domingo, 12 de noviembre de 2017

PIGLIA: HERMENÉUTICA, CREACIÓN Y REBELDÍA

                                                     
                            
                                                         Corresponde pedir perdón por abusar de la autorreferencia. Hecho, digo que no conocí a Ricardo Piglia (1941-2017). No tuve oportunidad de verlo nunca en este Buenos Aires de los desencuentros y la superpoblación de seres aislados como en La ciudad ausente de su narración de 1992, de cuya adaptación escénica -también por él compuesta- resultó la ópera que con música de Gerardo Gandini se estrenó en el Teatro Colón en octubre de 1995.
                                                          Llegué incluso algo retrasado a sus libros y  la primera aproximación a la novela Respiración artificial, publicada con gran suceso en 1980 fue ya después de mis treinta años. En cumplimiento sin saberlo de cierto consejo suyo: Hay que preservar la lentitud, llegar tarde a la moda, volví a sus páginas más de una década después  y si primero me había aguijoneado igual que  el enunciado de un teorema  el afán de atreverme por esa dinámica opresiva de sospechas, comunicaciones epistolares, palabras sugeridas, historial de posibles y no verificables delaciones que acompañan y van marcando  el ingreso de los personajes o de las presencias: Marcelo Maggi, Emilio Renzi –alter ego de Piglia-, Luciano Ossorio y la memoria de su abuelo Enrique Arocena,  a partir  uno del otro como en las muñecas rusas; en la siguiente y morosa relectura me ganó  un irrefrenable interés, más acorde en verdad con la oferta del género narrativo. Interés por su argumento  nada lineal ciertamente aunque con toques  incitantes de ajedrezada novela policial, género al que Respiración artificial  homenajea y del que saca buen partido, sin recurrir al sarcasmo o la caricatura de los Holmes, los Brown o los Augusto Dupin,  tal el caso de Isidro Parodi, aquel detective sedentario y antiguo dueño de una barbería del barrio Sur pergeñado por Borges y Bioy Casares.
                                                         Creí atar entonces los cabos que me habían quedado sueltos y advertir que la referencia al decimonónico gobierno autoritario de Juan Manuel de Rosas, pertrechado por espías y mazorqueros, cabía ser entendida como una alegoría de la dictadura de Videla con su correlato de desapariciones y miserable reparto de calcomanías subrayando que los argentinos éramos derechos y humanos.  En tanto que la relación de parentesco entre los protagonistas bien podría remitir a la fatalidad de otra estirpe: la del pueblo argentino en su cohesión o dispersión, condenado  quizá a siglos de recurrente tragedia y a cargar con ella sangre a sangre y sangre sobre sangre, rememorando el mito griego de los labdácidas.
                                                        No es Piglia no lo será tampoco para las futuras generaciones- un escritor fácil y cada obra de ficción suya ofrece varios niveles de interpretación, algo que motiva a entrar en sus páginas con intención de develamiento y asumida actitud clarividente y rapdomante. Claro que a menudo uno de esos posibles niveles de comprensión, corresponde a la crítica social y al notorio  rechazo al capitalismo; pues qué otra cosa que un repudio al monetarismo de los Chicago Boys puede representar el corolario casi sinfónico de Plata quemada” (1997), su novela “bandoleresca” construida a partir de un hecho policial  acaecido en 1965. De algún modo, también  aquí, “el interés de la narración se basa en los misterios del dinero y de su origen”, de forma parecida a lo que Arlt tramó en “El juguete rabioso” según dedujo el propio Piglia en un análisis de ese libro suscripto en 1973; una exégesis  que parece hallar sustento en la frase de Marx: “El dinero convierte en destino la vida de los hombres”.  Aunque todo ello acorde  con una posición de izquierda independiente de quien había sido tajante al expresar: “Nunca dejo que la política tenga incidencia directa en lo que escribo” y fue un sempiterno adversario estético del realismo estalinista y más de la propaganda ramplona de ciertos burócratas del partido comunista. (Hacia finales de los 60´ lamentó en  un fragmento de “Los diarios de Emilio Renzi”, que Andrés Rivera, aún miembro del PCA, juzgara de “aventurerismo” las acciones de los Tupamaros).                                               
                                                       Las ficciones de  Piglia se dan  la mano en ingenio, erudición y lucidez con sus obras de crítica literaria, como que el hermeneuta  de Borges y Arlt, de Macedonio Fernández y Witold Gombrowisz, de Manuel Puig, Rodolfo Walsh y Juan José Saer, lejos de simplificar con demagogia sus estilos, recursos  y mensajes,  se dio a echar luz sobre los universos de esos y de tantos otros creadores; por ejemplo Rig Lardner, Thomas Wolfe, William Faulkner, Francis Scott Fitzgerald, Nelson Algren, Truman Capote, John Updike y James Baldwin,  cuyos espacios  en las letras norteamericanas definió con precisión en los prólogos redactados en 1967 para acompañar sus cuentos  que se publicaron con el título Crónicas de Norteamérica en la serie de antologías que editaba Jorge Alvarez  y dirigía Pirí Lugones, en 1977 secuestrada por grupos de tareas y luego asesinada.  
                                        
