sábado, 7 de julio de 2018

ARGENTINA: DÓLAR IMPARABLE: EL AMARGO TÉ VERDE DEL MACRISMO

  
 Refiere Nietzsche en uno de los capítulos de su libro “Hecce Homo”, que en agosto de1881,  cuando caminaba a través de los bosques junto al lago de Silvaplana,  se detuvo frente a una imponente roca elevada en forma de pirámide no lejos de Surlei “a seis mil pies del hombre  y del tiempo”, con la intuición del eterno retorno. Yo vivo en el año 2018 y no estoy en el valle suizo de Engadina sino en la ciudad Autónoma de Buenos Aires: sin embargo me invade, no por cierto un pensamiento creador, sino otro de preocupación por el descalabro económico producto de la pésima gestión del ingeniero  Mauricio Macri y su equipo de empresarios y ex condiscípulos suyos del colegio secundario, hoy devenidos en  ministros del Poder Ejecutivo. Circunstancia que todo hace pensar resultará en otra de las cíclicas crisis terminales de las que aproximadamente cada década  resultamos víctimas los argentinos y cuyo primer síntoma es el desbocarse del dólar.  
  Se trata ciertamente de una suerte o para el caso mala suerte de eterno retorno, que poco tiene que ver con aquella fórmula suprema de afirmación que decía el filósofo alemán y en cambio pone en acto una decadente repetición de nuestro fracaso como sociedad, en gran medida responsable  de elegir pésimos gobernantes y apostar al triunfalismo futbolero, en cuestiones que hacen al bien común. Por de pronto  es esta una sociedad siempre propensa en su inmadurez a  tener a mano a frases echadas a rodar por la propaganda oficial,  en los multimedios monopólicos que  ahora sostienen y promueven este proyecto neocolonial y hambreador, igual que ayer al menemismo y anteayer a la dictadura y el plan de Martínez de Hoz bendecido por la Trilateral y Kissinger. Se trata de medios que son en verdad los mandantes de gobiernos antinacionales y  que a este presidente lo mantienen  a rienda corta dictándole lo que debe hacer. Ya antes de asumir el diario La Nación le indicó, con el viperino mensaje que caracteriza a la “Tribuna de Doctrina”, amnistiar a los militares genocidas presos. Concedámosle una a favor a Mauricio Macri: no lo hizo.
  Entre la opinión pública y la publicada debería haber un abismo, a juzgar por los intereses sectoriales del cuarto poder   enfrentados a la calidad de vida del común de la gente, salvo excepciones como el canal C5N con sus directivos presos.  No lo hay sin embargo y en cambio la pretendida inteligencia suele acuñar y difundir desde allí nuevas zonceras argentinas, con riesgo semejante para la Nación y el Pueblo a un reguero de pólvora. Así: “Si le va bien a Macri, nos irá bien a todos”;  un oxímoron a la vista del ideario neoliberal que en la campaña disimulaba el entonces candidato. Porque si tuviera éxito su plan y los números macroeconómicos le cerraran, esto acarrearía como contrapartida la recesión y la miseria imaginables, siendo los beneficiados los mismos sectores del privilegio que lo fueron siempre y lo siguen siendo ahora pese al abultado déficit fiscal: las oligarquías, el FMI y los usurarios acreedores de la deuda externa que el gobierno agigantó desde diciembre de 2015.   
  Con los que le creyeron, los que le quisieron creer y aquéllos a los que les convenía su triunfo electoral,  ganó las elecciones presidenciales en 2015, para disgusto de su padre el empresario Franco Macri,  prebendario pero poco  dado a equivocarse quien decía no verle manos para la política a su hijo. A renglón seguido comenzaron el mandatario y su famoso “equipo” en la terminología duranbarbista, con la tarea de ir destruyendo una a una las conquistas sociales, que incluso buena parte de sus votantes de clase media y de manera inverosímil de sectores humildes, esto último explicable sólo por el bombardeo mediádico antedicho,  daban por irreversibles. En lo que no mintió el ingeniero fue en el slogan de “Cambio”. Un cambio por cierto reaccionario mostrado al elevar hasta cifras delirantes e impagables el precio de los servicios de agua, electricidad y gas; modificar en  menos la fórmula de actualización de jubilaciones y pensiones, impedir la paritaria nacional docente; quitar retenciones a los eternos ganadores de la Sociedad Rural y a los empresarios mineros; favorecer al sector bancario y financiero en detrimento de la producción y embretar a la población con una inflación que día a día carcome sus ingresos. La fanfarroneada creación de puestos de trabajo del año pasado, se redujo a actividades precarizadas y a monotributistas; grupos que al presente son las primeras víctimas de la desocupación.   
  A poco la suerte de populismo de derecha,  del otrora sonriente y danzante candidato fue endureciéndole el gesto y ante la creciente protesta social apareció la amenaza de la represión; una respuesta oficial que se llevó primero la vida del joven artesano Santiago Maldonado cuando apoyaba las  reivindicaciones de los mapuches en la Patagonia y poco después, allí mismo, la de Rafael Nahuel en manos del grupo Albatros de la Prefectura Naval. 
  Para tranquilizar a los ultras y halcones que están a su derecha y exigen mano dura,  el Jefe de Estado anunció  el último 29 de mayo: Día del Ejército –y también aniversario del Cordobazo, porque la cronología suele hacer guiños de ojo en el juego de truco de la historia-  la necesidad de que  las Fuerzas Armadas  brinden apoyo logístico a las Fuerzas de Seguridad, para lo cual deberá  modificarse el Decreto 727/2006 reglamentario de la ley 23.554 que lo impide.  
  En tanto, la alianza “Cambiemos” va sin rumbo y no precisamente a los estadios del Mundial de  Rusia, descalificada la lamentable y caótica Selección Argentina en el partido con Francia. Va a los saltos con la inefable diputada Elisa Carrió mixturando politiquería barata con Ciencias Sagradas y proponiendo dar propina en una caricaturesca versión posmoderna de la Damas de Beneficencia del pasado, que la hacían en serio y tenían distinción y  refinamiento, cualidades de las que no  goza  la pretendida Fiscal de la República. Con el radicalismo apostatando de su tradición reformista y mirando para otro lado cuando la gobernadora bonaerense María Eugenia Vidal manifiesta que los pobres no van a la universidad. Y con sus casi aliados en el Congreso, como el oportunista ex UCD Sergio Massa, y entre los gobernadores  Juan Manuel Urtubey, toman ya prudencial distancia al oler como las mulas la tormenta en ciernes previendo que no habrá fácil reelección en el 2019 para Macri, que desde hace meses debe beber el amargo te verde de la corrida cambiaria.  
  Nada novedosa por lo demás resulta esta debacle. La naturaleza de las cosas, verbigracia del capitalismo periférico,  a más de la historia reciente enseñan que las experiencias neoconservadoras, por de pronto en la Argentina y el Tercer Mundo, están condenadas al fracaso, así gobernaran verdaderos estadistas. Cuánto más en el caso de ineptos bajo sospecha de corrupción o de “conflicto de intereses”, según el justificante eufemismo que gusta emplear la señora Laura Alonso, titular de la Oficina Anticorrupción del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación.-

