martes, 25 de febrero de 2014

EL HISTORIADOR DE LOS BOMBEROS


Comisario Inspector Francisco L. Romay

     Con motivo del incendio de Barracas, que costó la vida a varios servidores públicos profesionales unos, voluntarios otros, pero movilizados todos según fue demostrado por la vocación solidaria y el arrojo, he recordado al Comisario Inspector Don Francisco Luís Romay (1888-1972), historiador,  periodista, cuentista en la colección de relatos de tono ciudadano de “El hombre sándwich” y miembro de número de la Academia Porteña del Lunfardo. Fue autor también, entre otros trabajos históricos, literarios y de ciencia criminal, del libro  “Las milicias del fuego” (Buenos Aires, 1955), del que conservo un ejemplar dedicado a mi padre, colaborador en los seis tomos del “Diccionario Histórico Argentino” dirigido por el mencionado Romay junto a los académicos Ricardo Piccirilli y Leoncio Gianello. En cuanto al volumen antedicho se trata de una documentada crónica del esforzado cuerpo de bomberos creado por el Jefe de Policía, Enrique O´Gorman, el 2 de enero de 1870,  cuando comenzó a actuar en Buenos Aires, a la sazón la Gran Aldea, en forma oficial un grupo de  vigilantes-bomberos. Como supo resaltarlo el autor, tuvo el cuerpo desde entonces numerosos muertos en actos de servicio, lista a la que ahora se agregan estos nuevos nombres para la gratitud de la ciudadanía toda. También contaron con jefes que orientaron a sus subordinados en las virtudes de la disciplina, la abnegación y el heroísmo, como el mítico Coronel José M. Calaza, el Inspector General –ahora el grado corresponde a Comisario General-  Juan José Graneros -Jefe de Bomberos y más tarde, durante el segundo gobierno de Hipólito Yrigoyen, Jefe de Policía-; o el Inspector General Carlos Del Campo que reorganizó técnicamente el cuerpo.
     Cabe anotar que en homenaje al investigador Romay, natural de Chascomús y vecino de Balvanera hasta su muerte, el Centro de Estudios Históricos de la Policía Federal Argentina, con sede en Lavalle 2629, lleva su nombre-                

Carlos María Romero Sosa
(Se publicó en La Prensa, el 10 de febrero de 2014) 

domingo, 9 de febrero de 2014

MASCOTAS



Lamento que haya personas que piensan, como el autor de una carta de lectores publicada días pasados en otro matutino, que los animales, nuestros semejantes porque sufren, según advirtió Albert  Schweitzer, son bienes suntuarios; ellas sin duda nunca habrán compartido el ir y venir del amor y  la ternura con mascotas. En tanto que por el camino propuesto de cobrar impuestos a los poseedores de animales domésticos, como parece ser se estableció en algún estado de México en dato aportado por ese mismo correo,  bien podría llegarse también a la prohibición de tener más de un hijo a ejemplo de lo que ocurre en China; puesto que la arbitrariedad no tiene límites.
El nivel ético de una comunidad se advierte en estos tiempos por el respeto prodigado al medio ambiente, algo que en nuestro país tiene rango constitucional desde la reforma de 1994 (Art. 41); y más aún al reconocimiento de los derechos de todos los seres vivos. En ese sentido qué bueno sería pensar, creyentes y no creyentes, en el sentido profundo e intemporal de la seráfica oración de San Francisco de Asís que reza en un pasaje: “Alabado seas, mi Señor, en todas tus criaturas”; y mucho más cerca de nosotros, en  lo manifestado por Juan Pablo II: “Los animales son fruto de la acción creativa del Espíritu Santo y merecen respeto…Están tan cerca de Dios como los hombres”.-

