sábado, 27 de julio de 2019

GREGORIO ÁLVAREZ, UN ESTUDIOSO DE LAS CIENCIAS DEL HOMBRE

La historia se nutre y requiere de fuentes documentales pero también de testimonios; y en ese sentido cabe aquí comenzar remontando la evocación hacia  1961 cuando un niño de menos de diez años solía concurrir llevado por su madre a cierto consultorio médico situado en la Avenida Belgrano a la altura del 1625, en las proximidades  del Departamento de Policía. En el piso, contiguo al sitio donde estaba la camilla y en una vitrina el instrumental profesional, le impresionaba a ese alumno de los primeros grados de la escuela primaria ver colgado  un enorme mapa de la provincia de Neuquén así como en otra pared,  puntas de flechas y enmarcada la fotografía de un hombre joven con guardapolvo blanco inclinado sobre un microscopio. Cierta vez al advertir esa mirada atónita posada sobre aquellos objetos, el facultativo que sentado en su escritorio confeccionaría sin duda la receta de algún tónico o alguna vitamina para fortalecer a su paciente en extremo delgado, explicó sonriendo algo así como tuvo que quitar varios diplomas para que luciera el mapa de su provincia.
 El pediatra se llamaba Gregorio  Álvarez, tenía a la sazón 71 años que representaba pese a su jovialidad y el pequeño no era otro que el autor de esta nota. El mismo que pasadas las décadas no pudo olvidar el ambiente severo y mágico a la vez de esa vivienda y consultorio del barrio de  Monserrat  donde era fácil reconocer con treinta o cuarenta años menos al hombre del microscopio, orgulloso descendiente por vía materna de mapuches y tan devoto de su patria chica que la tenía representada en escala en su lugar de trabajo. Aunque más aún hubiera volado la fantasía de imaginar que tres décadas después, en 1991, el paleontólogo José Bonaparte descubrió y bautizó en homenaje al médico y humanista una especie de dinosaurio terópodo que vivió en la Patagonia hace 95 millones de años, Alvarezsaurio Calvoi.[1]

MAESTRO 
Y SABIO                                         

 El doctor Gregorio Álvarez nació en Ranquillón (Departamento Ñorquín), en la Cordillera de los Vientos, el 28 de noviembre de 1889. Realizó los estudios primarios en Chos Malal mientras trabajaba como mensajero en la oficina de correos de esa localidad y luego, merced a una beca para  la Escuela Nacional del Profesorado Mariano Acosta de la ciudad de Buenos Aires, se graduó como maestro normal en 1910, el primero entre los nativos de la Patagonia en obtener ese título. Después ingresó a la Facultad de Medicina y en 1919 se doctoró con una tesis sobre “Ciego móvil en los niños”. En la faz profesional abrazó la  pediatría y  se destacó en el campo de la dermatología. Desempeñó la jefatura del servicio de esta última especialidad en el Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez durante varios años. Publicó con el sello de La Semana Médica, “Eczemas infantiles: contribuciones de etiopatogenia y tratamiento” (1933) y más allá de la faz académica –fue fundador de la Sociedad Argentina de Dermatología- y el reconocimiento de los colegas en la medicina, alcanzó quizá el más preciado de los trofeos a que puede aspirar un galeno, cual es la gratitud de los pacientes por su humanitarismo.
 Hombre ciencia y de letras no solo tuvo inquietudes múltiples sino que desarrolló cada una de ellas en grado superlativo. Así, en virtud a sus méritos como historiador y folclorólogo la Academia Nacional de la Historia lo designó miembro correspondiente en Neuquén en 1961. Su monumental labor investigativa coronada por los siete tomos de “Neuquén, historia, geografía, toponimia” cuya publicación se iniciaría en 1971 le dispensó la amistad y la admiración de figuras como la del zoólogo José Lieberman, la escritora Carmen Arolf y el historiador y jurista Ricardo Zorraquín Becú.  Como docente participó de la fundación de la Universidad de Neuquén y se lo designó profesor emérito de la Universidad Nacional del Comahue.  En tanto el poeta recibió premios a su producción lírica y el dramaturgo  pudo ver representados sus ensayos teatrales. Consubstanciado con su tierra natal cantó a sus paisajes y celebró el heroísmo de cuño homérico de los hijos de los pueblos originarios que no se rendían a los designios de una civilización que secularmente los venía excluyendo y masacrando.
 En 1951 publicó “Grabados rupestres pehuenches de Colo Michi Co (Neuquén)”, un trabajo en la senda de otros de temática arqueológica y etnográfica dados a conocer en la Revista de Educación de La Plata como “Los aborígenes primitivos del Neuquén”, en 1960; en el Boletín de la Academia Nacional de la Historia, como “Algunas costumbres interesantes del aborigen del Neuquén”, en 1961; o su ponencia en el Primer Congreso del Área Araucana Argentina: “Alimentación del antiguo aborigen del Neuquén”, en 1963.  
 En 1953 editó “Pehuén Mapu. Tragedia esotérica del Neuquén tierra de la Araucania”. Y más tarde en otro drama histórico en tres actos de la conquista del Neuquén: “Baigorrita” (1964),  Álvarez  sin panfletismo pero con  sentido de justicia histórica y evidente compromiso social, exaltó el sentido del honor y la justicia de aquel  cacique ranquel recordado con simpatía por Lucio V. Mansilla en su “Excursión a los indios ranqueles”, que murió peleando contra las avanzadas de la 4ta. División al mando de Napoleón Uriburu en 1879. Se advierte en el espíritu y el mensaje de la obra la oposición entre el indómito ideal de libertad del cacique con la desmesurada  estrategia de Roca –y antes de Rosas- de aniquilamiento: “El mejor sistema de concluir con los indios ya sea extinguiéndolos  o arrojándolos al otro lado del Río Negro, que es el de la guerra ofensiva”, según escribía el futuro presidente al ministro Alsina en cita que el médico poeta trascribe en el prólogo de “Baigorrita” con tristeza y un dejo de rebeldía, porqué no, al asumir su destino de descendiente  testigo de la raza vencida.
 En 1968 reunió parte de su producción poética en el libro “Neuquén de mi canto”. En esas páginas aparte del “Himno a Neuquén” y el extenso y musical “Romance de Neuquén” antes dado a conocer en opúsculo con motivo del cincuentenario de la fundación -en 1904- de la ciudad capital en la confluencia de los ríos Limay y Neuquén, hay traducciones de poemas originales en lengua araucana lo que da una cabal idea de sus inquietudes, vocación y conocimientos lingüísticos.
“El tronco de oro” (1968)[2], título que alude a una  leyenda aborigen  es un compendio de folclore neuquino incluidas las tradiciones religiosas y una recopilación de cuecas neuquinas, “contadas” y tonadas.  Fue reeditado en 1994 con prólogo del profesor Feliz Coluccio conjuntamente por la Secretaría de Cultura de la Nación a cargo entonces del poeta José María Castiñeira de Dios y de Corregidor. Destaca allí el autor del monumental “Diccionario del folclore americano” que Álvarez: “Tuvo el privilegio de alternar  en su juventud  con grandes figuras de la poesía y la prosa americana, como Rubén Darío, Leopoldo Lugones y Evaristo Carriego”. Y prosigue el prologuista: “Paralelamente con su labor investigativa que abarcó incluso estudios arqueológicos, etnográficos, geológicos y de hidrotermia, fue desarrollando una tarea humanística, con resonancia nacional e internacional, siendo su preocupación constante  por al vida y la suerte de sus paisanos mapuches, con quienes convivió, tuvo largas tenidas, a quienes respetó y amó desde su niñez, escuchando en distintas comunidades de Neuquén, en sus modestos ranchos o a  la sombra de añosos pehuenes, confesiones de su religión, cuya cosmogonía no pudo ser avasallada; de sus creencias y supersticiones, de sus rogativas, cuando las enfermedades o las sequías desolaban sus comarcas; de sus duendes y dueños protectores  de animales, plantas , cerros, lagos y lagunas. Todo esto lo fue registrando en su memoria y en sus apuntes, sirviéndole de fundamento para su libro El tronco de oro, la única gran obra totalizadora sobre el folclore neuquino”.                                              
 En 1960 apareció la segunda edición del libro “Donde estuvo el paraíso”[3] ilustrado con siete láminas de Rafael Cayol, 42 fotografías  y dos mapas. Anotó entonces en el prólogo de esta suma de cuestiones históricas y leyendas folclóricas que epiloga un glosario: “Investigaciones emprendidas después de la primera edición, han obligado a efectuar algunas correcciones,  modificaciones y agregados que se dan a conocer  en la presente. Tal  sucede, por ejemplo, con la noticia referente al verdadero descubridor del lago Nahuel Huapi. La expedición exploradora que logró su hallazgo, así como el del Puelo, en el Chubut, la que erróneamente se ha  atribuido al capitán español don Diego Flórez de León, aparece documentada con las trascripciones correspondientes, para no dejar lugar a dudas, en el nuevo capítulo que lleva por título: De cómo el capitán Juan Fernández, descubrió los lagos Nahuel Huapi y Puelo.”  
                                                                                
