sábado, 14 de marzo de 2015

ALICIA JURADO Y SU ESPACIO EN EL BARRIO DE RECOLETA


                                                  Días atrás el diario La Prensa informó que se halla en venta el departamento que fuera  último domicilio de la escritora y académica de letras Alicia Jurado. Una  señorial residencia en propiedad horizontal  situada en la Avenida Santa Fe esquina Ecuador, en el barrio porteño de Recoleta. Más allá de su  antigüedad de más de ocho décadas, se trata de una vivienda con historia si las hay, por de pronto con historias literarias pues Alicia se la adquirió a sus anteriores propietarios, sus íntimos amigos Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares  cuando éstos se mudaron a la calle Posadas y Eduardo Schiaffino.
                                                        Al anoticiarme ahora que una inmobiliaria se está ocupando de encontrar comprador para ese último piso de la Avenida Santa Fe 2606, no he podido menos que recordar mis habituales visitas allí y los diálogos sostenidos con la autora de “El escocés errante” (1971) –un exhaustivo estudio sobre la  vida del escritor Roberto Cunninghane Grahan-; de novelas de sutil estilo y bien resuelto vuelo narrativo como “La cárcel y los hierros” (1961), “El cuarto mandamiento” (1974) o “Trenza de cuatro” (2001), comprometida obra sobre el polémico tema del aborto a tono con su actitud de defensa de los derechos de las mujeres; de colecciones de cuentos como “Leguas de polvo y sueño” (1965) y de una testimonial y evocativa serie de memorias. Todo ello  además de sus traducciones y de “Qué es el budismo”, libro compuesto en colaboración con Jorge Luis Borges, a quien  también y con verdadero “intelletto d´ amore” supo estudiar y mejor aun retratar en “Genio y figura de Borges”´ (Eudeba, 1964),  pese a reconocer con cierta resignación de biógrafa algo frustrada “que tratar de llegar a su intimidad es perderse en infinitos corredores que jamás conducen al centro”.  
                                                       Con ella y con su esposo, un descendiente de Marcos Sastre que llevaba con orgullo y dignidad idéntico nombre del creador de “El tempe argentino”, pasamos muchas tardes conversando y, por mi parte, admirando la calidez humana y la calidad intelectual de los anfitriones.
                                                            Más allá de la firmeza y hasta de la dureza con que ella sostenía sus ideas políticas –tuvo por ejemplo un antiperonismo visceral y sin concesiones-, admitía en otros órdenes opiniones divergentes y nunca me objetó mi posición contraria al aborto con fundamento en motivos no sólo religiosos,  manifestada en el comentario bibliográfico que  publiqué sobre “Trenza de cuatro” a poco de aparecer la obra, en la revista Proa.
                                                         En ocasiones Alicia me invitaba a subir a su alejandrina biblioteca, que  desbordaba de títulos de literatura argentina y universal  en las varias lenguas que dominaba. Así como de otros sobre ciencias naturales, dado que su propietaria  estudió hasta graduarse esa carrera en la Facultad de Ciencias Exactas Físicas y Naturales de la UBA.
                                                  En la última visita que les hice la hallé bordando uno de sus artísticos tapices, actividad  que cortésmente suspendió para brindarse al diálogo, narrar anécdotas de su abuelo materno Isaac Fernández Blanco y darse al juego de imaginar con penetración psicológica de novelista el carácter de  lejanos ancestros comunes,  como el héroe  de la lucha contra el invasor inglés en 1806 y 1807, capitán Lázaro Gómez del Canto y Rospigliosi y de su esposa Francisca Obligado; y ello me lleva a releer  con nostalgia la dedicatoria que me dispensó en la traducción del extenso cuento Ralph Herne de W.H. Hudson, publicado en 2006: “Para Romero Sosa, en recuerdo de nuestro remoto antepasado común y de sus visitas”.
                                              Una y otra vez sus palabras parecían suspender el ambiente todo en un elevado mundo de ilusión, sabiduría y añoranza de tiempos mejores;  tanto como ahora intuyo que fueron las de esa tarde de nuestras entrevista final que no pude imaginar así aquel día. Y debí sentir entonces que me devolvían a la realidad con la brusquedad de un reloj despertador que rompe la ensoñación, los bocinazos y los gritos que algo asordinados  subían desde la calle.
                                               A la muerte de Alicia Jurado, ocurrida el 9 de mayo de 2011, intenté celebrar su vida en un soneto que dice: “Pensar, pensó desánimo y proyecto,/ pregunta y evidencia entrelazadas;/ y en su esquina cumplió en ángulo recto/ noventa grados de corazonadas./ Santa Fe y Ecuador dirá en dialecto/ de bocinas y gritos y frenadas, / las fórmulas de duelo o las llamadas/ a recordar su espíritu selecto./ Ciencia y arte, los libros, los amigos./ No apostató del credo de aventura,/ ni pudo perjurar, por apellido./ Cubre la actualidad con desabrigos:/ Tal vez murió, nocturna, de espesura…/ Letras, tapices, dan su colorido.”


