domingo, 26 de agosto de 2018

SAN AGUSTÍN

In interiore homine habitat veritas
San Agustín


¿Acierto o me extravío por mi senda?
Debe el alma ser meta,  donde espera
desnuda la Verdad,  blancor de cera,
a la que doy cegueras como ofrenda. 

Y el nocturnal tanteo tras mi venda
de un espesor que calcular quisiera;
romero y penitente a mi manera,
herido quedo en la fatal contienda,

entre engaño y certeza: alud de piedras
lapidándome en medio de un incendio,
de Dios la chispa en combustión profana.

Voy  por sangres cerrando mi compendio;
trepando muros  aferrado a hiedras.
¿Pierde pie, en la Verdad, la duda humana?  


 (CARLOS MARÍA ROMERO SOSA, se publicó en La Prensa el 19 de agosto de 2018)

martes, 7 de agosto de 2018

EL REBELDE JULIO VÍCTOR GONZÁLEZ

    El martes 8 de noviembre de 1955, LA PRENSA  en la página 7, bajo otras noticias de carácter político y junto al anuncio de un acto de recordación al médico y dirigente del Partido Comunista Juan Ingalinella, desaparecido y asesinado en Rosario durante una sesión de tortura en junio de aquel año, daba cuenta del fallecimiento -el día anterior- del doctor Julio V. González. Luego de destacar su trayectoria de hombre público y publicista, informó que sus restos fueron sepultados en el cementerio de Olivos.  Por su parte el diario La Nación, en la nota necrológica que le dedicó en esa misma fecha, resaltó que el socialismo del hijo rebelde de Joaquín V. González, que ciertamente un conservador progresista, no obedecía tanto a coincidencias económicas con el partido fundado por Juan B. Justo en 1896, sino en la severa conducta política en pro de un mejoramiento colectivo enraizado en gran parte en lo intelectual.  Una formulación  con la que cabe coincidir a la luz de las obras escritas y la acción legislativa del doctor González. Porque en efecto simpatizó con la planificación económica llevada a cabo en la Rusia Soviética a la que juzgó a poco de ocurrida la Revolución de Octubre: “Símbolo de un idealismo rebelde y reconfortante” y en un artículo aparecido en la Revista de Filosofía -lo anota el “Diccionario Biográfico del a Izquierda Argentina” (2007) dirigido por Horacio Tarcus- llegó a exaltar la figura de Lenín. En tanto varios de sus correligionarios se manifestaban librecambistas, obsesionados por la moneda sana y carecían de visión latinoamericanista.
   Consecuentemente en el plano de los recursos naturales González era estatista y nacionalista, sobre todo en materia petrolera: “No existe país en el mundo, grande o pequeño, débil o poderoso, con o sin petróleo en su subsuelo, que no entienda el control absoluto del Estado sobre esa precioso e indispensable sustancia mineral”, escribió en su libro de 1947: “Nacionalización del petróleo”, donde  criticó la política  a su juicio ambigua del primer gobierno de  Perón, que: “sale por la puerta de la nacionalización y vuelve por la de la sociedad mixta. Otro militar será en cambio merecedor de su admiración en la materia: el general Enrique Mosconi,  quien había sostenido que en el tema del petróleo: “No queda otro camino que el monopolio de Estado en forma integral.” En esa misma línea de nacionalismo económico antiimperialista y antioligárquico,  en la Cámara de Diputados a la que ingresó en 1940 por la ciudadanía porteña en la misma lista que los también electos miembros del Partido Socialista: Américo Ghioldi, Silvio Ruggieri, Juan Antonio Solari y Carlos Sánchez Viamonte,   interpeló al ex presidente de la Sociedad Rural Argentina devenido ministro de agricultura, Cosme Massini Ezcurra, al tiempo que denunció los negocios de la multinacional Standard Oil: “La Nación se halla a merced del capital extranjero que opera en nuestro territorio.”
                                                               
 HERMANO DE “MIS MONTAÑASy “LA TRADICIÓN NACIONAL

  Julio Víctor González, nació en 1899 y era el quinto  de los diez hijos del autor de “Mis Montañas” y “La Tradición Nacional” y de su esposa Amalia Luna Olmos. Cuenta su amigo el caricaturista Ramón Columba en “El Congreso que yo he visto” (1978), que le llamaban familiarmente “Bebe” (Más tarde su apodo fue “Palito, debido a su quijotesca figura). En las huellas de su padre, traductor de las Rubaiyat de Omar Kayyan, estudió “La interpretación de la naturaleza en los poetas persas”, un ensayó dado a conocer en la revista “Nosotros” de Roberto Giusti y Alfredo Bianchi.  Se graduó como abogado en la Universidad Nacional de La Plata. Fue profesor de Historia de las Instituciones Políticas Argentinas  en esa casa de estudios, hasta ser cesanteado por la dictadura de Uriburu que lo encarceló acusado de “agitador reformista”. Su libro “Historia Argentina. La era colonial” publicado en 1957, es decir después de su muerte, es en gran medida resultado de sus clases universitarias. Así como revelan la vocación por el Derecho Constitucional y la Ciencia Política tanto su análisis sobre “La filiación histórica del gobierno representativo argentino” de 1937, como la interpretación positiva de Gaspar Mechor de Jovellanos y la influencia del  “Informe sobre Ley Agraria” del asturiano en el pensamiento de Manuel Belgrano y Mariano Moreno, que desarrolló en el libro “Jovellanos y la emancipación argentina” (1945). 