(Carlos María Romero Sosa, se publicó en la revista Con Nuestra América, de San José de Costa Rica, el 7de julio de 2018)

jueves, 28 de junio de 2018

VICTORINO DE LA PLAZA

En 1949 León Rebollo Paz publicó el libro “Derqui, el presidente olvidado.”  El dato  viene al caso  por asociación, si se piensa que bastante después de esa fecha comenzó a analizarse con detenimiento la figura de otro primer mandatario de la República Argentina, que ejerció esta vez  en el siglo XX la más alta magistratura de la República: el doctor Victorino de la Plaza, figura en general tan ganada por el olvido a partir de su muerte en 1919, como lo fue  el cordobés de especial actuación en Corrientes estudiado por Rebollo Paz.  
 En efecto, salvo una nota de Estanilao S. Zeballos de 1901, dada a conocer en la Revista de Derecho, Historia y Letras; a  la obra de 1924  del  diplomático Belisario J. Montero: “Conversaciones sobre filosofía y arte. De mi diario”, que lleva por subtítulo “La filosofía del doctor Plaza”  y al estudio de Juan Manuel Albarracín “El doctor Victorino de la Plaza” y la crisis económica de 1875 a 1880”,  publicado en 1950, no abundó la bibliografía sobre él en la primera mitad del siglo pasado.
 Trascurrieron varias décadas hasta aparecer  ensayos fundamentales que revelaron aspectos de la vida y labor del estadista y jurista salteño. Así y sin ánimo exhaustivo cabe  citar a Atilio Cornejo y su obra: “Doctor Victorino de la Plaza. De escribano público a presidente de la República” (1980), a  Jorge M.  Mayer y su “Victorino de la Plaza: un eje institucional” (1995),  a Carlos María Gelly y Obes y  su “Victorino de la Plaza: el ciudadano, el mandatario” (1990), a Carlos Gregorio Romero Sosa y su ensayo genealógico: “Los de la Plaza o Plaza” (1996), a Jorge Reinaldo Vanossi y su extensa conferencia ofrecida en el CARI y editada en 2004: “Victorino de la Plaza. Tres momentos estelares de un hombre de Estado”, o al reciente libro de más de quinientas páginas de  Rodolfo Plaza Navamuel y Leandro Plaza Navamuel: “Don Victorino, el ciudadano ejemplar” (2016).  Todo ello  sin olvidar otros aportes previos debidos a Francisco Centeno, Juan Silva de la Riestra, Gustavo Gabriel Levene, Bernardo González Arrili, Ismael Bucich Escobar, Jorge Cabral Texo o Vicente Osvaldo Cutolo.
 Y en el año 2017 apareció  “Don Victorino íntimo”, de Silvia Martha de la Plaza, artista plástica, escritora, docente en establecimientos secundarios, productora rural en la provincia de Buenos Aires y  sobrina nieta del evocado. En ese carácter es depositaria de valiosos documentos familiares vinculados a la figura de su ilustre pariente que ahora, con buen criterio,  hace públicos.
 El libro de setenta y seis páginas no pretende historiar al detalle su existencia  desde el inicial y modesto trabajo como escribiente en la escribanía de Mariano Zorreguieta, en la ciudad de Salta.  Y después profesor de filosofía en el Colegio Nacional Buenos Aires designado por Sarmiento;  colaborador de Vélez Sarsfield en la redacción del Código Civil;  Procurador del Tesoro de la Nación en 1874 en sustitución de Bernardo de Irigoyen y no de José Evaristo Uriburu como afirma alguna de sus biografías;  legislador nacional;  Delegado Financiero del Gobierno para tratar el tema de la deuda externa argentina;  varias veces ministro de diferentes carteras durante las administraciones de los presidentes Nicolás Avellaneda, Julio A. Roca  y José Figueroa Alcorta; y finalmente  Vicepresidente de la Nación en la fórmula encabezada por Roque Sáenz Peña y que a la muerte de éste completó su mandato y entregó el poder al electo presidente Hipólito Yrigoyen el 12 de octubre de 1916.  
 Sin agobiar con  datos y fechas, aunque también sin dejar margen a errores historiográficos o lagunas,  la autora  abrevó en fuentes inobjetables como el mencionado y completo trabajo del académico salteño Atilio Cornejo, al tiempo que incorporó testimonios documentales e iconográficos para avalar  las referencias de aquel estudioso. Así, por ejemplo, luce en una de las primeras páginas, la fotografía de doña María Manuela de la Silva Palacios, madre de Victorino, y en la siguiente una caricatura debida al lápiz de Ramón Columba dedicada en 1953 a la autora;  un dibujo inédito ya que  el libro de Columba: “El Congreso que yo he visto”, luce otra diferente.  Algo más adelante puede leerse copia de la carta que el 12 de abril de 1861 dirigió a María Manuela de la Silva  el General Urquiza informándole haber concedido a su hijo la  beca por ella solicitada para el Colegio Nacional de Concepción del Uruguay. Y completa las ilustraciones  un fragmento de su testamento ológrafo.
 El plan de la obra es cronológico y así se comienza por aclarar su lugar de nacimiento, contra algunas tradiciones sin mayor sustento fundadas en el hecho cierto de que no se ha encontrado la partida de bautismo de Victorino de la Plaza, nacido el 2 de noviembre de 1840. Una circunstancia que permitió suponer que su llegada a mundo  fue en Cachi, en los Valles Calchaquíes donde su padre tenía propiedades. Ciertamente un dato erróneo  repetido en varias de sus biografías como la que presenta el “Diccionario de Ministros”  (1998) de Osvaldo J. Sanguiao.  En cambio, según anota Cornejo y trascribe  Silvia de la Plaza como para concluir la polémica: “en la búsqueda que hice en la Parroquia de la Merced de Salta, cambié de opinión con motivo de un estudio más detenido sobre la personalidad del doctor de la Plaza que se publicó en el Boletín de la Academia Nacional de la Historia en 1965 y en el cual sostuve que el doctor Victorino de la Plaza no nació en la Valles Calchaquíes,  sino en la ciudad de Salta.”
 En otro capítulo se vuelca parte del diario, escrito sobre un cuaderno de tapas duras, donde narra sus vivencias de la Guerra de la Triple Alianza. Allí  actuó como voluntario junto a su hermano menor Rafael, nacido en 1844, después gobernador de Santiago del Estero y diputado nacional por esa provincia. En su caso cumplió las funciones de ayudante del coronel Julio de Vedia; y las páginas de ese diario escritas “con letra juvenil diferente a la clara y redondeada de más adelante”-aclara la autora-, abarcan desde el 23 de diciembre de 1865 hasta el 10 de abril de 1866. También hay fragmentos de los diálogos sostenidos en Europa con su amigo Belisario J. Montero (1857-1929) registrados con fidelidad por este publicista y decano, a la fecha de su muerte, del cuerpo diplomático argentino. Fue Montero una interesante figura de la generación nacida a poco de la batalla de Caseros y esos diálogos con su confidente de la Plaza muestran otras facetas del hombre de Estado, como ser su amor por la lectura y su condición de melómano, gustador y experto en óperas. Hasta se trascribe la  anécdota de haber podido escuchar de la Plaza y Montero una ejecución privada al piano de Franz Lizt, escondidos  detrás de unas cortinas del edificio donde el músico se hospedaba en Villa d´Este, Tïvoli. 
Sobre su afición por los libros cabe anotar por nuestra parte que donó parte de su numerosa biblioteca a su natal  provincia de Salta, la que llegó en tren en varios cajones durante el gobierno del doctor Joaquín Castellanos quien por decreto impuso el nombre del donante a la Biblioteca Provincial fundada en 1872. En años recientes y estando la institución  bajo la dirección del bibliófilo, historiador y periodista Gregorio Caro Figueroa, se comenzaron a fichar esos libros que constituyen el tesoro de la Biblioteca Provincial de Salta “Doctor Victorino de la Plaza”, habiendo sido bautizada la Sala del Tesoro con el nombre del historiador “Carlos Gregorio Romero Sosa”.   

