sábado, 24 de septiembre de 2016
DOS VISIONES DEL CONGRESO DE TUCUMAN
(Carlos María Romero Sosa, se publicó en la revista HISTORIA, Nro. 143 correspondiente a septiembre-noviembre de 2016)
lunes, 19 de septiembre de 2016
UN ESCULTOR SANMARTINIANO y GüEMESIANO
La
investigadora en materia de folclorología, poeta, profesora universitaria y académica de letras e historia Olga
Fernández Latour de Botas, recordó días
pasados -en una carta de lectores publicada en La Nación- al escultor, ingeniero civil y docente universitario Ángel Eusebio Ibarra
García (1892-1972). Una oportuna evocación por cierto, al vincular a doscientos
dieciséis años de la muerte del General San Martín en Boulogne-Sur-Mer, ese
magno aniversario con una noticia sobre el
autor -entre otras premiadas obras escultóricas diseminadas por todo el país- del monumento denominado
“El abuelo inmortal”, realizado en 1950 como tributo al Año Sanmartiniano y que
se encuentra en la plaza Grand Bourg en las proximidades del Instituto Nacional Sanmartiniano que lo promovió
y costeó; de la estatua ecuestre de José
de San Martín (1946), existente en la ciudad bonaerense de Lomas de Zamora; además
de haber sido el creador artístico de la Orden del Libertador General San Martín,
condecoración que otorga la República
Argentina.
Ibarra García, antiguo vecino de la calle Juez
Tedín del porteño Barrio Parque y en tanto católico practicante asiduo
concurrente a la parroquia de San Martín de Tours, era devoto del Santo Patrono
de la Ciudad
de Buenos Aires al punto de haber fundado la Asociación de
Caballeros de San Martín de Tours, entidad que según comentó en La Nación en agosto de 2004
Josefina Fornieles, devino luego en la
Orden de los Caballeros de San Martín de Tours. Es decir que don Ángel fue activo sanmartiniano por partida doble,
pues si el ciudadano y patriota veneraba a nuestro Santo de la Espada , el hombre de fe dirigía
sus plegarias al misericordioso Obispo de Tours, en la juventud también soldado romano.
Vivió
sus últimos años en Laprida al 2000 de Recoleta, a una cuadra de nuestra casa y
debido a ello en mi juventud tuve ocasión de descubrir la distinción de su espíritu y su cordialidad, actitud ésta
que redoblaba como anfitrión cuando lo visitábamos en su departamento con mi
padre, su gran amigo que lució en su
escritorio una fotografía dedicada suya que hoy conservo. En esas ocasiones admiraba yo los cuadros en el comedor pintados por Ibarra García, mientras lo escuchaba contar sobre sus
maestros en la vida y el arte.
Lo cierto es que la justa evocación de la doctora Fernández Latour, me da ocasión
para comentar asimismo que Ibarra García fue un fervoroso güemesiano y el autor
del medallón de Martín Miguel de Güemes, pieza fijada en la base del mástil que se encuentra en la
plaza de ese nombre en el barrio de Palermo, frente a la Basílica del Espíritu
Santo, inaugurado en 1956 por el
entonces Intendente Municipal Luis María de la Torre. Junto a ese mástil
solían reunirse las membresías de instituciones de la provincia como el Centro
de Residentes Salteños entre cuyos socios fundadores, en 1946, figuró el ex
senador nacional Carlos Serrey, y que fuera presidido durante décadas por el
doctor José Manuel del Campo. Se daban cita allí para honrar la memoria del
prócer que tuvo también su monumento ecuestre en la Capital de la República dispuesto por Ley Nacional Nro. 5689 de 10 de
octubre de 1908 promulgada por José Figueroa Alcorta, recién en
el año 1981, obra de Hernando
Bucci.
Pero debo agregar
un dato más que adelanté en otra carta de lectores que publicó el diario La Prensa el 24 de agosto
último, sumándome al homenaje de Fernández Latour: para la elaboración de la esfinge
del medallón antedicho, Carlos G. Romero Sosa
que tanto escribió entre otros temas históricos, sobre la iconografía
del Héroe Gaucho y la historia de sus retratos,
asesoró al artista brindándole referencias relativas al posible rostro de
Güemes, toda vez que como bien poetizó Julio César Luzzatto: “La guerra no le dio tiempo/ de posar para
pintores”. Igualmente lo había hecho
con anterioridad mi padre para que Ibarra
García ambientara los bajorrelieves de la estatua en bronce emplazada en la ciudad de Salta en
recuerdo de su fundador: el Licenciado Hernando de Lerma, tal como lo resalta
Vicente Osvaldo Cutolo en la obra “Historiadores
argentinos y americanos” (Buenos Aires, 1966), donde hay una extensa
biografía del escultor de referencia, al que el crítico Romualdo Bruguetti menciona
en su “Nueva Historia de la pintura y la
escultura en la Argentina ”
(Ediciones de Arte Gaglianoni, Buenos Aires, 2000), calificando su arte como
continuador de la línea figurativa.
(Carlos
María Romero Sosa. Se publicó en Calchaquimix, el 13 de septiembre de 2016)
domingo, 11 de septiembre de 2016
UN OLVIDADO DIRECTOR DE LA BIBLIOTECA NACIONAL
“Una
vida consagrada por entero al estudio fue la del doctor Carlos F. Melo. Y a
designio damos latitud a su expresión, porque la necesita para abarcar todos
los campos en que su actividad intelectual fue fecunda”.
José Luis
Torres, el periodista y escritor tucumano del que nadie podrá decir que no
reivindicó causas nobles como el amor a la Patria y a los sectores populares hambreados por obra
de “La oligarquía maléfica”, según la
calificara en uno de sus polémicos libros, obsequió en 1942 a mi padre el texto de
un poema mecanografiado de Carlos F. Melo titulado “Meditación”. Le manifestó entonces que había llegado a sus
manos de las de su comprovinciano Juan B. Terán, quien lo recibió a su vez del
propio autor poco antes de morir éste, el 2 de octubre de 1931 mientras ejercía
el cargo de Director de la Biblioteca
Nacional en reemplazo de Paul Groussac.