 Otro aporte suyo a las ciencias del hombre lo constituye el trabajo  “Substractum y persistencia del folclore del Neuquén” (1961) en edición de la Universidad Nacional del Sur[4], donde  comienza reconociendo la existencia de dos clases de fuentes para el estudio de ese folclore que recoge y analiza: las exógenas y las endógenas. Unas provenientes del dominio español y de otros grupos indígenas no nativos del área neuquina como ser los pampas y tehuelches; y otras propiamente vinculadas a lo más ancestral de los primitivos habitantes de Araucania.                 
                                       
Adelantamos que su obra capital en materia investigativa son los siete tomos de “Neuquén. Historia. Geografía. Toponimia”. Al respecto cabe transcribir algunos párrafos del comentario bibliográfico al segundo tomo aparecido en el suplemento cultural de La Nación  el 21 de febrero de 1982 y firmado por el periodista y lunfardólogo José Barcia: “Entre otros adjetivos de enaltecimiento, le cuadra el de singular  al esfuerzo emprendido, desde hace largo tiempo, por el doctor Gregorio Álvarez –uno de los auténticos pioneros de la Patagonia y a quien acaban de celebrársele sus noventa y dos años de existencia-., para transmitir la imagen cabal de la provincia  de Neuquén en una obra escrita que abarcará nueve volúmenes , el segundo de los cuales se ha puesto en circulación. Es cierto que ha contado con la colaboración de varios estudiosos en determinados aspectos que incluye el libro, pero esto, en realidad, prueba su afán de no renunciar a ninguna ayuda útil para avanzar resueltamente en el propósito de introducirse en todos los planos  -los más documentados y los menos conocidos-  de la historia de su tierra natal.”
 Es de resaltar también que en el siguiente tercer tomo, se analiza en profundidad aparte de los modismos locales, la gramática araucana y la fonología.  
 Del patriotismo y desinterés del doctor Álvarez da cuenta el documento que aparece trascripto al comienzo del tomo primero de “Neuquén” suscripto por el autor con fecha  18 de agosto de 1971  y dirigida al entonces gobernador Felipe Sapag. Esa comunicación acompañó  un esquema del contenido de la obra en preparación por él durante treinta años y programada  en siete u ocho tomos de los cuales la parte histórica, según le manifiesto en la ocasión al mandatario, estaba    concluida. Los párrafos que siguen hablan por sí solos: “Esta obra, señor gobernador”, la obsequio con los derechos que como autor me corresponden, a mi provincia del Neuquén; pero como no tengo medios para realizar su publicación, es que recurro a su gobierno, que V.E. con tanto acierto  ejerce, y a la Universidad del Neuquén, para que conjuntamente, se considere la factibilidad de  de solventar los gastos pertinentes. Será la forma de efectuarla en el más breve lapso. Por separado  acompaño un memorandum  en el que se exponen los propósitos, modus operandi en la confección del trabajo y un sumario del contenido de la obra. En la seguridad que el señor gobernador aquilatará la intención,  el sacrificio y los desvelos  del autor, que sólo se ha inspirado en el amor al terruño y a la patria,  le saludo con mi más alta consideración.”
 El Decreto  1.741 de 16 de septiembre de 1971 firmado por Sapag y refrendado por los ministros del Poder Ejecutivo Salvatori, Fuentes y Del Vas da cuenta del auspicio oficial  para la publicación de “Neuquén. Historia. Geografía. Toponimia.”
 El doctor Gregorio Álvarez falleció próximo a cumplir  97 años en su suelo natal el 11 de octubre de 1986. Entre otros medios porteños, La Nación y la Prensa, le dedicaron sendas notas necrológicas a dos columnas con su fotografía los días 12 y 13 de ese mes respectivamente. Concluía el artículo de La Nación informando: “Este ilustre profesional patagónico deja a la comunidad entera del país  una valiosa obra en distintos aspectos de la actividad humana  y el recuerdo de una personalidad  de características muy poco frecuentes. El deceso del doctor Álvarez fue a consecuencia de una trombosis cerebral  con una posterior infección pulmonar. Sus restos serán velados desde esta mañana  en el Salón de Acuerdos de la gobernación. Se multiplican las condolencias provenientes de todo el país y el Poder Ejecutivo de la provincia  decretó tres días de duelo en el territorio neuquino.”                            
En el diccionario de Vicente Osvaldo Cutolo: “Historiadores argentinos y americanos” [5] puede leerse una extensa biobibliografía suya. Y eso que todavía no había dado a conocer lo más trascendente de su labor científica y cultural que honra a su tierra y a la Argentina toda como que su nombre sigue mereciendo la consideración internacional en los campos de sus múltiples actividades y descubrimientos.
El reino de Bélgica lo había condecorado con la Orden de San Jorge en el grado de Gran Oficial. El 28 de septiembre de 1989 con motivo del centenario de su nacimiento, el Senado de la Nación le rindió homenaje público y los senadores Jorge Solanas (Movimiento Popular Neuquino), Adolfo Gass (UCR-Buenos Aires), Alberto Rodríguez Saa (P.J. San Luis) y  Eduardo Posleman (Bloquista- San Juan)  disertaron en el recinto destacando su trayectoria[6]. Ese mismo año el Correo lanzó una estampilla con su estampa y un dibujo conmemorativo a su “Canto a Chos Malal. En el Neuquén su nombre se sigue pronunciando con la veneración debida a un símbolo.-                       



[1] “Patas largas”, el más nuevo integrante de la gran familia de dinosauriosClarín, sábado 27 de octubre de 2012. Página 53.-
[2] Editorial Pehuen.-
[3] Editorial Pehuen.-
[4] Bahía Blanca, 1961.-
[5] Casa Pardo S.A., 1966., pagina 10-
[6] La Nación, jueves 28 de septiembre de 1989.-

(Carlos María Romero Sosa, se publicó en la revista libro HISTORIA, Número 154, junio-agosto  de 2019.-)  

viernes, 19 de julio de 2019

TRES VIRTUOSOS HEROICOS

TRES VIRTUOSOS HEROICOS


SAN JOSÉ GABRIEL BROCHERO

No se puede contener
como el agua, el alma en gracia,
si goteando se derrama
en fraternidad y fe.

BEATO CEFERINO NAMUNCURÁ

Perseveraba en pureza
y vocación salesiana.
Llevó, vencida su raza,
la cruz del sur sin estrellas.
Mas no erró la buena senda:
la Luz Divina lo guiaba.

SIERVO DE DIOS ENRIQUE SHAW

Que un empresario sea santo,
rara excepción a la regla.
Tira del dinero el diablo
y es contagiosa su fuerza.
De devoción a María
Enrique Shaw dio lecciones.
Y dejó huella, su vida,
de claro amor a los pobres.
Su oficina era una nave
con rumbo al necesitado;
rara excepción a imitarse,
que un empresario sea santo.


