lunes, 9 de diciembre de 2019

PERIODISMO, HISTORIA DIPLOMÁTICA Y LITERATURA EN "SENTIRES", DE ALBINO GÓMEZ

PERIODISMO, HISTORIA DIPLOMÁTICA  Y LITERATURA EN “SENTIRES”, DE ALBINO GÓMEZ

                                                      
                                             …Y un día de verano del año 2010  conocí a Albino Gómez en persona. Y la imagen de la figura mítica y de culto que de él me había formado al escuchar anecdotarios que lo pintaban de cuerpo entero registrados por amigos comunes -uno de ellos Rogelio García Lupo-, a más de la fuerte impresión causada por los pocos libros de su autoría  que había leído hasta ese momento, reveladores de una impar trayectoria en las letras jalonada por una irrefrenable imaginación creadora, una captación de caracteres individuales  cuando no de idiosincrasias colectivas y todo condimentado con enfoques del mundo y de la vida en extremo singulares, en lugar de desvanecerse en la cotidianeidad del trato que me dispensa desde entonces, se fue afianzando en mí marcada por el creciente afecto, la admiración intelectual y cierta complicidad  en materia de solidaridades con los malditos incluidos en el index del establishment, hoy un más exclusivo y plutocrático “círculo rojo”.      
                                         Falta escribirse una biografía de este hombre público y polígrafo ajeno a toda actitud olímpica tan común entre quienes han alcanzado  nombradía en el campo de la cultura o accedido a cargos  expectables, dos circunstancias que en su caso se suman y complementan. Esa obra futura y necesaria bien podría titularse por memorar y parafrasear antiguos y ya clásicos encabezamientos: “Albino Gómez o el don de la familiaridad”. Familiaridad sin chabacanería -va sin decirlo-, e invitación cordial, sin demagogia, a aventar en su presencia o frente a su labor de publicista, cualquier cuota de timidez, sea en el diálogo directo o en  esa alteridad que en forma ineludible reclama la de sus artículos y libros. En rigor pocas lecturas como las suyas requieren del enriquecedor, afectivo y buberiano yo-tu con el lector, en esta época monologante en grado de hiperbólico subjetivismo individualista.                                         
                                         Albino Gómez, más platónico que aristotélico, sabe bien diferenciar el conocimiento sensible  del inteligible. Sin duda ha intuido las ideas puras; empero aquí y ahora ofrece estos “SENTIRES” y lo hace sin prejuicio racionalista alguno contra las  emociones, de allí su denominación. Lo hace sin negar  ni disimular su propio itinerario existencial, uno de cuyos galardones es haber tanteado con humano empecinamiento, entre sombras que enardecen nuestro tiempo nublado y ante la vaguedad de las figuras que se desvanecen en el agua,  las letras que forman la palabra verdad.  Para asumirla como posibilidad, horizonte, desafío interior y para pronunciarla y repetirla  como un mantra contra todo escepticismo. Y aunque no se cree dueño de ella,  muestra en cada línea de estos “SENTIRES” su constancia para sostener la porción de la verdad al alcance de la humana indigencia gnoseológica a través de la práctica ética y estética de la autenticidad, esa veracidad del corazón. 
                                   De su propio temperamento donde no cabe la actoral solemnidad deviene su literatura. Tanto la de imaginación, expuesta en sus novelas directas y sujetas a tramas de creciente interés para los lectores, nunca barbitúricamente experimentales, como la del ensayista erudito y lúcido que no soslaya el dato pintoresco, la anécdota personal traída a cuento con ánimo aclaratorio y sin propósito de adjudicarse primeros planos. Son ensayos los suyos condimentados con el innato sentido de aquella gracia celebrada por don Ángel Ossorio y Gallardo en un libro con ese título, para exponer las ideas claras y distintas sin renunciar con  Chesterton a la certeza de que hay una sola cosa imprescindible: todo.   
                                   Y ni qué hablar de sus Albinísimas, donde se dan cita el humor, el ingenio, la ironía, la perplejidad ante las cosas y los hechos que le salen al paso y ante los que toma nota  y se empeña en darles sentido, proporción, contexto, ordenación y jerarquía. Después las entrega a los lectores –durante mucho tiempo los de La Prensa dominical- en porciones brevísimas cocinadas al fuego del corazón. Así sus Albinísimas  constituyen una suerte de subgénero del aforismo y de la ramoniana greguería.  El saber que trasmite en ellas es saber sabroso con mucho del saber alegre de los trovadores provenzales que  sedujo a Nietzsche.

