miércoles, 26 de diciembre de 2018

VILLANCICO

VILLANCICO

Credo quia absurdum

Aunque lo diga el reloj
y lo anuncie el calendario,
la fecha del Niño Dios
no cabe en día ni horario.

Van por mi vida y mi alma
el tiempo y la eternidad;
y ambos en la Navidad,
con felicidad me alcanzan.


La noche es la exacta imagen
del insondable misterio;
mas no en la que Jesús nace
quitando al arcano el velo.
Que en gracia de sencillez,
van los pastores benditos,
al Pesebre conducidos
por la estrella de Belén.


Siento culpas, tengo heridas;
hombre soy, ni asno ni buey
de mirar manso que  abriga
al Niño en su desnudez.

(Carlos María Romero Sosa. Se publicó en La Prensa, el 23 de diciembre de 2018)


domingo, 18 de noviembre de 2018

ITEMS II

ITEMS II



IMPREVISIÓN

Por no perderlos en el viaje,  
clavé en el aire los afanes;
y quedó el aire demorado
y en carne viva sufrí clavos. 



TAQUICARDIA SUPRAVENTRICULAR

Cuando el dolor de lo perdido
es el tic tac del corazón,
llevan la vida los latidos
al ritmo fúnebre del No.   



(Carlos María Romero Sosa, La Prensa 11 de noviembre de 2018)