Ignoro si la lectura de los catorce versos de ese soneto, habrá
despertado en el recipiendario final la inquietud por conocer el resto de la polifacética obra de Carlos Melo, o si en cambio llegaron a él, precisamente como
suerte de reconocimiento a su devoción por la labor del político, jurista,
docente, filósofo y helenista, natural de la entrerriana ciudad de Diamante
donde nació en 1872, hijo de un marino que actuó bajo las órdenes de Guillermo
Brown. Lo cierto es que Carlos Gregorio Romero Sosa reunió en su biblioteca
porteña varios libros del poeta de “Espuma”
(1906) y “Las aguas de Mara” (1926), el sabio prosista de “Hermes” (1925) o “El renacimiento
de Occitania” (1930), el filósofo jurídico de “La jurídica y su primer
principio” (1926) y el pensador sentencioso de concisión casi aforística de
“Piedras rotas” (1928).
La
desmemoria del país se cierne también hoy sobre la figura de Carlos Francisco
Melo, quien fuera diputado nacional radical por la Capital Federal entre 1916 y
1920 y que en su mandato proyectó -entre otras cuestiones trascendentes- la
nacionalización del petróleo y el carbón, iniciativa que también propiciaron sus
colegas Rodolfo Moreno y el socialista Antonio De Tomaso; la fijación de precios máximos para algunos
productos alimenticios; logró que se activara la construcción del edificio de
arquitectura gótica de la Avenida Las
Heras destinado a Facultad de Derecho (hoy de Ingeniería) y hasta puso a consideración del recinto el
texto de una reforma constitucional, que entre otros puntos disponía que la elección
de la fórmula presidencial debía ser directa y no por medio de Colegio
Electoral. En disidencia con la política de Hipólito Yrigoyen constituyó con
otros correligionarios la
Unión Cívica Radical Principista, partido que lo ungió para competir
por la Vicepresidencia de
la Nación en
fórmula encabezada por Miguel Laurencena en las elecciones de 1922. Entre 1920
y 1921 fue presidente de la Universidad
Nacional de La
Plata , enseñó Psicología en el Colegio Nacional Mariano
Moreno y desempeñó las cátedras de Filosofía del Derecho e Historia de las
Instituciones Jurídicas en la
Facultad de Derecho de la UBA donde se había graduado en 1897. Su magisterio con mucho de Paideia formativa de los valores del espíritu -dando
fe como Sócrates de que la virtud moral puede aprenderse- y no puramente informativa a imperio de un
enciclopedismo datístico, supo calar hondo en sus alumnos, varios de los cuales accedieron
al grado de discípulos a punto tal que a poco de su muerte
aparecieron sendos volúmenes de homenaje suscriptos por dos de ellos: “Doctor
Carlos F. Melo. Recuerdos”, de Francisco
J. de Olguín en 1933, y “Carlos F. Melo. El maestro, el filósofo, el
poeta. Algunos rasgos íntimos”, de Bartolomé Galíndez en 1934.
Hombre ético por excelencia, no trepidó en
renunciamientos cuando la conciencia del deber le marcaba hacerlos. Así lo hizo
con la postulación a una senaduría, por entender que no debía representar a cierta
provincia de la que no era oriundo y poco conocía sobre sus problemas más allá
de estar en ella colegiado como abogado.
La
influencia del pensamiento positivista no le impedía atisbar platónicamente y
con intuición algo esotérica otra realidad más allá de la alcanzada por la experiencia:
“En la cima de la pirámide científica se
colocan los grandes sentimientos morales de la humanidad; el de lo verdadero,
el de lo bello, el del bien”, escribió en su obra sobre el químico Pedro
Berthelot: “La filosofía de una vida” (1927). Aunque justo es decirlo, esgrimió
en oportunidades prejuicios propios del comtismo, sazonados con otros de corte
lombrosiano y reminiscencias del Conde de Gobineau y su teoría sobre la
desigualdad de las razas humanas. Y así de acuerdo con lo anotado por Andrés H.
Reggiani, llegó a manifestarse en la Cámara de Diputados contra
las “lacras” y los “desechos sociales de la guerra” al
tratarse en 1919 la reforma de la
Ley de Inmigración. O antes, en 1909, en una conferencia
sobre “La cuestión Perú-Boliviana y la política internacional argentina”, un resabio
de darwinismo social vigente en el lector de
Spencer le hizo sostener, coincidiendo en anatemizar la diplomacia desarmada con
su amigo Estanislao S. Zeballos al que suplantó en la dirección de la Revista de Derecho,
Historia y Letras, que “la vida,
desgraciadamente es ya una lucha con la naturaleza y a veces también con los
hombres”.
VIAJERO INTELECTUAL AL PAÍS DE OCC
Sin embargo, cuando el poeta en el verso y en la prosa vencían al puro cientificista
y decantaban en la letra escrita las inquietudes de un espíritu superior que
intuía, con Chesterton, que hay una sola cosa imprescindible: todo, se revela en sus páginas el apasionado por el misterio
que hasta intentó un frustrado viaje de estudio a la isla de Pascua en 1925 y el
humanista que centraba su interés y su fe en el hombre augurando la Paz Universal
producto del progreso y mostraba solidaridad con el padecimiento de sus semejantes
de todo tiempo y lugar.
Será esa identificación con vencidos y olvidados por la historia la que
le dictó su obra póstuma: “La resurrección de Occitania”, erudito estudio sobre
el País de Occ, su lengua y la poesía trovadoresca, que adelantó en una exposición pronunciada en el Instituto Popular de
Conferencias de La Prensa ,
el 25 de junio de 1930, ocasión en que fue presentado por Carlos Ibarguren.