Carlos María Romero Sosa
 (Se publicó en La Prensa, el 7 de enero de 2014)

sábado, 30 de noviembre de 2013

AGRESIÓN MILITAR DE LOS EE.UU. A LAS ISLAS MALVINAS Y EL GAUCHO ANTONIO RIVERO




                                        El Diccionario de la Real Academia Española registra ocho acepciones del término “historia”, en algunos casos contradictorias entre sí. Pero como “la teoría es seca y sólo florece el árbol de la vida”, según la sentencia de Goethe, con espíritu de justicia será de convenir  que cabe  identificar la extensa y fecunda labor científica del licenciado Mario Tesler con el primero de esos significados, lo cual no es más que el reconocimiento de una evidencia: Tesler practica desde su juventud, adornada por la vocación por el arte de Clío, la “narración y exposición verdadera de los acontecimientos pasados y cosas memorables”. Algo de fácil comprobación cada vez que nos sorprende con la habitualidad -valga el oxímoron- de sus libros, artículos, comunicaciones científicas, conferencias, trabajos todos y cada uno de ellos elaborados con objetivos claros y no exentos de ser disparadores de polémicas.
                                
   Porque Mario investiga y da a conocer sus indagaciones con el objetivo de  aclarar errores y malentendidos, cosa que logra aportando siempre pruebas al canto. Como el caballero medieval del viejo romance castellano, bien puede ufanarse de que “su descanso es el pelear”, en su caso fatigando archivos y bibliotecas. De esa forma ha sabido rescatar personajes del olvido, en general instalado por decreto. Ha vuelto la mirada sobre hechos cerrados a debate muchas veces por la historia oficial y ha aportado su personal cuota de honestidad intelectual traducida en veracidad en la reconstrucción de nuestro pasado. Por eso cabe pensar qué ajena y qué antitética resulta ser su tarea historiográfica, tanto al relato intencionado de la “política de la historia” que dijera Jauretche, cuanto al chisme, la aseveración sin fundamento documental o la interpretación antojadiza y forzada de los hechos del ayer. 
                                       
  Con ser objetivo en sus apreciaciones y severo en la auscultación de las fuentes a que apela, no se pretende aséptico ni desentendido del “Hic et nunc” donde debe cumplir su misión de hombre de la cultura comprometido con grandes causas: la justicia histórica en primer termino. Califica el nivel de su patriotismo ese mandato ético asumido por él con lealtad, tenacidad y valentía en un país a merced, entre otros signos del coloniaje, de una “historia falsificada”, de acuerdo con la expresión de Ernesto Palacio

  Basta leerlo para comprobarlo y si cabe ejemplificar lo dicho con algo de su cosecha más reciente, será del caso hacer remisión a esta su última entrega: “Agresión militar de los Estados Unidos a las Islas Malvinas y el gaucho Antonio Rivero”, un libro de fácil lectura pese a su rico aparato erudito. Una obra breve para sin embargo extraer caudalosas enseñanzas a menudo amargas; y ello más aún  que al considerar ciertos dramáticos sucesos relatados,  ya que todo hecho de armas adquiere esa categoría, de comprobar la tergiversación u oscurecimiento de los mismos por razones que suenan a interesadas.
                                  
