domingo, 22 de septiembre de 2013

LIRISMO Y VOCES QUECHUAS EN LA OBRA DE DOMINGO ZERPA (*)



Cierto día a mediados de marzo de 1932, un poeta jujeño nacido en Runtuyoc -localidad cercana a Abra Pampa- llegó hasta la redacción del diario católico El Pueblo[1], situada en la calle Piedras 567 del porteño barrio Sur. Era Domingo Zerpa (1909-1999) quien traía su primer libro bajo el brazo. Con su sencillez provinciana, su tonada norteña y su aire nostálgico propio de quien busca “al fondo de la calle un cerro” -según el verso de aquella zamba de Jaime Dávalos y Eduardo Falú-, cayó por demás simpático y despertó elogiosos comentarios entre los trabajadores del periódico presentes esa jornada.
                                       Por las cosas de la vida, mi abuela materna: Flora García Black de Gómez Langenheim[2], una escritora que estaba a cargo de la sección de noticias sociales  y firmaba sus libros y  colaboraciones tanto allí como en La Nación, La Prensa, Plus Ultra, Para Ti y otros medios  gráficos con el seudónimo de “Carmen Arolf”, fue la persona que lo presentó al director del matutino, José Sanguinetti. En virtud a su disposición para con  el visitante, éste, en extremo agradecido le obsequió autografiado el poemario “Puya-Puyas” aparecido ese mismo año; una colección de coplas y romances de tono popular. Valga resaltar la antedicha calificación, ya que la expresión “proyección folklórica” propuesta por el musicólogo Carlos Vega, corresponde “al conocimiento de un hecho folklórico aprovechado por personas de cultura urbana para inspirarse en él y producir en su ambiente ciudadano obras y actos que reflejan la influencia de su inmediata fuente original”, como lo explicó Olga Fernández Latour de Botas en su libro “Folklore y poesía argentina” (Editorial Guadalupe, 1969).  De ahondar en su biografía y en su bibliografía resulta evidente que Domingo Zerpa, aunque haya sido desde su juventud un lector insomne y un verdadero erudito en textos clásicos y modernos, no era por nacimiento y mucho menos por elección de vida un prototipo de la cultura urbana. Por anteponer su tradición sin disimulos, supo reunir con magia verbal origen y destino: “Yo aspiro a ser muy poco, casi nada;/¡Casi nada, Señor!/ Vivir en una choza abandonada;/ En el hondo de una triste quebrada,/ Como vive el pastor.”. 
                                   Marcado a fuego por la nativa raíz campesina, se identificó con los habitantes de la Puna y supo hallar y revelar en hombres y paisajes de la zona la nota universal, el latido cósmico aún dentro de un identificable regionalismo. Todo un desafío que llevó a cabo con arte sutil y exquisito, esquivando con  instinto creador caer en el superficial y turístico “color local”. Incluso años más tarde, el deseo de encontrar en una aldea serrana la metafísica paz, nunca el apoltronamiento burgués, lo expresó en el poema “Anhelo” que fue musicalizado por Carlos Guastavino: “Quisiera hacer de mi vida/ un farolcito de aldea./ De día no alumbrar nada,/ de noche ser una estrella.” Ello por cierto, sin deponer la cuota de rebeldía social en una dimensión de su poética que se agudizará en sucesivas entregas[3], afín con el compromiso creciente de alguien que había palpado la pobreza y la explotación de sus hermanos[4].              
                                      Pero ya en “Puya-Puyas” –título que hace referencia a las flores verde amarillentas de una planta bromélida de gran tamaño nativa de los Andes-  comenzó su camino de iniciación hacia los insondables misterios de la existencia y de algún modo renovando la inquisición por el puesto del hombre en el cosmos, por decirlo en términos de Max Scheller: “¡Qué será tatita/ qué será mamay! La noche es oscura/ mudita velay”. Transitó esa senda de inquietudes e interrogantes guiado por la luz de la intuición de aquel al que las cosas le saben como son y no como se dice de ellas, de acuerdo con la sentencia de Tomás de Kempis. Alivianado de pareceres y sofismas, vivió con la sabiduría de hombre de pueblo que jamás renegaría y al contrario sostendría en alto la visión dolorida y esperanzada a la vez de “La Puna tristona,/ la Puna con ganas;/ de hacer de sus hijos/ la voz de la Patria”.