  Reintegrado a sus cátedras en La Plata fue nuevamente exonerado de ellas  bajo la intervención de Ricardo De Labougle y otra vez detenido por el golpe militar de 1943. Una clara manifestación de  los errores y sectarismos de esa asonada llena de contradicciones internas, que tan pronto permitía que germinara en su seno la política pro obrera del entonces coronel Perón, como prohibía el lenguaje lunfardo en los tangos, ungía ministro de Justicia e Instrucción Pública al escritor antisemita Gustavo Martínez Zuviría  o designaba interventor de la Universidad Nacional del Litoral al autoproclamado reaccionario Jordán Bruno Genta, asesinado en 1974 por el ERP. (Genta fue destinatario tras su nombramiento de la crítica de Arturo Jauretche en su texto: “La falsa opción de los dos colonialismos”, lo que  le valió al forjista un juicio por desacato y hasta unos días de prisión). Con respecto a la década del primer justicialismo en el poder iniciada en 1946, González si bien fue por idiosincrasia liberal un severo crítico de todo avance contra las libertades individuales y por aristocracia espiritual repudió la demagogia, llegó a cuestionarse la razón por la que las masas obreras se alejaron del socialismo y polemizó  con la derecha del partido encabezada por Ghioldi, en concordancia con otras figuras partidarias como Enrique Dickman, Carlos María Bravo o Dardo Cuneo, ello sin contar a los socialistas que abiertamente se sumaron al peronismo como el canciller Juan Atilio Bramuglia, el dirigente sindical de los empleados de comercio y después ministro del Interior Ángel Borlenghi, Manuel Ugarte, designado embajador en México y Nicaragua o  Joaquín Coca, ex legislador nacional, periodista y autor del libro “El contubernio”.  Comenta al respecto Vicente Osvaldo Cutolo en “Buenos Aires: historia de las calles y sus nombres” (Tomo I, 1988), que González “cuando apareció el peronismo no aceptó la interpretación que lo definió como un fascismo vernáculo, y quiso indagar sobre el fenómeno político, buscando los aspectos positivos, denunciando sus limitaciones y errores.”

EL REFORMISA UNIVERSITARIO

  En este año 2018, cuando se conmemora el centenario de la Reforma Universitaria, es de advertir que poco se menciona a González, uno de sus ideólogos y protagonistas y como tal reconocido en su hora al par que Alfredo Palacios: “Maestro de la Juventud”. En efecto, a poco de iniciarse el conflicto viajó a Córdoba en representación de la Federación Universitaria de La Plata –“La primera tentativa de reforma se llevó a cabo con la fundación de la Universidad Nacional de La Plata”, concluyó Carlos Sánchez Viamonte-  y su ideario juvenilista, en buena medida influenciado por José Ingenieros, el “arielismo” del uruguayo  José Enrique Rodó, el “raciovitalismo”  de Ortega y Gasset  y a tono con el “Paso a los jóvenes” que había reclamado ya en 1896 desde las columnas de “El Tiempo” el entonces “poeta socialista” Leopoldo Lugones, según la calificación de Rubén Darío, se plasmó en los sucesivos volúmenes: “La revolución universitaria” (1922), “La reforma universitaria” (1927 y “La emancipación de la universidad” (1929). Pero no  quedó en la teoría o en el recuerdo de las épicas jornadas cordobesas vividas junto a Deodoro Roca, Gregorio Bermann, Saúl Taborda, Ismael Bordabehere, Emilio Biagosch y tantos otros, su programa y toma activa de posición por una Universidad nueva y abierta a la modernidad y al pueblo, con cogobierno estudiantil, docencia calificada, libertad de cátedra y carente de rigores dogmáticos, algo que por cierto escandalizó a los sectores de poder  y al mismísimo  obispo de Córdoba, el franciscano Monseñor Zenón Bustos y Ferreyra, que en su carta pastoral “La revolución social que nos amenaza” combatió la acción de los jóvenes alzados en la Casa de Trejo.    
  Como bien han recordado en el libro “Los reformistas” (1968) sus autores  Alberto Ciria y Horacio Sanguinetti, en junio de 1925 González, miembro del Consejo Directivo de la Facultad de Derecho de la UBA,  redactó de su puño y letra la impugnación al decano Ramón Castillo, documento suscripto también por Carlos Sánchez Viamonte y Florentino V. Sanguinetti, reclamando entre otras cuestiones  al  después Presidente de la Nación, haber recibido al príncipe Humberto heredero de la dinastía de los Saboya, en agravio de  la tradición democrática y los principios universitarios.
  Su gravitación en el campo reformista resultó tal que en 1929 el alumnado de la Facultad de Derecho de la UBA lo proclamó Decano Revolucionario. Intentó fundar un Partido Reformista con un trasfondo socialista, (antes había militado en la Democracia Progresista); proyecto que no llegó a cuajar, en parte por el advenimiento del golpe militar del 6 de septiembre de 1930, al que consideró una “restauración oligárquica” y a partir del cual  no sólo se rompió el orden constitucional  sino que se impugnaron desde el poder tanto los afanes de la Generación del 18¨, iniciándose la etapa antirrefomista con las intervenciones a las universidades nacionales –Alfredo Palacios, decano de Derecho (UBA) desde 1930, fue destituido-  y la aprobación en 1931 de un estatuto que limitaba  la participación estudiantil en el gobierno de la Universidad, como así también se revió la política petrolera nacionalista de Hipólito Yrigoyen y el general Mosconi.
  La empresa YPF en ejercicio del monopolio de nuestra riqueza de hidrocarburos y la Reforma que conquistó  la “Universidad señorial” (para) “el hombre libre” al decir de Aníbal Ponce en 1935; una Universidad donde  los pobres puedan concurrir  como de hecho lo vienen haciendo –algo que parece desconocer la  gobernadora bonaerense Vidal en sus declaraciones con alta propagación mediática-,  fueron dos progresistas y patrióticos desafíos que convocaron siempre el nervio y la mente del doctor Julio Víctor González. Un rebelde con causa al que homenajea una calle que rodea la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales porteña, así designada desde  1960 por Ordenanza Número  16358.