(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa el 14 de julio de 2019.-)

sábado, 6 de julio de 2019

LA MALA POLÍTICA Y LAS BURLAS AL ELECTORADO


                                                     
       El periodo democrático iniciado en la República Argentina en 1983, por desgracia ha abundado en lamentables burlas al electorado. Basta recordar aquel pacto espurio  entre el menemismo y la UCD que en 1989 dejó sin su banca de senador por la Capital Federal al doctor Fernando de la Rúa. Ciertamente ignoro si el destino es o no chambón, según el título de un relato de Arturo Cancela  y Pilar de Lusarreta, pero lo cierto es que el beneficiario entonces de aquella maniobra, Eduardo Vaca, pudo ejercer  poco tiempo el cargo ya que falleció después de una penosa y larga agonía.
   Tampoco le fue bien a Gustavo Béliz, que nunca pudo llegar a la Cámara Alta más allá de  la arbitraria decisión judicial que lo dio por ganador de la banca para la cual el inolvidable defensor de los derechos humanos y de la educación pública, el socialista Alfredo Bravo, había obtenido en la elección de 2001 la mayor cantidad de votos de la ciudadanía porteña, entre ellos el mío que una vez más me sentí defraudado por la clase política con sus componendas avaladas por un Poder Judicial que poco tiene que ver con la Justicia como valor y que seguimos padeciendo. Fue precisamente cuando se le arrebataba el escaño al maestro Bravo, que la señora Carrió habló con la propiedad que desde mi modesto punto de vista  ha perdido al convertirse desde 2015 en socia y defensora a ultranza del oficialismo, de “la base de inmoralidad” que subyacía en la impugnación jurídica realizada por el candidato del Frente Nuevo País (Béliz); concluyendo con razón que Bravo “Es senador nacional por voluntad popular, legitimidad y legalidad”, en declaraciones registradas por el diario La Nación el 8 de noviembre de 2001.
   Ahora hay otras avivadas y una de ellas  parece haber sido frustrada por una resolución de la jueza federal con competencia electoral doctora María Romilda Servini de Cubría al rechazar una impugnación a la candidatura presidencial del economista  José Luis Espert, a quien por todos los medios se trata de dejar afuera de la próxima compulsa de las Paso (Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias). Aparte de este intento fallido  ha sido  víctima  Espert de otro contubernio por emplear el término de un libro memorable del diputado socialista y obrero Joaquín Cocca, con denuncias de los tejes y manejes del régimen en la Década Infame. Lo peor es que esa componenda  viene a mojar la oreja  a un respetable sector de la ciudadanía que por lo demás sostiene  ideas muy diferentes y hasta contrapuestas con las mías. 
   En ese sentido el reciente pacto entre los señores Pichetto y Asseff  asquea –no hallo otra palabra- y  más el consiguiente poroteo para incorporar en la lista de diputados a este último al que conozco y en lo personal estimaba; empero vale aquí  aquello de “Amicus Plato sed magis amica veritas” del brocárdico.  Lo cierto es que sentí vergüenza ajena frente a la fotografía que publicó La Prensa en la página 5 de su edición del domingo 23 de junio del corriente, donde se ve a la derecha al ahora candidato, una persona mayor –yo también soy sexagenario- sonriendo ante la “operación” que sospecho nada aséptica. “No está mal, son negociaciones”, se justificó el doctor Asseff. Y yo me permito decirle: no amigo: la política no es tranza, trenza y acomodo sino  una actividad  que debe apuntar a “augustos fines” al decir de Yrigoyen al que entiendo admiraba.
   Usted la ve de otra forma con apelación a la psicología de la viveza criolla. Posiblemente acceda al cargo y el pueblo de la Nación, hambreado por la política económica conservadora del neoliberalismo y el capitalismo de los amigos del presidente, se encargará de pagar su dieta. De lo que no estoy tan seguro es que de verificarse lo que representa a todas luces una proscripción del economista Espert, sus votantes lo hagan por Mauricio Macri  en octubre.
   Por de pronto sigo a la espera en estos días del juicio de la señora Carrió sobre el tema que lo es más ético que legal, o sea un campo del dominio de la siempre denunciante legisladora. De manifestar ese juicio,  confío -sin duda con ingenuidad- que será  tan acertado y vehemente  como en el referido caso de Alfredo Bravo. Asimismo deseo de corazón que si los señores Pichetto y Asseff sospechan haber triunfado con este acuerdo de cúpulas y no precisamente entre luchadores populares, que ese triunfo les sea pírrico ya que vengo comprobando últimamente que hay gente de derecha –y repito que yo no lo soy-, verdaderamente seria y con auténtica formación cívica, sin tanto cacareo de falso republicanismo.-


           (Carlos María Romero Sosa, se publicó en Salta Libre, el 1ero. de julio de 2019 y se reprodujo en la revista Con Nuestra América, de San José de Costa Rica, el 6 de julio de 2019.-)

domingo, 30 de junio de 2019

LA FÓRMULA MACRI-PICHETTO, UN PUNTO MÁS A LA DERECHA

  Un mandato,  ordenanza o advertencia de los medios concentrados y hegemónicos, se impone con especial virulencia en los días que corren en forma de disyuntiva de hierro: gobernabilidad o caos. Aunque, ya se sabe, en nombre de la república y de la gobernabilidad se han venido cometiendo desde diciembre de 2015 toda clase de infamias y agachadas por buena parte de lo que debió ser la oposición. El límite a lo creíble, algo que viene a contradecir la sentencia de Nietzsche en “El caminante y su sombra”: “Ninguna naturaleza da saltos”, lo acaba de traspasar el senador  Miguel Ángel Pichetto integrándose a la fórmula con Mauricio Macri para las próximas elecciones presidenciales de octubre.
     Ahora la propaganda oficial pone énfasis en que se garantiza la cacareada gobernabilidad con semejante traición; palabra que para nada molesta al candidato dado que sostuvo en un reciente reportaje que “la traición no es algo degradante” y hasta encontró antecedentes a su paso que  no lo es de baile, en la Junta de Mayo abjurando del absolutismo de  Fernando VII, hecho que históricamente no existió o que habrá existido sólo en la mente esclarecida de Moreno, Castelli  y Belgrano, revolucionarios en serio con los que aparece un poco exagerado compararse tan insignificante figura apenas a gusto del “establishment”.  Lo peor es que cierto público proclive a  aceptar como dogma el monocorde relato oficialista, repite cual un mantra “gobernabilidad”, otro nombre de la trenza  y del corrupto do ut des en beneficio de los de arriba, para el caso de Pichetto que se quedaba sin trabajo al finalizar este año su período de senador por Río Negro.     
     Es curioso, el peronismo hizo un mito del valor de la lealtad así como el radicalismo en su hora de la reparación en palabra de Yrigoyen; sin embargo, la historia del movimiento justicialista puede  dar cuenta de cómo y cuánto se desarrolló a partir de la caída del líder, en septiembre de 1955,  la plaga de los que defeccionaron. Una plaga que inició o poco menos el almirante Alberto Teisaire y después continuaron los sindicalistas Augusto Vandor o los participacionistas  José Alonso y Rogelio Coria durante el onganiato, por no abundar en otras referencias escatológicas  como  la de Jorge  Triaca y su procesismo apoltronado en la CGT Azopardo mientras otros gremialistas como Saúl Ubaldini peleaban en la calle contra la dictadura genocida de Videla y sus sucesores.
     Si anteayer era San Perón, ayer fue el neoperonismo y el peronismo sin Perón pergeñado por dirigentes siempre dispuestos al contubernio con el poder gorila de turno en aprovechamiento de la proscripción de la mitad del electorado. Fueron ellos los antecesores de los peronistas republicanos o  racionales funcionales al macrismo durante estos tres años y medio de inflación desbocada, de destrucción del salario, de las jubilaciones, de la recesión económica sin piso, del consiguiente industricidio y de la arbitrariedad de una justicia convertida en instrumento de las operaciones lanzadas desde el Poder Ejecutivo contra la ex presidenta, su hija y sus ex funcionarios.
                     
