domingo, 8 de marzo de 2020

DEVOCIONES Y NAUFRAGIOS EN LA POESÍA DE FRANCISCO JUAN PÓLIZA




                                                                        
                                                                     A edad infantil leí o me leyeron los versos  de “La pipa de mi papá”, de Francisco Juan Póliza, incorporados junto con otras composiciones poéticas de José Sebastián Tallón, César Tiempo, Juan Carlos Dávalos, Arturo Capdevila y Horacio Enrique Guillén a la antología “Poesía Argentina para Niños”, que editó el Instituto Amigos del Libro Argentino y reunió  Aristóbulo Echegaray, un integrante del Grupo de Boedo nacido en 1904 y fallecido en 1986, quien además de su labor literaria presidió con dignidad y valor cívico en los años de plomo de la dictadura la Sociedad Argentina de Escritores.  
                                                            Lo cierto es que algo o bastante habrá tocado mi espíritu ese suelto romancillo, tal como la preceptiva literaria llama a las formas romanceadas de arte menor, es decir de metros de menos de ocho sílabas, que nunca se borró de mi memoria. Y es que a veces la sencillez y la claridad saben revelar y trasmitir, al rechazar malezas de palabras vacías y metáforas incongruentes, el más puro sentimiento, igual que lo hace “la túnica sencilla y elegante/ con que se adorna y viste la hermosura”, según la imagen presente en un poema de Calixto Oyuela.
                                                          Muchos años después al transitar en el barrio de la Boca por la cortada Práctico Póliza, que nace en la calle Brandsen al 900 y  termina en Olavaria al 800,  una presencia en la nomenclatura porteña  dispuesta por Ordenanza Nro.  3877 del 14 de agosto de 1934, ratificada por Ordenanza Nro.  11.157 del 15 de diciembre de 1940, el instrumento que además dispuso –reseña Vicente Osvaldo Cutolo en su obra en dos tomos “Buenos Aires Historia de sus calles y sus nombres” (1988)-, descubrir una placa recordatoria con la inscripción: “Práctico Póliza, Francisco. Héroe civil. Bello ejemplo de heroísmo. Entereza moral y firmeza”,  me interrogué sobre el posible vínculo del allí homenajeado marino con el autor del mismo apellido y nombre de  aquellos versos que dicen o rezan: “Tengo la pipa/ de mi papá:/ ámbar y espuma,/ frutos de mar./ La pipa sabe/ la ley del mar. Fue marinera/ y compañera/ de mi papá./ Murió mi padre/ por ley del mar. Tengo la pipa,/ beso la pipa/ de mi papá./ Por sus recuerdos:/ cofre y amor,/ rescoldo y gozo/ del corazón; y sus colores/ tueste y albar/ y oro ambarino,/ dulce es fumar. Fue marinera/ de río y mar;/ eso es la pipa/ de mi papá./ Busco alegría,/ busco la paz:/ eso es la pipa/ de mi papá./ Tuve tabaco,/ no tengo más…/ ¡ni hay en la pipa/ de mi papá!/ Tengo la pipa,/ miro la pipa,/ beso la pipa/ de mi papá.”      
                                                                   Finalmente advertí que se trataba del padre del poeta, efectivamente muerto “por ley del mar”, aunque en el río Paraná cuando  en junio de 1931 el  barco de bandera sueca “Anglia” en el que viajaba como práctico, fue embestido por el vapor español Agire-Mendi, frente a San Nicolás de los Arroyos. Póliza organizó el salvamento de la tripulación, incluido el capitán, pero se negó  a abandonar el barco y se hundió con él. Ese sacrificio -sigue informando Cutolo-, determinó la instalación en el punto del siniestro de una boya verde y que cada buque que pasa frente a ella  salude ese recordatorio con un prolongado toque de silbato.                                 A partir del conocimiento del vínculo entre uno y otro Póliza,  me interesé por hallar datos sobre la vida y labor lírica de Francisco Juan, nacido el 6 de abril de 1894 y fallecido el 17 de enero de 1971. Al rastrearlos luego de fracasar en la Hemeroteca Nacional en la búsqueda de algún artículo necrológico suyo en fecha próxima a su muerte en los periódicos de mayor tirada, comprobé que Antonio J. Bucich, en “La Boca del Riachuelo en la historia” (1971), lo destacó entre los más importantes artistas del barrio: “Autor de La pipa de mi papá, una poesía que dio título a un libro de denso contenido lírico, cuyo reciente deceso ha dejado trunca una producción vasta y variada”
                                                               Sin embargo es alguien poco recordado hoy, salvo algunas  evocaciones suyas de la desaparecida escritora y periodista Cora Bertolé de Cané en Clarín Porteño, la sección a  su cargo  que apareció durante  cincuenta y siete años ininterrumpidos en la última página del matutino fundado por Roberto Noble. Por ejemplo el 27 de agosto de 2007, Cora Cané memoró así a su viejo amigo y colega: “Fue Francisco un ser sencillo, modesto, bondadoso, muy querido en las reuniones de gente de artes y letras, cuando nadie hablaba de dólares y de poder  y riquezas. Ejerció el periodismo y participó de numerosas entidades de solidaridad y cultura. Escribió el poema más tierno, escrito por un hombre que era todo ternura: La pipa de mi papá.” Y antes, en octubre de 1996, en una conferencia pronunciada con motivo de cumplir ese año, setenta de su fundación el Ateneo Popular de la Boca, otro de sus amigos: Carlos Gregorio Romero Sosa, caracterizó a Póliza como un caballero andante de la solidaridad y el buen gusto artístico.    
                                                              De profesión farmacéutico: “Soy farmacéutico/ de triaca y songa/ porque mi espíritu/ siempre rezonga/ del formulario/en particular/(…) Horas perdidas,/ acre sentir,/ en la impotencia/ para servir, se confesó con un sencillismo en mucho tributario del Fernández Moreno del poemario “Yo, médico. Yo, catedrático”, y según dato aportado por el antiguo médico traumatólogo del nosocomio, doctor Humberto Ghermek, presidió  la Cooperadora del Hospital Argerich al que dedicó un extenso poema también de clima cuasigalénico, que comienza evocando la historia de ese centro de salud creado en 1897: “Hospital del Buen Amor,/ de la Piedad repartida,/cómo vaga tu recuerdo/ en la ribera transida.”  
                                                              Fue notoria además su actuación en las instituciones culturales del barrio, como el citado Ateneo Popular de la Boca, fundado en 1926 por el historiador y periodista Antonio J. Bucich; e  Impulso Agrupación de Gente de Arte y Letras de la Boca, que instituyeron en 1940 un grupo de artistas plásticos, entre ellos Fortunato Lacámera, Juan Carlos Miraglia, Orlando Stagnaro,  José Luis Menghi y el escritor y cronista José Pugliese, autor del libro “Páginas de historia de la Boca del Riachuelo. Allí Póliza, vocal de la Comisión Directiva en 1948 y prosecretario en el período 1953-1955 cuando ejercía la presidencia Antonio Porchia, el autor de “Voces”, creó la orden  de La Pipa Marinera, para distinguir a figuras representativas de la cultura barrial, la que se solía entregar luego de las disertaciones de los premiados  en su tradicional sede de la calle Lamadrid al 355. (En el archivo del Museo Benito Quinquela Martín, a cargo de Walter Caporicci Miraglia, se conserva algún material fotográfico de las actividades de Póliza que el nombrado puso a mi disposición).
