domingo, 30 de mayo de 2010

SOBRE CRÍMENES DE RELIGIOSOS COMETIDOS POR EL FRANQUISMO


Con motivo del vergonzoso juicio seguido en España contra el juez Baltasar Garzón, he leído en ciertos diarios argentinos expresiones tendientes a poner en duda la objetividad de dicho magistrado Así en una carta de lectores aparecida en La Nación (22/05/10) se le recomienda con ironía a Garzón, “que durante su forzado retiro lea la vida de santos y mártires españoles, comenzando con San Héctor Valdivielso Sáez”. Coincido con el firmante de dicha carta, a lo que parece libre de réplica o aclaraciones en aquel matutino, en el repudio a ese crimen cometido en 1934 por milicianos y al de sus hermanos Lasallanos que sufrieron igual destino (Una imagen de San Héctor se venera en la porteña iglesia de San Nicolás de Bari, parroquia que en su anterior emplazamiento, fue testigo de su bautismo a los tres años de edad).
Pienso, eso sí, que durante los casi cuarenta años de dictadura franquista hubo tiempo suficiente y manos libres y aligeradas de las auto restricciones propias de un Estado de Derecho, para investigar y castigar tan inicuos delitos, cosa vedada hasta el presente a los familiares de las víctimas del sector perdedor en la contienda.
Como se trae a cuento del actual proceso al juez Baltasar Garzón las muertes del nombrado Santo hispano-argentino -nació en Buenos Aires el 31 de octubre de 1910- y de sus compañeros de orden, me permito acotar que si de martirios de religiosos se habla, convendría agregar a la lista, por de pronto también al P. Muiño, capellán del Hospital de Toledo y sacrificado allí a machetazos el 27 de septiembre de 1936 por los “caballeros” de la Legión, al P. José Pascual Duaso, párroco de Loscorrales (Huesca), muerto por falangistas el 22 de diciembre de 1936 y a los catorce sacerdotes vascos fusilados por los “nacionales” en circunstancias que denunció ante Pío XI el entonces Obispo de Vitoria Mateo Múgica Urrestarazu (1870-1968) autor del libro “Imperativos de mi conciencia“, editado en Buenos Aires.
Incluso en julio de 2009, los actuales prelados de Guipúzcoa, Alava y Vizcaya pidieron públicamente perdón por “el injustificable silencio de los medios oficiales de nuestra Iglesia” ante los crímenes franquistas cometidos en Euskadi. Es bueno tratar de ver la historia completa, salvo pensar para ciertos casos que “por algo será”.

Carlos María Romero Sosa
Publicado en TIEMPO ARGENTINO el sábado 29 de mayo de 2010.-

sábado, 1 de mayo de 2010

BERNARDO EZEQUIEL KOREMBLIT (1916-2010), IN MEMORIAM


Bernardo Ezequiel Koremblit: la vida,
es un desperezarse a la mañana
que espadas desenvaina en la persiana
al afán inmediatas y a otra herida.



Envión de nuestra rueda cotidiana:
Bernardo, de llegada en despedida;
ganador de estatura en la caída
porque la pena en él no se empantana.



Digo en presente de resurrecciones
su espíritu elevado y extendido
a Dios y a la Verdad, en fe y razones.



Judío y cristiano, alerta y distraído
chestertónicamente en cosas varias.
Ya entona en paradojas sus plegarias.