CARLOS MARIA ROMERO SOSA publicado en Calchaquimix el 5 de marzo de 2015.-http://poeta-entredossiglos.blogspot.com.ar/2011/05/alicia-jurado-1922-2011.html

domingo, 1 de marzo de 2015

PEREGRINAJES



Qué decir de los viajes:
                                   recuperos  de prisa a
                                   hebras de incertidumbre y
                                   turbación nervio a
                                                                 nervio
                                   asistidas en un ir y venir
                                   calando hasta los huesos la
                                   lluvia de Edimburgo o
                                 
                                    aquel disfrute
                                                         -tensa su
                                             piel de hechicería- de                               
                                    una fugaz tormenta
                                    trascendida de espíritus de
                                    dioses protectores en el                                                                                                                             
                                                                  Caribe.                              
                                                                 
 Qué decir de los viajes
                                     con su envión que no
                                     alcanza a tramitar regresos
                                     -del todo los regresos-  y
                                     sobreseer definitivamente la
                                     ansiedad
                                                  arrugado su
                                                    abrigo de
                                                  espejismos.
  
Tres veces por mi
culpa el
arrepentimiento ante el
residuo de los
pasos sin guía
a imagen del cobijo del
olvido
desconociéndome
como un perro a su
                                amo.

Aquí y allá
                 redonda, sin centésimos,  la
                 cifra negativa de todos los
                 rincones de paisajes lejanos
                dados a convocarme en                
                desquicio de emblemas a un               
                rito de
                extravío
                                confundidos mis puntos cardinales,
                                desmagnetizada la brújula,   
                                borroneada la rosa de los vientos y
                                apagándose en noches de vigilia la
                                guía de tu
                                               estrella.      
                 
           
Carlos María Romero Sosa



lunes, 16 de febrero de 2015

DESAPARICIÓN DE UNA PLACA Y DESTRUCCIÓN DE OTRA

             


 Al pasar frente a la calle Anchorena 1481, más de un transeúnte se extrañará  de la ausencia de una placa que obraba en su frente hasta hace un tiempo. Informaba que allí vivió durante décadas Claudio Sánchez-Albornoz (1893-1984), notorio político español republicano, historiador y maestro de medievalistas que honró a nuestra comunidad con la actividad intelectual desplegada en el país que lo acogió hacia 1940. En efecto, aquí el “transterrado” –por emplear un término caro al filósofo José Gaos-  ejerció la docencia universitaria en Mendoza y finalmente en Buenos Aires donde  dejó una pléyade de discípulos. Don Claudio fue una de las grandes figuras de la Segunda República Española, varias veces diputado a Cortes, vicepresidente de las mismas, embajador en Lisboa, rector de la Universidad de Madrid y entre 1959 y 1970, presidente  del gobierno republicano en el exilio. Muchos tradicionales lectores de medios periodísticos porteños  evocarán sus habituales artículos en los que solía pasar revista a su actuación en aquellos tiempos. Por lo demás, quienes tuvimos el privilegio de tratarlo y de conocer su casa, podemos dar fe de la atención y generosidad con que recibía a los visitantes en ese comedor atiborrado de archivos y libros desde donde gustaba evocar a España y augurar para su pueblo los dones definitivos y enriquecedores de la democracia y la libertad.    
   De igual modo, en la Avenida Pueyrredón entre la Avenidas del Libertador y Figueroa Alcorta, en las inmediaciones de la Facultad de Derecho, debe lamentarse la destrucción intencional de una placa que colocada  bajo su busto de bronce recuerda al doctor Alfredo Roque Vitolo (1910-1967), político radical de origen mendocino, activo legislador y Ministro del Interior durante gran parte del gobierno del doctor Frondizi. Reconocido por su talento y honorabilidad, la gestión ministerial de Vítolo tuvo algún claroscuro como el Plan CONINTES, hecho que determinó la interpelación parlamentaria al responsable de la cartera política del senador  Alfredo L. Palacios, invariable defensor de las libertades públicas.-