                                                          Este boquense de ley, afincado en Martín Rodríguez entre Wenceslao Villafañe y Aristóbulo del Valle, fue compañero  y vecino de otros  poetas como sus contemporáneos Francisco Isernia que vivía en la calle Patagones al 500 –hoy Enrique Finochieto-; José González Carbalho, en Ruiz Díaz de Guzmán 79; Roberto Mariani, el integrante del Grupo de Boedo, nacido en la calle Suárez en las proximidades de las vías del Ferrocarril Sur;  y del mucho más joven que todos ellos, Héctor Miguel Ángeli,  habitante hasta casi su muerte en Alvar Nuñez 196.         
                                                      Entre sus quehaceres profesionales y las tertulias culturales, ajeno por  despreocupación bohemia a la exigencia del  “Nulla dies sine linea” que atribuyó  Plinio el Viejo al griego Apeles, Póliza fue escribiendo poemas  los que reunió algo tardíamente en  un libro, en 1963. Sin duda debido a esa morosidad  para editar y al hecho de no colaborar en las revistas que marcaban el canon literario del momento, como Nosotros que sí acogió  los versos juveniles de Francisco Isernia, es que no figuró  en las antologías publicadas en las primeras décadas del siglo. Roberto Giusti prologuista en 1925 del libro Vuelos de Isernia, no lo mencionó en “Nuestros poetas jóvenes”. No figuró en la “Exposición de la Poesía Argentina” (1927) organizada por  Pedro Juan Vignale y César Tiempo  y ni siquiera mereció la crítica irónica de Francisco Soto y Calvo en la galería de “Los maullantinos poetas del arca de Noé.”
                                                              El título de ese libro en el que reunió sus poemas en 1963, corresponde al del más representativo de ellos: “La pipa de mi papá”. La ilustración de la tapa del volumen que lleva por subtítulo “Variaciones sentimentales”, la realizó el pintor y grabador Luis Ferrini (1898-1954), otro de sus vecinos del barrio. Ferrini, en la juventud,  fue  alumno de dibujo de Alfredo Lázzari, artista originario de Lucca y uno de los introductores junto a Faustino Brughetti y Martín Malharro del impresionismo en la Argentina y perteneció  después al círculo de Benito Quinquela Martín quien lo promovió a la cátedra de dibujo y pintura en la Escuela Museo de la Boca. Pero lo podría haber ilustrado el mismo poeta, ya que gustaba del dibujo y solía obsequiar rápidos bocetos en tinta a sus amigos y conocidos.
                                                              Las 200 páginas de la colección evidencian que su autor  no pretendió más que seguir los dictados de su inspiración, sin importarle las modas en materia literaria y menos adscribir a vanguardismo alguno. La cronología da cuenta que en el año de su nacimiento también vino al mundo el cordobés Juan Filloy, que al siguiente lo hicieron Ezequiel Martínez Estrada y Alfredo Bufano y en 1897, Juan L. Ortiz y Luis Cané; sin embargo poco o nada que ver tuvo con la generación de ellos, pese a que tampoco los nombrados coincidieron en inquietudes estéticas e ideologías.
                                                             Los poemas de Póliza son de corte formal abundando los de metro corto, consonantes o asonantes. En muchos casos de temática repentista, abundan los romances, romancillos, coplas, décimas y uno que otro soneto de factura clásica, donde más allá de alguna vacilación en la acentuación, lo revelan conocedor de la técnica y sin duda buen lector de Quevedo y sobre todo de Lope. Pruebas al canto el tono elegiaco de los dos últimos  endecasílabos del siguiente soneto :  “Me quiero consolar con un soneto/ y me señala la medida justa/ donde donaire e idea me regusta./ No tengo nada que decir, ni objeto./ Empiezo por pensar: estoy sujeto./ Llevo un veneno a mi cabeza adusta/ como a un caballo chúcaro la fusta./Olvido sufro y quedo recoleto./ Al gozo de vivir encuentro suerte/ que por ello presento mi fortuna,/ ese consuelo pronto me alucina./ El soneto cernido ya me aduna,/ en un descuido llego hasta la muerte/ y comprendo que nada me ilumina.”
                                                         Si en gran parte  de la producción incluida en “La pipa de mi papá”, además de un trasfondo religioso afín con su concurrencia dominical a la parroquia de San Juan Evangelista –templo puntal de la Boca católica que historió el sacerdote salesiano Juan Belza-, piedad evidenciada en  sueltos y  tiernos villancicos navideños y en saetas de cuaresma, o de un buen número de  poemas dirigidos a la niñez, se advierte en otros versos una mirada nostálgica y añorante de horas lejanas y felices: Quién pudiera  degustarlas/ en la vejez que me abruma”, sentenció al memorar entristecido la casona de la abuela. Antes  lo había experimentado Flaubert: “Los recuerdos no pueblan la soledad, la ahondan. 
                                                  Sin renunciar al intimista aire barrial, rechazó la inevitable  decoración con conventillos,  la  exaltación de corte turístico del color local y en cambio fue solidario con las existencias grises de sus habitantes: “Yo miro las gaviotas cuando bajan/ sobre las aguas quietas del Riachuelo. O bien: “De la Boca hasta Barracas/ sigue la niebla brotando,/ sus volutas son hamacas/ de la luz que están tapando.” Solo que esa niebla que enmarca parte de la producción de Póliza, es algo que al difuminar los paisajes exteriores e  interiores los endulza sin hacerlos tenebrosos, como aquella otra bruma de los puertos exóticos a los que arribó trotamundos y cantó Héctor Pedro Blomberg. De ese modo  los idealizados barcos de Póliza y sobre todo sus marinos, aun con la carga de la tragedia paterna a flor de piel, aparecen vivos más allá de su rescate del pasado. Vivos los náufragos y los inmigrantes empujados a ese rincón porteño con acento genovés a finales del siglo XIX. Y por cierto vivo el autor de sus días, gracias a la pirueta poética de erigirlo en su propio norte esperanzado: “Como navegaba/ era marinero/ de todos los mares,/ de todos los tiempos,/ de todos los ríos,/ de todos los puertos. Tenía los astros/ en sus derroteros,/ en su corazón/ que estaba en el cielo./ Volvía y partía/ partiendo y volviendo,/ del mar se traía/ los viejos secretos./ Como navegaba/ era marinero,/ me trajo un regalo/ de amor y de fuego./ Nostalgia paterna/ que nutre el recuerdo./ Yo tengo una brújula./ Yo tengo el lucero.”  