sábado, 27 de octubre de 2018

LA MISA EN LUJÁN Y LA “PHRONESIS” DE MONSEÑOR RADRIZZANI



                                                                        No es momento ni lugar para discusiones teológicas: “Doctores tiene la Santa Madre Iglesia”, como reza el “Catecismo de la Doctrina Cristiana” del jesuita salmantino del siglo XVI Gaspar Astete. Aunque parece ser que la multitudinaria misa en la basílica de  Luján celebrada el sábado 21 de octubre y en la que cientos de miles de personas rogaron  por Paz, Pan y Trabajo, obró el milagro  que entremezclando temas pedestres como el perfil o el prontuario –en boca de los consabidos denunciantes en los medios concentrados para  alborozo del clasista público de Cambiemos- de los sindicalistas Moyano, padre e hijo, se hablara de cuestiones de índole religioso, en vez de machacar e idiotizar distrayendo de la hecatombe cambiaria e inflacionaria  con el Bailando de Tinelli.  
                                                                       ¿Qué puede escandalizar de esa asamblea sin una nota altisonante,  cuando precisamente “ekklesia” en griego significaba eso: reunión? Sin embargo, los formadores de opinión de turno del tipo del avezado periodista de Clarín señor Sergio Rubín o los  algo improvisados panelistas del programa del señor del Moro, se rasgaron las vestiduras a lo Caifás horrorizados ante el hecho que la Iglesia argentina no se pusiera por encima de la grieta, o sea condescendiera con el estado actual de cosas manifiestamente injustas, o sea contrarias al bien común, o sea que volara en pecado social montada en los globos amarillos bastante desinflados del macrismo.  Justamente ese interesado desatino de silenciar la realidad que le exigen hoy a monseñor Radrizzani o a monseñor Lugones, por citar dos “pastores con olor a oveja”, es lo que y por desgracia ha venido haciendo la pecadora Esposa de Cristo a través de la historia al cometer adulterio  con los poderes y los poderosos de turno. Y ello en flagrante traición al mandato de su Divino Fundador, la Virgen María y sus Discípulos. Porque no fueron  Marx o Bakunin los que cantaron de una vez y para siempre en el Magnificat: “El Señor dispersó a los soberbios, ensalzó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despachó a los ricos con las manos vacías”.  Ni  Lenín ni el Che Guevara auguraron mejor que el Apóstol Santiago en su epístola: “Oigan esto, ricos: lloren y griten por las desgracias que van a sufrir”.  
                                                                  Muchos serviles del dios dinero se dan con una piedra en los dientes al  descubrir que más allá de la institución tan burocráticamente paganizada en varios momentos de su trayectoria y de los hombres mejores y peores que la vienen conformando, la razón de ser trascendente de la Iglesia es indivisible de su mensaje, que aunque tantas veces desvirtuado no ha perdido vigencia en más de dos  mil años: el bregar y más aún trabajar  en este mundo por el reino de la justicia que por cierto no es el del módico bienestar hedonista de la posmodernidad.
                                                                  El padre Leonardo Castellani, insospechado de comunismo aunque preciso sabedor y dado a resaltar en su poema: “La muerte de Martín Fierro” que “No fueron los comunistas los que mataron a Cristo”, escribió a fines de la década del cuarenta del siglo pasado el libro “Cristo ¿vuelve o no vuelve?”, un texto que le acarreó problemas  con  su orden jesuita y con varias jerarquías eclesiásticas bajo la acusación de milenista o milenarista carnal. Sucede  que la idea de la Parusía  no  resulta muy grata para los que han convertido la religión en el opio de los pueblos; es decir la Iglesia de los ricos que predica aguantar aquí la injusticia, lado del que no duermen el papa Francisco –que acaba de canonizar al arzobispo mártir salvadoreño Óscar Arnulfo Romero y mal que le pese al ex vicario castrense monseñor Antonio Baseotto, activo defensor de los genocidas de la dictadura, pronto lo hará con otro mártir, el obispo de la Rioja Enrique Angelelli,  asesinado en 1976 por los militares-, ni los curas villeros, ni los curas de la opción por los pobres, ni los varios actuales pastores “con un oído en el Evangelio y otro en el pueblo”, tal cual buscaba testimoniar su ministerio apostólico Angelelli,  que concelebraron el otro día en Luján en ese ejemplar oficio religioso con proyección ecuménica e interreligiosa. 
                                                              Imaginar el Reino de Dios en esta tierra no hará subir las bolsas precisamente y al contrario puede ser que la sola posibilidad haga temblar los mercados financieros. Es curioso, rezamos que Dios es el Señor de la Historia, pero de buena gana le dejamos el presente al demonio con su guiños al “statu quo” de la explotación y la desigualdad extrema. Que haya justicia en el Cielo no representa  problema  para el  capitalismo porque su único credo es el dinero aquí y ahora. Y en cuanto a la parábola del mendigo Lázaro, mejor no mentarla mucho en los templos de la oligarquía a los que concurren las devotas señoras gordas, que bastantes molestias tuvieron  ya por haber debido blanquear a sus empleadas domésticas en cumplimiento de la ley 26.844 que impulsó en 2013 la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.
        Se ha imputado también al salesiano arzobispo de Mercedes-Luján que no haya mencionado en su homilía,  como para contrarrestar sus denuncias  a la pobreza y la falta de oportunidades de vastos sectores populares, el cáncer de la corrupción en alusión a los presuntos escándalos de la anterior administración. Estoy de acuerdo que eso quedó en el tintero pero  entiendo  la tal corrupción diferente a los periodistas militantes bendecidos por el señor Lombardi.  Porque  la transparencia es una bandera hipócrita del macrismo,  en esencia corrupto antes incluso de los “Panamá papers”, la estafa del  Correo, el poco claro dinero en efectivo guardado en el ropero de la vicepresidenta Michetti, los aportantes truchos  de la provincia de Buenos Aires para la elección de 2017 y los eufemísticos  “conflictos de intereses” de  los funcionarios M.
       El pulcro y cívico público de Cambiemos debería agradecer esa omisión, dado que  de  hablarse de corrupción en la misa de Luján,  bien se podría haber tomado como una crítica directa al gobierno, cosa que con sabiduría monseñor Agustín Radrizzani evitó hacer en uso de su prudencia, aquella perfección que Aristóteles llamó “phronesis” en la “Ética a Nicómaco”.


(Carlos María Romero Sosa, se publicó en la Revista CON NUESTRA AMÈRICA, de San José de Costa Rica, el  27 de octubre de 2018.-)             

SAN PEDRO CLAVER

SAN PEDRO CLAVER

Petrus Claver, aethiopum semper servus 


Su fe alcanzaba a Cristo, donde el hombre
frena el envión  de su tenaz caída.
Y abría el corazón a la medida
del alma convocando en un pronombre


inclusivo, lo sacro de la Vida,
de cara  a las murallas  con renombre
de Cartagena de Indias, aterida
en una noche de impiedad sin nombre


y oscuridad de  tráfico de esclavos.
Cruz al pecho, Quijote con sotana,
Pedro Claver ingresa en la barraca,


donde es cadena el hierro que fue clavos
en la Pasión. Ya el santo grillos saca
y amanece… Y un ángel canta: ¡Hosanna!.    
  