Publicado por Carlos María Romero Sosa en revista “Proa” Nº 77 marzo/abril 2010

domingo, 11 de abril de 2010

APOSTILLAS GüEMESIANAS A UN RECIENTE LIBRO SOBRE ARTIGAS


Abundan los libros de historia a secas; en tanto que se escriben también otros, cuyas fuentes inspiradoras corren paralelas en intensidad con sus propósitos investigativos o de divulgación y deben rastrearse, en particulares “historias” humanas y familiares. Lo expresado ocurre cuando esas elaboraciones intelectuales responden al sentimiento y hallan en él suficiente razón justificadora y disparadora como para ahondar y reconstruir aspectos del pasado.
“Artigas entre estirpes y destinos” (Impresora Gráfica, Montevideo, Uruguay, 2009), libro de Susana Dalmao de D‘Atri y Elías D’Atri, que contó para su ordenamiento con la colaboración de Pablo Troise -novelista, poeta, crítico literario, periodista de opinión fogueado en las columnas montevideanas de “Marcha”, jurisconsulto, magistrado y ex Ministro de la Suprema Corte de Justicia de la República del Uruguay hasta su jubilación en el año 2006-, corresponde a este último tipo de obras descriptas: las concebidas desde la emoción -y por ende escritas con la sangre del corazón, según decía Nietzsche-, sin por ello obviar ni la sana crítica ni el soporte documental. Precisamente aquí, y debido a razones genealógicas, el aparato erudito incluye la reproducción de papeles atesorados durante varias generaciones y nada hay de extraño en ello: Susana Dalmao es descendiente directa del Protector de los Pueblos Libres y de doña Melchora Cuenca, “la sombra mestiza, americana de Artigas, cuando el Héroe nacional tuvo en la Villa de Purificación del Hervidero la creíble idea de imaginar el alma de un País”(página 236)
A la profusa bibliografía artiguista rioplatense -entre la que cabe mencionar títulos como “José Artigas el primer uruguayo precursor latinoamericano” de Jesualdo”, una clásica biografía editada por Losada en 1968; o los volúmenes “Artigas el héroe de Platania”, ensayo de filosofía de la historia debido a la pluma del general uruguayo Edgardo Ubaldo Genta dado a conocer en 1945, “Artigas fundador de la nacionalidad y prócer de la democracia americana” de Miguel Víctor Martínez (1950), “Artigas intérprete del federalismo republicano de Mayo” de Alfredo Díaz de Molina (1966), “Artigas. El jefe de los Orientales” de Fernando O Assunçao y Wilfredo Pérez (1983) y “Artigas y el federalismo en el Río de la Plata” de Washington Reyes Abadie (1986)-, la obra en cuestión aporta su cuota de originalidad, tanto por la estructura casi de relato cuanto por la novedosa información. Salta a la vista que para procurarla no se descartó ninguna fuente de consulta y hasta se apeló a la tradición oral y escrita.
Cada capítulo tiende a instalar y dejar abierto incluso, a través de la fantasía poética de alguna ilustrativa rima intercalada de Pablo Troise, determinado aspecto historiográfico: ya sea de índole biográfico, genealógico, heráldico o cronológico referente al Prócer, a la época con la presencia de sus personajes principales, a la mencionada compañera Melchora Cuenca, o al hijo de ambos, el Coronel Santiago Artigas Cuenca y a su esposa legítima, Ana Vallejo, a quien la leyenda atribuyó haber vivido ciento treinta años. En cuanto a Santiago Artigas, a la fecha de su muerte, el 21 de enero de 1861 en la ciudad de Concordia, desempeñaba interinamente el cargo de Comandante Militar del Departamento. En sus funerales recibió honores ordenados por el Gobernador de Entre Ríos, general Justo José de Urquiza debido -expresa el decreto correspondiente- “a los servicios prestados a la causa pública así en su rango militar como en la administración del Departamento que le estaba confiado”. (Cabe anotar aquí que una comunicación académica firmada por Antonio P. Castro incluida en la “Revista del Instituto Argentino de Ciencias Genealógicas” -Año VII, correspondiente a 1950-1951- se refiere justamente a “Artigas y sus descendientes en Concordia”).
A medida que se avanza en la lectura de las casi 270 páginas de “Artigas entre estirpes y destinos” cobran ellas dinamismo propio y despiertan un sinnúmero de conclusiones y porqué no de interrogaciones. Es destacable la inclusión de detallados árboles genealógicos que dan cuenta de las ramas entroncadas con el Padre del Federalismo, al que el general San Martín –es de recordarlo- llamó en carta fechada el 13 de marzo de 1819 y remitida desde Mendoza: “Mi más apreciable paisano y señor”. Además se muestran sin agobiar al lector los resultados de investigaciones coronadas con la obtención de datos de primera mano, como por ejemplo los relativos a los ancestros zaragozanos de Artigas, que contaba con antepasados oriundos de Puebla de Albortón en la provincia de Zaragoza, con lo que se descarta su supuesta procedencia paterna canaria. Se podrá conjugar entonces ese y otros aspectos eruditos del volumen, con la coloquial narración de la peregrinación patriótica a la región española de Aragón por parte de los autores Dalmao y D’Atri en busca de la casa solariega de Juan Antonio Artigas, a cuyo frente, hoy reconstruido, luce desde 1950 una placa conmemorativa al “poblador de la Ciudad de Montevideo y abuelo de José G. de Artigas fundador de la República del Uruguay”.