                                      Pocos como él han conocido tantos seres  dignos de conocerse y con la mayoría de ellos hacer amistad: desde el iusfilósofo Carlos Cossio a don Raúl Alfonsín; desde Arturo Fondizi , Rogelio Frigerio, José Ber Gelbard y Mario Amadeo hasta Dardo Cuneo, Hermenegildo Sábat, Astor Piazzola y Arnaldo Rascovsky; desde Marco Denevi, Bernardo Ezequiel Koremblit, Juan Gelman, Mario A. Cámpora o Beatriz Sarlo, hasta los españoles republicanos Ramón Prieto -ex integrante de la Columna Prestes en 1925, más tarde, durante la Guerra Civil española,  herido en la batalla del Ebro y después de asentarse en la Argentina e incorporarse  al peronismo, uno de los que suscribieron en Santo Domingo -la entonces Ciudad Trujillo por la megalomanía de “El Chivo”- el famoso Pacto entre él líder exiliado y Frondizi-, y el músico y diplomático después de nacionalizado estadounidense, Comandante Gustavo Durán, integrante en aquel annus mirabilis 1945 de la misión de Spruille Braden y en  tal carácter fogonero de la Unión Democrática. Es de anotar que no hubo ni hay fisura alguna en los afectos de este sacerdote de la amistad.  
                                     Si pocos tuvieron el don de ejercitar semejantes confraternidades, menos aún han sido los signados con el privilegio de participar para luego testimoniar en crónicas periodísticas de alto vuelo,  de muy dramáticas y siempre  notorias situaciones, que al cabo en algún caso devinieron pintorescas pero todas ellas vinculadas por el hilo común de la trascendencia  histórica. Quién otro puede contar sin alardes, por ejemplo, que a poco de triunfar la Revolución Cubana,  fue anfitrión de Fidel Castro  durante su visita a Buenos Aires, cuando todavía era considerado un héroe por los Estados Unidos y su presencia aquí  caía muy bien a nuestra oligarquía perseverante en su tilingueria, que identificaba al general  Perón con el sargento Batista. Albino, el primero de mayo de 1959, como  funcionario de la Cancillería, agasajó al Comandante y a una decena de sus barbados guerrilleros en el restaurante La Cabaña famoso por sus carnes argentinas,  debido a que el entonces canciller Carlos Alberto Florit debía participar  de una función en el Teatro Colón esa noche.
                             Pero no todo fue agasajo, fiesta y condecoraciones en su vida. Más tarde, a partir del 11 de septiembre de 1973, como consejero cultural en la embajada Argentina en Santiago de Chile le tocó vivir el horror de la represión desatada contra el pueblo hermano según lo registra el capítulo: “Memorias del horror en el Chile de Pinochet”.
                            Fue entonces que el intelectual que rechazaba y rechaza habitar la torre de marfil y en cambio puede admitir con satisfacción en sus altos años repitiendo aquel verso del “El espíritu puro” del conde Alfredo de Vigny: “Así viví mi tiempo y así he vivido yo”; el humanista en todas las acepciones del término que tanto había conversado en Nueva York sobre el mundo griego con el escritor boliviano, ex alumno en Alemania  de Heidegger: Marcial Tamayo –a la sazón embajador ante las Naciones Unidas y en 1982 canciller del país del Altiplano- y que tensando el arco de sus convicciones  escribió en un poema de su antología “Sólo se trató de vivir y amar” (2014):  “A Grecia llegué/ dos mil años después/ de lo debido/ y a Sudáfrica/ dos mil años antes/ de lo oportuno” -al evocar que ejerció  funciones  diplomáticas tanto en la cuna de la democracia cuanto en la desoladora afrenta a la dignidad humana del apartheid-, desplegó tras la cordillera de los Andes su lado compasivo y su fidelidad a los principios  del Derecho Internacional Humanitario. Es así que según  sus palabras “con la única ayuda de dos colegas, lamentablemente fallecidos, logramos salvar la libertad o la vida de más de cuatrocientas personas, a las cuales les otorgamos refugio en la sede de nuestra Embajada.” La historia decidirá alguna vez que el nombre de Albino Gómez bien pueda inscribirse por esa razón, próximo al de aquellos esforzados diplomáticos que se jugaron en otros momentos históricos, así el cónsul  en Madrid Pablo Neruda durante la Guerra Civil Española, dado al rescate de perseguidos del bando perdedor de la Guerra Civil,   depositados en campos de concentración bajo la acusación de rojos.  En tanto en la Segunda Guerra Mundial, baste ejemplificar con el caso del sueco Raul Wallemberg, el gran desaparecido del siglo XX, o el del embajador español: Ángel Sanz Briz, salvador de más de cinco mil judíos en Hungría, conocido como el Ángel de Budapest y declarado Justo entre las Naciones por el Estado de Israel. 
                                  De ser así en la posteridad, el brillo del nombre de Albino Gómez habrá de servir para limpiar la triste, la vergonzosa decisión de  no otorgar visas a indeseables o expulsados: léase judíos, en los países ocupados por la Alemania nacionalsocialista por parte de nuestra Cancillería, política verificada en la Circular reservada Nro. 11 de 12 de julio de 1938, suscripta por el ministro José María Cantilo, un dato más en el conglomerado de los que sobre el particular viene analizando y documentando otro embajador de lujo e historiador de nuestras relaciones internacionales, el doctor José Ramón Sanchís Muñoz.   
                                   Por cierto en este mundo enemigo del alma, la misericordia merece burla y la solidaridad no se agradece, se venga, como una vez le escuché decir a  Hipólito Paz -el inolvidable Tuco Paz-; y ocurrió que años después de su actuación oficial en el país trasandino, quizá el peor de los ministros de Relaciones Exteriores que soportó la Nación, Alberto Vignes, lo declaró prescindible, situación que se prolongó por diez años. Albino que  “pane lucrando” debió volver full time al periodismo, desde las columnas de Clarín denunciaba los comprometedores antecedentes antisemitas y los otrora  presuntos negocios turbios con visas del canciller ultraderechista próximo a la logia P2.  Ante las respuestas airadas  del aludido,  lo motejaba en el diario de Roberto Noble “Vignes de ira”, en una ocurrente paráfrasis del título de la novela de John Steinbeck. (En Clarín más tarde, donde dirigió el suplemento de los jueves Cultura y Nación desde 1976, publicó una de las primeras versiones castellanas de poemas previamente vertidos al inglés de Juan Pablo II, con el que conversó en más de una oportunidad.)               
                                                  
                                   Nada más apropiado que la actividad periodística para este hombre con los ojos fijos en la realidad y los del alma anhelosos de  modificarla en  libertad y justicia. Periodista jugado por la noticia sin medir riesgos, se aventuró al Irán del Ayatollah Komeini y arribó a Teherán un 20 de agosto de 1980 soportando 40 grados de temperatura, cuando cumplían más de trescientos días de cautiverio los rehenes de la embajada norteamericana a manos de los estudiantes siítas. Al cronista ciertamente de lujo no le faltaron contactos internacionales y pudo entrevistarse con la cúpula del gobierno que suplantó al Cha, algo negado en general a los enviados por las redes  informativas de  Occidente.        
                                   Seré autoreferencial por un momento para reconocer que cuando una noche de 1984 escuché el debate por el tratado de Paz y Amistad entre Argentina y Chile para poner fin al conflicto sobre el Canal de Beagle,  disputado entre el senador Vicente Leónidas Saadi y el ministro Dante Caputo, que moderó  el inefable Bernardo Neustard, apenas treintañero yo poco sabía de Albino Gómez y apenas más debido a mis antecedentes salteños de Julio Mera Figueroa, quienes me entero ahora por “SENTIRES”, resultaron ser los representantes respectivamente del entonces canciller y del pintoresco legislador catamarqueño que acusó al académico licenciado  Caputo de irse por las nubes de Úbeda. Otra situación  que lo tuvo  en primera línea.
                                                                                                                                      
                                 En “SENTIRES” hay material de sobra para construir y reconstruir la pequeña y la gran historia. Hay justicieras menciones al tratadista y ex canciller del presidente  Cámpora, doctor  Juan Carlos Puig, hay otras varias evocaciones y homenajes, hay inquisiciones sobre nuestra realidad política, diplomática, social y cultural.  Hay apreciaciones sobre el mundo que nos toca vivir y sus vertiginosas posibilidades como la robótica. Y hay un sinnúmero de inquietudes varias traducidas en prosas breves llenas de intención y lucidez. Sin descuidar las aproximaciones a la filosofía, a tono con la vocación de  difusor de la madre de las ciencias a que nos tiene acostumbrado el didáctico exegeta de la Teoría Egológica del Derecho  de Carlos Cossio,  del pensamiento católico, justicialista y latinoamericanista  de  Amelia Podetti o su  insomne peregrinar por el tránsito del existencialismo al  maoísmo de Carlos Astrada y por las ponencias acercadas al Congreso de Filosofía reunido en Mendoza entre el 30 de marzo y el 9 de abril de 1949.
                                Decía Xavier Zubiri que la filosofía no es su historia pero que la historia de la filosofía, es filosofía y en ese sentido su rastreo e interpretación de complejos y cerrados sistemas filosóficos o iusfilosóficos, dan cuenta de sus propios desvelos en la materia. 
                             “SENTIRES”, en resumen y aun con la osadía de pretender tal extracto, constituye un ejemplo de libro misceláneo donde cada título despierta un interés diverso,  que al cabo y en forma paradojal invita a pensar  en el modo ordenado, relacionado e ilimitado  en que se expande  el universo intelectual y afectivo del autor.


