sábado, 26 de mayo de 2018

SOBRE LA REPRESIÓN A LOS METRODELEGADOS EL 22 DE MAYO DE 2018

                                                     
                                                     Los “libertadores” que echaron a Perón en septiembre de 1955, criticaban y no sin alguna lógica enraizada en su perspectiva liberal, entre varias otras sinrazones argumentadas para acabar en los hechos con la columna vertical del Movimiento Justicialista,  la existencia del  sindicato único y vertical. Tanto que la Convención Constituyente de 1957 dispuso en el primer párrafo del artículo 14 bis, incorporado a la Constitución Nacional, la “organización sindical libre y democrática reconocida por la simple inscripción en un registro especial”; algo que vuelve a explicitar el texto y el espíritu del artículo primero de la Ley de Asociaciones Sindicales número 23.551de 1988.
                                                               Sin embargo, ahora resulta ser  que actúan fuera de la ley laboral los metrodelegados de los subterráneos porteños, cuya representatividad es evidente y que tuvieron personería gremial hasta que nuestro  inefable  máximo tribunal , con la firma  de los ministros Elena Highton de Nolasco, Juan Carlos Maqueda, Carlos Rosenkrantz y Horacio Rosatti, dejara firme la sentencia que declaró la nulidad de la Resolución del Ministerio de Trabajo suscripta por el entonces ministro del área Carlos Tomada, que había otorgado personaría gremial a la Asociación Gremial de Trabajadores del Subterráneo y Premetro.     
                                                             Con ese oportuno instrumento de la Corte en la mano -y en los garrotes policiales-, se reprimió y encarceló a los delegados obreros el otro día y el Jefe de Gabinete de Ministros del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, se paseó por los canales oficialistas acusando de ilegal el paro del 22 de mayo, continuación de un plan de lucha dispuesto y votado en asamblea por los trabajadores con justificación más que suficiente frente al desquicio económico al que es obvio referirse. Lo cierto es que hoy la letra de la Constitución y de las leyes dictadas en su consecuencia parece ser que pueden soslayarse cuando las circunstancias así lo requieren. Y ello en tanto la señora Carrió cacarea su republicanismo frente a periodistas amigos del poder que no osan repreguntar y que con extrema delicadeza no insisten cuando la legisladora se niega a dar los nombres de los presuntos desestabilizadores que denuncia.
                                                             Por  mi parte, me permito decirle al doctor Felipe Miguel, Jefe de Gabinete de la CABA, que no es solamente la UTA (Unión Tranviarios Automotor) que mira para otro lado frente a la crisis actual y el fantasma corporizado aquí y ahora del FMI, la única representación válida de los trabajadores de los Subterráneos -en todo caso podrá y así lo hizo presta esa organización, negociar en los términos del artículo 25 de la LAS (Ley de Asociaciones Sindicales) la paritaria a menos, impuesta por su burocracia a los afiliados y a los que no lo son- y que los metrodelegados con Segovia a la cabeza que siguen discutiendo su personaría gremial y denuncian la persecución de la que son objeto ante la OIT, no son delincuentes o poco menos. Así como tampoco técnicamente son huelgas salvajes las del metro porteño.
                                                                 ¿Por qué? Sencillo: debido a que rige en el país  “la organización sindical libre y democrática” y la falta de personería gremial no impide la conformación de otros gremios de la actividad. En todo caso el tema del encuadre sindical, estudiado por tratadistas como el profesor Carlos Alberto Etala,  es una “vexata quaestio” del Derecho Colectivo de Trabajo. Hasta resolverla sería bueno no llenar comisarías con  representantes indubitables de las bases, gusten o no al poder de turno. Y tampoco enviar telegramas anunciando sanciones al personal por ejercer el derecho de huelga. 