Empero entre las varias secciones de la obra hay un capítulo que merece especial detenimiento por motivos de elemental justicia histórica y en razón de que nos toca de cerca a los nacidos en la banda occidental del Plata: el titulado “Artigas, Héroe Nacional de los Argentinos”. No cabe duda: lo fue y lo es por derecho propio; así y no sólo como Prócer Uruguayo debe ser reverenciado por los argentinos. Piénsese que el combate de La Piedras librado el 18 de marzo de 1811 brindó uno de los primeros triunfos militares a la Revolución de Mayo y “llevó el estandarte de la libertad hasta los muros de Montevideo”, como proclamara el propio vencedor. A juicio del historiador oriundo de Paysandú Juan E. Pivel Devoto, la victoria de Las Piedras “consolidó la posición de la Junta de Buenos Aires en un momento difícil de su gestión. Recuérdese que Belgrano no había logrado en su campaña la adhesión del Paraguay a la causa revolucionaria y que Castelli no había superado el poder de la reacción en el Alto Perú”.
Sin proponer ucronías, resulta innegable que otro habría sido el destino de la Patria Grande de contar el Jefe de los Orientales con los auxilios reclamados a las autoridades de la Buenos Aires portuaria, unitaria y anglófilamente librecambista, en su lucha contra los contrarrevolucionarios españoles y ni qué mencionar la alianza de los centralistas porteños con los portugueses de Brasil, invasores “de Melo hasta Paysandú” según poetizó Félix Luna. Del mismo modo, distinta sería la historia de no haber rechazado la Asamblea Constituyente del año XIII la incorporación de los diputados orientales y aceptado en cambio las Instrucciones de Soriano, aquel proyecto de Constitución Liberal Federativa para las Provincias Unidas de la América del Sur, embebido de republicanismo federalista. Hoy, desde la calle más larga del mundo -según otro mito o zoncera argentina-, la que lleva el nombre del “más grande hombre civil de la tierra de los argentinos”, en florilegio de Mitre, quizás el fantasma de Bernardino Rivadavia, gobernante progresista en tantos aspectos, siga penando sin poder desandar ya sus “yerros” políticos con respecto al destino de la Provincia Oriental cuyo lema en el escudo artiguista, con símbolos charrúas para escándalo de los doctores porteños, no dejaba lugar a dudas: “Con libertad ni ofendo ni temo”. Y lo propio corresponderá al del enviado de Rivadavia a Río de Janeiro, Manuel José García; o al de Manuel de Sarratea, el Gobernador de Buenos Aires que llamó “traidor” a Artigas - y al que el cáustico Liborio Justo en su obra “Nuestra patria vasalla” consideró un instrumento de Inglaterra- y al de Gervasio Antonio de Posadas que en un bando directorial declaró al oriental “Infame, privado de sus empleos y fuera de la ley”, anticipándose al epíteto de “bárbaro desorganizador” que le dio Vicente Fidel López en carta a Mitre. Transitarán espectrales aquellos próceres, que lo son con sus aciertos merecedores del bronce y con desaciertos como para fundir el metal, sin cruzarse siquiera en la nomenclatura porteña con la arteria que por quince cuadras bordea Palermo y recuerda al patriota gestor del Congreso de Tucumán coronel José Javier Díaz, aquel primer gobernador elegido por el pueblo de Córdoba que en 1815 declaró a su Provincia “enteramente separada del gobierno de Buenos Aires y cortada toda relación bajo los auspicios y protección del General de los Orientales, que se constituye en garante de su libertad”. (página 213)
De acuerdo pues con la línea americanista e integracionista trazada por Dalmao y D’Atri, un aspecto tal vez digno de desarrollarse en una próxima edición del libro podría ser el que hace a la relación entre José Artigas con Martín Miguel de Güemes, esporádico vínculo epistolar al que trascendían sus notorias coincidencias en aspectos fundamentales de sus respectivos idearios políticos y hasta sociales. Como que el primero “tres años antes que naciera Marx/ y ciento cincuenta antes de que roñosos diputados la/ convirtieran en otro expediente demorado/ borroneó una reforma agraria que aún no ha conseguido el/ homenaje catastral”, en versos de Mario Benedetti, en tanto que el segundo, “precursor instintivo del socialismo” en concepto de Joaquín Castellanos citado por Gregorio Caro Figueroa, promulgó el Fuero Gaucho hacia 1816, que si bien no representó estrictamente una redistribución de tierras, eximió a los combatientes que provenían del paisanaje del pago de arriendos, medida suficiente para despertar la furia de las oligarquías terratenientes nativas.
Sólo es conocida una carta de Artigas al Caudillo salteño fechada en el “Año 7 de Nuestra Regeneración”; un texto lleno de críticas para “La fría indiferencia de Buenos Aires y sus agentes de aquella Corte”. “Corte” de pacotilla, previsiblemente repudiada por el demócrata popular que bajo la influencia del contractualismo roussoniano, supo manifestar en su oración cívica ante el Congreso de las Tres Cruces (1813): “Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa por vuestra presencia soberana”. El historiador Luis Güemes Ramos Mejía, en el tomo 6 de su “Güemes Documentado” menciona a su vez la sola epístola de que se tenga noticia dirigida por su antepasado al Jefe Oriental y de la que apenas existe referencia en otra de Manuel Belgrano de 1817: “Remito la carta de Ud. para Artigas. Está muy bien puesta y al caso”. Si hubo escaso correo entre ambos centauros de la libertad, sería de seguro porque otras eran sus aflicciones frente al enemigo externo y perentorias las responsabilidades para con sus gobernados. No obstante, el folclore poético del Noroeste argentino recogió una copla en la que sabiduría popular sintetizaba e identificaba perfectamente las visiones nada sectarias de los dos próceres:
Güemes y Artigas
hermanos son;
de patrias chicas
harán nación.