                                   Con el anhelo de convertir a sus hermanos de etnia en “la voz de la Patria”, un afán lejano y difícil de imaginar frente a la barrera de los cerros coloreados;  y con el sostén además de un lenguaje sin desmesura, capaz de alcanzar y allegarse a las cosas hasta la propia esencia como una forma de elevarlas al alma que es altar de las más íntimas devociones, hizo Zerpa aquel año de 1932 su aparición humana, humanitaria y en tono menor aunque nada fantasmal por cierto en nuestra literatura. Al hacerlo enriqueció el castellano con voces nativas instigadoras de retumbos ancestrales como los que empleó con la naturalidad de quien respira música y sentido. Un gesto vital del poeta, nunca una concesión al medio ni un recurso retórico, que implicó además el ejemplo práctico de la mejor integración latinoamericana, verificada en el intimista envío amoroso sin duda correspondido: “Yaveñita chura,/ churquitay de mi alma;/ mitad argentina,/ mitad boliviana./ Argentino el pecho,/ boliviano el habla;/ y en la frente el beso/ purito e´ la raza”.
                               Será de recordar que poco antes, en 1928, el tucumano afincado en Catamarca Rafael Jijena Sánchez (1904-1979) también titularía un poemario con el término quechua “Achalay”[5], palabra que como “puya-puyas” resulta de uso corriente en el noroeste  al punto de ser ambas registradas por el filólogo José Vicente Solá en el “Diccionario de regionalismos de Salta”.
                                 Zerpa, didáctico y maestro de escuela al fin, con buen criterio incorporó un glosario al final de su libro y otro tanto hizo en “Erques y cajas”, obra que apareció en 1942 prologada por Julio Cortázar -oculto bajo el seudónimo Julio Denis con el que firmó su primer libro de versos, “Presencia”, en 1938-; su amigo y colega de docencia en la Escuela Nacional Mixta de Chivilcoy[6] donde el jujeño desempeñaba las cátedras de historia y letras y tuvo oportunidad de confraternizar asimismo con otro profesor afecto a las letras: el novelista tucumano de larga actuación en Salta José María  Gallo Mendoza (1898-1968).
                               Respecto de la riqueza idiomática y la experiencia de apelar con naturalidad  a voces quechuas mamadas desde la primera infancia, en el citado prólogo, Cortázar siempre atento a la expresividad que elogiaría en el cordobés Juan Filloy y tanto en “Adán Buenosayres” de Marechal –novela muy criticada por otros colegas al tiempo de su aparición y sobre la que expresó: “Estamos haciendo un idioma, mal que les pese a los necrófagos y a los profesores normales en letras que creen en su título. Es un idioma turbio y caliente, torpe y sutil, pero de creciente propiedad para nuestra expresión necesaria[7]-, escribió: “Las rutas de la cultura no pasan por la Puna, y Domingo Zerpa hubiera cometido traición vital y estética si, queriendo destilar en sus poemas la raíz misma del corazón indio, los hubiera levantado sobre premisas de rigor idiomático.” 
                             Ciertamente no hay en sus sueltas coplas, en las estrofas de arte menor de cerril simpleza y ternura: “”Versos chiquititos/ como un alfiler,/ no los dejes solos/ se pueden perder”, en los romances de cuño lorquiano o en otros poemas de gran aliento como el laureado “¡Juira Juira! -tan admirado por su comprovinciano y amigo Jorge Calvetti[8]- “rigor idiomático”, si por tal se entiende el hecho de escribir respetando el vocabulario del diccionario de autoridades. Claro está que así se corre el riesgo de caer en una limitación expresiva, en  autolimitar el ímpetu en aras de reverenciar el  léxico ortodoxo, olvidando que a menudo suele no alcanzar para la manifestación del sentimiento el “rebelde, mezquino idioma” como se lamentó Gustavo Adolfo Bécquer en una rima. 
                            Porque la literatura en general y la poesía en particular utilizan el lenguaje como instrumento, pero el desafío del verdadero artista es hacerlo trascender en sentido, vuelo, eco y silencio primordial. Así entonces, ayer y siempre, un mensaje lírico como el de Domingo Zerpa, se vale, se enriquece, se perfecciona y sobre todo se hace audible a los semejantes, mediante la aventura y porqué no la ventura de poder renombrar adánicamente el mundo de la vida.-