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                                            Comencé admitiendo no sin pena que nunca lo conocí. Los once años y algunos meses de edad  que nos separaban,  significaron en los hechos que Piglia era joven cuando yo era niño o ingresaba en la adolescencia en tanto borroneaba mis primeros versos y me escabullía de las miradas de mis mayores con la revista Cristianismo y Revolución fundada por el ex seminarista Juan García Elorrio bajo el pulóver y guardaba viva en las retinas la imagen del sacerdote, sociólogo y guerrillero Camilo Torres muerto en las montañas de Colombia en 1966, para participar en las postrimerías de la dictadura de Onganía,  de reuniones políticas clandestinas del peronismo o de la proyección de “La hora de los hornos”, el film de Fernando “Pino” Solanas y Octavio Getino. (Piglia por su parte cuenta que concurrió también subrepticiamente, en enero de 1969, a un departamento en San Telmo en compañía de Dalmiro Sáenz, el muralista Ricardo Carpani, el dibujante Lorenzo Amengual y algunos otros amigos a la exhibición de esa película que juzgó estaba en la línea del agit-prop –agitación y propaganda- de la vanguardia rusa.)        .   
                                         Sin embargo ahora, al leer el segundo tomo de Los diarios de Emilio Renzi”, que lleva por subtítulo:  “Los años felices y corresponde  al período que va de 1968 a 1975 –acaba de aparecer el tercero: “Un día en la vida”, que comienza en 1976-, encuentro el dato que el 27 de junio de 1970  concurrió  al homenaje tributado en el cementerio de la Recoleta al cumplirse un año de la muerte del periodista  Emilio Jáuregui,  secretario general de la Federación Argentina de Trabajadores de Prensa (Fatpren) y militante de Vanguardia Comunista, organización próxima al maoísmo que editaba el periódico “No transar” y a la que también pertenecieron  otros intelectuales como Elías Semán desaparecido en El Vesubio en 1978 o el poeta Osvaldo Domingo Balbi secuestrado el mismo año. Sabido es que el  líder chino venía  teniendo  ascendencia entre quienes repudiaban el estalinismo y la burocracia soviética. Perón le decía el “Gran Mao” y le escribió una carta en julio de 1965 llamándolo Maestro Revolucionario; e intelectuales como el cuentista Bernardo Kordon  y el filósofo Carlos Astrada, que viajaron a China  y se entrevistaron con él,  se contaban entre sus admiradores locales, igual que un juvenil Piglia algo después y que Beatriz Sarlo, integrante ésta a mediados de los 70 del maoísta Partido Comunista Revolucionario, liderado por Otto Vargas. Ya en 1958 María Teresa León y Rafael Alberti habían dado a conocer aquí el libro de autoría de ambos “Sonríe China”, elogioso y propagandístico. Y sino la identificación ideológica, por de pronto cabía  el reconocimiento a la labor poética de Mao y se la difundía en el país.  Eduardo Squirru, por ejemplo,  que se desempeñó como funcionario diplomático junto al doctor José Arce cuando éste fue designado en 1945 primer embajador argentino en la República China,  firmó una nota preliminar al libro “Mao Tse Tung 20 poemas”, publicado en 1962 por Compañía Argentina de Editores.
                                        Emilio Jáuregui –sobrino del socialista conservador Federico Pinedo- había sido asesinado por la policía en 1969 en la intersección de las calles porteñas Anchorena y Tucumán -aunque Álvaro Abós en su libro “Al pie de la letra” sitúa el hecho en Tucumán y Larrea- mientras  repudiaba la visita de Nelson Rockefeller, el enviado del presidente  Richard Nixon. A su memoria  Juan Gelman escribió por entonces el poema Muerte de Emilio Jaúregui” y algo después Andrés Rivera lo evocó en “Ajuste de cuentas”.  

                                      Lo cierto es que, como ya lo comenté en el periódico Salta Libre,  compartimos con Piglia esa recalentada jornada invernal de la que  tengo vivo el recuerdo de los cócteles molotov que llameaban entre las tumbas y -como él anota- el ruido sordo de las bombas de gas lacrimógeno, la llanta de un coche que empezó a incendiarse. Sin duda sería también yo  uno de los que  mostraban   el rostro lloroso.” Y de los caminaban  “con aire sedicioso por las calles vacías esquivando a los policías, de acuerdo con la descripción de aquella reunión contestataria que obra en la página 196 del libro. No era mucha gente la congregada allí: un grupo de militantes entre los que alguien hoy sin rostro me indicó con voz clara que corriera hacia el peristilo porque la guardia de infantería avanzaba desde el fondo.  Pasaron 47 años de ese momento sobre el que habíamos guardado ambos parecidas vivencias. Aunque vale hacerme hoy la misma pregunta con la que se inicia Respiración artificial: ¿Hay una historia?”…  

(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa, reducido en algunos párrafos, el  12 de noviembre de 2017)                             

sábado, 11 de noviembre de 2017

PROLOGO AL LIBRO DE LAILA NEFFA DE DE LA PLAZA "POR SIEMPRE LA ROSA"

PRÓLOGO

                                                                   
                                                           Nacida montevideana de padres libaneses, católicos maronitas, y ciudadana argentina desde décadas atrás en inversa aventura terrestre, por esas vueltas del destino, que su colega y amiga la escritora Dora Isella Russell oriunda de Buenos Aires y afincada desde la niñez en la tierra de Artigas,  Laila Neffa de de la Plaza, es poeta, traductora de Gibrán Jalil Gibrán y otros autores fundamentales del país del cedro, aparte de finísima lectora de la mejor literatura universal, como lo demuestra su abultada y bien trajinada biblioteca.
                                                         Ella, representa, además, en sus altos años,  un nexo espiritual entre el presente de las letras y las artes  rioplatenses y el espíritu de grandes personalidades de la cultura uruguaya del siglo XX a las que trató y de las recibió estímulos cuando dio a conocer, ya en la adolescencia, sus primeros libros. Así  Juana de Ibarbourou, Emilio Frugoni,   Emilio Oribe,   Carlos Sabat Ercasty,  Joaquín Torres García, Edgardo Ubaldo Genta  y muy especialmente  su profesor en el Liceo Zorrilla, maestro y guía de siempre: Juan Carlos Sábat Pebet. 
                                              Bastaría que alguien  supiera, como tan bien sabe  hacerlo Laila, homenajear con  emocionado recuerdo esos nombres y otros más, tales el de Juan Zorrilla de San Martín o el de Jules Supervielle, para justificar una existencia y mostrarla enriquecida con los valores de la sensibilidad, la gratitud, la delicadeza y el ansia de conocimiento. Pero sobre celebrar tan trascendentes y resonantes figuras y labores, les viene dando razón  a los tempranos elogios que pronunciaron ellas a sus  creaciones dado el rico, profundo y consecuente itinerario lírico que transitó y transita. Un itinerario del que se hace ineludible la mención, junto a “Aís” (1951), elegiaca nostalgia en verso del hermano muerto en forma prematura, las tres entregas poéticas que ilustró el maestro Hermenegildo Sábat, cuyos títulos hacen referencia a la arquetípica rosa con su “círculo apretado” al decir de Leopoldo Marechal y su múltiple simbología:  “El ángel y la rosa” (1999), “El universo de la rosa” (2006) y ahora, en 2017, “Por siempre la rosa”.