(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa el 29 de julio de 2015)                     

sábado, 4 de agosto de 2018

UNA ORIGINALIDAD ARGENTINA: REPETIR EL JARDÍN DE INFANTES


                                                                     
                                                                        Fue la poeta y juglar María Elena Walsh quien acuñó en 1979 la expresión “País jardín de infantes”. Una imagen  que hacía referencia en momentos de dictadura militar,  a los desvaríos de la censura y el silencio sobre  múltiples temas exigido desde las esferas oficiales: “Cuando ya nos creímos libres de brujos, nuestra cultura parece regida por un conjuro mágico: no nombrar para que no exista.” Y aunque la escritora no lo decía, lo peor del caso era que toda la represión  era aceptada, de algún modo, por la inmadurez y la ciclotimia de gran parte de los habitantes, triunfalistas y patoteros en el fútbol, pero desinteresados en imaginar grandes epopeyas nacionales, en las que resultara necesario jugarse o exponer algo más que una ronquera gritando un gol de la Selección. Eran otros tiempos y entre tamañas desventuras no se hablaba entonces de “bullyng” escolar, algo que desnuda hoy la crueldad infantil y que hace mirar con cierta preocupación el mundo de los niños. 
                                                                       La Argentina del presente sigue siendo ese Jardín de Infantes, poblado con gente ciclotímica e irresponsable como lo muestran los índices de accidentes de tránsito, y dirigentes políticos corruptos  carentes de  criterio, vocación por el bien común y  en consecuencia afectos a callar la realidad o disfrazarla con estadísticas mendaces. Tanto aquellos que desde el poder son  capaces de destruir la calidad de vida de grandes sectores de la población, arrastrándolos a condiciones infrahumanas al  hacer de los servicios de agua, electricidad, gas y  transporte público bienes imposibles de pagar, y también los otros de la presunta oposición -los Picheto, los Urtubey, los Massa, etcétera-, colaborando, con el argumento de la defensa de la institucionalidad más allá de algunas críticas puramente formales, con el plan económico hambreador del pueblo al servicio de los grupos adinerados del país  y del  capitalismo internacional.
                                                                  En tanto la sociedad, con honrosas excepciones,  más que reunida para epopeyas colectivas con antecedentes que van quedando cada vez más lejanos –las huelgas revolucionarias de la FORA anarquista; el “Ultimo Malón” de los aborígenes mocovíes  en 1904;  la elección de Alfredo Palacios como primer diputado socialista de América  ese mismo año con el voto de la barriada popular e inmigratoria de la Boca del Riachuelo;  el Grito de Alcorta de los chacareros pobres de 1912; la rebelión estudiantil reformista de 1918; el 17 de octubre de 1945; la resistencia peronista, el Rosariazo y el Cordobazo de 1969; las rondas de las Madres de Plaza de Mayo y la masiva irrupción del movimiento de Derechos Humanos como respuesta al golpe de 1976 y el genocidio subsiguiente; el estallido social que se llevó puesto a Cavallo-De la Rúa  y su plan recesivo y entregador de soberanía a los intereses financieros en diciembre de 2001, entre otras gestas-,  parece estar distribuida en rincones jardineros. Y lo peor es que pocos son los que atienden al suyo.
                                                                Así se plantean grandes debates que acaban en groseros tironeos de fanáticos. Uno de ellos ha sido el tema de la legalización del aborto. No se han escuchado en las audiencias públicas  llevadas a cabo en el Senado de la Nación, líneas intermedias ni puente alguno tendido entre posiciones irreconciliables: todo se reduce a actitudes binarias y maniqueas; sin voces capaces de repudiar a la vez el jolgorio de muchos, muchas y muches ante la posibilidad de aprobar  la interrupción voluntaria del embarazo y con la misma fuerza oponerse al retorno de la inquisición con sus autos de fe  de la mano de grupos autodenominados “ProVida”, con integrantes que ahora descubren la beatitud del Papa Paulo VI por su discutible encíclica de 1968 “Humanae Vitae”, contra la píldora anticonceptiva, cuando sus mentores de ayer como el ultraderechista Carlos A. Disandro, ideólogo de la parapolicial CNU, gustaban  tratarlo de apóstata y arriano debido a la apertura demostrada en otros órdenes por ese Pontífice, como su ecumenismo y la objeción a culpar al pueblo judío por la muerte de Jesús.
                                                            Unos y otros fueron  distorsionando el sentido de  la discusión, al punto que algunos antiabortistas no sólo se oponen al aborto legal o desincriminado, sino que critican la educación sexual que enseña a evitar embarazos no deseados; llegándose al extremo que un médico vinculado con los sectores más conservadores del gobierno del que su ONG recibe abultados subsidios, llegó al absurdo y la inconciencia criminal, de cuestionar el uso del preservativo contra toda razón científica y humanitaria frente a flagelos como el SIDA y demás enfermedades de transmisión sexual.
                                     La Iglesia Católica -a la que pertenezco- lógicamente es antiabortista y mueve en bloque su influencia en ese sentido, lo cual lleva a pensar cuántas vidas se hubieran salvado de haber tomado una actitud tan clara y compacta frente a la dictadura genocida de Videla y sus secuaces. Para no ser injusto recordaré que no precisamente desde la tribuna abierta en el Congreso, sino trabajando en los barrios más carenciados, los curas villeros como el padre Pepe Di Paola o el padre de Lorenzo de Vedia –en 2017 prepoteado por integrantes de la Prefectura Naval-, además de cuestionar el aborto por momentos con argumentación de difícil verificación el primero de los nombrados, como que la proyectada ley que se discute responde a una imposición del FMI, dan contención efectiva a las mujeres embarazadas y no señalan con el dedo acusador a las que interrumpieron o interrumpen el embarazo. Nada que ver con el fariseísmo de ciertos sectores  “ProVida”, que hasta hace muy poco criticaban con saña el hecho que “los pobres tengan muchos hijos”,  y ahora se rasgan las vestiduras frente al drama –que lo es en cualquier caso- del aborto.   
                                                            Macri, quien abrió la caja de Pandora al promover este debate legislativo, se siente tironeado tanto por sus votantes ultras, más inquisitoriales que Torquemada y Eymeric juntos, como por los más progresistas que integran su espacio neoliberal. Entonces acaba de sacar otra carta de la manga: el Decreto 683 sobre las reformas del rol de las Fuerzas Armadas en la Defensa Nacional, algo que contradice la legislación vigente en la materia, fruto del consenso social después de la experiencia del terrorismo de Estado y los 30.000 desaparecidos. Tal nuevo instrumento, a todas luces repiquetea como aprestos  de  represión ya que más que una maniobra de distracción  aconsejada por el inefable asesor Durán Barba, podría decirse  que es una táctica para curarse  en salud, ante la creciente conflictividad social resultado del plan económico de ajuste perpetuo acorde con los dictados, esos sí indudables,  del FMI.
                                                          Todo vale en este kindergaten inimaginado por Friedrich Fruebel, pero anticipado por nuestra María Elena Walsh. Así hay que hacer alharaca con las por cierto torpes declaraciones recientes del dirigente piquetero Luis D´Elía sobre que habría que fusilar al ingeniero Macri en la Plaza de Mayo. Lo ilustrativo es que sus detractores y denunciantes ante un Poder Judicial presto a encarcelar opositores –Milagros Sala cumple prisión preventiva en Jujuy (en la actualidad domiciliaria) desde pocos días después de la asunción del gobernador Gerardo Morales en esa provincia feudal, en diciembre de 2015-, suelen condolerse públicamente de los militares  condenados por crímenes de lesa humanidad, pedir su liberación y hasta exigirla como en  2015 en que desde un artículo editorial lo hizo (sería bueno saber quién fue su redactor) el viperino diario La Nación, por fortuna para la democracia sin eco alguno.  (La vomitiva “Tribuna de doctrina” según se autotitula La Nación, está tan “jugada por la vida” que el domingo 29 de julio del corriente publicó un artículo de fondo contra el aborto y el 30, en la misma sección pretende, a través de un libelo, encubrir el asesinato del obispo Enrique Angelelli perpetrado el 4 de de agosto de 1976 y dudar de su evangélica acción pastoral oponiéndose a la apertura de su  proceso de beatificación.)

