sábado, 4 de mayo de 2019
miércoles, 1 de mayo de 2019
MÁRTIRES DE LA RIOJA
MÁRTIRES DE LA RIOJA
“Con un oído en el pueblo y el otro
en el Evangelio”
Monseñor
Enrique Ángel Angelelli
Yo subí en ascensores hasta algún
mirador del
mundo y de sus reinos en
júbilo perpetuo;
o hasta climatizadas piletas con desagües frente a la
sed humana en desdén impiadoso.
Tres veces por mi culpa me confieso
creyente de las rasas alturas. Pecador que
abotona como un saco a medida las
pupilas absortas en lo
nimio del mundo y de sus reinos en
júbilo perpetuo.
Pero otras ascensiones de
intenso abrazo al tronco de la
Misericordia me ufanan a menudo.
Por eso es que este 27 de abril de 2019,
pidiéndole a los Mártires Cristianos de La Rioja su gracia, su
fuerza de vertiente: otra agua de bautismo,
me impongo en penitencia el desafío de
afrontar precipicios y agobio de
escalones,
como ellos otros
días con vértigo en
suspenso porque una red tejida en
dones de heroísmo se desplegó solícita
dándole a la caída sacrificial:
la muerte por mano de verdugos, la
esplendidez suprema de un cielo abierto –justo- con
visión a los tronos del Padre y
Jesucristo.
*****
Mártires de La Rioja ,
en vida con los
brazos dispuestos hacia los invisibles en su
opción por los pobres y en la
cruz extendidos de las
Resurrecciones.
Verdor de cuatro palmas que
colorean la vida y
fecundan la tierra por las
generaciones.
Cada uno un verso diáfano -con
rima consonante en el
Señor- de copla arrebolada como sangre en los
llanos otrora en
montonera.
El viento del Espíritu limpia los nubarrones
del odio dando al blanco en rojo vivo.
También de la jactancia de los que marcaron y marcan el
dinero con la tinta indeleble de la
codicia para el juego tramposo del
capitalismo.
Y el viento del Espíritu
trae un perfume a campo
con cumplido de lluvia esparciendo
oraciones devotas a los Beatos
Monseñor Enrique
Ángel Angelelli,
Presbítero Gabriel
Longueville,
Padre franciscano
Carlos de Dios Murias y
un Laico: el campesino
Wenceslao Pedernera,
patronos de Utopías.
CARLOS
MARÍA ROMERO SOSA
(Carlos María Romero
Sosa, se publicó en Lazos de Arte y Amistad blogspot, el 30 de abril de 2019.-)
miércoles, 27 de febrero de 2019
HORA SEXTA
HORA SEXTA
Pues Jesús cansado del camino, se sentó a la
fuente. Era ya cerca de la hora sexta.
Juan 4: 6
Detrás de una baldosa floja el
agua de la lluvia muerde los tobillos
como un perro faldero y
ya no es goce del verano
ni traslúcido emblema de
frescura su asalto al caminante.
Pero secará el sol esas gotas
malvenidas por súbitas y turbias
mientras queda mi sed de entendimiento en
cruz de limosnera de devaluados rocíos;
negada al espejismo
-esa esperanza impuesta a las pupilas- de un
encuentro salvífico junto al
Pozo de Jacob en la hora sexta.
Y a tientas echa mano mi aridez de desmonte de
manzanos absueltos a la
humedad del barro primigenio para alcanzarme en polvo
definitivamente.
(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa el 24 de febrero de 2019)
JUANA MANUELA GORRITI, CLÁSICA Y ACTUAL
En
la página 5 del número de LA PRENSA
correspondiente al 8 de noviembre de 1892,
una columna central reseñó las exequias de Juana Manuela Gorriti,
fallecida el 6 de aquel mes. Allí se daba cuenta de los 50 carruajes que
acompañaron sus restos desde la casa mortuoria de Avenida Santa Fe 1007 al
cementerio de la Recoleta ,
entonces llamado del Norte, para ser
depositados en la bóveda perteneciente a la familia Puch. La crónica consignó
también las oraciones fúnebres que la
despidieron: a cargo de Carlos Guido Spano, del ministro plenipotenciario del
Perú doctor Serantes y de Próspero Zorreguieta que habló en nombre de la
juventud salteña. El periódico destacaba las presencias del vicepresidente de la Nación doctor José Evaristo
Uriburu, de Uladislao Frías –el tucumano ex ministro del Interior de Sarmiento-,
de Francisco J. Ortiz –ex canciller de Roca en su primer mandato-, del
ingeniero Miguel Tedín –futuro ministro de Obras Públicas de Figueroa
Alcorta- y de José María Tedín, entre
otros notables amigos de la escritora, así como que el gobierno nacional
dispuso en acuerdo de gabinete que en virtud a los méritos personales e
intelectuales de Juana Manuela y a los de su padre, José Ignacio Gorriti,
Guerrero de la
Independencia , el P. E. contribuyera con la suma de 1000
pesos a los gastos del entierro.