                                                  Sí, esos viejos lobos  de mar que inspiran y recorren el libro de Póliza, se muestran familiares, cercanos a su corazón y también al de los lectores, en vez de ser la imagen  de los apurados visitantes de lenguas extranjeras en busca de aventuras sexuales en los bajos fondos, los marineros que “Besan y se van.  Dejan una promesa (y) no vuelven nunca más”  en el Farewell de Pablo Neruda.                            
   (Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa, el 16 de febrero de 2020)


sábado, 4 de enero de 2020

NOCHEBUENA, 2019

NOCHEBUENA, 2019

¡Oh feliz la culpa que mereció tal Redentor!
Exultet

Hace perfecta esta noche,
una luz y no de estrellas:
fuego de amor por los hombres,
brillo que guía y no ciega.

Chispa que incendia las almas
cuando la Gracia golpea 
sobre un parche de esperanza,
en la indigencia terrena.

Revelación y misterio,
dos caras de una moneda,
tan grande es nuestra riqueza  
porque nos viene del Cielo.

Por la primera promesa
que Adán y Eva escucharon,
¡felix culpa, su pecado,
amanece hoy Nochebuena!



(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa, el domingo 22 de diciembre de 2019.-)

ADOLFO DICKMANN Y EL NACIONALISMO ECONÓMICO







(Carlos María Romero Sosa, se publicó en la revista HISTORIA, Año XXXIX, Número 156 correspondiente a los meses de diciembre de 2019 a febrero de 2020.-)

lunes, 9 de diciembre de 2019

PERIODISMO, HISTORIA DIPLOMÁTICA Y LITERATURA EN "SENTIRES", DE ALBINO GÓMEZ

PERIODISMO, HISTORIA DIPLOMÁTICA  Y LITERATURA EN “SENTIRES”, DE ALBINO GÓMEZ

                                                      
                                             …Y un día de verano del año 2010  conocí a Albino Gómez en persona. Y la imagen de la figura mítica y de culto que de él me había formado al escuchar anecdotarios que lo pintaban de cuerpo entero registrados por amigos comunes -uno de ellos Rogelio García Lupo-, a más de la fuerte impresión causada por los pocos libros de su autoría  que había leído hasta ese momento, reveladores de una impar trayectoria en las letras jalonada por una irrefrenable imaginación creadora, una captación de caracteres individuales  cuando no de idiosincrasias colectivas y todo condimentado con enfoques del mundo y de la vida en extremo singulares, en lugar de desvanecerse en la cotidianeidad del trato que me dispensa desde entonces, se fue afianzando en mí marcada por el creciente afecto, la admiración intelectual y cierta complicidad  en materia de solidaridades con los malditos incluidos en el index del establishment, hoy un más exclusivo y plutocrático “círculo rojo”.      
                                         Falta escribirse una biografía de este hombre público y polígrafo ajeno a toda actitud olímpica tan común entre quienes han alcanzado  nombradía en el campo de la cultura o accedido a cargos  expectables, dos circunstancias que en su caso se suman y complementan. Esa obra futura y necesaria bien podría titularse por memorar y parafrasear antiguos y ya clásicos encabezamientos: “Albino Gómez o el don de la familiaridad”. Familiaridad sin chabacanería -va sin decirlo-, e invitación cordial, sin demagogia, a aventar en su presencia o frente a su labor de publicista, cualquier cuota de timidez, sea en el diálogo directo o en  esa alteridad que en forma ineludible reclama la de sus artículos y libros. En rigor pocas lecturas como las suyas requieren del enriquecedor, afectivo y buberiano yo-tu con el lector, en esta época monologante en grado de hiperbólico subjetivismo individualista.                                         
                                         Albino Gómez, más platónico que aristotélico, sabe bien diferenciar el conocimiento sensible  del inteligible. Sin duda ha intuido las ideas puras; empero aquí y ahora ofrece estos “SENTIRES” y lo hace sin prejuicio racionalista alguno contra las  emociones, de allí su denominación. Lo hace sin negar  ni disimular su propio itinerario existencial, uno de cuyos galardones es haber tanteado con humano empecinamiento, entre sombras que enardecen nuestro tiempo nublado y ante la vaguedad de las figuras que se desvanecen en el agua,  las letras que forman la palabra verdad.  Para asumirla como posibilidad, horizonte, desafío interior y para pronunciarla y repetirla  como un mantra contra todo escepticismo. Y aunque no se cree dueño de ella,  muestra en cada línea de estos “SENTIRES” su constancia para sostener la porción de la verdad al alcance de la humana indigencia gnoseológica a través de la práctica ética y estética de la autenticidad, esa veracidad del corazón. 
                                   De su propio temperamento donde no cabe la actoral solemnidad deviene su literatura. Tanto la de imaginación, expuesta en sus novelas directas y sujetas a tramas de creciente interés para los lectores, nunca barbitúricamente experimentales, como la del ensayista erudito y lúcido que no soslaya el dato pintoresco, la anécdota personal traída a cuento con ánimo aclaratorio y sin propósito de adjudicarse primeros planos. Son ensayos los suyos condimentados con el innato sentido de aquella gracia celebrada por don Ángel Ossorio y Gallardo en un libro con ese título, para exponer las ideas claras y distintas sin renunciar con  Chesterton a la certeza de que hay una sola cosa imprescindible: todo.   
                                   Y ni qué hablar de sus Albinísimas, donde se dan cita el humor, el ingenio, la ironía, la perplejidad ante las cosas y los hechos que le salen al paso y ante los que toma nota  y se empeña en darles sentido, proporción, contexto, ordenación y jerarquía. Después las entrega a los lectores –durante mucho tiempo los de La Prensa dominical- en porciones brevísimas cocinadas al fuego del corazón. Así sus Albinísimas  constituyen una suerte de subgénero del aforismo y de la ramoniana greguería.  El saber que trasmite en ellas es saber sabroso con mucho del saber alegre de los trovadores provenzales que  sedujo a Nietzsche.

