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sábado, 4 de mayo de 2019

RODOLFO RAGUCCI, EL SALESIANO FILÓLOGO Y POETA

 RODOLFO RAGUCCI,  EL SALESIANO FILÓLOGO Y POETA


     Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que la feligresía católica de la ciudad de Buenos Aires concurría a los sermones de notables sacerdotes. Solo por ejemplificar cabe hacer mención a los memorables de monseñor Miguel de Andrea en  el púlpito de San Miguel Arcángel; del liturgista Andrés   Azcárate en el de la Abadía de San Benito; de monseñor Gustavo Franceschi en el de la iglesia de Nuestra Señora del Carmen; al historiador jesuita Guillermo Furlong, que solía rezar la primera misa en El Salvador. Años más o años menos, en la basílica de Nuestra Señora del Rosario Convento de Santo Domingo, podía escucharse a los estudiosos de Santo Tomás de Aquino, Alberto García Vieyra y Mario Agustín Pinto, sapientísimos en la materia más allá que hubo y hay  entre los dominicos otras lecturas del Doctor Angélico ajenas al integrismo. Y en el vecino templo  basílica de San Francisco predicaba  fray Antonio Vallejo, el poeta vanguardista amigo de Borges, de Leopoldo Marechal  y de Francisco Luis Bernández que en espiritualista reacción  “Contra la paz del mundo”, tal el título de uno de sus libros, ingresó hacia 1940 en la Orden de los Frailes Menores fundada por el poverello de Asís. Más próximo a nosotros, en Nuestra Señora de la Merced, hasta poco antes de su muerte  ocurrida en junio de 2013, era edificante asistir a la misa matutina oficiada por  monseñor Eugenio Guasta, escritor amigo de Carmen Gándara y de Victoria Ocampo,  que antes de tomar los hábitos había sido colaborador de la revista Sur.
   Asimismo y Ferrocarril Roca mediante, en la parroquia  de Nuestra Señora de la Guardia de Bernal, edificada como el adyacente Seminario Menor sobre los terrenos donados por el genovés Agustín Pedemonte, un salesiano de extraordinario perfil científico y literario, el filólogo y poeta presbítero Rodolfo M. Ragucci (1887-1973), derramó durante décadas su impronta ascética y lírica  entre fieles y discípulos que concurrían a escuchar sus prédicas dominicales y a recibir sus consejos y enseñanzas. Uno de aquellos discípulos fue el lunfardólogo y periodista José Gobello, quien solía recordar  que  debía sus latines –Gobello tradujo y publicó en 1982 el Hymnus in honorem passionis Eulaliae beatissimae martyri de Aurelio Prudencio- a las clases de la lengua de Cicerón impartidas por el padre Ragucci en el noviciado bernalense de los hijos de Don Bosco, donde funcionaba una escuela normal adscripta al profesorado Mariano Acosta. Evocó por lo demás el fundador de la Academia Porteña del Lunfardo en un libro de diálogos sostenidos con Marcelo Héctor Oliveri (2002): “Como rector de la Escuela Normal se desempeñaba el padre Ragucci, hombre de una sencillez inefable y de un saber muy sólido.  Tenía una biblioteca muy nutrida. Se sintió muy feliz cuando lo designaron numerario de la Academia Argentina de Letras y luego correspondiente de la Real Academia Española. Creo que su libro más notable, “El habla de mi tierra”, no ha sido superado como manual para la enseñanza del idioma castellano y sus historias de la literatura española y la latinoamericana son estupendas. Lo tuve como profesor, como consultor y como confesor.”
                                                          
SOBRE VOCES Y EXPRESIONES NATIVAS

 Alguna vez se denominó en las escuelas argentinas “Idioma Nacional”, la asignatura  que hoy se conoce como lengua y lingüistas hubo que emprendieron su análisis en actitud de algún modo defensiva ante la irrupción de términos provenientes de las corrientes inmigratorias, cuando no de los pueblos originarios. Es que en cierto momento, la integración social como presupuesto de la nacionalidad, para muchos intelectuales empezando por Leopoldo Lugones que despreciaba el tango y su lenguaje, parecía requerir  de la homogeneidad también en materia del decir o del buen decir como que el poder político y la política lingüística, lejos estuvieron históricamente de ser compartimientos estancos. 
  Sin embargo del mismo estudio del castellano en su versión argentina y rioplatense resultó la inevitable atención a ciertas voces y construcciones sintácticas locales, no precisamente recogidas por el diccionario de autoridades o aceptadas como tales por los lexicógrafos más ortodoxos y algunos gramáticos entendieron así, que el pueblo agranda el idioma. Lo advirtió el padre Ragucci que lejos de cuestionar por ejemplo en el Salmo Pluvial de Lugones  la locución “lo que empezó a llover” como se venía haciendo en los manuales, asentó en la nota al poema incluido y analizado en “El habla de mi tierra”: “lo que empezó a llover se usa entre nosotros  por apenas, no bien, así que, etc”.  Tampoco  fue ajeno a la interrogación por el habla de los argentinos otro filólogo de la talla del doctor Aurelio García Elorrio (1893-1958) que hasta conjugó el verbo “peronizar” y fue autor de un Diccionario de la conjugación elogiado en España por Julio Casares, además de textos de gramática para uso escolar. Ello sin olvidar las previas inquietudes de Arturo Capdevila (1889-1967) vertidas en  su libro “Babel y el castellano” que prologó Unamuno en 1928, temática presente además en la serie de artículos del escritor cordobés  que llevan por título general “Consultorio gramatical de urgencia” y que se publicaron en La Prensa. O Pedro Henríquez Ureña (1884-1946) y Amado Alonso (1896-1952) –traductor de Saussure-, autores en 1940 de una Gramática para estudiantes secundarios. Y algo más tarde el tucumano Luis Alfonso (1907-1985), miembro secretario de la Academia Argentina de Letras  al que  Menéndez Pidal apadrinó para su ingreso en la Real Academia Española, con sus “Voces nuevas en el diccionario de la Real Academia Española 1959-1961” (1963) o el zamorano aquí radicado Avelino Herrero Mayor (1891-1982), con sus trabajos  internacionalmente reconocidos como “Presente y futuro de la lengua española en América” y “Problemas del idioma”.  En tanto que en la siguiente promoción de lingüistas se destacaron los enfoques de los ya fallecidos Ofelia Kovacci y el políglota Julio Valderrama.
                                                    