A casi ciento veinte años, qué desusados aparecen hoy la magnitud del
cortejo y el magnánimo gesto de la flamante administración del presidente Luis
Sáenz Peña, iniciada el 12 de octubre de ese año. Del mismo modo están borrosos
o víctimas del olvido los apellidos patricios
mencionados. Pero sobre todo cabe reconocer
lo poco frecuentada que es al presente
la obra de la que ha sido considerada
como la primera novelista argentina. Será porque “los clásicos se estudian pero no se leen”, según gusta decir el
poeta Santiago Sylvester, quien realizó la edición crítica de “La tierra natal” y “Lo íntimo” de
Gorriti, que publicó el Fondo Nacional de las Artes en 1998.
Por
cierto en tiempos de reivindicación feminista cabe atender incluso antes que priorizar sus
escritos, a las condiciones de una personalidad nada común en su época, tan bien dibujada en
la difundida novela de Marta Mercader “Juanamanuela mucha mujer” dada a conocer
en 1980, cuando era valiente y hasta
temerario bajo la dictadura proponer a la consideración pública simbolizada en una figura notoria, la
independencia del “segundo sexo” por decirlo con la terminología de Simone de Beauvear.
En una secular sociedad patriarcal como la nuestra, no del todo exorcizada
de esa rémora aún en el siglo XXI, tres
mujeres –sin desconocer a otras también de singulares méritos- pueden tomarse
en diferentes momentos del pasado como representantes modélicas de la condición
femenina. Las tres hicieron historia por sí mismas y de algún modo se
traspasaron, ajenas al fatalismo cronológico, la antorcha de la esforzada afirmación
de su sexo: Mariquita Sánchez de Thompson (María Josepha Petrona de Todos los
Santos Sánchez de Velasco), Juana Manuela Gorriti y Victoria Ocampo. Sucede que
ninguna de ellas desertó de sus vocaciones frente a un medio predispuesto a
anularlas y todas procuraron –y lograron en buen medida- mantener un trato de
igual a igual, sin temores reverenciales, con los hombres que amaron o con los que entablaron amistad,
fueran ellos Bernardino Rivadavia, Domingo Faustino Sarmiento o Juan Bautista
Alberdi en el caso de Mariquita Sánchez; Santiago Estrada o Vicente Quesada en
el de Juana Manuela o el conde de Keyserling
y el mismísimo Ortega y Gasset, agasajados
en Villa Ocampo por la autora de “Testimonios” y primera mujer académica de
letras de la Argentina.
Tal vez el condicionamiento de clase les impidió ir más lejos
y el carácter que desarrollaron no siempre en la bonanza –“huyendo del desolado presente he
tenido necesidad de refugiarme en las sombras del pasado y evocar nobles
acciones de los muertos para olvidar las infamias de los vivos”, anotó
Juana Manuela- sumado al temperamento natural que las distinguía, suplantó el elaborado
ideario revolucionario que caracterizó a una Flora Tristán o a una Rosa Luxemburgo.
Aunque no es poco lo que llegaron a ser: mujeres a su propia hechura y no a los
dictados del mundo exterior.
VIDA NOVELESCA DE LA NOVELISTA
Juana Manuela Gorriti nació en la finca familiar salteña de Los Horcones, en Rosario de la Frontera , el 16 de julio
de 1816. La más reciente de sus biógrafos, Leonor Fleming, quien tuvo a su
cargo la reedición crítica de la novela “La tierra natal” –publicada en 2013
por la Biblioteca
del Norte con el patrocinio de la Fundación Doctor
Atilio Cornejo y el auspicio del Fondo Editorial de la Secretaría de Cultura
de la Provincia
de Salta-, volumen que encabezó con un extenso estudio introductorio y una
completa bibliografía de la autora, recuerda
que su llegada al mundo coincidió con la participación de su padre –José
Ignacio Gorriti- en el Congreso de Tucumán que declaró la
Independencia.
Que “Gorriti fue una mujer
luchadora que no desertó de la vida ni de la literatura”, como bien resume
su existencia Leonor Fleming –doctorada en la Universidad
Complutense de Madrid con una tesis sobre “La narrativa del
noroeste argentino”, autora de ediciones
críticas y anotadas de Esteban Echeverría, Horacio Quiroga, Manuel Mujica
Láinez, Juan Carlos Dávalos y Héctor Tizón y profesora en las universidades de
Roma, París VII, Oviedo y en la argentina del Salvador- lo comprueban los
múltiples testimonios existentes sobre su temperamento irreductible, que permite
emparentarla con madame de
Staél y bastante con George Sand; aunque
Jorge Max Rohde la juzgó más virtuosa
que la baronesa de Dudevant en “Las
ideas estéticas en la literatura argentina”. Y por supuesto su obra escrita:
“Sueños y realidades” (1865), “Biografía del general don Dionisio Puch” (1868),
“Panoramas de la vida. Colección de novelas, fantasías, leyendas y
descripciones americanas”, dos tomos, (1876), “El mundo de los recuerdos”
(1886), “Oasis en la vida” (1888), “La tierra natal” (1889), “Cocina ecléctica”
(1890), “Perfiles” (1892), “Veladas literarias de Lima 1876-1977” (1892) y “Lo íntimo”, el libro póstumo de 1898.