        Los argentinos somos originales: repetimos el Jardín de Infantes, aunque no reprobamos ciertas asignaturas como la que podría llamarse juegos prohibidos al mantener el tic de elegir malos gobernantes; así como otra: amistades peligrosas,  según lo prueban los estrechos vínculos con el FMI, el Banco Mundial y la nueva “relación carnal” con los Estados Unidos de América.             

Carlos María Romero Sosa, se publicó el 4 de agosto de 2018 en la Revista Con Nuestra América, de San José de Costa Rica, y en Salta Libre.net.)                                             

martes, 17 de julio de 2018

DESPIDO EN TÉLAM QUE AGRAVIA LA CULTURA

  
   Tan injusto y arbitrario  como el resto  de las más de trescientas cincuenta cesantías ordenadas por el ingeniero Hernán Lombardi en  TÉLAM, notificadas días atrás, es el despido del destacado fotógrafo gráfico Carlos Brigo al que no tengo el honor de conocer personalmente. Sin embargo  yo como  muchos otros, recuerdo y admiro en él su arte comprometido con las causas nacionales y populares.
  Sin ir más lejos, Brigo nos emocionó hace poco, igual que a tantos compatriotas, al inmortalizar con su cámara el velatorio del sacerdote Luis Farinello, que cumplió su apostolado en los barrios más marginales de los empobrecidos cordones suburbanos  bonaerenses; nos llenó de rabia e impotencia con sus tomas de la actuación policial frente a manifestantes sin palos ni caras tapadas reprimidos en el contexto del tan mentado protocolo contra los piquetes o nos trasmitió el más noble  sentimiento de patriotismo –“Amar la patria es el amor primero/ y es el postrer amor después de Dios,” escribió en un soneto el padre Leonardo Castellani- con sus instantáneas de multitudes portando  la bandera argentina en las marchas recientes contra el FMI reunidas ante el convencimiento que “la Patria está en peligro”. 
  Pero asimismo, los que tenemos algunos años vividos, podemos recordar cómo despertó nuestro estupor allá por 1984 cuando la primavera democrática de Alfonsín,  su impactante trabajo de documentar en una foto histórica la actitud patoteril del militar genocida Luciano Benjamín Menéndez que cuchillo en mano intentaba arremeter  contra las Madres de Plaza de Mayo encabezadas por Nora Cortiñas, a la salida de Canal 13 luego de ser reporteado por Bernardo Neustadt y Mariano Grondona en el programa Tiempo Nuevo.  (También esa noche del 21 de agosto del 84´, un colega de Brigo, el también fotógrafo gráfico Enrique Rosito, de la Agencia DYN, captó otra imagen del mismo hecho que dio la vuelta al mundo.)                        