                             (Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa, el 8 de diciembre de 2019.-)                                                

lunes, 11 de noviembre de 2019

UN TELESCOPIO PARA LA PRENSA

Don Honorio H. Gómez Ibáñez
                                                                
                                                                        
   LA PRENSA acaba de cumplir su  sesquicentenario. Más allá de sus cambios de formato, de los del estilo periodístico para estar a tono con los  dictados por las preceptivas actuales en la materia y hasta de los sucesivos dueños de la empresa, en este siglo y medio ha sabido honrar y mantener de su fundador, José C. Paz,  el espíritu liberal, incluso conservador: un “estilo político” al decir de Emilio J. Hardoy,  con el que se puede coincidir  o no, pero que no obstó mientras otros medios callaban,  para que en  la última dictadura acogiera y publicara, bajo la dirección del arquitecto Máximo de Gainza, solicitadas con listas de desaparecidos.  Del doctor  Paz se cuenta que antes de viajar a Francia, como embajador designado por Roca en 1885, dejó escrita la renuncia al cargo diplomático a desempeñar en un cajón de su escritorio, con la expresa instrucción a sus reemplazantes en la dirección, que la misma fuera enviada al presidente de la República cuando consideraran del caso  criticar actos de gobierno desde las columnas del diario.
   Empero, el matutino, además de faro informativo y formativo para el sector de la ciudadanía afín a su ideario, fue durante un largo período de la historia porteña identificado popularmente  con su tradicional y suntuoso edificio de la Avenida de Mayo 575, hoy Casa de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires. “No se conoce en Europa una publicación tan soberbiamente instalada como este diario argentino. Tampoco en Nueva York existe periódico alguno que pueda comparar su casa con la de LA PRENSA”, escribió Vicente Blasco Ibáñez  en su libro “Argentina y sus grandezas”.  Esa construcción, a juicio del escritor valenciano, “el más lujoso de los palacios de la Avenida de Mayo”,  se inauguró  en mayo de 1899, según diseño de los arquitectos Carlos Agote y Alberto Gainza, egresados de L´Ecole de Arts et Manufactures de París.
  Además de los mosaicos de Boulanger, la herrería de Val d´Osne, el reloj de la fachada de Paul Garnier, los ascensores neoyorquinos, la estatua de Palas Atenea, que simboliza La Libertad, obra  del francés Maurice Bouval y las pinturas interiores de Nazareno Orlandi y Reinaldo Giúdice, cabe acotar que en algún momento tuvo LA PRENSA un telescopio que desde casi cincuenta metros de altura escudriñaba los misterios de la noche.
 El dato de su llegada allí se encuentra registrado  en la biografía de Honorio Hermenegildo Gómez Ibáñez (1832-1900) obrante en el tomo III del Nuevo Diccionario Biográfico Argentino de Vicente Osvaldo Cutolo. Y fue   tradicionalmente conocido, tanto por la descendencia de la familia Paz como por la de  Gómez Ibáñez; quien obsequió a su fraterno amigo José Camilo Paz esa pieza que había hecho traer de Europa para su propio uso, sumándose así –contaba Honorio Pastor Gómez Langenheim, hijo del donante- a las celebraciones por la inauguración de la nueva sede en sustitución de la inicial de Moreno 73,                                                             
  El mencionado era hijo de José Damián Gómez Obligado y de Manuela Josefa Ibáñez Marín y de la Quintana, nieto del héroe de la Reconquista, capitán Lázaro Gómez del Canto y Rospigliosi y por rama materna del coronel Pedro Ibáñez Rospigliosi, héroe del combate de  Tacuarí  en la expedición del general  Belgrano al Paraguay y Gobernador Intendente interino de Buenos Aires en 1818.  
  El 29 de mayo de 1900, al día siguiente de su muerte ocurrida en Buenos Aires, LA PRENSA  publicó una extensa nota necrológica sobre él  destacando entre otros conceptos: “Fue pro-secretario del Senado; en tiempos de la Organización Nacional, secretario del gobernador de Buenos Aires, don Pastor Obligado, revolucionario en 1874 y desterrado por esa causa.” (Precisamente en la vencida revolución mitrista de 1874 se la jugó codo a codo junto a José C. Paz). Años antes, el 25 de enero de 1885, con motivo de haber sido relegado en un ascenso en la Aduana donde se desempeñaba luego del ostracismo vivido en Montevideo, un artículo de fondo del diario denunció el hecho y asentó sobre su persona y servicios a la República: “Como funcionario público es incorruptible. Su competencia es muy superior al puesto que desempeña con rara consagración. No solamente está a la altura del destino de Vista, sino del de Administrador de la Aduana.”   
  Hombre de estudio y buen exponente por cultura e inquietudes modernizadoras de la Generación del Ochenta, Gómez Ibáñez, aparte de sus conocimientos  jurídicos, en especial sobre temas de Derecho Parlamentario  y de sus provechosas horas de retiro en la biblioteca de libros literarios e históricos en francés  que reunió con dedicación -hoy varios de ellos apetecidos por bibliófilos como El Nuevo Anquetil de Historia Universal en la lujosa edición ilustrada de 1848-, fue asiduo contertulio  de Estanislao S. Zeballos que le remitía su Revista de Derecho, Historia y Letras y un aficionado a la astronomía. Lector de Flammarión, llegó a frecuentar en Córdoba al norteamericano Benjamín Gould, el sabio a quien Sarmiento convocó para instalar el Observatorio Astronómico de Córdoba del que fue director.   
  Un nieto suyo, Carlos Obligado, recuerda ese interés por la ciencia –y el arte- de Urania en los versos de su romance Nocturno, presente en “El poema del Castillo”(1938): “Con mi abuelo materno (a Don Honorio/ Gómez Ibáñez honre aquí de paso)/ Detallé ya la Hidra en primavera/ Y minucias de Orión, en el verano,/ pues de ciencia accesible, perfumaba/ su recia vida el generoso hidalgo./ Después, obsequio suyo, me sabía/ mi denso Flammarión  a los quince años.”
                                                 
  Generaciones y hechos  se sucedieron desde ese finisecular año 1899, tanto que no es de extrañar haberse perdido –al menos eso ocurre en mi caso- el rastro del telescopio, muerto el hijo primogénito del destinatario original del obsequio: don Ezequiel Paz, que cuando era director del diario aún lucía en los altos del edificio de la Avenida de Mayo. Es ley la destrucción final o el extravío de los objetos, aunque resulta reconfortante imaginar que sobreviven  los sentimientos que los signaron dándoles sentido y hasta, a veces, fortaleciendo a través de su pura materialidad, viejos vínculos afectivos.-