                                                        
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                                             Como corresponde al dominio del  Arte más genuino, o sea el sugerente porque lo explícito es patrimonio de otras actividades humanas: así el periodismo con sus titulares y sus copetes, en las páginas de este último poemario se insinúa, y a media voz, entre imágenes que conforman alegorías y que sin sacudir inquietan,  la permanencia o mejor  la perseverancia en la belleza que representa la rosa. Laila Neffa, como Pedro Salinas en su poema “La rosa pura”, es decir, despojada, parece buscar “la que no tenga fecha”.  En consecuencia no describirá detallista y realista sus insalvables etapas hasta marchitarse, sino que intuye esperanzada y augural   su callado y recatado “siempre”. Un adverbio que habla aquí de la consumación  de su símbolo en un presente continuo de hermosura, al que se asoma la autora desde propias y angustiadas temporalidades, enarbolando  como banderas de afirmación y negación, la Eternidad y el Tiempo, esta platónica –en el Timeo- imagen móvil de aquélla.
                                             No por casualidad dos subtítulos del libro aluden a  Tiempos y a Testimonios de hoy, donde se hunden huellas de un empecinado afán por conjugar ambas dimensiones: “¡Ay, de la rosa blanca de mis cuitas,/ sola y fugaz, flameando entre los vientos!/ Ay, con su eterna luz de epifanía.”
                                           Romances, poemas breves y sonetos de estirpe clásica y otros de metro alejandrino y resonancia modernista a tono con su devoción por el oriental Julio Herrera y Reissig, nutren “Por siempre la rosa”. Y la forma de cada composición dice aquí del fondo, con lenguajes y mensajes  ajustados según el género. De esa manera  su verbo  directo y juguetón en las  estructuras estróficas octosilábicas: “Toda el agua cantarina/ que baja por entre piedras/ más grandes y más pequeñas,/ guarda una canción marina”, se hace más críptico, dramático, evocativo en ocasiones y emocionado sin transitar la sensiblería, en los sonetos: “El ayer apresado en esos muros/ nos vigila dolido y temeroso./ Un exiguo rosal trepa amoroso/ una turbia memoria, sin apuros.” Y muy en especial en los catorce versos del enternecido recordatorio al esposo, el embajador Guillermo de la Plaza a cinco años de su partida: “Hay memoria en los párpados perplejos/ como vuelos de aleves mariposas;/ y en los labios, que brillan sus airosas/ agujas entre lirios y azulejos./ Hay memoria en las manos como espejos/ y memoria guardada en tantas cosas/ y la fiel del silencio, como fosas,/ con voces redoblando, no tan lejos./ Hay memoria en la ausencia, y su destello/ remueve olas de vida por sí mismo,/ en la rueda sin puentes de la noria./ Y todas las memorias con su sello,/ las que el alma atesora en su egoísmo,/ regresan a su centro en tu memoria.” 

                                          Pruebas al canto, Laila Neffa, una eximia sonetista de  quien el académico Federico Peltzer elogió su “elocuencia digna de Quevedo”,  revalida en este libro sus títulos, con piezas de antología escandidas con un vocabulario rico pero sin pedantes cultismos. Vocabulario al que ha agregado algún acústico neologismo de su propia cosecha. Digamos entonces parafraseando a Wittgenstein, que si los límites del lenguaje no coinciden con los de su mundo de expresiva  sinceridad, Laila Neffa de de la Plaza los atraviesa decidida a nombrar  adánicamente de nuevo las cosas.
                                           
                                          
CARLOS MARÍA ROMERO SOSA, Buenos Aires, 9 de agosto de 2017
Conmemoración de Santa Teresa Benedicta de la Cruz (en el siglo Edith Stein)




sábado, 28 de octubre de 2017

EL GENERAL JULIO A. ROCA Y EL CASO MALDONADO

                                                           No soy partidario de derrumbar estatuas. Ni de trasladarlas como se acaba de hacer con la de Juana Azurduy.  En el caso concreto del bronce ecuestre del general Julio Argentino Roca emplazado en la intersección de Diagonal Sur y las calles Perú y Alsina, es sabido que desde tiempo atrás hay un movimiento de opinión que postula su retiro a iniciativa del historiador y periodista Osvaldo Bayer, que dicho en lunfardo “la sabe lunga” sobre injusticias sociales y matanzas a manos de los poderosos. Ese repudio a Roca se lo viene haciendo en solidaridad con los pueblos originarios aniquilados en la Campaña del Desierto, de sus sobrevivientes de entonces reducidos a servidumbre en la isla Martín García  y de sus descendientes invisibilizados hasta hoy, más allá de la letra de la Constitución Nacional según su reforma de 1994. 
                                                             Pero al respecto será de convenir que la historia tiene varias caras que hay que saber y sobre todo querer mirar. Y que al más que moralmente discutible jefe militar de aquella lucha desigual con el aborigen, financiada por la Sociedad Rural Argentina; el que en tanto símbolo de poderío perpetua su estatua acorde con un relato que lejos está de  admitir con Ezequiel Martínez Estrada en “Muerte y transfiguración de Martín Fierro”, que “la matanza final de los indios dio razón a las armas de fuego y a la fuerza, pero no a la justicia”, cabría oponer la figura del político astuto, buen conocedor de los hombres que en 1898 supo advertir el genio de Leopoldo Lugones al ver nomás al escritor.  O mejor del estadista bajo cuyo mandato se sancionaron leyes como la de educación 1420, que impulsó Sarmiento. Aquel Roca que designó por lo general ministros  progresistas de la talla de  Eduardo Wilde, de  Luis María Drago, de  Osvaldo Magnasco, incluso del católico cordobés Manuel Pizarro que propugnó la creación de escuelas de artes y oficios para capacitar a los trabajadores con miras a su elevación, un proyecto efectivizado recién en las primeras décadas del siglo XX.  Y sobre todo de su intuición para designar Ministro del Interior a Joaquín V. González, que impulsó el primer proyecto de Código de Trabajo en 1904 y cuya reforma electoral para la Capital Federal permitió la llegada del socialista  Alfredo Palacios a la Cámara de Diputados de la Nación.  
                                                              Por supuesto que hubiera sido menos conflictivo un monumento al dos veces presidente bajo el lema en 1880 de “Paz y Administración”, luciendo ropas civiles y no al guerrero con el que parte de la población de la Patagonia, no precisamente los hacendados, tiene aún cuentas pendientes: “Si no se ocupa la pampa, previa destrucción de los nidos de indios, es inútil toda precaución, escribió el General al ministro Alsina.                             Palabras y hechos bélicos subsiguientes que hacen más que comprensible el repudio a Roca mencionado al comienzo.  Sin embargo, frente a la trágica circunstancia que la sociedad  acaba de corroborar: la muerte en situación confusa del  joven Santiago Maldonado, aunque indudablemente solidario con esos mismos excluidos de nuestro Sur y sus reivindicaciones siempre postergadas,  propongo que próxima a la obra escultórica del artista uruguayo José Luis Zorrilla de San Martín, se descubra un busto de Maldonado para homenajear su idealismo y espíritu de libertad, valores capaces de contrapesar en algo o en mucho -lo dirá el futuro- el secular y oscuro dominio del capitalismo internacional y las oligarquías nativas sobre los sufridos habitantes de la Tierra Azul: Calfu Mapu, en lengua mapuche.  