  Sabido es que no se podrá estudiar ya el tema Malvinas sin referenciarlo con la guerra  del 82 que tuvo héroes y cobardes, patriotas y traidores. Tesler anota en la primera página  para reiterarlo  más adelante, un dato que demuestra  hasta qué punto la dictadura que embarcó al país en la contienda fue mendaz, hipócrita y oportunista también en la causa a la que decía defender. El hecho es que  en forma oficial se trató de tapar la actitud de los EE.UU. en 1831, cuando  su agresión militar a las Islas con la nave de guerra Lexington y las posteriores manifestaciones gubernamentales que avalaron la destrucción del establecimiento argentino de Puerto Soledad. Por eso en el capítulo “Una publicación injustificable”, arremete lanza en ristre contra cierto opúsculo bilingüe (castellano-inglés) editado en abril de 1982 por la Secretaría de Información de la Presidencia llevado a cabo con el asesoramiento del contralmirante Laurio Destéfani, miembro de número de la Academia Nacional de la Historia, y el catedrático de Derecho Internacional doctor Calixto Armas Barea. Al respecto sostiene Tesler textualmente: “Su lectura me permitió comprobar que su brevedad no fue obstáculo para que en él se filtraran errores y se produjeran omisiones notables. Entre otros, al pormenorizar lo ocurrido en el archipiélago malvinense en el período que va desde 1820 hasta 1833, se omitió toda mención al enfrentamiento con el gobierno de los Estados Unidos y su desconocimiento de la soberanía argentina en el lugar”. Y concluye: “se procuró no hacer conocer a la opinión pública que EE.UU. fue la primera nación que, después de proclamada nuestra independencia de España, manifestó públicamente que las Islas Malvinas no nos pertenecen.”  (Páginas antes  y como prueba del continuado repudio nacional contra la actitud yanqui  de 1831 y sus derivaciones, cita por una parte el texto de una carta de Rosas dirigida a Estanislao López fechada el 19 de febrero de 1832, por otra una comunicación de Domingo Faustino Sarmiento, embajador en EE.UU. solicitando instrucciones al canciller Rufino de Elizalde ante “la insólita gestión hecha por un agente norteamericano de los ´presumibles´ derechos de la Inglaterra a la posesión de las Islas Malvinas”, y finalmente un fragmento de José Hernández publicado en el diario El Río de la Plata, en 1869, donde el autor de “Martín Fierro” dispara: “Un buque de guerra norteamericano, destruyó la floreciente colonia de la isla Soledad, y ese hecho injustificable fue precisamente lo que indujo a Inglaterra a apoderarse de las Malvinas.”)   

  Empero, la cuestión es porqué  en ese aciago 1982 se extendió la censura sobre el particular, hecho que por lo demás ya había sido tratado en el volumen “La tercera invasión inglesa” (1934) de Antonio Gómez Langenheim y décadas después se historió en “La agresión norteamericana a las Islas Malvinas” de Ernesto Fitte (1966); a más de dar la última palabra al respecto un clarificador libro del propio Tesler que editó Galerna en 1979.
                                      
  Claro que no se precisa demasiada sutileza para intentar una respuesta: el súbito anticolonialismo del general “majestuoso” y su corte de “occidentales y cristianos” tenía límites precisos en las fronteras ideológicas sostenidas a sangre y fuego por los halcones del país del norte; y nada debía ir más allá de las bravuconeadas y los desafíos de pulpería con más whisky importado de por medio que pendenciera ginebra criolla capaz de obnubilar al mismísimo Fierro: “Y ya se me vino al humo/ como a buscarme la hebra/ y un golpe le acomodé/ con el porrón de ginebra”. 
                                   
 El problema fue que pese a la buena letra y a la letra chica del tipo de la publicación objetada por Tesler, la cuestión sí comenzó a salirse de cauce: a latinoamericanizarse con la posibilidad cierta de tomar un épico cariz antiimperialista.
                                   
  La voz de la Historia con mayúscula, es decir en la primera acepción propuesta por el diccionario de autoridades, viene a cuestionar hoy a través de este libro a algunos personajes que hicieron creer o hasta creyeron de buena fe, porque de buenas intenciones está plagado el camino al infierno, que podía hacerse historia con minúscula, o sea mediante ocultamientos, desinformaciones, inconsistencias e ideología de la clase dominante.
                             
  Valga lo dicho también para el vergonzoso dictamen de la Academia Nacional de la Historia sobre Antonio Rivero, que la corporación  encomendó a Ricardo Caillet-Bois y Humberto Burcio y fue aprobado en la sesión del 19 de abril de 1966. Nunca más oportuno el recuerdo de aquellos versos de las “Letanías para Nuestro Señor Don Quijote” de Rubén Darío: “De las epidemias de las academias/ de horribles blasfemias, ¡líbranos Señor!.”  
                            