Buenos Aires, junio de 2013

(*) Ponencia presentada al IV ENCUENTRO NACIONAL DE FOLCLORE- SALTA 2013.- 




[1] Fundado por el sacerdote redentorista Federico Grote en 1900, dejó de aparecer a mediados de los años cincuenta del siglo XX.-
[2] Nació en Chascomús 1884 y falleció en la ciudad de Buenos Aires en 1976.-
[3] En “Erques y cajas”, por ejemplo, figura el “Romance de los indios sublevados” referido a un luctuoso hecho represivo  ocurrido en 1874 en la Puna bajo el gobierno provincial de Alvarez Prado, suceso al que se refiere Juan Alfonso Carrizo en el “Cancionero Popular de Jujuy”. También  el “Romance de Rafael Tauler”, por un lugareño asesinado por la policía brava al servicio de los latifundistas, algo que hace recordar  por la temática al “Romance de la guardia civil” de Federico García Lorca incluido en su “Romancero gitano”.- 
[4] Su libro “Puya-Puyas” está dedicado, entre otros, al senador  y ex gobernador de Jujuy  entre 1924-1927 Benjamín Villafañe (1877-1952) , autor entre otros libros de  denuncia  de “La miseria de un país rico”, “La región de los parias”, “La tragedia argentina” y “El destino de Sud América”.-
[5] “Achalay” obtuvo en 1929 el primer premio de la Municipalidad de la ciudad de Buenos Aires.-
[6] Domingo Zerpa compuso la letra del Himno a la Escuela Nacional Mixta de Chivilcoy que lleva música de Pascual Grisolía. La partitura fue impresa por Ricordi en 1961 y se halla en la Biblioteca Nacional donde la consultamos. Otros compositores como la afamada directora de orquesta Celia Torrá, musicalizaron poemas suyos. En el caso de Torrá la “Oración a la bandera”, para canto y piano.- 
[7] “Un Adán en Buenos Aires”, comentario publicado por Julio Cortázar en la revista Realidad de marzo-abril de 1949.- 
[8] En más de una ocasión Calvetti nos manifestó su admiración por Zerpa, comentando asimismo la que le constaba sentían por él otros creadores jujeños como Mario Busignani o el cordobés aquerenciado en San Salvador de Jujuy Néstor Groppa.-

sábado, 17 de agosto de 2013

LA PRIMERA MISA EN LA PATAGONIA



   

En un  reciente escrito del profesor Daniel Balmaceda sobre el naufragio en el Cabo de Hornos -en 1767- del barco donde viajaba el santanderino Manuel Moreno y Argumosa, después padre del numen de la Primera Junta y de sus hermanos, hay una referencia a la misa inicialmente rezada en Tierra del Fuego. Ese dato permite remontarse a otro oficio sagrado en tierras no demasiado lejanas a aquella isla, aunque muy anterior al  evocado: la misa celebrada la primera mañana de abril de 1520 por el fraile  Pedro Sánchez Reina en la santacruceña bahía de San Julián, en presencia de Hernando de Magallanes y de su tripulación, circunstancia  que anotó  Pigafetta, cronista de la expedición que halló la unión del Atlántico y el Pacífico Sur, en su diario “Relazione del primo viaggio intorno al mondo”. Por lo demás en el libro “Evocaciones Argentinas” (1948) de la escritora y periodista argentina –frecuente colaboradora entonces de los suplementos dominicales de La Prensa y La Nación- Flora C. García Black de Gómez Langenheim (1884-1976) que firmaba con el pseudónimo Carmen Arolf, anástrofe de su nombre, hay un capítulo titulado: “La primera misa en la Patagonia” que recrea en forma  documentada y amena lo registrado por Pigafetta. Recuerdo que el desaparecido sacerdote salesiano e historiador fueguino Juan E. Belza que entre otras obras dio a conocer en tres tomos “En la Isla del Fuego”, leyó con interés y simpatía esas páginas de la señora de Gómez Langenheim cuando se las enseñe varias décadas atrás.