Liberal respetuoso de las
opiniones y credos ajenos, estudió sin
prejuicios en el citado libro la significación religiosa, política y cultural
de la cosmovisión albigense que irrumpió y se expandió por la zona de la Provenza y cuyos fieles fueron vencidos
en la sangrienta batalla de Muret por Simón de Montfort en el año 1213. Carlos Melo analizó el tema pocos años antes
que Hilaire Belloc publicara “Las grandes herejías” entre las que incluyó a los
katharos o albigenses, mostrándose el argentino más interesado en reivindicar
un momento estelar de una cultura del Viejo Mundo, simbolizada en la lírica de
los trovadores tan admirada por Dante y Petrarca, que en idealizar como Belloc la presunta
unidad espiritual de la Europa
contemporáneamente al acceso al poder del nacionalsocialismo con sus delirios
criminales. Lector y traductor del premio Nobel
Frédéric Mistral y de otros poetas del Felibrige, queda constancia en las páginas de “La
resurrección de Occitania” de una voluntad de
desentrañar la justicia histórica
al hacer revisionismo sobre hechos y
personajes de siete siglos atrás.
Moderno y
rubendarianamente cosmopolita con mucho
de griego clásico y algo de romano perseguidor de la estoica ataraxia, Melo mostró
su escepticismo y afán de despojamiento en los crípticos sonetos de “Las aguas
de Mara”, en varios de los que, no por casualidad, va a reiterar como un “leitmotiv” el término “vano”.
Coherente con esa filosofía será el homenaje lírico a Catón “el estoico” y el
hecho de que antes que celebrar fastos palaciegos o reparar en las princesas y los
marqueses que adornaron el estilo del modernismo, prefirió imaginar tanto la
abdicación de Carlos V, haciéndole decir al Emperador quizá a la puerta del
Monasterio de Yuste: “De la vil
existencia asqueado llego”; cuanto también la del Zar Nicolás II, penitente bajo
“La carga de injusticias seculares” cometidas
contra el pueblo ruso.
Las múltiples inquietudes
culturales y científicas de Carlos F. Melo no lo distrajeron de la persecución
de su propio centro para ponerlo en armonía con el cosmos. Consciente de la
brevedad de la vida y de la sin razón de toda vanidad como enseña el
Eclesiastés, supo que el Bien constituye el valor supremo y fiel a ello concluyó aquella “Meditación” mencionada
al comienzo y conservada como un trofeo por mi padre, con los siguientes versos
que trasmiten su aspiración de perfección: “Ser
héroe como Heracles, a la
Aurora ;/ en el Zénit, filósofo y poeta;/ y a la aureola de la Tarde , santo”.
(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa, el 11 de septiembre de 2016)
viernes, 26 de agosto de 2016
domingo, 7 de agosto de 2016
EL DOCTOR JOSÉ ARCE, PRIMER EMBAJADOR ARGENTINO EN CHINA
Desde el médico sanitarista Guillermo
Rawson en el siglo XIX -legislador y ministro de Mitre- o Eduardo Wilde
-ministro de Roca y diplomático-, al psiquiatra, filósofo y reformista
universitario Alejandro Korn y los dirigentes socialistas José Ingenieros, Juan
B. Justo, Augusto Bunge, Ángel M. Giménez y Nicolás Repetto, pasando por el
conservador Luis Agote -promotor de las leyes del “Patronato de menores” y el “Patronato de
ciegos”-, el radical
Adolfo Güemes -gobernador de Salta de 1922 a 1925 y en 1932 candidato a
la vicepresidencia de la República en
fórmula encabezada por Marcelo T. de Alvear- y el radical antipersonalista
cordobés de actuación en Santa Fe, Ricardo Caballero -vicegobernador de esta
última provincia, parlamentario de vasta labor en materia sanitaria y profesor
de Historia de la Medicina y de las Doctrinas Médicas en la Facultad de
Ciencias Médicas de Rosario-; y desde los peronistas Ramón Carrillo o Raúl
Matera al líder del partido
intransigente Oscar Alende, sin olvidar por cierto al presidente de la Nación
por la UCR Arturo Humberto Illia y más próximo al ex ministro de Néstor
Kirchner y embajador en Chile Ginés González García, la Argentina cuenta con
una nutrida lista de médicos que incursionaron
en la política movidos por el afán del servicio público.
También en
esa nómina figura o debería estar en
justicia el nombre del profesor doctor José Arce (1881-1968), “cirujano
el más extraordinario del país, por su técnica, por su ductilidad, por su
responsabilidad mental, por su alma heroica hasta el sacrificio”, según
juzgó en 1945 su discípulo Oscar Ivanissevich en su libro autobiográfico “Junto a mis enfermos”[1].
Hombre de
inquietudes múltiples, Arce desarrolló una vasta labor como ensayista
incursionando incluso en temas de ciencia política en “Las instituciones de la Constitución Argentina (1962);
próximos al derecho y la política
internacional en “Cuestiones jurídicas útiles a la
medicina” (1942), “La
Seguridad Social en la Argentina” (1945) “Naciones
Unidas: admisión de nuevos miembros” (1951)
y “Las Malvinas” (1951);
e históricos en “Marcelino Ugarte. El hombre-El
político-El gobernante” (1959) y “Roca. Su vida y su obra” (1960), sin olvidar tampoco las amenas y reveladoras
páginas autobiográficas de “Mi Vida.
Auto-recopilación de hechos y comentarios para una posible biografía” con prólogo de Gregorio Marañón y que dio a conocer
en España en 1957. En forma simultanea a la labor de publicista fue docente
universitario, ocupó el decanato de la Facultad de Medicina desde 1935 a 1940 y
antes el rectorado de la Universidad de Buenos Aires en el período 1922-1926.
Sucedió en el gobierno universitario al también médico y político conservador
Eufemio Uballes, siendo la de Arce la gestión
previa a la de Ricardo Rojas a la
cual aquél criticó como lo revela su voluminoso y polémico libro publicado en
1930: “Memoria del Rector Ricardo Rojas. Sus falsedades”.
Asimismo
desempeñó en forma sucesiva los cargos de diputado en la Provincia de Buenos
Aires y presidente de la Cámara y después de legislador nacional. Finalmente actuó en calidad de embajador acreditado en China
hasta que por designación del presidente
Juan Domingo Perón cuando era canciller Atilio Bramuglia, fue jefe de la representación ante las Naciones Unidas –su segundo allí era Enrique Corominas- y presidente de
la Asamblea General de la ONU electo por los Estados miembros en 1948,
sucediendo al político brasileño Oswaldo Euclides de Sousa Aranha.