*****
Tengo a la vista los originales de una conferencia de Carlos Gregorio Romero Sosa, pronunciada en Buenos Aires -el 16 de junio de 1976- con el auspicio de la Representación del Gobierno de Salta en la Capital Federal con motivo de los homenajes tributados en el 155 aniversario de la muerte del Héroe Gaucho. “Esbozo de las ideas políticas del General Martín Miguel de Güemes” fue el tema de la disertación paterna. Advierto al leer la pieza manuscrita e inédita, que en varios pasajes se hace referencia, en extenso, a las concordancias entre el ideario independista, federalista -no anárquico ni disolvente- y de contenido social güemesiano con la filosofía que inspiraba las Instrucciones de Artigas.
Por eso, más allá de los méritos objetivos del libro en cuestión, tomo conciencia de que en el plano estrictamente personal, “Artigas entre estirpes y destinos”, me ha conducido con naturalidad a una de mis propias estirpes, valga el hecho de parafrasear su título. Y que sus páginas han logrado reverdecer en mí la pasión por un destino de integración “suramericana” de cuño sanmartiniano y bolivariano, tanto como güemesiano y artiguista. Que nada tiene que ver con el otro, con el amargo “destino sudamericano” que Borges, en su “Poema conjetural”, puso en boca de Francisco Narciso de Laprida asesinado por las huestes de Félix Aldao.
Publicado en "Salta Libre" el 28 de marzo de 2010

jueves, 11 de marzo de 2010

HORA DE SEXTA

Desde la hora Cuarta hasta aproximadamente la hora de
Sexta, dedíquense a la lectura.
Regla de San Benito