  Se publicó en La Prensa, el 6 de agosto de 2013

sábado, 27 de julio de 2013

HIPÓLITO “TUCO” PAZ, EL CANCILLER TANGUERO




                                       El reciente 16 de junio murió en Buenos Aires archi-nonagenario el doctor Hipólito Jesús Paz, en una fecha a la que solía referirse con tristeza por el bombardeo acaecido en 1955. Fue quizá una de las pocas y por cierto de las últimas figuras sobre las cuales cabía predicar sin hipérbole la condición de ilustre y a la vez de característica de un Buenos Aires ya en franca en retirada.
                                       Lo primero debido a su descollante y laureada labor escrita que abarca la ficción, el ensayo, la evocación  y la autobiografía en la mejor tradición del género; sin olvidar por supuesto la impecable trayectoria pública del ex funcionario cultural, ex canciller de Perón entre agosto desde 1949 a junio de 1951, embajador en los Estados Unidos de Norteamérica –luego de ser reemplazado en sus anteriores funciones ejecutivas por Jerónimo Remorino-; y finalmente representante en Grecia y Portugal a partir de la restauración democrática en 1983. En cuanto a lo segundo, porque “Tuco” Paz  era lo opuesto a un “figurón” y un “acartonado”, como que se prodigaba en el diálogo amistoso y considerado con quienes desearan intercambiarlo. Frecuentó bares con estaño y tertulias literarias, bailó tangos en pistas lustrosas de tanto taconeo, saboreó con su refinamiento funciones de gala en el Colón y otros teatros del mundo, trasnochó hablando de poemas y prosas  con  Ezequiel Martínez Estrada, en mucho su maestro en las letras, Leopoldo Marechal, Alberto Girri  o el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, del mismo modo que confraternizó con Aníbal Troilo –“Cuando Manzi y yo estábamos juntos nos envolvíamos la mano con la luna y no se la prestábamos a nadie”, le confesó un día Pichuco-, con el mítico  “Barquina” –Francisco Loiácono”-  o más cerca en el tiempo con la cantante de rock Madonna que lo visitaba en su hogar cuando viajaba a Buenos Aires.
                                   El desaparecido poeta y periodista Héctor Chaponick, al que prologó el libro “Protagonistas de la nostalgia” (1979) y era su colega en la Academia Porteña del Lunfardo,  lo retrató con evocador e intimista tono lunfardo: “Paz de la mano que ofreces y das/ desde tu dulce corazón de macho/ que te hizo ser un canciller muchacho, / ayer nomás…/Ayer nomás. Hoy dentro de un arcón/ quedó aquel viejo frac. Y las medallas/-chirolas de latón-/Porque tu talla/ está en tu genio y en tu corazón…”       .
                                 Pero hay otros aspectos suyos para recordar en especial: por un lado su firme, cálida y entonada voz con la que grabó numerosos C.D.  recreando en originalísimas versiones suyas tangos y milongas con el acompañamiento del guitarrista Alfredo Sadi y en ocasiones a dúo con su esposa la pintora María Olivera de Paz. Yo solía concurrir a su departamento de la calle Rodríguez Peña y avenida del Libertador, un arcón de recuerdos siempre franqueado a los amigos que, eso sí, nos absteníamos de concurrir las tardes cuando “Tuco” ensayaba con el maestro Sadi. Y otra faceta de este hombre superior, de honda fe religiosa y existencia afín con las enseñanzas evangélicas,  fue su labor de traductor de “Amor y Silencio”, una obra de espiritualidad compuesta por un anónimo monje cartujo aparecida inicialmente en 1945 en Francia con un prólogo de monseñor Charles de Journet. La versión castellana  a cargo de Paz, impresa en una reducida tirada sin propósito comercial, la realizó en el año 2000 con la elevada finalidad manifiesta en sus palabras  introductorias de “que el lector recoja de este libro todos sus frutos”.
                                          De alguna crónica necrológica que trascribe  citas suyas extraídas de reportajes periodísticos, podría desprenderse que fue un hombre  muy de derecha. Ciertamente no era un revolucionario pero sí un demócrata de hondo sentido social que lamentaba la cultura autoritaria  potenciada en el país a partir de la revolución de Uriburu. No en vano su amor por el pueblo trabajador le hizo adherir a primera hora al justicialismo y trabar una estrecha relación política con Evita. Doy fe además del respeto y la identificación que sentía por su antecesor en el Ministerio de Relaciones Exteriores, el socialista Atilio Bramuglia. Así como por su comprovinciano por rama paterna Mario Bravo figura prócer del partido socialista al que representó en el Senado de la Nación. Y sobre todo por Alfredo L. Palacios al que -gustaba mencionar- su primo el sacerdote Amancio González Paz le habría impartido los últimos sacramentos de la Iglesia Católica. No, puedo atestiguar que “Tuco”, víctima de una criminal desaparición durante el Proceso, más allá de su historia de “niño bien” educado bilingüe por sus mayores, era demasiado generoso, demasiado informal en su autoridad innata, demasiado inteligente y demasiado aristócrata -en el sentido aristotélico del término- para ser reaccionario.-

