domingo, 26 de marzo de 2017
sábado, 25 de marzo de 2017
VICISITUDES DE LA HUELGA DOCENTE
“Que ser cobarde no valga la pena”
canta Joaquín Sabina; y aunque para evitar generalizaciones no corresponda tachar
de ser tales a los docentes que por distintos motivos concurren a dar clase en
la provincia de Buenos Aires en vez de adherir al paro dispuesto por los
gremios, el inverosímil y para colmo
exiguo premio ofrecido por la gobernadora Vidal a quienes rompan la huelga: 1.000
pesos, dos “yaguaretés” apenas, permite
afirmar que para este conflicto, por de pronto, puede darse por cumplida
la idealista y ética aspiración del artista
español.
Nada es sencillo en el
mundo de la política, menos laudar en
forma salomónica en la puja distributiva siempre sectorial. Y cuánto más si una
de las fracciones es el Estado en tanto empleador y sus representantes los
interpelados por las demandas salariales
y de mejores condiciones de trabajo. Pero el hecho de estar del otro lado del
escritorio, es decir en función patronal,
no debe significar enfrentarse de cualquier modo con los trabajadores, avasallándolos
a ellos y a sus organizaciones constituidas de manera legal. Sencillamente
porque así llevará las de ganar el más fuerte que no es otro que el Estado, en
detrimento del espíritu que informa el Derecho Laboral y sus principios
protectorios, precisamente de la parte más débil en la relación de trabajo.
Por eso y más allá de que pueda criticarse la metodología de SUTEBA, incluso
desde un punto de vista táctico ya que a nadie escapa que las huelgas reiteradas
o por tiempo indeterminado terminan por desgastarse, resulta increíble el
mensaje oficial que viene siendo dado con relación a las medidas de fuerza de
los maestros bonaerenses. Primero aparecieron
“voluntarios” rompehuelgas en una campaña mediática que se sospecha con
fundamento organizaron los servicios progubernamentales, bien que cuando ella subió
al tono del escándalo, las autoridades se desligaron del tema
reclamando ser ajenas a esos “espontáneos”
que se decían preocupados por la
ausencia de los niños a las aulas.
Sin embargo, ahora, es por boca de la señora gobernadora que se ha
escuchado la decisión de premiar a los no huelguistas. Un dilate que
se da de bruces con la legislación laboral
vigente en el país, como por ejemplo el artículo 53 de la ley 23.551 de
asociaciones sindicales, que enumera las prácticas desleales y contrarias a la ética de las relaciones
profesionales del trabajo por parte de los empleadores, además de contradecir
las recomendaciones en la materia de la OIT. Y ni qué hablar de los ataques y amenazas al
líder sindical Baradel, del promocionado descuento por cada día no trabajado
por el paro o de las denuncias recogidas
por varios medios de prensa sobre incursiones de personal policial en escuelas
para pedir el listado de los que no concurren a ellas. Y hasta en un “crescendo” de tensión,
el hecho de que el gobierno de la
provincia presentó un informe al ministro de Trabajo de la Nación para que se castigue
a los gremios de la actividad que no acataron una dudosa conciliación
obligatoria, por lo demás objetada por la Justicia.
Como era de esperar en esta guerra sin cuartel promovida desde el poder contra los docentes, van al frente regimientos
de “gurkas” mercenarios, emulando a los ingleses en Malvinas. Se trata de los formadores de opinión de los que algún
permeable público televisivo, devenido lacrimógeno ante las aulas vacías en
estas jornadas de lucha y pestalozziano por su súbita vocación pedagógica, repite zonceras del tipo de “apoyamos el reclamo de
los maestros pero no el paro”, “hay que
discutir la educación pública y no sólo los salarios” o “el secretario general
de SUTEBA, Roberto Baradel, es kirchnerista que pone piedras y el país se
expresó por el cambio”. Ese mismo público habla con liviandad contra la reclamada paritaria
nacional docente exigida por ley nacional,
pone en duda el presentismo de los trabajadores de la educación y cuestiona –esta vez con razón- la deficiente
infraestructura edilicia de las escuelas
públicas; problemas algunos contra los cuales, dicho sea de paso, se precavió en salud la mayoría de los actuales gobernantes que concurrieron
a colegios onerosos y universidades privadas.