Carlos María Romero Sosa  Se publicó en La Prensa el 13 de enero de 2015.-

domingo, 11 de enero de 2015

PRO Y CONTRA DE ROCA

                                   


                              Como es lógico, el centenario de la muerte del general Julio Argentino Roca ha reavivado polémicas sobre su actuación pública. Sin duda alguna la mayor objeción hacia el dos veces presidente de la república se centra en la Campaña del Desierto; una guerra a todas luces cruel y cuyos excesos merecieron en su hora reproches hasta del arzobispo de Buenos Aires monseñor Aneiros. Hay quienes justifican esa acción pretextando que los mapuches vencidos eran de origen chileno, como si los pueblos originarios no hubieran antecedido a las divisiones políticas productos de la conquista y colonización de estos territorios. Aunque cabe asimismo reconocer que décadas antes de la ofensiva  encabezada por Roca cuando era ministro de guerra y marina de Avellaneda, hubo otra campaña dirigida por Juan Manuel de Rosas en 1833, tanto o más cruel que aquélla y de la que poco se habla en la actualidad. Es más, autores enrolados en el revisionismo han ensalzado al proclamado “Héroe del Desierto” y Manuel Gálvez. al trazar la biografía del Restaurador registró sin objeción ética alguna la proclama a la que juzgó  “bella como todas las suyas” en la que Rosas expresó: “!Soldados de la División del Sur! La campaña que abrimos debe cerrar la historia de nuestras empresas contra los indígenas, y poner término a la guerra de dos siglos, cuya duración es el baldón de nuestra patria”. De clemencia, virtud moderadora de la pasión, nada.
                                                 Sin embargo, en honor a la justicia histórica deben reconocerse los méritos de la gestión gubernativa roquista. Incluso sectores intelectuales de izquierda así lo han venido haciendo desde tiempo atrás y  Jorge Abelardo Ramos en su “Historia de la Nación Latinoamericana” pudo observar entre el haber del ciclo bajo la influencia  del tucumano, que quedó concluida la unidad del Estado en 1880 “y federalizada Buenos Aires por el ejército de provincianos dirigido por Roca, (cuando) la gran provincia quedó sin su orgullosa ciudad, que pasó a ser de jurisdicción federal, terminando un viejo pleito”.   Y entre otros aciertos uno no menor fue la elección durante sus dos mandatos de excelentes colaboradores en las diferentes áreas ministeriales. Así pudo instaurarse un régimen que aunque ideológicamente conservador tuvo aristas en extremo progresistas  merced a gabinetes –bien que también fue su ministro de justicia e instrucción pública el cordobés Manuel D. Pizarro, alguien que se opuso a la ley de matrimonio civil finalmente sancionada en 1888- en los que sobresalieron Eduardo Wilde, Bernardo de Irigoyen, Luis María Drago, Marco Avellaneda y sobre todo Joaquín V. González..
                                                Precisamente a este último le cupo en 1902 promover la modificación del régimen electoral estableciéndose el escrutinio uninominal. Y sabido es que en resulta de ello, en 1904 fue electo Alfredo Lorenzo Palacios primer diputado socialista de América.  El historiador Víctor García Costa, en su libro “Alfredo Palacios entre el clavel y la espada”, trascribe las palabras del ministro del interior González  pronunciadas con motivo del defender el proyecto del Poder Ejecutivo: “No nos debemos asustar porque vengan a nuestro Congreso representantes de las teorías más extremas del socialismo contemporáneo. ¿Porqué nos hemos de asustar? ¿Acaso no somos también parte de ese movimiento de progreso de la sociedad humana?  ¿Acaso no formamos parte de la civilización más avanzada?  Es mucho más peligrosa la prescindencia  de esos elementos que viven en la sociedad  sin tener un eco en este recinto, que el darles representación”.
                                             No es de extrañar que González emitiera tales conceptos toda vez que en una suerte de humanización de aquel “periodo eficaz, progresivo y hasta despiadado a partir de 1880”, en la caracterización de David Viñas, impulsó el primer proyecto de Código de Trabajo creando para ello una comisión que integraron entre otros José Ingenieros, Leopoldo Lugones -por entonces socialista-, Augusto Bunge, Manuel Ugarte  y Enrique del Valle Iberlucea. Que poco antes encomendó al español Juan Bialet Massé informar sobre el estado de las clases obreras argentinas y hasta que designó en la Universidad Nacional de la Plata, de la que fue fundador y presidente, al antes nombrado del Valle Iberlucea -notable jurista  electo en 1913 senador por la Capital Federal en representación del partido socialista-, secretario de esa casa de altos estudios. Según dato que proporciona Vicente Osvaldo Cutolo en su Nuevo Diccionario Biográfico Argentino, del Valle era hombre de confianza del autor de “Mis montañas” y  permaneció en esas funciones desde la fundación de la Universidad de la Plata hasta 1913.
                                       Lo cierto es que la visión nada sectaria del ilustre riojano permitió que el veinteañero Palacios pudiera, desde su banca, oxigenar la República conservadora diseñada por  la Generación del Ochenta, generación  de la que “El Zorro” y su régimen fueron la fórmula política más acabada. Y ello al llevar el verbo del legislador socialista Palacios, la expresión de agravios del naciente proletariado argentino.