(CARLOS MARÍA ROMERO SOSA, se publicó en la Revista Con Nuestra América, de San José de Costa Rica, el 26 de mayo de 2018)   




sábado, 12 de mayo de 2018

LA INVASIÓN NORTEAMERICANA A SANTO DOMINGO EN 1965

                                      Suelo leer con atención los artículos del doctor Armando Ribas publicados en el matutino La Prensa –de Buenos Aires- y más allá de las infranqueables diferencias que tengo con el ideario del ex diputado  nacional por la UCD, el partido fundado por el capitán ingeniero Álvaro Alzogaray, consecuente funcionario de dictaduras militares, son ellos demostrativos de una severidad intelectual y un sustento doctrinario propios de una derecha económica que se reconoce tal y poco tiene que ver con las frases trilladas  del tipo de “Estamos cerca de la gente”, “Somos un equipo”,  “Los K. se robaron todo”; de las demagógicas timbreadas y del marketing duranbarbiano de la vergonzante y mal disimulada derecha macrista.
                                         Dicho esto debo hacer una aclaración a la nota del domingo 22 de abril del corriente titulada: “Actualidad cubana: crimen sin castigo”. Se dice allí, al criticar la actitud del presidente Kennedy de negarse a prestar ayuda aérea  durante la invasión en abril de 1961 –en gran medida mercenaria- a la cubana Bahía de Cochinos, la siguiente frase: “Afortunadamente para los dominicanos llegó Jhonson al poder y mandó a los marines a Santo Domingo para destituir al presidente general Caamaño entonces partidario de Fidel Castro”. La figura del coronel -no general- Francisco Alberto Caamaño Deñó (1932-1973), elegido a los 32 años de edad  presidente de la República Dominicana por el Congreso Nacional cuando la invasión de más de 41.000 efectivos norteamericanos a la Isla, declarado Héroe Nacional mediante la ley 58 promulgada durante el gobierno de Leonel Fernández en 1999 y cuyos restos descansan desde ese año en el Panteón Nacional, es merecedora de respeto y admiración por cuantos creemos en la autodeterminación de los pueblos, la soberanía territorial  y  tomamos ejemplo de la esforzada y desigual lucha de los patriotas de las diferentes naciones sometidas al poder del imperialismo capitalista. Caamaño cayó asesinado el 16 de febrero de 1973, bajo el gobierno de Joaquín Balaguer,  luego de ser herido y hecho prisionero a poco de desembarcar con un grupo guerrillero en Playa Caracoles.
                                     En cuanto a aquella invasión a Santo Domingo, elogiada por el doctor Ribas,  fue la segunda llevada a cabo por los Estados Unidos a la tierra Quisqueya. La primera duró desde 1916 a 1924  y se inició cuando ejercía la presidencia de la República el doctor Francisco Hernández Carvajal, un intelectual al que por cierto sería anacrónico tachar de castrocomunista. Ese mandatario fue padre del ilustre humanista Pedro Henríquez Ureña, quien se radicó en la Argentina a partir de 1924 dejando aquí una pléyade de discípulos.  Es aleccionador leer las páginas del argentino  Manuel Ugarte contra aquel desembarco, así como las de Ricardo Rojas que en su biografía de Hipólito Yrigoyen: “El hombre del misterio”, historió la orden del presidente radical al comandante del crucero 9 de Julio al pasar frente a la Fortaleza Ozama: “Id y saludad al pabellón dominicano”. (Y no al de franjas y estrellas de los invasores que representaban “El peligro exterior”, así graficado lúcidamente por Alfredo Palacios en un posterior artículo).   
                                     La otra intervención armada se verificó en 1965, bajo el pretexto de defender la integridad de los ciudadanos  yanquis. En verdad resultó ser una respuesta reclamada por las oligarquías nativas, el remanente del trujillismo, las empresas multinacionales y sectores reaccionarios de la Iglesia Católica, a la Revolución del 24 de abril de ese año, que buscaba  devolver a la Nación el orden constitucional violado al expulsar del poder el 25 de septiembre de 1963 al profesor Juan Bosch, líder del Partido Revolucionario Dominicano. Esa incursión del País del Norte produjo más de diez mil muertos en la población dominicana, gran parte de ellos civiles y otros militares como el coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez, masacrado en una emboscada de los marines y también oficialmente declarado Héroe Nacional en 1999. “La moral yanqui es elástica cuando se la aplica fuera de los Estados Unidos”, escribió en su hora Pedro Henríquez Ureña en  “La América Española y su originalidad”. Lo cierto es que ante el tenor de los acontecimientos del 65´ y el repudio mundial al asalto extranjero, la OEA, digitada por los EE.UU, dispuso enviar una “Fuerza Interamericana de Paz”. En la Argentina gobernaba el doctor Illia y su gobierno se negó dignamente a participar de ella. Incluso, según anota el embajador José R. Sanchís Muñoz en su libro “Historia Diplomática Argentina” (Eudeba, 2010), el Congreso dio a conocer una declaración de condena a la agresión estadounidense, ratificando el respeto de la República Argentina al principio de no intervención. 
                                           