Tan extensa
carrera pública lo llevó de los quirófanos a la cátedra y de los gabinetes
científicos a las conferencias internacionales en momentos claves para el
destino de la humanidad; y en tan diferentes ámbitos de actuación mantuvo
intacta la coherencia intelectual y a salvo la fuerza espiritual sostenedora de
principios y de valores porque se diversificó sin fracturarse.
POLÍTICA Y DIPLOMACIA
Hijo de Juvencio
Arce y de su segunda esposa -y prima
hermana- Luisa Arce, este bonaerense nacido en Lobería a quien el ex gobernador
Máximo Paz convocó en vísperas del Centenario para organizar allí una
agrupación del conservadorismo por la que ingresó en 1909 a la Legislatura de
la Provincia, se destacó siempre como un empeñoso constructor en vez de resultar un garantizador del “statu quo”, ello
en la mejor tradición verdaderamente progresista de eminentes correligionarios
cuyo arquetipo podría representar
Joaquín V. González. Se cuenta así que durante su actuación como
diputado, los colegas de banca lo apodaron “José Ventarrón”[2] por su actividad sin pausa sobre temas en especial de política
universitaria que tan bien conocía o en torno a otras cuestiones, así de su
iniciativa surgió la ley de creación de
la Corporación de Transportes de la
ciudad de Buenos Aires. En una conferencia pronunciada en 1991 en la Academia
Nacional de Ciencias de Buenos Aires por el profesor Osvaldo Fustinoni al cumplirse ciento diez años de su
nacimiento, destacó el orador y presidente de la Academia Nacional de Medicina:
“Uno de sus temas preferidos fue sin duda el de la
Instrucción Pública. También Arce no perdió la oportunidad de abordar los temas
constitucionales cuando se trataban asuntos conexos con los mismos. En este sentido fue un defensor del
federalismo y de la autonomía de las Provincias contra los avances de la
Nación. Al intervenir en estos problemas, Arce se inspiraba en el ejemplo de otro
gran médico y estadista: Guillermo Rawson, y en un debate, Arce, relacionado
con un tema Institucional, previendo la objeción que se le pudiera hacer a su
condición de médico afirmó lo siguiente: “Rawson a pesar de ser un médico fue un gran
constitucionalista”. (Anales de la
Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires. Tomo XXV, Año 1991, Buenos
Aires, 1992.-)
“No he actuado nunca como un hombre de izquierda; pero
jamás me dejé arrastrar por los exclusivismos de derecha”, proclamó tomando perspectiva de sí mismo en “Nuevas bases y principios para la reorganización
política de la República Argentina” (1956),
un extenso ensayo de fuerte oposición a la Constitución justicialista de 1949 y
a la oportunidad de su reforma.
Si la vida
presenta sorpresas, la vocación y el tesón suelen emparejar logros con
imprevistos. Sin embargo jamás habrá sospechado el médico doctorado en 1903[3] con una tesis de 206 páginas sobre “Tumores epiteliales, Contribución al estudio de su
etiología y patogenia”, que un día
iba a representar al país ante el gobierno chino.
Las
circunstancias de su designación como embajador argentino allí las narró él
mismo en su libro “De Buenos Aires a Shangai”, que con ilustraciones de Federico Schiff editó
Guillermo Kraft Ltda. en 1948: “Era una
mañana del mes de julio de 1945. Por algún motivo que ahora no recuerdo -no
debió ser muy importante- me encontraba
en el despacho de mi grande y buen amigo, el doctor César Ameghino, a la sazón
Ministro de Relaciones Exteriores. A punto de despedirme miróme (Sic) fijamente y me dijo: -¿Te gustaría ir a China?. Después de
cambiar algunas bromas a propósito de tan inesperada invitación, agregó: -Hemos
creado la Embajada en China y te ofrezco nuestra representación. No entró nunca en mis designios desempeñar
una misión diplomática, pero confieso que la novedad de la tarea y la
perspectiva de entrar en contacto con mundos desconocidos, y poco accesibles en
otras condiciones, me colocaron frente a una posible realidad. Contesté, pues,
que aceptaba, siempre que mi mujer me quisiera acompañar”.
En efecto, durante el gobierno militar del general Edelmiro J. Farrell,
se consideró del caso abrir la representación de nuestro país, con rango de
embajada, en la nación que tanto
contribuyó a la derrota del Imperio Japonés y donde la Argentina sólo
contaba con un consulado o viceconsulado en Shangai, creado en 1919 bajo la
presidencia de Hipólito Yrigoyen. Pero sucedió que la Segunda Guerra Mundial
había reposicionado para mediados de 1945 a la República China, que a partir de
1912 sustituyó bajo la presidencia del doctor Sun Yat-sen (1866-1925) al “Celeste Imperio”
gobernado desde 1644 por la dinastía
Tsing de origen manchú, a tal
punto que al crearse las Naciones Unidas le fue otorgado un asiento permanente
en el Consejo de Seguridad. El mariscal Chiang Kai Shek, su jefe de Estado, era
reconocido en el mundo entero junto a Roosevelt, Churchil, De Gaulle y Stalin como uno de los vencedores del Eje.
Con sobrado conocimiento de causa el doctor Arce explicará, por su parte, los motivos que
llevaron al gobierno provisional de Farrell a establecer una embajada en China,
siendo uno de los últimos países de Latinoamérica en hacerlo: “el momento en que se adoptó la iniciativa, fue, debo
creerlo, de carácter simbólico. Se acababa de firmar la Carta de San Francisco,
poco después fuera invitado a incorporarse a la Conferencia que había de redactarla.