LINGÜISTA Y POETA

    Rodolfo M. Ragucci realizó sus estudios de magisterio como alumno del Instituto  Salesiano Pío IX de Bernal, incorporado a la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta, donde también cursó  ciencias eclesiásticas   y  recibió los oleos sacerdotales. Su labor de investigador no distrajo ni anuló su inspiración poética y así dio a conocer tanto libros de investigación como poemarios religiosos de alto vuelo lírico. Si bien su ya citada obra “El habla de mi tierra” con numerosísimas reediciones es la más conocida de las surgidas de su pluma por el valor técnico y el plus pedagógico que la caracteriza con la mira puesta en “Facilitar a los alumnos el estudio del idioma nacional y ofrecer a los maestros copiosa variedad de recursos para amenizar la enseñanza del mismo, tan poco atrayente de suyo”, según reza la Advertencia de la primera edición, son igualmente demostrativos de su dedicación a la materia específica lingüística y a la historia y crítica literaria otros libros de carácter erudito como “Cumbres del idioma” (1938), “Letras castellanas” (1939), “Palabras enfermas y bárbaras” (1941) –un título que hubiera rechazado Roberto Fontanorrosa sempiterno negador de las llamadas malas palabras-, una reunión de sus artículos en la sección “Para el bien decir”, a  cargo del padre  Ragucci desde 1937 a 1939 en el diario católico El Pueblo, “Cartas a Eulogio” (1943), “Más cartas a Eulogio” (1943), “Cervantes y su gloria” (1947), “Manual de literatura española” (1957), “Literatura de le Edad de Oro Española” (1959), “Blasones de Hispania” (1966), “Escritores de Hispanoamérica. Notas bibliográficas y críticas y antología anotada” (1969); “Voces de Hispanoamérica” (1973).  A esa lista hay que sumar amenos, informativos y testimoniales libros de viaje como “Ruta de luz por Tierra Santa” (1953) e “Impresiones de un viaje: Don Bosco en mi camino” (1953). Si algún lector quisiera abundar en su labor de publicista, en el número XXXVIII correspondiente a enero-junio de 1973 del Boletín de la Academia Argentina de Letras, órgano donde había colaborado desde 1943 y eran características y por demás ilustrativas sus notas “Neologismos de mis lecturas”,  Horacio Jorge Becco dio a conocer su bibliografía.
  Renglón aparte merecen sus poemarios como “Al partir” (1936), firmado con el pseudónimo Pedro Romero de la Vega que prologó el poeta, docente y magistrado cordobés Ataliva Herrera y recibió conceptuosos juicios,  entre otros creadores de Alfredo Bufano y así lo destaca Néstor Alfredo Noriega en “Presencia y magisterio de Rodolfo M. Ragucci en las letras argentinas”. En las páginas de “Al partir”  puede leerse el nostálgico soneto “Como la yedra”, su despedida a la parroquia de Nuestra Señora de la Guardia y al seminario salesiano: ¡Adiós Bernal! Adiós, del alma mía/ exquisita porción, nido de amores,/ fontana que, al serpear entre las flores,/ vas musitando vieja poesía./ ¡Templo elocuente!...!Oh cuadro de María!.../ ¡Mártir de Dios!...!Oh sabios superiores!.../ Oh niños, que ignorabais sinsabores!.../ Oh aquella noble, espiritual porfía…/ ¡Hoy me alejo de ti, Bernal querido!/!Como al roble la yedra trepadora/ a ti mi corazón quedará asido;/ y tus recuerdos, arrebol de aurora,/ nunca mi alma entregará al olvido,/ porque aún allí mi adolescencia mora…!”
    
  Otros títulos en verso suyos son “San Tarsicio o el niño mártir de la Eucaristía” (1943),  “Empresas de clerecía: romancero donboscano” (1941) y “Caminos de juglaría: romancero donboscano” (1941), biografía romanceada del santo piamontés.  Ángel J. Battistessa, al despedir sus restos mortales en nombre de la Academia Argentina de Letras para la que el presbítero Ragucci fue elegido el 30 de junio de 1948 y donde ocupó el sillón 19 “Calixto Oyuela”, recordó  los afanes poéticos del religioso: En sosegado recreo consiguió frecuentar la forma siempre vigente del romancero, con la asimismo añeja, si menos frecuentada, del mester juglaresco. Según lo declara en uno de los títulos, en sus ejercicios de métrica se sintió parejamente solicitado por las "empresas de clerecía". Lejana, la emulación del maestro Gonzalo, “de Berceo nonmado”, lo solicitó a sus horas.

   Su hispanismo tenía vertientes espirituales y culturales profundas y no era una  mera bandería  política. Así cuando un colega de la docencia e historiador, el profesor Efraín H. Gómez Langenheim le hizo llegar en 1963 el texto de su iniciativa para que España tuviera su bandera en la isla de Guanahani –posiblemente la isla de Watling en el actual archipiélago de Bahamas, a la que arribó Cristóbal  Colón el 12 de octubre de 1492 y llamó San Salvador, el remitente recibió fechada en Bernal el 20 de diciembre del 63´ la siguiente conceptuosa carta que comienza diciendo: “Rodolfo M. Ragucci  S.D.B. saluda muy cordialmente al profesor doctor Efraín H. Gómez Langenheim, y se complace en expresarle la más fervorosa adhesión a su feliz iniciativa de tributar  a España, Madre de naciones, el justiciero homenaje que propone en el elocuente proyecto  que ha tenido a bien hacerle llegar.”

 El religioso evocado que recibió en el bautismo el nombre  Rodolfo, bien podría haberse llamado Eulogio –tal el término que aparece en el título de dos de sus libros- de intuir sus mayores la futura vocación por el correcto hablar que marcó su existencia.  Y también Teófilo por su amor al Verbo Encarnado y a  la Iglesia en la que abrazó con devoción y entrega el Orden Sagrado.

(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa, el 21 de abril de 2019.-)       


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miércoles, 1 de mayo de 2019

MÁRTIRES DE LA RIOJA


MÁRTIRES DE LA RIOJA

“Con un oído en el pueblo  y el otro  en el Evangelio”
Monseñor Enrique Ángel Angelelli



Yo subí en ascensores hasta algún 
mirador del
mundo y de sus reinos en
                                        júbilo perpetuo;
o hasta climatizadas piletas con desagües frente a la  
sed humana en desdén impiadoso.

Tres veces por mi culpa me confieso
creyente de las rasas alturas. Pecador que
abotona como un saco a medida las
pupilas absortas en lo
nimio del mundo y de sus reinos en
júbilo perpetuo.

Pero otras ascensiones de
intenso abrazo al tronco de la
Misericordia me ufanan a menudo.