(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa el 14 de octubre de 2018)

      

LUIS RICARDO FURLAN, EL POETA QUE BAUTIZÓ A SU GENERACIÓN



                                                            El libro “Summa lunfarda” (2005), de José Gobello y Marcelo H. Oliveri, expresa  en la reseña sobre Luis Ricardo Furlan: miembro de número de la Academia Porteña del Lunfardo desde 1970 y autor de poemas escritos en la jerga popular rea de Buenos Aires estudiada por él con vocación y severidad de  lexicógrafo, que en tales composiciones, el diestro manejo de los términos de esa procedencia “se emparda  con el aplomado dominio de los secretos  resortes de la poesía”. En efecto, Furlan fue un poeta completo por la destreza en el manejo de las formas, los lenguajes, las modulaciones  y los tonos líricos y por la profundidad en lo que al mensaje se refiere; más próximo a  veces “a la oscura luz de la razón que ama”, en términos de un rezo en versos endecasílabos de Leonardo Castellani,  que a la complejidad del tipo charada sin resolución, a los que nos tienen habituados ciertas estéticas actuales. Asimismo su numen  trasmite  la limpidez  y muestra la riqueza de un idioma,  que algún crítico juzgó hispanista aunque sin evadir el poeta, en ocasiones, la inclusión de imaginativos y enriquecedores neologismos. Todo ello cuando transitó la poesía culta, si cabe así diferenciarla de sus incursiones en verso lunfardesco, algo de lo que dan cuenta sus entregas: “Chamuyero en Baires” (1997), “Rantimusa” (2002) o “Che, gotán” (2012). Aparte de las letras musicalizadas para canciones populares y tangos, composiciones de las que  pudo ufanarse salvando su modestia, por haber alcanzado en ellas la gloria del anonimato, esa que elogió Manuel Machado cuando el pueblo incorpora coplas a su memoria colectiva dejando en el olvido su procedencia.  
                                                            En cuanto a sus sonetos, no son nunca meros ejercicios silogísticos de forzadas o ripiosas consonancias, sino  receptáculos de belleza, equilibrio y  sentido. En cambio de reflejar el “mundo roto” en funciones deshumanizadoras y angustiantes que no dejan lugar al Misterio, tal como lo intuyó Gabriel Marcel en su obra “Aproximación al misterio del Ser”, Furlan gustó reconstruir entorno y contorno amorosamente, en pos de alcanzar aquella “unidad gozosa” a la que se refiere su admirado Leopoldo Marechal en el modélico soneto “Del Amor Navegante”. Una operación ética y estética sin omitir alguna cuota de nostalgia o mejor de posicionamiento sentimental sin hipérbole, coherente y consecuente con el neohumanismo que caracteriza a su generación poética, la del Cincuenta, de la que fue exegeta y revelador. Para tarea semejante mantuvo afinado el instrumento de sus evocaciones en las que configuró  una metafísica con vista  a aceptar cristianamente –no a enfrentar con soberbia nieszchiana-  la trágica dimensión temporal humana: “Y el tiempo cruel oxida los cardales,/ perdidas voces, hábitos agrarios,/ contemplativas lluvias vecinales”; es decir aquella “caída de la eternidad” de la que habló León Bloy.  
                                                            Recatado hasta vestir con metáforas convicciones e impulsos solidarios en grado de misericordia por los sufrientes y perdedores de la ciudad y el mundo, desde el linyera dormido bajo un árbol, al que nombra en un poema publicado en septiembre de 1982 en La Capital de Rosario “hombre regocijado en su destierro”, hasta el prójimo anónimo -en otra composición  que dio a conocer en abril de 2018 en el suplemento Cultura de La Prensa donde era habitual colaborador-,  por quien se juramentó: “No quiero dar la mano y, negligente/ perder al hombre que cordial deshoje/ unos gestos amables, que se aloje/ en mi fervor, definitivamente”.   
                                                           La misma aproximación e identificación con el lunfardo en tanto expresión  de habla e  idiosincrasia popular, da cuenta de su voluntad de vivir ajeno a toda preciosista torre de marfil.  Discreto  y no críptico, se presentó de cuerpo entero en sus versos. Lo advirtió en su hora su colega y amigo Alberto Luis Ponzo, fallecido más que centenario en 2017 y alguien por quien siguen de luto las letras del país y sus vecinos del Oeste suburbano: “Detenerse en cada soneto suyo viene a ser como conocerle mejor, revelar lo que esconde en su vida.”
                                                           Como diarios de vida sus poemarios reflejan el afán, el encanto y el desencanto  cotidianos  recogidos por  el “nulla dies sine línea”, aquel ejercicio que Plinio el Viejo adjudicaba a Apeles de Colofón.  Furlan trabajó bendecido por la inspiración y no se refugió en el facilismo del oficio y menos en la rutina, propia del escritor comercializado y urgido por editoriales.  Aparte de las ya mencionadas entregas en lunfardo,  publicó los siguientes libros en verso, premiados varios de ellos; y la enumeración de sus  títulos  habla de una instalación en la ternura, la delicadeza y por momentos la épica civil adornada por ideales patrióticos y latinoamericanistas: “Alba del canto” (1951),  “Distrito tuyo”  (1957),  “Los días fraternales” (1958), “Odas mínimas”  (1961),  “Domingo del poeta”  (196l),  “Deslinde del tiempo y el ángel” (1963),Teoría del país cereal” (1964), “Noticia de Amerindia” (1964),  “El laurel y el átomo” (1969),  “Carta a Pablo” (1975),  “Aprendizaje de la patria” (1975), “Guitarra sola” (1981), “Urdimbre y resplandor del inocente” ( 1987), “Aula poética” (1989), “Soledades de la vida precaria y otros exilios” (1997),   “Medio siglo de escritor” (2001), “Cernida voz del corazón oyente” (2005), “La cicatriz ajena” (2011), “Las voces demoradas” (2012),  “El granero del duende” (2013), “El arca iluminada” (2013) y “Compañera” (2014), escrito en memoria de su esposa, la escritora y actriz dramática Lily Franco (1924-2013).    