(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa el 18 de octubre de 2019.-)       
                   

lunes, 16 de septiembre de 2019

CARMEN AROLF, PERIODISMO CATÓLICO Y LITERATURA NATIVISTA


                                                          
     Tal vez fue en sus inicios por timidez, una condición  que en el universo de las letras podría confundirse con cierta inseguridad para afrontar el oficio de la palabra. O acaso a ejemplo  de su admirada amiga bastante mayor en edad, Emma de la Barra de Llanos, que firmaba sus populares novelas: César Duayen, influenciada  a su vez –quizá- por Amantine-Aurore-Lucile Dupin  que suscribía las suyas como George Sand. O sin duda  porque a mediados de los años veinte del pasado siglo la irrupción de una mujer joven en función de publicista, dando a conocer artículos y relatos en especial de corte nativista cuando no que enfocaban temas indigenistas, era  poco común y daba para el comentario social en muchas ocasiones malicioso, antes que para la crítica propiamente literaria, en general también prejuiciosa salvo excepciones.
   Lo cierto es que la escritora en cuestión se decidió a firmar con el seudónimo Carmen Arolf que registró en 1939 según la ley 11723 promulgada pocos años antes, ocultando así a los lectores que se llamaba Flora del Carmen García Black de Gómez Langenheim -por su matrimonio con el médico Honorio P. Gómez Langenheim era concuñada de Rafael Obligado-; aunque la sucesión de apellidos no resultaba un impedimento si de varones se trataba. Un articulista, historiador y poeta  de renombre en la época suscribía las colaboraciones como Antonio Pérez-Valiente de Moctezuma; y para entonces solamente Baldomero Fernández Moreno hacía gala de haberse aligerado del título doctoral y de la inicial de su nombre como lo explicitó en el poema “Palabras”.
    Solía contar que se le ocurrió el empleo de Carmen Arolf, anástrofe de su primer nombre, ante la revelación que le causó  su exótica resonancia eslava al leerlo al revés y comentar la circunstancia  con publicistas colegas.   Con ese seudónimo se  hizo conocida esta periodista, cuentista y autora teatral nacida en 1884 en Chascomús, donde su padre español, administraba una propiedad rural que había pertenecido a Richard Black Newton, el introductor del alambrado en el campo argentino y  pariente próximo de su  esposa: María Black Portela Salinas.   
   Tan conocida al punto de haber recordado el centenario de su nacimiento -había fallecido en Buenos Aires el 19 de agosto de 1976- tanto La Nación (el domingo 20 de mayo de 1984) como  La Prensa en una columna aparecida en la edición del miércoles 16 de mayo del mismo año. En ambas notas se destacó su trayectoria cultural en diversos medios gráficos, algunos tan legendarios como Caras y Caretas o Plus Ultra. Aparte de su colaboración frecuente en La Nueva Provincia de Bahía Blanca; en los suplementos en rotograbado de La Nación –donde la invitó a escribir Eduardo Mallea- y La Prensa a cargo de don José Santos Gollán; su paso por Democracia y las revistas Para Ti, Estampa, Pro Familia, Auto Club, la infantil Billiken; y su desempeño en el diario católico El Pueblo, donde fue jefa de la sección Sociales y columnista. (Sobre  este tabloide  que fundó en 1900 el sacerdote redentorista alemán P. Federico Grote y dejó de aparecer en 1960, cuya redacción funcionó primero en Avenida de Mayo 822 y luego en la calle Piedras 567, existe publicado en 2012 el libro nada complaciente con el “lenguaje de cruzada” de sus editoriales, de la investigadora del CONICET, doctora Miranda Lida: “La rotativa de Dios”).     
    Décadas más tarde, en el número 107 de la revista Historia bajo la dirección de Armando Alonso Piñeiro, correspondiente a los meses de septiembre-noviembre de 2007, subrayamos por nuestra parte  que mientras el canon historiográfico argentino de cuño mitrista marcaba contraponer las figuras de  los libertadores José de San Martín y Simón Bolívar debido a los “celos nacionales y el criterio sectario de las vidas perpendiculares” que diagnosticara Ricardo Levene en un discurso pronunciado en 1942 en el Museo Histórico Nacional sobre “La tradición bolivariana argentina”, Carmen Arolf se anticipó a su apreciación en nuestro medio y en 1930 -al conmemorarse el centenario de su muerte-  escribió una extensa biografía del caraqueño soñador de La Gran Colombia, poniendo de resalto su ideario americanista y la trascendencia del Congreso de Panamá de 1826.  
   Lily Sosa de Newton, autora del “Diccionario de Mujeres Argentinas”, expresó sobre Carmen Arolf: “Tuvo una notable actuación en el mundo literario de su época por su importante producción conocida a través del libro y de diarios y revistas.”  Sus cuentos y leyendas en especial sobre la Patagonia Argentina, fueron elogiados por sus aportes a la toponimia local y tomados como modelos de ficciones de proyección folclórica por autoridades de la talla del antropólogo y médico doctor Gregorio Álvarez y del investigador profesor  Félix Coluccio, que en tres oportunidades la cita en su “Diccionario folclórico argentino”.
  Cabe enumerar entre sus libros: “Ana Teresa” (novela) (1925), Haz de añoranzas (1935), “Matices sureños” (1936), “El hada del Famatina” (1937)  y “Evocaciones argentinas (1948); aparte de comedias infantiles   representadas por el grupo  teatral Aladino a cargo de la profesora María Lidia Barone del Curto y hasta de su incursión en 1953 en la historieta con “Agripín y el caballito veloz” que publicaba semanalmente el diario El Pueblo.

 Juan José de Soiza Reilly destacó  su labor en un ensayo sobre las mujeres  escritoras argentinas dado a conocer en Caras y Caretas. Asimismo Carlos Paz la menciona en “Efemérides Literarias Argentinas” (1999), Nicolás Matijevic en su “Bibliografía Patagónica” (1973-78) y Mario Tesler la incluyó en su diccionario  “Seudónimos de autoras argentinas” (1997). Pero sobre todo se advierte la valoración por su obra al recorrer  la correspondencia que cursó en diferentes momentos con los académicos de letras Gustavo Martínez Zuviría, Carlos Ibarguren, Carlos Obligado, Juan P. Ramos, Eleuterio Tiscornia, Manuel Peyrou; también con Ricardo Rojas, con Ataliva Herrera, el poeta de “Bamba”, con el filólogo Aurelio García Elorrio quien incluyó páginas suyas en sus textos de gramática para alumnos del colegio secundario, con el historiador Enrique Udaondo, con Juan Carlos Moreno el autor de “Nuestras Malvinas” escrito luego de visitar el archipiélago en 1937, con el educador  Enrique Julio fundador de La Nueva Provincia en 1898, con el poeta y comediógrafo rosarino Anibal F. Chizzini Melo, con el político y legislador Manuel Carlés,  fundador de la tristemente célebre Liga Patriótica Argentina y que curiosamente fue impulsor en el Congreso Nacional de leyes sociales elogiadas por Alfredo Palacios, con el jurista y escritor Enrique E. Rivalora, con el magistrado y genealogista Jorge de Durañona y Vedia, con el doctor Fernando Jáuregui, organizador y director del Museo de Armas de la Nación, con el escritor y político Arturo Jauretche, con el lunfardólogo y periodista José Gobello  o con el dramaturgo y director teatral Joaquín de Vedia,  que solía  memorar su vieja amistad con  un tío de la escritora: Felipe Torcuato Black, el poeta de simpatías revolucionarias patentes en el poemario lujosamente editado en París en 1905: “Cantos de bronce” y  concurrente al círculo de los Inmortales  a fines del siglo XIX e inicios del XX,  en una bohemia artística porteña que revivió Vicente Martínez Cuitiño en su libro “El Café de los Inmortales”.                                                           
 Otro tanto puede decirse del reconocimiento que le profesaron  Pilar de Lusarreta, María Alicia Domínguez, Olga de Adeler, Julia Bustos, Mary Rega Molina, la periodista feminista discípula de José Ingenieros Adelia Di Carlo  y las escritoras católicas  Mercedes Molina Anchorena, difusora en el país del autor brasileño Tristán de Athayde  (Alceu Amoroso Lima), María Mercedes Señorans, traductora de André Frossard y Sara Montes de Oca de Cárdenas, autora de la letra del Himno del Congreso Eucarístico Internacional de 1934, con música del maestro José Gil. Como es de subrayar igualmente la amistad que mantuvo con María Luisa Copello,  a partir de un reportaje que en 1935 le realizó para El Pueblo, al haber sido creado Cardenal por el Papa Pío XI su hermano Monseñor Santiago  Luis Copello. Y consta además en su archivo la consideración que demostraron notables sacerdotes y prelados al  fondo católico de sus trabajos.  Así Monseñor Andrés Calcagno, Vicario General del Ejército y escritor de nota,  comentó en una oportunidad: “No se imagina mi satisfacción al recorrer las páginas del “El Hada del Famatina”, viendo la soltura de estilo y la ductilidad con que expresa su sentimiento. Quiera el Niño Dios bendecir ese esfuerzo suyo, tan ejemplar para los suyos y para todos los que la conocemos.” En términos parecidos se expresaron Monseñor Miguel de Andrea; el Arzobispo de Salta, Monseñor Roberto Tavella; el de Cuyo, Monseñor José Américo Orzali y el Obispo de Mercedes, Monseñor Anunciado Serafini,                                                             