 Definitivamente la agencia oficial TÉLAM no puede prescindir de alguien de tal trayectoria, eso debiera saberlo el ingeniero Lombardi, tan obsesivo con hacerle ahorrar dinero al Estado, claro está que si no se trata de sus propios sueldos oficiales que de una manera u otra –salvo alguna breve interrupción-  viene percibiendo desde que en 1999 fue designado por el gobierno de la Alianza a cargo de la Secretaría de Turismo de la Nación. Y lo antedicho vale para el resto de los injustamente despedidos, algunos con serios problemas de salud según informaron y denunciaron varios órganos de prensa orales y escritos, y sin duda imprescindibles trabajadores todos de la información pública, actividad cada vez hoy más concentrada y en manos de los amigos del gobierno.
 Bueno sería entonces que el otro ingeniero, el presidente Mauricio Macri,  conociera el pensamiento hace pocos días manifestado por el Papa Francisco  en Santa Marta contra los medios que buscan destruir la comunicación libre, para entregar todo el aparato comunicacional a empresas que dicen falsedades y debilitan la vida democrática.-


(Carlos María Romero Sosa, se publicó en la Revista Con Nuestra América, de San José de Costa Rica, el 14 de julio de 2018 y algo más reducido en la sección Correo de Lectores de La Prensa del mismo día.-)
  