Mientras
tanto las movilizaciones de los huelguistas impresionan por su número y por el
apoyo popular que reciben; y en la escalada del conflicto se ha declarado para los próximos días una medida de fuerza a
nivel nacional de los docentes.
(Carlos
María Romero Sosa, se publicó en Salta Libre. net, el 21 de marzo de 2017 y se
reprodujo en la revista Con Nuestra América, de Costa Rica, el 25 de marzo.)
domingo, 19 de marzo de 2017
PEDRO SIWAK: EL COMPROMISO DE UN PERIODISTA CATÓLICO
“Después
de la misa, íbamos a ocupar nuestro puesto en el diario”
André
Frossard
Pedro Siwak (1937-2016) fue un hombre de prensa que ejerció con
ejemplaridad la responsabilidad del arte de informar a sus conciudadanos. Convertido en una
voz respetada de aquel “cuarto poder” que dijera Burke, reunió en sí la inicial
vocación, que maduró con responsabilidad
profesional del periodista de alto nivel. Dio a conocer innumerables artículos noticiosos y formativos;
se involucró en la enseñanza de periodismo en el Instituto Grafotécnico de
Buenos Aires, del que fue director y
participó en entidades de la actividad, como el Club Gente de Prensa, que
cofundó en los años sesenta de la pasada centuria. Por su trayectoria le fue
concedido en 2013 el premio Santa Clara de Asís. Quizá la mejor reseña
biográfica del profesor Siwak sea la
aparecida en la revista AICA, el 22 de enero último, escrita por el doctor Jorge Rouillón, su amigo, colega y en la actualidad presidente del Club Gente de
Prensa.
Siwak, además de sus notas firmadas en diferentes medios, publicó varios libros: “Mateando con Mamerto
Menapace”, “500 años de Evangelización Americana” en tres tomos, “Santos,
beatos, venerables y siervos de Dios”, “Mujeres
protagonistas en la Iglesia
del siglo XX” y “Víctimas y mártires de la década del setenta en la Argentina ”.
Fácil es advertir en todas sus
páginas hasta qué punto llevó el
compromiso con la fe católica que desde la niñez sembraron en su espíritu sus
padres, devotos emigrados ucranianos. Fue la suya una fe asumida
con un oído en el Evangelio y con otro en el pueblo, según el lema de Monseñor
Angelelli. Fiel a ello en el año 2000 dio a conocer el antes mencionado volumen que vio la luz con el sello de la Editorial Guadalupe :
“Víctimas y mártires de la década del setenta en la Argentina ”, donde
estudió la vida y la obra de los religiosos y laicos asesinados por grupos de
ultraderecha durante el lopezrreguismo y más tarde por la dictadura; todos inmolados según sus palabras, “después de jugarse para que los
pobres no sean tan pobres.”
Partió Siwak desde esa jugada perspectiva, desprendiéndose de ella la justeza y justicia con la que llamó “mártires” a los biografiados, en coincidencia con la visión de varios teólogos actuales en
el sentido de que muchos sacrificados de hoy lo son
por testimoniar con su sangre la Justicia y la Verdad y no sólo la Fe ; o quizá dicho de otro modo al proclamar la Fe en Cristo a través de los
valores evangélicos de la Justicia
y la Verdad , una
estimativa pasada por alto por muchos preconciliares atados a la literalidad del “odium fidei”. Sin embargo con la óptica que bien destaca el
autor, se abren nuevas posibilidades de santificaciones y en ese sentido cabría
que el Vaticano reconociera oficialmente la palma así como lo viene haciendo
con las víctimas del sectarismo homicida de extrema izquierda durante la Guerra Civil Española:
uno de ellos el hermano lasallano argentino San Héctor Valdivielso Sáez -cuya
imagen se venera en el templo de San Nicolás de Bari de Buenos Aires, donde fue
bautizado-, a los 16 sacerdotes vascos ajusticiados
por Franco y al presbítero mallorquí Jeroni Alomar Poquet, fusilado al amanecer de 7 de junio de 1937 por
ayudar a escapar hacia Menorca a varios perseguidos políticos. En tanto en el
ámbito Latinoamericano correspondería hacerlo, por ejemplificar sin pretensión
taxativa alguna, con el asesinado obispo guatemalteco Monseñor Juan José
Gerardi o el jesuita salvadoreño Rutilio Grande, ciertamente éste con proceso
de beatificación abierto. Justo es
reconocerlo, el papa Francisco ha dado al respecto muestras de iniciar esa senda con la
canonización del arzobispo de El
Salvador Monseñor Óscar Romero.