     Carlos María Romero Sosa.  Se publicó en La Prensa, el 17 de noviembre de 2014

sábado, 13 de diciembre de 2014

AQUELLAS HORAS DEL TÉ





                                                       Resulta imposible precisar la luminosidad que tuvieron ciertos hechos recuperados por la añoranza. Y lo es, debido a que hay recuerdos que de manera singular hacen brillar el pasado. Sin embargo, puedo asegurar que deben haber estado encendidas las luces de la vieja araña de bronce del comedor de nuestra casa, cada vez  que al abrir la puerta, al llegar por la tarde del Colegio San Agustín donde cursé el ciclo primario, advertía que se esperaban  visitas a tomar el té. Otros signos inconfundibles de ello eran el aroma a escones que se horneaban en la cocina y  las tazas de porcelana dispuestas sobre la mesa tendida con un mantel bordado.
                                                ¿A quiénes aguardaban mis mayores en esos años de la infancia, cuando las horas transcurrían lentas y mis deberes para el día siguiente podían demorarse hasta el retiro de los invitados? Entonces mi madre, mientras recogía la vajilla y comentaba con mi abuela las novedades charladas un rato antes, me instaba a abrir el cuaderno de ejercicios para enfrentar juntos la tarea escolar.
                                                Tantos años después, frente a la silla que solía ocupar en aquellas ocasiones para beber  mi taza de vascolet de Nestlé mientras elegía una masita de la bandeja traída como obsequio por los invitados entre un tejido de noticias de carácter social, religioso, político y cultural que llegaban a mis oídos, evoco la presencia de varias de esas visitas tan queridas. Hasta creo reconocer una a una las líneas de sus rostros, recuperar el tono de sus voces, interpretar el sentido de sus ademanes, con la misma satisfacción del niño que al armar un rompecabezas descubre que la unidad es mejor, mucho mejor que las partes. En forma coincidente también, puede ufanarse alguien que como yo transita por una edad más que mediana, al comprender que su desafío actual consiste no en articular ya dibujos imaginarios, sino en conquistar los espacios del alma que vinculan milagrosamente el idealizado ayer con el   presente gris.                                        
                                            Cierro los ojos y… Toca el timbre la doctora María Luisa Ferrer, una abogada y profesora de filosofía de militancia católica y destacada actuación en las huestes de una suerte de feminismo sin agresividad; más una apertura espiritual  que una ideología propiamente dicha. Todo un afán que venía dando ya pasos  en el país desde principios del siglo XX con miras a la reivindicación del lugar de la mujer en general y la dignificación de su condición en tanto trabajadora. María Luisa -que cuando aprobé la última materia de derecho en la UBA me felicitó calurosamente y me obsequió los cinco tomos encuadernados del Código Civil Comentado de Eduardo Busso-, desde la Dirección Nacional de la Mujer, de la que fue subdirectora, colaboró en la preparación del Estatuto del Servicio Domestico. De chico, en esas tertulias amistosas, escuchaba con atención sus comentarios referidos a la Obra Cardenal Ferrari de la que fue asesora jurídica, o sobre Monseñor Miguel de Andrea y su relación con Alfredo Palacios, o las emocionadas confidencias de su padre, el jurista e inventor Joaquín Andrés Ferrer, alguien que adelantándose a nuestro tiempo de “diputruchos” y demás atentados contra el prestigio del Congreso, ideó una máquina registradora de votos para uso legislativo. Sé que en una de sus primeras visitas a la casa de la calle Laprida, recién casados mis padres,  trajo datos para que Carlos Gregorio Romero Sosa elaborara la biografía de aquel, que aparece en el tomo tercero del Diccionario Histórico Argentino editado bajo la dirección de Ricardo Piccirilli, Leoncio Gianello y Francisco Luis Romay.
                                    