Dicha Carta era el acta constitutiva de la Organización de las Naciones Unidas;
China pertenecía a ella como uno de los llamados cinco “grandes”; durante cinco años había soportado la invasión y la
guerra, desaparecidos ahora después que el bombardeo de Hiroshima había
terminado con la rendición incondicional del Japón. Las dificultades internas
persistían, sin embargo, en el Norte, y era oportuno demostrar nuestra simpatía
por aquella gran nación. Tales debieron ser los factores determinantes de nuestra actitud”
Como
al diplomático lo movían los desafíos y “la perspectiva de entrar en contacto con mundos
desconocidos”, se puso en viaje en compañía de
su esposa, Amelia Bazán, el 30 de agosto de 1945 a bordo del vapor “Selandia”. Tardó ciento treinta y cinco días en llegar,
lo cual más allá de no haberlo siquiera insinuado él en sus páginas que
describen la aventura de un trayecto lleno de curiosidades y no ajeno a ciertos
contratiempos menores, ha hecho suponer a Eduardo Daniel Oviedo, un estudioso
de las relaciones diplomáticas entre nuestro país y las naciones de Extremo
Oriente, que se trató probablemente de una demora no casual, quizá tendiente a
aguardar el resultado de la guerra civil desatada en el norte de China entre
las fuerzas del Kuomintang y el partido comunista dirigido por Mao Tse-tung,
tal como lo sugiere en el libro “Historia de las
relaciones internacionales entre la Argentina y China” y lo explicita en su trabajo “Reconstruyendo
el inicio de las relaciones diplomáticas entre Argentina y China, publicado en
la Revista Iberoamericana de Estudios de Asia Oriental en 2008. En esta última
publicación, Oviedo -investigador del Conicet- puntualiza que en fecha próxima a la entrega de credenciales
por parte del profesor Arce a Chiang Kai
Shek, el 4 de diciembre de 1945, en la ciudad de Chungking y en presencia del
doctor Wang, ministro de Relaciones Exteriores y del jefe de la Casa Militar,
hacía lo propio en Buenos Aires, el 13 de abril de 1946, el doctor Chen Chieh
(1885-1961) primer embajador de China aquí.
Pero volviendo a lo relatado
en “De Buenos Aires a Shangai”, es evidente que cada uno de sus doce capítulos
permiten descubrir otro mundo, no sólo exótico por ser en extremo ajeno al
nuestro cuando no se imaginaba el fenómeno de la globalización, sino muy
diferente al actual en su diseño político y en sus parámetros de respeto por
los derechos humanos. Esa sensación de distancia cultural a vigentes y
universalmente aceptadas ideas fuerza en cuanto a temas como la discriminación,
se hace patente en relación a Sudáfrica,
uno de los primeros destinos del viaje de Arce. Allí le llama la atención y
nada más que eso el tratamiento dado a los indios en Durban, impedidos por la “Pegging Act” de
1943, de adquirir y ocupar propiedades
comerciales o residenciales en los distritos europeos de la ciudad sin una
licencia especial que, “como es de suponer las autoridades no acuerdan”, concluye sin escandalizarse el relator. Tampoco parece hacer mella en su espíritu “la insalvable separación entre europeos y nativos
(Colour Bar)” y hasta destaca como una graciosa concesión por parte
de la minoría blanca, que a los hombres de raza negra se les permitía tener una representación en
el Parlamento, eso sí ejercida por blancos, y recibían mejor tratamiento que
los indios (¡!).
Curiosamente y pese a no carecer de
sensibilidad social más allá de su demasiado frontal postura
anticomunista -en cierta posterior oportunidad planteó como un derecho del
hombre la participación de los trabajadores en los beneficios económicos de las
empresas llegando a explicar con suma lucidez que “El factor humano en la producción no está, pues,
completamente atendido con el solo pago del salario” (“Nuevas bases y
principios para la reorganización política de la República Argentina”)-, algunas
páginas más adelante, en el ameno “De
Buenos Aires a Shangai”, y luego de
evocar que el 21 de octubre el barco ancló en la bahía de Mombasa capital de
Kenia, para seguir su ruta hacia la
India donde arribó ocho días después, poco menciona sobre la pobreza que
encontró en el Subcontinente y cuando lo hace será sin demostrar mayor repudio
ni preocupación sino más bien describiéndola como un anecdótico y previsible
ingrediente del paisaje: “En las calles de Calcuta observamos la misma
utilización nocturna de las veredas como dormitorios a la intemperie.”
Por fin, cinco días después de
alcanzar Calcuta a casi tres meses de
embarcarse en Buenos Aires, partió trasponiendo los Himalayas hacia Kungking,
asiento del Gobierno Nacional, en un
Douglas de la Compañía China de Aviación gestionado por el cónsul chino en la
antigua Ciudad de los Virreyes ingleses.
“El 4 de diciembre, apenas siete días después de mi
arribo a Kumgking presenté mis cartas credenciales”, evocará con la satisfacción del deber cumplido.
De allí realizó la última
etapa hasta alcanzar Shangai, ciudad para entonces de casi cuatro millones de
habitantes alzada sobre la margen occidental del Wangpoo, afluente del
Yang-Tsé, donde cabe recordar transcurre gran parte de la acción de “La condición humana”, la novela de Andre Malraux. En el barrio Columbus
Circle en la zona de lo que antes fue la “concesión francesa” informa Arce a los lectores que “tenía sentados sus reales la Embajada Argentina.”
Sin embargo poco estuvo al frente de nuestra representación diplomática,
haciéndose cierta la profecía que le hizo un “palmista” meses atrás.
Aunque encontró tiempo suficiente para interesarse por la enseñanza superior,
descubrir la apucuntura cuando se le practicó a su esposa aquejada por
insomnios, pronunciar varias conferencias en la Universidad de La Aurora de
habla francesa, operar con éxito una pelvilitotomía del lado derecho en el
hospital universitario y aceptar la designación de miembro correspondiente de
la Shangai Medical Society: “Como se ve –concluye-, dediqué una buena parte de mi tiempo a
tareas universitarias y profesionales; parecióme que tenía el deber de proceder así en vista de que las
ocupaciones diplomáticas me permitían tiempo para ello.”
El 31 de julio de 1946, un telegrama del Ministerio de
Relaciones Exteriores le ordenó volver a
Buenos Aires hacia donde partió
el 8 de agosto. En las últimas líneas de su retrospectivo diario de
viaje justifica el sentido de su múltiple desempeño en China, ora en
abierto diálogo con sus autoridades políticas, ora concurriendo a quirófanos y altas casas de
estudio: “Las condiciones generales del
comercio internacional; la guerra civil y la depreciación de su moneda impiden
o dificultan grandemente, por lo menos, todo intercambio regular. Convenía,
pues, demostrar nuestra simpatía y nuestra amistad en otros campos.