  Para finalizar cabe subrayar que no es de ahora y tampoco fue a partir de 1982, cuando muchos compatriotas descubrieron su sentimiento hacia “la lejana perla austral”, así nombrada en el poema de Carlos Obligado que musicalizó el maestro José Tieri, la dedicación de  Mario Tesler por el tema,  ya que al menos desde 1967 con su ensayo sobre el “Primer documento argentino enviado desde las Islas Malvinas”, viene enriqueciendo la bibliografía malvinense. Recuerdo que en noviembre de 1979, veinteañero yo, tuve el gusto de comentar en el suplemento cultural de La Capital, de Rosario, su libro: “Malvinas: cómo Estados Unidos provocó la usurpación inglesa”.
                                    
  En el ámbito de este edificio que con justicia lleva el nombre prócer de Alfredo L. Palacios, es de resaltar que el líder socialista fue presidente desde 1939 hasta 1940 de la Junta de Recuperación de las Malvinas, cuya acta fundacional suscribió junto a Antonio Gómez Langenheim, D.J. Ford de Halle, Juan Carlos Moreno, Ramón Doll, Carlos Obligado, Héctor Sáenz Quesada, Rodolfo Irazusta, Dardo Corvalán Mendilaharzu, Arturo Palenque Carreras, José Manuel Moneta, Rafael Jijena Sánchez, Alberto Ezcurra Medrano, José Cilley Vernet,  entre otras figuras, como lo ha recordado en la revista Todo es Historia (Nro. 359, correspondiente al mes de junio de 1997) quien fuera secretario de la institución, el desaparecido periodista y escritor Juan Bautista Magaldi.   En este edificio del Senado de la Nación  pues, al que tanto prestigió Palacios y donde pronunció su alegato de 1934 reivindicando nuestra soberanía sobre las Islas, se hace especialmente necesario memorar los hitos del  territorio irredento que “a su cadena lo amarró el pirata” de acuerdo con el endecasílabo de Martín Coronado. Y es de excelencia hacerlo a  través de trabajos de real valía como este del historiador Mario Tesler.
                      
                                     (*) Texto de Carlos María Romero Sosa leído por él en la presentación del libro del historiador Mario Tesler: “Agresión militar de EE.UU. a las Islas Malvinas y el gaucho Antonio Rivero”, en el acto llevado a  cabo en el Edificio Alfredo L. Palacios del Senado de la Nación, el 5 de noviembre de 2013.-                                                       

domingo, 22 de septiembre de 2013

LIRISMO Y VOCES QUECHUAS EN LA OBRA DE DOMINGO ZERPA (*)