El cultivo de las letras no resultó en su caso un adorno o un pasatiempo
sino que representó el fruto de una imperiosa necesidad expresiva. También funcionó como una fuerza centrífuga que en vez de
recluirla en un gineceo creador, la impulsó desde su cuarto
propio al mundo de la vida, así como a la frecuentación de los
representantes más notorios de las letras tanto de aquí, como de Bolivia y el
Perú. En Lima animó célebres reuniones culturales: “abrió salón, como se decía en
el idioma convencional de su época”, comentó Bernardo González Arrili en un
artículo que le dedicó en junio de 1949 en
La Nación. Y
esa tertulia hizo historia y en una carta de Ricardo Palma a su hijo Julio,
incluida al comienzo de “Veladas literarias de Lima 1876, 1877” , libro que contiene a
modo de prólogo su biografía redactada por Pastor Obligado y fue impreso en Buenos Aires en 1892 precisamente por
impulso de Julio Sandoval, memoró nostálgico el prosista de “Tradiciones
peruanas” aquellas reuniones de la salteña. Luego de enumerar varios de los participantes de ese legendario salón limeño como Cristina
Bustamante, Rosa Mercedes Riglos de Orbegoso, Rosa Ortiz de Cevallos, Victoria
Domínguez, Manuelita V. de Placencia, el poeta de calderoniana entonación
Adolfo García o el también poeta y periodista Acisclo Villarán, concluyó Palma:
“Pocos quedamos en pie de aquella pléyade
entusiasta de luchadores que hicieron de las amenas tertulias de Juana Manuela Gorriti, animado palenque de
literarias contiendas”.
Comenzamos refiriendo su
entierro, pero en tributo a su memoria sería más apropiado finalizar recalcando
que Julio F. Sandoval, aunque apenas la sobrevivió dos años al fallecer en Buenos
Aires en 1894, fue como ya se adelantó artífice de la publicación de los
últimos libros de su madre. También su nuera, Urbina Ponce de Sandoval, ha
quedado vinculada con la escritora y no sólo debido al parentesco político
entablado. Está presente en “Cocina ecléctica”, libro con recetas de nombres tan pintorescos
como “Sopa teológica”, “Pastelitos de ayuno” o “Embozo a la Elvirita ”. En sus páginas
Urbina Ponce de Saldoval aparece dos veces mencionada como aportante de algunas preparaciones culinarias, la más
pintoresca: “Chicha de garbanzos”. “Asidlo por la boca, recomienda Juana Manuela, en el prólogo”, comentó jocoso Miguel Brascó en el suyo para
la reedición de la obra por la Librería Sarmiento S.R.L. en 1977.
Vaya a modo de cierre una curiosidad: el 5 de julio de 1893, Julio
Sandoval envió desde Buenos Aires su
fotografía dedicada, tal los usos de la época, -¿quizá?- al político y escritor
salteño doctor José Arturo León Dávalos, padre del poeta Juan Carlos Dávalos. Cabe
plantear la duda, en primer lugar, al encabezarse el breve texto al “Amigo Arturo”, sin mención de apellido. Y
después por la primera frase: “Tú gozas
de los aires de la Patria ”, una referencia, en principio, al común terruño, que de ser el natal de Julio corresponde al Perú y no a la argentina
Salta de Dávalos, venido al mundo allí en 1851. Sin embargo podría tratarse de
una cariñosa asimilación de su parte a la tierra materna. Lo cierto es que a
continuación anotó allí añorante entre otras expresiones dibujadas con caligráfica
letra inglesa: “Yo represento al
peregrino. Te contemplo desde la distancia. ¡Quién creyera esto!”. Todo un enigma el documento conservado por Carlos
Gregorio Romero Sosa, sobrino nieto del posible destinatario, que descubrimos en su biblioteca junto a
viejas ediciones de la escritora en cuestión, consultadas con motivo de elaborar
el presente artículo.
(Carlos
María Romero Sosa, se publicó en La Prensa el domingo 27 de
enero de 2019)
martes, 12 de febrero de 2019
DEFENSOR DEL PUEBLO DE LA NACIÓN, PARA CUÁNDO?