                                      Pocos como él han conocido tantos seres  dignos de conocerse y con la mayoría de ellos hacer amistad: desde el iusfilósofo Carlos Cossio a don Raúl Alfonsín; desde Arturo Fondizi , Rogelio Frigerio, José Ber Gelbard y Mario Amadeo hasta Dardo Cuneo, Hermenegildo Sábat, Astor Piazzola y Arnaldo Rascovsky; desde Marco Denevi, Bernardo Ezequiel Koremblit, Juan Gelman, Mario A. Cámpora o Beatriz Sarlo, hasta los españoles republicanos Ramón Prieto -ex integrante de la Columna Prestes en 1925, más tarde, durante la Guerra Civil española,  herido en la batalla del Ebro y después de asentarse en la Argentina e incorporarse  al peronismo, uno de los que suscribieron en Santo Domingo -la entonces Ciudad Trujillo por la megalomanía de “El Chivo”- el famoso Pacto entre él líder exiliado y Frondizi-, y el músico y diplomático después de nacionalizado estadounidense, Comandante Gustavo Durán, integrante en aquel annus mirabilis 1945 de la misión de Spruille Braden y en  tal carácter fogonero de la Unión Democrática. Es de anotar que no hubo ni hay fisura alguna en los afectos de este sacerdote de la amistad.  
                                     Si pocos tuvieron el don de ejercitar semejantes confraternidades, menos aún han sido los signados con el privilegio de participar para luego testimoniar en crónicas periodísticas de alto vuelo,  de muy dramáticas y siempre  notorias situaciones, que al cabo en algún caso devinieron pintorescas pero todas ellas vinculadas por el hilo común de la trascendencia  histórica. Quién otro puede contar sin alardes, por ejemplo, que a poco de triunfar la Revolución Cubana,  fue anfitrión de Fidel Castro  durante su visita a Buenos Aires, cuando todavía era considerado un héroe por los Estados Unidos y su presencia aquí  caía muy bien a nuestra oligarquía perseverante en su tilingueria, que identificaba al general  Perón con el sargento Batista. Albino, el primero de mayo de 1959, como  funcionario de la Cancillería, agasajó al Comandante y a una decena de sus barbados guerrilleros en el restaurante La Cabaña famoso por sus carnes argentinas,  debido a que el entonces canciller Carlos Alberto Florit debía participar  de una función en el Teatro Colón esa noche.
                             Pero no todo fue agasajo, fiesta y condecoraciones en su vida. Más tarde, a partir del 11 de septiembre de 1973, como consejero cultural en la embajada Argentina en Santiago de Chile le tocó vivir el horror de la represión desatada contra el pueblo hermano según lo registra el capítulo: “Memorias del horror en el Chile de Pinochet”.
                            Fue entonces que el intelectual que rechazaba y rechaza habitar la torre de marfil y en cambio puede admitir con satisfacción en sus altos años repitiendo aquel verso del “El espíritu puro” del conde Alfredo de Vigny: “Así viví mi tiempo y así he vivido yo”; el humanista en todas las acepciones del término que tanto había conversado en Nueva York sobre el mundo griego con el escritor boliviano, ex alumno en Alemania  de Heidegger: Marcial Tamayo –a la sazón embajador ante las Naciones Unidas y en 1982 canciller del país del Altiplano- y que tensando el arco de sus convicciones  escribió en un poema de su antología “Sólo se trató de vivir y amar” (2014):  “A Grecia llegué/ dos mil años después/ de lo debido/ y a Sudáfrica/ dos mil años antes/ de lo oportuno” -al evocar que ejerció  funciones  diplomáticas tanto en la cuna de la democracia cuanto en la desoladora afrenta a la dignidad humana del apartheid-, desplegó tras la cordillera de los Andes su lado compasivo y su fidelidad a los principios  del Derecho Internacional Humanitario. Es así que según  sus palabras “con la única ayuda de dos colegas, lamentablemente fallecidos, logramos salvar la libertad o la vida de más de cuatrocientas personas, a las cuales les otorgamos refugio en la sede de nuestra Embajada.” La historia decidirá alguna vez que el nombre de Albino Gómez bien pueda inscribirse por esa razón, próximo al de aquellos esforzados diplomáticos que se jugaron en otros momentos históricos, así el cónsul  en Madrid Pablo Neruda durante la Guerra Civil Española, dado al rescate de perseguidos del bando perdedor de la Guerra Civil,   depositados en campos de concentración bajo la acusación de rojos.  En tanto en la Segunda Guerra Mundial, baste ejemplificar con el caso del sueco Raul Wallemberg, el gran desaparecido del siglo XX, o el del embajador español: Ángel Sanz Briz, salvador de más de cinco mil judíos en Hungría, conocido como el Ángel de Budapest y declarado Justo entre las Naciones por el Estado de Israel. 
                                  De ser así en la posteridad, el brillo del nombre de Albino Gómez habrá de servir para limpiar la triste, la vergonzosa decisión de  no otorgar visas a indeseables o expulsados: léase judíos, en los países ocupados por la Alemania nacionalsocialista por parte de nuestra Cancillería, política verificada en la Circular reservada Nro. 11 de 12 de julio de 1938, suscripta por el ministro José María Cantilo, un dato más en el conglomerado de los que sobre el particular viene analizando y documentando otro embajador de lujo e historiador de nuestras relaciones internacionales, el doctor José Ramón Sanchís Muñoz.   
                                   Por cierto en este mundo enemigo del alma, la misericordia merece burla y la solidaridad no se agradece, se venga, como una vez le escuché decir a  Hipólito Paz -el inolvidable Tuco Paz-; y ocurrió que años después de su actuación oficial en el país trasandino, quizá el peor de los ministros de Relaciones Exteriores que soportó la Nación, Alberto Vignes, lo declaró prescindible, situación que se prolongó por diez años. Albino que  “pane lucrando” debió volver full time al periodismo, desde las columnas de Clarín denunciaba los comprometedores antecedentes antisemitas y los otrora  presuntos negocios turbios con visas del canciller ultraderechista próximo a la logia P2.  Ante las respuestas airadas  del aludido,  lo motejaba en el diario de Roberto Noble “Vignes de ira”, en una ocurrente paráfrasis del título de la novela de John Steinbeck. (En Clarín más tarde, donde dirigió el suplemento de los jueves Cultura y Nación desde 1976, publicó una de las primeras versiones castellanas de poemas previamente vertidos al inglés de Juan Pablo II, con el que conversó en más de una oportunidad.)               
                                                  