A continuación hay referencias a su tarea de copista de los artículos del Código Civil que le dictaba el doctor Dalmacio Vélez Sarsfield, monumento jurídico que el cordobés compuso en un solar de la actual calle Gascón que hoy ocupa la manzana del  Hospital Italiano. La gran ciencia jurídica que caracterizó siempre a  de la Plaza, ha permitido suponer que la labor del entonces joven Victorino trascendió a la del mero  amanuense. Al cumplirse el cincuentenario del Código Civil, en 1919, disertó en la Universidad de Córdoba sobre el Código y su autor, que por otra parte había sido  padrino de su tesis doctoral presentada en la Universidad de Buenos Aires y referida  a “El crédito como capital”. 
Finalmente se trascriben algunas cartas obrantes en el Archivo General de la Nación, entre ellas la que dirigió desde Londres a Luis Sáenz Peña, rechazando el ministerio de Hacienda que el nuevo presidente le ofrecía, en razón de que “Después de una ausencia del país de cerca de ocho años, durante la cual por mis largos viajes no siempre he podido seguir el movimiento administrativo en lo interno  en tanto cúmulo de detalles, no sería quizá el más habilitado para formar un juicio completo de la situación y basar un plan general con el que pudiera iniciarse la nueva Administración.”  Y la enviada el 31 de marzo de 1917 al director del Museo Histórico Nacional, doctor Antonio Dellepiane, acompañando la banda y el bastón “que tuve el honor de usar durante mi desempeño en la presidencia de la Nación.”
Aunque indudable hombre del régimen conservador, y sin duda orgulloso de serlo, Victorino de la Plaza puede ser caracterizado en perspectiva como un conservador lúcido y en alguna medida progresista. Su espíritu democrático ha quedado plasmado para la historia en el fiel cumplimiento de la ley Sáenz Peña que informó su comprovinciano Indalecio Gómez; y en la entrega del poder al radical Yrigoyen.  Por otra parte, sin duda sus largas estadías en el Viejo Mundo le permitieron asomarse a la cuestión social con una visión más realista que la de muchos de sus compatriotas. No en vano promovió normas como el descanso dominical para la administración pública, hizo publicar oficialmente por el Ministerio del Interior un volumen sobre “La desocupación obrera en la Argentina” y sobre todo  promulgó como presidente la ley 9688 de accidentes de trabajo, directo antecedente de la Ley de Riesgos de Trabajo 24.557 de 1995 reformada por la ley 26.773 de 2012. Una revolucionaria iniciativa para le época del diputado socialista Alfredo Palacios que se tramitó entre idas y venidas desde 1912 en un Congreso francamente oligárquico que le opuso grandes resistencias. Al respecto  vale la pena leer la historia de la ley 9688 en el libro de su gestor Alfredo Palacios: “La justicia social” (Claridad, 1954). 
Otro aspecto para analizar y tal vez computar como positivo en su paso por la Casa de Gobierno, una cuestión no esbozada sin embargo en “Don Victorino íntimo”, fue haber sostenido  la neutralidad argentina durante la Gran Guerra. Por supuesto cabrá interrogarse si esa política internacional aparte de servir a los intereses nacionales  fue asimismo beneficiosa para Gran Bretaña que siguió recibiendo los productos primarios argentinos en el contexto de nuestra condición agroexportadora. Al llegar al poder Yrigoyen mantuvo  la neutralidad cada vez más combatida en el frente local. El caudillo radical juzgó la política de su antecesor “pasiva y claudicante” contra la “activa y altiva” que proponía,  según enseña el embajador doctor José R. Sanchis Muñoz en su  “Historia Diplomática Argentina” (Eudeba, 2010). Seguramente el juicio histórico ha de ser más aprobatorio para aquella primera neutralidad de las administraciones de Victorino de la Plaza e Hipólito Yrigoyen, con sus diferentes matices, que a la  sostenida durante la Segunda Guerra, bastante proclive al nazifascismo. Porque esa  neutralidad de los sucesivos  presidentes  Ramón Castillo y el general Pedro Pablo Ramírez en los  primeros tiempos de su gobierno de facto, fue  algo  que redundó, a las claras, en desprestigio para la República Argentina. 
                                                                   