sábado, 7 de julio de 2018

ARGENTINA: DÓLAR IMPARABLE: EL AMARGO TÉ VERDE DEL MACRISMO

  
 Refiere Nietzsche en uno de los capítulos de su libro “Hecce Homo”, que en agosto de1881,  cuando caminaba a través de los bosques junto al lago de Silvaplana,  se detuvo frente a una imponente roca elevada en forma de pirámide no lejos de Surlei “a seis mil pies del hombre  y del tiempo”, con la intuición del eterno retorno. Yo vivo en el año 2018 y no estoy en el valle suizo de Engadina sino en la ciudad Autónoma de Buenos Aires: sin embargo me invade, no por cierto un pensamiento creador, sino otro de preocupación por el descalabro económico producto de la pésima gestión del ingeniero  Mauricio Macri y su equipo de empresarios y ex condiscípulos suyos del colegio secundario, hoy devenidos en  ministros del Poder Ejecutivo. Circunstancia que todo hace pensar resultará en otra de las cíclicas crisis terminales de las que aproximadamente cada década  resultamos víctimas los argentinos y cuyo primer síntoma es el desbocarse del dólar.  
  Se trata ciertamente de una suerte o para el caso mala suerte de eterno retorno, que poco tiene que ver con aquella fórmula suprema de afirmación que decía el filósofo alemán y en cambio pone en acto una decadente repetición de nuestro fracaso como sociedad, en gran medida responsable  de elegir pésimos gobernantes y apostar al triunfalismo futbolero, en cuestiones que hacen al bien común. Por de pronto  es esta una sociedad siempre propensa en su inmadurez a  tener a mano a frases echadas a rodar por la propaganda oficial,  en los multimedios monopólicos que  ahora sostienen y promueven este proyecto neocolonial y hambreador, igual que ayer al menemismo y anteayer a la dictadura y el plan de Martínez de Hoz bendecido por la Trilateral y Kissinger. Se trata de medios que son en verdad los mandantes de gobiernos antinacionales y  que a este presidente lo mantienen  a rienda corta dictándole lo que debe hacer. Ya antes de asumir el diario La Nación le indicó, con el viperino mensaje que caracteriza a la “Tribuna de Doctrina”, amnistiar a los militares genocidas presos. Concedámosle una a favor a Mauricio Macri: no lo hizo.
  Entre la opinión pública y la publicada debería haber un abismo, a juzgar por los intereses sectoriales del cuarto poder   enfrentados a la calidad de vida del común de la gente, salvo excepciones como el canal C5N con sus directivos presos.  No lo hay sin embargo y en cambio la pretendida inteligencia suele acuñar y difundir desde allí nuevas zonceras argentinas, con riesgo semejante para la Nación y el Pueblo a un reguero de pólvora. Así: “Si le va bien a Macri, nos irá bien a todos”;  un oxímoron a la vista del ideario neoliberal que en la campaña disimulaba el entonces candidato. Porque si tuviera éxito su plan y los números macroeconómicos le cerraran, esto acarrearía como contrapartida la recesión y la miseria imaginables, siendo los beneficiados los mismos sectores del privilegio que lo fueron siempre y lo siguen siendo ahora pese al abultado déficit fiscal: las oligarquías, el FMI y los usurarios acreedores de la deuda externa que el gobierno agigantó desde diciembre de 2015.   
  Con los que le creyeron, los que le quisieron creer y aquéllos a los que les convenía su triunfo electoral,  ganó las elecciones presidenciales en 2015, para disgusto de su padre el empresario Franco Macri,  prebendario pero poco  dado a equivocarse quien decía no verle manos para la política a su hijo. A renglón seguido comenzaron el mandatario y su famoso “equipo” en la terminología duranbarbista, con la tarea de ir destruyendo una a una las conquistas sociales, que incluso buena parte de sus votantes de clase media y de manera inverosímil de sectores humildes, esto último explicable sólo por el bombardeo mediádico antedicho,  daban por irreversibles. En lo que no mintió el ingeniero fue en el slogan de “Cambio”. Un cambio por cierto reaccionario mostrado al elevar hasta cifras delirantes e impagables el precio de los servicios de agua, electricidad y gas; modificar en  menos la fórmula de actualización de jubilaciones y pensiones, impedir la paritaria nacional docente; quitar retenciones a los eternos ganadores de la Sociedad Rural y a los empresarios mineros; favorecer al sector bancario y financiero en detrimento de la producción y embretar a la población con una inflación que día a día carcome sus ingresos. La fanfarroneada creación de puestos de trabajo del año pasado, se redujo a actividades precarizadas y a monotributistas; grupos que al presente son las primeras víctimas de la desocupación.   
  A poco la suerte de populismo de derecha,  del otrora sonriente y danzante candidato fue endureciéndole el gesto y ante la creciente protesta social apareció la amenaza de la represión; una respuesta oficial que se llevó primero la vida del joven artesano Santiago Maldonado cuando apoyaba las  reivindicaciones de los mapuches en la Patagonia y poco después, allí mismo, la de Rafael Nahuel en manos del grupo Albatros de la Prefectura Naval. 
  Para tranquilizar a los ultras y halcones que están a su derecha y exigen mano dura,  el Jefe de Estado anunció  el último 29 de mayo: Día del Ejército –y también aniversario del Cordobazo, porque la cronología suele hacer guiños de ojo en el juego de truco de la historia-  la necesidad de que  las Fuerzas Armadas  brinden apoyo logístico a las Fuerzas de Seguridad, para lo cual deberá  modificarse el Decreto 727/2006 reglamentario de la ley 23.554 que lo impide.  
  En tanto, la alianza “Cambiemos” va sin rumbo y no precisamente a los estadios del Mundial de  Rusia, descalificada la lamentable y caótica Selección Argentina en el partido con Francia. Va a los saltos con la inefable diputada Elisa Carrió mixturando politiquería barata con Ciencias Sagradas y proponiendo dar propina en una caricaturesca versión posmoderna de la Damas de Beneficencia del pasado, que la hacían en serio y tenían distinción y  refinamiento, cualidades de las que no  goza  la pretendida Fiscal de la República. Con el radicalismo apostatando de su tradición reformista y mirando para otro lado cuando la gobernadora bonaerense María Eugenia Vidal manifiesta que los pobres no van a la universidad. Y con sus casi aliados en el Congreso, como el oportunista ex UCD Sergio Massa, y entre los gobernadores  Juan Manuel Urtubey, toman ya prudencial distancia al oler como las mulas la tormenta en ciernes previendo que no habrá fácil reelección en el 2019 para Macri, que desde hace meses debe beber el amargo te verde de la corrida cambiaria.  
  Nada novedosa por lo demás resulta esta debacle. La naturaleza de las cosas, verbigracia del capitalismo periférico,  a más de la historia reciente enseñan que las experiencias neoconservadoras, por de pronto en la Argentina y el Tercer Mundo, están condenadas al fracaso, así gobernaran verdaderos estadistas. Cuánto más en el caso de ineptos bajo sospecha de corrupción o de “conflicto de intereses”, según el justificante eufemismo que gusta emplear la señora Laura Alonso, titular de la Oficina Anticorrupción del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación.-

(Carlos María Romero Sosa, se publicó en la revista Con Nuestra América, de San José de Costa Rica, el 7de julio de 2018)