 Carmen Arolf actuó en el Círculo de la Prensa, en ASESCA (Asociación de Escritoras y Publicistas Católicas), y desde mediados de los años  cuarenta en ADEA (Asociación de Escritores Argentinos); cuando esta institución reunía a autores del llamado pensamiento nacional opuesto al ideario liberal al que mayormente adherían los integrantes de la SADE por entonces. En ese sentido es de anotar que Carmen Arolf, quien contándose entre las iniciales  afiliadas al Sindicato de Prensa, gremio que tanto bregó por el Estatuto del Periodista establecido por el decreto 7618/44 –su carnet de periodista profesional según disposición de esa norma fue suscripto el 1ero. de octubre de 1945 por el Subsecretario de Trabajo y Previsión, mayor ® Fernando Estrada-, valoró y adhirió desde la primera hora a la política social que llevaba a cabo el coronel Perón en la Secretaría de Trabajo y Previsión, sin que ello opacara su antiguo vínculo con Alfredo Palacios, con Carlos Sánchez Viamonte, con Sara Yrigoyen, con el militar Ernesto Florit, con el historiador Enrique de Gandía que había celebrado en 1935 que “en todas sus narraciones hay en el fondo un núcleo histórico” y con tantos otros y tantas otras colegas e incluso familiares suyos de activa participación en la Unión Democrática en 1945. A propósito de una donación de libros con destino a los niños desvalidos recibió una conceptuosa carta de Eva Perón fechada el 12 de septiembre de 1946.
  No nos es posible concluir estas líneas sin revelar la circunstancia personal que nos llevaron a escribirlas. Días pasados y en forma casual tomamos conocimiento de la existencia de la Ordenanza número 11804 del año 2010 dictada por el Consejo Deliberante de la ciudad de Córdoba, norma que a su vez remite a lo establecido por la anterior Ordenanza número 9695, y en cuyo cumplimiento, entre otras denominaciones de calles que distinguen a mujeres representativas de la cultura, se designa con el nombre de Carmen Arolf a una calle del Barrio Liceo General Paz de la ciudad del Suquía.
 Quedamos emocionados ante  el hecho porque la evocada en esa arteria cordobesa era nuestra abuela por rama materna y porque tal solemnidad del recuerdo, como definió Ortega y Gasset al homenaje, viene a ratificar que no siempre tiene la última palabra la desmemoria, esa diligencia del olvido.     

(Carlos María Romero Sosa, se publicó en La Prensa el 15 de septiembre de 2019.-)

                                                               

domingo, 15 de septiembre de 2019

SANTIAGO DE CHILE, 11 DE SEPTIEMBRE DE 1973- BUENOS AIRES, 11 DE SEPTIEMBRE DE 2019


Pido castigo
Pablo Neruda


                             ¡Cómo es que iba a llegar la primavera pocos días más tarde a nuestra Subamérica que bautizó Liborio Justo, el izquierdista indómito hijo de un presidente grato a la oligarquía!
                              Aquel 11 de septiembre de 1973 debió juntar inviernos en su bolsa de huesos inmediatos.
                              Debió estirar sin brotes ni verdores de cobre las ramas como lanzas a las corazonadas.
                             Debió rayar el cielo el rayo que extermina y demoler los techos del resguardo –otros deben dormir a la intemperie- el martilleo de piedras de una tormenta bíblica.
                             Yo andaba veinteañando y debí someterme al golpe de una maza con peso inverosímil de un agujero negro: ¡Vamos Chile, carajo!; precoz el descreimiento de primaveras al compás de la vida que se arraiga en la vida y la hace irrevocable.
                            ¡A Salvador Allende lo mataron los yanquis! Qué acelerar de pronto vejeces de ignominia. Qué ver del desengaño su rictus de verdugo cuando aquí en Buenos Aires, sin desarmar el puño cerrado sobre ideales,  me extravié para siempre en trizas la inocencia en los pasillos salpicados de sangre en La Moneda en ronda de murciélagos aviones de alas membranosas, roto mi propio cielo: Pagaré con mi vida la lealtad del pueblo, juraba el Hombre Nuevo.

                         Generación perdida, la mía,  que le dicen. La de mi padre había enrojecido, enronquecido, embestido al destino rígido como soga de ahorcado gritando la consigna: ¡No pasarán! Pasaron en Madrid y en Santiago. Después en Buenos Aires.
                                                  
                       También pido castigo por la nocturnidad enardecida de aquel 11 de septiembre de 1973 con su inoportuno tramar la primavera, despertándome con diana cuartelera del sueño de Justicia, posible y providente.

(Carlos María Romero Sosa, se publicó en la revista Con Nuestra América, de San José de Costa Rica, el 14 de septiembre de 2019 y ese mismo día en Salta Libre.-)                                                                  

 