                                                                        A esta lista cabe  sumar la de sus obras en prosa, demostrativas de una  fecundidad que justifica el prestigio y la vigencia  desde décadas atrás de Luis Ricardo Furlan en la literatura nacional. Y entre estos ensayos, de índole crítica:  “Crónica de la poesía argentina joven” (1963), “Aproximación interpretativa a la poesía hispanoamericana” (1964), “La poesía lunfarda” (1970), “Esquema de la poesía lunfarda” (1995), “Generación poética del 50” (1974);  en tono biográfico:   “Elías Carpena y el pago de la Matanza” (1971), “Julio S. Canata, un poeta olvidado” (1992) y “José Mármol, un poeta militante” (1999);  de carácter histórico: “Apuntes históricos y vecinales de El Palomar” (1969); e incluso contribuciones al subgénero de la referencia bibliográfica como “Índice del suplemento de artes y letras del diario Mayoría”  (1997), debe resaltarse el libro de casi 350 páginas publicado en Madrid en 2010: “El movimiento neohumanista. La Generación de 1950 en la poesía argentina” (Altorrey Editorial).
                                                             Con método reconstruyó en este último la historia, rastreó las influencias,  recuperó el contexto político y social en que se desarrolló ese grupo poético, enfocó las revistas literarias en las que estamparon su firma sus pares generacionales -“Arturo” y “Poesía Buenos Aires”,  entre las más notorias-, y trató de no olvidar a ninguno de los  amigos y compañeros de rutas estéticas e ideales humanitarios. Entre los datos aportados y las  interpretaciones varias del fenómeno, quiso y supo mantenerse en un decoroso segundo plano, pese a ser quien promulgó el “acta de bautismo” de la generación, el 5 de noviembre de 1953 en un artículo en el diario Democracia titulado: “Nuestra generación poética del cincuenta”. En esas líneas ponía de manifiesto la veta americanista sin telurismo ni color local, quizá bajo la influencia de Héctor A. Murena de “El pecado original de América” y su “voluntad de parricidio”,  que vinculaba a los integrantes y sobre todo: “el alejamiento de los ismos  caóticos que imperan en la poética del viejo continente, fruto de la irremediable degradación intelectual de posguerra. América  es el ojo abierto mirando a los milenios aterrados. El mundo se refugia en la promesa laboriosa y justa de nuestro Continente. Y nuestros poetas, universalmente americanos, urgen el imperativo modelando esa estrella salvadora, cociendo ese pan común de los días, y enseñando un nuevo abecedario con verdadera vocación artística.” Otro abanderado de esa postura  americanista era Fermín Chávez (1924-2006), buen lector de las “Reflexiones sobre el ideal político de América” del pedagogo y reformista universitario en 1918 Saúl Taborda. Hoy más recordado como historiador y pensador nacional,  Chávez  es un  caso de “outsider” al que se suele incluir en la generación  del Cuarenta, donde lo sitúa Luis Soler Cañas, y también en la del Cincuenta con la que tenía tantas “afinidades electivas”, por decirlo con palabras de Goethe.   
                                                            Algo a destacar es la proximidad cronológica entre los entonces jóvenes del Cincuenta –Raúl Gustavo Aguirre, Edgar Bayley, Rodolfo Alonso, Ramiro de Casasbellas, Francisco Madariaga, Emilio Sosa López, Basilio Uribe, Héctor Miguel Ángeli, Rubén Vela, Miguel Ángel Viola, Antonio Requeni y por cierto el propio Furlan-, “neohumanistas” según la caracterización de José Isaacson uno de sus miembros mayores nacido en 1922, con sus antecesores del Cuarenta: los neorrománticos –Enrique Molina, León Benarós, José María Castiñeira de Dios, Juan Ferreyra Basso, Eduardo Calamaro, Libertad Demitropulos y las entonces adolescentes nacidas en 1930: María Elena Walsh y Paulina Ponsowy  tan valoradas por Juan Ramón Jiménez en su visita al país en 1948-, y con los inmediatos del Sesenta –Juan Gelman, “Paco” Urondo, Miguel Ángel Bustos, Haroldo Conti, Rodolfo Walsh,  Juan José Saer, Horacio Salas, Alberto Szpunberg  y el más joven de todos: Roberto Santoro (1939-1977)-, que asumieron y en general llevaron el compromiso político hasta las últimas consecuencias: el exilio en algunos casos y en otros la desaparición forzada y la muerte.           
                                                                  La velocidad con la que en el mundo se sucedían los hechos culturales y desvelaban los conflictos de toda índole, puestos en acto con rapidez insospechada por el avance de las comunicaciones a partir del desarrollo tecnológico avasallante luego de finalizada la Segunda Guerra, viene a justificar tal ensamble generacional en la Argentina, algo que contradice la óptica de Ortega y Gasset  que en 1930 postulaba en quince años la vigencia de una generación, como lo subrayó Julián Marías en el libro “El método histórico de las generaciones” (1967).    
                                                    