                                                -Adelante, María Teresa Álvarez Escalada.  Y gracias por el regalo de los bonetes y serpentinas sobrevivientes de una fiesta del cruce del ecuador que tenían grabados el nombre del trasatlántico en que realizó uno de sus frecuentes viajes a Europa.
                                                La vida de esta  sobrina de José S. Álvarez: “Fray Mocho”, fue por demás interesante. Criada en la abundancia, en plena juventud se alejó del mundo e ingresó en Francia a un convento donde llegó a profesar como Hermana de Caridad. Pero al enfermar su padre, Fernando Álvarez, un médico graduado en 1889 junto con mi abuelo materno y en la misma promoción de Cecilia Grierson y de otro amigo común: Narciso Mallea, padre del novelista de “La bahía del silencio”, pidió la reducción al estado laical para atenderlo. Cultísima, traducía de la lengua  francesa que dominaba libros religiosos. En esas ceremonias del té que memoro, uno de los temas de rigor eran sus recuerdos de Pio XII al que conoció y las esperanzas puestas en un pontífice a poco entronizado en la Cátedra de San Pedro: Juan XXIII.                      
                                                  Mi madre, de formación religiosa algo estricta y prima de sacerdotes y obispos, trataba de no hacer coincidir sus visitas  con las de Isabel Creus, que había sido tesorera de la Liga Nacional de Librepensadoras fundada en 1909, institución de la que la médica y sufragista Julieta Lanterí fue secretaria general y la intelectual española antimonárquica Belén Sárraga presidenta honoraria. Isabel,  periodista jubilada del diario La Razón -donde creó y dirigió la página de la mujer- así como colaboradora de varias otras publicaciones, tal la desaparecida revista Estampa, y escritora de intuitivo vuelo sociológico,  era afecta a la quiromancia y la astrología. Se la conoció como “doctora Creus” tras su paso por la Facultad de Filosofía y Letras, incluso así apareció en el diario La Prensa la noticia de su fallecimiento acaecido en octubre 1960. Había algo secreto y misterioso en su personalidad, cordial y reservada a la vez. En una ocasión me pareció verla emocionada al mencionarse el nombre del doctor José A. Cortejarena, el fundador de aquel periódico vespertino donde ella hizo carrera; una muestra de sensibilidad que no desentonaba con su  combativa posición feminista. Decía leer la borra de café, aunque en casa se conformaba con interpretar las líneas de las manos ya que la herencia británica de mi abuela imponía el té de las cinco.                                     
                                   -Tome asiento, profesora Julia Bustos, y recítenos alguna escena de sus obras teatrales infantiles como “El fabricante de alegría” (1963) o algunos de los romances y de las cuartetas de sus libros “El país de los niñitos buenos” (1939) y “Juan sin miedo” (1964), el volumen que nos dedicó en la edición ilustrada en sepia por Juan Hohmann que mi hermana, algo traviesa, gustaba colorear con sus lápices de crayón. ¡Lástima que no haya piano para agregarle música de fondo! Y bien que con agrado ejecutaría allí la concertista María del Castillo, otra asidua visitante.
                                    Me arrimo a la ventana al oír que alguien está estacionando: es Elcira Rivara Ferrando, amiga y contemporánea de mi madre, que muy oportunamente podrá deleitarnos con el bello poema a Beethoven presente en su libro “Reincidencia” de 1946 que memoricé en la infancia.
                                  Humea la tetera  todavía al levantarse su tapa. Menos mal, porque hay que aguardar la llegada de Clotilde de Barrera, que viene en tranvía desde Belgrano. Y de María Carmen Planas, que lo hace desde su estancia próxima a la Capital a bordo de un Ford último modelo conducido por un chofer. Y de Emma Mercedes Aller Atucha, viuda del  director de orquesta Alejo Albino Lotti Gallardo. Y hasta quizá del salteño  Juan Manuel de los Ríos Usandivaras, si es que anda de paso por Buenos Aires siempre   en busca de ver “al fondo de la calle un cerro”, como canta la  zamba “La nostalgiosa”  en la letra de  Jaime Dávalos. Según costumbre suya, dejará en la entrada su sombrero de felpa verde, dispondrá sobre la mesa sus últimas publicaciones de carácter histórico destinadas a nutrir la biblioteca paterna y transmitirá los saludos de Atilio Cornejo, de Monseñor Miguel Ángel Vergara, del ingeniero Rafael P. Sosa y de otros colegas en el campo de la investigación del pasado del Noroeste Argentino.                                                                                                                   
                              ¡Cuánto calor de hogar hay en el comedor a toda luz! Tanto que pasa inadvertido sobre el aparador, el rubí del sahumerio encendido. Pero huelo su perfume que me inunda hoy decisivo y purificador  desde la lejana niñez.    