                                   Nada más apropiado que la actividad periodística para este hombre con los ojos fijos en la realidad y los del alma anhelosos de  modificarla en  libertad y justicia. Periodista jugado por la noticia sin medir riesgos, se aventuró al Irán del Ayatollah Komeini y arribó a Teherán un 20 de agosto de 1980 soportando 40 grados de temperatura, cuando cumplían más de trescientos días de cautiverio los rehenes de la embajada norteamericana a manos de los estudiantes siítas. Al cronista ciertamente de lujo no le faltaron contactos internacionales y pudo entrevistarse con la cúpula del gobierno que suplantó al Cha, algo negado en general a los enviados por las redes  informativas de  Occidente.        
                                   Seré autoreferencial por un momento para reconocer que cuando una noche de 1984 escuché el debate por el tratado de Paz y Amistad entre Argentina y Chile para poner fin al conflicto sobre el Canal de Beagle,  disputado entre el senador Vicente Leónidas Saadi y el ministro Dante Caputo, que moderó  el inefable Bernardo Neustard, apenas treintañero yo poco sabía de Albino Gómez y apenas más debido a mis antecedentes salteños de Julio Mera Figueroa, quienes me entero ahora por “SENTIRES”, resultaron ser los representantes respectivamente del entonces canciller y del pintoresco legislador catamarqueño que acusó al académico licenciado  Caputo de irse por las nubes de Úbeda. Otra situación  que lo tuvo  en primera línea.
                                                                                                                                      
                                 En “SENTIRES” hay material de sobra para construir y reconstruir la pequeña y la gran historia. Hay justicieras menciones al tratadista y ex canciller del presidente  Cámpora, doctor  Juan Carlos Puig, hay otras varias evocaciones y homenajes, hay inquisiciones sobre nuestra realidad política, diplomática, social y cultural.  Hay apreciaciones sobre el mundo que nos toca vivir y sus vertiginosas posibilidades como la robótica. Y hay un sinnúmero de inquietudes varias traducidas en prosas breves llenas de intención y lucidez. Sin descuidar las aproximaciones a la filosofía, a tono con la vocación de  difusor de la madre de las ciencias a que nos tiene acostumbrado el didáctico exegeta de la Teoría Egológica del Derecho  de Carlos Cossio,  del pensamiento católico, justicialista y latinoamericanista  de  Amelia Podetti o su  insomne peregrinar por el tránsito del existencialismo al  maoísmo de Carlos Astrada y por las ponencias acercadas al Congreso de Filosofía reunido en Mendoza entre el 30 de marzo y el 9 de abril de 1949.
                                Decía Xavier Zubiri que la filosofía no es su historia pero que la historia de la filosofía, es filosofía y en ese sentido su rastreo e interpretación de complejos y cerrados sistemas filosóficos o iusfilosóficos, dan cuenta de sus propios desvelos en la materia. 
                             “SENTIRES”, en resumen y aun con la osadía de pretender tal extracto, constituye un ejemplo de libro misceláneo donde cada título despierta un interés diverso,  que al cabo y en forma paradojal invita a pensar  en el modo ordenado, relacionado e ilimitado  en que se expande  el universo intelectual y afectivo del autor.


                             (Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa, el 8 de diciembre de 2019.-)                                                