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                                                                Luis Ricardo Furlan nació en el barrio porteño de Palermo el 15 de noviembre de 1928. Desde 1956 se radicó de El Palomar, localidad situada en la zona Oeste del Gran Buenos Aires, circunstancia que sin duda le permitió desarrollar en su poética cierta impronta de tono suburbano con intención de campesino y recoleto “beatus ille”: “Primero son los pájaros. El canto/ salta del tragaluz del alba. Luego,/ es el tizón de un inocente fuego,/ la acuarela bucólica. Levanto/ en vilo el corazón, coyuyo santo/ del existir gozante. Como un juego,/ me doy a la templanza. No reniego/ de las leyes de máscara y espanto.” En El Palomar vivió también  otro escritor significativo: el novelista, poeta, periodista  y miembro de número de la Academia Argentina de Letras,  Adolfo Pérez Zelaschi (1920-2005), originario de San Carlos de Bolívar, en la pampa bonaerense.  Uno y otro solían encontrarse en pasadas décadas en actos y tertulias culturales. Luego regresaban juntos dialogando por las arboladas y tranquilas calles palomarenses, hoy algo convulsionadas por  idas y vueltas al aeropuerto local de los a menudo contrariados pasajeros de los vuelos económicos.

                                                   Furlan, a quien en lo personal  evoco como el maestro bondadoso que  prologó  en 2010 mi poemario “Fanales opacados”,  dirigió las Ediciones Culturales Argentinas (ECA) de la Secretaría de Cultura de la Nación y fue secretario de la Sociedad Argentina de Escritores. Falleció en el Policlínico Bancario de la ciudad de Buenos Aires, donde estaba internado desde días atrás por una afección  cardiorrespiratoria, el 23 de agosto del año en curso. Sus restos descansan en el cementerio de la Chacarita.


