domingo 26 de febrero de 2012

Robaron la placa de Zavala Ortiz



Días pasados, el doctor Juan Carlos Fustinoni denunció la desaparición del busto de su padre de la Academia Nacional de Medicina, corporación que largamente presidió el profesor Osvaldo Fustinoni. Pero la depredación continua y acabo de advertir que de la “Plazoleta Carlos Bernardo González Pecotche”, que homenajea al escritor y fundador de la logosofía, ubicada en Agüero y Las Heras en las inmediaciones de la Biblioteca Nacional, faltan las placas conmemorativas tanto de González Pecotche cuanto del político radical doctor Miguel Angel Zavala Ortiz (1905-1982). Una vergüenza ambos robos por supuesto. Y en cuanto a la falta del recordatorio de bronce del doctor Zavala Ortiz, un antiguo vecino de la zona, ocurre justamente cuando la cuestión Malvinas se encuentra candente. Al respecto cabe recordar que el ministro de relaciones exteriores y culto del doctor Illia logró la aprobación, el 16 de diciembre de 1965, por la Asamblea General de las Naciones Unidas, de la Resolución 2065 donde se reconoció que las Islas Malvinas eran un territorio sujeto a descolonización.-
Carlos María Romero Sosa
        abogado

Carta publicada en la Sección Correo de Lectores de La Prensa el 15 de febrero de 2012

sábado 11 de febrero de 2012

GUERRA DE LAS MALVINAS



2 de abril de 1982-14 de junio de 1982:
Me pregunto qué filo de sable corta el tiempo con más
prolijidad que la memoria.

Qué asalto del olvido rinde sus
arrebatos
               incondicionalmente.

Qué fuego crepitante
                 a no ser del afán
                                        –impulso puesto en Gracia-
moldea hilos de cobre para anudar la
vida a su empresa suprema.

Qué son
              –no sólo fueron-
aquellos setenta y tres días
deshojados en un ritual de
otoño y
calendarios,
            al paso de tres décadas en
bastardilla sus prometidos
dones
demorados en un
cancelar turnos de
grandeza.

Qué son,
             para nosotros,
tantas jornadas de heroísmo y
miseria en las
Malvinas.

La nieve que enceguece no
haga cerrar los ojos ante tantos perjuros de
“juremos con gloria” y de
“eternos laureles”,
idóneos en capuchas y
estaqueadas.


La nieve que enceguece conserve en sus
cristales el hambre de
soldados y la
gula de los
jefes corruptos.


(Que su alud envolvente no saque nuevo lustre
a las botas del general
rendido en
ignominia.)



La nieve que enceguece se
amontone en el techo rojo del
oportunismo, de la cruel
imprudencia y lo
derrumbe.
                 Caiga lentificada en
                 miel de flores
                muertas sobre los
               mutilados.


(Copo a copo los
niños de las
Islas jugarán con
muñecos en blancor de
inocencia junto a los
cementerios.)


****** .

La cuenta de amargura de tantos veteranos
a prorratear por
                        todos

es deuda pagadera con
limar
desmemorias y
rodear con la cinta de
duelo los
ojales ganándole al
vacío como
abiertas trincheras en
campo del honor del
compromiso y el
reconocimiento.


Por CARLOS MARÍA ROMERO SOSA Argentino.

lunes 2 de enero de 2012

NORBERTO LUIS GRIFFA

   Aquellos meses finales de 1996 y sobre todo los de principios de 1997, que trajeron como presente griego a la Administración Pública Nacional la Segunda Reforma del Estado con indiscriminados despidos de personal, ejecutada por el menemismo en el poder, no se pintaban ideales para iniciar una amistad con funcionarios políticos como lo era el doctor Norberto Luis Griffa -fallecido el 21 de noviembre último-, designado Asesor en la Inspección General de Justicia donde yo me desempeñaba como funcionario de carrera. Sin embargo y sin confundir ninguno de los dos nuestros respectivos roles, la sellamos a partir de largas charlas que versaban sobre inquietudes humanas y culturales comunes, ciertamente las afinidades electivas en términos de Goethe.

   Griffa, abogado y docente universitario de filosofía, fue autor entre otros trabajos de un libro que enriquece la bibliografía en lengua castellana sobre Edmund Husserl: “Fenomenología del ser y la esencia”, editado en 1977 por la Cooperadora de Derecho y Ciencias Sociales. Allí con claridad expositiva, esa cortesía del filósofo al decir de Ortega y Gasset, desarrolla varios puntos del sistema del pensador moravo, tales como la esencia (eidos), la intuición sensible y la eidética, la idea de la ciencia, el fenómeno de síntesis con que opera la conciencia o el paréntesis o “epojé” de la reducción fenomenológica.

   Era al momento de su muerte, ocurrida a los setenta años de edad cuando tanto podía esperarse de su inteligencia, dinamismo, creatividad y espíritu de liderazgo, Director del Departamento de Arte y Cultura y Director Académico de la Cátedra UNESCO de Turismo Cultural, de la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

   Lo imagino en la biblioteca de su departamento de Avenida Quintana 4, en Cinco Esquinas, distrayendo quizá alguna lectura, para repetir mentalmente el poema de Borges “Barrio Norte” que expresa en uno de sus versos -grabados en la pared de la escuela y jardín de infantes situados frente a su domicilio-, que el olvido es el modo más pobre del misterio. Y entonces yo que trato de no olvidar, recuerdo su conversación culta, por momentos erudita, pero amena siempre y demostrativa de un hecho indiscutible: el hablante no era sólo un especialista sino un sibarita del pensamiento.

   Evoco aquella última vez que nos encontramos después de largo tiempo sin tener noticias suyas. Fue una tarde de marzo de 2002 entre el gentío de la calle Florida. En la ocasión disfruté otra vez de su actitud y aptitud dialogante. Eran ya los tiempos del presidente Duhalde y de la pesadilla del “corralito”, cuando Griffa me esbozó cierta tesis política suya aguda y original.

   -Fíjese, doctor, que si bien pocos intelectuales y académicos refutarían lo que usted me dice, aquí lo silencian los manteros con sus ofertas a toda voz-, le comenté risueño.