Alarga el mediodía su sonrisa
armonizada por crujir de panes;
e invitan a rezar, con ademanes,
las ramas que dan crédito a la brisa.



Coleccionista yo de los refranes
con la filosofía de la prisa,
hoy prendo en el ojal de mis afanes
la beatitud del árbol, indivisa;


con ilación de sombras bienhechoras,
peso de nidos, penitente otoño,
y estallidos de luz en primavera.




Responderle con mi alma le debiera;
en la fe renacer, darme en retoño,
y echar raíces aunque caigan horas.


CARLOS MARÍA ROMERO SOSA,
del libro “Fanales opacados” de próxima aparición.

domingo, 7 de marzo de 2010

RAOUL WALLEMBERG (*)


Ahora el
Danubio se despereza en
Budapest.

Sin embargo,
en otro tiempo,
alguien declinó la
vigilia en
caso afirmativo
y en estado de
alerta
vio disolverse
estelas
de barcos y
patrullas.

De frente y de perfil en la
filantropía
cortó camino a
Dios por la
espesura de un mar de
condenados.
Y con salvoconductos a
mano y
corazón
ofició de
Hombre Nuevo,
dilatado el
efecto de sus
plenos poderes en
rieles paralelos del
nervio y la
conciencia.


Su alma en
cuerpo presente
pesó como una influencia
y nunca fue
invisible;

ni pasó con
tránsito inocente entre los
genocidas;



ni se extravió en la
niebla del
vapor pegajoso de las
locomotoras al
campo de
exterminio.

Su alma en
cuerpo presente
más allá de las épocas
y sus utilerías de ética
descendente
pone en hora
el espíritu del
mundo y la
piedad
ensaya sus
alarmas por más
iniquidades.

(En Rusia, sobre un antiguo Gulag cae la nieve)

(*) Poema de Carlos María Romero Sosa publicado en OTROSÍ dIGO (ALLONI/PROA Editores, Buenos Aires, 2010

viernes, 19 de febrero de 2010

LOS TIEMPOS COMPARTIDOS DE PABLO TROISE


Los Tiempos Compartidos
para Carlos María Romero Sosa

Vengo hasta Buenos Aires y custodio
lo mayor de tu gente y de tu casa;
cuando llego a Laprida reconozco
puntualmente el fervor de tus palabras,

de tus libros abiertos y cerrados,
el Derecho y la Historia que te salvan
y descubro en la fe de tus poesías
hondas un aire limpio sin distancias.

Yo que suelo llegar de vez en cuando,
de cuando en vez seguro de encontrarme
con todas tus estirpes evocadas

presiento entonces e imagino entonces,
en un mismo lugar de mi memoria,
todos tus tiempos y el valor del alma.

*
No me cuesta entender por qué razones
Nuestra Señora del Buen Aire, el ala
sensible y anterior de las Provincias
y el corazón marino de las aguas

costeras surge en todos tus espacios
como una siembra limpia azul y blanca,
y en lo mejor de un tiempo compartible
sé que la vida es lúdica en tu casa.