lunes, 11 de noviembre de 2019

UN TELESCOPIO PARA LA PRENSA

Don Honorio H. Gómez Ibáñez
                                                                
                                                                        
   LA PRENSA acaba de cumplir su  sesquicentenario. Más allá de sus cambios de formato, de los del estilo periodístico para estar a tono con los  dictados por las preceptivas actuales en la materia y hasta de los sucesivos dueños de la empresa, en este siglo y medio ha sabido honrar y mantener de su fundador, José C. Paz,  el espíritu liberal, incluso conservador: un “estilo político” al decir de Emilio J. Hardoy,  con el que se puede coincidir  o no, pero que no obstó mientras otros medios callaban,  para que en  la última dictadura acogiera y publicara, bajo la dirección del arquitecto Máximo de Gainza, solicitadas con listas de desaparecidos.  Del doctor  Paz se cuenta que antes de viajar a Francia, como embajador designado por Roca en 1885, dejó escrita la renuncia al cargo diplomático a desempeñar en un cajón de su escritorio, con la expresa instrucción a sus reemplazantes en la dirección, que la misma fuera enviada al presidente de la República cuando consideraran del caso  criticar actos de gobierno desde las columnas del diario.
   Empero, el matutino, además de faro informativo y formativo para el sector de la ciudadanía afín a su ideario, fue durante un largo período de la historia porteña identificado popularmente  con su tradicional y suntuoso edificio de la Avenida de Mayo 575, hoy Casa de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires. “No se conoce en Europa una publicación tan soberbiamente instalada como este diario argentino. Tampoco en Nueva York existe periódico alguno que pueda comparar su casa con la de LA PRENSA”, escribió Vicente Blasco Ibáñez  en su libro “Argentina y sus grandezas”.  Esa construcción, a juicio del escritor valenciano, “el más lujoso de los palacios de la Avenida de Mayo”,  se inauguró  en mayo de 1899, según diseño de los arquitectos Carlos Agote y Alberto Gainza, egresados de L´Ecole de Arts et Manufactures de París.
  Además de los mosaicos de Boulanger, la herrería de Val d´Osne, el reloj de la fachada de Paul Garnier, los ascensores neoyorquinos, la estatua de Palas Atenea, que simboliza La Libertad, obra  del francés Maurice Bouval y las pinturas interiores de Nazareno Orlandi y Reinaldo Giúdice, cabe acotar que en algún momento tuvo LA PRENSA un telescopio que desde casi cincuenta metros de altura escudriñaba los misterios de la noche.
 El dato de su llegada allí se encuentra registrado  en la biografía de Honorio Hermenegildo Gómez Ibáñez (1832-1900) obrante en el tomo III del Nuevo Diccionario Biográfico Argentino de Vicente Osvaldo Cutolo. Y fue   tradicionalmente conocido, tanto por la descendencia de la familia Paz como por la de  Gómez Ibáñez; quien obsequió a su fraterno amigo José Camilo Paz esa pieza que había hecho traer de Europa para su propio uso, sumándose así –contaba Honorio Pastor Gómez Langenheim, hijo del donante- a las celebraciones por la inauguración de la nueva sede en sustitución de la inicial de Moreno 73,                                                             
  El mencionado era hijo de José Damián Gómez Obligado y de Manuela Josefa Ibáñez Marín y de la Quintana, nieto del héroe de la Reconquista, capitán Lázaro Gómez del Canto y Rospigliosi y por rama materna del coronel Pedro Ibáñez Rospigliosi, héroe del combate de  Tacuarí  en la expedición del general  Belgrano al Paraguay y Gobernador Intendente interino de Buenos Aires en 1818.  
  El 29 de mayo de 1900, al día siguiente de su muerte ocurrida en Buenos Aires, LA PRENSA  publicó una extensa nota necrológica sobre él  destacando entre otros conceptos: “Fue pro-secretario del Senado; en tiempos de la Organización Nacional, secretario del gobernador de Buenos Aires, don Pastor Obligado, revolucionario en 1874 y desterrado por esa causa.” (Precisamente en la vencida revolución mitrista de 1874 se la jugó codo a codo junto a José C. Paz). Años antes, el 25 de enero de 1885, con motivo de haber sido relegado en un ascenso en la Aduana donde se desempeñaba luego del ostracismo vivido en Montevideo, un artículo de fondo del diario denunció el hecho y asentó sobre su persona y servicios a la República: “Como funcionario público es incorruptible. Su competencia es muy superior al puesto que desempeña con rara consagración. No solamente está a la altura del destino de Vista, sino del de Administrador de la Aduana.”   
  Hombre de estudio y buen exponente por cultura e inquietudes modernizadoras de la Generación del Ochenta, Gómez Ibáñez, aparte de sus conocimientos  jurídicos, en especial sobre temas de Derecho Parlamentario  y de sus provechosas horas de retiro en la biblioteca de libros literarios e históricos en francés  que reunió con dedicación -hoy varios de ellos apetecidos por bibliófilos como El Nuevo Anquetil de Historia Universal en la lujosa edición ilustrada de 1848-, fue asiduo contertulio  de Estanislao S. Zeballos que le remitía su Revista de Derecho, Historia y Letras y un aficionado a la astronomía. Lector de Flammarión, llegó a frecuentar en Córdoba al norteamericano Benjamín Gould, el sabio a quien Sarmiento convocó para instalar el Observatorio Astronómico de Córdoba del que fue director.   
  Un nieto suyo, Carlos Obligado, recuerda ese interés por la ciencia –y el arte- de Urania en los versos de su romance Nocturno, presente en “El poema del Castillo”(1938): “Con mi abuelo materno (a Don Honorio/ Gómez Ibáñez honre aquí de paso)/ Detallé ya la Hidra en primavera/ Y minucias de Orión, en el verano,/ pues de ciencia accesible, perfumaba/ su recia vida el generoso hidalgo./ Después, obsequio suyo, me sabía/ mi denso Flammarión  a los quince años.”
                                                 
  Generaciones y hechos  se sucedieron desde ese finisecular año 1899, tanto que no es de extrañar haberse perdido –al menos eso ocurre en mi caso- el rastro del telescopio, muerto el hijo primogénito del destinatario original del obsequio: don Ezequiel Paz, que cuando era director del diario aún lucía en los altos del edificio de la Avenida de Mayo. Es ley la destrucción final o el extravío de los objetos, aunque resulta reconfortante imaginar que sobreviven  los sentimientos que los signaron dándoles sentido y hasta, a veces, fortaleciendo a través de su pura materialidad, viejos vínculos afectivos.-


(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa el 18 de octubre de 2019.-)       
                   