Pero volviendo al libro
de Siwak, ya el recorrido por los
títulos de los sucesivos capítulos encabezados con el nombre de las víctimas, produce un estremecimiento al comprobar el
número de sacerdotes, religiosos,
seminaristas y laicos -como la joven Mónica Mignone-
muertos por obra de la represión ilegal. Esa “lista del horror”
expuesta con detalle en las páginas
finales de la obra, incluye con encomiable criterio ecuménico el nombre de
varios miembros de confesiones evangélicas desaparecidos.
Más conocidos unos y menos otros por el público argentino, Siwak
anotició sobre todos ellos con espíritu no de venganza aunque sí reivindicativo
y en ese entendimiento desfilan el padre
Carlos Mugica, los padres palotinos, el padre Gabriel Longeville, el padre
Carlos Murías, el padre Carlos Bustos, el padre
Francisco Soares, los “accidentados” obispos Enrique Angelelli y Carlos Ponce
de León, las hermanas Alice Domon y Leonie Duquet, los seminaristas asuncionistas
Carlos Di Pietro y Raúl Rodríguez o la citada catequista Mónica Mignone.
De manera inevitable los lectores de la obra se preguntarán porqué la Iglesia Argentina miró hacia otro lado cuando se cocinaba el
horror, una omisión criminal salvo honrosas
excepciones, tal la del sacerdote Leonardo Castellani pidiendo
públicamente a Videla el 19 de mayo de 1976 por Haroldo Conti –un ex
seminarista- e interesándose después por la suerte de otros desaparecidos como
Antonio Di Benedetto; o el caso de algunas jerarquías que estuvieron a la
altura de las circunstancias como los Monseñores Jorge Novak, Miguel Hesayne, Jaime
de Nevares, y en buena medida Vicente Zaspe. Justo Laguna y Juan José Iriarte, con quien en su diócesis
de Resistencia trabajó a poco de su ordenación Carlos Mugica. El arzobispo Iriarte, del que Siwak trascribe
una carta en defensa de Mugica dirigida en 1986 a José Gobello –poeta, filólogo,
gran estudioso del lunfardo y amigo generoso, aunque en materia política
abogado de malas causas-, fue acusado en 1977 por los servicios de
inteligencia de haber iniciado “una guerra fría hacia las Fuerzas Armadas.”
Frente
a esta realidad asombra no sólo la falta de humanidad o más adecuadamente de misericordia
de tantos otros pastores que olvidaron
en la comodidad de sus despachos y la seguridad de sus contactos oficiales, aquella
enseñanza de San Agustín presente en “La Ciudad de Dios”: “Episcopatus nomen est honeris, non
honoris”, sino hasta la ausencia de espíritu de cuerpo demostrado
para con sus hermanos en el sacerdocio y por supuesto con el resto de los
desaparecidos. (Refiere Olga Wornat en
su libro “Nuestra Santa Madre”, que en 1979, el Arzobispo de Córdoba, Cardenal Raúl
Primatesta, negó un lugar en su diócesis a la Comisión Interamericana
de Derechos Humanos para recibir las
denuncias por parte de los familiares de los secuestrados. Y Emilio F. Mignone, un católico devoto, en “Iglesia y Dictadura”, su lacerante Yo
Acuso, fue sin duda el primero que documentó las complicidades de las jerarquías religiosas
con el Proceso).