Tal vez por eso mismo nos volvemos
a encontrar y a encender un lucernario
de historias argentinas y uruguayas

de cuando en vez, de vez en cuando.
Afuera
sigue la vida y seguirá la vida
siempre alumbrando el pulso de las almas.-

Pablo Troise.-

(Poeta y jurisconsulto uruguayo con motivo de su
visita a Buenos Aires en febrero de 2010)



lunes, 8 de febrero de 2010

EL DOCTOR CARLOS ALBERTO FLORIT (1929-2010), PRIMER CANCILLER DE FRONDIZI


“El drama de Cuba, íntegramente, con sus aciertos y sus errores tan bien señalados en la magnífica Pastoral del Episcopado cubano del 7 de agosto de 1960, está brindando al continente una enseñanza que el continente no puede desaprovechar. Porque es un hecho clarísimo que las causas del problema de Cuba, con diferencias de matices, se encuentran repetidas a lo largo de toda América Latina”. Estas líneas fueron escritas por el doctor Carlos Alberto Florit, a poco del triunfo de la Revolución y en fecha contemporánea a la fallida invasión a la isla por parte de grupos anticastristas apoyados y entrenados por la CIA que encabezaba desde 1953 Allan Dulles, su primer director civil.
Poco quedaba en el autor de sus iniciales vínculos con el nacionalismo clerical y de las prédicas del ultramontano sacerdote Julio Meinvielle; aunque si bien estaba lejos del reaccionarismo fascistoide, confrontaba igualmente con el gorilismo revanchista vernáculo de los “sui generis” liberales que proscribían a las mayorías populares. Incluso a renglón seguido en el libro “Política exterior nacional”, publicado aquí a poco de conmemorarse el Sesquicentenario de Mayo, reflexionaba filosóficamente que Cuba “nos ha hecho entrar en la historia mundial” y ello al sacar a la América de la extrahistoricidad o prehistoricidad donde la relegara Hegel. Sin embargo lejos de ser Florit un propagandista de Castro, sí era en cambio un analista crítico de la realidad latinoamericana y de las ideologías rígidas en disputa. Su preocupación mayor radicaba en el subdesarrollo estructural de la región, que a su juicio, podría revertirse con el desarrollismo.
Libre de prejuicios y con la suficiente personalidad como para aproximarse al frigerismo cuando no era “bien” (sic) y representaba hasta un riesgo hacerlo, supo extender una visión en perspectiva de la problemática del hemisferio. Abogado por la Universidad de Buenos Aires y profesor universitario de filosofía del derecho, había completado su formación académica con un postgrado en filosofía bajo la dirección de Xavier Zubiri en España; después estudió fenomenología con Biemel y Whaelens en la Universidad Católica de Louvain (Bélgica) y cursó en Bonn filosofía de la historia con Ruffner, Litt y Rothaecker. Asimismo, desmintiendo la tantas veces verificada imposibilidad para la acción de los “ilustrados”, ideó e impulsó soluciones de cooperación internacional e integración regional desde sus funciones de primer canciller del gobierno del doctor Arturo Frondizi –a los veintinueve años de edad-, cargo que ocupó desde mayo de 1958 hasta mayo de 1959 cuando lo suplantó Diógenes Taboada. Baste con recordar entre los aspectos más salientes de su gestión ministerial la declaración de Los Cerrillos, mediante la cual la Argentina y Chile decidieron encarar los problemas limítrofes pendientes apelando a las soluciones arbitrales. Ello independientemente a que la fotografía suya que dio la vuelta al mundo es aquella en la que se lo ve en la Costanera porteña junto a Fidel Castro, durante la visita al país que inició el líder cubano el 1ro. de mayo de 1959, cuando también fue a cenar a “La Cabaña”, en la avenida Entre Ríos y Belgrano, en compañía de un funcionario de la Cancillería y después embajador: el escritor y periodista Albino Gómez, exhaustivo relator de los detalles de esa gira.