jueves, 28 de junio de 2018

VICTORINO DE LA PLAZA

En 1949 León Rebollo Paz publicó el libro “Derqui, el presidente olvidado.”  El dato  viene al caso  por asociación, si se piensa que bastante después de esa fecha comenzó a analizarse con detenimiento la figura de otro primer mandatario de la República Argentina, que ejerció esta vez  en el siglo XX la más alta magistratura de la República: el doctor Victorino de la Plaza, figura en general tan ganada por el olvido a partir de su muerte en 1919, como lo fue  el cordobés de especial actuación en Corrientes estudiado por Rebollo Paz.  
 En efecto, salvo una nota de Estanilao S. Zeballos de 1901, dada a conocer en la Revista de Derecho, Historia y Letras; a  la obra de 1924  del  diplomático Belisario J. Montero: “Conversaciones sobre filosofía y arte. De mi diario”, que lleva por subtítulo “La filosofía del doctor Plaza”  y al estudio de Juan Manuel Albarracín “El doctor Victorino de la Plaza” y la crisis económica de 1875 a 1880”,  publicado en 1950, no abundó la bibliografía sobre él en la primera mitad del siglo pasado.
 Trascurrieron varias décadas hasta aparecer  ensayos fundamentales que revelaron aspectos de la vida y labor del estadista y jurista salteño. Así y sin ánimo exhaustivo cabe  citar a Atilio Cornejo y su obra: “Doctor Victorino de la Plaza. De escribano público a presidente de la República” (1980), a  Jorge M.  Mayer y su “Victorino de la Plaza: un eje institucional” (1995),  a Carlos María Gelly y Obes y  su “Victorino de la Plaza: el ciudadano, el mandatario” (1990), a Carlos Gregorio Romero Sosa y su ensayo genealógico: “Los de la Plaza o Plaza” (1996), a Jorge Reinaldo Vanossi y su extensa conferencia ofrecida en el CARI y editada en 2004: “Victorino de la Plaza. Tres momentos estelares de un hombre de Estado”, o al reciente libro de más de quinientas páginas de  Rodolfo Plaza Navamuel y Leandro Plaza Navamuel: “Don Victorino, el ciudadano ejemplar” (2016).  Todo ello  sin olvidar otros aportes previos debidos a Francisco Centeno, Juan Silva de la Riestra, Gustavo Gabriel Levene, Bernardo González Arrili, Ismael Bucich Escobar, Jorge Cabral Texo o Vicente Osvaldo Cutolo.
 Y en el año 2017 apareció  “Don Victorino íntimo”, de Silvia Martha de la Plaza, artista plástica, escritora, docente en establecimientos secundarios, productora rural en la provincia de Buenos Aires y  sobrina nieta del evocado. En ese carácter es depositaria de valiosos documentos familiares vinculados a la figura de su ilustre pariente que ahora, con buen criterio,  hace públicos.
 El libro de setenta y seis páginas no pretende historiar al detalle su existencia  desde el inicial y modesto trabajo como escribiente en la escribanía de Mariano Zorreguieta, en la ciudad de Salta.  Y después profesor de filosofía en el Colegio Nacional Buenos Aires designado por Sarmiento;  colaborador de Vélez Sarsfield en la redacción del Código Civil;  Procurador del Tesoro de la Nación en 1874 en sustitución de Bernardo de Irigoyen y no de José Evaristo Uriburu como afirma alguna de sus biografías;  legislador nacional;  Delegado Financiero del Gobierno para tratar el tema de la deuda externa argentina;  varias veces ministro de diferentes carteras durante las administraciones de los presidentes Nicolás Avellaneda, Julio A. Roca  y José Figueroa Alcorta; y finalmente  Vicepresidente de la Nación en la fórmula encabezada por Roque Sáenz Peña y que a la muerte de éste completó su mandato y entregó el poder al electo presidente Hipólito Yrigoyen el 12 de octubre de 1916.  
 Sin agobiar con  datos y fechas, aunque también sin dejar margen a errores historiográficos o lagunas,  la autora  abrevó en fuentes inobjetables como el mencionado y completo trabajo del académico salteño Atilio Cornejo, al tiempo que incorporó testimonios documentales e iconográficos para avalar  las referencias de aquel estudioso. Así, por ejemplo, luce en una de las primeras páginas, la fotografía de doña María Manuela de la Silva Palacios, madre de Victorino, y en la siguiente una caricatura debida al lápiz de Ramón Columba dedicada en 1953 a la autora;  un dibujo inédito ya que  el libro de Columba: “El Congreso que yo he visto”, luce otra diferente.  Algo más adelante puede leerse copia de la carta que el 12 de abril de 1861 dirigió a María Manuela de la Silva  el General Urquiza informándole haber concedido a su hijo la  beca por ella solicitada para el Colegio Nacional de Concepción del Uruguay. Y completa las ilustraciones  un fragmento de su testamento ológrafo.
 El plan de la obra es cronológico y así se comienza por aclarar su lugar de nacimiento, contra algunas tradiciones sin mayor sustento fundadas en el hecho cierto de que no se ha encontrado la partida de bautismo de Victorino de la Plaza, nacido el 2 de noviembre de 1840. Una circunstancia que permitió suponer que su llegada a mundo  fue en Cachi, en los Valles Calchaquíes donde su padre tenía propiedades. Ciertamente un dato erróneo  repetido en varias de sus biografías como la que presenta el “Diccionario de Ministros”  (1998) de Osvaldo J. Sanguiao.  En cambio, según anota Cornejo y trascribe  Silvia de la Plaza como para concluir la polémica: “en la búsqueda que hice en la Parroquia de la Merced de Salta, cambié de opinión con motivo de un estudio más detenido sobre la personalidad del doctor de la Plaza que se publicó en el Boletín de la Academia Nacional de la Historia en 1965 y en el cual sostuve que el doctor Victorino de la Plaza no nació en la Valles Calchaquíes,  sino en la ciudad de Salta.”
 En otro capítulo se vuelca parte del diario, escrito sobre un cuaderno de tapas duras, donde narra sus vivencias de la Guerra de la Triple Alianza. Allí  actuó como voluntario junto a su hermano menor Rafael, nacido en 1844, después gobernador de Santiago del Estero y diputado nacional por esa provincia. En su caso cumplió las funciones de ayudante del coronel Julio de Vedia; y las páginas de ese diario escritas “con letra juvenil diferente a la clara y redondeada de más adelante”-aclara la autora-, abarcan desde el 23 de diciembre de 1865 hasta el 10 de abril de 1866. También hay fragmentos de los diálogos sostenidos en Europa con su amigo Belisario J. Montero (1857-1929) registrados con fidelidad por este publicista y decano, a la fecha de su muerte, del cuerpo diplomático argentino. Fue Montero una interesante figura de la generación nacida a poco de la batalla de Caseros y esos diálogos con su confidente de la Plaza muestran otras facetas del hombre de Estado, como ser su amor por la lectura y su condición de melómano, gustador y experto en óperas. Hasta se trascribe la  anécdota de haber podido escuchar de la Plaza y Montero una ejecución privada al piano de Franz Lizt, escondidos  detrás de unas cortinas del edificio donde el músico se hospedaba en Villa d´Este, Tïvoli. 
Sobre su afición por los libros cabe anotar por nuestra parte que donó parte de su numerosa biblioteca a su natal  provincia de Salta, la que llegó en tren en varios cajones durante el gobierno del doctor Joaquín Castellanos quien por decreto impuso el nombre del donante a la Biblioteca Provincial fundada en 1872. En años recientes y estando la institución  bajo la dirección del bibliófilo, historiador y periodista Gregorio Caro Figueroa, se comenzaron a fichar esos libros que constituyen el tesoro de la Biblioteca Provincial de Salta “Doctor Victorino de la Plaza”, habiendo sido bautizada la Sala del Tesoro con el nombre del historiador “Carlos Gregorio Romero Sosa”.   