 (Carlos María Romero Sosa, se publicó algo recortado y con un título que no era el original en La Prensa, el 25 de octubre de 2017, como correo de lectores. Al día siguiente apareció en Salta Libre y el 28 de octubre se reprodujo en la revista Con  Nuestra América, de San José de Costa Rica) 

lunes, 9 de octubre de 2017

LA SAVIA DE LA TIERRA AZUL: 14 VOCES DE LA POESÍA MAPUCHE



                                                Se suceden las noticias: La gendarmería cada vez más complicada en la desaparición de Santiago Maldonado.
                                      Se acelera el juicio por la extradición del lonko Facundo Jones Huala a Chile.
                                       Marcharon en Río Negro por el libre acceso al lago Escondido.
                                     
                                       DESALOJOS. Comunidades y organizaciones de pueblos originarios cumplieron ayer su tercer día de acampe frente al Congreso de la Nación para pedir la prórroga de la Ley 26.160 que suspende los desalojos de los territorios indígenas hasta noviembre próximo.
                                  DENUNCIA. La defensa y familiares del lonko de la comunidad mapuche  de Cushamen,, Facundo Jones Huala, cuestionaron  a las autoridades del Servicio Penitenciario Federal por las restricciones a su régimen de visitas en la Unidad 14 de Esquel.                                           
                                 