   -Se ganan la vida, me contestó socrático…


Por Carlos María Romero Sosa. Se publicó en Ápices Digital, Nro. 10.-

domingo 25 de diciembre de 2011

El INSTITUTO DE ESTUDIOS FEDERALISTAS, UNA VANGUARDIA DEL REVISIONISMO HISTÓRICO


Creacion del Instituto de Estudios Federalistas 
 Con motivo de la reciente creación por decreto del Poder Ejecutivo Nacional del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino, se han elevado numerosas voces tanto favorables como críticas. Sin embargo, es de augurar que el hecho, más allá de suscitar desaprobaciones o aplausos en general portadores de intencionalidad política, sirva también para rastrear los antecedentes en materia de corporaciones dedicadas con severa y documentada actitud científica, a ensayar un análisis revisionista de la historia patria. Una de ellas, de carácter privado y no oficial, fue recientemente mencionada con un ligero error en cuanto a la fecha de su constitución en el artículo de Ignacio F. Bracht titulado “Un revisionismo de fantasía” (La Nación, 20 de diciembre de 2011). Se trata del Instituto de Estudios Federalistas, fundado en la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz en 1938 y disuelto en 1943, según lo destacó la investigadora Mariela Coudannes Aguirre en su trabajo “El escándalo revisionista en Santa Fe” (Revista Escuela de Historia de la Universidad Nacional de Salta, Año 9, Nro. 9, 2010, pp119-146 ).

Tengo ante mí copia del acta fundacional de aquella institución, una de las primeras sino la primera constituida en el país con el propósito de intentar otra lectura de nuestro pasado y reivindicar la actuación de los caudillos federales en tanto intérpretes de las masas populares. (Ello sin olvidar que en 1934, el historiador entrerriano de origen radical Dardo Corvalán Mendilaharzu, creo y presidió la Junta Americana de Homenaje y Repatriación de los Restos de Rosas.)

En cuanto al Instituto de Estudios Federalistas que hasta editó un boletín, se conformó el 15 de junio de 1938, en oportunidad de recordarse el centenario de la muerte del Brigadier General Estanislao López, el Patriarca de la Federación. Así lo expresa el acta de referencia, suscripta por el ex legislador correntino Justo Díaz de Vivar, por el periodista Félix Barreto y por los historiadores Sigfrido Radaelli, José María Rosa, Manuel Vizoso Gorostiaga, José M. Funes, Absalón Casas, Alfonso Durán y Carlos Gregorio Romero Sosa.

El Instituto fue presidido por el docente santafesino y presidente del Consejo de Educación local Alfredo M. Bello –a quien José María Rosa atribuyó su conversión al rosismo-, quien en ese carácter suscribió el diploma de miembro correspondiente en Salta del citado profesor Romero Sosa, investigador que participó por entonces -1938-, en representación de la Unión Salteña –Sociedad Provincial de Fomento fundada por Cristian Nelson y Agustín Usandivaras-, de las Jornadas de Estudios Históricos sobre el Brigadier General Estanislao López celebradas en Santa Fe y organizadas por la Junta de Estudios Históricos de aquella provincia que presidía el historiador, académico, profesor universitario y hombre público bonaerense radicado en Santa Fe, doctor Manuel M. Cervera, y cuya vicepresidencia desempeñaba Monseñor Nicolás Fasolino, después cardenal. Lo hizo con un extenso trabajo sobre “Relaciones políticas entre Salta y Santa Fe durante la administración del Brigadier General Don Estanislao López”, publicado en 1942, en el tomo II de los anales de dichas Jornadas.-

Carlos María Romero Sosa
(Se publicó en Tiempo Argentino, el 24 de diciembre de 2011 bajo el título “Federalismo y Revisionismo”)

lunes 28 de noviembre de 2011

COLORES PARA LA NOSTALGIA




Uno tiene que rendirse a las evidencias y reconocer que en esta época acelerada por demás, el viajero no es ni puede ser otra cosa más que simple turista, algo que representa la “capitis deminutio” del esforzado peregrino del ayer. Pareciera que todo está pensado por las empresas de viajes para que el cliente “toque y se vaya”; para que empache “de cosas diversas la memoria” según el verso de Quevedo, sin llegar a saborear más que poco o nada de los lugares que visita. Como fuere, está en el viajero, sobre todo a su regreso, darse tiempo y espacio para recolectar en su interior vivencias y emociones no siempre al alcance de las cámaras fotográficas o de las filmadoras.



Así por mi parte, de un rápido tour por Sudáfrica con safari fotográfico incluido en el Parque Kruger, realizado días pasados, trato ahora de construir recuerdos; esos valores agregados a la memoria por obra del sentimiento, el cual debe aportar lo suyo para enmarcar el impacto de las novedades vistas a vuelo rasante en un aventurerismo de plástico; para redimensionar y reubicar en el fondo de nuestro ser la experiencia de cada cuadro vertiginoso presentado, dándole así sentido de pertenencia definitiva en el espíritu. Porque sólo desde allí gotea la añoranza su corriente gratificante y que humedece con dosis de ensoñación y de evasión -¿porqué no?- la dureza seca y agrietada del mundo de la vida.

Evoco entonces hoy rostros y lugares que tanto más tocan por conectarse con el ámbito cotidiano de mi existencia que al diferenciarse de él. Porque las cosas y los seres suelen alcanzar mejor el alma en la medida en que pueden ser relacionados con realidades conocidas y propias, ya que lo demás es puro exotismo quizá impactante pero que difícilmente actúe sobre las potencias afectivas. Vale aquí como en tanto más la identificación, la íntima adhesión, la empatía. Comprender que a Nelson Mandela por ejemplo, no hace falta ir a buscarlo a Sudáfrica, a Johannesburgo, al Soweto. Sencillamente porque al enraizarse su lucha en lo más alto del espíritu humano, está instalada en la conciencia colectiva y quedará inspirando cualquier ideal de justicia, libertad y solidaridad, donde fuere que se eleve frente al egoísmo, la discriminación, la competitividad salvaje y el afán de consumo de las sociedades signadas por el utilitarismo.