                                         Me queda por mencionar algo que no resulta para mí un dato menor: me honra con su amistad el señor capitán Francis Caamaño (hijo), con el que nos vinculamos en abril de 2012 en el ámbito de la XV Feria Internacional del Libro Dominicano donde fuimos partícipes ambos, en mi caso en calidad de invitado extranjero.  Este militar y Licenciado en Ciencias Políticas  es autor de una biografía de su padre que me obsequió entonces con una generosa dedicatoria y que todo latinoamericano debiera leer.



(Carlos María Romero Sosa, se publicó en la revista Con Nuestra América, de San José de Costa Rica, el 5 de mayo de 2018 y se reprodujo en LA PRENSA, de Buenos Aires,  el 8 de mayo. Asimismo por gentileza del escritor y ex Ministro de Cultura  de la República Dominicana, licenciado José Rafael Lantigua,  ha sido reproducido en medios gráficos de Santo Domingo. )  


lunes, 30 de abril de 2018

NUEVO APORTE SOBRE PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA

        Vargas Llosa  en un artículo de reciente publicación, señaló que  los malos, por lo general, son los personajes más interesantes y atractivos de la literatura. Se refería a la ficción; aunque cabe convenir que también los autores llamados malditos suelen dar  tanto o más motivo de análisis de comentaristas y de  interés entre los lectores que el resto. Será por eso que en tiempos de moralidad líquida y escépticas posverdades, reconforta comprobar que  tanto aquí donde vivió, creo, enseñó y murió,  como igualmente en su patria de origen,  el dominicano universal Pedro Henríquez Ureña (1884-1946) sigue inspirando devociones traducidas en libros que rescatan además de su genio literario y alto magisterio cultural sobre generaciones, sus acendrados principios morales. Sucede que Don Pedro fue alguien ético por excelencia, que rompiendo con todo prejuicio “culturoso” y ajeno a toda soberbia intelectual, expresó sin titubear: “El ideal de la justicia está antes que el ideal de la cultura”; y que: “La bondad vale más que la verdad. Aunque en el cielo de las ideas puras, manen de la misma fuente”. 
                                                  
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    En el último cuarto de siglo aparecieron: “Pedro Henríquez Ureña y la Argentina” (1994) de Pedro Luis Barcia, “Pedro Henríquez Ureña y su tiempo” (1997) de Enrique Zuleta Alvarez, “Pasión por América. Ensayos sobre Pedro Henríquez Ureña” (2001), de Carlos Piñeiro Iñiguez, por citar tres obras de autores argentinos; sin tampoco olvidar “Pedro Henríquez Ureña”. Apuntes para una biografía” (México, 1994) debido a  su hija nacida porteña en 1926: Sonia Henríquez Ureña de Hlito. Y en cuanto a las indagaciones sobre el impar humanista llevadas a cabo por parte de sus compatriotas quisqueyanos, semanas atrás llegó a mis manos un libro de excepción: “Pedro Henríquez Ureña. Esbozo de su vida y de su obra” (2016). Su autor: Jorge Tena Reyes (1927), es un abogado, historiador, profesor universitario jubilado, académico y  bajo sucesivas presidencias de Joaquín Balaguer, Subsecretario de Estado, Encargado de Asuntos Culturales de la Secretaría de Educación, Bellas Artes y Cultos del país antillano. Quien fuera su alumno de historia dominicana en la Facultad de Ciencias de la Educación en la Universidad Nacional Pedro Enríquez Ureña en los años setenta de la pasada centuria: el ensayista, crítico,  poeta y  ex Ministro de Cultura, licenciado José Rafael Lantigua -a cuya gentileza  debo el obsequio recibido por vía postal de esta obra de casi seiscientas páginas-,  ha insistido en una nota crítica que le dedicó no bien aparecida, en edición oficial de la antedicha Universidad, sobre la manifiesta preparación histórica del autor y su  sentido didáctico para hacer atractivo a la juventud el arte de Clío. Asimismo destacó el fervor que demostró siempre por Don Pedro.
      Con tenacidad inquebrantable y con  irreprochable  severidad intelectual, el doctor Tena Reyes trabajó en silencio durante más de tres décadas hasta plasmar sus investigaciones en los dieciséis extensos  capítulos del volumen. A ellos hay que sumar las más de sesenta páginas finales con eruditas referencias bibliográficas activas (de la autoría de PHU) y pasivas (sobre él), constitutivas de una  imprescindible  guía para investigadores en la materia.
                                                  