Desde
el año 2009 en que renunció Eduardo René
Mondito al cargo en el que había sustituido a su primer titular, doctor Jorge
Maiorano, no ha sido designado Defensor
del Pueblo de la Nación. La
Defensoría es un órgano independiente instituido en el ámbito del Congreso que,
como es sabido, fue creado al
incorporarse el nuevo artículo 86 al
texto de nuestra Carta Magna por la reforma de 1994. Según reza dicha norma tiene por misión “la Defensa y protección de los
derechos humanos y demás derechos,
garantías e intereses tutelados en esta Constitución y las leyes, ante hechos,
actos u omisiones de la
Administración ; y el control del ejercicio de las funciones
administrativas públicas.” Entre los primeros juristas que impulsaron la creación en nuestro país del
Ombudsman –institución de origen sueco en la que algunos doctrinarios hallan
similitudes con ciertos institutos medievales hispanos- cabe mencionar al constitucionalista Miguel Padilla quien en 1972 publicó el libro
“La institución del comisionado
parlamentario: (el Ombudsman)”.
Asimismo debiera recordarse al profesor Alberto Spota reclamando más o menos
por esos tiempos desde su cátedra universitaria y poco después en artículos en
revistas jurídicas, que los derechos ciudadanos fueran tutelados por algún
funcionario ajeno al Poder Ejecutivo para así tener ellos cierta vía de efectividad.
En la actualidad, cuando solemos padecer los oídos sordos de la mayoría de
nuestros representantes cuyas decisiones sacadas de la galera resultan ser nuevos impuestos o subas impagables de los servicios
públicos, “ukases” que modifican las
condiciones de vida de los administrados al punto de deteriorarla, es más que
nunca imprescindible y no solo aconsejable la designación de un Defensor del
Pueblo de la Nación. En
ese sentido y ajeno a todo partidismo, entiendo
como muchos conciudadanos que la honestidad, eficiencia y laboriosidad demostrada
en su extensa trayectoria publica por el doctor Héctor Polino como concejal
porteño, secretario de Acción Cooperativa designado por el doctor Raúl Alfonsín
y varias veces diputado nacional, lo haría merecedor a ese cargo al que honraría. Tanto más que desde antiguo
pero con especial dedicación en los últimos años, Polino desafiando malas caras
de funcionarios, se ha convertido en un insobornable referente de la defensa de
los derechos del consumidor al denunciar tanto ayer los dudosos números del
INDEC como hoy la inflación galopante que padecemos y que se acentúa en los
precios de la canasta básica.
(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa el 23 de enero de 2019 y se reprodujo en la Revista Con Nuestra América, de San José de Costa Rica, el 9 de febrero de 2019.-)
domingo, 13 de enero de 2019
TANTO VA EL CANTARILLO A LA FUENTE...,Y NO TE DIGO MÁS
La situación que atraviesa el pueblo
argentino es angustiante y nada nuevo se descubre al decirlo; nada, conocidos
los recientes índices del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica
Argentina de más del 33% de pobreza y en
aumento y hasta los números del INDEC que revelan que la actividad industrial
se retrajo en 13, 3 % interanual en noviembre y la construcción se desplomó un
15,9 % en igual periodo. Lo distintivo aquí es otra cosa: no hubo gobierno constitucional
-y me temo que no hubo gobierno- que haya empobrecido tanto a la mayoría de los
habitantes de la Nación
en beneficio del poder concentrado de ciertos grupos oligárquicos y financieros
afines al Ejecutivo. En ese sentido si
hay algo que no puede achacarse a la Casa Rosada es que haya hecho excepciones con sus
votantes, porque la clase media viene siendo la que más golpes recibe con la
carestía de la vida representada por una inflación de más de 47 por ciento en
el 2018, las jubilaciones y pensiones a la baja debido al nuevo cálculo de
ajuste previsional aprobado en diciembre de 2017 por un oficialismo que
convirtió al Congreso en una escribanía de usureros; los impuestos al salario,
al ahorro, a los alquileres, a la venta y compra de propiedades y hasta por
respirar si uno se descuida: “La carga
impositiva en 2019 será la más alta en sesenta años”, anuncia en su edición
del 5 de enero La Nación ,
insospechada de opositora. Aparte de ser elemento necesario de este plan de ajuste salvaje el desempleo, verificado
en los despidos en la
Administración Pública y los entes estatales, tal el caso de los trabajadores de TELAM y ni qué
hablar de las más de 120.000 pérdidas de trabajo privado durante el 2018 con la
paralización de la obra pública y la quiebra de las PYMES.
Con una cuota de sadismo e imprudencia que
pudo costarle caro al gobierno habida cuenta del antecedentes del 2001, los tarifazos para 2019 se anunciaron a fin de
año, en víspera del día de inocentes y del viaje a Punta del Este del ministro
Dietrich, que en función de verdugo y a la vez de autor del género de terror que deja chicos
a Mary Shelley y a Stefhen King, dio cuenta de las subas del trasporte público,
todo en una macabra tomada de pelo a asalariados y jubilados que mal podrán
pagar 21 pesos por cada viaje en subterráneo en los meses venideros y 18 los que lo hagan en colectivo. Pero contra la
resignación cabe pensar que no hay mal
que por bien no venga y por esa línea, cuanto
peor, mejor.