Voy reviviendo pues momentos del viaje y así recupero un barrio de Cape Town: Bo Kaap, el barrio musulmán. Al transitar por sus calles se me representó de inmediato la porteña Boca del Riachuelo. Y primero que nada por la más evidente de las coincidencias: el colorido y dicho esto sin metáfora sino de cara al cromatismo de sus casas bajas, cada una pintada en un tono diferente como muchos de los inquilinatos boquenses que inspiraron la paleta de Alfredo Lazzari, el maestro de Benito Quinquela Martín, algo más tarde las de Miguel Carlos Victorica, Fortunato Lacámera o Víctor Cunsolo y en la actualidad la de Hugo Iruneta y también la de Víctor Fernández entre tantos otros pintores subyugados por los aledaños de la parroquia de San Juan Evangelista.
Carlos Romero Sosa en Cap Town


Por cierto que resulta curioso y paradojal el hecho de que dos barrios pobres y de inmigrantes, uno de la Ciudad del Cabo y otro de Buenos Aires, estallen por igual de colores quizá para compensar las tristezas y melancolías de sus moradores, seres casi invisibles para los sectores de clase media y alta de la sociedad. Porque así como principalmente marineros genoveses se afincaron en La Boca, dándole su impronta típica antes de que “tuviera dientes” en la expresión de Florencio Sánchez acuñada al enterarse de la elección de Alfredo L. Palacios, quien accedió a la primera diputación socialista de América en 1904 debido a los sufragios obtenidos en la circunscripción, en Bo Kaap habitan sobre todo descendientes de malayos traídos en su momento por los holandeses para cumplir con los menesteres más duros. Se trata de una población hablante hasta hoy de africans más que de inglés según me comentó cierto bohemio vecino de allí de nacionalidad española, barcelonés para más datos, y artista plástico asimilado al lugar, al que confiesa haberse acostumbrado en modo tal que sus usos y costumbres como el llamado a la oración de las varias mezquitas del barrio a primera hora de la madrugada, hace ya tiempo que no lo despierta.


A Juanjo Sandoval, este guía de privilegio por los pintorescos senderos de Bo Kaap -donde los bares no ofrecen al menos a la vista bebidas alcohólicas en observancia de los preceptos islámicos-, lo enervan los prejuicios de ciertos habitantes de otras zonas de la ciudad sobre el lugar, al que aún muchos le hacen la cruz menos por miedo a la delincuencia -controlada allí por el propio vecindario, explica- que por resabios del “apartheid”. (Aquel “apartheid” que como suele reafirmármelo en los aleccionadores correos que me concede a menudo, tuvo a maltraer al escritor y diplomático Albino Gómez cuando en 1965 y parte del 66 se desempeñó en la Embajada Argentina en Sudáfrica bajo la plena vigencia de ese régimen inhumano y con Mandela preso.)

Cuenta además mi interlocutor Sandoval, que Bo Kaap ha sido propuesto por la UNESCO para ser designado Patrimonio Cultural de la Humanidad, distinción que a nadie se le ocurriría tributar a ninguna de las zonas exclusivas y residenciales de la urbe que es capital legislativa del país, a la que vigila la Table Mountain desde su fundación o primer asentamiento europeo de proporción en las adyacencias del cabo de Buena Esperanza llevado a cabo por Jan van Reibeeck en 1652.

Instructiva experiencia la de pasear por un barrio ajeno y lejano, cuya existencia desconocía yo en absoluto y que me hizo pensar en La Boca de los inolvidables escritores amigos ya fallecidos José Armagno Cosentino, José Meré Larralde, Rosa Sini y del político Jorge Enea Spilimbergo que me hablaba entusiasmado del socialismo latinoamericano. La Boca del poeta vivo y en plena actividad creadora Héctor Miguel Ángeli, que habita en la calle Alvar Núñez al cien y “con quien tanto queremos”, por parafrasear a Miguel Hernández. Un aleccionador y simpático aprendizaje, claro está que lo juzgo así ahora reintegrado a mi medio, pues la descripta asociación emocional me despertó en un primer momento nostalgia; un sentimiento que suele tocar todos los registros del alma sobre un fondo de insinuada tristeza. No sé cual de ellos primó cuando escribí al regresar al hotel el siguiente soneto:


CIUDAD DEL CABO


Habitación de hotel: suerte jugada

a intemperie y cobijo indiferente

en ley de una pared descascarada,

por donde da el pasado su presente.


Rincón para la insignia de la nada.

Dónde el timón, las velas…Dónde el puente

de mando de mi vida alimentada

o mordida por huidas, diente a diente.


Con una impertinencia de turista,

colecciono el vacío que no llena

la cuenta de rendir otro paisaje


a un remedo de asombro y de conquista.

Marque hoy Cape Town con látigo de arena

del fondo del Atlántico, mi viaje.


(*) Carlos María Romero Sosa.Publicado en Salta Libre 26 de noviembre de 2011

miércoles 19 de octubre de 2011

JUSTICIA PARA MIGUEL RAGONE (*)

           

                                               

Me llena de emoción la sentencia pronunciada por el Tribunal Federal Oral de Salta contra los secuestradores y autores mediatos del homicidio del ex gobernador de la provincia, doctor Miguel Ragone (Tucumán, 1921), hecho ocurrido el 11 de marzo de 1976.
Treinta y cinco años de inducido “olvido” y complicidades varias, se van cerrando con estas condenas. Por supuesto faltan en la causa imponer algunas otras -sin duda a Menéndez y a Bussi- y en la memoria colectiva de la ciudadanía, corresponde formular más de un reproche, por de pronto de orden moral y político, para los sobrevivientes o en su caso para que no descansen en paz aquellos que fueron autoridades del gobierno “lopezrreguizado” de Isabel Perón e instaron y suscribieron el decreto de intervención a Salta, en noviembre de 1974, aduciendo “la manifiesta ineficacia represiva” del doctor Ragone.

¿Cuál era el cargo?: haber evitado la represión ilegal en la provincia cuando la Triple A hacía en el país de cabecera de playa para los venideros y diversificados grupos de tareas del terrorismo de Estado. ¿Y el cargo, le repregunto al silencio?: hacer respetar los derechos humanos y garantías constitucionales en medio de la orgía de sangre que salpicaba a derecha e izquierda el territorio argentino. Qué inicua medida entonces resultó ser aquel acto del Poder Ejecutivo -que refrendó el ministro del interior Alberto Luis Rocamora- por el que se desplazó a Ragone de donde su pueblo lo colocara dieciocho meses antes como resultado de la elección del histórico 11 de marzo de 1973. Ciertamente una medida de corte bandoleril, perpetrada contra la República y el Federalismo y que tuvo un “iter criminis” con actos preparatorios como el desprecio que recibió el Gobernador en la inauguración del Congreso Eucarístico por parte de la entonces presidenta con minúscula. Fue esa una intervención federal que comenzó por traicionar la promesa que le hiciera al mandatario el propio general Perón antes de morir: “Mientras yo sea presidente, vos serás gobernador”.