Cierto día a mediados de marzo de 1932, un poeta jujeño nacido en Runtuyoc -localidad cercana a Abra Pampa- llegó hasta la redacción del diario católico El Pueblo[1], situada en la calle Piedras 567 del porteño barrio Sur. Era Domingo Zerpa (1909-1999) quien traía su primer libro bajo el brazo. Con su sencillez provinciana, su tonada norteña y su aire nostálgico propio de quien busca “al fondo de la calle un cerro” -según el verso de aquella zamba de Jaime Dávalos y Eduardo Falú-, cayó por demás simpático y despertó elogiosos comentarios entre los trabajadores del periódico presentes esa jornada.
                                       Por las cosas de la vida, mi abuela materna: Flora García Black de Gómez Langenheim[2], una escritora que estaba a cargo de la sección de noticias sociales  y firmaba sus libros y  colaboraciones tanto allí como en La Nación, La Prensa, Plus Ultra, Para Ti y otros medios  gráficos con el seudónimo de “Carmen Arolf”, fue la persona que lo presentó al director del matutino, José Sanguinetti. En virtud a su disposición para con  el visitante, éste, en extremo agradecido le obsequió autografiado el poemario “Puya-Puyas” aparecido ese mismo año; una colección de coplas y romances de tono popular. Valga resaltar la antedicha calificación, ya que la expresión “proyección folklórica” propuesta por el musicólogo Carlos Vega, corresponde “al conocimiento de un hecho folklórico aprovechado por personas de cultura urbana para inspirarse en él y producir en su ambiente ciudadano obras y actos que reflejan la influencia de su inmediata fuente original”, como lo explicó Olga Fernández Latour de Botas en su libro “Folklore y poesía argentina” (Editorial Guadalupe, 1969).  De ahondar en su biografía y en su bibliografía resulta evidente que Domingo Zerpa, aunque haya sido desde su juventud un lector insomne y un verdadero erudito en textos clásicos y modernos, no era por nacimiento y mucho menos por elección de vida un prototipo de la cultura urbana. Por anteponer su tradición sin disimulos, supo reunir con magia verbal origen y destino: “Yo aspiro a ser muy poco, casi nada;/¡Casi nada, Señor!/ Vivir en una choza abandonada;/ En el hondo de una triste quebrada,/ Como vive el pastor.”. 
                                   Marcado a fuego por la nativa raíz campesina, se identificó con los habitantes de la Puna y supo hallar y revelar en hombres y paisajes de la zona la nota universal, el latido cósmico aún dentro de un identificable regionalismo. Todo un desafío que llevó a cabo con arte sutil y exquisito, esquivando con  instinto creador caer en el superficial y turístico “color local”. Incluso años más tarde, el deseo de encontrar en una aldea serrana la metafísica paz, nunca el apoltronamiento burgués, lo expresó en el poema “Anhelo” que fue musicalizado por Carlos Guastavino: “Quisiera hacer de mi vida/ un farolcito de aldea./ De día no alumbrar nada,/ de noche ser una estrella.” Ello por cierto, sin deponer la cuota de rebeldía social en una dimensión de su poética que se agudizará en sucesivas entregas[3], afín con el compromiso creciente de alguien que había palpado la pobreza y la explotación de sus hermanos[4].              
                                      Pero ya en “Puya-Puyas” –título que hace referencia a las flores verde amarillentas de una planta bromélida de gran tamaño nativa de los Andes-  comenzó su camino de iniciación hacia los insondables misterios de la existencia y de algún modo renovando la inquisición por el puesto del hombre en el cosmos, por decirlo en términos de Max Scheller: “¡Qué será tatita/ qué será mamay! La noche es oscura/ mudita velay”. Transitó esa senda de inquietudes e interrogantes guiado por la luz de la intuición de aquel al que las cosas le saben como son y no como se dice de ellas, de acuerdo con la sentencia de Tomás de Kempis. Alivianado de pareceres y sofismas, vivió con la sabiduría de hombre de pueblo que jamás renegaría y al contrario sostendría en alto la visión dolorida y esperanzada a la vez de “La Puna tristona,/ la Puna con ganas;/ de hacer de sus hijos/ la voz de la Patria”.