Carlos María Romero Sosa publicado en Salta libre el 25 de junio de 2013    

martes, 25 de junio de 2013

JAIME DÁVALOS Y LEÓN FELIPE: UNA ACLARACIÓN

León Felipe





Suelen recordarse frente al desprestigio de cierta clase política reaccionaria y corrupta, los versos de Jaime Dávalos que dicen: “El día que los pueblos sean libres/ la política será una canción”. Pertenecen al poema “Canto al sueño americano” y llevan música de Eduardo Falú.
Sin embargo, cabe mencionar que fue el escritor español León Felipe (1884-1968) -su nombre real era Felipe Galicia Camino de la Rosa- el verdadero autor de la expresión. Figura ella en la composición “Habla el prólogo” que antecede a su celebrada traducción de “Canto a mí mismo” de Walt Whitman, obra que aquí editó Losada en 1950 con un epílogo de Guillermo de Torre. El verso de factura libre de referencia augura: “Un día, cuando el hombre sea libre, la política será una canción”.
En cuanto al ferviente republicano León Felipe, se desempeñó como agregado cultural de España en Panamá designado durante la Segunda República y murió exiliado en México. Alguna vez recorrió la Argentina, donde trabó relación con Atahualpa Yupanqui, según evocó hace poco Roberto Chavero; en tanto que en Rosario de Santa Fe, de visita en el hogar de sus mayores, obsequió uno de sus libros con una afectuosa dedicatoria a una adolescente Ángelica Beatriz del Rosario Arcal  –después la novelista Angélica Gorodischer-, quien ha narrado el hecho en un reportaje realizado en Tiempo Argentino en julio de 2012.
En la ciudad de Salta fue asiduo concurrente a la panadería del anarquista natural de Ibiza Juan Riera situada en la calle Pellegrini 515, todo un personaje (Riera) inmortalizado en la zamba “Juan Panadero” de Manuel J. Castilla y Gustavo Leguizamón.  Igualmente León Felipe trató en la tierra de Güemes a Juan Carlos  Dávalos, padre de Jaime, como solía relatar el crítico literario y académico de letras doctor Roberto García Pinto.
No cabe duda pues que la suerte de paráfrasis de Jaime Dávalos correspondió a un homenaje tributado al poeta zamorano de quien expresó Guillermo de Torre: “Cuando tanto se habla de ´literatura comprometida´, cuando tan contradictorias definiciones se dan a su verdadera expresión, al margen de cualquier consigna yo no vacilaría en señalar un modelo inequívoco: León Felipe y su poesía”- 

Carlos María Romero Sosa (Se publicó en La Prensa el 21 de mayo de 2013 y se reprodujo en Calchaquimix (Salta) el 23 de mayo de 2013)

jueves, 23 de mayo de 2013

ENTRE LOS PAPELES DE CELINA SOSA DÁVALOS
















                   Con mi hermana conservamos varias cartas de Celina Sosa Dávalos. Lo hacemos con devoción familiar y nostalgia de otros tiempos, para ambos despreocupados y felices. Es que representaba una alegría en la niñez, recibir la correspondencia de aquella tía abuela salteña que nos hacía sentir importantes cuando deletreábamos antes y leíamos de corrido después nuestros nombres en los sobres. Al abrirlos, hallábamos pequeños dibujos  junto a frases llenas de  ternura reveladoras de su proximidad espiritual con nosotros, escritas con caligrafía inglesa tan propia de su condición de docente jubilada con actuación en una época en que la buena letra era toda una carta de presentación social en tanto demostraba fineza, cortesía y cultura. Porque hacerse entender en forma clara y elegante era algo inherente al suaviter in modo, una regla  implícita a deducir de las muchas incorporadas al Manual de urbanidad y buenas costumbres de Vicente Carreño estudiado por generaciones en el bachillerato y el magisterio.

                          Cierto día comenzó a espaciarse la comunicación que por  momentos lograba distraernos de las obligaciones escolares: supimos que Celina estaba enferma. Hasta que a finales de marzo de 1965, un inesperado mensaje telefónico de esos que llegan a horas inoportunas para generar zozobra y tristeza, nos anotició de su muerte a los setenta y cuatro años de edad, puesto que nació  un 27 de febrero de 1891. De inmediato viajó a Salta nuestro padre, único deudo directo suyo en condiciones de ordenar lo atinente a su entierro y  cumplir con sus últimas disposiciones. Le tocó la desagradable tarea de levantar la casa de la calle Alberdi 421 situada junto al hogar de nuestros abuelos donde habitó al enviudar de Ernesto –creo que ese era su nombre- Schabert, un laborioso inmigrante alemán radicado en la ciudad del cerro San Bernardo del que guardo la medalla que lo acreditaba como socio del club  20 de Febrero.

                          Han pasado las décadas y no hace mucho descubrí que entre los documentos rescatados entonces, estaba el diploma de maestra graduada en la histórica institución educativa del magisterio de Salta: “la Normal” como se la conoce, inaugurada en 1882. Cuando frecuentaba sus aulas Celina –o Ascensión Benita Celina, así bautizada en recuerdo de ambas abuelas-  se hallaba situada ya en Mitre y Entre Ríos luego de tener su primera sede en la calle España al 600.

                          En cuanto al diploma, fechado el 23 de junio de 1919, lo suscribieron el ministro de Justicia e Instrucción Pública de la Nación, José Santos Salinas, el Inspector General de Enseñanza, Valentín Berrondo, el subsecretario de instrucción pública de firma ilegible  y el Director de la Escuela Normal de Maestras de Salta, Florentino M. Serrey, hermano de Carlos  el varias veces diputado y senador nacional.