Por eso es que este 27 de abril de 2019,
pidiéndole a los Mártires Cristianos de La Rioja  su gracia, su
fuerza de vertiente: otra agua de bautismo,   
me impongo en penitencia el desafío de
afrontar precipicios y agobio de
escalones,
                como ellos otros días con vértigo en
suspenso porque una red tejida en
dones de heroísmo se desplegó solícita
dándole a la caída sacrificial:
la muerte por mano de verdugos, la
esplendidez suprema de un cielo abierto –justo- con
visión a los tronos del Padre y
                                                Jesucristo.
*****

Mártires de La Rioja, en vida  con los
brazos dispuestos hacia los invisibles en su
opción por los pobres y en la
cruz extendidos de las
                                  Resurrecciones.



Verdor de cuatro palmas que
colorean la vida y
fecundan la tierra por las
generaciones.  

Cada uno un verso diáfano -con  rima consonante en el
Señor- de copla arrebolada como sangre en los 
llanos otrora en
                        montonera.


El viento del Espíritu limpia los nubarrones
del odio dando al blanco en rojo vivo.  
También de la jactancia de los que marcaron y marcan el
dinero con la tinta indeleble de la
codicia para el juego tramposo del
                                                  capitalismo.


Y el viento del Espíritu  
trae un perfume a campo    
con cumplido de lluvia esparciendo  
oraciones devotas  a los Beatos
                Monseñor Enrique Ángel Angelelli,
                 Presbítero Gabriel Longueville,
                 Padre franciscano Carlos de Dios Murias y                                                                                                                
                 un Laico: el campesino Wenceslao Pedernera,

                                      patronos de Utopías.

CARLOS MARÍA ROMERO SOSA


(Carlos María Romero Sosa, se publicó en Lazos de Arte y Amistad blogspot, el 30 de abril de 2019.-)


Publicado por Carlos María Romero Sosa en 10:45 No hay comentarios:

miércoles, 27 de febrero de 2019

HORA SEXTA

HORA  SEXTA


Pues Jesús cansado del camino, se sentó a la fuente. Era ya cerca de  la hora  sexta.
Juan 4: 6

Detrás de una baldosa floja el
agua de la lluvia muerde los tobillos
como un perro faldero y
ya no es goce del verano
ni traslúcido emblema de
frescura su asalto al caminante.     

Pero secará el sol esas gotas
malvenidas por súbitas y turbias    
mientras queda mi sed de entendimiento en
cruz de limosnera de devaluados rocíos;
negada al espejismo
-esa esperanza impuesta a las pupilas-  de un
encuentro salvífico junto al
Pozo de Jacob en la hora sexta.

Y a tientas echa mano mi aridez de desmonte de
manzanos absueltos a la
humedad del barro primigenio para alcanzarme en polvo

definitivamente.                                                                                                                                                                                                                                                                           
(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa el 24 de febrero de 2019)                                          
                              
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JUANA MANUELA GORRITI, CLÁSICA Y ACTUAL

        En la página 5 del número de LA PRENSA correspondiente al 8 de noviembre de 1892,  una columna central reseñó las exequias de Juana Manuela Gorriti, fallecida el 6 de aquel mes. Allí se daba cuenta de los 50 carruajes que acompañaron sus restos desde la casa mortuoria de Avenida Santa Fe 1007 al cementerio de la Recoleta, entonces llamado del  Norte, para ser depositados en la bóveda perteneciente a la familia Puch. La crónica consignó también las oraciones  fúnebres que la despidieron: a cargo de Carlos Guido Spano, del ministro plenipotenciario del Perú doctor Serantes y de Próspero Zorreguieta que habló en nombre de la juventud salteña. El periódico destacaba las presencias del vicepresidente de la Nación doctor José Evaristo Uriburu, de Uladislao Frías –el tucumano ex ministro del Interior de Sarmiento-, de Francisco J. Ortiz –ex canciller de Roca en su primer mandato-, del ingeniero Miguel Tedín –futuro ministro de Obras Públicas de Figueroa Alcorta-  y de José María Tedín, entre otros notables amigos de la escritora, así como que el gobierno nacional dispuso en acuerdo de gabinete que en virtud a los méritos personales e intelectuales de Juana Manuela y a los de su padre, José Ignacio Gorriti, Guerrero de la Independencia, el P. E. contribuyera con la suma de 1000 pesos a los gastos del entierro.
        A casi ciento veinte años, qué desusados aparecen hoy la magnitud del cortejo y el magnánimo gesto de la flamante administración del presidente Luis Sáenz Peña, iniciada el 12 de octubre de ese año. Del mismo modo  están  borrosos o víctimas del olvido  los apellidos patricios mencionados.  Pero sobre todo cabe reconocer  lo poco frecuentada que es al presente la obra de la que  ha sido considerada como la primera novelista argentina. Será porque “los clásicos se estudian pero no se leen”, según gusta decir el poeta Santiago Sylvester, quien realizó la edición crítica  de “La tierra natal” y “Lo íntimo” de Gorriti, que publicó el Fondo Nacional de las Artes en 1998.
     Por cierto en tiempos de reivindicación feminista  cabe atender incluso antes que priorizar sus escritos, a las condiciones de una personalidad  nada común en su época, tan bien dibujada en la difundida novela de Marta Mercader “Juanamanuela mucha mujer” dada a conocer en  1980, cuando era valiente y hasta temerario bajo la dictadura proponer a la consideración pública  simbolizada en una figura notoria, la independencia del “segundo sexo” por decirlo con la terminología de Simone de Beauvear.   
   En una secular sociedad patriarcal como la nuestra, no del todo exorcizada de esa rémora aún en el siglo XXI,  tres mujeres –sin desconocer a otras también de singulares méritos- pueden tomarse en diferentes momentos del pasado como representantes modélicas de la condición femenina. Las tres hicieron historia por sí mismas y de algún modo se traspasaron, ajenas al fatalismo cronológico, la antorcha de la esforzada afirmación de su sexo: Mariquita Sánchez de Thompson (María Josepha Petrona de Todos los Santos Sánchez de Velasco), Juana Manuela Gorriti y Victoria Ocampo. Sucede que ninguna de ellas desertó de sus vocaciones frente a un medio predispuesto a anularlas y todas procuraron –y lograron en buen medida- mantener un trato de igual a igual, sin temores reverenciales, con los hombres  que amaron o con los que entablaron amistad, fueran ellos Bernardino Rivadavia, Domingo Faustino Sarmiento o Juan Bautista Alberdi en el caso de Mariquita Sánchez; Santiago Estrada o Vicente Quesada en el  de Juana Manuela o el conde de Keyserling y el mismísimo Ortega y Gasset,  agasajados en Villa Ocampo por la autora de “Testimonios” y primera mujer académica de letras de la Argentina. Tal vez el condicionamiento de clase les impidió ir más lejos y el carácter que desarrollaron no siempre en la bonanza –“huyendo del desolado presente  he tenido necesidad de refugiarme en las sombras del pasado y evocar nobles acciones de los muertos para olvidar las infamias de los vivos”, anotó Juana Manuela- sumado al temperamento natural que las distinguía, suplantó el elaborado ideario revolucionario que caracterizó a una Flora Tristán o a una Rosa Luxemburgo. Aunque no es poco lo que llegaron a ser: mujeres a su propia hechura y no a los dictados del  mundo exterior.
                                                                       