                                       Lo cierto es que  la Patagonia, con algo o mucho de “tierra maldita”  como la llamó Darwin, aunque de corresponderle ese adjetivo  será por otros motivos que la esterilidad que le adjudicaba el naturalista inglés, está en los primeros planos de la información, a menudo interesada como no puede ser menos si titulan La Nación o Clarín. Pero hay algo que reconocer a las derechas, la reacción, la oligarquía o como quiera llamarse a los intereses antipopulares y antinacionales: su consecuencia y coherencia y el bien estructurado discurso  que abona  y disimula el propósito de lucro del capitalismo internacional con cantos de sirena al “cambio” que dice consolidará  la república, la idoneidad administrativa, la lucha contra la corrupción  o el sacralizado ejercicio  de la competencia que, con perspectiva cristiana, llamaríamos mejor avaricia y soberbia.  
                                       Un discurso  que no deja resquicio abierto. De forma tal que recuerda que cuando el problema de los que mandaban era el gaucho, se cantaban loas al proyecto inmigratorio.
                                      Y cuando el gaucho, con su actitud de vida sin ataduras ni aceptación de límites territoriales  fue inviable, y el peón de campo acorralado entre los alambrados tendidos en cumplimiento del mandato de Sarmiento: “¡Alambren, bárbaros!”, o el mediero explotado por el espíritu del “laissez faire” vivo en la letra de la codificación de Vélez Sarsfield  como sustento -y superestructura-  del liberalismo económico decimonónico, dejaron de ser en esencia y existencia aquel personaje indómito  que describió José  Hernández  para minimizarse e invisibilizarse   en el silencioso hombre de campo, entonces había que idealizarlo y proponerlo como héroe contra la   turbamulta sin arraigo que bajaba de la tercera clase de los barcos,  para depositarse en el sórdido Hotel de Inmigrantes. Resultó un verdadero truco de prestidigitación  convertir el gaucho, ausente por exterminio físico y legal, en  leyenda homérica; una empresa intelectual que tuvo en el Leopoldo Lugones de “El Payador” su más genial amanuense.
                                     Y cuando el nacionalismo clerical, maurrasiano y aristocratizante, otra versión de la dependencia mental, echaba pestes contra el judío encogiéndose de hombros ante el  paganismo genocida nazi, buscaba que subieran de los árabes y musulmanes las acciones,  bastante devaluadas por lo demás antes de hallarse petróleo en los desiertos arenosos de su hábitat. Y todo hasta descubrir que son extremistas,  alguno que otro socialista. Y para peor semitas… 
                                      Así que la mentalidad colonial, devota en su vertiente liberal  de Hume y Locke o de Tomás de Aquino en la integrista,  lo que se dio a emplear mejor fue la dialéctica hegeliana en sus momentos de la  tesis y la antítesis. Sintetizando la  objetivación de toda idea y  disquisición académica en el garrote y la represión lisa y llana.  
                                      Tal sucede  ahora que  el pueblo  mapuche reclama territorios que sin duda le corresponden, por de pronto  infinitamente más que a Joe Lewis y a Benetton con sus sospechosas adquisiciones de latifundios durante el menemato. Entonces  actúa la gendarmería a escopetazos y como soporte ideológico se saca de la manga el duelo por los tehuelches, presuntamente aniquilados por las “lanzas chilenas” de Calfucurá. Una cuestión a estas alturas altamente discutible. Así la historiadora Geraldine Davies Lenoble publicó en La Nación, el 25 de septiembre del corriente año, un artículo sobre Calfucurá titulado: “El jefe de una confederación política interétnica”, donde destaca que aquel cacique se inició participando en la política interétnica transcordillerana y que su éxito y poder político se basaban en la negociación y el mestizaje (indudablemente en primer lugar con los tehuelches).                
                                        Aunque si los bien pensantes tanta compasión tienen por los pueblos  nativos sin polémica del territorio argentino, porqué no denuncian la situación de los wichis del Chaco Salteño, que según informó La Prensa recientemente se han quedado sin agua potable. Y porqué nada dijeron jamás sobre los desmontes que destruyen el medio ambiente de las comunidades qom de Formosa, el Chaco y Salta, llevando a la muerte por desnutrición a muchos de sus miembros, en especial niños.
                                          Suele ser cuando menos ocioso para el vencido, ampararse en la ley del vencedor. Salvo honrosas y valientes excepciones como  el reciente fallo judicial de la Cámara de Apelaciones en lo Civil, Comercial y de Minería de la  Tercera Circunscripción de Bariloche contra Lewis, que declara ilegal el loteo de tierras de El Bolsón, todo lo actuado hasta aquí en materia del indígena en general y de los mapuches en particular, es prueba de aquella desprotección jurídica que desde antiguo vienen soportando. Con claridad lo resumió  Martínez Estrada: “la matanza final de los indios dio razón a las armas de fuego y a la fuerza, pero no a la justicia.”   
                                       Cómo reaccionar estos pueblos entonces frente a las “campanas de palo” de sus razones desoídas: como primera estrategia de lucha, haciéndose ver, conocer y denunciar  la situación de injusticia y marginación que atraviesan en los hechos, más allá de los reconocimientos a sus derechos que establece la Constitución Nacional en la reforma de 1994. Y mejor que con piedras respondidas con balas de goma o de plomo, en  reedición ciento cuarenta años después de la boleadora contra el rémington, la poesía, en tanto palabra en armas, resulta ser un camino válido hacia la verbalización del reclamo ancestral,  del grito que aturde una geografía de mártires ocultados y verdugos del procerato oficial en el bronce; e incluso del silencio, que cabe entre dos interjecciones y  envuelve  a más de un mercader o represor como una  amenazante nube de tormenta.   
                                        En 2008 apareció en versión bilingüe de Ediciones Continente: “Kallfv mapu (tierra azul)”, una antología de poetas mapuches de Argentina y Chile de encendidas voces  que seleccionó Néstor Barron y prologó Osvaldo Bayer. En una primera recorrida por las páginas se advierte que la originaria oralidad de la lengua mapuche,  musical si las hay,  ganó  difusión al verterse a la escritura con el devenir de las generaciones y la trasculturización producto del vínculo con el huinca.[1]
                                       Sin embargo, lo esencial de la cosmovisión del hombre y la mujer mapuches, mezcla de inocencia adánica y de astucia  para sobrevivir en la mayor adversidad cual es la dominación, marca a fuego el mensaje de su poética.  En ella se hace patente el asumirse como hijos de la sagrada naturaleza, su Ñuque mapu, y hermanos del paisaje, lo que a entender del médico e historiador  neuquino Gregorio Alvarez en su libro “Donde estuvo el paraíso”, devino en la circunstancia de colocarlos “deliberadamente en el plano de superioridad que le concede el escenario natural de sus vivencias”.  Nada de esto se ha diluido con el paso del tiempo porque  la  nación más que etnia que constituyen,  llevando a cuestas las tradiciones, evolucionó adaptándose a las posibilidades de testimoniar y sostener hoy, a través de la palabra escrita, los resquicios de la memoria. Y así devota asume el pasado como mandato, María Teresa Panchillo Neculwal: “Cada día una historia/ los sueños son/ misiones que cumplir.”    

                                         En cuanto al vínculo dialogal y piadoso con lo creado, se materializa en el hecho de incorporar a cada vocablo su exacta sonoridad y  dar idea de prever en su vuelo las derivaciones del eco.  Cada sustantivo arrima al vocabulario profundidad de tierra, entonación de agua, crepitar de fogata, colorido de cielo, misterio nocturno. El poeta sabe  que “la lengua solo existe para poder nombrar las cosas sagradas de la naturaleza” (cuando) “quisieron arrancarnos la existencia.”
                                       Epigramáticas algunas composiciones de la antología, como las nada resignadas estrofas de Graciela Huinao: “En lenguaje indómito/ nacen mis versos/ de la prolongada noche/ del exterminio”. O bien: “Nunca fuimos/ el pueblo señalado/ pero nos matan/ con la señal de la cruz”.  Más extensas otras, sin decaer la tensión en los versos libres con ritmo de remolino de “Sueño Azul” de Elicura Chihuailaf, logrado ensamble  de  fuerza elegíaca  y serena introspección lírica que  parte de lo descriptivo hasta elevar el mensaje al plano trascendente de lo milagrosamente íntimo sin decolorarse en la habitualidad. Dirá este poeta oriundo de la región de la Araucania y miembro de la Academia Chilena de la Lengua: “Sentado en las rodillas/ de mi abuela oí las primeras historias/ de árboles y piedras/ que dialogan entre sí/ con los animales y con la gente/ Nada más, me decía, hay que/ aprender a interpretar sus signos/ y a percibir sus sonidos/ que suelen esconderse en el viento.”
                                                         Parecida apuesta por la integración,  tal vez con un condimento de palingenesia, viene a hacer  Wewün  Nagtül en su jaculatoria al mar: “Bajo tus aguas estuve bajo tus aguas,/ Delfín fui delfín,/ Cochayuyo fui cochayuyo,/ Ballena fui ballena,/ Pez en tus aguas fui pez.” ¿No había intuido ya Anaximandro que los hombres descienden de los peces?  Y el mismo Wewün Nagtül  dinamiza después su meditar en el desafío y la inspiración de su quehacer de artesano: “Coceremos estas alfarerías con nuestras manos/ alegres iremos a encender el fuego.”  Un hogareño fuego ante el que bien puede predicar “Aquí también hay dioses”, tal como Heráclito anunció a sus visitantes extranjeros frente al horno en que se calentaba.                                                   