lunes, 16 de septiembre de 2019

CARMEN AROLF, PERIODISMO CATÓLICO Y LITERATURA NATIVISTA


                                                          
     Tal vez fue en sus inicios por timidez, una condición  que en el universo de las letras podría confundirse con cierta inseguridad para afrontar el oficio de la palabra. O acaso a ejemplo  de su admirada amiga bastante mayor en edad, Emma de la Barra de Llanos, que firmaba sus populares novelas: César Duayen, influenciada  a su vez –quizá- por Amantine-Aurore-Lucile Dupin  que suscribía las suyas como George Sand. O sin duda  porque a mediados de los años veinte del pasado siglo la irrupción de una mujer joven en función de publicista, dando a conocer artículos y relatos en especial de corte nativista cuando no que enfocaban temas indigenistas, era  poco común y daba para el comentario social en muchas ocasiones malicioso, antes que para la crítica propiamente literaria, en general también prejuiciosa salvo excepciones.
   Lo cierto es que la escritora en cuestión se decidió a firmar con el seudónimo Carmen Arolf que registró en 1939 según la ley 11723 promulgada pocos años antes, ocultando así a los lectores que se llamaba Flora del Carmen García Black de Gómez Langenheim -por su matrimonio con el médico Honorio P. Gómez Langenheim era concuñada de Rafael Obligado-; aunque la sucesión de apellidos no resultaba un impedimento si de varones se trataba. Un articulista, historiador y poeta  de renombre en la época suscribía las colaboraciones como Antonio Pérez-Valiente de Moctezuma; y para entonces solamente Baldomero Fernández Moreno hacía gala de haberse aligerado del título doctoral y de la inicial de su nombre como lo explicitó en el poema “Palabras”.
    Solía contar que se le ocurrió el empleo de Carmen Arolf, anástrofe de su primer nombre, ante la revelación que le causó  su exótica resonancia eslava al leerlo al revés y comentar la circunstancia  con publicistas colegas.   Con ese seudónimo se  hizo conocida esta periodista, cuentista y autora teatral nacida en 1884 en Chascomús, donde su padre español, administraba una propiedad rural que había pertenecido a Richard Black Newton, el introductor del alambrado en el campo argentino y  pariente próximo de su  esposa: María Black Portela Salinas.   
   Tan conocida al punto de haber recordado el centenario de su nacimiento -había fallecido en Buenos Aires el 19 de agosto de 1976- tanto La Nación (el domingo 20 de mayo de 1984) como  La Prensa en una columna aparecida en la edición del miércoles 16 de mayo del mismo año. En ambas notas se destacó su trayectoria cultural en diversos medios gráficos, algunos tan legendarios como Caras y Caretas o Plus Ultra. Aparte de su colaboración frecuente en La Nueva Provincia de Bahía Blanca; en los suplementos en rotograbado de La Nación –donde la invitó a escribir Eduardo Mallea- y La Prensa a cargo de don José Santos Gollán; su paso por Democracia y las revistas Para Ti, Estampa, Pro Familia, Auto Club, la infantil Billiken; y su desempeño en el diario católico El Pueblo, donde fue jefa de la sección Sociales y columnista. (Sobre  este tabloide  que fundó en 1900 el sacerdote redentorista alemán P. Federico Grote y dejó de aparecer en 1960, cuya redacción funcionó primero en Avenida de Mayo 822 y luego en la calle Piedras 567, existe publicado en 2012 el libro nada complaciente con el “lenguaje de cruzada” de sus editoriales, de la investigadora del CONICET, doctora Miranda Lida: “La rotativa de Dios”).     
    Décadas más tarde, en el número 107 de la revista Historia bajo la dirección de Armando Alonso Piñeiro, correspondiente a los meses de septiembre-noviembre de 2007, subrayamos por nuestra parte  que mientras el canon historiográfico argentino de cuño mitrista marcaba contraponer las figuras de  los libertadores José de San Martín y Simón Bolívar debido a los “celos nacionales y el criterio sectario de las vidas perpendiculares” que diagnosticara Ricardo Levene en un discurso pronunciado en 1942 en el Museo Histórico Nacional sobre “La tradición bolivariana argentina”, Carmen Arolf se anticipó a su apreciación en nuestro medio y en 1930 -al conmemorarse el centenario de su muerte-  escribió una extensa biografía del caraqueño soñador de La Gran Colombia, poniendo de resalto su ideario americanista y la trascendencia del Congreso de Panamá de 1826.  
   Lily Sosa de Newton, autora del “Diccionario de Mujeres Argentinas”, expresó sobre Carmen Arolf: “Tuvo una notable actuación en el mundo literario de su época por su importante producción conocida a través del libro y de diarios y revistas.”  Sus cuentos y leyendas en especial sobre la Patagonia Argentina, fueron elogiados por sus aportes a la toponimia local y tomados como modelos de ficciones de proyección folclórica por autoridades de la talla del antropólogo y médico doctor Gregorio Álvarez y del investigador profesor  Félix Coluccio, que en tres oportunidades la cita en su “Diccionario folclórico argentino”.
  Cabe enumerar entre sus libros: “Ana Teresa” (novela) (1925), Haz de añoranzas (1935), “Matices sureños” (1936), “El hada del Famatina” (1937)  y “Evocaciones argentinas (1948); aparte de comedias infantiles   representadas por el grupo  teatral Aladino a cargo de la profesora María Lidia Barone del Curto y hasta de su incursión en 1953 en la historieta con “Agripín y el caballito veloz” que publicaba semanalmente el diario El Pueblo.

 Juan José de Soiza Reilly destacó  su labor en un ensayo sobre las mujeres  escritoras argentinas dado a conocer en Caras y Caretas. Asimismo Carlos Paz la menciona en “Efemérides Literarias Argentinas” (1999), Nicolás Matijevic en su “Bibliografía Patagónica” (1973-78) y Mario Tesler la incluyó en su diccionario  “Seudónimos de autoras argentinas” (1997). Pero sobre todo se advierte la valoración por su obra al recorrer  la correspondencia que cursó en diferentes momentos con los académicos de letras Gustavo Martínez Zuviría, Carlos Ibarguren, Carlos Obligado, Juan P. Ramos, Eleuterio Tiscornia, Manuel Peyrou; también con Ricardo Rojas, con Ataliva Herrera, el poeta de “Bamba”, con el filólogo Aurelio García Elorrio quien incluyó páginas suyas en sus textos de gramática para alumnos del colegio secundario, con el historiador Enrique Udaondo, con Juan Carlos Moreno el autor de “Nuestras Malvinas” escrito luego de visitar el archipiélago en 1937, con el educador  Enrique Julio fundador de La Nueva Provincia en 1898, con el poeta y comediógrafo rosarino Anibal F. Chizzini Melo, con el político y legislador Manuel Carlés,  fundador de la tristemente célebre Liga Patriótica Argentina y que curiosamente fue impulsor en el Congreso Nacional de leyes sociales elogiadas por Alfredo Palacios, con el jurista y escritor Enrique E. Rivalora, con el magistrado y genealogista Jorge de Durañona y Vedia, con el doctor Fernando Jáuregui, organizador y director del Museo de Armas de la Nación, con el escritor y político Arturo Jauretche, con el lunfardólogo y periodista José Gobello  o con el dramaturgo y director teatral Joaquín de Vedia,  que solía  memorar su vieja amistad con  un tío de la escritora: Felipe Torcuato Black, el poeta de simpatías revolucionarias patentes en el poemario lujosamente editado en París en 1905: “Cantos de bronce” y  concurrente al círculo de los Inmortales  a fines del siglo XIX e inicios del XX,  en una bohemia artística porteña que revivió Vicente Martínez Cuitiño en su libro “El Café de los Inmortales”.                                                           
 Otro tanto puede decirse del reconocimiento que le profesaron  Pilar de Lusarreta, María Alicia Domínguez, Olga de Adeler, Julia Bustos, Mary Rega Molina, la periodista feminista discípula de José Ingenieros Adelia Di Carlo  y las escritoras católicas  Mercedes Molina Anchorena, difusora en el país del autor brasileño Tristán de Athayde  (Alceu Amoroso Lima), María Mercedes Señorans, traductora de André Frossard y Sara Montes de Oca de Cárdenas, autora de la letra del Himno del Congreso Eucarístico Internacional de 1934, con música del maestro José Gil. Como es de subrayar igualmente la amistad que mantuvo con María Luisa Copello,  a partir de un reportaje que en 1935 le realizó para El Pueblo, al haber sido creado Cardenal por el Papa Pío XI su hermano Monseñor Santiago  Luis Copello. Y consta además en su archivo la consideración que demostraron notables sacerdotes y prelados al  fondo católico de sus trabajos.  Así Monseñor Andrés Calcagno, Vicario General del Ejército y escritor de nota,  comentó en una oportunidad: “No se imagina mi satisfacción al recorrer las páginas del “El Hada del Famatina”, viendo la soltura de estilo y la ductilidad con que expresa su sentimiento. Quiera el Niño Dios bendecir ese esfuerzo suyo, tan ejemplar para los suyos y para todos los que la conocemos.” En términos parecidos se expresaron Monseñor Miguel de Andrea; el Arzobispo de Salta, Monseñor Roberto Tavella; el de Cuyo, Monseñor José Américo Orzali y el Obispo de Mercedes, Monseñor Anunciado Serafini,                                                             