(CARLOS MARÍA ROMERO SOSA, se publicó en el número 150 de la revista HISTORIA correspondiente a los meses junio-agosto de 2018.-)  

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(CARLOS MARÍA ROMERO SOSA, se publicó en La Prensa el domingo 10 de junio de 2018.-)

HÉCTOR MIGUEL ÁNGELI, DESDE EL RECUERDO

    El 12 de abril último, en la ciudad de Buenos Aires, murió el porteño Héctor Miguel Ángeli (1930). Y el 29 del mismo mes, también aquí, el santafecino Rubén Vela (1928). Dos poetas de voces personalísimas, contemporáneos y amigos entre sí,  a quienes corresponde situar en la Generación del Cincuenta que bien estudió Luís Ricardo Furlan, otro de sus integrantes más representativos. Con el riesgo que implican las clasificaciones, las respectivas  obras poéticas de los mencionados Ángeli y Vela dan cuenta de lo que puede tomarse como una de las características de aquella Generación: la poca sujeción de sus miembros -más allá de la proximidad cronológica y la insoslayable conmoción frente a los sucesos mundiales de los que fueron testigos en su adolescencia  y juventud- a estilos determinados e incluso a fuentes de inspiración comunes. Para el caso, Héctor Miguel Ángeli fue en muchos aspectos introspectivo en cuanto al acento y rupturista por momentos en lo que hace al estilo: basta recordar la particular disposición de los tercetos en la serie de sonetos recogidos en “Las burlas” (1966). Tampoco hay que  pasar por alto en su escritura con ritmo cósmico y que a juicio de Guillermo Ara “desafía las definiciones extremas”, la latencia cuando no la presencia explícita, de una  porteñidad capaz de elevar el barrio a alturas metafísicas; bien ganado en el trajinar por las veredas boquenses escalonadas en resguardo de las inundaciones, el blasón de un “abolengo de baldíos”  al fondo de los que pueden imaginarse horizontes.  “Nací y viví siempre en la Boca”, repetía con orgullo a quien quisiera escucharlo. Y en efecto habitó  en la vieja casa familiar de la calle Alvar Núñez número 196  hasta hace  unos tres años, cuando cierta noche fue allí asaltado y golpeado con saña por delincuentes.
  Ajeno a todo color local, “Nueve tangos”, uno de sus libros dado a conocer en 1974, da cuenta de tensiones e intenciones arrabal adentro: “Una  noche olvidada en Buenos Aires/ me demora la infancia/ que yo estreché con vos”, cantó con nostalgia contenida aunque insinuada sin huella de lacrimógena exaltación. Mientras tanto, Rubén Vela abrevaba en otras experiencias vitales a partir de  los destinos diplomáticos cumplidos en Bolivia, Brasil o Costa Rica, donde se desempeñó como embajador. Tocado por esas realidades extendió la fuente inspiradora a las raíces americanas e hizo girar  gran parte de su lírica, estructurada por momentos en forma casi aforística, sobre las dimensiones físicas y humanas del Continente. Supo así revelar ajeno a todo prosaísmo sus enterradas marcas  arqueológicas; sin soslayar alguna denuncia ante la sumergida condición actual de sus pueblos. “Maneras de luchar” (1981), uno de los volúmenes  que mejor expresan su personalidad poética es revelador desde el mismo título de tales  inquisiciones  e inquietudes.
               