                                                         En octubre de 1877, Juan María Gutiérrez aconsejó a Francisco P. Moreno, en una carta que hizo pública  La Tribuna, estudiar del hombre americano, “sus obras, sus artes, su culturas, sus costumbres”, es decir no quedarse en la medición de sus cráneos, algo que presupone su muerte y la sacrílega exposición de sus restos óseos en museos. (Aun no ha sido restituido el cráneo de Juan Calfucurá a sus descendientes de la Comunidad Namuncurá, del departamento Collón Curá de la provincia de Neuquén, que el general Nicolás Levalle envió al Museo de La Plata).
                                                       Tanto tiempo después de la exhortación del eminente polígrafo, poco sigue siendo el interés general –quizá no el científico ahora- por los pueblos originarios y para el caso los mapuches. Y al desentenderse gran parte de la sociedad de sus vidas y cultura, ni recibir sus demandas,  suele enfrentarlas  con parecido recelo al llamado a la puerta de un extraño.              
       
  
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[1] El tema de la poesía mapuche ha merecido incluso alguna tesis de licenciatura en la Universidad de Utrecht. Así, J.A. Moens, estudiante del Departamento de Lingüística y Literaturas Hispánicas de la citada universidad,   presentó con la supervisión del doctor  F. Lasarte la tesis titulada “La poesía mapuche: expresiones e identidad”, en agosto de 1999. También, entre otra bibliografía obrante por Internet,  existe el estudio: “Poesía mapuche: deslindes sobre una textualidad fronteriza” cuya autora es Selena Millares de la Universidad Nacional del Comahue.-   

* Carlos Maria Romero Sosa,  publicado en la Revista Con Nuestra América, el 7 de octubre de 2017 y   en Salta Libre.Net en la misma fecha. 