     En cuento al Partido Radical, la historia  puede dar cuenta, asimismo, que el hoy convidado de piedra en la alianza Cambiemos o como se llame en el futuro, no reparó nada o casi nada en materia social después de luchar con innegable heroísmo y fe democrática desde 1890 hasta conseguir el voto universal, secreto y obligatorio instaurado por la ley  promovida por el presidente conservador Roque Sáenz Peña y su ministro del Interior Indalecio Gómez.  La Semana Trágica y los muertos de la Patagonia en 1920 y 1921, son suficiente prueba de que “la Causa de los desposeídos” de la visión redentora y romántica de Leandro Alem, varió pronto  a ser la de  los intereses oligárquicos que al presente  –salvo excepciones de ciertos afiliados y algunos simpatizantes con dignidad- garantiza el centenario partido  mediante su triste destino de furgón de cola de la política neoliberal y reaccionaria del Pro, su socio contranatura si se piensa en la visión social que ciertamente tuvo Moisés Lebensohn, en la industrialista de Amadeo Sabattini y en la progresista en materia de derechos humanos de Raúl Alfonsín.
     Sucede que la religión de los ceos del gabinete de Macri y sus socios de las multinacionales que constituyen la moderna versión del “régimen falaz y descreído”, es monoteísta y tiene como único dios al mercado; se trata propiamente del “Capitalismo como religión” advertido por Walter Benjamin. Por eso a esos prósperos  empresarios les debe sonar a populista aquel apotegma del filósofo  Krause: “el hombre es el principio y el fin de todas las cosas”, algo  que  Yrigoyen asumía  proclamando  los “augustos fines” de la actividad política  en orden a que “Los  hombres son sagrados para los hombres y los pueblos son sagrados para los pueblos”.
     En general los radicales son en sí mismo un oxìmoron, como que hace décadas que se hicieron conservadores. Hoy, a lo más, algunos se volvieron díscolos de la ultra reacción y huyen de las maquinaciones de Durán Barba y el inefable jefe de gabinete Peña  para refugiarse en el dúo Lavagna-Urtubey. Empero no hay una tercera vía y la famosa avenida del medio es menos transitada que la pueblerina y entrañable “calle angosta” que evoca la cueca cuyana.
     Bien lo demuestra la historia reciente de nuestros  partidos políticos y las alianzas electorales que, en general de centro izquierda, buscaron ser opciones  tanto al peronismo con su derecha fascistoide y su izquierda nunca del todo consolidada y sin complejo de ser izquierda, como al rejunte de los sectores oligárquicos en épocas que  no precisaban tener votos porque las Fuerzas Armadas eran su tabla de salvación frente a los gobiernos civiles. Ejemplos de proyectos para romper con el bipartidismo y la dialéctica peronismo-antiperonismo fueron la Alianza Popular Revolucionaria en 1973, el Partido Intransigente liderado por el más que valioso y “progre” doctor Oscar Alende  por el que sufragué en 1983 y el Frente Grande  durante el menemismo que despertó tantas ilusiones de cambio y terminó como sabemos no muy lejos de Cavallo.            
      No, en 2019 tampoco hay tercera vía posible y menos si se trata de un rejunte de dirigentes de centro derecha y de sindicalistas de la calaña del gastronómico Hugo Barrionuevo  que apuntan a enamorar a un electorado de clase media desengañada del  macrismo que con los tarifazos inverosímiles en beneficio de los socios presidenciales y la carestía de la vida por la inflación disparada a niveles record mundiales o casi, le hizo ajustar el cinturón como nunca antes.
     El dilema sigue siendo Justicia Social o esos mercados que saludan entusiastas el corrimiento al bolsonarismo de Cambiemos con la incorporación a la fórmula presidencial de octubre del senador Pichetto. Sobre tal recepción del mundo del dinero y la usura internacional a uno de los peronistas más derechosos cabe recordar aquellos versos  del autor español del siglo XVIII Tomás de Iriarte de su fábula “El oso, la mona y el cerdo”, cuya moraleja es que hay que tomar con pinzas el elogio de los malos: “Mas ya que cerdo me alaba/ muy mal debo de bailar”. 
   Por cierto que este triste  personaje Pichetto no cesa de dar signos de su macartismo con sus declaraciones sobre el presunto comunismo del candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires, el kirchnerista  Axel Kicillof. Y es que les falló la máquina del tiempo a todos estos antipopulistas y el futuro con el que tanto se llenan la boca se les perdió en el túnel del pasado y atrasa en la Guerra Fría.


(Carlos María Romero Sosa, se publicó en Salta Libre el 19 de junio de 2019 y se reeditó en la revista Con Nuestra América, de San José de Costa Rica, el 22 de junio de 2019.-)      

viernes, 21 de junio de 2019

INOCENCIA Y MELANCOLÍA EN FRANCISCO ISERNIA


    Si algún caminante pasa frente al viejo edificio aún en pie de la calle Enrique Finochietto -hasta 1965 denominada Patagones-, al 535/37/39 entre Perú y Bolívar,  en las proximidades del Parque Lezama,  ante su arquitectura señorial podrá ejercitar la añoranza sobre lo que fueron los últimos esplendores de los barrios del Sur porteño en las postrimerías del siglo XIX y principios del XX. Allí, en los altos de esa numeración  desde donde no es hoy ni era posible ayer  otear ninguna vela al tope del palo mesana, y sí factible oír en ya abolidas serenidades la sirena de los barcos en el Riachuelo de los Navíos, vivió hasta su muerte, ocurrida el 7 de octubre de 1946, el poeta Francisco Isernia.
 
Aunque olvidada, fue la suya una de las voces más singulares de la poesía lírica argentina que alcanzó su cenit en el verbo de Pedro Miguel Obligado, aquel sutil revelador de  “la historia de una melancolía”, al decir de Lugones.
 Ajeno al ansia de promoción inherente a la actual industria –y comercio- cultural, nunca buscó fama a punto tal de haber firmado con el seudónimo Ovidio de Montemar uno de sus sonetos más elogiados y popularizados en su hora: Madre marinera. Cabe anotar que ese seudónimo no está registrado en la obra “Contribución a un Diccionario de Seudónimos en la Argentina” de Leopoldo Durán, con una Noticia Preliminar de León Benarós (Buenos Aires, 1961), ni el más reciente “Diccionario Argentino de Seudónimos” de Rubén Mario De Luca (2008). Tampoco por motivos cronológicos en el “Diccionario de Alfónimos y Seudónimos de la Argentina” de Vicente Osvaldo Cutolo (Buenos Aires, 1962), que incluye un significativo número de los empleados  entre  1800 hasta 1930.

 En caracterización de Leonidas Barletta,  tanto Isernia como su contemporáneo del Grupo de Boedo, Roberto Mariani, cumplieron  una especie de consigna de la generación  a la que pertenecían: desdeñaron la pompa, declinaron honores, rehusaron figurar, trabajaron en silencio, pudorosos del elogio que se prodigaban a gritos  los de la generación anterior.
 Reclamó, en cambio, para sus iniciales composiciones el juicio crítico así fuera severo, antes que el elogio de ocasión de los consagrados. Uno de ellos, Roberto F. Giusti, advirtió en sus versos primerizos y quizá con defectos formales, la resonancia de una sensibilidad nada común. Y lo invitó a colaborar en la revista Nosotros que codirigía con Alfredo Bianchi.  Isernia dio a conocer allí en 1917 dos sonetos que luego desecho por considerarlos con excesiva influencia lugoniana  y después, en 1924 y 1925 varias otras composiciones; algunas como Lagunita, La quintera, La muchacha del tambo, de acento campestre mientras en Un niño muerto, se advierte un delicado trasfondo elegiaco. Giusti prologó su libro “Vuelo” -de 1925- que asimismo editó Nosotros. Hay en este volumen que comento amistosamente –sostendrá el estudioso de “Nuestros poetas jóvenes”- mucha poesía viva y fresca. Diría poesía pascoliana, con tal que no se quiera entender que le sigue los pasos servilmente  al poeta de Myricae. Pascoliana porque está llena de rumores de alas, de murmullos de árboles, de risas de niños, de ritmos de pasos ligeros.  Sólo que ese coro de risas infantiles y que los ritmos de andanzas de seres que el poeta veinteañero, antes de  experimentar ausencias  irreparables, bien podía idealizar que venían a su encuentro, creaban a su alrededor un aura más de gratitud que de jactancia;  más de dulzura, esa ofrenda  del espíritu  para los semejantes, que de terrenal sensualidad.  Y era un aura con poder de lente para captar con nitidez las situaciones mínimas, los hechos desatendidos por el resto de los mortales distraídos en su cotidiano apuro. Así fue capaz el Isernia intimista, repentista y descriptivo, de detenerse cierto día con respeto y es de suponer que con reverencia, frente a un ave que bebía gotas de agua. Tradujo después el cuadro a  palabras que suenan a consignas del alma: Y era todo ternura. Y era todo inocencia.   Imaginamos que  al cabo habrá volado satisfecha el ave, pero no perdió el poeta la gracia de una inocencia adánica que quedó  posada en su interior   como  la  paloma que comió en mi
mano, según otra de sus imágenes aladas.  
  