 Carmen Arolf actuó en el Círculo de la Prensa, en ASESCA (Asociación de Escritoras y Publicistas Católicas), y desde mediados de los años  cuarenta en ADEA (Asociación de Escritores Argentinos); cuando esta institución reunía a autores del llamado pensamiento nacional opuesto al ideario liberal al que mayormente adherían los integrantes de la SADE por entonces. En ese sentido es de anotar que Carmen Arolf, quien contándose entre las iniciales  afiliadas al Sindicato de Prensa, gremio que tanto bregó por el Estatuto del Periodista establecido por el decreto 7618/44 –su carnet de periodista profesional según disposición de esa norma fue suscripto el 1ero. de octubre de 1945 por el Subsecretario de Trabajo y Previsión, mayor ® Fernando Estrada-, valoró y adhirió desde la primera hora a la política social que llevaba a cabo el coronel Perón en la Secretaría de Trabajo y Previsión, sin que ello opacara su antiguo vínculo con Alfredo Palacios, con Carlos Sánchez Viamonte, con Sara Yrigoyen, con el militar Ernesto Florit, con el historiador Enrique de Gandía que había celebrado en 1935 que “en todas sus narraciones hay en el fondo un núcleo histórico” y con tantos otros y tantas otras colegas e incluso familiares suyos de activa participación en la Unión Democrática en 1945. A propósito de una donación de libros con destino a los niños desvalidos recibió una conceptuosa carta de Eva Perón fechada el 12 de septiembre de 1946.
  No nos es posible concluir estas líneas sin revelar la circunstancia personal que nos llevaron a escribirlas. Días pasados y en forma casual tomamos conocimiento de la existencia de la Ordenanza número 11804 del año 2010 dictada por el Consejo Deliberante de la ciudad de Córdoba, norma que a su vez remite a lo establecido por la anterior Ordenanza número 9695, y en cuyo cumplimiento, entre otras denominaciones de calles que distinguen a mujeres representativas de la cultura, se designa con el nombre de Carmen Arolf a una calle del Barrio Liceo General Paz de la ciudad del Suquía.
 Quedamos emocionados ante  el hecho porque la evocada en esa arteria cordobesa era nuestra abuela por rama materna y porque tal solemnidad del recuerdo, como definió Ortega y Gasset al homenaje, viene a ratificar que no siempre tiene la última palabra la desmemoria, esa diligencia del olvido.     

(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa el 15 de septiembre de 2019.-)

                                                               

domingo, 15 de septiembre de 2019

SANTIAGO DE CHILE, 11 DE SEPTIEMBRE DE 1973- BUENOS AIRES, 11 DE SEPTIEMBRE DE 2019


Pido castigo
Pablo Neruda


                             ¡Cómo es que iba a llegar la primavera pocos días más tarde a nuestra Subamérica que bautizó Liborio Justo, el izquierdista indómito hijo de un presidente grato a la oligarquía!
                              Aquel 11 de septiembre de 1973 debió juntar inviernos en su bolsa de huesos inmediatos.
                              Debió estirar sin brotes ni verdores de cobre las ramas como lanzas a las corazonadas.
                             Debió rayar el cielo el rayo que extermina y demoler los techos del resguardo –otros deben dormir a la intemperie- el martilleo de piedras de una tormenta bíblica.
                             Yo andaba veinteañando y debí someterme al golpe de una maza con peso inverosímil de un agujero negro: ¡Vamos Chile, carajo!; precoz el descreimiento de primaveras al compás de la vida que se arraiga en la vida y la hace irrevocable.
                            ¡A Salvador Allende lo mataron los yanquis! Qué acelerar de pronto vejeces de ignominia. Qué ver del desengaño su rictus de verdugo cuando aquí en Buenos Aires, sin desarmar el puño cerrado sobre ideales,  me extravié para siempre en trizas la inocencia en los pasillos salpicados de sangre en La Moneda en ronda de murciélagos aviones de alas membranosas, roto mi propio cielo: Pagaré con mi vida la lealtad del pueblo, juraba el Hombre Nuevo.

                         Generación perdida, la mía,  que le dicen. La de mi padre había enrojecido, enronquecido, embestido al destino rígido como soga de ahorcado gritando la consigna: ¡No pasarán! Pasaron en Madrid y en Santiago. Después en Buenos Aires.
                                                  
                       También pido castigo por la nocturnidad enardecida de aquel 11 de septiembre de 1973 con su inoportuno tramar la primavera, despertándome con diana cuartelera del sueño de Justicia, posible y providente.

(Carlos María Romero Sosa, se publicó en la revista Con Nuestra América, de San José de Costa Rica, el 14 de septiembre de 2019 y ese mismo día en Salta Libre.-)