martes, 26 de septiembre de 2017

LILY SOSA DE NEWTON: FEMINISMO ESCLARECEDOR NO CONFRONTATIVO



                                               Aunque por esas cosas de los apuros cotidianos hacía un par de años o algo más que no nos comunicábamos, no  olvido la característica telefónica de Lily Sosa de Newton: 4632; y si los pienso  tampoco del resto de los números. La llamaba a menudo y  la veía mientras los horarios docentes me  permitieron visitarla en su departamento de la calle Coronel Bonorino 82, en el barrio de Flores: una gran biblioteca adornada o resguardada tal vez de  algún colega historiador cleptómano de libros, por  un sinnúmero de pequeños gatos de porcelana.
                                       ¿Dónde estarán unos y otros hoy? Tanto más que el pasado 24 de octubre de 2016, cuando aún estaba viva pero internada contra su voluntad en un geriátrico suburbano,  el grupo de amigos y lectores suyos que  nos convocamos en el ámbito de la Comuna II de la CABA para celebrar su cumpleaños en ausencia, fuimos testigos de las denuncias  públicas de los organizadores de la reunión: la escritora y periodista había sido quizá despojada de su propiedad y lo peor, se dijo, que desapareció la última versión  de su clásico “Diccionario biográfico de mujeres argentinas” volcado por ella en la computadora con múltiples actualizaciones, ampliaciones  y correcciones.
                                          Muy extraña resulta esa pérdida, porque además de hacerlo en la PC, un instrumento que manejaba con pericia digna de alguien con muchas décadas menos, copiaba en resguardo de eventualidades cada documento modificado en un diskette cuando los había y al aparecer en el mercado el pendrive, en ese otro soporte más seguro.  Será cosa entonces de agotar la búsqueda de tales elementos sin darnos por vencidos en la tarea, porque la obra de Lily en rescate de la memoria de miles de mujeres nativas o avecinadas en el país, constituye un inestimable patrimonio cultural de la Nación y en cuanto a su agotado Diccionario,  ya se empieza a conocer por “el Sosa de Newton”, como una suerte de “Moliner” local, por cierto no gramatical y sí biográfico e imbuido de un feminismo esclarecedor y no dado a la confrontación, aunque fruto digno de parangonarse en laboriosidad y erudición en su materia con el mítico “Diccionario del uso del español” de la filóloga zaragozana.  
                                         Sé de las puertas que infructuosamente tocó para conseguir que fuera reeditado; las primeras ediciones son de Plus Ultra, editorial  donde se desempeñó mucho tiempo en las funciones de directora de prensa y relaciones públicas.  Hace alrededor de un quinquenio comentaba ilusionada que el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires o su Ministerio de Cultura tenían intenciones de hacerlo, lo que no ocurrió y la desalentó bastante. 
                                    Esta mujer de excepción nacida en Morón en 1920 y fallecida en Ciudadela el 13 de mayo de 2017, fue pionera en el estudio de las figuras de su sexo de actuación en las más diversas actividades, como las letras, las artes, la actuación, las ciencias, las profesiones liberales, la beneficencia, la política y el deporte. Notorias algunas y menos buena parte de las incluidas, Lily en tanto investigadora insomne, rastreó en archivos y bibliotecas biografías y bibliografías de ellas y sobre ellas y reunió  así miles de fichas no sólo para el Diccionario sino también para otros libros de su autoría como “Las argentinas de ayer a hoy” (1967), “Narradoras argentinas” (1995), “Las protagonistas” (1998), “Las argentinas y su historia” (2007) y numerosos artículos dados a conocer en diarios y revistas especializadas. Antecedentes en el tema como “Mujeres de América”, de Juan José de Soiza Reilly (1930)  o  “Grandes mujeres de América” (1945) de J. Luis Trenti Rocamora, aparte de extenderse a figuras de la Colonia y patricias de otros lugares del Continente, centraron la atención no en personalidades desconocidas sino en todo caso olvidadas. En cambio la tarea suya  fue circunscripta al país y dirigida a toda mujer que valiera la pena memorar.
                                 Obras ajenas a su pluma como el opúsculo “Genio y figura de mujeres americanas” de Amalia René S. del Castillo (1985), el libro colectivo “Mujeres argentinas” (1998), que prologó María Esther de Miguel y es una selección de textos debidos, entre otras creadoras, a Alicia Dujovne Ortiz y Marta Cichero o “Mujeres salteñas”, de Roberto G. Vitry,  por citar tres ejemplos, tienen mucho de su impronta reivindicativa de la  “mitad invisible de la historia” según el titulo del historiador Luis Vitale. Otro tanto puede decirse  de la labor de su elogiada amiga Ana María  Cabrera, que noveló las existencias de  Macacha Güemes, Felicitas Guerrero y Regina Pacini de Alvear,  una demostración de hasta qué punto la labor precursora de Lily Sosa de Newton abrió surcos y que el tema femenino de sus afanes es en verdad inagotable y posible de tratar desde diversas ópticas y géneros literarios. En ese sentido juzgaba anticipadoras de la novela histórica centrada en personajes femeninos a María Alicia Domínguez con sus libros sobre Mariquita Sánchez y Margarita Weild de Paz y a Martha Mercader con “Juanamanuela, mucha mujer”. 
                                No fue sin embargo la mujer el único interés que transitó dado que también publicó -en 1981- y fue laureada por él, un ensayo sobre Hilario Ascasubi que dio a conocer Eudeba en la colección Genio y Figura; ello sin dejar de mencionar los documentados estudios biográficos de los próceres  Lavalle, Dorrego, Paz y Aráoz de Lamadrid que escribió y se divulgaron en las décadas del sesenta y setenta.
                               En las numerosas entrevistas que se le hicieron no se cansaba de subrayar hasta qué punto la vocación literaria que siempre tuvo y no logró frustrar su padre cuando le impidió concretar el propósito de ingresar a la Facultad de Filosofía y Letras luego de graduarse como maestra normal -“Una hija mía no va a ir a machonear a la Universidad”, contaba que le advirtió-, pudo desarrollarla plenamente a partir de su casamiento a los veinte años con Jorge Newton, que le llevaba otros tantos. Un novelista con todas las letras, asomado a la cuestión social desde su ideario anarcosocialista, dramaturgo, periodista  e historiador; además de haber sido un militante de la libertad, que combatió en su juventud en la Revolución Mexicana y se vinculó con Lázaro Cárdenas. El matrimonio vivió en varias ciudades del interior del país donde desempeñó un periodismo  de información y opinión sin concesiones a las oligarquías locales, el contestatario descendiente del estanciero inglés Richard Black Newton, uno de los fundadores de la Sociedad Rural Argentina y primer alambrador del campo argentino. (“Alambren, bárbaros” con su ejemplo reclamaba Sarmiento a los hacendados criollos.)  
                                        Estuvieron juntos en Venezuela cuando el general Perón, con el que trabaron relación, se hallaba exiliado en Caracas.  Sin embargo Lily en su  sencillez jamás abrumaba con anécdotas y recuerdos personales a sus visitantes. En cambio vivía para los proyectos intelectuales y, lejos de toda torre de marfil, también para la sociabilidad.
                                         Doy fe de cómo la colmaba de felicidad  encontrar un dato nuevo o modificar uno erróneo. De allí la obsesión por corregir y ampliar su Diccionario y lo irreparable del extravío de sus últimas enmiendas y ampliaciones.  Nunca  cerraba para siempre una investigación aunque la hubiera dado a conocer en letras de molde.                                         
                                       Me acuerdo que en una ocasión le mencioné que en un capítulo de “Las argentinas de ayer a hoy”, había escrito sobre mi antepasada, la salteña Javiera Molina y Gallo,  quien víctima de un caso de bigamia y habiendo caído en una suerte de delirio místico al sentirse en forma absurda culpable, empleaba cilicios y disciplinas sangrientas a imitación de Santa Rosa de Lima. Más que a la historiadora, a la mujer moderna que era Lily, conciente de su identidad y responsabilidad familiar y social, la turbaba esa tragedia shakespiriana acaecida en tiempos de la Guerra de la Independencia, cuando en el ejército patriota actuaba el coronel Toribio Dávalos hasta que su jefe: Manuel Belgrano, lo condenó por bígamo al destierro en la Patagonia y a la pérdida del empleo y honores militares. Me pidió que le acercara más elementos sobre el tema y le fotocopié cartas de doña Javiera dirigidas a su hijo, el después gobernador de Salta doctor Benjamín Dávalos de Molina. Quedamos incluso en que vendría a casa a tomar el té y ver el cilicio de aquella lejana abuela paterna, conservado en una caja de madera en el “Sancta Sanctorum” familiar. Pero parece ser que estuvo más próximo el mil ochocientos y tantos al que nos remitió aquella charla histórico genealógica que el dos mil y pico del que por unos instantes nos evadimos; la conventual Salta del Ejército del Norte, de Rondeau y de Güemes y sus infernales que el barrio de Flores con sus motochorros y sus veredas rotas en las que razonablemente temía caer. Y fue así que los temas y los sinsabores de la vida ciudadana postergaron “sine díe” su visita.
            

 (Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa el 24 de septiembre de 2017)