Entendiéndolo así, acepté cuanta oportunidad se me brindó para desarrollar una
acción cultural, que se interrumpió, primero, con las vacaciones de verano, que
se inician en junio, equivalente a nuestro mes de diciembre y luego con el
llamado que me hiciera el gobierno, en los últimos días de julio.”
Claro que
lejos estaba de imaginar el autor -y
probablemente nadie aquí- que antes de trascurridas siete décadas de
asentadas estas reflexiones, China se convertiría en la segunda potencia
mundial y al día de hoy en el segundo socio comercial de la Argentina con un
total comercializado de casi quince mil millones de dólares en 2011.
EL MUSEO ROCA .
Al
menos una vez de niño vi en persona al doctor José Arce. En verdad mi recuerdo
bastante borroso corresponde a un encuentro suyo con mi padre a quien yo
acompañaba. Sé que algo hablaron del posible entronque familiar de los Arce
bonaerenses con las ramas de ese apellido esparcidas en Tucumán y Salta de
donde provenía Delfina Juárez Arce casada con Pablo Policarpo de Romero de la
Corte, mis bisabuelos, así como un tío tucumano de la nombrada: el Dean Pascual
Arze Zelarrayán (1815-1885), un amigo y admirador de Urquiza del que está
documentado que el día de la jura de la Constitución Nacional pronunció una
oración patriótica en la Catedral de Salta, provincia donde ejercicio su
ministerio sacerdotal y fue párroco de
la Iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria de la Viña; y como el hombre de
ciencia y músico salteño Canónigo Clodomiro Arce Romero que vivió entre 1854 y
1909, desempeñó el rectorado del Seminario de Salta, actuó en el periodismo
católico y era sobrino de doña Delfina Juárez Arce.
La
antedicha charla ocasional sucedió en las proximidades de la que había sido la
casa del médico convertida o a punto de convertirse en el Museo Roca. Instituto
de Investigaciones Históricas, por
Decreto Nro. 4838 de 16 de junio de 1961 suscripto por el presidente Arturo
Frondizi. Sin duda Carlos Gregorio
Romero Sosa se dirigía allí precisamente, puesto que estaba en trámite su
adscripción a dicho Museo del que Arce era organizador y para el que había
donado su vivienda porteña de la calle Vicente López 2220/30. Con los años me
enteré de ese acariciado proyecto laboral paterno, frustrado por algún
burócrata de turno y fogoneado por el embajador Enrique Loudet[4], íntimo amigo y colega en la diplomacia de Arce quien
con fecha 31 de julio de 1961 dirigió al entonces ministro de Trabajo y Previsión Social, Ismael Bruno Quijano, la
siguiente carta en papel con el membrete oficial del Museo Roca: Señor
Ministro: Tengo el agrado de dirigirme a V.E. con el propósito de solicitarle
un señalado servicio. El Poder Ejecutivo acaba de designarme para organizar el Museo Roca. Por el momento
el Museo no tiene presupuesto. Entre los funcionarios que prestan servicios en
ese Ministerio figura el Inspector[5] Don Carlos Romero Sosa, historiador y museógrafo de nota quien actúa si no me
equivoco como Inspector de Asociaciones Profesionales. Mi pedido consiste en
que V.E. quiera adscribirlo mediante una resolución ministerial, a fin de que
preste servicios a mi lado. Es persona muy competente en la materia a que me
refiero y estoy seguro me sería de una gran utilidad. Sin otro particular me es
grato presentar a V.E. el testimonio de mi mayor Consideración. José Arce.
Me es grato
rescatar ese gesto que permite reconocer otra faceta del médico humanista,
alguien que por lo visto no lo era sólo en teoría sino también en la práctica
virtuosa de la generosidad y la disposición de ánimo para brindar espaldarazos
a los intelectuales jóvenes, como lo era entonces el historiador Carlos
Gregorio Romero Sosa.-
[2] Nota necrológica
del doctor José Arce publicada en La Nación, el lunes 9 de julio de 1968,
página 5.-
[3] En 1903 se doctoraron asimismo, entre otros ochenta y nueve
profesionales más, el clínico Pedro
Pascual Corti, adjunto de la cátedra del profesor Luis Güemes, Ángel Alsina, el otorrinolaringólogo y
profesor en la Universidad de la Plata Lautaro Durañona, Salvador Marino,
Rodolfo S. Roccatagliata, Rafael D. Sardá y los pediatras Pedro E. de Elizalde
y Abel Zubizarreta. (Confrontar: “Catálogo
de la Colección de Tesis: 1827-1917”. Publicación de la Biblioteca de la Facultad de Ciencias Médicas de
la Universidad Nacional de Buenos Aires. Talleres Gráficos A. FLAIBAN, Buenos
Aires, 1918.-
[4] El embajador doctor Enrique Loudet
(1890-1965) publicó en el libro “José Arce, 80
aniversario” (Artes Gráficas Sebastián de Amorrortu e Hijos, S.A. 1961)
el capítulo referido a “Arce, Diplomático”, después editado en opúsculo.-
[5] Fue inspector de Asociaciones Profesionales del Ministerio de Trabajo y
Previsión hasta ingresar, en 1963, a la Justicia Nacional donde obtuvo su
jubilación en 1991.-
(CARLOS MARÍA ROMERO SOSA, se publicó en la revista HISTORIA)
sábado, 6 de agosto de 2016
RAIMUNDO ONGARO
Hoy que hay tantos dirigentes
sindicales con aire de ejecutivos,
más proclives a merodear
despachos oficiales que talleres
y fábricas y ni qué hablar de asambleas
obreras, aparece extraña y lejana en el
tiempo la figura de Raimundo Ongaro, fallecido el 1 de agosto último a poco de
la partida de otro compañero de ideales nacionales y populares: el ex
gobernador de Córdoba Ricardo Obregón Cano.
Es que el obrero gráfico que
estudió en colegios religiosos, en la mejor tradición de su gremio que en 1878 lanzó la primera
huelga organizada que se llevó a cabo en la Argentina , fue un
luchador insobornable por la justicia social: “La CGT de los Argentinos no ofrece a los
trabajadores un camino fácil, un panorama risueño, una mentira más. Ofrece a
cada uno un puesto de lucha”, decía
el Programa del 1 de Mayo de 1968 con el que Ongaro enfrentó al onganiato tanto
como a los dirigentes participacionistas
de la CGT
oficialista y al vandorismo que pretendía un peronismo sin Perón.