                                   Con el anhelo de convertir a sus hermanos de etnia en “la voz de la Patria”, un afán lejano y difícil de imaginar frente a la barrera de los cerros coloreados;  y con el sostén además de un lenguaje sin desmesura, capaz de alcanzar y allegarse a las cosas hasta la propia esencia como una forma de elevarlas al alma que es altar de las más íntimas devociones, hizo Zerpa aquel año de 1932 su aparición humana, humanitaria y en tono menor aunque nada fantasmal por cierto en nuestra literatura. Al hacerlo enriqueció el castellano con voces nativas instigadoras de retumbos ancestrales como los que empleó con la naturalidad de quien respira música y sentido. Un gesto vital del poeta, nunca una concesión al medio ni un recurso retórico, que implicó además el ejemplo práctico de la mejor integración latinoamericana, verificada en el intimista envío amoroso sin duda correspondido: “Yaveñita chura,/ churquitay de mi alma;/ mitad argentina,/ mitad boliviana./ Argentino el pecho,/ boliviano el habla;/ y en la frente el beso/ purito e´ la raza”.
                               Será de recordar que poco antes, en 1928, el tucumano afincado en Catamarca Rafael Jijena Sánchez (1904-1979) también titularía un poemario con el término quechua “Achalay”[5], palabra que como “puya-puyas” resulta de uso corriente en el noroeste  al punto de ser ambas registradas por el filólogo José Vicente Solá en el “Diccionario de regionalismos de Salta”.
                                 Zerpa, didáctico y maestro de escuela al fin, con buen criterio incorporó un glosario al final de su libro y otro tanto hizo en “Erques y cajas”, obra que apareció en 1942 prologada por Julio Cortázar -oculto bajo el seudónimo Julio Denis con el que firmó su primer libro de versos, “Presencia”, en 1938-; su amigo y colega de docencia en la Escuela Nacional Mixta de Chivilcoy[6] donde el jujeño desempeñaba las cátedras de historia y letras y tuvo oportunidad de confraternizar asimismo con otro profesor afecto a las letras: el novelista tucumano de larga actuación en Salta José María  Gallo Mendoza (1898-1968).
                               Respecto de la riqueza idiomática y la experiencia de apelar con naturalidad  a voces quechuas mamadas desde la primera infancia, en el citado prólogo, Cortázar siempre atento a la expresividad que elogiaría en el cordobés Juan Filloy y tanto en “Adán Buenosayres” de Marechal –novela muy criticada por otros colegas al tiempo de su aparición y sobre la que expresó: “Estamos haciendo un idioma, mal que les pese a los necrófagos y a los profesores normales en letras que creen en su título. Es un idioma turbio y caliente, torpe y sutil, pero de creciente propiedad para nuestra expresión necesaria[7]”-, escribió: “Las rutas de la cultura no pasan por la Puna, y Domingo Zerpa hubiera cometido traición vital y estética si, queriendo destilar en sus poemas la raíz misma del corazón indio, los hubiera levantado sobre premisas de rigor idiomático.” 
                             Ciertamente no hay en sus sueltas coplas, en las estrofas de arte menor de cerril simpleza y ternura: “”Versos chiquititos/ como un alfiler,/ no los dejes solos/ se pueden perder”, en los romances de cuño lorquiano o en otros poemas de gran aliento como el laureado “¡Juira Juira! -tan admirado por su comprovinciano y amigo Jorge Calvetti[8]- “rigor idiomático”, si por tal se entiende el hecho de escribir respetando el vocabulario del diccionario de autoridades. Claro está que así se corre el riesgo de caer en una limitación expresiva, en  autolimitar el ímpetu en aras de reverenciar el  léxico ortodoxo, olvidando que a menudo suele no alcanzar para la manifestación del sentimiento el “rebelde, mezquino idioma” como se lamentó Gustavo Adolfo Bécquer en una rima. 
                            Porque la literatura en general y la poesía en particular utilizan el lenguaje como instrumento, pero el desafío del verdadero artista es hacerlo trascender en sentido, vuelo, eco y silencio primordial. Así entonces, ayer y siempre, un mensaje lírico como el de Domingo Zerpa, se vale, se enriquece, se perfecciona y sobre todo se hace audible a los semejantes, mediante la aventura y porqué no la ventura de poder renombrar adánicamente el mundo de la vida.-