INVESTIGACIONES Y HERMENÉUTICA

      De la República Dominicana cabe puntualizar una circunstancia distintiva: el Padre de la Patria: Juan  Pablo Duarte, es un prócer civil en mucho digno de parangonarse con José Martí; y como otro prócer civil, así reconocido en la Tierra Primada de América es Don Pedro,  a punto tal que sus restos mortales descansan desde 1981 en el Panteón de la Patria en Santo Domingo. A esos nombres podría sumarse el del pedagogo puertorriqueño Eugenio María de Hostos, suerte de Sarmiento de aquellas latitudes, impulsor de la instrucción pública dominicana y pensador de  ideario positivista e ímpetu  modernizador.
      En el comienzo del libro hay una pregunta sobre las causas del anómalo devenir histórico dominicano, donde el biografiado y otros creadores que lo antecedieron generacionalmente -los poetas Emilio Prud´Homme (autor de la letra del Himno Nacional), José Joaquín Pérez o Gastón Fernando Deligne- parecen ser algo así como las flores de un páramo arrasado desde tiempos inmemoriales por piratas británicos, la ocupación haitiana, la pobreza estructural, los vestigios del postesclavismo y las dictaduras sangrientas sucedáneas a su constitución como nación. Sin olvidarnos de las invasiones norteamericanas de 1916 a 1924 y la más reciente de 1965 a 1966, cuando tuvo lugar la gesta liderada por el coronel Francisco Caamaño y otros héroes antiimperialistas como el coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez muerto en una emboscada de los marines. El doctor Tena Reyes intenta dar respuesta apelando a sus propias meditaciones históricas y sociológicas, a la vez que echando mano de las  hermenéuticas  de compatriotas de valía, como Juan Isidro Jiménes Grullón o Emilio Rodríguez Demorizi. Muestra entonces varios de los  momentos significativos,  definitorios y que configuraron la sociedad dominicana en una crónica introductoria  que va desde el Descubrimiento por Cristóbal Colón, pasando por el paulatino desinterés que demostró  España por la isla La Española, por el monopolio en materia comercial que signó el vínculo de la metrópoli con su colonia -y con sus demás colonias en América-, hasta llegar a las postrimerías del siglo XIX y su ambiente precapitalista y atrasado: “Digo siempre a mis amigos que nací en el siglo XVII. En efecto, la ciudad antillana en que nací (Santo Domingo),  a finales del siglo XIX era una ciudad  de tipo colonial, los únicos progresos modernos  que conocía eran, en su mayor parte,  aquellos que ya habían nacido y se habían incubado en el siglo XVIII”, escribió Henríquez Ureña refiriéndose a los tiempos de su llegada al mundo en una casa capitaleña situada en la calle Luperón esquina Duarte.     
    A continuación Tena Reyes describe o mejor aún pinta con trazos finos,  los primeros  años  de vida de su biografiado, el superior linaje intelectual del que provenía en el hogar conformado por el  médico, abogado y escritor Francisco Hernández Carvajal, presidente de la República en 1916 -cuando la primera invasión norteamericana- y Salomé Ureña, poeta lírica a la que Menéndez Pelayo incluyó en 1893 en el segundo tomo de la “Antología de Poetas Hispanoamericanos”. Salomé Ureña fue educadora discípula  de Hostos y fundadora en 1881 del Instituto de Señoritas, primer centro femenino de enseñanza secundaria del país donde se formaron las iniciales promociones de maestras normales.
    Tampoco ha dejado de insistir en la influencia que ejerció sobre el desarrollo cultural del joven Pedro, su tío el escritor y pedagogo Federico Hernández y Carvajal, al que –anotemos- Martí dirigió el 25 de marzo de 1895, fecha coincidente con el Manifiesto de Montecristi, una carta  de despedida juzgada  como su testamento antillanista, comunicación epistolar recogida  en las Obras Completas del cubano.
                                                       