VIDA  NOVELESCA DE LA NOVELISTA

 Juana Manuela Gorriti nació en la finca familiar salteña de Los Horcones, en Rosario de la Frontera, el 16 de julio de 1816. La más reciente de sus biógrafos, Leonor Fleming, quien tuvo a su cargo la reedición crítica de la novela “La tierra natal” –publicada en 2013 por la Biblioteca del Norte  con el patrocinio de la Fundación Doctor Atilio Cornejo y el auspicio del Fondo Editorial de la Secretaría de Cultura de la Provincia de Salta-, volumen que encabezó con un extenso estudio introductorio y una completa  bibliografía de la autora, recuerda que su llegada al mundo coincidió con la participación de su padre –José Ignacio Gorriti- en el Congreso de Tucumán que declaró la Independencia.                                     
   A los seis años pasó de la vida montaraz en la posesión rural familiar, al  estrecho recinto de un colegio dirigido por monjas. En las páginas testimoniales de “Lo íntimo”, contó desgranando tristeza por la Arcadia perdida y demostrando franciscana ternura para con los seres que hicieron felices sus primeros años: “-¡Adiós, mi lindo caballo! ¿Quién te dará en adelante, pan y azúcar en las palmas de las manos...? Sin embargo mayor desarraigo aún le significó en 1831 el exilio familiar, primero en Tarija y después en Sucre,  precipitado ante  la amenaza de Facundo Quiroga, triunfador en La Ciudadela. A poco conoció A Manuel Isidoro Belzú, con el que se casó en 1833 y tuvo dos hijas: Edelmira y Mercedes. Belzú, caudillo popular y décimo presidente de Bolivia,  fue asesinado por Mariano Melgarejo en 1855, autoproclamado de inmediato presidente. Juana Manuela presidió sus funerales, más allá de estar separados de hecho desde 1847 en dato que aporta  Fleming. Refugiada en Lima donde creo una escuela para señoritas,  también en la ciudad de los Virreyes  nació en 1855, fruto del vínculo sentimental entablado con Julián Sandoval, su hijo varón  Julio, su compañero de viajes  y quien se ocupó de publicar algunas de sus obras después de su  fallecimiento. (Juana Manuela tuvo otra hija, Clorinda, de  posible apellido paterno Puch).        
       Que “Gorriti fue una mujer luchadora que no desertó de la vida ni de la literatura”, como bien resume su existencia Leonor Fleming –doctorada en la Universidad Complutense de Madrid con una tesis sobre “La narrativa del noroeste argentino”,  autora de ediciones críticas y anotadas de Esteban Echeverría, Horacio Quiroga, Manuel Mujica Láinez, Juan Carlos Dávalos y Héctor Tizón y profesora en las universidades de Roma, París VII, Oviedo y en la argentina del Salvador- lo comprueban los múltiples testimonios existentes sobre su temperamento irreductible, que  permite  emparentarla  con madame de Staél  y bastante con George Sand; aunque Jorge Max Rohde la juzgó  más virtuosa que la baronesa de Dudevant  en “Las ideas estéticas en la literatura argentina”. Y por supuesto su obra escrita: “Sueños y realidades” (1865), “Biografía del general don Dionisio Puch” (1868), “Panoramas de la vida. Colección de novelas, fantasías, leyendas y descripciones americanas”, dos tomos, (1876), “El mundo de los recuerdos” (1886), “Oasis en la vida” (1888), “La tierra natal” (1889), “Cocina ecléctica” (1890), “Perfiles” (1892), “Veladas literarias de Lima 1876-1977” (1892) y  “Lo íntimo”, el libro póstumo de 1898.       

        El cultivo de las letras no resultó en su caso un adorno o un pasatiempo sino que representó el fruto de una imperiosa necesidad expresiva. También funcionó  como una fuerza centrífuga que en vez de recluirla en un gineceo creador, la impulsó  desde su cuarto propio  al mundo de la vida,  así como a la frecuentación de los representantes más notorios de las letras tanto de aquí, como de Bolivia y el Perú. En Lima animó célebres reuniones culturales: “abrió salón, como se decía en el idioma convencional de su época”, comentó Bernardo González Arrili en un artículo que le dedicó en junio de 1949  en La Nación. Y esa tertulia hizo historia y en una carta de Ricardo Palma a su hijo Julio, incluida al comienzo de “Veladas literarias de Lima 1876, 1877”, libro que contiene a modo de prólogo su biografía redactada por Pastor Obligado y fue impreso  en Buenos Aires en 1892 precisamente por impulso de Julio Sandoval, memoró nostálgico el prosista de “Tradiciones peruanas” aquellas reuniones de la salteña. Luego de enumerar  varios de los participantes de ese  legendario salón limeño como Cristina Bustamante, Rosa Mercedes Riglos de Orbegoso, Rosa Ortiz de Cevallos, Victoria Domínguez, Manuelita V. de Placencia, el poeta de calderoniana entonación Adolfo García o el también poeta y periodista Acisclo Villarán, concluyó Palma: “Pocos quedamos en pie de aquella pléyade entusiasta de luchadores que hicieron de las amenas tertulias  de Juana Manuela Gorriti, animado palenque de literarias contiendas”.                              
     Comenzamos refiriendo su entierro, pero en tributo a su memoria sería más apropiado finalizar recalcando que Julio F. Sandoval, aunque apenas la sobrevivió dos años al fallecer en Buenos Aires en 1894, fue como ya se adelantó artífice de la publicación de los últimos libros de su madre. También su nuera, Urbina Ponce de Sandoval, ha quedado vinculada con la escritora y no sólo debido al parentesco político entablado. Está presente en “Cocina ecléctica”,  libro con recetas de nombres tan pintorescos como “Sopa teológica”, “Pastelitos de ayuno” o “Embozo a la Elvirita”. En sus páginas Urbina Ponce de Saldoval aparece dos veces mencionada como aportante de  algunas preparaciones culinarias, la más pintoresca: “Chicha de garbanzos”. “Asidlo por la boca, recomienda Juana Manuela, en el prólogo”,  comentó jocoso Miguel Brascó en el suyo para la reedición de la obra por la Librería Sarmiento S.R.L. en 1977.
         Vaya a modo de cierre una curiosidad: el 5 de julio de 1893, Julio Sandoval envió desde Buenos Aires  su fotografía dedicada, tal los usos de la época, -¿quizá?- al político y escritor salteño doctor José Arturo León Dávalos, padre del poeta Juan Carlos Dávalos. Cabe plantear la duda,  en primer lugar, al  encabezarse el breve texto al “Amigo Arturo”, sin mención de apellido. Y después por la primera frase: “Tú gozas de los aires de la Patria”,  una referencia, en principio,  al común terruño, que de ser el  natal de Julio corresponde al Perú y no a la argentina Salta de Dávalos, venido al mundo allí en 1851. Sin embargo podría tratarse de una cariñosa asimilación de su parte a la tierra materna. Lo cierto es que a continuación anotó allí añorante entre otras expresiones dibujadas con caligráfica letra inglesa: “Yo represento al peregrino. Te contemplo desde la distancia. ¡Quién creyera esto!”. Todo un enigma el documento conservado por Carlos Gregorio Romero Sosa, sobrino nieto del posible destinatario,  que descubrimos en su biblioteca junto a viejas ediciones de la escritora en cuestión, consultadas con motivo de elaborar el presente artículo.  