Carlos María Romero Sosa publicado en Salta Libre el 25 de octubre de 2014.- 

viernes, 19 de septiembre de 2014

ANTONIO J. BUCICH, HISTORIADOR DE LA BOCA DEL RIACHUELO

                                    Me encuentro frente al benevolente auditorio del Ateneo Popular de la Boca, cuando razonablemente tantas figuras con mayor autoridad y sobre todo con especial cultura barrial e incluso afincamiento aquí, debieron integrar hoy esta mesa de presentación de “La Boca del Riachuelo en la historia”, de Antonio Juan Bucich. Una reedición sin duda acariciada en vida por el autor que hasta poco antes de su muerte, acaecida en junio de 1976, se dio a la tarea de corregir y ampliar con nuevos datos las páginas de este libro tan requerido por estudiosos y lectores inquietos, al punto de agotarse prontamente la edición que vio la luz en 1971.
                                   Empero como por fortuna no solo la fría lógica gobierna el mundo de la vida y suelen hallar atajos salvadores para las ilusiones a veces utópicas de las existencias, aquellas razones del corazón de las que hablaba Pascal, estoy convocado por el arquitecto Eduardo Bucich en atención a una circunstancia que ambos conocimos desde la niñez. Algo que en el presente solemos evocar con admiración y hasta con cierta nostalgia en estos tiempos de contactos virtuales poco duraderos a coleccionar por internet: la real amistad y la camaradería intelectual que  vincularon hasta el final de sus días a nuestros respectivos padres, sentimientos proclives de fructificar en empresas comunes, como la participación en la Comisión de Historia y Numismática de la Boca fundada por Bucich en 1936 e integrada también por José Carlos Astolfi, Juan Canter, Francisco L. Romay, Constantino Fiorito, Enrique de Gandía y Roberto Pedrazzini. O haber prestado ambos el entusiasmo y la colaboración pecuniaria para que viera la luz en 1947 el poemario póstumo de Francisco Isernia: “Cielo de infancia”.  
                                   Aunque no historiaré aquí esas disposiciones espirituales compartidas, identificables con las afinidades electivas que menciona Goethe.  Y no lo haré, porque son ellas de fácil rastreo  en la correspondencia intercambiada entre Bucich y Romero Sosa a partir de 1938, cuando el autor boquense, a la sazón  de treinta y cuatro años se encaminaba al “mezzo del cammin”, sin el extravío en la selva oscura del Alighieri y bien pertrechado ya por obras literarias de su cosecha que le habían dado resonancia y prestigio a su nombre, a más de los logros hogareños tan preciados por él; en tanto el salteño inauguraba en la ciudad del cerro San Bernardo los veintidós años entre afanes poéticos e historiográficos. No obstante creo del caso ejemplificar con la dedicatoria fechada en octubre del 39´  en  el volumen “En pos de Eca de Queiroz” de autoría del primero que dice: “A mi estimado amigo y colega Carlos Gregorio Romero con toda simpatía.”
                              Y permítaseme todavía un testimonio más al respecto que encierra también cierta conjetura íntima disparada al leer hace poco con detenimiento la tarjeta de invitación al banquete que, en agosto de 1940 se tributó a Antonio J. Bucich en el Hotel Español  para celebrar el éxito de crítica  alcanzado por sus libros “Esteban Echeverría y su tiempo” y el mencionado “En pos de Eca de Queiroz”, así como su “meritoria  e intensa labor cultural y americanista”, según reza el texto  de aquella invitación al homenaje del que Carlos Gregorio Romero Sosa integró la comisión organizadora junto a otros ateneístas  cuyos nombres resuenan con emoción en esta casa: Roberto Cupido, Rodolfo Castagnino, Francisco P. Laplaza, Martín Trabuco, Alberto Galmarino o Ricardo Fernández Mira. Todo ello de acuerdo con lo consignado en el opúsculo que se publicó semanas más tarde con la trascripción de los discursos pronunciados en la oportunidad.  