    Después desfilan por la obra, contextualizados, los momentos felices y los difíciles que constituyeron hitos de la biografía del develador de “La Utopía de América”; arrancando con los datos genealógicos que dan cuenta de los antepasados españoles, sefardíes y aborígenes que bullían en su sangre. Repasa la infancia junto a sus hermanos Francisco Noel: “Fran”, Maximiliano  y Camila. Cartografía los traslados familiares a Cabo Haitiano, Puerto Plata y más tarde  a Cuba. Enfoca y acerca la adolescencia, los estudios,  las iniciales  aproximaciones a las letras y los viajes y residencias en los Estados Unidos, España –Ramón Menédez Pidal prologó su ensayo: “La versificación irregular en la poesía castellana” en 1920- y sobre todo en el México posrevolucionario donde nació la amistad con Alfonso Reyes. También con Vicente Lombardo Toledano, político marxista, sindicalista y publicista que después fue su cuñado al contraer nupcias el dominicano con Isabel Lombardo Toledano; y con José Vasconcelos, el autor de “La raza cósmica”, Secretario de Instrucción Pública  del país azteca en cuya gestión tanto colaboró Henríquez Ureña.
      Alusión especial merecen las páginas destinadas a analizar y resaltar el vínculo del maestro con la República Argentina a la que  llegó por primera vez en 1922, acompañando una delegación mexicana presidida por Vasconcelos.  Regresó en 1924 para afincarse  al principio en La Plata y luego en la ciudad de Buenos Aires. Se hacen inevitables en esta parte del libro las menciones de  colegas y discípulos, así de Alejandro Korn, Francisco y José Luis Romero, Eugenio Pucciarelli,  Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Victoria Ocampo Rafael Alberto Arrieta, Carlos Sánchez Viamonte, Alfredo Palacios, Francisco Márquez Miranda, Ezequiel Martínez Estrada, Héctor Ripa Alberdi,  María Rosa y Raimundo Lida, Enrique Anderson Imbert, Arnaldo Orfila Reynal o de René Favaloro. Este último fue su alumno en el Colegio Nacional de La Plata  y en su madurez, entre cirugía y cirugía cardiovascular, se dio tiempo para escribir y publicar en su homenaje, en 1994, el libro “Don Pedro y la Educación”. (Debo agregar por mi parte que otro de sus orgullosos discípulos argentinos fue el historiador y escritor salteño Carlos Gregorio Romero Sosa, que registró en un poema juvenil cierto encuentro casual con el dominicano acontecido en el Parque Lezama en una tarde primaveral de 1940).
                                      


      Al llegar al párrafo final de “Pedro Henríquez Ureña. Esbozo de su vida y de su obra”, la comprobación de la búsqueda ex profeso del segundo plano y hasta del anonimato por parte de su autor se hace innegable. Casi no hay noticias suyas en las solapas y el propio término “Esbozo” del título habla de un recato poco común  en los ambientes académicos. “Si escribo yo su historia, descenderán de mí”, vaticinó en el poema “El espíritu puro”, uno de los más famosos de la lengua francesa,  el conde Alfredo de Vigny  cuando rastreaba las gestas de los antepasados. “Mutatis mutandis” sin duda a partir de este libro, el nombre de Jorge Tena Reyes  ha de ser inseparable ya para los estudiosos del de Pedro Henríquez Ureña. Y ello debido a la  fervorosa empatía demostrada con el maestro y traducida en un “boswelliano” seguimiento de sus días terrestres, así como al celo en la búsqueda y en la afanosa comprobación de cada dato presente en las páginas.