miércoles, 21 de agosto de 2019

TENÍA QUE SUCEDER, EL FIN DE LA PESADILLA MACRISTA




                                             La locución es común, de uso diario, y desde ya que no soy original al proponerla como título, como que de ese modo se denomina una novela dramática publicada en 1943 por Enrique Larreta, el aristócrata que supo ser yrigoyenista cuando el radicalismo olía a pueblo y denostaba “el régimen falaz y  descreído”, así caracterizado por el antiguo comisario de Balvanera.  Pero es que no encuentro otra expresión para definir lo sucedido en la elección PASO (Primaria, abierta, simultánea y obligatoria) del domingo 11 de agosto último. Sencilla y tautológicamente porque tenía que suceder lo ocurrido después de tres años y medio de experimentar Mauricio Macri y sus secuaces –el famoso “mejor equipo de los últimos cincuenta años”- como en crueles ritos de vivisección,  el nivel de tolerancia popular al infraconsumo, a los salarios de hambre, al flagelo del desempleo en aumento, a la inflación desbordada, a la falta de medicamentos y vacunas para los sectores que no pueden acceder a la medicina prepaga, al endeudamiento de la población  a tasas usurarias para sobrevivir, a la suba delirante del costo del trasporte y a la dolarización de  los servicios de luz, gas y agua,  a la miseria de los jubilados y  su falta de cobertura en un PAMI desquiciado, a la carencia de vacantes de los niños en edad escolar  y en fin a los niveles de pobreza y indigencia  que sufren en carne propia cada vez más personas en el país y el  Observatorio de la Deuda Social  de la UCA (Universidad Católica Argentina) pone en números francamente lacerantes.
                                                    Alguna vez dije que para el actual presidente, la República Argentina no es otra cosa que el juguete del niño rico que se encapricha por tenerlo para destrozarlo; y a las pruebas me remito tan sólo al ejemplificar con la leonina deuda externa que contrajo hipotecando a varias generaciones y que culminó con el préstamo lleno de condicionamientos para el desarrollo nacional del FMI.
                                                  Ahora, con el resultado  de la elección en que  las dos terceras partes de los sufragantes votaron en contra de su proyecto neoliberal y conservador, con berrinche de chico contrariado le echó la culpa a los ganadores por la suba al día siguiente  del dólar en franca corrida cambiaria, la multiplicación del   riesgo país, el desplome de la bolsa y  los demás indicadores económicos de crisis que hacen pensar otra vez en los aciagos días de diciembre de 2001.
                                              “Todo lo real es racional y todo la racional es real” enseña Hegel y de nada hay que asombrarse ante el hecho que el pueblo argentino no haya decidido suicidarse. El instinto de conservación primó frente a  las encuestas falsas -entre ellas la de la machacada buena imagen de la gobernadora bonaerense Vidal, que perdió por paliza contra la fórmula Kicillof-Magario del centroizquierdista Frente con Todos-, los medios hegemónicos ensuciando la cancha con infames operaciones de prensa, el poder judicial servil procesando y encarcelando opositores y las comparaciones de los períodos kirchneristas y en especial de la  última gestión de Cristina Fernández,  con las tan diferentes realidades económicas de Cuba, Venezuela o Irán. Sí, como “lo real es racional”, resulta lógico que salvo padecer de síndrome de Estocolmo, ninguna víctima se identifique con su victimario.     
                                                Mauricio Macri creyó tener una carta ganadora con la zoncera cipaya de nuestra inclusión en el mundo que cacareó en la cumbre del G20 reunida en Buenos Aires a finales del año pasado. Como si el país hubiera pertenecido al planeta  Plutón hasta su llegada al poder el 10 de diciembre de 2015. Lo más hipócrita del caso es que cuando el PRO era oposición criticó  con saña los acuerdos suscriptos con China por el gobierno de Cristina. Además la política exterior de la ex mandataria jamás apuntó contra el mundo y menos en  tiempos de una globalización que se ya intuía irreversible porque ello hubiera sido pelear contra molinos de viento. Sin embargo una cosa era y es reconocer las condiciones de la época  y gobernar bajo esa circunstancia privilegiando los intereses nacionales y otra la obsecuencia con las potencias dominantes, en especial hoy con los Estados Unidos de Trump o tratar de caerle simpático al ultraderechista presidente brasileño Bolsonaro, vía las arengas represivas y proclives al uso de armas por los civiles  de  la inefable ministra de Seguridad Patricia Bullrich.
                                                    Sabrá Macri –lo dudo- que ya desde los primeros momentos de la lucha por nuestra emancipación se enviaron misiones a Europa para tantear en las monarquías del Viejo Mundo las perspectivas de comercio y de ayuda financiera; no otra cosa representó el fallido viaje de Mariano Moreno a Inglaterra en 1811 enviado por la Primera Junta.  Y sabrá también –sigo dudando- que  los próceres de la Independencia no se achicaron ante las potencias extracontinentales: el mismo Secretario de la Junta advirtió en La Gaceta sobre el riesgo de “dejarse envolver en cadenas” foráneas; ni frente al Papa León XII, que en una encíclica defendió el colonialismo español y exhortó a los fieles la obediencia al absolutista Fernando VII;  ni  temblaron de cara al poder bélico de  la Santa Alianza porque de haber pensado mucho en la posible respuesta del mundo, el general San Martín no hubiera cruzado los Andes.   
                                 Dije antes que los pueblos no se suicidan aunque a veces  transitan caminos equivocados que los conducen  al borde del precipicio. Y cabe reconocer que en 2015 y 2017 se votó mal a instigación de una propaganda maligna que bombardeó conciencias infectándolas de individualismo, prejuicios burgueses y odio de clase.  Sumado esto a la lita de las promesas falsas como aquella  estupidez de la luz al final del túnel que pronosticaba  la lamentable  vicepresidenta que padecemos, espejitos de colores que despertaron  ingenuas expectativas de futuro en buena parte de la población.  
                                              
                                               De las tres experiencias neoliberales sufridas desde 1976, la primera, la de Martínez de Hoz bajo la dictadura de Videla, fue posible por el genocidio de los 30000 desaparecidos. La segunda, la de Carlos Menem y su ministro Cavallo, duró algo más debido a la venta de las joyas de la abuela en las tramposas privatizaciones que permitieron el espejismo de la modernización y el oportunista “voto cuota” de las clases medias encandiladas por poder viajar a Miami y cancherear con guarangada argentina -en el sentido en el que Ortega y Gasset nos aplicó ese término-, del “Déme dos”; haciendo prevaler el cálculo egoísta al que se refirió Marx en el Manifiesto Comunista a cualquier sentimiento de patriotismo y solidaridad con los excluidos de la módica fiesta del mundo que algunos disfrutaron  en los noventa.
                                               En cambio esta última aventura del capitalismo prebendario y de amigos del poder con sociedades off shore en paraísos fiscales, una aventura podrida desde la cabeza con la que quiso encandilar Macri entre posverdades dictadas por su asesor de imagen Durán Barba al resto de la sociedad que  mira acrecentar su fortuna  con la “ñata contra el vidrio”, por suerte se acaba pronto, a más tardar el 10 de diciembre si no  pasa antes -y no lo desea nadie- lo que a De la Rúa.
                                          La pesadilla macrista llega a su fin por su intrínseca sinrazón de ser en un país como el nuestro, que alguna vez fue vanguardia en materia de justicia social y seguridad social. El  que pudo enorgullecerse de haber ungido en 1904 el primer legislador socialista de América en Alfredo Palacios y que más tarde, con el peronismo en el poder, plasmó en la legislación y consolidó en los hechos, el mayor reconocimiento a los derechos de los trabajadores, a la par que activó la defensa de la soberanía nacional contra los embates del capitalismo internacional y las oligarquías a su servicio.                                                                