Sufrió cárcel después de los sucesos en Córdoba de mayo del ´69 pero la
tragedia lo golpeó en forma artera, decisiva, definitiva aseguran sus allegados,
durante el gobierno de Isabel Martínez
cuando la Triple A
asesinó a su hijo Alfredo Máximo. Como Julio Troxler que se salvó de ser
fusilado en 1956 y cayó bajo las balas del lopezrreguismo, resultó ser Ongaro otra de las víctimas del somatén del
peronismo de ultraderecha que lo obligó al exilio y a alejar así de sus
seguidores el verbo inflamado del líder carismático de la
CGT de los Argentinos de los años sesenta y primeros setenta.
Al volver al país, instaurada la democracia, comprendió que no había lugar ya
promover gestas populares como el Cordobazo a partir del cual, lo mismo
que su amigo y compañero Agustín Tosco, había
imaginado Raimundo la posibilidad de acercar por vía insurreccional la sociedad nueva integrada por
hombres y mujeres que también lo fueran y cuya génesis según su ortodoxa
formación católica, enraizaba en la epístola de San Pablo que impulsa a los
creyentes, en Efesios 4,23-24, renovarse
del pecado y “vestirse del Hombre Nuevo creado en
justicia y santidad verdaderas.”
Mal podía este idealista vivir de otro modo que de acuerdo con sus
convicciones y perseverando en ellas hasta el final de sus días entre los muros
de su modesta casa bonaerense de Los Polvorines. Jamás había rehuido los
desafíos y en los años de su mayor visibilidad, al más políticamente correcto y
menos riesgoso compromiso social
cristiano, optó por promover un socialismo insuflado con valores evangélicos
fruto de la coincidencia en la acción revolucionaria de cristianos y marxistas. Quizá guardaba frustraciones en alguna zona
de su espíritu, aunque sospecho que Dios le concedió la satisfacción interior
de saber que había luchado la buena causa, tal como con generoso plural
inclusivo y no mayestático, me lo expresó en una carta fechada en julio de
2007: “Hemos sido protagonistas de una
aventura solidaria sobre la Tierra.
Combatiendo a quienes pretenden impedir indefinidamente la
fraternidad entre los seres humanos”.
(Carlos María Romero Sosa, se publicó en la revista
Nuestra América, de San José de Costa Rica, el6 de agosto de 2016 y con un
texto algo abreviado en el diario La
Prensa , de Buenos Aires, en la misma fecha..)
domingo, 24 de julio de 2016
UNA VISIÓN ÉTICA Y JURÍDICA DE ESTANISLAO S. ZEBALLOS
El 14 de junio último falleció en la ciudad de Buenos Aires, meses antes de cumplir 93 años, el profesor
doctor Julio César Otaegui, maestro del
Derecho Comercial que enseñó durante décadas en la Universidad Católica
Argentina de la que fue Vicerrector y donde formó numerosos discípulos.
Como publicista enriqueció la disciplina con libros fundamentales, así: “Administración
societaria” (1979); “Concentración societaria” (1984); y, anteriormente: “Fusión y escisión de
sociedades comerciales”, publicado en 1976
con prólogo de Jaime L. Anaya,
otro relevante comercialista argentino. Esta obra constituye una exposición
razonada y crítica de las mencionadas instituciones según las legisló en 1972
la ley 19550.
El doctor Otaegui fue un ejemplo de estudioso que lejos de aislarse
en su gabinete, estuvo abierto a los desafíos que propone -e impone- el mundo actual con su
imparable dinámica que tanto repercute en el plano social y consecuentemente en
el ámbito jurídico. Sabía que es tarea de los doctrinarios del derecho así como
de los legisladores y los magistrados –actuó como Conjuez de la Corte Suprema de
Justicia de la Nación-, mirar con espíritu abierto esos procesos de
cambio. A la vez que entendía que la mejor forma de responder
a ellos será bregando porque los valores de la Justicia y la Equidad no se
diluyan en la vorágine de modernizar y adecuar ciertos conceptos jurídicos a
los datos de una realidad no siempre racional con permiso de Hegel en el
prefacio de su “Filosofía del Derecho”.
De
allí que Otaegui expresara en alguna ocasión: “El Derecho Comercial es una
disciplina compleja en la medida que
tiende a mantener principios irrenunciables y a atender a realidades insoslayables.” Y tanto más
vale lo dicho tratándose de una rama del derecho que hace a la organización
económica de la comunidad y debe regular
cuestiones lindantes con el espíritu de lucro impulsando normas contra la
concentración monopólica, la cartelización que contradice el principio de la
libre competencia y resulta una práctica en extremo desleal para con los consumidores o el
enmascaramiento de actividades ilícitas bajo las figuras societarias. También
le cabe promover, desalentando la especulación financiera, normativas en favor
de la empresa -organización de capital y trabajo, o de medios personales,
materiales e inmateriales tal cual la define la Ley de Contrato de Trabajo en
el Art. 5- y atender a la consiguiente responsabilidad empresaria. Fiel a su
visión cristiana y socialcristiana enfocada en el bien común, Otaegui
diferenció el precio óptimo que
resulta del libre acuerdo entre las partes contratantes en un mercado
configurado por la libre concurrencia, del precio justo elaborado por el
Derecho Canónico y que subordina la economía a la ética.
Entre otras distinciones, el doctor Otaegui que había dirigido el Colegio de Abogados de
la Ciudad de Buenos Aires, recibió en 2006 el premio que otorga la Fundación
Konex en la especialidad Derecho Comercial y Laboral. Entre 2007 y 2009
presidió la Academia Nacional de Derecho y Ciencias Sociales de Buenos Aires
fundada en 1908 y en la que había ingresado el 23 de septiembre de 1999 en el sitial “Estanislao Zeballos” con un
discurso de incorporación, pronunciado en sesión pública el 27 de abril de
2000, sobre “El grupo societario”.