Pero mientras la actual administración de justicia dicta sus fallos y la justicia histórica hará lo propio con víctima y victimarios, Ragone, “el médico de los pobres”; el antiguo discípulo y colaborador de Ramón Carrillo; el jugado luchador durante la resistencia peronista; el político en el más enaltecido sentido del término: el del servicio a la comunidad; el dirigente preocupado por reparar las injusticias seculares cometidas contra los pueblos originarios; el gobernador que durante su gestión rechazó viáticos y custodia y dejó el recuerdo de su ejemplar fe democrática, progresista y latinoamericanista, sí descansa en paz dondequiera se encuentren sus restos mortales. Esos restos que de hallarse, debieran ser colocados en el Panteón de las Glorias del Norte, en la Catedral salteña; y esto lo expreso como sobrino nieto de Monseñor José Gregorio Romero y Juárez -desde 1915 obispo diocesano de Salta y Jujuy hasta su muerte en 1919-, quien promovió en febrero de 1913, al cumplirse el centenario de la Batalla de Salta, la creación del Panteón efectivizado y oficializado en 1919 por el interventor Manuel Carlés. Los héroes guerreros Martín Miguel de Güemes, Rudesindo de Alvarado, Juan Antonio Álvarez de Arenales, Eustoquio Frías, José Antonino Fernández Cornejo, Martina Silva de Gurruchaga, el Soldado Desconocido de la Independencia Americana y el Soldado Desconocido de la Batalla de Salta, deben haber aceptado desde la eternidad, sin duda complacidos, compartir la última morada de sus cenizas terrenas con un prócer de la organización nacional como el jurista Facundo de Zuviría –que presidió las sesiones del Congreso Constituyente de 1853 y fue trasladado allí el 20 de febrero de 1934- y lo harán también en un futuro que se anhela próximo con Miguel Ragone, mártir de la Democracia con contenido Social, el Federalismo y la Liberación Nacional.

Dije antes que se corrió -y se mantuvo por décadas- un manto de silencio, de mentiras y pistas falsas sobre el magnicidio, comenzando por el mendaz Parte de Guerra fechado el 16 de marzo de 1976. Con excepciones honrosas a destacar: hace un tiempo llegó a mis manos el excelente libro de la profesora Raquel Adet: La causa Ragone, minuciosa y documentada crónica del secuestro, de las actuaciones policiales y judiciales iniciales, tramitadas evidentemente bajo la consigna de no llegar a ningún fin y con trascripción de los principales testimonios del juicio reciente culminado días atrás con las condenas que aplaude el país todo.-

(*) por Carlos María Romero Sosa. Se publicó en Salta Libre el sábado 15 de octubre de 2011.-


viernes 23 de septiembre de 2011

JOSÉ ENRIQUE RODÓ: OLVIDO Y ECOS EN LA REPÚBLICA ARGENTINA

I.- POR LA VIDA RACIONAL CONTRA LA CONCEPCIÓN UTILITARIA

La figura de José Enrique Rodó (1871-1917), con cuyo nombre se designa desde 1919 una calle porteña en el barrio de Mataderos antes llamada Areco (1) , ha ido desvaneciéndose en la Argentina con el paso de las décadas. Ciertamente poco se frecuenta al pensador uruguayo agnóstico y liberal, aunque ajeno a todo sectarismo laicista, que en 1906 objetó desde la banca de diputado que ejercía por el oficialista Partido Colorado, la medida propuesta por su jefe político, el presidente José Batlle y Ordóñez, de quitar los crucifijos de los hospitales nacionales. La polémica sostenida al respecto en el parlamento con el legislador católico Pedro Díaz -vaya curiosidad-, quedó registrada en su opúsculo Liberalismo y jacobinismo (1906)(2) . Cabe entonces subrayar una paradoja: aun sin recordar o tener conocimiento de ejemplos cívicos como el de Rodó, bien que se valora aquí y hasta se idealiza frente al espectáculo de la gimnasia de gran parte nuestros actuales políticos, consecuentes sólo en renovar duelos verbales la mayoría de las veces patéticos, la actitud -en general- de la clase gobernante del hermano país oriental; puesto que sus representantes, al contrario de los de esta orilla del Plata, aparecen más predispuestos a practicar la tolerancia, esa virtud civil de corte racional, y hasta a intentar la concordia entre las distintas corrientes de pensamiento, ejercicio en el que obra el corazón como corresponde a la etimología de la palabra.

Cuando en 1900 un Rodó de veintinueve años publicaba en Montevideo el libro Ariel, el mensaje de la obra caló hondo entre la intelectualidad de todo el ámbito de la lengua castellana; desde Unamuno a Alfonso Reyes y de Leopoldo Alas y Rafael Altamira a Pedro y Max Henríquez Ureña, a punto tal que ya en 1901 la obra se reeditó en Santo Domingo (R.D.) y poco después en México a instancias de Alfonso Reyes, que convenció a su padre, un general de la revolución, para publicarla en el país azteca a cargo del Estado(3)

En verdad era de ponderar que quien advertía que el genio de Hispanoamérica descansaba mejor sobre la alegría del arte latino que sobre la dureza del cálculo anglosajón afín con el “puritanismo que persiguió toda belleza y toda selección intelectual; que veló indignado la casta desnudez de las estatuas; que profesó la afectación de la fealdad, en las maneras, en el traje, en los discursos”, como lo expresó sin rodeos en Ariel, fuera un hombre jugado por el progreso y la civilización. Un demócrata liberal moderno hijo de la inmigración por su rama paterna, la corriente a fraguar en aquella “raza cósmica” que algo más tarde vislumbró el mexicano José Vasconcelos. Un batallador por la lozanía de los ideales, es decir un antidogmático por antonomasia. Y sobre todo un “quijotista” entusiasta y nunca un inquisidor tortuoso o un “felipista” anacrónico.

Lo cierto es que el admirador de Poe y de Emerson y de la vida racional por sobre la concepción utilitaria, no hallaba herederos dignos de sus genios en el medio consumista, pragmático e individualista de los Estado Unidos y la expresión de Tocqueville, “los dioses se van”, le dio argumento para considerar asimismo, la huida o el abandono del magno espíritu de “los próceres de la independencia y la organización surgidos para representar lo mismo el pensamiento que la voluntad de aquel pueblo”.