*****
El 18 de enero último murió Carlos Alberto Florit en la localidad bonaerense de San Isidro donde residía, próximo a cumplir 81 años y luego de una existencia signada desde el comienzo por cierta condición de universalidad y nunca de extranjería: nació en Génova (Italia) mientras su padre, Capitán de Fragata, cumplía una misión oficial. Una vida que al intelectual que había en él y más aún al hombre imbuido de kantiana “buena voluntad”, le deparó participar, destacarse y desengañarse (quizás) de la política activa, un ejercicio que por de pronto abandonó sin renunciar a ningún compromiso cívico y más bien para no tener que resignar ningún principio en aras del pragmatismo oportunista.
Muchos de sus ensayos que revisten a la vez el carácter de verdaderos testimonios -publicados en su momento en la revista “Argentina en marcha”, que orientaba, y en otros medios-, retratan vivamente una época signada por la Guerra Fría y un orden mundial agotado al presente. Otros, revelan las aspiraciones de quien, por ejemplo, intuyó posibilidades de despegue económico regional a través del accionar del Comité de los 21 que presidió en 1959, aquel marco de cooperación proyectado por el mandatario de Brasil Juscelino Kubitschek, antecedente de la Alianza para el Progreso. Varios escritos destacan su juicio positivo y sobre todo la aspiración de hacer posible la distensión promovida por Kennedy con quien intercambió correspondencia. En tanto que algunas páginas dan cuenta de que se solidarizó con los procesos de descolonización en el Tercer Mundo y que lamentó la entronización de satrapías en muchos nuevos Estados. Efectuó toda esta tarea intelectual al calor de los conflictos, con constructivo espíritu de hallarles vías de solución racional, sin mancillar el principio de la libre determinación de los pueblos. Florit atendió a los desafíos tecnológicos y a su marco jurídico y cuando en los comienzos del gobierno de Raúl Alfonsín no vio modificarse en forma sustancial la política nuclear de los militares que creaba suspicacias de belicismo, auspició desde el diario La Ley (T. 1985-A, sección doctrina) la “pacificación” de la misma haciéndola confiable para la comunidad internacional.
Entre otros aciertos de diagnóstico suyos y no ya sólo en el plano de la política exterior de su especialidad, fue anticipar en 1963 la vecindad de algo así como una “guerra sucia” en el país. Por de pronto en el volumen “Las fuerzas armadas y la guerra psicológica” publicado ese año, infirió de un párrafo del libro “Guerra revolucionaria comunista” del general Osiris Villegas que (el autor) …“no vería del todo mal que hoy, en 1963, se constituyera en la argentina un tribunal de la Inquisición y se movilizara a todos nuestros oficiales a una Cruzada rediviva”. Observaré -continúa- que la noción de “Cruzada” ofrece a los noveles cruzados una seguridad y una certeza en la acción, absolutas. Faltaba decir “impunidad”, pero habría que haber sido en extremo adivino para ello. Quede para los actuales solapados defensores de la represión ilegal con el reflotado argumento de los dos demonios, de la pretendida inconstitucionalidad de la anulación legislativa del indulto menemista o de cualquiera otra chicana, la lúcida deducción de Florit: “Agarrar a Mao-Tse-Tung y ponerlo al revés, puede conducir a cualquier cosa, como por ejemplo convertir a la fuerza armada en un ejército de ocupación que se dedica a mantener, a sangre y fuego, una determinada estructura política y social”. Ni que se hubiera representado los crímenes del Proceso cometidos para posibilitar la política económica de endeudamiento, vaciamiento y desindustrialización llevada a cabo por José Alfredo Martínez de Hoz y su equipo de “Chicago Boys”.