Sucedió en la presidencia de la corporación al constitucionalista Alberto Rodríguez Galán y al finalizar su período lo sustituyó el penalista Eduardo Aguirre Obarrio.
UN
HOMENAJE ACADÉMICO A ZEBALLOS
Cuando el 13 de mayo de 2002 las Academias Nacionales rindieron
homenaje a Estanislao
S. Zeballos en
la sede de
la Academia Nacional de la
Historia, Julio César Otaegui figuró
como orador por la de Derecho junto a
Santiago Sanz y Pedro Luis Barcia que lo hicieron en nombre de la de la
Historia y la de Letras
respectivamente. Su discurso, publicado en los Anales de la ANDyCS (Segunda época,
Año XLVII-Nro. 40, 2002), versó sobre la personalidad jurídica y humana de este
intelectual de la Generación del Ochenta nacido en Rosario en 1854 y fallecido
en Liverpool en 1923: “Servicio de la
Patria nos lo llevó muy lejos,/ y en ataúd sombrío nos lo devuelve el mar”, cantó
elegiaco entonces Arturo Capdevila.
Como idea fuerza de la exposición,
sostuvo Otaegui que el jurista, diplomático, legislador, antropólogo, escritor, periodista -redactor de La Prensa desde que se fundara el diario al que
dirigió en 1874 y donde presidió desde 1915 su Instituto Popular de
Conferencias-, Decano de la Facultad de Derecho de la UBA y pionero en su
juventud de la Reforma Universitaria, “fue no sólo un varón justo y fuerte
sino también prudente”; y al remarcar esta última virtud como
síntesis de su equilibrado genio de estadista, marcó sin decirlo la idea de “fhrónesis” en tanto sabiduría práctica inherente al
hombre de Estado que desarrolló Platón en “La República”,
Aristóteles en la “Etica a Nicómaco” y que Santo
Tomás, tan bien leído y asimilado por el orador, llama “Recta ratio agibilium”: recta razón de las cosas agibles.
Fundó en antecedentes históricos
el saber obrar político del evocado, que se verificó, por ejemplo, en su
participación -en 1889- como miembro de la Comisión Nacional de Legislación de
la Cámara de Diputados en la reforma del Código de Comercio de 1862. En la
ocasión se confrontaron los proyectos de
Sixto Villegas y Vicente Quesada por un lado y el más innovador de Lisandro
Segovia por otro. La Comisión, a
instancias de Zeballos, optó por el evolucionismo implícito en el de Villegas y
Quesada plasmado al cabo en el Código de 1890 según la ley 2637, que incluía la
primera Ley de Quiebras. La elección se
debió a que mantenía según la redacción original de Acevedo y Vélez Sarsfield,
las disposiciones que no fuesen de imprescindible modificación.
Precisamente esa actitud
moderada que alguien podría
tachar de conservadora, pero a
la que Otaegui consideró una muestra cabal de prudencia evolucionista capaz de
impartir “una lección de justicia cuando
postuló el Derecho Privado Humano”. En consecuencia, el Código así modificado representó a juicio
del comentarista un servicio al país y
porqué no, una enseñanza para los
tiempos actuales de globalización en que se torna imperioso fortalecer el campo
del Derecho Privado. Claro que otros estudiosos
no han pensado así alertando sobre los efectos que se derivan de la
postura privatista, como ser la extraterritorialidad del domicilio en el orden
privado de las empresas de capital extranjero sobre cuya intromisión en la
política argentina había manifestado ya sus temores el propio Zeballos en 1909.
Si en mucho para Otaegui “dio lecciones de justicia, fortaleza y prudencia” y si quizá hasta pueda
discutirse lo absoluto de la definición, resulta indudable que Zeballos fue honesto
en sus convicciones y que perseveró en sus ideales patrióticos de soberanía
territorial. Hombre de su tiempo y perteneciente a la elite social de la que
sentía orgulloso –presidió la Sociedad Rural Argentina-, por supuesto que hay
mucho de contradictorio en él: su conservadurismo político que en
nada desentonaba con la ideología positivista y darwinista en los límites con
el racismo del que fuera entusiasta promotor de la Conquista del Desierto por el
General Roca, empresa que anticipó con su obra “La conquista de quince mil
leguas”, y estudioso de los pueblos originarios tratados en sus investigaciones
de campo como fenómenos etnográficos, cuestionó no obstante “la conducta indigna de ciertos agentes del Estado observadas respecto
de las tribus indígenas”; en tanto que el liberal por formación, en materia
económica no trepidó en promover la nacionalización de una vía ferroviaria
británica: “Soy partidario de la
expropiación del Gran Ferrocarril del Sur”; y que el mismo que en alguna
publicación mostró su reaccionarismo frente
a las huelgas obreras, preconizó en la Revista de Derecho, Historia y Letras: “la nacionalización de todos nuestros valores
y de todo nuestro trabajo”
Al filo de su exposición, Otaegui elogió del
que fuera presidente de la Cámara de Diputados de la Nación
en 1889, representante
diplomático y Canciller en los gabinetes de Juárez Celman, Pellegrini
y Figueroa Alcorta, su actuación descollante en el campo del Derecho Internacional Público. Ciertamente una ponderación
compartida por los historiadores Ricardo Caillet Bois, Roberto Etchepareborda,
Julio Irazusta o Gustavo Ferrari, aunque objetada entre otros, por Miguel Ángel Scenna y Pablo Lacoste que juzgaron a Zeballos en extremo agresivo
con Brasil y Chile fiel a negar la
“Diplomacia desarmada” y haberse opuesto
en 1902 a la firma de los Pactos de Mayo
con el país trasandino.
Cabe
concluir resaltando un hecho curioso: el disertante vino al mundo pocos días después
que el futuro patrono de su sitial en la Academia Nacional de Derecho muriera
en Inglaterra. Nadie podría imaginar en ese octubre luctuoso para la República,
que el recién nacido Julio César Otaegui iba a recoger la antorcha de Zeballos en pos del desarrollo de la Ciencia Jurídica y del ideal de Justicia,
es decir en pos de la Civilización.
(CARLOS MARÍA ROMERO SOSA, se publicó en LA PRENSA, el 24 de julio de 2016)
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