Quizá exageraba y con resabios positivistas avistaba la sociedad norteamericana de manera estrechamente determinista, adjudicándole algo así como un organismo biológico con leyes y características inalterables, un cuerpo donde el materialismo y la producción en serie redujeron al mínimo la libertad y la inventiva de sus habitantes. Quizá no conocía a fondo la nación objeto de su crítica a la que sin embargo decía admirar -en ciertos aspectos- pero no amar. “Odiar a los Estados Unidos es un sentimiento inferior. Despreciarlos es una insensatez”, juzgó más tarde el argentino Manuel Ugarte en “El destino de un continente” -libro publicado en Madrid en 1923-; alguien con quien polemizara Rodó en 1907.

Su prédica opuesta a la “nordomanía” en boga en los albores del siglo XX era más racional que turbulenta, “en Ariel no había furor” comentará ácido Jorge Abelardo Ramos(4), ideólogo de la llamada izquierda nacional y difusor en la Argentina de Alberto Methol Ferré. Sin embargo Rodó no navegaba a dos aguas, más pensador que político buscaba la objetividad lejana de las vociferaciones: “Y advertid que cuando, en nombre de los derechos del espíritu, niego al utilitarismo norteamericano ese carácter típico con que quiere imponérsenos como suma y modelo de civilización, no es mi propósito afirmar que la obra realizada por él haya de ser enteramente perdida con relación a los que podríamos llamar los intereses del alma”. Además no pretendía incitar a ninguna lucha emancipadora y sin duda primaba en él la solidaridad -quijotesca solidaridad y cervantina adhesión del crítico que estudió con pasión al ecuatoriano Juan Montalvo de los “Capítulos que se le olvidaron a Cervantes”(5)- con la España vencida y perdedora en 1898 de Puerto Rico y Filipinas a manos del país yanqui. Sin embargo el arielismo representó en el orbe de la hispanidad otra cosa que una adhesión al imperio decadente enfrentado al imperio naciente. Si la buena literatura moviliza la sensibilidad, muy escasos libros logran activar las conciencias y llegar a ser un libro-fermento a incluir en buena ley en el Fermentario que escribió el filósofo Carlos Vaz Ferreira, su compatriota y contemporáneo. Ariel actuó sobre muchos ánimos de la época en función de apuesta al futuro. No es poco mérito para el ensayista que lograra mensurar con pálpito el espesor de una alegría esencial, distinta y superior en grado y cualidad a la que “centellea como la espuma del licor” de la definición de Bergson propuesta en La risa.

En ciertas auscultaciones y sobre todo en ciertas prédicas Rodó iba a fondo: “encuentro el símbolo de lo que debe ser nuestra alma en un cuento que evoco de un empolvado rincón de mi memoria”, expuso metafórico apelando a una fuente narrativa de Oriente. Esa deontología de raíz kantiana lo pinta de cuerpo entero: deja ver al unísono su don poético de vaticinar y su recia voluntad patriótica -en sentido amplio y no provinciano- de ansiar un advenimiento continental para el que rastreaba en la tradición las condiciones y las posibilidades de esa epifanía. Porque tampoco se engolosinaba con la realidad latinoamericana y su historia de guerras civiles y caudillismos con las consiguientes lacras de analfabetismo y extendida pobreza material. (Hasta tomó con pinzas el principio de Alberdi “gobernar es poblar”. Sí, razonó: “asimilando, en primer término, educando y seleccionando, después”). Es que al revés de los románticos decimonónicos del tipo de Echeverría o Sarmiento, Rodó profetizó una tierra prometida a erigirse sin riesgo de catástrofes que sobresaltaran a sus habitantes nativos, aunque marcados por la universalidad cultural con raíces en Grecia, sobre las capas geológicas de la propia corteza de Iberoamérica. Lejos entonces de cuestionar el medio geográfico propio ni de sentirse acomplejado y condicionado por su realidad para encarar con “vocación personal” dudosamente contrapuesta al “destino colectivo” en el análisis sesgado del peruano Luis Alberto Sánchez(6), las empresas de futuro. Ese pertenecer al suelo americano con ánimo seguro, gozoso y animado por el libre albedrío, no lo limitó ni le hizo sentir que cargaba con una “capitis deminutio”; supo pues dar signo positivo a la idea de determinismo geográfico de su frecuentado Taine.

Hay en Ariel un desafío por concretar sueños incumplidos, algo que lo entronca a los afanes de los regeneracionistas españoles, no en vano el extenso elogio de Altamira. El profesor de la Universidad de Oviedo tan conocedor de América no habrá pasado por alto que largos pasajes de Ariel adquieren elevado tono pedagógico. Algo para corresponder en rigor a una “paideia” en pos de un desarrollo intelectual superior de nuestros pueblos, en opinión de Oscar Caeiro(7) .

Cabe subrayar que la juventud a la que dedicó el libro de emblemática inspiración en La Tempestad shakesperiana al renovar la contradicción entre el genio del arte (Ariel) y Calibán símbolo de sensualidad y de torpeza, no está entendida tanto por la edad cronológica atada fatalmente a la bergsoniana “durée réele”, sino que responde al arrebato de una humanidad jugada por la actitud renovadora. Propiamente a un estado de ánimo psicológico, desasido de la yuxtaposición de un antes y un después, en el que vale incluso más la soltura de los ideales que el peso en vida y en “moribundia” –diría Ramón Gómez de la Serna- de los años. Porque jóvenes en edad y no de corazón poblaban también Norteamérica, donde sin embargo juzgó que “la idealidad de lo hermoso no apasiona al descendiente de los austeros puritanos. (...) “Tampoco le apasiona la idealidad de lo verdadero.”