Si conviene rastrear las causas de toda situación fáctica y si es evidente que la Argentina, la “región de la aurora” cantada por Rubén Darío para el Centenario, ha ido perdiendo influencia en el contexto mundial, su aislamiento y desprestigio mayor se debieron, precisamente, a las violaciones de los derechos humanos llevados a cabo por el Estado terrorista que por cierto (convirtió) “a la fuerza armada en un ejército de ocupación” y a la Guerra de las Malvinas, conflicto producido por una alocada decisión que criticó Florit sin sumarse a la ola triunfalista del momento. Aunque también resulta incomprensible que pese al largo cuarto de siglo de reconstrucción democrática, no se haya logrado aún devolverle al país la plena consideración que tuvo otrora. Sin embargo décadas atrás -en 1960- resultaba atinada y nada patriotera la siguiente propuesta del ex canciller en sintonía con su prédica, compartida con el presidente Frondizi, sobre que era imperioso evitar el aislamiento de Cuba del sistema interamericano:
“Nuestro país debió y debe ser el árbitro natural en el conflicto de Cuba, tanto por su prestigio en Latinoamérica, como por su propia ubicación político-económica, alejada del juego de intereses que se debaten en Centroamérica”.

En 1979, para entender la vertebración de la Argentina moderna que -a su juicio- “con el General Roca y sus amigos del Partido Autonomista Nacional ” culminó “un complejo proceso fundacional de nuestra nacionalidad al ejecutar una estrategia de crecimiento económico y seguridad territorial”, escribió y dio a conocer el libro “El roquismo” original y polémico por cierto; porque frente a los panegiristas del liberalismo económico -y de la resultante adscripción del país a la División Internacional del Trabajo- del dos veces presidente, planteó el autor la duda sobre que ese librecambismo haya representado una de las limitaciones de Roca y hasta que tal vez -aunque reconocía “superflua” o devenida abstracta la mención- la prosperidad exhibida por la Argentina del Centenario se produjo a pesar de aquellas ideologías y no por causa de ellas. Por tradición familiar -era hijo de un pundonoroso oficial superior de la Armada y sobrino carnal de un general sanmartiniano-, por formación cultural de humanista católico, por bien entendido tomismo capaz de dar fe con Maritain de que la enseñanza del Doctor Angélico “no está ni a derecha ni a izquierda”, y por innegable vocación patriótica, daba Florit prioridad a la Política, ciencia y arte del bien común por encima de la tecnocrática macroeconomía. En consecuencia, el mayor mérito que halló en el roquismo, y esto en desacuerdo con el parecer de los que vemos en aquel régimen la instauración de una oligarquía -más allá de ciertos elementos progresistas innegables- y la consolidación territorial a costa de un genocidio, fue la nacionalización de la política y la concomitante creación de la “estructura de un poder político en función de la Nación”. Interpretaciones históricas aparte, mal podía pensar en pequeño y subordinar la cuestión nacional a los intereses de los grupos de poder de ayer y de siempre, quien en 1981 renunció al cargo de consejero del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI), por considerar que el organismo -escribía entonces a su presidente Carlos Manuel Muñiz- “tiende a convertirse en una plataforma de relaciones publicas para un sector de ex funcionarios de ideología liberal”.
Cuando los medios gráficos y los multimedios exhiben la Biblia y el calefón, de ser posible sexuados, resulta pintoresco que impenitentes entusiastas del golpismo descubran hoy una edad de oro en el gobierno de Arturo Frondizi. Pintoresco e hipócrita porque no suelen caracterizarse por su conversión a la democracia y en el fondo, cabe sospechar que con lo que simpatizan será con el -lamentable- último Frondizi embaucado por carapintadas. No es casual entonces que una figura como la de Carlos Alberto Florit que acompañó la mejor etapa del gobierno desarrollista y no su Plan Conintes, ni la anulación de los comicios en los que venció el peronista Andrés Framini, fuera ignorada en su muerte por esos mismos medios y multimedios.
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Previo al punto final quiero decir que en lo personal me convocan al recuerdo de Carlos Alberto, más que los vínculos de parentesco –éramos primos segundos-, la memoria de nuestros diálogos y hasta las gratitudes que le debo. Entre estas últimas hay una que me brinda también satisfacción espiritual: en alguna carta suya elogió el fondo de “socialismo cristiano” -son sus términos- presente en cierto libro de mi autoría. Toda una definición del politólogo, “con quien tanto quería”.

Carlos María Romero Sosa Especial para Salta Libre
publicado viernes 5 de febrero de 2010