A continuación hay referencias a su tarea de copista de los artículos del Código Civil que le dictaba el doctor Dalmacio Vélez Sarsfield, monumento jurídico que el cordobés compuso en un solar de la actual calle Gascón que hoy ocupa la manzana del  Hospital Italiano. La gran ciencia jurídica que caracterizó siempre a  de la Plaza, ha permitido suponer que la labor del entonces joven Victorino trascendió a la del mero  amanuense. Al cumplirse el cincuentenario del Código Civil, en 1919, disertó en la Universidad de Córdoba sobre el Código y su autor, que por otra parte había sido  padrino de su tesis doctoral presentada en la Universidad de Buenos Aires y referida  a “El crédito como capital”. 
Finalmente se trascriben algunas cartas obrantes en el Archivo General de la Nación, entre ellas la que dirigió desde Londres a Luis Sáenz Peña, rechazando el ministerio de Hacienda que el nuevo presidente le ofrecía, en razón de que “Después de una ausencia del país de cerca de ocho años, durante la cual por mis largos viajes no siempre he podido seguir el movimiento administrativo en lo interno  en tanto cúmulo de detalles, no sería quizá el más habilitado para formar un juicio completo de la situación y basar un plan general con el que pudiera iniciarse la nueva Administración.”  Y la enviada el 31 de marzo de 1917 al director del Museo Histórico Nacional, doctor Antonio Dellepiane, acompañando la banda y el bastón “que tuve el honor de usar durante mi desempeño en la presidencia de la Nación.”
Aunque indudable hombre del régimen conservador, y sin duda orgulloso de serlo, Victorino de la Plaza puede ser caracterizado en perspectiva como un conservador lúcido y en alguna medida progresista. Su espíritu democrático ha quedado plasmado para la historia en el fiel cumplimiento de la ley Sáenz Peña que informó su comprovinciano Indalecio Gómez; y en la entrega del poder al radical Yrigoyen.  Por otra parte, sin duda sus largas estadías en el Viejo Mundo le permitieron asomarse a la cuestión social con una visión más realista que la de muchos de sus compatriotas. No en vano promovió normas como el descanso dominical para la administración pública, hizo publicar oficialmente por el Ministerio del Interior un volumen sobre “La desocupación obrera en la Argentina” y sobre todo  promulgó como presidente la ley 9688 de accidentes de trabajo, directo antecedente de la Ley de Riesgos de Trabajo 24.557 de 1995 reformada por la ley 26.773 de 2012. Una revolucionaria iniciativa para le época del diputado socialista Alfredo Palacios que se tramitó entre idas y venidas desde 1912 en un Congreso francamente oligárquico que le opuso grandes resistencias. Al respecto  vale la pena leer la historia de la ley 9688 en el libro de su gestor Alfredo Palacios: “La justicia social” (Claridad, 1954). 
Otro aspecto para analizar y tal vez computar como positivo en su paso por la Casa de Gobierno, una cuestión no esbozada sin embargo en “Don Victorino íntimo”, fue haber sostenido  la neutralidad argentina durante la Gran Guerra. Por supuesto cabrá interrogarse si esa política internacional aparte de servir a los intereses nacionales  fue asimismo beneficiosa para Gran Bretaña que siguió recibiendo los productos primarios argentinos en el contexto de nuestra condición agroexportadora. Al llegar al poder Yrigoyen mantuvo  la neutralidad cada vez más combatida en el frente local. El caudillo radical juzgó la política de su antecesor “pasiva y claudicante” contra la “activa y altiva” que proponía,  según enseña el embajador doctor José R. Sanchis Muñoz en su  “Historia Diplomática Argentina” (Eudeba, 2010). Seguramente el juicio histórico ha de ser más aprobatorio para aquella primera neutralidad de las administraciones de Victorino de la Plaza e Hipólito Yrigoyen, con sus diferentes matices, que a la  sostenida durante la Segunda Guerra, bastante proclive al nazifascismo. Porque esa  neutralidad de los sucesivos  presidentes  Ramón Castillo y el general Pedro Pablo Ramírez en los  primeros tiempos de su gobierno de facto, fue  algo  que redundó, a las claras, en desprestigio para la República Argentina. 
                                                                   

(CARLOS MARÍA ROMERO SOSA, se publicó en el número 150 de la revista HISTORIA correspondiente a los meses junio-agosto de 2018.-)  

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(CARLOS MARÍA ROMERO SOSA, se publicó en La Prensa el domingo 10 de junio de 2018.-)