Vuelo es un libro que revela un hombre tocado de un noble afán de belleza, es un artista honrado y que huele a soledad del alma,    escribió Rafael de Diego en un comentario bibliográfico aparecido en  el número 198 de Nosotros correspondiente a noviembre de 1925.                                                         

EL DON DE LA TERNURA
  
 Había nacido el 13 de febrero de 1894 en la boquense calle Martín Rodríguez 733. No muy lejos de la antes referida casona de Patagones en que la parábola de la existencia cerró el ciclo de sus días y donde habitó con su hermano Luciano, después de fallecido el padre: José Isernia quien, cuenta Luis Tomás Prieto en el opúsculo “Francisco Isernia: el poeta de la ternura”, publicado por el Ateneo Popular de la Boca en 1962 (Cuadernos de La Boca del Riachuelo, Nro. IV), compró en 1907 un balandro frutero de dos palos en el que el niño se sentía  grumete  soñador en la ruta promisoria/ recostado en el palo del trinquete.

 Sus versos melancólicos de esa única patria del hombre que es la infancia para Rilke, más que propiamente llenos de la amarga convicción de César Vallejo: Pues yo nací un día/ que Dios estuvo enfermo, evocan tiempos con líneas de horizontes a trazar con mano escolar –concurrió a una escuela primaria situada en el ángulo que forman las calles Lamadrid y Palos- y con la tinta indeleble de la  fe y si algo flaqueaba ella, de la esperanza: Con asombro miré la vida en fiesta;/ Tuvo la gracia en flor el alma mía./ Si le hablaba a la luz, me respondía,/ Y era un eco de Dios cada respuesta.
 Mucho de religioso sin afirmaciones confesionales  hay en su poética que parece dejarse atraer por un Dios a la vista en una entrega ascensional al misterio, toda ciencia trascendiendo en cumplimiento de la aspiración  de  San Juan de la Cruz. Isernia, sigue diciendo Barletta, No era un torturado, era un sensitivo, indiferente a ciertos refinamientos, su modestia tenía el brillo de la originalidad. Fue testigo absorto a los diez años del triunfo electoral de Alfredo Palacios como primer diputado socialista de América, en sufragio popular demostrativo de que La Boca ya tenía dientes en la  expresión jocosa y admirativa de Florencio Sánchez. Solidario con los pobres y desamparados, debe haber orado por ellos y hasta lamentado que su lira no diera notas de  denuncia y rebeldía social como alguna vez, en 1896, arrancaron de la de su  admirado Lugones en plena efervescencia anarquista y revolucionaria, en aquellos  versos de “Profesión de fe”: ¡Odia pueblo!, la faz se hermosea/ cuando hay fiebres de odio en el pecho

Otro colega y amigo suyo además de vecino, José González Carbalho que vivió en la calle Ruiz Díaz de Guzmán 79, escribió en un artículo publicado en Noticias Gráficas el 13 de julio de 1949: No se documenta en sus canciones una sola rebeldía, sino acatamiento, dulzura y asombro inocente ante la belleza constantemente renovada. Resignado al modo cristiano, con esperanza de resarcirse de cada tristeza en la alegría futura, el canto surge en él como floreciendo prados interiores.
Descubrió particularmente en el soneto un cauce de expresión afín con el equilibrio y el recato con que buscaba trasmitir su mensaje lírico; y en esa envoltura clásica, como el auriga del carro alado en la alegoría platónica sofrenó todo desborde.  No deja de resultar curioso que pudiera privilegiar su personal opción literaria haciendo oído sordo a los ismos iconoclastas  de su hora y que se sintiera más cómodo, más seguro y sobre todo más pleno en el decir poético, al rimar  y medir endecasílabos o alejandrinos y no utilizando las innegables posibilidades del  versolibrismo. La inclinación por lo formal, predilección con la que no pretendió dar cátedra, se muestra patente,  identifica su escritura y marca diferencias estéticas con sus contemporáneos.  Así por ejemplo en el libro “Exposición de la Poesía Argentina” (1927); un volumen  “organizado” -reza el subtítulo- por Pedro-Juan Vignale  y César Tiempo se recogen sin pretensión  de antología como lo advierte la justificación inicial, el soneto suyo Llueve y los tercetos de Vienes con la mañana; en tanto gran parte de la producción del resto de los allí incluidos  se inclinaba por la poesía libre.      

  Después de la temprana publicación de “Vuelo”, su producción comenzó a dispersarse en diarios y revistas como Noticias Gráficas, Nosotros, El Hogar, La Razón o Pórtico donde publicó críticas bibliográficas, un artículo sobre Benito Quinquela Martín y un medallón de Alfredo Bianchi en su  fallecimiento, además de varios ensayos breves demostrativos de su interés por las literaturas francesa e inglesa como ser:  “Actualidad de Gerardo de Nerval”, “William Blake el iluminado” y “La humildad de Charles Louis Philippe”.  La revista Pórtico que comenzó a publicarse  en forma trimestral en 1941 y dejó de aparecer en 1946, era el órgano de difusión del Ateneo Popular de La Boca y sobre el vínculo de Isernia con la tradicional institución cultural fundada en 1926 por el historiador y periodista Antonio J. Bucich, en la nota necrológica de La Prensa de 9 de octubre de 1946 se subrayó la actividad que había desplegado en las funciones de Consejero del Ateneo, así como resaltó el periódico  la que tuvo en la “La Peña” del subsuelo del Café Tortoni.  

 Al cumplirse en 1947 el primer  año de su muerte, amigos,  pares en las letras, historiadores, juristas  y artistas plásticos, costearon la edición de su libro inédito: “Cielo de infancia” que como en un “corsi e ricorsi” contó con un nuevo prólogo de Roberto Giusti, el crítico y académico del espaldarazo en 1925 y, seguidamente, con otro firmado por González Carbalho. El primero de los prologuistas –seguramente un agnóstico a deducir por su ideario socialista, partido que lo llevó al Consejo Deliberante de la Ciudad de Buenos Aires y al Congreso Nacional- consignó la presencia de cierta impronta mística en alguno de sus últimos sonetos, algo coincidente –dedujo el mismo Giusti- con el regreso al catolicismo del poeta: Cuando él  ya adivinaba sus pasos postreros sobre la tierra, cantó su soledad de niño extraviado en la selva oscura, con notas de poesía religiosa, puras y altas.   

 La edición de “Cielo de infancia” estuvo a cargo de Francisco A. Colombo y entre los que cooperaron para hacerla posible pueden recogerse al azar, entre tantos otros igualmente representativos, los nombres de Juan Carlos Astolfi,  Antonio J. Bucich, Delia Bucich, Julio C. Bergottini, Pascual Cupido,  Roberto J. Capurro, A. Cunill Cabanellas, Carlos Marcelo Costanzó, Juan de Dios Filiberto,  Enrique de Gandía, José Gobello –que despidió sus restos en el Cementerio del Oeste  (Chacarita) el 8 de octubre de 1946-, Roberto Ledesma, Fortunato Lacámera, Enrique Loudet, Francisco P. Laplaza, Pedro Miguel Obligado, Luis Perlotti, Jorge Oscar Pickenhayn, Antonio Porchia, Francisco J. Póliza, Enrique Puga Sabaté, Benito Quinquela Martín -a quien Isernia homenajeó en un poema de juventud incluido en “Vuelo” que comienza: “Quinquela Martín! Quiero hacerte en mi canto/ un escorzo espontáneo…Para el caso discierno,/ en tu cara de artista, ese gesto de santo,/ y en tus ojos oscuros, la visión de lo eterno”-, Adolfo Pérez Zelaschi, Horacio Rega Molina,  Conrado Nalé Roxlo, Carlos G. Romero Sosa, Francisco L. Romay, Francisco Stagnaro,  Marcos Tiglio, Mariano de Vedia, Miguel Victorica, Amado Villar, Juan Carlos Zuretti y  Antonio Zolezzi.
 Una curiosidad del libro en cuyo interior hay una fotografía en blanco y negro del autor retratado de cuerpo entero, es que en la tapa aparece su apellido escrito con Y griega y no latina, circunstancia que se reiterará en la mencionada nota periodística de González Carbalho en Noticias Gráficas y en otras publicaciones.