                         Pero había algo más conservado entre esos recuerdos: el original de un telegrama  que envió  desde la Capital Federal -el 22 de mayo de 1918- al doctor Emilio Giménez Zapiola, a la sazón recién designado Interventor Federal de la provincia, el dirigente radical riojano Pelagio B. Luna (1867-1919), vicepresidente de la Nación y ocupante desde el día 7 de aquel mes de la titularidad del Poder Ejecutivo en ausencia de Hipólito Yrigoyen,  transitoriamente en su establecimiento de campo de la provincia de Buenos Aires, según informaba el diario porteño La Prensa de esa fecha. Su texto dice: “Al acusar recibo de su telegrama de fecha 17, me complace comunicarle que su recomendada la señorita Celina Sosa Dávalos ha sido nombrada por ser un pedido justo. Pelagio. B. Luna. Presidente de la Nación”          
     
                       En la parte inferior del papel, puede leerse en tinta negra  una leyenda aclaratoria escrita por la propia interesada: “Este telegrama lo conservo como un recuerdo de la bondad de la señora Manuela González de Todd, pues ella fue la del empeño ante el Interventor de esta doctor Giménez Zapiola para que el Presidente me diera la cátedra de Economía Doméstica”.

                      ¡Cuántas cosas invitan a pensar unas y otras líneas  trascriptas! En primer lugar que los plantones y el destrato como forma de disciplinar a los funcionarios de rango inferior eran inexistentes o al menos poco usuales entonces, al revés de lo que acontece con los usos  políticos  actuales. Así resultó que la solicitud de Giménez Zapiola fue  respondida por la máxima autoridad en ejercicio de la República a los cinco días de receptada. Además, para despejar toda duda de que pudiera actuarse con favoritismo, el  responsable de la designación creyó del caso dejar asentado que se complació al pedido por tratarse de algo justo. Ciertamente debió ser de ese modo porque  la beneficiaria, una aplicada estudiante como siempre fue tradición en la familia, tendría ya idoneidad suficiente para ingresar en la docencia en la Escuela Profesional de Mujeres de Salta; allí y en otros establecimientos de enseñanza secundaria y especial actuó en forma ininterrumpida hasta obtener la jubilación en 1947. Celina solía manifestar que influyó en la íntima vocación suya por la educación, la impronta de su abuela paterna Benita Carrillo de Sosa y Aramburú pese a no conocerla –murió en 1880-; una discípula durante los años de internado en Buenos Aires del deán Gregorio Funes que de regreso a Salta –cuentan sus biógrafos- fundó la Escuela Privada de Francés y Música y más tarde un centro de primeras letras en San Carlos.

                         Por otra parte no sería para distraerse que la joven  buscaba trabajar hacia 1918. Única hija soltera a ese momento, habitaba en el inmueble solariego de la calle España 649 con sus mayores, Salustiano Sosa Carrillo y Celina Dávalos Isasmendi; pues dos de sus hermanas estaban ya casadas y otra, Elisa,  había ingresado en 1916, bajo el nombre  Sor María de la Ascensión, a la Congregación de Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor que contaba desde tiempo atrás con un convento en Salta. (La orden  fundada en Angers por Santa María Eufrasia Pelletier y aprobada por el papa Gregorio XVI en 1835,  tenía por misión rehabilitar a las mujeres delincuentes.)  
                        
                       En cuanto a la  economía familiar del hogar de  Celina se había puesto algo difícil:  el padre envejecido y enfermo, ex combatiente contra Felipe Varela en octubre de 1867 y una figura representativa del mitrismo en el norte argentino de dilatada actuación en la segunda mitad del siglo XIX como legislador provincial, presidente del senado, eventual gobernador interino, presidente del Consejo Deliberante, convencional constituyente y  presidente en 1889 del Banco de Salta por cuya fundación bregó, había perdido la fortuna llegando a malbaratar la finca heredada de sus mayores en San Carlos de los Valles Calchaquíes. Anota Vicente Osvaldo Cutolo, en el Nuevo Diccionario Biográfico Argentino, que se fundió embarcado en proyectos de bien público como la construcción del primer dispensario antivenéreo de la provincia. Nada extraño, eran tiempos en que la actividad política estaba lejos de ser lucrativa y asegurar opulencia por generaciones. 

                       Finalmente cabe subrayar las frases de gratitud hacia Manuela González de Todd, o Manuela González Salverri de Todd,  dama de origen jujeño radicada en Salta que murió casi centenaria en 1936 luego de haber presidido la Sociedad de Beneficencia local. Era viuda del  coronel José María Todd, tres veces gobernador de la provincia, y se caracterizó por realizar gestos bondadosos como el anotado y otros incluso de características filantrópicas y heroicas como cuidar enfermos, con riesgo de su vida, durante la epidemia del cólera que asoló Salta en 1886 durante el gobierno de Martín Gabriel Güemes. También vinculado con aquel flagelo trascribe Roberto G. Vitry en su libro “Mujeres salteñas”, algunos párrafos del artículo de Zulema Usandivaras de Torino: “Una dama de dos siglos”, donde la escritora anoticia  que doña Manuela con la ayuda de sobrinas y servidoras se dio a la tarea de coser bolsas para recoger los restos de los que caían fulminados por el mal y quedaban insepultos en las calles de la ciudad.          