Buenos Aires, junio de 2013

(*) Ponencia presentada al IV ENCUENTRO NACIONAL DE FOLCLORE- SALTA 2013.- 




[1] Fundado por el sacerdote redentorista Federico Grote en 1900, dejó de aparecer a mediados de los años cincuenta del siglo XX.-
[2] Nació en Chascomús 1884 y falleció en la ciudad de Buenos Aires en 1976.-
[3] En “Erques y cajas”, por ejemplo, figura el “Romance de los indios sublevados” referido a un luctuoso hecho represivo  ocurrido en 1874 en la Puna bajo el gobierno provincial de Alvarez Prado, suceso al que se refiere Juan Alfonso Carrizo en el “Cancionero Popular de Jujuy”. También  el “Romance de Rafael Tauler”, por un lugareño asesinado por la policía brava al servicio de los latifundistas, algo que hace recordar  por la temática al “Romance de la guardia civil” de Federico García Lorca incluido en su “Romancero gitano”.- 
[4] Su libro “Puya-Puyas” está dedicado, entre otros, al senador  y ex gobernador de Jujuy  entre 1924-1927 Benjamín Villafañe (1877-1952) , autor entre otros libros de  denuncia  de “La miseria de un país rico”, “La región de los parias”, “La tragedia argentina” y “El destino de Sud América”.-
[5] “Achalay” obtuvo en 1929 el primer premio de la Municipalidad de la ciudad de Buenos Aires.-
[6] Domingo Zerpa compuso la letra del Himno a la Escuela Nacional Mixta de Chivilcoy que lleva música de Pascual Grisolía. La partitura fue impresa por Ricordi en 1961 y se halla en la Biblioteca Nacional donde la consultamos. Otros compositores como la afamada directora de orquesta Celia Torrá, musicalizaron poemas suyos. En el caso de Torrá la “Oración a la bandera”, para canto y piano.- 
[7] “Un Adán en Buenos Aires”, comentario publicado por Julio Cortázar en la revista Realidad de marzo-abril de 1949.- 
[8] En más de una ocasión Calvetti nos manifestó su admiración por Zerpa, comentando asimismo la que le constaba sentían por él otros creadores jujeños como Mario Busignani o el cordobés aquerenciado en San Salvador de Jujuy Néstor Groppa.-

sábado, 17 de agosto de 2013

LA PRIMERA MISA EN LA PATAGONIA



   

En un  reciente escrito del profesor Daniel Balmaceda sobre el naufragio en el Cabo de Hornos -en 1767- del barco donde viajaba el santanderino Manuel Moreno y Argumosa, después padre del numen de la Primera Junta y de sus hermanos, hay una referencia a la misa inicialmente rezada en Tierra del Fuego. Ese dato permite remontarse a otro oficio sagrado en tierras no demasiado lejanas a aquella isla, aunque muy anterior al  evocado: la misa celebrada la primera mañana de abril de 1520 por el fraile  Pedro Sánchez Reina en la santacruceña bahía de San Julián, en presencia de Hernando de Magallanes y de su tripulación, circunstancia  que anotó  Pigafetta, cronista de la expedición que halló la unión del Atlántico y el Pacífico Sur, en su diario “Relazione del primo viaggio intorno al mondo”. Por lo demás en el libro “Evocaciones Argentinas” (1948) de la escritora y periodista argentina –frecuente colaboradora entonces de los suplementos dominicales de La Prensa y La Nación- Flora C. García Black de Gómez Langenheim (1884-1976) que firmaba con el pseudónimo Carmen Arolf, anástrofe de su nombre, hay un capítulo titulado: “La primera misa en la Patagonia” que recrea en forma  documentada y amena lo registrado por Pigafetta. Recuerdo que el desaparecido sacerdote salesiano e historiador fueguino Juan E. Belza que entre otras obras dio a conocer en tres tomos “En la Isla del Fuego”, leyó con interés y simpatía esas páginas de la señora de Gómez Langenheim cuando se las enseñe varias décadas atrás.