Claro que razonar así conduce necesariamente a
preguntarse sobre cuál será la gota que rebalse el vaso. “Mira, Sancho, lo que hablas, porque
tanto va el cantarillo a la fuente…, y no
te digo más”, reprendía Don Quijote
a su escudero. Y más cerca y con menos sugerencia fue el mismísimo Juan Perón
quien habló del tronar de los escarmientos cuando los pueblos agotan su
paciencia.
Como la realidad está constituida por cabos
sueltos que Dios vincula y a los humanos les es dado imaginar –e ilusionar- que
no son azarosos para no sentirse perdidos en el caos, fue el 24 de diciembre al
sumarse la noticia de la muerte de
Osvaldo Bayer a la desilusión -en mi
caso- frente la anestesia general de la sociedad que contra todo pronóstico no
protestó en forma masiva reviviendo gloriosas gestas decembrinas, cuando me asaltó de inmediato el recuerdo de “La Chispa ”, aquel periódico quincenal fundado por Osvaldo en Esquel y aparecido entre diciembre de 1958 y abril de
1959 para denunciar a los latifundistas
y defender los derechos de los pueblos originarios en momentos en que nadie mencionaba
el tema. Resultó ser un oportuno recuerdo que me reanimó el ánimo, una prueba
que como el Cid Campeador, el autor de “Di Giovanni el idealista de la
violencia” sigue ganando batallas
después de muerto. Y eso porque en las circunstancias actuales será otra chispa
menos pensada, la que más temprano que tarde generará acontecimientos cívicos purificadores.
Hasta tanto seguirán las interpretaciones sobre
porqué esta vocación de tantos a ser conducidos al matadero sin chistar. ¿Abulia?
¿Descreimiento en otras opciones políticas? ¿Influencia como nunca antes de los medios oficialistas en las decisiones
colectivas o dicho mejor en la falta de ellas? Sin duda será una sumatoria de
todo lo dicho con más el condimento del odio de clase de los sectores del medio
pelo, prejuicio más fuerte que la contrariedad ante la notoria
rebaja en su calidad de vida.
A esto cabe sumar las malas artes de una dirigencia
sindical traidora y desmovilizadora; reticente
durante estos tres años de desquicio hasta a decretar esos famosos y
tristes paros domingueros de los que no se salvó ningún gobierno anterior y por
de pronto se abusó en tiempos del presidente Alfonsín. ¿Por qué no reacciona la
clase media que nunca lo hace por ideales sino al sentir tocado el bolsillo? ¿Por
qué si no hubo administración más depredadora
que la actual? En tiempos de Menem el
voto cuota demostró falta de solidaridad
con los excluidos –que eran menos que hoy- y naturalmente carencia de patriotismo cuando se celebraba en los
aquelarres de Olivos, entre pizzas y champanes, las relaciones carnales con los
Estados Unidos de América. Pero entonces, quienes no habían salido del sistema
accedían efectivamente al pago en cuotas sin interés para consumir a lo loco bienes
o servicios como viajes a Miami para ejercitar el “déme dos”. Con eso llenaban las pequeñas burguesías sus
expectativas económicas, único sentido de sus existencias. Y tampoco había
inflación por los pases mágicos del uno a uno cavallista, hasta estallar todo
por los aires. Sucede que la previsión es un elemento de la prudencia y el ejercicio de esa virtud
corresponde según Platón a los gobernantes, con lo cual no cabe exigir
prudencia y menos grandeza de alma a las clases medias que aprovecharon la
coyuntura sin prevenciones de futuro ni conmiseración por las víctimas de las reformas del
Estado del menemismo. Con Macri la cosa
es bien diferente, a la larga primavera consumista de los años noventa se le
contrapone la caída del consumo y en suma el detrimento de la calidad de vida de
la población. Y sin embargo no pasa nada. O nada más que el crecimiento de la
deuda externa, de la interna lacerante y
del riesgo país. No hay duda que el relato de la prensa canalla tiene efecto.
Basta una muestra: no hay columnista ni panelista televisivo que defienda a
Franco Macri, para mi gusto con sus más y sus menos o sus menos menos, más
inteligente, industrialista y emprendedor que su descendencia. Pero vale
emplear públicamente su figura de “padrino”, algo así como de válvula de escape
para dispersar los rumores de corrupción oficial en una suerte de términos
dialécticos familiares antitéticos. Una oportuna paráfrasis del cuento del
policía malo y el policía bueno. De modo que puede aceptarse sin chistar que
Franco hizo su fortuna -o parte de ella-
de manera “non sancta”, pero eso no salpica a su hijo hoy en el poder y ayer a
cargo de las empresas paternas. Si de ética habla tanto la diputada Carrió, no
sabe o no quiere saber que nadie debe beneficiarse del dinero mal habido y que
en caso de ser así, Mauricio no sería
una pobre víctima sino un cómplice.