(Carlos María Romero Sosa,  se publicó en La Prensa el domingo 27 de enero de 2019)                                                                                               


















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martes, 12 de febrero de 2019

DEFENSOR DEL PUEBLO DE LA NACIÓN, PARA CUÁNDO?

                                                          

 Desde el año 2009 en que renunció  Eduardo René Mondito al cargo en el que había sustituido a su primer titular, doctor Jorge Maiorano, no ha sido designado  Defensor del Pueblo de la Nación. La Defensoría es un órgano independiente instituido en el ámbito del Congreso que, como es sabido, fue  creado al incorporarse  el nuevo artículo 86 al texto de nuestra Carta Magna por la reforma de 1994.  Según reza dicha norma tiene por misión  “la Defensa y protección de los derechos humanos  y demás derechos, garantías e intereses tutelados en esta Constitución y las leyes, ante hechos, actos u omisiones de la Administración; y el control del ejercicio de las funciones administrativas  públicas.” Entre los primeros juristas  que impulsaron la creación en nuestro país del Ombudsman  –institución de origen sueco  en la que algunos doctrinarios hallan similitudes con ciertos institutos medievales hispanos-  cabe mencionar al constitucionalista  Miguel Padilla quien en 1972 publicó el libro “La institución del comisionado parlamentario: (el Ombudsman)”. Asimismo debiera recordarse al profesor Alberto Spota reclamando más o menos por esos tiempos desde su cátedra universitaria y poco después en artículos en revistas jurídicas, que los derechos ciudadanos fueran tutelados por algún funcionario ajeno al Poder Ejecutivo para así tener ellos cierta vía de efectividad.
  En la actualidad, cuando solemos padecer los oídos sordos de la mayoría de nuestros representantes cuyas decisiones sacadas de la galera resultan ser  nuevos impuestos o subas impagables de los servicios públicos, “ukases” que modifican  las condiciones de vida de los administrados al punto de deteriorarla, es más que nunca imprescindible y no solo aconsejable la designación de un Defensor del Pueblo de la Nación. En ese sentido  y ajeno a todo partidismo, entiendo como muchos conciudadanos que la honestidad, eficiencia y laboriosidad demostrada en su extensa trayectoria publica por el doctor Héctor Polino como concejal porteño, secretario de Acción Cooperativa designado por el doctor Raúl Alfonsín y varias veces diputado nacional, lo haría merecedor a ese cargo  al que honraría. Tanto más que desde antiguo pero con especial dedicación en los últimos años, Polino desafiando malas caras de funcionarios, se ha convertido en un insobornable referente de la defensa de los derechos del consumidor al denunciar tanto ayer los dudosos números del INDEC como hoy la inflación galopante que padecemos y que se acentúa en los precios de la canasta básica.   


(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa el 23 de enero de 2019 y se reprodujo en la Revista Con Nuestra América, de San José de Costa Rica, el 9 de febrero de 2019.-)


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domingo, 13 de enero de 2019