Lejos del panfleto político a lo Facundo aunque con parecido brío fundacional, Ariel da cuenta de una postura refinada sin el elitismo en sentido oligárquico que se le achacó, y jugándose sí por una “aristarquía” de la moralidad y la cultura: “El deber del Estado consiste en colocar a todos los miembros de la sociedad en distintas condiciones de tender a su perfeccionamiento. El deber del Estado consiste en predisponer los medios propios para provocar, uniformemente, la revelación de las superioridades humanas, donde quiera que existan”. Su trasfondo espiritualista sustenta una nada concesiva estimativa ética, de compromiso en grado de sacrificio: “Nuestra concepción cristina de la vida nos enseña que las superioridades morales, que son un motivo de derechos, son, principalmente, un motivo de deberes, y que todo espíritu superior se debe a los demás en igual proporción que los excede en capacidad de realizar el bien”. Rodó fundió la literatura modernista con el espiritualismo, anota Enrique Anderson Imbert(8) , y como podría esperarse de un lector de Renan, esa mixtura que trasciende lo literario guió su análisis de psicología social y viene a representar una parábola mejor que una metodología de acción. Es que Rodó no hizo antiimperialismo como Manuel Ugarte, y aunque informó en 1908 sobre el “El trabajo obrero en Uruguay” con sentido de justicia social, tampoco adscribió al socialismo como nuestros Juan B. Justo y Alfredo L. Palacios o después su compatriota Emilio Frugoni, fundador del Partido Socialista del Uruguay. Ontológico en mayor medida que axiológico, intuyó la existencia y la vigencia de formas de ser opuestas al imperativo ético del primordial deber de la solidaridad y la responsabilidad personal para lograr el bien común y la superación de cada cual. Formas fenicias aquéllas, capaces de desvirtuar la plenitud espiritual del hombre, tesis planteada por él sin medir ni calcular las relaciones de producción a imponer por el imperialismo capitalista del norte en expansión. Tal vez graficó dos cosmovisiones opuestas y en pugna sin imaginar lo difícil del enfrentamiento para los habitantes del sur –el Sur reivindicado mucho después por Mario Benedetti en unos difundidos versos-; y pese a que Rubén Darío se interrogó irónico en el poema Los Cisnes si millones de hombres hablarían inglés, Rodó bien pudo dar por sentado en Ariel que el temperamento latino no articularía nunca en nuestro idioma el mundo desde la perspectiva sajona. En eso era esperanzado. Desconocía en el terreno los artilugios a emplear por el poder de las plutocracias para dominar las conciencias y modificar los hábitos, tratos inimaginables para cualquier razonamiento honesto, de “Lógica viva”, habría concluido Vaz Ferreira. Su periplo era interior, pero no intimista: decididamente transferible a los semejantes en grado de “paideia” como fue expresado por Caeiro.

Así ante sus lectores regó hasta hacer brotar algo más tarde, en Motivos de Proteo (1909) -que en ediciones posteriores apareció precedido por una página elogiosa de Rubén Darío-, la idea de la transformación. “Reformarse es vivir…Y, desde luego, nuestras transformación personal en cierto grado, ¿no es ley constante e infalible en el tiempo? ¿Qué importa que el deseo y la voluntad queden en un punto si el tiempo pasa y nos lleva?”, se preguntó con un dejo de pesimismo modernista por no decir decadentista debido a las resonancias del escepticismo dandista. Pero qué lejos la tendencia a la indiferencia que enuncia como hipótesis rechazada, emparentada a una inercia que hace juego con la idea fuerza mecanicista del progreso indefinido del positivismo, frente a su heroico bregar por la “modificación” en el sentido de perfeccionamiento, anteponiendo la conciencia del deber ser, del conócete a ti mismo y sé lo que eres socrático. Más próximo al Bergson de la “evolución creadora”(9) y al vitalismo de Guyau con su moral sin sanciones que a Comte y Spencer, no practicó la superstición del progreso material ni se rindió ante la linealidad temporal. Bregó por resaltar los segmentos de superación moral, que aun despojados de la dimensión religiosa, son coherentes con el “Dios a la vista” que advirtió Ortega en 1926 y la intuición del misterio mesiánico de Walter Benjamín, retazos de elevación presentes en la historia de las civilizaciones y patentes en Latinoamérica: “Ante la posteridad, ante la historia, todo gran pueblo debe aparecer como una vegetación cuyo desenvolvimiento ha tendido armoniosamente a producir un fruto en el que su savia acrisolada ofrece al porvenir la idealidad de su fragancia y la fecundidad de su simiente”.

Al utilitarismo avaro de porvenir, graficado en el principio del “time is money” atribuido a Benjamín Flanklin, opuso la utopía de un tiempo a llenar con “la vida racional que se funda en el libre y armonioso desenvolvimiento de nuestra naturaleza, e incluye, por tanto, entre sus fines esenciales, el que se satisface con la contemplación sentida de lo hermoso”. La hermosura del arte en primer término, mas es de deducir que para no quedarse Rodó en el puro esteticismo, también incluyó allí a la belleza de la Verdad y al supremo encanto del Bien.


II.-LAS FLORES DEL PÁRAMO

No es extraño su extendido desconocimiento en la Argentina si se acepta que el arielismo resultó ser en mucho una moda sobre todo entre escritores, por naturaleza afectos a las novedades mientras al común de la gente lo subyugaban las novelas románticas al estilo de María del colombiano Jorge Isaacs, a más de no haber tenido aquí un discípulo como el peruano Francisco García Calderón -integrante de la generación novecentista de su patria marcada por el recuerdo de la Guerra del Pacífico con Chile-, a quien Rodó prologó su primer libro: “De litteris”. Y cabe también advertir que el año de la aparición de Ariel, 1900, faltaban casi dos décadas para que la política mundial reconociera, finalizada la Primera Guerra, otro eje real de poder en los Estados Unidos. Ya para entonces no alcanzaría una crítica metafísica sobre la Potencia del Norte y habría que arrimar otros elementos para jugarse por una testimonial y heroica autodefensa continental en la que en verdad pocos se empeñaron, Ugarte -que se escribía con Rodó- entre las excepciones, o José Ingenieros, Alfredo L. Palacios –buen lector del uruguayo(10)- y Carlos Sánchez Viamonte desde la por ellos fundada Unión Latinoamericana. De ese modo Ariel fue perdiendo vigencia en la Argentina. Aparte que sospechado por ciertos sectores de elitista, al forzarse la interpretación de expresiones tales como aquella de la “aristarquía”, pudieron asimilarse ellas a invectivas reaccionarias del tenor de las de Leopoldo Lugones que veía en el voto popular que llevó a Hipólito Yrigoyen al poder poniendo fin al régimen conservador, el triunfo de la turbamulta contra lo selecto y de la “ralea mayoritaria (…) cuya libertad consiste en elegir sus propios amos” según escribió en carta autógrafa al poeta Pedro Miguel Obligado fechada el 3 de agosto de 1916 (11) .