jueves, 7 de septiembre de 2017

UNO DE LOS GRANDES MÉDICOS DEL NOROESTE ARGENTINO: JOBINO SIERRA IGLESIAS


El doctor Jobino Pedro Sierra Iglesias nació un 6 de septiembre, cuando esa fecha aún no tenía connotación negativa para la República, pero que al coincidir con su aniversario sin duda por la ley de las compensaciones, debiera quedar en mucho reivindicada y hasta inscripta en las efemérides de la ciencia médica argentina y de la historiografía científica del país.
Sí, nació o lo nacieron un 6 de septiembre de 1923 en Colonia Barón, en el entonces Territorio Nacional de La Pampa. Su infancia trascurrió bajo la administración progresista del dirigente radical Jorge Moore, varias veces Intendente Municipal de Bahía Blanca y designado en el cargo de Gobernador del Territorio, por el presidente Marcelo T. de Alvear -con acuerdo del Senado de la Nación- en octubre de ese año.
Y será del caso recordar asimismo que Sierra Iglesias llegó a la vida apenas cincuenta y cuatro días después que René Favaloro, quien haría con el tiempo sus primeras armas médicas en la pampeana localidad de Jacinto Arauz a unos doscientos kilómetros de Colonia Barón. Coincidencia de fechas y de lugares que daban para pensar a don Jobino, por cierto tan orgulloso de haber sido médico rural como lo era invariablemente el nombrado Maestro de la cardiocirugía.
Siempre he sido y sigo siendo un médico rural que a vivido a pleno su vida profesional, que piensa que gran parte del potencial científico de la medicina está en la escondida fortaleza de los médicos del interior”, escribió Sierra Iglesias al comienzo de su libro de quinientas treinta páginas Salvador Mazza redescubridor de la enfermedad de Chagas”, publicado por la Universidad Nacional de Jujuy en 1990. Es que tener alma de médico es un don tan exclusivo como poseerla de poeta; y además un desafío de vida parecido y nada fácil de llevar a buen término. Sólo que cuando se malogra un poeta quedan versos por decir, lo que no es poco, y cuando ocurre lo propio con un médico filántropo son seres humanos los que sobreviven o mueren huérfanos de atención y de consuelo físico y espiritual.
El doctor Sierra Iglesias cumplió con creces con su vocación de curar para bien de sus pueblos adoptivos, las comunidades jujeñas -a merced de las políticas impuestas por los “trust” azucareros- de Calilegua, San Pedro y La Esperanza, o de sus antiguos pacientes del Hospital Guillermo C. Paterson.
Allí fue médico de guardia, jefe de sala, jefe de servicio, jefe de departamento y llegó a ocupar la dirección, nunca en función burocrática de empapelador del sufrimiento ajeno sino en abnegado ejercicio profesional, capaz de suplir la falta de personal con sobrecarga de trabajo sobre sus hombros; las carencias de instrumental con ingenio y disposición; los problemas de infraestructura arremangándose el guardapolvo y los recortes de presupuesto acudiendo en ocasiones a su bolsillo para cubrir necesidades perentorias.
Experimentó en fin, en carne propia, que la medicina puede ser a veces, “la carrera más ingrata de todas las concebidas por el hombre”, según nos lo manifestó en una carta el doctor Esteban Luciano Maradona, aquel heroico “Médico de la Selva”, título que presentaban impresos los sobres de su correspondencia postal.
Sierra Iglesias no sólo diagnosticó enfermedades individuales, endemias y males sociales y salvó vidas condenadas por el subdesarrollo estructural, existencias sumergidas en La miseria de un país rico que denunciara en 1927 un libro, silenciado por las oligarquías, de Benjamín Villafañe (1877-1952), ex Gobernador de Jujuy y Senador Nacional por la Provincia hasta 1943, sino que enseñó a hacerlo a sus discípulos al mismo tiempo que con ahínco se embebía de ciencia y recibía lecciones de humanidad concreta, más que abstracta deontología profesional, de sus maestros en el afecto y la devoción sobre los que escribió estudios imprescindibles en la bibliografía histórica de su disciplina.
Así fueron surgiendo sus libros: “Vida y obra del doctor Guillermo Cleland Paterson,  “Carlos Alberto Alvarado, su contribución a la Medicina Sanitaria Argentina”, o “Salvador Mazza, la MEPRA de Jujuy y los médicos mendocinos”. Ello sin olvidar sus aportes a la historia de la epidemiología, que desarrolló en su quinta tesis doctoral presentada y aprobada “Cum Laude” por la Escuela de Postgrado de la Facultad de Medicina de la Universidad del Salvador y que versa sobre el Cólera en los años 1886-87 y su incidencia en las provincias de Salta y Jujuy.
No lo conocí en persona, aunque allá por los setenta de la pasada centuria estuvo varias veces en la casa paterna, en la ciudad de Buenos Aires, para recabar datos sobre Salvador Mazza que volcaría pronto en su biografía del sabio. Pasaron los años y en el verano de 2005, precisamente cuando me disponía a redactar un trabajo sobre la correspondencia intercambiada a partir de 1942 entre el patólogo fallecido en Monterrey (México) y Carlos Gregorio Romero Sosa, llamé por teléfono al doctor Sierra Iglesias a Jujuy.
Me bastó entonces con escuchar su caluroso saludo inicial para reconocer en esa voz de asimilada tonalidad norteña, la que daba cuenta de sus décadas de residencia en las tierras que misionó San Francisco Solano, al hombre dueño de un superior espíritu, al sabio ajeno a la pose olímpica, al amigable cómplice de los estudiosos dispuesto a colaborar con ellos sin guardarse datos ni callar intuiciones que pudieran orientarlos.
Entre otras cosas me comentó casi en chiste que presentaba tesis doctorales en diferentes universidades argentinas porque no era afecto a perder el tiempo y porque al estar jubilado podía dedicarse por completo a la investigación. De su generosidad hasta pintoresca hablaba su confesión avergonzada de no tener libros suyos para obsequiar a los amigos, es que al salir las ediciones  de las imprentas, no reservaba para sí más que uno o dos ejemplares que al cabo también se le traspapelaban en la biblioteca.
Ante la confidencia y para obtener su volumen sobre Mazza, recurrí a los buenos oficios de Gregorio Caro Figueroa que a poco me lo remitió. Lo leí, aprendí mucho en sus capítulos y por supuesto lo cité en mi ensayo publicado en la revista cultural salteña “Claves”.
Vencido ese escollo bibliográfico y después de mantener algunas otras esporádicas comunicaciones telefónicas con el autor, no supe nada más de él hasta la semana pasada, cuando me informé por el periódico digital de Tartagal  “Norte del Bermejo”, que dirige la periodista, poeta  y estudiosa de temas antropológicos Marta Juárez,   sobre su deceso en San Salvador de Jujuy a los ochenta y cinco años de edad.
Frente a la noticia tuve la sensación de que dejé pendiente una deuda conmigo mismo, incobrable ya. El pasivo de no haber continuado el diálogo con el doctor Jobino Pedro Sierra Iglesias, aunque fuera por teléfono y a onerosa larga distancia.

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(Carlos María Romero Sosa, se publicó en SaltaLibre. Net, el  21 de julio de 2009)