TANTO VA EL CANTARILLO A LA FUENTE...,Y NO TE DIGO MÁS



   La situación que atraviesa el pueblo argentino es angustiante y nada nuevo se descubre al decirlo; nada, conocidos los recientes índices del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina  de más del 33% de pobreza y en aumento y hasta los números del INDEC que revelan que la actividad industrial se retrajo en 13, 3 % interanual en noviembre y la construcción se desplomó un 15,9 % en igual periodo. Lo distintivo aquí es otra cosa: no hubo gobierno constitucional -y me temo que no hubo gobierno- que haya empobrecido tanto a la mayoría de los habitantes de la Nación en beneficio del poder concentrado de ciertos grupos oligárquicos y financieros  afines al Ejecutivo. En ese sentido si hay algo que no puede achacarse a la Casa Rosada es que haya hecho excepciones con sus votantes, porque la clase media viene siendo la que más golpes recibe con la carestía de la vida representada por una inflación de más de 47 por ciento en el 2018, las jubilaciones y pensiones a la baja debido al nuevo cálculo de ajuste previsional aprobado en diciembre de 2017 por un oficialismo que convirtió al Congreso en una escribanía de usureros; los impuestos al salario, al ahorro, a los alquileres, a la venta y compra de propiedades y hasta por respirar si uno se descuida: “La carga impositiva en 2019 será la más alta en sesenta años”, anuncia en su edición del 5 de enero La Nación, insospechada de opositora. Aparte de ser elemento necesario de este  plan de ajuste salvaje el desempleo, verificado en los despidos en la Administración Pública y los entes estatales, tal  el caso de los trabajadores de TELAM y ni qué hablar de las más de 120.000 pérdidas de trabajo privado durante el 2018 con la paralización de la obra pública y la quiebra de las PYMES.
   Con una cuota de sadismo e imprudencia que pudo costarle caro al gobierno habida cuenta del antecedentes del 2001,  los tarifazos para 2019 se anunciaron a fin de año, en víspera del día de inocentes y del viaje a Punta del Este del ministro Dietrich, que en función de verdugo y a la vez  de autor del género de terror que deja chicos a Mary Shelley y a Stefhen King, dio cuenta de las subas del trasporte público, todo en una macabra tomada de pelo a asalariados y jubilados que mal podrán pagar 21 pesos por cada viaje en subterráneo en los meses venideros y 18  los que lo hagan en colectivo. Pero contra la resignación  cabe pensar que no hay mal que por bien no venga y  por esa línea, cuanto peor, mejor.
 Claro que razonar así conduce necesariamente a preguntarse sobre cuál será la gota que rebalse el vaso. “Mira, Sancho, lo que hablas, porque tanto va el cantarillo a la fuente…, y no te digo más”, reprendía Don  Quijote a su escudero. Y más cerca y con menos sugerencia fue el mismísimo Juan Perón quien habló del tronar de los escarmientos cuando los pueblos agotan su paciencia.     
 Como la realidad está constituida por cabos sueltos que Dios vincula y a los humanos les es dado imaginar –e ilusionar- que no son azarosos para no sentirse perdidos en el caos, fue el 24 de diciembre al sumarse  la noticia de la muerte de Osvaldo Bayer a la desilusión  -en mi caso- frente la anestesia general de la sociedad que contra todo pronóstico no protestó en forma masiva reviviendo gloriosas gestas decembrinas,  cuando me asaltó de inmediato  el recuerdo de “La Chispa”, aquel  periódico quincenal  fundado por Osvaldo en Esquel  y aparecido entre diciembre de 1958 y abril de 1959  para denunciar a los latifundistas y defender los derechos de los pueblos originarios en momentos en que nadie mencionaba el tema. Resultó ser un oportuno recuerdo que me reanimó el ánimo,  una  prueba que como el Cid Campeador, el autor de “Di Giovanni el idealista de la violencia”  sigue ganando batallas después de muerto. Y eso porque en las circunstancias actuales será otra chispa menos pensada, la que más temprano que tarde generará acontecimientos cívicos purificadores.
 Hasta tanto seguirán las interpretaciones sobre porqué esta vocación de tantos a ser conducidos al matadero sin chistar. ¿Abulia? ¿Descreimiento en otras opciones políticas? ¿Influencia como nunca antes  de los medios oficialistas en las decisiones colectivas o dicho mejor en la falta de ellas? Sin duda será una sumatoria de todo lo dicho con más el condimento del odio de clase de los sectores del medio pelo,  prejuicio  más fuerte que la contrariedad ante la notoria rebaja en su calidad de vida.
 A esto cabe sumar las malas artes de una dirigencia sindical traidora y desmovilizadora; reticente  durante estos tres años de desquicio hasta a decretar esos famosos y tristes paros domingueros de los que no se salvó ningún gobierno anterior y por de pronto se abusó en tiempos del presidente Alfonsín. ¿Por qué no reacciona la clase media que nunca lo hace por ideales sino al sentir tocado el bolsillo? ¿Por qué si  no hubo administración más depredadora que la actual?  En tiempos de Menem el voto cuota demostró  falta de solidaridad con los excluidos –que eran menos que hoy- y naturalmente carencia      de patriotismo cuando se celebraba en los aquelarres de Olivos, entre pizzas y champanes, las relaciones carnales con los Estados Unidos de América. Pero entonces, quienes no habían salido del sistema accedían efectivamente al pago en cuotas sin interés para consumir a lo loco bienes o servicios como viajes a Miami para ejercitar el “déme dos”.  Con eso llenaban las pequeñas burguesías sus expectativas económicas, único sentido de sus existencias. Y tampoco había inflación por los pases mágicos del uno a uno cavallista, hasta estallar todo por los aires. Sucede que la previsión es un elemento de la  prudencia y el ejercicio de esa virtud corresponde según Platón a los gobernantes, con lo cual no cabe exigir prudencia y menos grandeza de alma a las clases medias que aprovecharon la coyuntura sin prevenciones de futuro ni conmiseración  por las víctimas de las reformas del Estado  del menemismo. Con Macri la cosa es bien diferente, a la larga primavera consumista de los años noventa se le contrapone la caída del consumo y en suma el detrimento de la calidad de vida de la población. Y sin embargo no pasa nada. O nada más que el crecimiento de la deuda externa,  de la interna lacerante y del riesgo país. No hay duda que el relato de la prensa canalla tiene efecto. Basta una muestra: no hay columnista ni panelista televisivo que defienda a Franco Macri, para mi gusto con sus más y sus menos o sus menos menos, más inteligente, industrialista y emprendedor que su descendencia. Pero vale emplear públicamente su figura de “padrino”, algo así como de válvula de escape para dispersar los rumores de corrupción oficial en una suerte de términos dialécticos familiares antitéticos. Una oportuna paráfrasis del cuento del policía malo y el policía bueno. De modo que puede aceptarse sin chistar que Franco hizo  su fortuna -o parte de ella- de manera “non sancta”, pero eso no salpica a su hijo hoy en el poder y ayer a cargo de las empresas paternas. Si de ética habla tanto la diputada Carrió, no sabe o no quiere saber que nadie debe beneficiarse del dinero mal habido y que en  caso de ser así, Mauricio no sería una pobre víctima sino un cómplice.    


  Vuelvo a pensar en Bayer –con el que una sola vez hablé por teléfono- y en su periódico de nombre La Chispa,  esperando que desde el Paraíso en que no creía y al que habrá accedido por aquello de  que son bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, nos de una mano y nos ayude a encenderla aquí y ahora. Tal vez ya lo está inspirando dado que en estos primeros días de enero comienzan a sonar cacerolas y  al golpearlas: ¡saltan chispas! 

(Carlos María Romero Sosa, se publicó en la Revista Con Nuestra América, de San José de Costa Rica, el sábado 12 de enero de 2019.-)   
Publicado por Carlos María Romero Sosa en 9:57 No hay comentarios:

LA REVISTA "SEXTO CONTINENTE" Y ALICIA EGUREN


 Al revisar las cajas del archivo epistolar de Carlos Gregorio Romero Sosa (1916-2001), circunscribiendo por algún motivo ese rastreo a los años cuarenta del siglo pasado, apareció una carta autógrafa de la escritora y militante política Alicia Eguren.  Participaba al historiador y hombre de letras salteño para entonces ya radicado en Buenos Aires, de la inminente aparición de la revista “Sexto Continente” y le que sugería enviara algún artículo para la misma. Esa publicación proyectada como bimestral, durante sus cuatro primeros números correspondientes a julio-agosto y septiembre-octubre de 1949, fue coeditada por  Eguran y el intelectual rosarino Armando Cascella (1900-1971), posteriormente autor entre otros libros de “La traición de la oligarquía”, reeditado en 1969 con prólogo de Arturo Jauretche. A partir del quinto número la antedicha coeditora fue suplantada  en la función aunque prosiguió en calidad de articulista, por el abogado y periodista Valentín Thiebaut, que en 1947 había cubierto para el diario Democracia el viaje de Eva Perón a Europa.
     Algo se ha escrito sobre la publicación que se ofrecía con el formato de revista libro y cuyo título alude a lo indiviso de América Latina. El último número 7/8 correspondió a los meses de noviembre y diciembre de 1950. Al respecto vale la pena consultar la obra de Héctor René Lafleur, Sergio Provenzano y Fernando Alonso: “Las revistas literarias argentinas 1893-1967” y más específicamente  el ensayo de Pablo Martínez Gramuglia: “La práctica crítica como juicio ideológico: Sexto Continente”. Su  vida corta pero posible gracias a la publicidad oficial, en especial de la provincia de Buenos Aires gobernada por el coronel Domingo Mercante, no resta valor a ese esfuerzo editorial, en la línea doctrinaria de la revista Cultura que editó la Oficina de Publicaciones del Ministerio de Educación de la Provincia de Buenos Aires, a cargo del ex forjista y poeta Julio César Avanza.
    Es de advertir la calidad de sus colaboradores, entre otros los pensadores Ernesto Palacio, Raúl Scalabrini Ortiz, Homero Guglielini y Ramón Doll; los historiadores Carlos y Federico Ibarguren,  José María Rosa y  Alberto Ezcurra Medrano; los juristas Arturo Enrique Sampay y Norberto Gorostiaga; el médico Ramón Carrillo; el legislador Joaquín Díaz de Vivar; el sociólogo francés Jaime María de Mahieu; el arqueólogo Andrés Campanella de anterior trabajo con Enrique Palavecino en la Universidad Nacional de Tucumán; el etnógrafo, folclorólogo y médico santiagueño Orestes Di Lullo; el musicólogo Lucas Rivara;  los filósofos Octavio Derisi, Carlos Astrada y Miguel Ángel Virasoro; los novelistas Arturo Cancela y Pilar de Luzarreta  y los poetas Leopoldo Marechal,  José María Castiñeira de Dios, Antonio Puga Sabaté, Enrique Lavié, Héctor Villanueva, Raúl de Ezeiza Monasterio, María Granata  y Vicente Trípoli.  Y sobre todo será de destacar  la confluencia, frente a los  cambios en la estructura social que se verificaban por entonces,  de personalidades de diferente procedencia y pensamiento. Así  más allá de la clara línea editorial de signo oficialista a la que se hallaba adscripta y que de algún modo vinculaba a la mayoría de los colaboradores aunque no a todos,  puede entenderse la inclusión en sucesivos números, aparte de  los textos de los autores argentinos mencionados,  de la visión  latinoamericanista del mexicano José Vasconcelos, de las inquietudes sociales del brasileño Josué de Castro,  del boliviano Augusto Céspedes o del guatemalteco de clara adscripción izquierdista Miguel Ángel Asturias. Lo mismo que el aporte del filólogo gallego José Gabriel, de fuertes simpatías trotzquistas y durante la Guerra Civil adherido al Partido Obrero de Unificación Marxista, tan perseguido por los comisarios políticos y agentes enviados a la contienda española por Stalin. Y la presencia en el número  quinto de Ramón Gómez de la Serna con sus ismos a cuestas, lo que poca gracia debía causar a algunos lectores  que no pasarían de las novelas costumbristas del carlista José María de Pereda. Aunque “Sexto Continente” compensó en su última entrega  el antiacademicismo de Ramón, con la prosa académica del catalán franquista  Eugenio d´Ors.  Es curioso a la distancia comprobar que el nacionalista revolucionario Céspedes y el vindicador de los  mayas Asturias, coexistían en las páginas con el pro fascista rumano –aunque víctima del nazismo que lo recluyó en un campo de concentración- Vintila Horia y con el maurrasiano  y difusor del teórico de la huelga general revolucionaria George Sorel, Jaime María de Mahieu.  
     Se ha insinuado que “Sexto Continente” pretendió  ser la contracara cultural de SUR de Victoria Ocampo, de ideario liberal y sobre todo vocación europeizante. Por cierto detractores no le faltaron en su momento ni le faltan al presente y así el sociólogo Máximo Plotkin, en su libro “Freud en la pampa”, frente a la lista de los colaboradores y el tenor de sus textos  ha criticado la “mezcla incoherente de nacionalismo, nativismo, catolicismo derechista y elogios al régimen”. Algo que desde otro ángulo de análisis, bien podría juzgarse como una ausencia de sectarismo. Sucede que en la Argentina de casi setenta años atrás había ámbitos de encuentro más allá del reñido peronismo-antiperonismo e incluso de las vertientes, muchas veces hijas de antitéticas visiones que conformaron esos opuestos hasta hoy irreconciliables de la Argentina. Tales puntos de reunión, en ocasiones eran espacios físicos como la casa de la calle Charcas 4741 donde vivía Alfredo Palacios; tan socialista, agnóstico y admirador de la figura de Jesús de Nazareth, como demócrata y nacionalista con c. Allí era habitual la concurrencia a almorzar de notorias figuras del nacionalismo católico y asimismo de otras que nada tenían que ver con ese ideario sino al contrario. Como que llegaron a compartir la mesa por esos tiempos los nacionalistas Ignacio B. Anzoátegui, Hipólito Jesús Paz y el capellán militar R.P. Amancio González Paz, con el doctor Eleazar Levín, el poeta Arturo Capdevila de vieja tradición reformista, el mexicano Jesús Silva Herzog que presidió el comité petrolero en pro de  la nacionalización del hidrocarburo bajo el gobierno del presidente Lázaro Cárdenas  y el escritor colombiano Germán Arciniegas, un americanista de centro acusado por el dictador Rojas Pinilla de comunista. 
     Da para meditar y más  para lamentarse  el hecho de advertir cómo el paso del tiempo enfrentó a personalidades de la cultura que en algún momento compartieron las páginas de “Sexto Continente”; una muestra de laboratorio de la explosión de idearios e ideales que marcó a sangre y fuego el clima posterior del país. Así su crítico cinematográfico Miguel P. Tato epilogó su carrera ejerciendo funciones de censor oficial en el burocrático Ente de Calificación Cinematográfica durante el gobierno de Isabel Perón y después con la dictadura. En tanto Armando Cascella se convertía en un “maldito” de la cultural oficial silenciado por muchos de sus exponentes de machacado liberalismo –sobre todo económico- que aceptaban de buena gana los cortes de las películas por Tato –podían disfrutarlas completas en Punta del Este-, y miraban para otro lado cuando el socialista Luis Pan, a cargo de Eudeba al comienzo del Proceso, ofrecía el tributo de millares de libros a Suárez Mason para ser quemados en una suerte de auto de fe. De igual modo, los caminos se habían separado a finales de los sesenta entre Carlos Astrada,  que se acercó al maoísmo, y  su amigo y colega Miguel Ángel Virasoro, traductor de Sartre, frente al perseverante socialcristianismo de Basilio Serrano y el severo escolasticismo de monseñor Derisi -quizá ajeno a la tesis de Maritain: “El tomismo no es de derecha ni de izquierda”- o el tradicionalismo esotérico de Vintila Horia. Y otro tanto cabe para la concepción antropológica  racista y nostálgica de la arianidad de de Mahieu, tan antitética del  indigenismo de Andrés Campanella y Di Lullo. Y ni qué hablar de la opción revolucionaria asumida hasta las últimas consecuencias por la propia Alicia Eguren en tanto Valentín Thiebaut, sucesor suyo en la coedición de “Sexto Continente” y sin duda con tanta buena fe como ella en su bando, colaboró en 1974 desde las funciones de director ejecutivo de EUDEBA, con la intervención a la Universidad de Buenos Aires del negacionista del Holocausto Alberto Ottalagano.