(Carlos María Romero Sosa, se publicó en Salta Libre, el 16 de agosto de 2019 y se reprodujo en la revista Con Nuestra América, de San José de Costa Rica, el 17 de agosto de 2019.-)                             

sábado, 27 de julio de 2019

GREGORIO ÁLVAREZ, UN ESTUDIOSO DE LAS CIENCIAS DEL HOMBRE

La historia se nutre y requiere de fuentes documentales pero también de testimonios; y en ese sentido cabe aquí comenzar remontando la evocación hacia  1961 cuando un niño de menos de diez años solía concurrir llevado por su madre a cierto consultorio médico situado en la Avenida Belgrano a la altura del 1625, en las proximidades  del Departamento de Policía. En el piso, contiguo al sitio donde estaba la camilla y en una vitrina el instrumental profesional, le impresionaba a ese alumno de los primeros grados de la escuela primaria ver colgado  un enorme mapa de la provincia de Neuquén así como en otra pared,  puntas de flechas y enmarcada la fotografía de un hombre joven con guardapolvo blanco inclinado sobre un microscopio. Cierta vez al advertir esa mirada atónita posada sobre aquellos objetos, el facultativo que sentado en su escritorio confeccionaría sin duda la receta de algún tónico o alguna vitamina para fortalecer a su paciente en extremo delgado, explicó sonriendo algo así como tuvo que quitar varios diplomas para que luciera el mapa de su provincia.
 El pediatra se llamaba Gregorio  Álvarez, tenía a la sazón 71 años que representaba pese a su jovialidad y el pequeño no era otro que el autor de esta nota. El mismo que pasadas las décadas no pudo olvidar el ambiente severo y mágico a la vez de esa vivienda y consultorio del barrio de  Monserrat  donde era fácil reconocer con treinta o cuarenta años menos al hombre del microscopio, orgulloso descendiente por vía materna de mapuches y tan devoto de su patria chica que la tenía representada en escala en su lugar de trabajo. Aunque más aún hubiera volado la fantasía de imaginar que tres décadas después, en 1991, el paleontólogo José Bonaparte descubrió y bautizó en homenaje al médico y humanista una especie de dinosaurio terópodo que vivió en la Patagonia hace 95 millones de años, Alvarezsaurio Calvoi.[1]

MAESTRO 
Y SABIO                                         

 El doctor Gregorio Álvarez nació en Ranquillón (Departamento Ñorquín), en la Cordillera de los Vientos, el 28 de noviembre de 1889. Realizó los estudios primarios en Chos Malal mientras trabajaba como mensajero en la oficina de correos de esa localidad y luego, merced a una beca para  la Escuela Nacional del Profesorado Mariano Acosta de la ciudad de Buenos Aires, se graduó como maestro normal en 1910, el primero entre los nativos de la Patagonia en obtener ese título. Después ingresó a la Facultad de Medicina y en 1919 se doctoró con una tesis sobre “Ciego móvil en los niños”. En la faz profesional abrazó la  pediatría y  se destacó en el campo de la dermatología. Desempeñó la jefatura del servicio de esta última especialidad en el Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez durante varios años. Publicó con el sello de La Semana Médica, “Eczemas infantiles: contribuciones de etiopatogenia y tratamiento” (1933) y más allá de la faz académica –fue fundador de la Sociedad Argentina de Dermatología- y el reconocimiento de los colegas en la medicina, alcanzó quizá el más preciado de los trofeos a que puede aspirar un galeno, cual es la gratitud de los pacientes por su humanitarismo.
 Hombre ciencia y de letras no solo tuvo inquietudes múltiples sino que desarrolló cada una de ellas en grado superlativo. Así, en virtud a sus méritos como historiador y folclorólogo la Academia Nacional de la Historia lo designó miembro correspondiente en Neuquén en 1961. Su monumental labor investigativa coronada por los siete tomos de “Neuquén, historia, geografía, toponimia” cuya publicación se iniciaría en 1971 le dispensó la amistad y la admiración de figuras como la del zoólogo José Lieberman, la escritora Carmen Arolf y el historiador y jurista Ricardo Zorraquín Becú.  Como docente participó de la fundación de la Universidad de Neuquén y se lo designó profesor emérito de la Universidad Nacional del Comahue.  En tanto el poeta recibió premios a su producción lírica y el dramaturgo  pudo ver representados sus ensayos teatrales. Consubstanciado con su tierra natal cantó a sus paisajes y celebró el heroísmo de cuño homérico de los hijos de los pueblos originarios que no se rendían a los designios de una civilización que secularmente los venía excluyendo y masacrando.
 En 1951 publicó “Grabados rupestres pehuenches de Colo Michi Co (Neuquén)”, un trabajo en la senda de otros de temática arqueológica y etnográfica dados a conocer en la Revista de Educación de La Plata como “Los aborígenes primitivos del Neuquén”, en 1960; en el Boletín de la Academia Nacional de la Historia, como “Algunas costumbres interesantes del aborigen del Neuquén”, en 1961; o su ponencia en el Primer Congreso del Área Araucana Argentina: “Alimentación del antiguo aborigen del Neuquén”, en 1963.  
 En 1953 editó “Pehuén Mapu. Tragedia esotérica del Neuquén tierra de la Araucania”. Y más tarde en otro drama histórico en tres actos de la conquista del Neuquén: “Baigorrita” (1964),  Álvarez  sin panfletismo pero con  sentido de justicia histórica y evidente compromiso social, exaltó el sentido del honor y la justicia de aquel  cacique ranquel recordado con simpatía por Lucio V. Mansilla en su “Excursión a los indios ranqueles”, que murió peleando contra las avanzadas de la 4ta. División al mando de Napoleón Uriburu en 1879. Se advierte en el espíritu y el mensaje de la obra la oposición entre el indómito ideal de libertad del cacique con la desmesurada  estrategia de Roca –y antes de Rosas- de aniquilamiento: “El mejor sistema de concluir con los indios ya sea extinguiéndolos  o arrojándolos al otro lado del Río Negro, que es el de la guerra ofensiva”, según escribía el futuro presidente al ministro Alsina en cita que el médico poeta trascribe en el prólogo de “Baigorrita” con tristeza y un dejo de rebeldía, porqué no, al asumir su destino de descendiente  testigo de la raza vencida.
 En 1968 reunió parte de su producción poética en el libro “Neuquén de mi canto”. En esas páginas aparte del “Himno a Neuquén” y el extenso y musical “Romance de Neuquén” antes dado a conocer en opúsculo con motivo del cincuentenario de la fundación -en 1904- de la ciudad capital en la confluencia de los ríos Limay y Neuquén, hay traducciones de poemas originales en lengua araucana lo que da una cabal idea de sus inquietudes, vocación y conocimientos lingüísticos.
“El tronco de oro” (1968)[2], título que alude a una  leyenda aborigen  es un compendio de folclore neuquino incluidas las tradiciones religiosas y una recopilación de cuecas neuquinas, “contadas” y tonadas.  Fue reeditado en 1994 con prólogo del profesor Feliz Coluccio conjuntamente por la Secretaría de Cultura de la Nación a cargo entonces del poeta José María Castiñeira de Dios y de Corregidor. Destaca allí el autor del monumental “Diccionario del folclore americano” que Álvarez: “Tuvo el privilegio de alternar  en su juventud  con grandes figuras de la poesía y la prosa americana, como Rubén Darío, Leopoldo Lugones y Evaristo Carriego”. Y prosigue el prologuista: “Paralelamente con su labor investigativa que abarcó incluso estudios arqueológicos, etnográficos, geológicos y de hidrotermia, fue desarrollando una tarea humanística, con resonancia nacional e internacional, siendo su preocupación constante  por al vida y la suerte de sus paisanos mapuches, con quienes convivió, tuvo largas tenidas, a quienes respetó y amó desde su niñez, escuchando en distintas comunidades de Neuquén, en sus modestos ranchos o a  la sombra de añosos pehuenes, confesiones de su religión, cuya cosmogonía no pudo ser avasallada; de sus creencias y supersticiones, de sus rogativas, cuando las enfermedades o las sequías desolaban sus comarcas; de sus duendes y dueños protectores  de animales, plantas , cerros, lagos y lagunas. Todo esto lo fue registrando en su memoria y en sus apuntes, sirviéndole de fundamento para su libro El tronco de oro, la única gran obra totalizadora sobre el folclore neuquino”.                                              
 En 1960 apareció la segunda edición del libro “Donde estuvo el paraíso”[3] ilustrado con siete láminas de Rafael Cayol, 42 fotografías  y dos mapas. Anotó entonces en el prólogo de esta suma de cuestiones históricas y leyendas folclóricas que epiloga un glosario: “Investigaciones emprendidas después de la primera edición, han obligado a efectuar algunas correcciones,  modificaciones y agregados que se dan a conocer  en la presente. Tal  sucede, por ejemplo, con la noticia referente al verdadero descubridor del lago Nahuel Huapi. La expedición exploradora que logró su hallazgo, así como el del Puelo, en el Chubut, la que erróneamente se ha  atribuido al capitán español don Diego Flórez de León, aparece documentada con las trascripciones correspondientes, para no dejar lugar a dudas, en el nuevo capítulo que lleva por título: De cómo el capitán Juan Fernández, descubrió los lagos Nahuel Huapi y Puelo.”  
                                                                                