Trabajos como el presente
despiertan solidaridad en grado de comunión espiritual y confianza en grado de
esperanza en la Iglesia
testimoniante, próxima a los que sufren y ajena a los poderes temporales;
aquella Iglesia a la que perteneció el recientemente fallecido Cardenal y
antiguo Arzobispo de San Pablo, el brasileño
Pablo Evaristo Arns, periodista de ideas también, quien en su libro “La violencia en nuestros
días” escribió haciendo caso omiso a las amenazas de los grupos parapoliciales:
“La violencia contra la libertad de
pensamiento y expresión, es la violencia que afecta al hombre en su expresión
más profunda. El ser destinado a pensar, a buscar la verdad y a participar en
los ideales más elevados de la humanidad jamás debería ser víctima del
terrorismo intelectual o de una violencia que lo disminuyese ante sí mismo y frente a los demás.”
Desde su condición de hombre de prensa asumida como un apostolado, Pedro Siwak, lejos de disminuirse
se elevó en vida al llamar a las cosas por su nombre en tiempos de disimulos e
interesadas estrategias: “Cuando ustedes
digan sí, que sea realmente sí; y, cuando digan no, que sea no. Cualquier otra cosa de más, proviene del maligno”,
se lee en Mateo 5: 37. Y sin duda la
para él postrera jornada del 12 de
octubre de 2016 –al cumplirse el primer mes de su deceso el Cardenal Mario Poli
ofició una misa en su memoria en el templo de Santa Catalina de Siena-, los
mártires y los santos canonizados que estudió y difundió con devoción en sus
libros, obraron la gracia de acompañar su alma a la presencia de Dios.
(Carlos
María Romero Sosa, se publicó en La
Prensa el 12 de marzo de 2017 y se reprodujo en Salta
Libre.net el 14 de marzo de 2017.)
domingo, 5 de marzo de 2017
UNA "CARNEREADA" BIZARRA. SOBRE LOS "VOLUNTARIOS" PARA ROMPER LA HUELGA DOCENTE
No por repetida es menos cierta aquella
rectificación marxista a una máxima de Hegel, en el sentido de que si
los hechos de la historia universal se
repiten, tal lo sostenido por el
filósofo de Stuttgart, ocurren primero como tragedia y después como farsa,
según lo expuso el filósofo y revolucionario de Tréveris en la obra “Dieciocho de
Brumario de Luis Napoleón”.
De considerar entonces la vigencia de este último precepto, qué otra
cosa puede decirse en la Argentina del ajuste macrista, de la risible autopostulación, a través de
las redes sociales, de un grupo –y “grupo” seguramente
también en el sentido lunfardo de mentira- de presuntos voluntarios decididos a
romper la huelga docente dispuesta por
las organizaciones que representan a los maestros para el 6 y 7 de marzo
próximo. Una medida de fuerza que se decidió después de que el gobierno de la provincia
de Buenos Aires, más allá de los mohines
mediáticos de la señora Vidal, se
mantuvo firme en ofrecer sólo el 18% de
aumento con una presunta cláusula gatillo por si se dispara la inflación este
año, dejando de lado la pérdida salarial sufrida el 2016.
La delirante
oferta de concurrir a las aulas “para que los chicos no pierdan días de clase” -“no soy maestro
pero seré voluntario,” escribió en un “tweet” alguien en
la versión más bizarra del realismo
mágico nativo-, por parte de personajes
de existencia real o no, es algo que
debería avergonzar a todos: “El macrismo puso en marcha una operación mediática
para atacar a los docentes a través del call center que suele
utilizar para hacer el trabajo sucio en las redes sociales”, denunció la
Unión de Trabajadores de la Educación (UTE).
Aunque farsa y payasada como suena a las claras, no deja de traer a la
memoria el recuerdo, ese sí que infausto, de los rompehuelgas de antaño, en los tiempos
heroicos de las primeras luchas sindicales en el país, usados a la vez que
despreciados socialmente como que nadie en su sano juicio los hubiera propuesto
como ejemplo ni reporteado.
Rompehuelgas fueron aquellos contratados por la fábrica metalúrgica
Vasena para sustituir a los obreros de paro en la tristemente ocultada por
décadas Semana Trágica de enero de 1919, ocurrida bajo el gobierno radical de
Hipólito Yrigoyen. O algo después los “carneros” ofrecidos a los patrones
preocupados por el ausentismo revolucionario por la parapolicial Liga
Patriótica Argentina de Manuel Carlés, una contradictoria y polémica figura
pública de las iniciales décadas del siglo XX a quien el Poder Ejecutivo
Nacional designó Interventor Federal en Salta, cargo que ocupó
entre agosto de 1918 a enero de 1919. (Carlés, pese a su pensamiento
reaccionario, fue autor de la primera ley de jubilación obrera en la República
Argentina, correspondiente a los trabajadores ferroviarios, proyecto que elogió
Alfredo Palacios en su libro “La justicia social”.)