(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa, el 23 de septiembre de 2018

sábado, 8 de septiembre de 2018

EL DESGASTADO “YO ES OTRO” DE MAURICIO MACRI





    Con la destitución de Mario Quintana y Gustavo Lopetegui, Vicejefes de Gabinete, en abrupta salida motivada por la crisis cambiaria -y no sólo cambiaria- que vive la Argentina, se ha deshilachado el yo del presidente Macri. En efecto, es sabido que al comienzo de su gestión aseguró poniendo una valla infranqueable a las críticas despertadas ante la impertinencia y falta de humanidad de esos funcionarios cuando los despidos masivos de finales de 2015 y principios de 2016, que la triada integrada por ellos y por su superior Marcos Peña, Jefe de Gabinete de Ministros, eran él mismo. Toda una definición que hace suponer que el ingeniero es un asiduo lector de Rimbaud, que  escribió  en las llamadas “Cartas del Vidente” de 1871 aquello de  “Car Je est un autre” (“Porque yo es otro”).  
    El pueblo sufriente producto de la crisis que divierte a la diputada Elisa Carrió, no sabe  y no le importa esos desdoblamientos de su personalidad. Ni la reacción de los mercados ante las nuevas medidas económicas anunciadas así como no entra en sus preocupaciones la cacareada meta del déficit cero,  que  de alcanzarse en un país que no crece, será a costa de su hambre y su miseria. Cerrar los números macroeconómicos puede en circunstancias como las actuales representar una encerrona para los de abajo.
    La mentira por la que orbita el gobierno se advierte en cada uno de sus eslóganes como la ahora anunciada con bombos y platillos reducción de ministerios. Justamente las mismas carteras que al principio de la gestión de la  administración de Cambiemos, neoliberal en lo ideológico,  oligárquica por la clase a la que representa y beneficia y carente de idoneidad a punto tal que perdió toda credibilidad en el exterior,  se multiplicaron para poner al frente de cada una de ellas a un amigo empresario o al licenciado Jorge Triaca en Trabajo, el hijo de un sindicalista invariablemente traidor a la clase obrera. Y alguien capaz de mostrar a poco de iniciada su gestión que lo que se hereda no se hurta con el escándalo de su empleada doméstica a la que insultó, no le hizo los aportes previsionales correspondientes y para tranquilizar su conciencia la designó en un cargo pagado por un sindicato al que había intervenido en sus atribuciones de ministro. Una farsa pues es el achique del Estado en lo que hace a sus cabezas y al juego de ascensores de bajar ministerios a secretarías. Además la lealtad de Macri con sus amigos y ex compañeros del Colegio Newman es inquebrantable y los pocos idos en estos Idus de septiembre como Quintana y Lopetegui, continuarán cobrando abultados salarios y gozando de prebendas oficiales mediante nuevas y oportunas designaciones que pasarán desapercibidas a no ser para los asiduos lectores del Boletín Oficial que encontrarán en los próximos días decretos con sus nombramientos como asesores. Pero la soga se corta por la más fino y  los despidos en serio en el sector público, y no para la platea,  han sido, son y serán de empleados administrativos de planta o precariamente contratados, tal como sucedió hace poco en  TELAM y por estos días en el Ministerio de Agroindustria donde se cesanteó a más de quinientos trabajadores.
    En una increíble aparición en cadena en la mañana del 3 de septiembre del corriente, Macri aparte de insultar a Venezuela, repartió culpas por el desastre económico que en pocas semanas llevó el dólar de veintitantos pesos a más de cuarenta, al tiempo  que en una carrera alocada y vana por frenarlo el Banco Central malgastó casi 10000 millones de dólares de sus reservas. Culpó a la sequía, a la crisis turca, a la guerra comercial entre los Estrados Unidos y China, a la suba mundial del petróleo y al “affaire” de los famosos “cuadernos” con los que se pretende desaforar y encarcelar a la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner, en una versión  tango de la prisión de Lula da Silva en Brasil y del complot para hacer otro tanto con Rafael Correa en Ecuador. De todas esas excusas para diluir su responsabilidad e ineptitud, no es raro que pueda haber incidido en nuestra crisis y en el descreimiento exterior que nos cortó el crédito,  la inseguridad jurídica que a todas luces  pone en evidencia la irregular investigación judicial de los “cuadernos”, tras una  burda operación de los servicios de inteligencia tendiente a desprestigiar al anterior gobierno. En ese sentido que Macri  haya bebido de su propia medicina  importa poco, lástima que el veneno viene enfermando al pueblo trabajador y a las clases medias cada día más pauperizadas.  El coro de los periodistas militantes de Cambiemos se escandaliza frente a los que presuntamente robaron para hacer política y nada dice de la camarilla gobernante que hace política o marketing de ella para robar y gestionar la cosa pública en beneficio de sus familias y empresas.
    Mientras tanto la economía se achica, el peso se devalúa por minuto, la inflación galopa, la riqueza se concentra en pocas manos, la Argentina dejó de crecer  y no hay  una palabra entre las medidas adoptadas y prestas a ser convalidadas por el FMI y el Imperio, para salvar a las PYMES endeudadas con tasas de interés de 60%; ni para que los servicios públicos puedan ser abonados por los jubilados sin tener que sacar usurarios créditos en los bancos amigos del poder; ni para elevar el nivel de vida de los habitantes maltrechos por la falta de salud pública, de educación pública, de seguridad pública y agobiados por impuestos que más de un integrante del gabinete sabe evadir mediante sociedades offshore registradas en paraísos fiscales. A falta de pan en tantas mesas como denuncian los curas villeros, la llamada mesa chica de Macri se agranda con tristes personajes como el sospechado  ex Intendente de la ciudad de Buenos Aires del   menemismo Carlos Grosso, antiguo empleado según Clarín de la gerencia de Socma de Franco Macri, el papá que en un gesto de lucidez anticipó que su hijo no era para la política.           
  