SONETISTA CATÓLICA Y MILITANTE RADICALIZADA

     Alicia Eguren nació en Buenos Aires en 1925 y fue víctima de desaparición forzada el 26 de enero de 1977. Se graduó como profesora de letras en la Facultad de Filosofía y Letras de  la UBA y publicó los libros de poemas: “El canto de la tierra” (1949), “Dios y el mundo” (1950), “El talud descuajado” (1951) y “Aquí, entre magras espigas” (1952). Además dio a conocer una obra de teatro: “La pregunta” (1949). Funcionaria de la Cancillería y casada con el diplomático y más arde experto en el conflicto árabe-israelí Pedro Catella, vivió en Inglaterra donde  cumplió funciones oficiales. María Seoane en su libro “Bravas”, una entrelazada biografía de Eguren y de Susana Lugones Aguirre: “Pirí” Lugones,  da cuenta que en la casa de Ernesto Palacio conoció al padre Leonardo Castellani,  que tanta influencia tuvo en su  desarrollo intelectual y fue su confesor. (Algo más  sobre ese vínculo está explicitado en el libro “Los zurdos y Castellani” (2012) de Pablo José Hernández).  Inquieta. Tan ávida de experiencias religiosas como de conocimientos y justicia terrena, la escritora y docente universitaria Graciela Maturo nos ha recordado en fecha reciente: “A Alicia Eguren, mayor que yo, la conocí personalmente en el Congreso de Filosofía del 49, al que asistí a mis 20 años, como alumna del 3er. año de Letras de la Universidad de Cuyo. Ya había nacido mi primer hijo, Tristán, y yo participaba no sólo como alumna sino por ser la esposa del profesor Alfonso Sola González, uno de los organizadores del Congreso, aunque él también era de Letras. Alicia era amiga suya.”
    En su poética se advierten las lecturas de los místicos y ascetas españoles, así como de los autores del renacimiento peninsular. Rasgos evidentes incluso en la métrica empleada en su inicial poemario: “El canto de la tierra”,  escrito íntegramente en liras que traen reminiscencias de Garcilazo. En tanto  los sonetos de “Dios y el mundo” documentan su dominio de esa forma estrófica. Una constante en la lírica de Eguren era el ideal del “beatus ille” manifestado en la reiterada inspiración bucólica, algo paradojal atendiendo a su historia posterior. Mujer de su tiempo, no le fue ajena la impronta del último modernismo que aquí supo enarbolar la Generación del Cuarenta oponiendo -con excepciones como la del rebelde  César Fernández Moreno- a los  vientos rupturistas un otro ondear de romántica melancolía  y en ocasiones de fondo telúrico. En algunos pasajes de la poética de Eguren el salto metafísico y religioso es dado desde el movilizante  plano existencial. Lejos de caer en el  parricidio literario, debió ser lectora del Horacio Rega Molina de “Domingos dibujados desde una ventana”, hecho verificable en estos alejandrinos: “”Con el rostro perplejo por el ángel y el diablo/ ahora, cuando crezco, cuando mi ser extingo,/ en esta gran dulzura por la que con Dios hablo/ me vuelca su sentido la tarde del domingo.”
     Si bien inclinada  desde la juventud a la acción política, su encuentro con John William Cooke, con quien formó pareja algo después de separarse de Pedro Catella,  marcó en forma definitiva su vida. Amiga del Che Guevara en Cuba y figura icónica del llamado peronismo revolucionario liderado por el mayor Bernardo Alberte, fue capaz de cuestionar al jefe del movimiento en una carta abierta fechada el 4 de octubre de 1971. Alicia no admitía medias tintas. Su trayectoria de militante cada vez más radicalizada, no consumió  y al contrario avivó el fuego poético aunque ya no publicara versos. Vale para ella la sentencia de Gabriel Celaya: “La poesía es un instrumento, entre otros, para transformar el mundo”. Su sacrificio final demuestra que no hubo en su mensaje palabras vacías. Más que cantar la lucha ajena en cómoda actitud de burguesa “progre”,  forjó a golpes de martillo un canto de  insurrección. Lo había anunciado en el prólogo de “Aquí, entre magras espigas”: “mientras no reciba algún mandato más claro, humildemente, pienso llenar mi vida escribiendo”.  Hoy lo sigue haciendo en las hojas perennes del Árbol de la Justicia. 

(Carlos María Romero Sosa, se publicó en Calchaquimix, Salta,  el martes 25 de diciembre de 2018 y con alguna  mínima modificación en La Prensa el domingo 30 de diciembre de 2018.-)

                            
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Carlos María Romero Sosa
Poeta, ensayista y crítico literario, nació en Buenos Aires donde reside. Ha ejercido el periodismo cultural desde su primera juventud en periódicos del país y del exterior como La Prensa (Buenos Aires), La Capital (Rosario), El Liberal (Santiago del Estero), El Tribuno (Salta), Listin Diario (Santo Domingo, República Dominicana) y en las revistas Proa, Casandra, Historia, Claves, Letras de Buenos Aires, BCV Cultural -órgano del Banco Central de Venezuela-, Excerta Scholastica, Ápices -cuyo consejo de redacción integra desde su fundación- y otras publicaciones. En la actualidad es columnista permanente del diario Salta Libre (Salta). Ha pronunciado conferencias en Argentina, República Dominicana y España. Autor de opúsculos literarios e histórico-literarios y de 13 libros hasta el presente. Abogado y escribano (UBA), cursó también en la Facultad de Filosofía y Letras. Fue becado por el Centro de Cooperación Iberoamericano a propuesta de su maestro Ángel J. Battistessa, realizó estudios superiores de literatura española en la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid entre los años 1979 y 1980. Desde 1981 ejerce la docencia.
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