  Se publicó en La Prensa, el 6 de agosto de 2013

sábado, 27 de julio de 2013

HIPÓLITO “TUCO” PAZ, EL CANCILLER TANGUERO




                                       El reciente 16 de junio murió en Buenos Aires archi-nonagenario el doctor Hipólito Jesús Paz, en una fecha a la que solía referirse con tristeza por el bombardeo acaecido en 1955. Fue quizá una de las pocas y por cierto de las últimas figuras sobre las cuales cabía predicar sin hipérbole la condición de ilustre y a la vez de característica de un Buenos Aires ya en franca en retirada.
                                       Lo primero debido a su descollante y laureada labor escrita que abarca la ficción, el ensayo, la evocación  y la autobiografía en la mejor tradición del género; sin olvidar por supuesto la impecable trayectoria pública del ex funcionario cultural, ex canciller de Perón entre agosto desde 1949 a junio de 1951, embajador en los Estados Unidos de Norteamérica –luego de ser reemplazado en sus anteriores funciones ejecutivas por Jerónimo Remorino-; y finalmente representante en Grecia y Portugal a partir de la restauración democrática en 1983. En cuanto a lo segundo, porque “Tuco” Paz  era lo opuesto a un “figurón” y un “acartonado”, como que se prodigaba en el diálogo amistoso y considerado con quienes desearan intercambiarlo. Frecuentó bares con estaño y tertulias literarias, bailó tangos en pistas lustrosas de tanto taconeo, saboreó con su refinamiento funciones de gala en el Colón y otros teatros del mundo, trasnochó hablando de poemas y prosas  con  Ezequiel Martínez Estrada, en mucho su maestro en las letras, Leopoldo Marechal, Alberto Girri  o el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, del mismo modo que confraternizó con Aníbal Troilo –“Cuando Manzi y yo estábamos juntos nos envolvíamos la mano con la luna y no se la prestábamos a nadie”, le confesó un día Pichuco-, con el mítico  “Barquina” –Francisco Loiácono”-  o más cerca en el tiempo con la cantante de rock Madonna que lo visitaba en su hogar cuando viajaba a Buenos Aires.
                                   El desaparecido poeta y periodista Héctor Chaponick, al que prologó el libro “Protagonistas de la nostalgia” (1979) y era su colega en la Academia Porteña del Lunfardo,  lo retrató con evocador e intimista tono lunfardo: “Paz de la mano que ofreces y das/ desde tu dulce corazón de macho/ que te hizo ser un canciller muchacho, / ayer nomás…/Ayer nomás. Hoy dentro de un arcón/ quedó aquel viejo frac. Y las medallas/-chirolas de latón-/Porque tu talla/ está en tu genio y en tu corazón…”       .
                                 Pero hay otros aspectos suyos para recordar en especial: por un lado su firme, cálida y entonada voz con la que grabó numerosos C.D.  recreando en originalísimas versiones suyas tangos y milongas con el acompañamiento del guitarrista Alfredo Sadi y en ocasiones a dúo con su esposa la pintora María Olivera de Paz. Yo solía concurrir a su departamento de la calle Rodríguez Peña y avenida del Libertador, un arcón de recuerdos siempre franqueado a los amigos que, eso sí, nos absteníamos de concurrir las tardes cuando “Tuco” ensayaba con el maestro Sadi. Y otra faceta de este hombre superior, de honda fe religiosa y existencia afín con las enseñanzas evangélicas,  fue su labor de traductor de “Amor y Silencio”, una obra de espiritualidad compuesta por un anónimo monje cartujo aparecida inicialmente en 1945 en Francia con un prólogo de monseñor Charles de Journet. La versión castellana  a cargo de Paz, impresa en una reducida tirada sin propósito comercial, la realizó en el año 2000 con la elevada finalidad manifiesta en sus palabras  introductorias de “que el lector recoja de este libro todos sus frutos”.
                                          De alguna crónica necrológica que trascribe  citas suyas extraídas de reportajes periodísticos, podría desprenderse que fue un hombre  muy de derecha. Ciertamente no era un revolucionario pero sí un demócrata de hondo sentido social que lamentaba la cultura autoritaria  potenciada en el país a partir de la revolución de Uriburu. No en vano su amor por el pueblo trabajador le hizo adherir a primera hora al justicialismo y trabar una estrecha relación política con Evita. Doy fe además del respeto y la identificación que sentía por su antecesor en el Ministerio de Relaciones Exteriores, el socialista Atilio Bramuglia. Así como por su comprovinciano por rama paterna Mario Bravo figura prócer del partido socialista al que representó en el Senado de la Nación. Y sobre todo por Alfredo L. Palacios al que -gustaba mencionar- su primo el sacerdote Amancio González Paz le habría impartido los últimos sacramentos de la Iglesia Católica. No, puedo atestiguar que “Tuco”, víctima de una criminal desaparición durante el Proceso, más allá de su historia de “niño bien” educado bilingüe por sus mayores, era demasiado generoso, demasiado informal en su autoridad innata, demasiado inteligente y demasiado aristócrata -en el sentido aristotélico del término- para ser reaccionario.-

Carlos María Romero Sosa publicado en Salta libre el 25 de junio de 2013