                                Sin embargo, lo más curioso para mí es que también ha quedado documentado en las letras de molde de la  tarjeta, la adhesión y  participación en el banquete de una compañera de trabajo de Bucich en el desaparecido diario católico El Pueblo, fundado por el sacerdote redentorista padre Federico Grote hacia 1900: Flora García Black de Gómez Langenheim, escritora que firmaba con el seudónimo Carmen Arolf, mi abuela materna. Por eso me es grato imaginar que en el salón comedor del Hotel Español de la Avenida de Mayo al mil doscientos, arteria aun con ecos del duende garcíalorquiano que la trajinara tiempo antes, bien pudo conocer  Romero Sosa y hasta quizá compartir mesa en ese invernal agosto de 1940 con  la que sería su madre política algo más de una década después.
                                 ¿Será que el entretejido del azar suele abrigar de la intemperie las trayectorias humanas más de lo que es posible suponer? La respuesta puede hallarse tal vez en cierto pasaje del Ars Amandi del romano  Ovidio: “Casus ubique valet, semper tibi pendeat hamus quo minime credas gurgite, piscis erit. (“La casualidad siempre está al acecho, ten siempre listo el anzuelo pues en el remanso que menos esperes, hay un pez”.)                   
                                Poco se historió la temática de la ciudad de Buenos Aires hasta las primeras décadas del siglo XX, sí en cambio se la había novelado o relatado con pintoresquismo tributario del costumbrismo romántico. Faltaba la investigación documentada de la urbe y sus rincones, en parte debido al hecho de que todavía a finales del XIX no se habían configurado con sus notas características típicamente porteñas ciertos barrios. Pero sobre todo porque en los albores de nuestra historiografía  se trató de ahondar en los grandes ciclos del pasado argentino representándolos con figuras claves; así desde Mitre y sus monumentales historias de San Martín y de Belgrano al  salteño Bernardo Frías, algo posterior,  con los seis tomos de la Historia de Güemes y de Salta, sin olvidar a Adolfo Saldías con su Historia de la Confederación Argentina, de particular referencia al período de Rosas.
                              Algo sin embargo empujó a otros investigadores modernos a mirar su entorno, quizá más gris que el de las gestas y sin duda menos polémico incluso por ser apenas transitado. Aquella pasión argentina que analizó Eduardo Mallea en 1937: la del país invisible no tanto entendido como categoría geográfica o sociológica sino metafísica y ética, debe haber despertado el interés de muchos autores por rastrear lo mensurable en distancia y porqué no en sentimientos de pertenencia de sus entornos. Así Enrique Udaondo con su diccionario de las calles porteñas, Ismael Bucich Escobar, con sus muchos trabajos de intención urbana como “Buenos Aires Ciudad” o “Visiones de la Gran Aldea” y algo más tarde Francisco L. Romay con su ensayo sobre “El barrio de Monserrat”, R. De  Lafuente Machain con el suyo sobre “El barrio de la Recoleta” o Juan José Maroni con el de Constitución, representaron hitos orientadores de la historiografía porteña.
                             En esa misma línea y con similares merecimientos por la seriedad investigativa y lo inaugural de los enfoques interpretativos centrados en la presencia del hombre de carne y hueso en tanto vecino, debe incluirse a Antonio J, Bucich que en 1948 -cuando apenas en 1935, Marcelo F. Olivari había dado a conocer en folleto y concentrándose en la etapa de la conquista “El Riachuelo de los Navíos y la primera fundación de Buenos Aires” y con más detenimiento  Enrique de Gandía trató en 1939 el tema del pasado boquense, aunque referido a la época colonial y a las primeras décadas del país independiente-, publicó en edición de la Municipalidad de Buenos Aires su libro “El barrio de la Boca”,  del que bien  podría decirse que representó un adelanto de lo que fue más tarde “La Boca del Riachuelo en la historia”. No se aventuró a la crónica lugareña de manera casual. Como toda auténtica vocación le fue revelada algo misteriosamente y así lo cuenta en el libro testimonial: “Casi autobiografía de un escritor boquense” (1964): “Fue una noche en que andaba por el medio de la avenida ancha, la avenida nueva, nuestra Almirante Brown, orgullo de los boqueases desde los días finiseculares del ochocientos. De pronto me detuve en el trayecto de caminante desocupado, porque no me llevaba ningún rumbo esa medianoche de enero. Me quedé sin voluntad precisa en el refugio. Pasaban los tranvías y el