  Señalamos al comienzo su injusto olvido. Aunque con excepciones: desde el ámbito oficial, la ley nacional 16.487 de 1964 promovida por el diputado capitalino por la UCRP, Reinaldo Elena, autorizó a la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires para colocar un busto de Isernia en La Boca. Y su nombre no quedó ajeno tanto a la atención de los investigares cuanto al homenaje amistoso: lo menciona Carlos Paz en “Efemérides literarias argentinas” (1999) y en la biblioteca del Ateneo Popular de La Boca, en la calle Benito Pérez Galdós 315, luce un retrato suyo al óleo realizado en 1948 por el pintor, escultor y fotógrafo Juan Zuretti. También en 1988 se publicó el libro “El soneto en la Argentina”, texto de Antonio Requeni seguido por una antología compuesta por el poeta Horacio Turner de los cultores de esa preceptiva vinculados con el Ateneo -cuyo sello lleva la edición-  y con el tradicional barrio.  La  encabeza su soneto Madre marinera,  tantas veces escuchado en las peñas literarias bohemias de medio siglo atrás como suele memorar la docente y recitadora Celia de Ghermek, antigua vecina y consecuente lectora y divulgadora de Francisco Isernia.


(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa el domingo 16 de junio de 2019.-)

                          

martes, 7 de mayo de 2019

LA ARGENTINA 2019 O EL JUGUETE ROTO POR EL NIÑO RICO


   Los chicos pobres suelen improvisar los juguetes de los que carecen y la pelota de trapo es todo un símbolo en ese sentido. Los niños ricos, en cambio, no  miran  las jugueterías como a esas cosas que nunca se alcanzan,  al decir de Discépolo en el tango “Cafetín de Buenos Aires”. Aquéllos gastan hasta el final sus  lúdicos instrumentos caseros mientras que estos otros bien pueden romperlos o desarmarlos para ver qué hay adentro; saben que les serán repuestos por otros nuevos por sus mayores. Son actitudes fundadas en las imposibilidades o las posibilidades que desde los primeros años ofrece la vida en estas sociedades tan desiguales.
  Cierto niño rico ya crecido, se empecinó en seguir jugando y rompiendo los presentes; sólo que en el tren eléctrico viajan demasiado apretujados pasajeros de carne y hueso a precio de coche pullman, merced al celo -al cabo pro inflación- del ministro de transporte Guillermo Dietrich, los juegos de guerra terminan miles de metros bajo el Atlántico Sur como el submarino ARA San Juan, las armas de sebita matan como a Rafael Nahuel en la Patagonia y al abrir cierto obsequio puede aparecer  el chasco para toda una sociedad: la  tarjeta de felicitación por el plan económico neoliberal y hambreador del pueblo de la señora Christine  Lagarde con el logo del FMI.  

  El niño rico se empecinó en ser presidente y lo logró en irreprochable elección en diciembre de 2015 con un merchandising de globos amarillos, contagioso optimismo fundado en promesas falsas y más que acertados consejos publicitarios del señor Durán Barba, cayendo todo en el terreno fértil de los  prejuicios de clase de los votantes de medio pelo.  La pequeña historia cuenta que del doctor Manuel Quintana,  un lejano antecesor en el sillón de Rivadavia, se decía desde la infancia que había nacido para ocupar la primera magistratura del país. La Argentina oligárquica marcaba entonces los destinos desde la cuna. Honores para algunos pocos y miseria, conventillos, tuberculosis y represión para el resto. En el caso del ingeniero Mauricio Macri la realidad es bien otra que la del  patricio Quintana. Hijo de un inmigrante enriquecido merced a la innegable astucia de prestidigitador en los terrenos del capitalismo prebendario orientado a la obra pública con sobreprecios y retornos, a nadie se le ocurrió que su vida se encauzaría más allá de las empresas paternas que llegó a dirigir  por breve tiempo, dada la conflictiva relación sostenida con don Franco que algún psicólogo podrá interpretar.  Hasta que un día se impuso, con buen resultado, el desafío de presidir el club de fútbol Boca Junior.  Después, cumplido ya a su leal saber y entender el “cursus honorum” acorde con los requisitos de la patria futbolera y aprovechando la ola menemista de los “outsider” de la política, entró en ella con guiños a los sempiternos ganadores del sistema que vieron en él la posibilidad de llevar a la Casa Rosada un proyecto de derecha  conservador por vía de las urnas. Una circunstancia  imposible de concebir antes de 1983 sin que mediara un golpe militar,  descartado por los dueños de la Argentina: “ los que mueven las palancas” en términos del inolvidable doctor Oscar Alende, menos debido a una súbita conversión democrática que aceptando con realismo el dato de que la Nación carece de Fuerzas Armadas con poder de fuego y con peso como para volver a sacar los tanques a la calle.  

  Lo cierto es que a tres años y medio de la gestión macrista estamos con el juguete roto, es decir con el país al borde  de la cornisa según  el diario norteamericano Financial Times: “La situación solo va a empeorar”, diagnosticó el periódico de cabecera de los inversionistas globales. Y sigue expresando la nota firmada por el periodista neoyorquino Colby Smith: “El enfoque de su gobierno para lidiar con la volatilidad del mercado y mantener contentos a los electores está fracasando de cara a las elecciones presidenciales de octubre.” En términos parecidos acaba de titular El País, de España: “La Argentina se asoma al abismo económico.”  
  En tanto el presidente sin preguntarse ¿qué hacer? o sin proponerlo como Lenin en el libro de ese título publicado en 1902, echa culpas a diestra y sinistra, se lo ve  de mal genio y para distenderse toma a menudo vacaciones -las más recientes en Córdoba durante la Semana Santa-, de vez en cuando ejerce la función actoral rodeado de extras en timbreadas de utilería y, en especial, gusta internarse con dudosa vocación metafísica, en el tiempo y sus abismos: así en la dimensión del pasado para denunciar “la pesada herencia” y en la del futuro para atemorizar al “establishment” con el regreso de la doctora Cristina Fernández de Kirchner, que por lo demás cada día que pasa sube en las encuestas mientras cunde la desilusión de los ex votantes del ingeniero frente al desgobierno del oficialismo que  igualó a toda la sociedad. Empobreciéndola.
  Nada le sale bien al pobre Mauricio: trepa la inflación, trepa el dólar, trepa el riesgo país, cierran decenas de Pymes por día, las exportaciones pese a los 47 pesos por dólar y subiendo no son las esperadas, en el bosque petrificado de la recesión no se encuentra brote verde alguno, la miseria retroalimenta la inseguridad -su solución es uno de los requerimientos más unánimes-, el narcotráfico no se inmuta frente a la cara de pocos amigos o de conocidos indeseables –uno de ellos D´Alessio- de la ministra de seguridad Patricia Bullrich,  la payasada de las fotos de las fotocopias de los famosos cuadernos del juez  Bonadío y el rebelde fiscal Stornelli no sirve ni para hacer barquitos de papel, el escándalo de espionajes truchos y extorsiones a empresarios que investiga el juez Ramos Padilla en Dolores se agranda como mancha de aceite. A todo esto, la inefable diputada  Elisa Carrió se regodea con la muerte del ex gobernador justicialista de Córdoba  José Manuel de la Sota, haciendo recordar el cajón quemado por Herminio Iglesias en el cierre de campaña peronista de 1983, el mejunje neoconservador Cambiemos –un oxímoron-  viene saliendo tercero en las elecciones PASO de todas las provincias y hasta el presidente Bolsonaro apela para que le aprueben sus medidas de ajuste en Brasil al cuco de la debacle de nuestro país.
     Así las cosas, tenemos derecho a pensar que a veces exigir juguetes para romperlos, un efecto de la malacrianza con el plus de la incapacidad,  la falta de liderazgo, las amistades peligrosas, la obstinación en el error, el desconocimiento de la división de poderes, quizá la corrupción –Panamá papers, intento de condonación de la deuda familiar del Correo Argentino en perjuicio de la Nación, la firma de decretos a favor de claros destinatarios para permitirles blanquear depósitos no declarados en el exterior, etcétera- y seguro que manga ancha ante los “conflictos de intereses” de los plutócratas a cargo de varios ministerios, tiene resultados francamente devastadores.  