Hay cosas con las que no se debe jugar y una de ellas corresponde a los
legítimos reclamos ajenos. Tanto más que nadie a la fecha, tampoco la
gobernadora bonaerense según se la escuchó decir, pone en duda la justicia de la pretensión del
sector a la que no obstante considera instrumentada en forma política, como si
no fuera también una decisión política su
negativa a darle curso.
Los docentes argentinos, y sobre toda las docentes, vienen desde
lejos sufriendo todo tipo de postergaciones y marginaciones. Al respecto convendría releer la novela de Manuel Gálvez “La maestra normal” publicada en
1914. Pero si sucesivas administraciones no han dado en la tecla con una vía de
solución al tema educativo, contexto en el que el salario de sus trabajadores
no es algo menor, será porque no ha habido en el pasado ni existe ahora voluntad
política de cerrarlo. Y eso que la historia reciente marca hechos
paradigmáticos de la lucha docente, desde la Marcha Blanca de CTERA
(Confederación de Trabajadores de la Educación de la República Argentina) de
1988 y la Carpa Blanca instalada frente al Congreso Nacional durante el
menemismo, a las declaraciones, movilizaciones y huelgas de los últimos años; y
no es ocioso recordar que la mismísima presidenta Cristina Kirchner trató poco
menos que de vagos a maestros y maestras
en una alocución televisiva.
Entre tanta promesa incumplida y eslogan de campaña sin voluntad alguna
de realizar desde el poder, porque habrá que atender las prioridades de los
grupos de presión y las corporaciones vinculadas al sector financiero
internacional, debiera la ciudadanía rescatar y homenajear un nombre: el del
profesor Alfredo Bravo, aquel militante socialista y abanderado de los derechos
humanos nombrado secretario de Educación por el doctor Raúl Alfonsín. Había
sido en 1973 secretario general de CTERA y cuando la entidad se declaró en
huelga en 1987, Bravo cruzó el espacio que separaba al funcionario con rango de viceministro del
viejo luchador sindical y ex desaparecido durante la dictadura. Sin más, y
sumado al hecho de estar en desacuerdo con las leyes de obediencia debida y
punto final arrancadas a la democracia por los carapintadas, renunció al cargo convencido de la justicia
del combate que entablaban sus antiguos
compañeros docentes con los que no quiso enfrentarse.
En tiempos en que las
estadísticas son uno de los poderes más reverenciados, cabe preguntarse cuántos
Alfredo Bravo precisa esta Argentina de la decadencia, el acomodo, la
“transfugada” y, para peor, de tanto
“zonzo con mando” al decir del padre Leonardo Castellani.
(Carlos María Romero Sosa. Se dio a conocer en la publicación Con Nuestra América, de Costa Rica el 4 de marzo de 2017; y el 1ero. de marzo, bajo el título "Reclamos ajenos" y con el texto algo reducido, apareció en La Prensa, en la sección Correo de Lectores.)
lunes, 27 de febrero de 2017
REFERENCIAL AL NACIMIENTO DE LÍA GÓMEZ LANGENHEIM EN LA CORRESPONDENCIA DE RAFAEL OBLIGADO
El médico porteño Honorio Pastor Gómez
Langenheim,[1] graduado en 1889 con una
tesis doctoral sobre el mal de Pott, años más tarde solicitaría, por razones de
salud, la baja del Ejército en donde se desempeñaba como cirujano de regimiento
con el grado de capitán. Hacia 1915 se hallaba afincado en General Lavalle, en
los pagos del Tuyú de Santos Vega. Aunque habitaba en la localidad cabecera del
partido bonaerense bautizado en 1891 con ese nombre (antes, Partido de Rincón
de Ajó creado por decreto del gobernador Juan Manuel de Rosas en 1839), era el
único médico actuante en las zonas rurales aledañas.