 (Carlos María Romero Sosa, se publicó en Salta Libre. Net el 4 de septiembre de 2018 y se reprodujo en la Revista Con Nuestra América, de San José de Costa Rica, el 8 de septiembre de 2018.

SÍNTESIS POÉTICA SANMARTINIANA Y TANGUÍSTICA

                                                 
   Sobre el general San Martín se ha dicho todo, o casi todo; y cabe la salvedad porque en tanto los historiadores siguen revisando aspectos de su biografía, la literatura recrea su humanidad y sus acciones públicas. En décadas más o menos recientes, con una dimensión académica: “Don José”, de José Ignacio García Hamilton y con otra literaria más que propiamente erudita aunque nutrida de excelente acopio informativo: “José de San Martín. El libertador cabalga”, de Agustín Pérez Pardilla, resultan  ejemplos de ambas formas de aproximación a su figura.  
  Pero incluso el arte puede ir más lejos de la historia novelada y fiel a su misión creadora prescindir de documentos fidedignos y hacer a un lado  las cronologías  y no por eso actuar con mendacidad, toda vez que imaginar es entrar en otra  realidad. En tal caso, el secreto del autor será saber jugar bien con sus fantasías y con las circunstancias, para hacer  sugerente  y creíble hasta el mismísimo anacronismo.  Son estas cualidades y calidades algunas de las que enriquecen y dan perspectiva al último libro de Luis A. Navalesi: “El canto de las visiones del General San Martín. Fundación mitológica del tango”; poesía y prosa entrelazadas que evocan e invocan sobre todo, tanto al Padre de la Patria como a la canción porteña –o rioplatense- y por cierto al Borges de las milongas y desde el mismo título al de la “Fundación Mítica de Buenos Aires”. En ese sentido no podía hacerse mejor y más oportuna síntesis de tres de nuestros más vigentes símbolos nacionales.
     El autor, un experto en lingüística y filología,  ensayista, poeta, periodista, fundador y director de medios gráficos, es alguien  con  suficientemente “megalopxigía” –tal los griegos denominaban el alma grande- como para sostener una existencia signada por la vocación  humanística y la actitud humanitaria hacia los semejantes coherente con  una militancia  política, por cierto sin cargos públicos y sí con prisiones y persecuciones en tiempos de dictaduras.  Navalesi es uno de los sobrevivientes del ya legendario grupo poético “El pan duro”,  surgido a finales de los años cincuenta de la pasada centuria e hito de la Generación del 60.  Grupo al que pertenecieron, entre otros,  Juan Gelman, Héctor Negro, Hugo Ditaranto, Julio César Silvain, Humberto Constantini y la poeta y traductora Juana Bignozzi. Hasta el presente  publicó los siguientes libros de poemas: “Tiempo nuevo” (1960), “La poesía encarcelada” (1963), “La madre” –prologado por el sindicalista Raimundo Ongaro y editado por la Federación Gráfica Bonaerense- (1973), “Versos de la Comuna” (1975),  “Carta de lejos o los hijos del país” (2010) y “De Sur en Sur” (2015). Asimismo abordó el  ensayo en  “Fragmentos de tanguidad”.   
  El “Canto de las visiones del General San Martín”, está constituido por una sucesión de coplas donde jamás le falla el oído –cosa lógica al ser músico y compositor también; muchos recordarán su tango “Rayuela” que difundió Lidia Borda- , el ritmo, la asonancia nunca ripiosa, la frescura  y la gracia que caracterizan esa forma poética de tan rica  tradición en las letras castellanas.  Son  coplas con unidad temática que cuentan una historia: “La noche en que San Martín/ Bailó el tango en vez primera”. Por cierto no ha pretendido fundamentar con dato o indicio alguno su imaginativa propuesta en las páginas en prosa que siguen al poema dividido en tres partes  intercaladas con coros, en la línea de los cielitos criollos y las tonadas cuyanas.  