(Carlos María Romero Sosa, se publicó en Salta Libre el 2 de mayo de 2019 y se reprodujo en la revista Con Nuestra América, el 4 de mayo de 2019.-)        

domingo, 5 de mayo de 2019

GUSTAVO MARTÍNEZ ZUVIRÍA Y LA BIBLIOTECA NACIONAL



     Gustavo Martínez Zuviría (1883-1962) resulta ser una figura tan controversial como ajena al actual canon literario y cabe lamentarlo. Habiendo sido  según lo consignó La Prensa del 29 de marzo de 1962, en su nota necrológica: “el novelista más popular del país y el más difundido de Hispanoamérica en su tiempo”, hoy pocos lectores le quedan; y entre  ellos  están los que  recorren sus libros y artículos con propósitos  de renovada condena política. Al escritor, cambios de gusto y de estéticas aparte,  poco puede objetársele porque de poner entre paréntesis su catolicismo  bastante inquisitorial, verbigracia su decisión como ministro de Justicia e Instrucción Pública del presidente de facto Ramírez de instaurar la enseñanza religiosa en las escuelas públicas y sus arrebatos de un antisemitismo de fondo religioso o teológico y no racista: centrado en la exigencia de la conversión del pueblo de la Alianza, ningún crítico  puede discutir  la soltura y pureza de su estilo castizo que le valió  la incorporación a la Real Academia Española de la Lengua -corporación que más tarde premió su novela “Valle negro”-; la vitalidad de sus personajes de ficción; lo imaginativo de sus argumentos y lo bien llevado de sus tramas,  que él enseñaba  en su libro “Vocación de escritor” (1931),  representan  nada menos que el argumento en marcha. Incluso alguien con suficiente estatura intelectual  y que en lo personal no le tenía simpatía  sino más bien lo contrario, el escritor Bernardo Ezequiel Koremblit, solía chancear  con ese humor tan característico suyo que mejor no empezar un libro de Martínez Zuviría porque no se podría abandonarlo hasta el final. Pero el consejo de Koremblit deviene abstracto por lo dicho al comienzo: Hugo Wast, tal el seudónimo de resonancias escandinavas que empleó a partir de la publicación de “Flor de durazno” en 1911 –novela con veinticuatro ediciones sucesivas, llevada al cine en 1917 con adaptación de Francisco Defilippis Novoa en un film donde debutó en la pantalla Carlos Gardel- perdió público.  

  De tarde en tarde  su nombre vuelve a aparecer en los diarios desatando polémicas. Así fue cuando en abril de 1996 corrió la noticia que secuestraron en una librería porteña libros de su autoría en una causa incursa en la ley antidiscriminatoria. O cuando el 3 de mayo de 2010, bajo la gestión como director de la Biblioteca Nacional del licenciado Horacio González, se sustituyó su nombre de la Hemeroteca Nacional  que había fundado por el de Ezequiel Martínez Estrada. “Como broche final a un histórico reclamo”, comentaba La Nación al día siguiente, periódico en el que fue activo colaborador.  “Martínez Zuviría era un hombre muy culto, refinado, que tenía ideas del nacionalismo de derecha, muy católico y rabiosamente antisemita”, expresó en la oportunidad el escritor y filósofo José Pablo Feinmann al tiempo que destacó, lo mismo que Horacio González, la eficiente tarea que había cumplido como director de la Biblioteca Nacional entre 1931 y 1955.

 A casi seis décadas de su muerte debiera ser  posible enfocar sin fanatismo distintos aspectos de su trayectoria pública, la que en el plano político  inició en la Democracia Progresista, partido por el que alcanzó una banca de diputado nacional y fue proclamado candidato a vicegobernador de Santa Fe en una fórmula encabezada por Lisandro de la Torre con quien, ya alejado del partido, se carteó hasta el trágico final de la vida del fundador. El historiador y documentalista Mario Tesler ha investigado por su parte otra faceta suya en el libro “Gustavo Martínez Zuviría en la Biblioteca Nacional”. Sin embargo no es aconsejable obviar su arista más cuestionada: el integrismo religioso,  respetable en el ámbito privado pero que llevó con virulencia al campo público. Eso si, cabe  contextualizar sus ideas en la época, sin absolver o disimular lo errado de ciertas posturas políticas incluida la de política idiomática cuando desde su ministerio prohibió las expresiones lunfardas en los medios de difusión con la mirada puesta en las letras de tangos. En cuanto al antisemitismo con el que se lo identifica, hay que reconocer  que en la Argentina tiene lamentables antecedentes: hasta el muy liberal Sarmiento que acertaba al despreciar a nuestra parasitaria -e indolente: “¡Alambren, bárbaros!”, vociferaba- oligarquía vacuna, desvarió con sus injurias a los gauchos, los indios,  los pueblos del Magreb y los judíos. Y superó a todo el pogron en los días de la Semana Trágica de 1919 ocurrida bajo la administración de Hipólito Yrigoyen. Hubo por entonces radicales que quemaron su afiliación al partido gobernante debido a los ataques a la comunidad judía y el mismísimo doctor Francisco Beiró, después ministro del Interior y en 1928 candidato a vicepresidente de la Nación, se enfrentó con correligionarios políticos y elementos de la extrema derecha por el mismo motivo. Más tarde en las filas  nacionalistas no hubo posiciones claras ni unánimes sobre el tema. Leopoldo Lugones, Carlos Ibarguren o Manuel Gálvez nada tuvieron de antisemitas y entre los jóvenes de Forja cundió el repudio a toda actitud antijudía. Sin embargo la influencia del intelectual contrarrevolucionario y monárquico francés excomulgado por Pío XI, Charles  Maurras  sobre muchos cuadros del nacionalismo, algunos tan valiosos como Julio Irazusta, Juan E. Carulla y en algún momento el peronista Fermín Chávez que tradujo “Soliloquio del prisionero” –Martínez Zuviría  había tomado contacto en París con la  l’Action Française  creada por el después  académico de Francia-,  resultó  nefasta con su disociación entre política y moral, principal punto de la crítica a Maurras del filósofo tomista  cordobés Alberto Caturelli, en objeción no compartida  por el igualmente tomista sacerdote dominico Juan Pinto. Lo cierto es que los convencidos  en los años 30 y 40 del siglo XX  que había que enfrentar por igual al socialismo ateo y al capitalismo individualista, terminaron identificando por miopía, ignorancia o prejuicio de clase a este último sistema con el llamado “oro judío”. Era el  atajo del chivo expiatorio apropiado para pasar por alto la avaricia de los acumuladores de riqueza confesionalmente cristianos de otras latitudes y la de las oligarquías vernáculas, cuyos integrantes eran en muchos casos los parientes ricos con lujos liberales y hasta progresistas de los niños bien  nacionalistas con ensoñaciones jerárquicas y en algún caso virreinales.
  Aunque prohibida la edición de sus libros en la Alemania nazi, circunstancia reconocida por el historiador Daniel Lvovich autor del libro “Nacionalismo y antisemitismo en la Argentina”, bastante de aquella facilista identificación de la explotación capitalista  y precapitalista con el “oro judío”, puede leerse  en “El Kahal”, en “Oro” o en su apocalíptica novela “666”,  parangonada con la ficción profética “El amo del mundo” del inglés  Robert Hugh Benson.                                                  

 Sin embargo con la madurez debe haber exorcizado bastante de ese agresivo pensamiento, porque a dos años de la creación del Estado de Israel en un artículo publicado en la revista Argentina (Año II, Nro. 14) correspondiente a marzo de 1950 titulado “La restauración del Templo de Jerusalén”, criticó  la internacionalización de Jerusalén promovida por las Naciones Unidas: “Habiéndose ya restablecido el Estado de Israel, pero sin su capital histórica, que la UN no ha querido entregarle, se actualiza la idea de la reconstrucción del templo, esperanza milenaria del pueblo judío.”  Y dice más adelante:El resurgimiento de Israel como nación es uno de los hechos capitales de la época actual, pero no puede ser completo sin la posesión de Jerusalén, la ciudad santa por excelencia.” Por aquí de antisemitismo, nada. O bien de los arrepentidos se vale Dios.