Y precisamente en el hotel de madera del
entonces pueblo de General Lavalle, por donde se filtraba el viento invernal
que apagaba las velas y agitaba las llamas de las escasas lámparas de kerosén
con que contaba el establecimiento -según es tradición familiar-, el 27 de
julio de aquel año ’15 vino a la vida su hija menor, bautizada poco después con
los nombres de Lía Flora Juliana.
Si el nacimiento ocurrió en tan precaria
situación, fue debido a que la madre de la niña, Flora del Carmen García Black,[2] casi
veinticinco años menor que el esposo, quizá en un arranque de juvenil temeridad
había rechazado viajar las semanas previas al parto a la ciudad de Buenos
Aires, donde hubiera tenido las comodidades y recibido las atenciones que la
época podía ofrecer a alguien en su estado.
Demoró la buena noticia en llegar a los
parientes y amigos del matrimonio Gómez Langenheim-García Black, bendecido en
la iglesia de Nuestra Señora de la Merced, de Bahía Blanca, en enero de 1903.
Ciertamente tardó el tiempo que el correo ponía entonces para brindar el
servicio, no mucho más lento que ahora, pese a las velocidades y las
tecnologías.
Algo curioso en vinculación próxima con
lo anotado, es que días atrás mi hermana y yo encontramos en cajones cerrados y
hasta es del caso reconocer, que
desatendidos pese a estar al alcance de las miradas cotidianas, varias
esquelas y tarjetas portadoras de felicitaciones por el acontecimiento casi
centenario hoy.
Entre ellas hay dos referencias al
nacimiento de nuestra madre en sendas cartas manuscritas en tinta negra,
enviadas por Rafael Obligado[3] al
progenitor de la criatura, su médico y hermano político por estar casado el
Poeta Nacional con Isabel Gómez Langenheim. Vínculos profundos ambos con el
destinatario, además del hecho de ser
parientes de sangre, al descender todos (Honorio y sus hermanos por la
rama paterna de Gómez Obligado Ibáñez Marín de la Quintana) del sevillano
Antonio de Obligado y de la Rosa, hidalgo arribado desde España a fines del
siglo XVIII y fundador aquí de la estirpe de ese apellido. Don Antonio –“el
bisabuelo español” celebrado en un romance recogido en El
Poema del Castillo, Buenos Aires 1938, por su descendiente Carlos Obligado–
era abuelo de Rafael y tatarabuelo de su esposa Isabel Gómez Langenheim así
como de Honorio. De allí que sea de deducir que los testimonios de afecto entre
los interlocutores epistolares estaban
lejos de representar una mera cortesía.
La primera de las correspondencias
postales en cuestión está fechada el 26
de noviembre de 1915 en Buenos Aires. Se trata de una respuesta a otra enviada
por su cuñado desde General Lavalle, que le interrogaba por la salud de su
hermano menor: Carlos, aquejado por otro de los “males del siglo”, la
tuberculosis.
Obligado lo pone al tanto de los
cuidados que se le prodigaban y hace referencia a las indicaciones del médico que
atendía al paciente, al que cita sólo por su apellido: Castro (Máximo Pablo
Castro Sáenz Valiente[4]), prestigioso
cirujano porteño discípulo de Ignacio Pirovano. Finaliza la comunicación con
estas palabras: “Te supongo encantado y hasta chocho con la nenita. Esos
encantos de hogar, son lo mejor de la vida. Cariños a Efraín[5] y mis
saludos a la señora. Los míos sin novedad. Siempre cariñosamente Rafael
Obligado.”
La segunda también está datada en Buenos
Aires, esta vez el 27 de marzo de 1916. En el encabezamiento reza: “Mi querido
médico” y a continuación hay frases de agradecimiento por el pago de alguna
deuda dineraria contraída con el remitente: “Bueno, pues, acepto la devolución
aunque era otro mi deseo, respetuoso de tus sentimientos de tradicional delicadeza.
Así era tu padre[6], y con esto digo todo.”