Si por una parte el vínculo económico del país con Inglaterra parecía salvaguardarnos de la órbita yanqui y como tal restaba interés a su crítica salvo para honrosos casos aislados, por otra parte aquel promotor de la “aristarquía” no combinaba del todo con la Argentina radical y de la clase media en ascenso.

No obstante al conocerse su muerte ocurrida el 1ro. de mayo de 1917 en el hospital de San Severio de Palermo (Italia), la revista Nosotros –primera época- que dirigían Roberto Giusti y Alfredo Bianchi y aparecía en Buenos Aires desde 1907, publicó ese mismo mes un número extraordinario dedicado al recuerdo de Rodó. Hay allí notas y testimonios escritos en su homenaje debidos a las plumas de Arturo Giménez Pastor, Emilio Frugoni, Víctor Pérez Petit, Ernesto Quesada, Armando Donoso, Pedro Miguel Obligado, Rafael Alberto Arrieta, Constancio C. Vigil, Augusto Bunge, Emilio Berisso, Ernesto Morales, Ángel de Estrada, Alberto Gerchunoff, Alfredo Colmo, César Carrizo, Carmelo M. Bonet y el traductor Folco Testena, entre otros.

En los años siguientes continuó siendo citado y hasta estudiado más que todo a nivel académico, ya que masivamente nuevos y transitorios éxitos editoriales entusiasmaban al público. A sucesivas promociones de estudiantes secundarios debió serles familiar su biografía que ocupa algo más de tres carillas en un clásico texto para quinto año de bachillerato y liceos de señoritas: la “Historia de la Literatura Americana y Argentina. Con Antología” de Fermín Estrella Gutiérrez y Emilio Suárez Calimano(12).

En 1946 la Editorial Claridad publicó Panorama de las literaturas de Ezequiel Martínez Estrada, donde éste sólo se refiere a Rodó como “estilista cuidadoso y pulcro”. Un año después se reeditaba Ariel en Buenos Aires con un prólogo de Rafael Altamira(13) . En 1948 y 1956, Ediciones Zamora hizo lo propio con sus Obras Completas compiladas y prologadas por el latinista y docente universitario Alberto José Vaccaro (1920-2010), fundador y primer presidente de la Asociación Argentina de Estudios Clásicos, entidad que editaba la revista Argos.

Debe haber sido a partir de la publicación en 1966, en una clásica colección de bolsillo de la Editorial Universitaria de Buenos Aires (la colección Genio y Figura que dirigía José Bianco), del libro de Mario Benedetti, Genio y figura de José Enrique Rodó, que su nombre volvió a resonar y hasta a ser descubierto por gran parte de la juventud, en buena medida ya jugada por la militancia política hecha carne en ella la noción del compromiso sartreano. El contexto era motivador para asumirlo: Vietnam y otras luchas de liberación en el exterior mientras que fronteras adentro, con su proyecto corporativo-cursillista: el onganiato, que vulneró incluso con fuerzas policiales la autonomía universitaria en la “Noche de los bastones largos”, el 29 de julio de 1966 (14). Empero esa juventud rebelde o gran parte de ella, iba adscribiendo al peronismo a través de la lectura de Rodolfo Puiggrós, de Juan José Hernández Arregui con su lúcida visión marxista del Movimiento Justicialista entendido como una vía hacia el socialismo, o de Arturo Jauretche que llegó a ironizar sobre el arielismo como me lo ha recordado el historiador Mario Tesler. Y todo esto mientras se empapaba de historia revisionista con justicia enaltecedora del Padre del Federalismo, José Gervasio de Artigas, que “tres años antes que naciera Marx /… /borroneó una reforma agraria que aún no ha/ conseguido el/ homenaje catastral”(15) y de los demás caudillos federales. Por esa senda tendía a simpatizar más con el Partido Blanco oriental de Aparicio Saravia -que en 1942 biografió el novelista Manuel Gálvez-; un personaje capaz de liderar en su tierra -hasta 1904- insurreccionarse rurales por la pureza electoral y a quien se identificaba, en ésta, con el espíritu de las antiguas montoneras alzadas bajo el lema de la unidad americana contra el centralismo portuario de Mitre. Y asimismo se valoraba en el Partido Blanco el legado más cercano en el tiempo del nacionalismo popular que le insuflara Luis Alberto de Herrera, amigo de Yrigoyen, de Perón y de Eva Perón(16), en oposición con el Partido Colorado, al que se solía cuestionar por antiperonista, pro brasilero y vinculado con la oligarquía terrateniente. Así Jorge Abelardo Ramos, por ejemplo, no distinguía en Rodó –dirigente de éste último sector político- otra cosa que “una prosa obesa y sin aristas” lanzada “desde una sociedad complacida (…) por la renta agraria de las praderas orientales”(17). En esa línea es de resaltar que Eduardo Galeano no lo mencione en “Las venas abiertas de América Latina”(18), de lectura obligada poco después.

Sabido es que Eudeba, nacida en 1958, y con dos figuras claves en sus orígenes: Arnaldo Orfila Reynal y el profesor en la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA Boris Spivacow, marcó un hito en la cultura popular al acercar masivamente al lector obras fundamentales en ediciones económicamente accesibles, a punto tal que Ángel Rama expresó que había sido la mayor propulsora del boom de la literatura latinoamericana en el mundo(19). Poco después y sin duda debido al eco despertado por el libro de Benedetti, la misma Eudeba dio a conocer en 1968 “La tradición cultural argentina”, una recopilación de ensayos críticos de Rodó sobre Juan María Gutiérrez, Ricardo Gutiérrez, Carlos Guido Spano, el poeta parnasiano Leopoldo Díaz y Roberto J. Payró.

Sin embargo en las últimas décadas ha sido escaso aquí lo publicado de y sobre Rodó. Aunque hacia fines de los años setenta de la pasada centuria era posible hallar en las librerías de la Avenida Corrientes algún ejemplar de Motivos de Proteo con prólogo de Carlos Real de Azúa y cronología de Ángel Rama(20), escapado a los censores de la dictadura de Videla que tenía una sola objeción hacia los Estados Unidos: la política de derechos humanos del presidente Carter.

