugoni treinta años antes de dar a conocer sus experiencias en “La Esfinge Roja”.  Pero si los intelectuales argentinos mencionadas dieron su apoyo  a la  Revolución de Octubre, él, marxista no leninista y próximo a las tesis del alemán Eduard Bernstein en cuanto a las posibilidades del reformismo fruto de la acción parlamentaria, creyó entonces y después, tal como surge de su ensayo “Génesis, esencia y fundamentos del socialismo”, en la evolución transformadora sin violencias de la sociedad; de allí su controversia con el dirigente y futuro legislador comunista Eugenio Gómez. En consecuencia se sintió más próximo a la Revolución de Febrero de 1917 y a la posición del socialrevolucionario  Kerenski, que a la gesta maximalista de octubre de ese año a la que cantaría Borges.


(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa, el domingo 31 de diciembre de 2017)

Fragmento de una carta del doctor Emilio Frugoni a la escritora uruguaya, nacionalizada argentina, Laila Neffa de de la Plaza. 

sábado, 6 de enero de 2018

JUAN JAIME CESIO: EL HONOR DE UN SOLDADO

                        
                       
                                                             A contramano del oportunismo político y el  zigzagueante protagonismo mediático de la dirigencia banal -que salvo honrosas excepciones-   venimos padeciendo los argentinos, hay gestos, que por ejemplares,  resultan de difícil olvido. Uno de ellos es y será para la historia democrática del país aquel  del coronel Juan Jaime Cesio,  marchando junto a las Madres de Plaza de Mayo en reclamo de verdad y justicia cuando tantos escondían la cabeza o aprobaban sin más la llamada “guerra sucia” y sus métodos.
                                                             Cesio falleció el 23 de diciembre último a las 91 años, según informó la nota necrológica que publicó  LA PRENSA  un par de días  después. De su trayectoria de soldado orgullosamente enraizado en la tradición sanmartiniana y bolivariana, era esperable tal actitud valiente, comprometida y bien meditada  que tomó aceptando los riesgos de vida, la persecución y la posibilidad cierta de severas sanciones militares como las que recibió al ser privado del grado y el uso del uniforme. (Un reportaje de Mona Moncalvillo aparecido en el número 101 de la revista Humor le valió también un arresto por tiempo indeterminado).                                                          Me pregunto si sospecharían sus camaradas de armas devenidos en jueces venales,  que Cesio con sus “puños llenos de verdades” venía a salvar el honor de la Fuerza, mancillado por usurpadores de bebés, torturadores y demás lacras morales.  En 1973, durante la primavera camporista fue Secretario General del Ejército bajo la Comandancia en Jefe del Teniente General Jorge Raúl Carcagno, que denunció la doctrina de la Seguridad Nacional en la X Conferencia de Ejércitos Americanos reunida en Caracas. A poco sin embargo, la influencia siniestra de López Rega  y la extrema derecha encaramada en el movimiento popular,  impidieron su ascenso a general de brigada. Cesio intuyó entonces, dando combate a la adversidad, que no debía dejarse ganar por el resentimiento, la frustración, el cómodo silencio  o imaginar  concluida su vida pública. Y aunque denigrado entonces  con el “retiro efectivo”, no se apartó de la lucha por sus ideales y durante la dictadura estuvo próximo a los movimientos de Derechos Humanos. Militó después en el Partido Intransigente liderado por el doctor Oscar Alende, al que muchos provenientes del peronismo votamos en 1983 desencantados del candidato Italo Luder, proclive a convalidar la autoamnistía decretada por Reinaldo Benito Bignone. En 1984, junto al general Jorge Leal –Héroe del Polo Sur luego de comandar la expedición al Polo Sur  Antártico en 1965-, el coronel Horacio Ballester y el capitán Jorge Luis D´Andrea Mohr,  entre otros oficiales, fue uno de los fundadores de CEMIDA (Centro de Militares para la Democracia Argentina).
                                                        Ascendido por el presidente Néstor Kirchner al generalato en 2006, como en el caso de Emilio Fermín Mignone, el fundador del CELS, el genuino respeto del general  Cesio por la vida humana y su defensa de la dignidad integral del hombre que creía hecho a imagen y semejanza del Creador, provenían de su acendrado  catolicismo que nada tenía que ver con el “catolicismo mistongo” que anatemizó en su hora el padre Leonardo Castellani. Sólo hablé con él en dos ocasiones, una vez en el anexo del Congreso y otra precisamente durante una  jornada de oración, por lo que puedo dar fe de lo dicho.-

(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa el 31 de diciembre de 2017 con algún renglón menos  y se reprodujo completo en la revista Con Nuestra América, de San José de Costa Rica, el 6 de enero de 2018.)