 SENCILLEZ DE TRATO  Y  PROFUNDIDAD POÉTICA
                                             
 Dado al diálogo pero no a hablar de sí mismo, como hombre de afectos que era Héctor Miguel Ángeli,  en la charla se le deslizaban fácilmente recuerdos de colegas y maestros, que en buena medida permitían reconstruir su propia biografía literaria y aun su trayectoria vital. De modo tal que  entre muestras de cariño por unos, sentimientos de gratitud por otros y la común admiración por todos, gustaba mencionar  a Juan José Sebreli -con el que fundó la revista Existencia cuando estudiaba Filosofía y Letras-, a Ramón Plaza, a Graciela Maturo, a Federica Rosenfeld, a Jorge Masciángioli, a Miguel Ángel Viola, a Héctor Murena que lo integró a la revista SUR de Victoria Ocampo, a José Bianco o a Eduardo Mallea a cargo del suplemento cultural de La Nación en los años cincuenta de la pasada centuria, donde entonces comenzó a colaborar  y lo siguió haciendo hasta que dejó de dirigir la sección Jorge Cruz. También colaboró en la sección Cultura de LA PRENSA invitado por sus redactores Enriqueta Muñiz y Marcelo Intili.  
  Con excelente criterio, Nilda Barba, registra  en el libro: “Sentada a la mesa del poeta. Encuentros y lectura con Héctor Miguel Ángeli” (Vinciguerra, 2018), de reciente aparición y con intención de ser presentado  en un acto que contaría con la presencia del entrevistado, las largas conversaciones con él sostenidas en un café del centro de Buenos Aires, donde como no podía ser de otro modo desfilan varios de esos nombres y algunos otros más, un poco en función de ángeles guardianes de los ya invocados en su propio apellido -según Antonio Requeni, otro poeta,  gusta indicarlo en su homenaje-, como en  una competencia de custodias espirituales. Y es que Héctor Miguel, bueno “en el buen sentido de la palabra” que desentrañó Antonio Machado; generoso con los colegas consagrados y con los más anónimos y los jóvenes creadores como tantas veces lo comprobé siendo ambos jurados del concurso El Poema Ilustrado al que anualmente convoca desde hace décadas el Ateneo Popular de la Boca y que llevará su nombre a partir de ahora por disposición de su Comisión Directiva; amable con todos hasta el ejercicio de la hoy desacostumbrada cortesía, mereció y sospecho que asimismo debió precisar de protecciones celestiales especiales dado  que su exquisita sensibilidad y aquella bonhomía que se desprendía de su persona como un aura, podían hacerlo víctima a cada paso de las mezquindades y las malevolencias ajenas. Y es que alguien tan maravillosa y milagrosamente angelado,  desmentía en los hechos aquella aseveración de  Rilke: “Todo ángel es terrible”.
  Fiel creyente en la palabra y reticente para absolver las suyas, en 1999 reunió parte de su producción hasta ese momento, bajo un título poco autocomplaciente: “La gran divagación” que a poco tuve el gusto de comentar en la revista Proa en las Artes y en las Letras. Dolorido por la condición humana, al despegarse de  cierto existencialismo inicial riesgoso por individualista -“Sartre, sé breve”, escribían irreverentes los estudiantes en las paredes de La Sorbana en mayo de 1968-,  a partir  de la conciencia de la intransferible angustia pudo fácilmente volcarse al campo de la denuncia de carácter político. No lo hizo, su compromiso nunca fue partidario y no pasó de ser un  izquierdista romántico. Pero  su solidaridad con los vencidos y para el caso los asesinados y desaparecidos por la última dictadura le dictó un libro: “Matar a un hombre” (1991), más que de acusación, de perplejidad ante el mal absoluto. Sin elevar el grito, su contenido da en la nota de un humanismo en carne viva propio de quien se sintió de 1976 a 1983, “Sentado a la mesa del lobo”.
  Apegado a “Las leyes de la noche”, por decirlo con el título de una novela de su amigo Murena, dio a conocer en 2016 un poemario cuya lectura tensiona hasta el sacudimiento: “Sitio del escorpión”. Aquí, aparte de emprender un amargo juego de desdoblamiento sin resoluciones borgeanas: la Naturaleza y la Creación toda,  muestran su faceta cruel entre voluptuosas incitaciones en la metáfora del insecto mordiendo “la cama de los tristes”. Sin embargo como en un “corsi e ricorsi”,  otra sorpresiva configuración en el caleidoscopio de la vida había  inspirado, entre signos de alboradas,  un anterior libro suyo: “Frutas sobre la mesa”  (2007): “El sol es una venda suave,/ muy dorada al principio,/ cuando toca/ los grandes parques exquisitos”.
   Su última entrega en verso: “Casi póstumo”, vio la luz en 2017. El afamado traductor -y merecedor en su juventud de una beca a Italia- de los poetas Quasimodo y Ungaretti y en prosa de los “Cuadernos de la cárcel” de Gramsci, sostiene en esa suerte de previsora despedida la paleta de tonos oscuros ya configurada en “Sitio del escorpión”. No obstante el “casi” del nuevo  título actúa como esperanzada tabla de salvación para aventar aquella duda de Ungaretti en la composición “Día por día”: “¿Cómo es posible soportar tanta noche?”. Ángeli propondrá al cabo una epifanía: “Quisiera creer/ que este camino entre paredes,/ este siniestro túnel/ tan siniestro/ que hasta deja caer la canción de un ciego,/ es un paso perverso/ hacia la liberación/ hacia salidas/ que sean por lo menos postales/ de árboles con cielos,/ de estrellas con flores”.      
                                                                                             
   Héctor Miguel Ángeli frecuentó con singular ternura e imaginación la poesía infantil en el libro “Para armar una mañana” (1988). Ensayó en “La paralela” –situación en un acto- el teatro para el que mostró una inicial vocación actoral que no prosperó finalmente. Y recibió galardones como el Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía en 2010,  el Premio Trienal de la Academia Argentina de Letras ese mismo año y el Primer Premio Municipal  de Poesía en 2013, correspondiente al bienio 2006/2007.
   Al enterarme de su fallecimiento, escribí en su memoria, con la mía disparada hacia nuestros encuentros en algún bar de la avenida Almirante Brown y las caminatas por la calle Benito Pérez Galdós al salir juntos del Ateneo Popular de la Boca  -la institución cultural fundada por el historiador y periodista Antonio J. Bucich en 1926 y en cuyo historial son ineludibles las figuras de Benito Quinquela Martín, Juan de Dios Filiberto, Francisco Isernia, Joaquín Gómez Bas, José González Carbalho, Alfredo Palacios o la del lunfardólogo José Gobello-, el siguiente soneto antecedido por su nombre:   
  Un farol en la Boca del Riachuelo,/ afilado su brillo en una esquina/ que ofertaba distancias, ruina a ruina,/ curvada como agobio, duelo a duelo./ Debió ser a su luz como un consuelo/ dado a la sombra que al dolor empina,/ que compartimos pasos, calle, cielo,/ la Cruz del Sur incruenta que adoctrina/ en la fe  en el Creador del Universo/ y  la armonía, dogma de tu verso,/ Héctor Miguel, espíritu exquisito./ Ya ante la paz de Dios y eco tu grito/ que en dominio de alturas y pendientes,/ vibra en cristales y hace el coro a fuentes. 
                                                                                                    
(CARLOS MARÍA ROMERO SOSA, se publicó en La Prensa el domingo 17 de junio de 2018.-)                                                                                                                                 

              