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                  ¡Lo que son las cosas de la vida! Un ajado diploma y un telegrama algo borroso resultan ser hoy suficientes testimonios para mensurar el perfil de una existencia adornada por los afectos, la estudiosidad, la beneficencia, la gratitud y la sinceridad, como lo supo destacar su amiga la escritora Elena López Echenique en un artículo necrológico que publicó a su muerte en El Tribuno. Memoria feliz entonces la de la tía Celina porque puede resumirse a tanta distancia en esas virtudes y sobrevivir en el claroscuro del recuerdo, reverdecido luego de descubrir aquellos envejecidos documentos  que le pertenecieron.

 Carlos María Romero Sosa. Publicado en "Salta Libre" del 1 de abril de 2013

domingo, 21 de abril de 2013

EN MADRID CON CARLOS VILLAGRA MARSAL





Debe haber sido accidental mi primer encuentro con Carlos Villagra Marsal, en los tiempos en que ambos vivíamos en Madrid hace bastante más de tres décadas. Aunque tengo presente un primer y extenso diálogo sobre literatura y política que sostuvimos una tarde invernal en el apartamento, a buen cobijo del viento del Guadarrama, que el escritor ocupaba en el centro de la ciudad del oso y el madroño. Y será sin duda porque lamentablemente para mí tuve pocas oportunidades más de explayarme con él, que a poco debía regresar al Paraguay, el hecho de que a tantos años de distancia pueda revivir aquella charla que saltaba de la mención de Ercilia López de Blomberg –la sobrina del mariscal López, autora de una gramática guaraní y conocida de mi familia materna al igual que su hijo el poeta Héctor Pedro Blomberg-, al asesinato de  Soledad Barrett  o a las noticias para mí novedosas sobre la Tertulia Literaria Hispanoamericana de Asunción, que Villagra presidió no sé si por entonces o después. Pero además y sobre todo lo recuerdo debido a que me impresionó su desprendimiento por de pronto en materia de libros, una virtud que armonizaba con su ingenio, cultura y refinamiento. Según pude comprobarlo, esa generosidad devenía de su confianza innata en los colegas en las letras y se sobreponía a las malas experiencias sufridas con los formadores de bibliotecas propias con volúmenes ajenos.
                                          En efecto, días antes de nuestro encuentro, mi anfitrión había recibido desde La Habana, enviada por Alejo Carpentier, la obra de imaginación del novelista sobre Cristóbal Colón titulada El arpa y la sombra en una lujosa edición de gran formato. Me enseñó el obsequio con satisfacción y orgullo y no bien demostré interés por su lectura, sin dudarlo lo puso en mis manos. Yo me sentí obligado no sólo a  concluirlo con rapidez, circunstancia a la que el argumento, el ritmo sostenido de la narración y el desafiante  barroquismo de su prosa me empujaban, sino que hasta escribí sobre el libro un comentario que publicó el diario La Capital de Rosario, donde desde tiempo atrás colaboraba con notas bibliográficas y artículos varios.
                                      Cuando un par de semanas más tarde regresé a su casa para devolverle El arpa y la sombra, lo encontré próximo a salir a la calle. Debía integrar una mesa redonda con Augusto Roa Bastos y con el escritor y guaranista Rubén Bareiro Saguier a realizarse en la sede próxima al Parque del Oeste del Centro Iberoamericano de Cooperación, la institución de la que yo era becario y Villagra lo había sido una década atrás. Concurrimos juntos al acto  y allí conocí por su intermedio a Roa,  del que  conservo un ejemplar de Hijo de hombre autografiado por el autor aquella jornada. 
                                      No lo vi más  ni supe nada de él hasta tiempo después:  ya en Buenos Aires hallé en el suplemento cultural de  La Nación una breve reseña de su Guarania del desvelado que recorté y guardé. Se destacaba allí entre otras consideraciones el hecho de que el entorno del creador propiamente el Paraguay- diera fuego y razón de existir a su palabra poética, algo que experimenté ya en la primera aproximación al  poemario que publicó Losada en 1979 y me obsequió en aquel encuentro a resguardo del viento del Guadarrama apretando su cordialidad en una frase: Para Carlos María Romero Sosa. Poesía por amistad. 26 de febrero del 80.