(CARLOS MARÍA ROMERO SOSA, se publicó en La Prensa, el 29 de abril de 2018)                                                            

domingo, 29 de abril de 2018

CARLOS MARX CONTRA "EL CÁLCULO EGOISTA"

                                                             
El 5 de mayo se cumple el bicentenario del nacimiento en  Tréveris -en el antiguo reino de Prusia- de Carlos Marx, un ineludible nombre entre los actores de  la era contemporánea. Devociones o rechazos aparte, en estos tiempos de deshumanizada especialización técnica y en el plano ético de compromisos líquidos con los principios y valores declamados por parte de la mayoría de la dirigencia a nivel planetario, asombra la fuerza  del pensador capaz de imaginar  un mundo distinto y mejor al que le tocó en suerte vivir, a tono con su espíritu dado a la febril actividad conspirativa desplegada para hacer posible su advenimiento.
                                                             Claro que en ese  Marx versátil, inquieto, múltiple en sus facetas de filósofo, sociólogo, economista, periodista, militante revolucionario, autor de poemas y hasta de una inconclusa novela en su juventud, cómo no encontrar contradicciones tanto en su vasta actividad de polígrafo cuanto también en ciertos rasgos de su personalidad traducidos en actitudes. Y advertir así que el severo filósofo de la economía política y revelador de las superestructuras culturales, jurídicas, religiosas e ideológicas sobrevivientes a las relaciones de producción,  llegó a definir su propia obra, en una carta dirigida a Engels, como una “totalidad estética”. También han contado  algunos de  sus biógrafos que al gran insurrecto social no le disgustaba y por el contrario le agradaba que su esposa, Jenny Berta Julie von Vestphalen con la que se casó en 1843, usara el título nobiliario de baronesa que le correspondía. Sin embargo, es difícil hablar con propiedad de contradicciones si a quien se las imputa había escrito en “La ideología alemana” –libro firmado junto con Engels- aquello de que “no es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia”; siendo que  particularmente la existencia suya no fue fácil –murió en 1883 a poco de enviudar- y debió afrontar  la pobreza, los numerosos exilios  y las persecuciones políticas y policiales.
                                                                 Hombre de síntesis integró los momentos de un racionalismo dieciochesco en retirada y del positivismo en parte optimista y en parte escéptico y lleno de hastío, a influjo de la mentalidad de su centuria implícita en el movimiento romántico y epidémica del “Mal du siècle” que describió  Chateaubriand.  Como genio que era, muchas veces apeló para fundamentar sus tesis a construcciones intelectuales ajenas haciéndolas ingresar en su propio sistema, a veces algo forzadamente y otras repensadas y expuestas a la medida de la homogeneidad -o no tanto para Althuser- de su propia construcción teórica con la mira puesta en la praxis, idea ésta en la que Giovanni Gentile –de tanta influencia en Gramsci- vio “la llave maestra” de su filosofía.  Y así supo integrar a su esquema  la dialéctica de Hegel, de la que sacó el mejor partido en su derivación materialista. Pero también el joven Marx de la caracterización de Althuser, había incorporado la crítica a la religión del hegeliano de izquierda Ludwig Feuerbach,  contra el que  publicó más tarde -en 1845- las “Tesis sobre Feuerbach”, obra donde en la tesis 11 figura la  famosa reconvención a los filósofos que “no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”.  Y podría seguirse con su aplicado estudio del economista clásico inglés  David Ricardo, que  intentó por primera vez vincular los conceptos de valor y de trabajo, relación de la que se infiere la plusvalía. Y asimismo cabe mencionar su interés por Darwin y su teoría de la selección natural que Marx buscó adaptar al plano social,  suerte de darwinismo social en una vuelta de tuerca quizá nunca imaginada  por el naturalista inglés.
                                                          