Vuelvo a pensar en Bayer –con el que una sola
vez hablé por teléfono- y en su periódico de nombre La Chispa , esperando que desde el Paraíso en que no creía
y al que habrá accedido por aquello de que
son bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, nos de una mano y
nos ayude a encenderla aquí y ahora. Tal vez ya lo está inspirando dado que en
estos primeros días de enero comienzan a sonar cacerolas y al golpearlas: ¡saltan chispas!
(Carlos María Romero Sosa, se publicó en la Revista Con Nuestra América, de San José de Costa Rica, el sábado 12 de enero de 2019.-)
LA REVISTA "SEXTO CONTINENTE" Y ALICIA EGUREN
Al revisar las cajas del archivo epistolar de Carlos Gregorio Romero
Sosa (1916-2001), circunscribiendo por algún motivo ese rastreo a los años
cuarenta del siglo pasado, apareció una carta autógrafa de la escritora y
militante política Alicia Eguren. Participaba
al historiador y hombre de letras salteño para entonces ya radicado en Buenos
Aires, de la inminente aparición de la revista “Sexto Continente” y le que sugería
enviara algún artículo para la misma. Esa publicación proyectada como bimestral,
durante sus cuatro primeros números correspondientes a julio-agosto y
septiembre-octubre de 1949, fue coeditada por Eguran y el intelectual rosarino Armando
Cascella (1900-1971), posteriormente autor entre otros libros de “La traición
de la oligarquía”, reeditado en 1969 con prólogo de Arturo Jauretche. A partir
del quinto número la antedicha coeditora fue suplantada en la función aunque prosiguió en calidad de
articulista, por el abogado y periodista Valentín Thiebaut, que en 1947 había
cubierto para el diario Democracia el viaje de Eva Perón a Europa.
Algo se ha escrito sobre la publicación que se ofrecía con el formato de
revista libro y cuyo título alude a lo indiviso de América Latina. El último
número 7/8 correspondió a los meses de noviembre y diciembre de 1950. Al
respecto vale la pena consultar la obra de Héctor René Lafleur, Sergio
Provenzano y Fernando Alonso: “Las revistas literarias argentinas 1893-1967” y más específicamente el ensayo de Pablo Martínez Gramuglia: “La
práctica crítica como juicio ideológico: Sexto Continente”. Su vida corta pero posible gracias a la
publicidad oficial, en especial de la provincia de Buenos Aires gobernada por
el coronel Domingo Mercante, no resta valor a ese esfuerzo editorial, en la
línea doctrinaria de la revista Cultura que editó la Oficina de Publicaciones
del Ministerio de Educación de la
Provincia de Buenos Aires, a cargo del ex forjista y poeta Julio
César Avanza.
Es de advertir la calidad de sus colaboradores, entre otros los
pensadores Ernesto Palacio, Raúl Scalabrini Ortiz, Homero Guglielini y Ramón
Doll; los historiadores Carlos y Federico Ibarguren, José María Rosa y Alberto Ezcurra Medrano; los juristas Arturo Enrique
Sampay y Norberto Gorostiaga; el médico Ramón Carrillo; el legislador Joaquín
Díaz de Vivar; el sociólogo francés Jaime María de Mahieu; el arqueólogo Andrés
Campanella de anterior trabajo con Enrique Palavecino en la Universidad Nacional
de Tucumán; el etnógrafo, folclorólogo y médico santiagueño Orestes Di Lullo; el
musicólogo Lucas Rivara; los filósofos
Octavio Derisi, Carlos Astrada y Miguel Ángel Virasoro; los novelistas Arturo
Cancela y Pilar de Luzarreta y los
poetas Leopoldo Marechal, José María
Castiñeira de Dios, Antonio Puga Sabaté, Enrique Lavié, Héctor Villanueva, Raúl
de Ezeiza Monasterio, María Granata y
Vicente Trípoli. Y sobre todo será de destacar
la confluencia, frente a los cambios en la estructura social que se
verificaban por entonces, de
personalidades de diferente procedencia y pensamiento. Así más allá de la clara línea editorial de signo oficialista
a la que se hallaba adscripta y que de algún modo vinculaba a la mayoría de los
colaboradores aunque no a todos, puede
entenderse la inclusión en sucesivos números, aparte de los textos de los autores argentinos mencionados,
de la visión latinoamericanista del mexicano José
Vasconcelos, de las inquietudes sociales del brasileño Josué de Castro, del boliviano Augusto Céspedes o del
guatemalteco de clara adscripción izquierdista Miguel Ángel Asturias. Lo mismo
que el aporte del filólogo gallego José Gabriel, de fuertes simpatías
trotzquistas y durante la Guerra Civil
adherido al Partido Obrero de Unificación Marxista, tan perseguido por los
comisarios políticos y agentes enviados a la contienda española por Stalin. Y la
presencia en el número quinto de Ramón
Gómez de la Serna
con sus ismos a cuestas, lo que poca
gracia debía causar a algunos lectores
que no pasarían de las novelas costumbristas del carlista José María de
Pereda. Aunque “Sexto Continente” compensó en su última entrega el antiacademicismo de Ramón, con la prosa académica
del catalán franquista Eugenio d´Ors. Es curioso a la distancia comprobar que el
nacionalista revolucionario Céspedes y el vindicador de los mayas Asturias, coexistían en las páginas con
el pro fascista rumano –aunque víctima del nazismo que lo recluyó en un campo
de concentración- Vintila Horia y con el maurrasiano y difusor del teórico de la huelga general
revolucionaria George Sorel, Jaime María de Mahieu.