                                     Regreso ahora a la lectura de ese ramillete de sonetos con resonancias clásicas  y tensión amatoria que lo integran –uno de musicales trece sílabas- junto a versos líricos igualmente cadenciosos, por momentos nostálgicos de alguna ancestral edad de oro revelada frente al curso heracliteano del río Paraguay al que llama: Padre que estás en la arena (y) norte azul para el viento En otros segmentos el poeta se propone enumerar decisivas circunstancias de vida, como en el poema libre que da título a la colección; una pieza donde se revela entusiasta lector –no imitador- de Neruda, lujosa de metáforas salidas de los más profundo de sí y por lo mismo tocantes y capaces de suscitar emociones indescriptibles: “El suelo no me llega. Como un Argos yacente,/ desganado y oscuro,/ aprecio la segura y minuciosa asunción de la noche/ y entretanto,/ testigo de mí mismo,/ la memoria propaga su vértigo callado”.  
                                    Eso aparte de contener también algunas estrofas en las que late subyacente la rebeldía social y hasta una no disimulada denuncia de las arbitrariedades del régimen de Stroessner; así ocurre al subir el tono hasta buscar la condena general y reclamar solidaridad incluso de los desatentos del mundo de la época, cuando estaban firmes las fronteras ideológicas, frente al alarido lento de un compañero (en) una oficina sórdida en la nueva/ Guardicárcel. 
                                   Como ahora por obra del azar, otro libro suyo con pie de imprenta en el año 2007 ha llegado a mis manos: Poesía congregada y otros afanes, una suerte de antología personal, me anoticié por  la solapa que finalizada la dictadura, Villagra Marsal tuvo una importante actividad pública como convencional nacional en 1992, que actuó en la diplomacia  y fue designado embajador en Chile primero y en Ecuador después. Lo bueno es que los cargos políticos no distrajeron su inspiración ni desviaron su vocación de estudioso. Siguió produciendo poemas y rastreando en la literatura española del Siglo de Oro, período que  le interesó siempre.
                                  Nacido en 1932, imagino que ya no será el cuarentón de aspecto juvenil que conocí en Madrid siendo yo veinteañero, cuando frente a ambos, acostumbrados a vivir bajo regímenes de fuerza, se afianzaba entre marchas y contramarchas la democracia española bajo la jefatura de gobierno de Adolfo Suárez y con la garantía del rey Juan Carlos.
                                  Las páginas finales de Poesía congregada  dan cuenta de que Carlos transita su status viatoris llevando sus muertos en carne viva como lo prueban varias dedicatorias de sus composiciones y la emotiva Evocación de Elvio Romero, el poeta amigo y compañero de luchas.
                                          Yo celebro que quien ayer me reveló su fe en un  marxismo humanista o en el humanismo marxista invocado alguna vez por Salvador Allende, sea hoy el mismo hombre de principios e ideales  acostumbrado a dormirse esperanzado más que utópico con una memoria cierta hacia mañana. Que se muestre libre de dogmatismos, realista y no pragmático, actitud tan devaluada por la dirigencia en nuestros países  que resulta ya al sano realismo lo que la pornografía al amor. Y elogio que sin duda haya evolucionado desde sus concepciones juveniles más radicales, pero que no se ha metamorfoseado por obra del oportunismo, la banalidad del mal y los designios dominantes del mandarinato cultural. Así Carlos Villagra Marsal sigue bregando por la libertad y la justicia en la América ingenua que tiene sangre indígena celebrada por Darío; en este  subcontinente a la defensiva, policultural y multilingüistico. Y lo hace lejos del efectismo olímpico, el exhibicionismo comercial o la calculada grandilocuencia mediática.
                                            Se nota que aparte de hallarse de cuerpo entero en sus creaciones de largo aliento como su novela juvenil Mancuello y la perdiz, también se sostiene lanza en ristre y no con la “lanza en astillero” de aquel hidalgo “que tenía por sobrenombre Quijada o Quesada”, en el tono menor de la rimada confidencia al alcance de quien quiera escucharla y hasta quizá armonizarla con notas -o gotas- de arpistas y rabeleros nativos, para dar coro a la sentencia de Sartre: el hombre está condenado a ser libre. Y que en consecuencia: Al joven impacto/ del brazo sincero,/ caerán las prisiones,/ huirá el carcelero.        

por Carlos María Romero Sosa. Publicado en Salta Libre el 19 de abril de 2013

domingo, 31 de marzo de 2013

POR MI PASCUA DE RESURRECCIÓN



¡Aleluya! ¡Aleluya!:

Pascua de Resurrección,

que da forma y hermosura

a la eternidad en Dios.


Si la muerte fue vencida,

no quedaré en lo que soy:

una hoja al viento que gira

dudando entre sí y no.


Pues he de ser de hoy en más,

árbol de fruto perenne;

que ningún ocaso tiene

ya la palabra final.

                                                                                                                                          Por Carlos María Romero Sosa