Aunque sí puede tomarse como pista de la fantasía urdida, la incorporación  al comienzo y a modo de ilustración   proporcionada por el fotógrafo y miembro de la Academia Nacional de Bellas Artes Luis Príamo, de una imagen  que hace referencia a las tradiciones que dan cuenta que el héroe era ejecutante de la guitarra. Algo que anotó en su hora Alberdi y una cuestión que en siglo XX retomó el musicólogo Carlos Vega llegando a  destacar  que en cierto momento –quizá en la España de su adolescencia y juventud guerrera contra las tropas napoleónicas, pero lo más probable es que haya sido en la Francia de su exilio, como sostuvo  José Ignacio García Hamilton en “Don José”- llegó a tomar lecciones del instrumento con el maestro Fernando Sor (1778-1839), un virtuoso y compositor español, natural de Barcelona,  conocido como el “Beethoven de la guitarra” y creador de obras guitarrísticas y orquestales.
  Ese clima que trasunta el poemario de Edad de Oro donde todo está abierto al devenir con fuerza ordenadora que irrumpe, permite interpretar en las referencias a Fernando Sor y  la guitarra, que en alguna nota, en algún acorde de primas o bordonas, quizá acariciadas por el propio Libertador mientras pensaba tácticas militares,  pudo haberse despertado atraído por su sensibilidad artística,  la intuición o mejor la revelación del futuro tango. Y así al General le será dado distinguir antes de su nacimiento, allá por los arrabales de Buenos Aires más o menos entre 1870 y 1880, una danza con “poses indignas” que habrá de insinuársele en la fría noche mendocina de El Plumerillo en 1816 o 1817. Visión cruda  y sensual del “reptil de lupanar” de la descalificación de Leopoldo Lugones. Laberinto ritual de  piernas entrelazadas, primero, y después, al reclamar letra los compases del dos por cuatro, llenándose con el desánimo y la  nostalgia del “post coitum tristitia” del aforismo galénico. Es que está el tango en potencia y en acto frente a Él; el tango en su desnudez  intrauterina y ya con ADN propio en su envolvente mixtura de  milonga,  habanera,  fado portugués, candombe…: “Desde la hoguera insolente,/El fuego, como si hablara,/ Agita lenguas ardientes/ Y le hace burla en la cara./ Él, que era todo pensar/ En el cruce de los Andes…/ Le cruzan al General/Visiones “Que Dios nos guarde.”/ Porque en la llama está él/ O el Otro y si bien se mira/ Baila unido a una mujer/ Y están que arden en la pira.”
  Será de imaginar entonces los lodazales del campamento donde vivaqueaba junto a los hombres a su mando mientras “la noche lo acosa” y “el tiempo atrasa”, o adelanta; y hasta se advertirá que aquellos fangales parecen anticipar el “barro y pampa” del tango canción de Homero Manzi y Aníbal Troilo grabado originalmente  por Edmundo Rivero en 1948. Sólo que aquí el Santo de la Espada de la visión mediúmnica de Ricardo Rojas,  no ha de evocar ningún  Sur porteñamente pompeyano,  sino que le es dado soñar  despierto con el extendido oeste de un Chile a liberar y  un Norte, tanto punto cardinal cuanto horizonte de su estrategia  emancipadora: el Perú del que será generalísimo y –orgullosamente según la letra de su testamento- “fundador de su Libertad”.

Frente a este libro de Luis Alberto Navalesi, curioso por su forma y original por su fondo, le cabrá al lector dar certeza de la propuesta de las estrofas  si traslada al plano de la epopeya lo propuesto en el siglo segundo de nuestra era por Tertuliano para el orden religioso. Y concluye haciéndole un guiño al poeta aceptando el principio: “Creo porque es absurdo.”
                                                             

(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa el domingo  2 de septiembre de 2018.-)