Se ha insinuado
que “Sexto Continente” pretendió ser la
contracara cultural de SUR de Victoria Ocampo, de ideario liberal y sobre todo vocación
europeizante. Por cierto detractores no le faltaron en su momento ni le faltan al
presente y así el sociólogo Máximo Plotkin, en su libro “Freud en la pampa”, frente
a la lista de los colaboradores y el tenor de sus textos ha criticado la “mezcla incoherente de nacionalismo, nativismo, catolicismo derechista y
elogios al régimen”. Algo que desde otro ángulo de análisis, bien podría
juzgarse como una ausencia de sectarismo. Sucede que en la Argentina de casi
setenta años atrás había ámbitos de encuentro más allá del reñido
peronismo-antiperonismo e incluso de las vertientes, muchas veces hijas de antitéticas
visiones que conformaron esos opuestos hasta hoy irreconciliables de la Argentina. Tales
puntos de reunión, en ocasiones eran espacios físicos como la casa de la calle
Charcas 4741 donde vivía Alfredo Palacios; tan socialista, agnóstico y admirador
de la figura de Jesús de Nazareth, como demócrata y nacionalista con c. Allí
era habitual la concurrencia a almorzar de notorias figuras del nacionalismo
católico y asimismo de otras que nada tenían que ver con ese ideario sino al
contrario. Como que llegaron a compartir la mesa por esos tiempos los
nacionalistas Ignacio B. Anzoátegui, Hipólito Jesús Paz y el capellán militar
R.P. Amancio González Paz, con el doctor Eleazar Levín, el poeta Arturo
Capdevila de vieja tradición reformista, el mexicano Jesús Silva Herzog que
presidió el comité petrolero en pro de la nacionalización del hidrocarburo bajo el
gobierno del presidente Lázaro Cárdenas
y el escritor colombiano Germán Arciniegas, un americanista de centro
acusado por el dictador Rojas Pinilla de comunista.
Da para meditar y más para lamentarse el hecho de advertir cómo el paso del tiempo
enfrentó a personalidades de la cultura que en algún momento compartieron las
páginas de “Sexto Continente”; una muestra de laboratorio de la explosión de
idearios e ideales que marcó a sangre y fuego el clima posterior del país. Así su
crítico cinematográfico Miguel P. Tato epilogó su carrera ejerciendo funciones de
censor oficial en el burocrático Ente de Calificación Cinematográfica durante
el gobierno de Isabel Perón y después con la dictadura. En tanto Armando Cascella
se convertía en un “maldito” de la cultural oficial silenciado por muchos de
sus exponentes de machacado liberalismo –sobre todo económico- que aceptaban de
buena gana los cortes de las películas por Tato –podían disfrutarlas completas
en Punta del Este-, y miraban para otro lado cuando el socialista Luis Pan, a
cargo de Eudeba al comienzo del Proceso, ofrecía el tributo de millares de
libros a Suárez Mason para ser quemados en una suerte de auto de fe. De igual
modo, los caminos se habían separado a finales de los sesenta entre Carlos
Astrada, que se acercó al maoísmo, y su amigo y colega Miguel Ángel Virasoro,
traductor de Sartre, frente al perseverante socialcristianismo de Basilio
Serrano y el severo escolasticismo de monseñor Derisi -quizá ajeno a la tesis
de Maritain: “El tomismo no es de derecha
ni de izquierda”- o el tradicionalismo esotérico de Vintila Horia. Y otro
tanto cabe para la concepción antropológica
racista y nostálgica de la arianidad de de Mahieu, tan antitética
del indigenismo de Andrés Campanella y
Di Lullo. Y ni qué hablar de la opción revolucionaria asumida hasta las últimas
consecuencias por la propia Alicia Eguren en tanto Valentín Thiebaut, sucesor
suyo en la coedición de “Sexto Continente” y sin duda con tanta buena fe como
ella en su bando, colaboró en 1974 desde las funciones de director ejecutivo de
EUDEBA, con la intervención a la
Universidad de Buenos Aires del negacionista del Holocausto Alberto
Ottalagano.