sábado, 26 de mayo de 2018

SOBRE LA REPRESIÓN A LOS METRODELEGADOS EL 22 DE MAYO DE 2018

                                                     
                                                     Los “libertadores” que echaron a Perón en septiembre de 1955, criticaban y no sin alguna lógica enraizada en su perspectiva liberal, entre varias otras sinrazones argumentadas para acabar en los hechos con la columna vertical del Movimiento Justicialista,  la existencia del  sindicato único y vertical. Tanto que la Convención Constituyente de 1957 dispuso en el primer párrafo del artículo 14 bis, incorporado a la Constitución Nacional, la “organización sindical libre y democrática reconocida por la simple inscripción en un registro especial”; algo que vuelve a explicitar el texto y el espíritu del artículo primero de la Ley de Asociaciones Sindicales número 23.551de 1988.
                                                               Sin embargo, ahora resulta ser  que actúan fuera de la ley laboral los metrodelegados de los subterráneos porteños, cuya representatividad es evidente y que tuvieron personería gremial hasta que nuestro  inefable  máximo tribunal , con la firma  de los ministros Elena Highton de Nolasco, Juan Carlos Maqueda, Carlos Rosenkrantz y Horacio Rosatti, dejara firme la sentencia que declaró la nulidad de la Resolución del Ministerio de Trabajo suscripta por el entonces ministro del área Carlos Tomada, que había otorgado personaría gremial a la Asociación Gremial de Trabajadores del Subterráneo y Premetro.     
                                                             Con ese oportuno instrumento de la Corte en la mano -y en los garrotes policiales-, se reprimió y encarceló a los delegados obreros el otro día y el Jefe de Gabinete de Ministros del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, se paseó por los canales oficialistas acusando de ilegal el paro del 22 de mayo, continuación de un plan de lucha dispuesto y votado en asamblea por los trabajadores con justificación más que suficiente frente al desquicio económico al que es obvio referirse. Lo cierto es que hoy la letra de la Constitución y de las leyes dictadas en su consecuencia parece ser que pueden soslayarse cuando las circunstancias así lo requieren. Y ello en tanto la señora Carrió cacarea su republicanismo frente a periodistas amigos del poder que no osan repreguntar y que con extrema delicadeza no insisten cuando la legisladora se niega a dar los nombres de los presuntos desestabilizadores que denuncia.
                                                             Por  mi parte, me permito decirle al doctor Felipe Miguel, Jefe de Gabinete de la CABA, que no es solamente la UTA (Unión Tranviarios Automotor) que mira para otro lado frente a la crisis actual y el fantasma corporizado aquí y ahora del FMI, la única representación válida de los trabajadores de los Subterráneos -en todo caso podrá y así lo hizo presta esa organización, negociar en los términos del artículo 25 de la LAS (Ley de Asociaciones Sindicales) la paritaria a menos, impuesta por su burocracia a los afiliados y a los que no lo son- y que los metrodelegados con Segovia a la cabeza que siguen discutiendo su personaría gremial y denuncian la persecución de la que son objeto ante la OIT, no son delincuentes o poco menos. Así como tampoco técnicamente son huelgas salvajes las del metro porteño.
                                                                 ¿Por qué? Sencillo: debido a que rige en el país  “la organización sindical libre y democrática” y la falta de personería gremial no impide la conformación de otros gremios de la actividad. En todo caso el tema del encuadre sindical, estudiado por tratadistas como el profesor Carlos Alberto Etala,  es una “vexata quaestio” del Derecho Colectivo de Trabajo. Hasta resolverla sería bueno no llenar comisarías con  representantes indubitables de las bases, gusten o no al poder de turno. Y tampoco enviar telegramas anunciando sanciones al personal por ejercer el derecho de huelga. 


(CARLOS MARÍA ROMERO SOSA, se publicó en la Revista Con Nuestra América, de San José de Costa Rica, el 26 de mayo de 2018)   




sábado, 12 de mayo de 2018

LA INVASIÓN NORTEAMERICANA A SANTO DOMINGO EN 1965

                                      Suelo leer con atención los artículos del doctor Armando Ribas publicados en el matutino La Prensa –de Buenos Aires- y más allá de las infranqueables diferencias que tengo con el ideario del ex diputado  nacional por la UCD, el partido fundado por el capitán ingeniero Álvaro Alzogaray, consecuente funcionario de dictaduras militares, son ellos demostrativos de una severidad intelectual y un sustento doctrinario propios de una derecha económica que se reconoce tal y poco tiene que ver con las frases trilladas  del tipo de “Estamos cerca de la gente”, “Somos un equipo”,  “Los K. se robaron todo”; de las demagógicas timbreadas y del marketing duranbarbiano de la vergonzante y mal disimulada derecha macrista.
                                         Dicho esto debo hacer una aclaración a la nota del domingo 22 de abril del corriente titulada: “Actualidad cubana: crimen sin castigo”. Se dice allí, al criticar la actitud del presidente Kennedy de negarse a prestar ayuda aérea  durante la invasión en abril de 1961 –en gran medida mercenaria- a la cubana Bahía de Cochinos, la siguiente frase: “Afortunadamente para los dominicanos llegó Jhonson al poder y mandó a los marines a Santo Domingo para destituir al presidente general Caamaño entonces partidario de Fidel Castro”. La figura del coronel -no general- Francisco Alberto Caamaño Deñó (1932-1973), elegido a los 32 años de edad  presidente de la República Dominicana por el Congreso Nacional cuando la invasión de más de 41.000 efectivos norteamericanos a la Isla, declarado Héroe Nacional mediante la ley 58 promulgada durante el gobierno de Leonel Fernández en 1999 y cuyos restos descansan desde ese año en el Panteón Nacional, es merecedora de respeto y admiración por cuantos creemos en la autodeterminación de los pueblos, la soberanía territorial  y  tomamos ejemplo de la esforzada y desigual lucha de los patriotas de las diferentes naciones sometidas al poder del imperialismo capitalista. Caamaño cayó asesinado el 16 de febrero de 1973, bajo el gobierno de Joaquín Balaguer,  luego de ser herido y hecho prisionero a poco de desembarcar con un grupo guerrillero en Playa Caracoles.
                                     En cuanto a aquella invasión a Santo Domingo, elogiada por el doctor Ribas,  fue la segunda llevada a cabo por los Estados Unidos a la tierra Quisqueya. La primera duró desde 1916 a 1924  y se inició cuando ejercía la presidencia de la República el doctor Francisco Hernández Carvajal, un intelectual al que por cierto sería anacrónico tachar de castrocomunista. Ese mandatario fue padre del ilustre humanista Pedro Henríquez Ureña, quien se radicó en la Argentina a partir de 1924 dejando aquí una pléyade de discípulos.  Es aleccionador leer las páginas del argentino  Manuel Ugarte contra aquel desembarco, así como las de Ricardo Rojas que en su biografía de Hipólito Yrigoyen: “El hombre del misterio”, historió la orden del presidente radical al comandante del crucero 9 de Julio al pasar frente a la Fortaleza Ozama: “Id y saludad al pabellón dominicano”. (Y no al de franjas y estrellas de los invasores que representaban “El peligro exterior”, así graficado lúcidamente por Alfredo Palacios en un posterior artículo).   
                                     La otra intervención armada se verificó en 1965, bajo el pretexto de defender la integridad de los ciudadanos  yanquis. En verdad resultó ser una respuesta reclamada por las oligarquías nativas, el remanente del trujillismo, las empresas multinacionales y sectores reaccionarios de la Iglesia Católica, a la Revolución del 24 de abril de ese año, que buscaba  devolver a la Nación el orden constitucional violado al expulsar del poder el 25 de septiembre de 1963 al profesor Juan Bosch, líder del Partido Revolucionario Dominicano. Esa incursión del País del Norte produjo más de diez mil muertos en la población dominicana, gran parte de ellos civiles y otros militares como el coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez, masacrado en una emboscada de los marines y también oficialmente declarado Héroe Nacional en 1999. “La moral yanqui es elástica cuando se la aplica fuera de los Estados Unidos”, escribió en su hora Pedro Henríquez Ureña en  “La América Española y su originalidad”. Lo cierto es que ante el tenor de los acontecimientos del 65´ y el repudio mundial al asalto extranjero, la OEA, digitada por los EE.UU, dispuso enviar una “Fuerza Interamericana de Paz”. En la Argentina gobernaba el doctor Illia y su gobierno se negó dignamente a participar de ella. Incluso, según anota el embajador José R. Sanchís Muñoz en su libro “Historia Diplomática Argentina” (Eudeba, 2010), el Congreso dio a conocer una declaración de condena a la agresión estadounidense, ratificando el respeto de la República Argentina al principio de no intervención. 
                                           