                                                             Se ha pretendido instalar a Marx en un europeísmo sin grieta. Al respecto constituye una lectura de especial utilidad por los datos que aporta  y lo aclaratorio de las conclusiones, el libro de José Aricó, uno de los introductores con Héctor P. Agosti del pensamiento de  Gramsci en la Argentina: “Marx y América Latina” (Segunda edición, 1982). En cuanto a algún posible apresuramiento del autor de “El Capital”, por ejemplo en su defensa de la anexión de California a los Estados Unidos, podría entenderse en una inconsciente o no tanto visión común con su tan objetado Hegel que consideraba fuera de la historia al Continente Americano, donde como lo afirma en sus “Lecciones sobre la historia universal” con un determinismo geográfico que luego fue punto central en las exámenes  históricos y de la Historia del Arte del teórico del naturalismo Hipólito Taine: “La violencia de los elementos es demasiado grande para que el hombre pueda vencerlos en la lucha y adquirir poderío para afirmar su libertad espiritual frente al poder de la naturaleza”.
                                                    Por cierto la perspectiva debe orientar todo análisis retrospectivo y recién en el siglo XX, Antonio Gramsci instaló su reflexión –comenta Aricó- en una realidad que el autor italiano caracterizó como nacional y popular. No obstante será en verdad de lamentar que Marx, escribiendo a vuelapluma contra Simón Bolívar por ejemplo,  no haya enfocado su genio sobre América Latina  como sí lo hizo en 1881 con la situación de la Rusia zarista, en su famosa carta a la revolucionaria de Smolensk, fundadora del Grupo para la Emancipación del Trabajo,  Vera Zasulich.
                                                          Justamente por lo dicho merece reconocimiento la labor llevada a cabo para incorporar la realidad de  América  a su pensamiento, es decir reinterpretarlo a la luz de la historia de nuestro subdesarrollo estructural. Una tarea de la que Jorge Abelardo Ramos mucho antes de sus defecciones militaristas y menemistas, fue precursor con su obra “Marxismo para latinoamericanos” (1972). Allí trató de emancipar del mandarinato eurocéntrico, nuestras particularidades y expectativas de cambio:  “La grande Europa nos envió entre los variados productos de su ingenio, su mayor proeza intelectual: nos envió el pensamiento marxista. Pero lo recibimos como un producto terminado y así lo adoptamos, sin adaptarlo a nuestras particulares condiciones históricas y sociales. De ahí que sea necesario, en consecuencia, reconquistar el marxismo para los latinoamericanos.”

                                         Mientras tanto y a fuerza de fragmentar y desprestigiar al padre del socialismo científico, podrán  regodearse sus adversarios ante frases como las siguientes, ciertamente desafortunadas: “En América hemos presenciado la conquista de México, y nos hemos regocijado con ella. Se trata de un progreso el que un país que hasta ahora se ha visto envuelto exclusivamente en sus propios asuntos, perpetuamente escindido con guerras civiles y completamente entorpecido en su desarrollo, un país cuyo mejor prospecto había sido llegar a estar sujeto industrialmente a Gran Bretaña, sea puesto por la fuerza en el proceso histórico”.  
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                                                    Sólo que,  vigente más allá de sus errores, tan machacados por los ideólogos reaccionarios, y de la caída de los mitos  erigidos en su nombre, hay otro Marx: el de la Utopía y su insignia arriada hoy por el consumismo, la banalidad en materia cultural, la prensa canalla  y el neoliberalismo  alienante. Sobre todo cabe invocarlo así a los que vivimos los setenta y fuimos, desde la confesionalidad católica y la óptica de la Teología de la Liberación, acercándonos desde la fe en Cristo -en la que muchos perseveramos- a su pensamiento. Lo sazonamos con el indigenismo de Mariátegui, los escritos de Rosa Luxemburgo, la mística del sacerdote colombiano Camilo Torres Restrepo y el Che Guevara, las reinterpretaciones de la Escuela de Frankfurt, el maoísmo agrarista y un indefinido socialismo nacional que promovía Perón desde Madrid endulzando los oídos de la “juventud maravillosa”, antes que la triple A iniciara su exterminio que profundizó y culminó en el Proceso. Varios éramos los que entendíamos entonces, no sin alguna  ingenua tentación epistemológica, el marxismo como ciencia social. Algunos recordábamos que ya uno de sus  más severos críticos, el filósofo idealista y más tarde ministro del fascismo Gentile, había reconocido en 1899 en el autor de “El Capital” “el mejor Hegel” y descubierto al creador “de un materialismo que por ser histórico ya no es materialismo”, lo cual  tranquilizaba las conciencias espiritualistas forjadas en el dualismo cristiano.
                                                  A ese otro Marx, filósofo “de finura especulativa” para el mismo Gentile e inocente de los totalitarismos con los Gulag incluidos, la brutal censura estalinista, la burocracia del social imperialismo soviético, la torpe estética del realismo socialista, el dogmatismo y en la Argentina, la alianza de la dirigencia del Partido Comunista con los sectores conservadores contra el peronismo primero y después la ambigüedad del PCA frente al genocida Jorge Rafael Videla, llegué yo a través de la lectura de Rodolfo Mondolfo, insigne maestro que desparramó a manos llenas su sabiduría en el país al que vino escapando de las leyes raciales de Mussolini y era discípulo de Antonio Labriola quien lo fuera de Engels. Y a ese inconformista de espesa barba según la iconografía corriente, endiosado y maldecido durante tantas generaciones,  dediqué el siguiente -y reciente- soneto titulado “Carlos Marx”  que lleva como epígrafe aquella frase  del Manifiesto Comunista arrojada contra  “Las aguas heladas del cálculo egoísta”, expresión a un tiempo decisiva y poética.
                                                     Su texto es el siguiente: “La justicia era un árbol inclinado/ hacia un acuoso norte  decidido/ con indicante brújula en pecado/ y el cálculo egoísta en estampido./  Era árbol sin tutor, mal desplegado/ su ramaje estrujando cada nido;/ y sólo Aquel, tachado de bandido,/ lo intentó enderezar crucificado./ Hasta mediar el siglo diecinueve,/ cuando la realidad dictó otra lista/ de implacables tensiones y ardió en leña/ su tronco de atropellos en relieve,/ hachado con el filo en que se empeña,/ altivo el  Manifiesto Comunista.”