SONETISTA
CATÓLICA Y MILITANTE RADICALIZADA
Alicia Eguren nació en Buenos Aires en 1925 y fue víctima de
desaparición forzada el 26 de enero de 1977. Se graduó como profesora de letras
en la Facultad
de Filosofía y Letras de la UBA y publicó los libros de
poemas: “El canto de la tierra” (1949), “Dios y el mundo” (1950), “El talud
descuajado” (1951) y “Aquí, entre magras espigas” (1952). Además dio a conocer
una obra de teatro: “La pregunta” (1949). Funcionaria de la Cancillería y casada
con el diplomático y más arde experto en el conflicto árabe-israelí Pedro Catella,
vivió en Inglaterra donde cumplió
funciones oficiales. María Seoane en su libro “Bravas”, una entrelazada
biografía de Eguren y de Susana Lugones Aguirre: “Pirí” Lugones, da cuenta que en la casa de Ernesto Palacio conoció
al padre Leonardo Castellani, que tanta
influencia tuvo en su desarrollo
intelectual y fue su confesor. (Algo más
sobre ese vínculo está explicitado en el libro “Los zurdos y Castellani” (2012) de Pablo José Hernández). Inquieta. Tan ávida de experiencias
religiosas como de conocimientos y justicia terrena, la escritora y docente
universitaria Graciela Maturo nos ha recordado en fecha reciente: “A Alicia Eguren, mayor que yo, la conocí personalmente en el
Congreso de Filosofía del 49, al que asistí a mis 20 años, como alumna del 3er.
año de Letras de la
Universidad de Cuyo. Ya había nacido mi primer hijo, Tristán,
y yo participaba no sólo como alumna sino por ser la esposa del profesor
Alfonso Sola González, uno de los organizadores del Congreso, aunque él también
era de Letras. Alicia era amiga suya.”
En su poética se
advierten las lecturas de los místicos y ascetas españoles, así como de los
autores del renacimiento peninsular. Rasgos evidentes incluso en la métrica empleada
en su inicial poemario: “El canto de la tierra”, escrito íntegramente en liras que traen reminiscencias
de Garcilazo. En tanto los sonetos de
“Dios y el mundo” documentan su dominio de esa forma estrófica. Una constante
en la lírica de Eguren era el ideal del “beatus ille” manifestado en la
reiterada inspiración bucólica, algo paradojal atendiendo a su historia
posterior. Mujer de su tiempo, no le fue ajena la impronta del último
modernismo que aquí supo enarbolar la Generación del Cuarenta oponiendo -con
excepciones como la del rebelde César
Fernández Moreno- a los vientos
rupturistas un otro ondear de romántica melancolía y en ocasiones de fondo telúrico. En algunos
pasajes de la poética de Eguren el salto metafísico y religioso es dado desde
el movilizante plano existencial. Lejos
de caer en el parricidio literario,
debió ser lectora del Horacio Rega Molina de “Domingos dibujados desde una
ventana”, hecho verificable en estos alejandrinos: “”Con el rostro perplejo por el ángel y el diablo/ ahora, cuando crezco,
cuando mi ser extingo,/ en esta gran dulzura por la que con Dios hablo/ me
vuelca su sentido la tarde del domingo.”
Si bien inclinada desde la
juventud a la acción política, su encuentro con John William Cooke, con quien
formó pareja algo después de separarse de Pedro Catella, marcó en forma definitiva su vida. Amiga del
Che Guevara en Cuba y figura icónica del llamado peronismo revolucionario liderado
por el mayor Bernardo Alberte, fue capaz de cuestionar al jefe del movimiento
en una carta abierta fechada el 4 de octubre de 1971. Alicia no admitía medias
tintas. Su trayectoria de militante cada vez más radicalizada, no consumió y al contrario avivó el fuego poético aunque
ya no publicara versos. Vale para ella la sentencia de Gabriel Celaya: “La poesía es un instrumento, entre otros,
para transformar el mundo”. Su sacrificio final demuestra que no hubo en su
mensaje palabras vacías. Más que cantar la lucha ajena en cómoda actitud de burguesa
“progre”, forjó a golpes de martillo un
canto de insurrección. Lo había
anunciado en el prólogo de “Aquí, entre magras espigas”: “mientras no reciba algún mandato más claro, humildemente, pienso llenar
mi vida escribiendo”. Hoy lo sigue haciendo
en las hojas perennes del Árbol de (Carlos María Romero Sosa, se publicó en Calchaquimix, Salta, el martes 25 de diciembre de 2018 y con alguna mínima modificación en La Prensa el domingo 30 de diciembre de 2018.-)
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