rechinar de su andamiaje no me distraía. ¿Qué sentimiento se apoderó de mí que me obligó a quedarme en ese sitio como si algo se enredara a mis piernas desde la tierra en que me asentaba? Miré en torno. Contemplé los balcones del palacio que mandara construir Pepe Fernández, aquel caudillo lugareño del ochenta. La luna ponía el claror de su nocturnidad eterna sobre la vieja estructura que, alguna vez, presidió ostentosamente el conjunto urbano de las casas de madera que la rodeaban. Y que ya no están. ¿Qué sortilegio emergía de ese instante que no me permitía ni reanudar la caminata, ni volver sobre mis pasos? ¿Qué era eso?” Y eso era nada menos que el llamado secreto para iniciar la senda que lo llevó a convertirse en el cronista nato de La Boca.   
                                  Por supuesto que el historiador nacido en 1904 no estaba mentalmente compartimentado. Traía a sus nuevas inquietudes barriales el bagaje de sus muchos conocimientos previos y si cabe preguntarse que lo llevó a ahondar en algún momento en la vida y la obra de José María Eca de Queiroz, del que refiere constituyó una de las lecturas más constantes de su mocedad,  lejos estuvo de profesar el escepticismo que caracterizó al novelista portugués. Menos llama la atención que demócrata a carta cabal, haya ensayado en 1937 su interpretación sobre el autor del “Dogma socialista”  en “Esteban Echeverría y su tiempo”, prologado por José Carlos Astolfi, su guía y antiguo profesor en el Colegio Nacional Juan Martín de Pueyrredón. Coincidentemente dio a la imprenta su “Alberdi en la Asociación de Mayo” y en 1942 completó su visión del “Maestro de América” en “Luchas  y rutas de Sarmiento”. Análisis ellos de los próceres civiles de la nacionalidad que  moldearon su espíritu republicano. Él propio Bucich expresó en su citada autobiografía, que adentrarse en el pensamiento de Echeverría “fue un alumbramiento gestado en interminables vigilias que me llevaron pausadamente a la comprensión del introductor del romanticismo en América hispánica. Estas lecturas analíticas influyeron en mi conducta de ciudadano de una democracia que he considerado siempre, invariablemente,  base insustituible de la convivencia en dignidad”.                                    
                               No  conocí a este orgulloso descendiente por  rama paterna de un abuelo dálmata, natural de las costas del Adriático, y por la materna de un genovés nostálgico de su Mar de Liguria: tales los antepasados de Antonio Juan Bucich que arribaron en la segunda mitad del siglo XIX  a una Boca a la que pronto anoticiará su primer periódico: El Ancla, reunirá los afanes individuales de bien común en instituciones vecinales de fomento como la Sociedad Progreso y orará devota en la iglesia parroquial de San Juan Evangelista erigida en 1872, en cuyo atrio trascurrieron gran parte de los sucesos de la política local. Era La Boca aun sin dientes por parafrasear a Florencio Sánchez, aunque sin duda ya comenzando a masticar la rebeldía que le haría elegir en marzo de 1904 al primer diputado socialista de Suramérica: Alfredo Lorenzo Palacios.
                              Pero sin haberlo conocido lo evoco fraguando su argentinidad en cada una de las producciones  surgidas de su pluma erudita y de tan buena factura literaria; las páginas trabajadas con empeño y pasión en los días vividos frente al Riachuelo de los Navíos inspirador de universales artistas, así como  de los sueños y las nostalgias de tantos inmigrantes afincados en el barrio que el último 23 de agosto celebró sus ciento cuarenta y cuatro años de historia.

 Texto de la disertación de Carlos María Romero Sosa ofrecida el sábado 30 de agosto de 2014 en la sede del Ateneo Popular de La Boca, en ocasión de presentarse la reedición de la clásica obra de Antonio J. Bucich “La Boca del Riachuelo en la historia”; acto llevado a cabo en el contexto de las celebraciones de los 144 años de historia del característico barrio porteño.

sábado, 9 de agosto de 2014

Palabras de presentación del libro "Solo se Trató de Vivir y Amar

Carlos María Romero Sosa presentó el 7 de agosto de 2014 el libro del Embajador Albino Gómez en el C.A.R.I. (Comité Argentino para las Relaciones Internacionales).