Sigue una noticia sobre la evolución de
la salud de Carlos Gómez Langenheim: “Sé que va mejorando y que sale a la
calle. Aún no lo he visto. Luego de otras consideraciones de carácter social,
como dar cuenta del fallecimiento de la señora del sabio químico doctor
Atanasio Quiroga,[7] finaliza con un nuevo
párrafo sobre Lía: “Me imagino que estarás encantado con la nenita.; me dicen
que es preciosa. Dios se las conserve. Cariños al chiquilín, afectos a tu compañera
y a ti el muy estrecho de siempre. R. Obligado.”
*****
¡Qué lejanas suenan hoy esas
enhorabuenas y qué indeleble en cambio ha quedado la letra que las trasmitió!
Será que hay materialidades capaces de trascender los sentimientos. Sí, quizá
en el tiempo, aunque jamás en la intensidad con que fueron expresados ayer.
[1] 1861-1960.
[2] 1884-1976; escritora y
periodista que firmaba con el seudónimo Carmen Arolf.
[3] Nació en Buenos Aires en 1851 y murió en Mendoza en 1920.
[4] 1867?-1924.
[5] Efraín Gómez Langenheim
(1910-1985), el hermano mayor de Lía. Después, docente e historiador.
[6] Honorio Hermenegildo Gómez Ibáñez
(1833-1900), entre otras funciones públicas, ocupó el cargo de prosecretario del Senado de la Nación. Estaba
casado con Isabel Langenheim Anzoátegui y San Martín.
[7] Atanasio Quiroga (1853-1916)
inventó el “tasiómetro”, para medir la presión del gas. Fue jefe del Laboratorio Químico del Ministerio
de Agricultura y creó el doctorado en química en la Facultad de Ciencias
Exactas, Físicas y Naturales de la Universidad Nacional de Buenos Aires. (Cf.:
Vicente Osvaldo Cutolo: Nuevo Diccionario
Biográfico Argentino, tomo V (Buenos
Aires, 1978).
(Carlos María Romero Sosa, se publicó en Ápices Digital, Nro. 17 correspondiente al año 2015.)
miércoles, 22 de febrero de 2017
martes, 21 de febrero de 2017
CONTRADICCIÓN: Sobre la detención del general César Milani acusado de graves violaciones a los derechos humanos
Sobre la detención del general César Milani en
Empero, también, será atendible considerar al respecto algo que se ha podido advertir desde que comenzó a circular
la noticia de la prisión preventiva del militar. Se trata de la no ocultada
satisfacción de ciertos factores de
poder, léase medios o multimedios, por
la actual situación procesal de Milani; cosa compartible si se está de acuerdo
con que todo genocida debe estar preso sea quien sea.
Sin embargo, se desprende de esa publicada complacencia una
interrogación: ¿para algunos analistas, el
pecado de Milani fue su participación en la llamada guerra sucia o haber
pertenecido del gobierno de la doctora Cristina Fernández de Kirchner; y en tal
caso, la penalidad por aquel delito no valdrá
sobre todo para castigar este otro?
¿Por qué? Pues porque no es
novedad alguna que esos mismos grupos de presión -hablo de tales lobbys y no de los familiares de
procesados o condenados cuya preocupación y sufrimiento humanamente se comprende-,
ya desde antes de asumir el actual presidente comenzaron o intensificaron una campaña a favor de que se
detengan los juicios por delitos de lesa humanidad. Y lo vienen haciendo con
apelación a todo tipo de argumentos: desde
la invitación a mirar hacia delante y cerrar el pasado, al negacionismo liso y
llano. Y desde un súbito bautismo en la fe del recientemente fallecido pensador
francobúlgaro Tzvetan Todorov y su tesis
sobre los “abusos de la memoria”, a enternecer con reclamos por la alta edad de
los presos, tema que no convendría
agitar mucho porque surgen de inmediato en la memoria colectiva, a contrario
sensu, por ejemplo los cortos
años de las víctimas de la Noche
de los Lápices o los días apenas de vida de los bebés robados.
El
oxímoron es un válido recurso literario, la incoherencia interesada en materia
política se llama cinismo.
(Carlos María Romero Sosa, se publicó en Salta Libre,
el 20 de febrero de 2017 y se reprodujo en La Prensa el 21 de febrero.)
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