                                         Me queda por mencionar algo que no resulta para mí un dato menor: me honra con su amistad el señor capitán Francis Caamaño (hijo), con el que nos vinculamos en abril de 2012 en el ámbito de la XV Feria Internacional del Libro Dominicano donde fuimos partícipes ambos, en mi caso en calidad de invitado extranjero.  Este militar y Licenciado en Ciencias Políticas  es autor de una biografía de su padre que me obsequió entonces con una generosa dedicatoria y que todo latinoamericano debiera leer.



(Carlos María Romero Sosa, se publicó en la revista Con Nuestra América, de San José de Costa Rica, el 5 de mayo de 2018 y se reprodujo en LA PRENSA, de Buenos Aires,  el 8 de mayo. Asimismo por gentileza del escritor y ex Ministro de Cultura  de la República Dominicana, licenciado José Rafael Lantigua,  ha sido reproducido en medios gráficos de Santo Domingo. )  


lunes, 30 de abril de 2018

NUEVO APORTE SOBRE PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA

        Vargas Llosa  en un artículo de reciente publicación, señaló que  los malos, por lo general, son los personajes más interesantes y atractivos de la literatura. Se refería a la ficción; aunque cabe convenir que también los autores llamados malditos suelen dar  tanto o más motivo de análisis de comentaristas y de  interés entre los lectores que el resto. Será por eso que en tiempos de moralidad líquida y escépticas posverdades, reconforta comprobar que  tanto aquí donde vivió, creo, enseñó y murió,  como igualmente en su patria de origen,  el dominicano universal Pedro Henríquez Ureña (1884-1946) sigue inspirando devociones traducidas en libros que rescatan además de su genio literario y alto magisterio cultural sobre generaciones, sus acendrados principios morales. Sucede que Don Pedro fue alguien ético por excelencia, que rompiendo con todo prejuicio “culturoso” y ajeno a toda soberbia intelectual, expresó sin titubear: “El ideal de la justicia está antes que el ideal de la cultura”; y que: “La bondad vale más que la verdad. Aunque en el cielo de las ideas puras, manen de la misma fuente”. 
                                                  
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    En el último cuarto de siglo aparecieron: “Pedro Henríquez Ureña y la Argentina” (1994) de Pedro Luis Barcia, “Pedro Henríquez Ureña y su tiempo” (1997) de Enrique Zuleta Alvarez, “Pasión por América. Ensayos sobre Pedro Henríquez Ureña” (2001), de Carlos Piñeiro Iñiguez, por citar tres obras de autores argentinos; sin tampoco olvidar “Pedro Henríquez Ureña”. Apuntes para una biografía” (México, 1994) debido a  su hija nacida porteña en 1926: Sonia Henríquez Ureña de Hlito. Y en cuanto a las indagaciones sobre el impar humanista llevadas a cabo por parte de sus compatriotas quisqueyanos, semanas atrás llegó a mis manos un libro de excepción: “Pedro Henríquez Ureña. Esbozo de su vida y de su obra” (2016). Su autor: Jorge Tena Reyes (1927), es un abogado, historiador, profesor universitario jubilado, académico y  bajo sucesivas presidencias de Joaquín Balaguer, Subsecretario de Estado, Encargado de Asuntos Culturales de la Secretaría de Educación, Bellas Artes y Cultos del país antillano. Quien fuera su alumno de historia dominicana en la Facultad de Ciencias de la Educación en la Universidad Nacional Pedro Enríquez Ureña en los años setenta de la pasada centuria: el ensayista, crítico,  poeta y  ex Ministro de Cultura, licenciado José Rafael Lantigua -a cuya gentileza  debo el obsequio recibido por vía postal de esta obra de casi seiscientas páginas-,  ha insistido en una nota crítica que le dedicó no bien aparecida, en edición oficial de la antedicha Universidad, sobre la manifiesta preparación histórica del autor y su  sentido didáctico para hacer atractivo a la juventud el arte de Clío. Asimismo destacó el fervor que demostró siempre por Don Pedro.
      Con tenacidad inquebrantable y con  irreprochable  severidad intelectual, el doctor Tena Reyes trabajó en silencio durante más de tres décadas hasta plasmar sus investigaciones en los dieciséis extensos  capítulos del volumen. A ellos hay que sumar las más de sesenta páginas finales con eruditas referencias bibliográficas activas (de la autoría de PHU) y pasivas (sobre él), constitutivas de una  imprescindible  guía para investigadores en la materia.
                                                  