EN LA BIBLIOTECA NACIONAL

   El libro al que antes se ha hecho referencia del licenciado y lexicógrafo Mario Tesler, investigador agudo que, enfocándolos a partir de un severo sostén documental, viene ahondando sobre múltiples cuestiones de carácter histórico y conexas, como la recopilación en sucesivos volúmenes de seudónimos de mujeres de las letras y de militantes y figuras de la política argentina,  analiza  en 125 páginas la actuación de Martínez Zuviría al frente de la Biblioteca Nacional. Con buen método toma en cuenta  los distintos y turbulentos momentos políticos en los que trascurrió su extenso desempeño en el entonces edificio de la calle México; y sobre todo los del último peronismo que finalmente lo desplazó del cargo por decreto Nº 7144 de 24 de mayo de 1955 –detalla Tesler-, reemplazado por José Luis Trenti Rocamora. Difíciles días si se piensa que desde 1951 uno de sus trece hijos: Gustavo, un militar que había participado de la insurrección del general Benjamín Menéndez estuvo preso y en el lamentar de su padre había perdido la carrera.  (No la perdió porque la asonada de Lonardi lo devolvió a las filas castrenses –fue un estudioso de la historia militar- donde alcanzó finalmente el generalato).

  El tema tratado  fruto del trabajo de años, no le es ajeno a Tesler que además de haber sido funcionario especializado del organismo hasta su jubilación, escribió libros y folletos sobre la  Biblioteca Nacional y varios de sus conductores, de  Manuel Ricardo Trelles y Paul Grosussac hasta el  médico y bibliotecario Horacio Hernández que fue su máxima autoridad  hasta 1984. En nueve capítulos enfoca aportando detalles significativos y profusas notas a pie de página, diferentes momentos y aspectos de la dirección de Martínez Zuviría. Desde su designación a finales de  1931 por la dictadura de Uriburu para sustituir al fallecido jurista y pensador Carlos F. Melo, nombramiento que aplaudió el sector  nacionalista colaborador con el golpe del 6 de septiembre y figuras de la iglesia como el historiador jesuita Guillermo Furlong, su amigo y confesor,  y no muy bien visto por  los grupos de ideología liberal igualmente septembrinos. La revista Nosotros de Alfredo Bianchi y el crítico literario socialista Roberto Giusti, después legislador por el Socialismo Independiente, partido integrante de la Concordancia que otro socialista: el diputado obrero Joaquín Coca venía llamando “El Contubernio”, editorializó por ejemplo: “Esta designación ha sido recibida con unánime sorpresa en el mundo de la cultura.” Es de recordar que con aprensión elitista, era moda en su tiempo atacar a Martínez Zuviría por su popularidad como novelista que batía record de ventas.  Por supuesto otros podrán computarse como sus arcaísmos en materia religiosa o sus yerros en urticantes temas ideológicos –equilibrados en su obra en dos tomos: “Don Bosco y su tiempo”(1932), que sin ocultar su mensaje antimasónico y en consecuencia  objetor del “risorgimento” italiano y de figuras como la de Giuseppe Mazzini, desde una vereda opuesta a la suya incomprendida asimismo por Carlos Marx, predicó contra “los que oprimen a sus semejantes por la riqueza o la fuerza”. Y al hablar de la “trama confusa de las doctrinas revolucionarias, socialistas o demócratas”, advirtió el biógrafo del santo piamontés: “el hilo de oro de una gran verdad que todas ellas contienen. Esa verdad trascendental es la igualdad”-; en cambio ser leído por vastos sectores, entretener, emocionar y dejar pensando a muchos  fue  una de sus virtudes como escritor.  

  Tesler que se muestra algo crítico de las gestiones de Groussac y de Borges hoy mitificadas, da cuenta de la austeridad en materia presupuestaria en que tuvo que llevar a cabo su gestión y que no obstante ello, activando las donaciones y el canje de publicaciones, el número de libros y piezas varias fichadas trepó de 265.899 al iniciarla a 700.000 cuando finalizó. Otro punto destacado  fue la publicación de La Revista desde 1937 a 1955 para la que designó como responsable en 1943 al diplomático e intelectual peruano Felipe Barreda Laos. Ese órgano de difusión periodística de las actividades del organismo, fue de algún modo la continuación de las publicaciones del mismo nombre promovidas primero por Trelles y después por Groussac. Aunque también en tiempos de Martínez Zuviría se dieron a conocer varios catálogos de documentos históricos obrantes en la Biblioteca y el archivo del Deán Gregorio Funes, emprendimientos en los que trabajaron figuras olvidadas como Manuel Selva, autor de un “Tratado de bibliotecnia” (1939), el periodista cordobés Arturo Cabrera Domínguez y el Subdirector Raúl Quintana, quien se casó con su hija, Matilde Martínez Zuviría y en el plano administrativo supo ocuparse de  los libros del general San Martín donados por su yerno Mariano Balcarse   en 1856.

  No faltaron reacciones -no registradas por Tesler- a cierto abuso del derecho de admisión por parte de Martínez Zuviría. El poeta y académico de letras salteño Santiago Sylvester,  asesor de la Biblioteca Nacional bajo la dirección de Horacio Salas, descubrió en un olvidado bibliorato una resolución firmada el 11 de mayo de  1942 que retiraba la credencial de lector e impedía el ingreso a la casa a Jacobo Fijman. Valga recalcar que no se trató de un acto discriminatorio, incluso Fijman se había convertido ya al catolicismo. El poeta martinfierrista de “Molino rojo” solía proferir gritos al sufrir de crisis mentales. Murió internado en el Hospital Borda en 1970. Como fuere quizá la medida resultó extrema y no honra al que la suscribió. Aunque suena extraña y excepcional semejante disposición porque Martínez Zuviría promovió que investigadores y autores concurrieran a la Biblioteca Nacional. Por motivos familiares poseo una prueba de ello. La narradora y periodista Flora del Carmen García Black de Gómez Langenheim (1884-1976) que firmaba sus colaboraciones en La Nación, La Prensa, El Pueblo, Caras y Caretas  y otros medios con el seudónimo “Carmen Arolf”, anagrama de su nombre, en octubre de 1935 le envió al despacho de la calle México un libro de su autoría recién aparecido: “Haz de añoranzas”. Disculpándose por la tardanza en responderle con muestras de una caballerosidad ahora en desuso, el director fechó el 18 de enero de 1936  su extensa  respuesta en una carta mecanografiada en papel oficial con el logo de la institución. Allí comentó con elogio el obsequio de esa obra de carácter nativista y extraigo de la  comunicación lo  siguiente: “Está demás decirle que con el mayor gusto se le enviará a usted un carnet de acceso permanente a la Sala de Investigadores. Usted lo merece y yo sólo deseo que la Biblioteca Nacional le pueda ofrecer todo tipo de comodidades y los libros que necesita”.  Frases que avalan lo antes anotado sobre el objetivo trazado por Martínez Zuviría que la Biblioteca estuviera al servicio de los trabajadores de la cultura y abierta al público en general.                            

(Carlos María Romero Sosa, se publicó en Calchaquimix, el 26 de abril de 2019.-)