En la primavera cultural de Alfonsín, un autor político de izquierda: Liborio Justo, continuaba publicando “Nuestra patria vasalla. Historia del coloniaje argentino” (21) y en el tomo tercero, al tratar el americanismo literario de los proscriptos del rosismo exiliados en Montevideo, citó por dos veces el ensayo de Rodó, “Juan María Gutiérrez y su época”, recogido en “El mirador de Próspero” (Madrid, 1920).

Ya en los 90, el periódico La Prensa incluyó en su página de opinión y en su sección cultural algunos artículos dignos de destacar, así por ejemplo el 16 de febrero de 1991, apareció el ya mencionado estudio de Oscar Caeiro, “La paideia de Rodó”. El 23 de marzo de 1992, la nota de Miguel Albornoz: “Montalvo y Rodó” y el 30 de abril de 1995, la de Jorge E. Milone titulada “José Enrique Rodó, el pensador del modernismo”.

Por otra parte el miembro correspondiente en Córdoba de la Academia Argentina de Letras, profesor de extenso desempeño en la Universidad Nacional de esa provincia y especialista en literatura germánica, doctor Oscar Caeiro, publicó en la revista Criterio (Buenos Aires, año LXV, Nro. 2089, 23 de abril de 1992): “La espiritualidad de Rodó”; en La Gaceta (Tucumán, 14 de diciembre de 1997): “Unamuno y la cuarta salida de Don Quijote” con abundantes referencias a Rodó y también en Criterio (Buenos Aires, año LXXI , Nro. 2222): “Experiencia cultural latinoamericana” donde se lo relaciona con un contexto.

En el diario La Nación de Buenos Aires, en la sección de crítica bibliográfica del suplemento literario correspondiente al domingo 10 de octubre de 1993, Ángel Mazzei firmó un comentario a dos columnas del libro de Nieves Bosco de Bullrich editado por Vinciguerra y titulado “La imaginación del signo” (1993). Mazzei entre otras consideraciones elogia allí “el estudio equilibrado y sereno de las líneas esenciales del pensamiento del autor de Ariel”.

Como nota de color podría concluirse dando cuenta de la siguiente errata, que habla del desconocimiento actual sobre el autor uruguayo. En un reportaje que el cronista Juan Cruz Sanz realizó en Punta del Este al ex presidente constitucional, aunque no electo, de la República Argentina, doctor Eduardo Duhalde, para el diario Clarín, de Buenos Aires -entrevista aparecida en ese medio el viernes 7 de enero de 2011-, al ser preguntado el político respecto de qué libro estaba leyendo (y ello entre liviandades del tenor de si prefería las mallas enterizas o de dos piezas), habría respondido Duhalde: “Ariel Rodó un pensador uruguayo” (Sic). Es de suponer que el dislate correspondió al periodista o al propio Clarín. Lo cierto es que se resaltó ésa precisamente junto a otras respuestas. La aclaración que de inmediato envió a la sección Cartas al País el autor del presente trabajo lamentablemente no fue publicada.-

Buenos Aires, 1ero. de agosto de 2011, Festividad de San Alfonso María de Ligorio, obispo y doctor
Autor: Carlos María Romero Sosa.
Queda hecho el depósito de Ley
Prohibida su reproducción total o parcial
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1 Vicente Osvaldo Cutolo: Buenos Aires: historia de las calles y sus nombres. Editorial Elche, Buenos Aires, 1988. Tomo II.-
2 Julio María Sanguinetti: Dios y el César en tierra uruguaya. La Nación (Buenos Aires), página 31, sábado 9 de octubre de 2004.-
3 Carlos Piñeiro Iñíguez: Pensadores latinoamericanos del siglo XX. Ideas, Utopía y Destino. Página 727. Siglo XXI Editora Iberoamericana, Buenos Aires, 2006.-
4 Jorge Abelardo Ramos: Historia de la Nación Latinoamericana, A. Peña Lillo Editor, Buenos Aires, 1973. Tomo II: La Patria dividida”, página 83.-
5 No es de extrañar que un escritor y diplomático ecuatoriano, Gonzalo Zaldumbide, dedicara por su parte uno de sus mejores libros a Rodó de quien se consideraba un continuador. A la muerte de Zaldumbide, Dora Isella Russell escribió un sentido elogio suyo y destacó su arielismo.-
6 Luis Alberto Sánchez: ¿Tuvimos maestros en América? Editorial Raigal. Buenos Aires, 1956.-
7 Oscar Caeiro: La paideia de Rodó. La Prensa (Buenos Aires), domingo 16 de febrero de 1991.-
8 Enrique Anderson Imbert: Historia de la literatura hispanoamericana. Breviarios. Fondo de Cultura Económica. México-Buenos Aires, 1961. Tomo II.-
9 Pedro Henríquez Ureña: Las corrientes literarias en la América Hispánica. Biblioteca Americana: Serie de Literatura Moderna. Fondo de Cultura Económica. México. Primera edición en español, 1949.-
10 Alfredo Palacios era hijo del político oriental Aurelio Palacios y por lo tanto estuvo siempre vinculado en lo sentimental e intelectual con el Uruguay donde fue embajador de la República Argentina desde 1955. El doctor Palacios al ser elegido diputado nacional en 1904 por la circunscripción porteña de la Boca, se convirtió en el primer legislador socialista de América.-
11 Carlos María Romero Sosa: Lugones de puño y letra, La Prensa (Buenos Aires), 11 de marzo de 1987.-
12 Obra con prólogo de Arturo Capdevila. Editorial Kapelusz, Buenos Aires, 1976.- (Primera edición, Editorial Kapelusz, Buenos Aires, 1940).-
13 Sociedad Editora Latino-Americana SRL.-
14 Juan Carlos Fustinoni: Onganía y el vaciamiento intelectual, Clarín (Buenos Aires), 27 de junio de 2011.-
15 Mario Benedetti: Artigas (poema)
16 Miguel Unamuno: Luis Alberto de Herrera: un oriental de todo el Plata. Todo es Historia, Nro. 205, Buenos aires, mayo de 1984.-
17 Jorge Abelardo Ramos: Historia de la Nación Latinoamericana, Tomo II.-
18 La primera edición es de 1971.-
19 José Boris Spivacow, un editor-leyenda, reportaje de Delia Maunás, en La Prensa (Buenos Aires), 12 de junio de 1994.-
20 Publicado en la República de Venezuela, 1976. Biblioteca Ayacucho.-
21 Editorial Grito Sagrado. Buenos Aires, 1988.-