INVESTIGACIONES Y HERMENÉUTICA

      De la República Dominicana cabe puntualizar una circunstancia distintiva: el Padre de la Patria: Juan  Pablo Duarte, es un prócer civil en mucho digno de parangonarse con José Martí; y como otro prócer civil, así reconocido en la Tierra Primada de América es Don Pedro,  a punto tal que sus restos mortales descansan desde 1981 en el Panteón de la Patria en Santo Domingo. A esos nombres podría sumarse el del pedagogo puertorriqueño Eugenio María de Hostos, suerte de Sarmiento de aquellas latitudes, impulsor de la instrucción pública dominicana y pensador de  ideario positivista e ímpetu  modernizador.
      En el comienzo del libro hay una pregunta sobre las causas del anómalo devenir histórico dominicano, donde el biografiado y otros creadores que lo antecedieron generacionalmente -los poetas Emilio Prud´Homme (autor de la letra del Himno Nacional), José Joaquín Pérez o Gastón Fernando Deligne- parecen ser algo así como las flores de un páramo arrasado desde tiempos inmemoriales por piratas británicos, la ocupación haitiana, la pobreza estructural, los vestigios del postesclavismo y las dictaduras sangrientas sucedáneas a su constitución como nación. Sin olvidarnos de las invasiones norteamericanas de 1916 a 1924 y la más reciente de 1965 a 1966, cuando tuvo lugar la gesta liderada por el coronel Francisco Caamaño y otros héroes antiimperialistas como el coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez muerto en una emboscada de los marines. El doctor Tena Reyes intenta dar respuesta apelando a sus propias meditaciones históricas y sociológicas, a la vez que echando mano de las  hermenéuticas  de compatriotas de valía, como Juan Isidro Jiménes Grullón o Emilio Rodríguez Demorizi. Muestra entonces varios de los  momentos significativos,  definitorios y que configuraron la sociedad dominicana en una crónica introductoria  que va desde el Descubrimiento por Cristóbal Colón, pasando por el paulatino desinterés que demostró  España por la isla La Española, por el monopolio en materia comercial que signó el vínculo de la metrópoli con su colonia -y con sus demás colonias en América-, hasta llegar a las postrimerías del siglo XIX y su ambiente precapitalista y atrasado: “Digo siempre a mis amigos que nací en el siglo XVII. En efecto, la ciudad antillana en que nací (Santo Domingo),  a finales del siglo XIX era una ciudad  de tipo colonial, los únicos progresos modernos  que conocía eran, en su mayor parte,  aquellos que ya habían nacido y se habían incubado en el siglo XVIII”, escribió Henríquez Ureña refiriéndose a los tiempos de su llegada al mundo en una casa capitaleña situada en la calle Luperón esquina Duarte.     
    A continuación Tena Reyes describe o mejor aún pinta con trazos finos,  los primeros  años  de vida de su biografiado, el superior linaje intelectual del que provenía en el hogar conformado por el  médico, abogado y escritor Francisco Hernández Carvajal, presidente de la República en 1916 -cuando la primera invasión norteamericana- y Salomé Ureña, poeta lírica a la que Menéndez Pelayo incluyó en 1893 en el segundo tomo de la “Antología de Poetas Hispanoamericanos”. Salomé Ureña fue educadora discípula  de Hostos y fundadora en 1881 del Instituto de Señoritas, primer centro femenino de enseñanza secundaria del país donde se formaron las iniciales promociones de maestras normales.
    Tampoco ha dejado de insistir en la influencia que ejerció sobre el desarrollo cultural del joven Pedro, su tío el escritor y pedagogo Federico Hernández y Carvajal, al que –anotemos- Martí dirigió el 25 de marzo de 1895, fecha coincidente con el Manifiesto de Montecristi, una carta  de despedida juzgada  como su testamento antillanista, comunicación epistolar recogida  en las Obras Completas del cubano.
                                                       
    Después desfilan por la obra, contextualizados, los momentos felices y los difíciles que constituyeron hitos de la biografía del develador de “La Utopía de América”; arrancando con los datos genealógicos que dan cuenta de los antepasados españoles, sefardíes y aborígenes que bullían en su sangre. Repasa la infancia junto a sus hermanos Francisco Noel: “Fran”, Maximiliano  y Camila. Cartografía los traslados familiares a Cabo Haitiano, Puerto Plata y más tarde  a Cuba. Enfoca y acerca la adolescencia, los estudios,  las iniciales  aproximaciones a las letras y los viajes y residencias en los Estados Unidos, España –Ramón Menédez Pidal prologó su ensayo: “La versificación irregular en la poesía castellana” en 1920- y sobre todo en el México posrevolucionario donde nació la amistad con Alfonso Reyes. También con Vicente Lombardo Toledano, político marxista, sindicalista y publicista que después fue su cuñado al contraer nupcias el dominicano con Isabel Lombardo Toledano; y con José Vasconcelos, el autor de “La raza cósmica”, Secretario de Instrucción Pública  del país azteca en cuya gestión tanto colaboró Henríquez Ureña.
      Alusión especial merecen las páginas destinadas a analizar y resaltar el vínculo del maestro con la República Argentina a la que  llegó por primera vez en 1922, acompañando una delegación mexicana presidida por Vasconcelos.  Regresó en 1924 para afincarse  al principio en La Plata y luego en la ciudad de Buenos Aires. Se hacen inevitables en esta parte del libro las menciones de  colegas y discípulos, así de Alejandro Korn, Francisco y José Luis Romero, Eugenio Pucciarelli,  Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Victoria Ocampo Rafael Alberto Arrieta, Carlos Sánchez Viamonte, Alfredo Palacios, Francisco Márquez Miranda, Ezequiel Martínez Estrada, Héctor Ripa Alberdi,  María Rosa y Raimundo Lida, Enrique Anderson Imbert, Arnaldo Orfila Reynal o de René Favaloro. Este último fue su alumno en el Colegio Nacional de La Plata  y en su madurez, entre cirugía y cirugía cardiovascular, se dio tiempo para escribir y publicar en su homenaje, en 1994, el libro “Don Pedro y la Educación”. (Debo agregar por mi parte que otro de sus orgullosos discípulos argentinos fue el historiador y escritor salteño Carlos Gregorio Romero Sosa, que registró en un poema juvenil cierto encuentro casual con el dominicano acontecido en el Parque Lezama en una tarde primaveral de 1940).
                                      


      Al llegar al párrafo final de “Pedro Henríquez Ureña. Esbozo de su vida y de su obra”, la comprobación de la búsqueda ex profeso del segundo plano y hasta del anonimato por parte de su autor se hace innegable. Casi no hay noticias suyas en las solapas y el propio término “Esbozo” del título habla de un recato poco común  en los ambientes académicos. “Si escribo yo su historia, descenderán de mí”, vaticinó en el poema “El espíritu puro”, uno de los más famosos de la lengua francesa,  el conde Alfredo de Vigny  cuando rastreaba las gestas de los antepasados. “Mutatis mutandis” sin duda a partir de este libro, el nombre de Jorge Tena Reyes  ha de ser inseparable ya para los estudiosos del de Pedro Henríquez Ureña. Y ello debido a la  fervorosa empatía demostrada con el maestro y traducida en un “boswelliano” seguimiento de sus días terrestres, así como al celo en la búsqueda y en la afanosa comprobación de cada dato presente en las páginas.

(CARLOS MARÍA ROMERO SOSA, se publicó en La Prensa, el 29 de abril de 2018)