 Otro aporte suyo a las ciencias del hombre lo constituye el trabajo  “Substractum y persistencia del folclore del Neuquén” (1961) en edición de la Universidad Nacional del Sur[4], donde  comienza reconociendo la existencia de dos clases de fuentes para el estudio de ese folclore que recoge y analiza: las exógenas y las endógenas. Unas provenientes del dominio español y de otros grupos indígenas no nativos del área neuquina como ser los pampas y tehuelches; y otras propiamente vinculadas a lo más ancestral de los primitivos habitantes de Araucania.                 
                                       
Adelantamos que su obra capital en materia investigativa son los siete tomos de “Neuquén. Historia. Geografía. Toponimia”. Al respecto cabe transcribir algunos párrafos del comentario bibliográfico al segundo tomo aparecido en el suplemento cultural de La Nación  el 21 de febrero de 1982 y firmado por el periodista y lunfardólogo José Barcia: “Entre otros adjetivos de enaltecimiento, le cuadra el de singular  al esfuerzo emprendido, desde hace largo tiempo, por el doctor Gregorio Álvarez –uno de los auténticos pioneros de la Patagonia y a quien acaban de celebrársele sus noventa y dos años de existencia-., para transmitir la imagen cabal de la provincia  de Neuquén en una obra escrita que abarcará nueve volúmenes , el segundo de los cuales se ha puesto en circulación. Es cierto que ha contado con la colaboración de varios estudiosos en determinados aspectos que incluye el libro, pero esto, en realidad, prueba su afán de no renunciar a ninguna ayuda útil para avanzar resueltamente en el propósito de introducirse en todos los planos  -los más documentados y los menos conocidos-  de la historia de su tierra natal.”
 Es de resaltar también que en el siguiente tercer tomo, se analiza en profundidad aparte de los modismos locales, la gramática araucana y la fonología.  
 Del patriotismo y desinterés del doctor Álvarez da cuenta el documento que aparece trascripto al comienzo del tomo primero de “Neuquén” suscripto por el autor con fecha  18 de agosto de 1971  y dirigida al entonces gobernador Felipe Sapag. Esa comunicación acompañó  un esquema del contenido de la obra en preparación por él durante treinta años y programada  en siete u ocho tomos de los cuales la parte histórica, según le manifiesto en la ocasión al mandatario, estaba    concluida. Los párrafos que siguen hablan por sí solos: “Esta obra, señor gobernador”, la obsequio con los derechos que como autor me corresponden, a mi provincia del Neuquén; pero como no tengo medios para realizar su publicación, es que recurro a su gobierno, que V.E. con tanto acierto  ejerce, y a la Universidad del Neuquén, para que conjuntamente, se considere la factibilidad de  de solventar los gastos pertinentes. Será la forma de efectuarla en el más breve lapso. Por separado  acompaño un memorandum  en el que se exponen los propósitos, modus operandi en la confección del trabajo y un sumario del contenido de la obra. En la seguridad que el señor gobernador aquilatará la intención,  el sacrificio y los desvelos  del autor, que sólo se ha inspirado en el amor al terruño y a la patria,  le saludo con mi más alta consideración.”
 El Decreto  1.741 de 16 de septiembre de 1971 firmado por Sapag y refrendado por los ministros del Poder Ejecutivo Salvatori, Fuentes y Del Vas da cuenta del auspicio oficial  para la publicación de “Neuquén. Historia. Geografía. Toponimia.”
 El doctor Gregorio Álvarez falleció próximo a cumplir  97 años en su suelo natal el 11 de octubre de 1986. Entre otros medios porteños, La Nación y la Prensa, le dedicaron sendas notas necrológicas a dos columnas con su fotografía los días 12 y 13 de ese mes respectivamente. Concluía el artículo de La Nación informando: “Este ilustre profesional patagónico deja a la comunidad entera del país  una valiosa obra en distintos aspectos de la actividad humana  y el recuerdo de una personalidad  de características muy poco frecuentes. El deceso del doctor Álvarez fue a consecuencia de una trombosis cerebral  con una posterior infección pulmonar. Sus restos serán velados desde esta mañana  en el Salón de Acuerdos de la gobernación. Se multiplican las condolencias provenientes de todo el país y el Poder Ejecutivo de la provincia  decretó tres días de duelo en el territorio neuquino.”                            
En el diccionario de Vicente Osvaldo Cutolo: “Historiadores argentinos y americanos” [5] puede leerse una extensa biobibliografía suya. Y eso que todavía no había dado a conocer lo más trascendente de su labor científica y cultural que honra a su tierra y a la Argentina toda como que su nombre sigue mereciendo la consideración internacional en los campos de sus múltiples actividades y descubrimientos.
El reino de Bélgica lo había condecorado con la Orden de San Jorge en el grado de Gran Oficial. El 28 de septiembre de 1989 con motivo del centenario de su nacimiento, el Senado de la Nación le rindió homenaje público y los senadores Jorge Solanas (Movimiento Popular Neuquino), Adolfo Gass (UCR-Buenos Aires), Alberto Rodríguez Saa (P.J. San Luis) y  Eduardo Posleman (Bloquista- San Juan)  disertaron en el recinto destacando su trayectoria[6]. Ese mismo año el Correo lanzó una estampilla con su estampa y un dibujo conmemorativo a su “Canto a Chos Malal. En el Neuquén su nombre se sigue pronunciando con la veneración debida a un símbolo.-                       



[1] “Patas largas”, el más nuevo integrante de la gran familia de dinosauriosClarín, sábado 27 de octubre de 2012. Página 53.-
[2] Editorial Pehuen.-
[3] Editorial Pehuen.-
[4] Bahía Blanca, 1961.-
[5] Casa Pardo S.A., 1966., pagina 10-
[6] La Nación, jueves 28 de septiembre de 1989.-

(Carlos María Romero Sosa, se publicó en la revista libro HISTORIA, Número 154, junio-agosto  de 2019.-)