(CARLOS MARÍA ROMERO SOSA, se publicó en la revista Con Nuestra América
de San José de Costa Rica, el 28 de abril de 2018)   


   






domingo, 25 de marzo de 2018

¿JUEGO LIMPIO?




¿JUEGO LIMPIO?

Exige alto rendimiento,
la vida, un plano inclinado, 
para este deporte extraño
de ganar años… perdiendo.

CARLOS MARÍA ROMERO SOSA
 

sábado, 10 de marzo de 2018

EL ABORTO: DISCUSIÓN DEMOCRÁTICA O DESERCIÓN DE PRINIPIOS

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                                                              Como católico practicante, naturalmente  rechazo el aborto. Dicho esto, debo expresar mi comprensión –que no significa aplaudir- para ciertos casos extremos ya desincriminados en nuestra legislación penal, como el que se realiza sobre un embrión o feto  producto de una violación. O el llamado aborto terapéutico,  una situación  a la que de algún modo trata de  responder  desde el plano moral la llamada Ley del Doble Efecto. ¿Cuáles son sus requisitos?: Que la perturbación en la salud  de una mujer embarazada no halle otro modo de resolverse, sino mediante determinada operación quirúrgica y sobre todo que el profesional a realizarla  no tenga como finalidad el aborto aunque éste pueda ser un resultado no buscado y hasta tratado de evitar. El fundamento de esta ley es que no vale para lograr un fin bueno –salvar la vida con mayores posibilidades de seguir adelante-, apelar a  un medio negativo cual es destruir otra vida en gestación; porque ambas son fines en sí mismas. Sin embargo, constituye  un dato de la realidad  que de un único acto pueden desprenderse  dos resultados, uno positivo y otro negativo aunque no sea deseado. Vengo enseñando esto y tratando de insuflar  respeto por la vida en gestación desde hace  casi cuatro décadas a sucesivas promociones de alumnos de la materia Etica y Deontología Profesional, incluida en el diseño curricular  de la carrera de Higiene y Seguridad de la Industria que se cursa en un instituto terciario de la ciudad de Buenos Aires.
                                                             Sin embargo, seré franco, no me resulta grato estar acompañado por determinados sectores y personajes “antiabortistas”,  contradictorios, llenos de soberbia  en su dogmatismo y sin un mínimo de sentido de misericordia hacia la mujer que aborta, a quien  con suficiencia farisaica juzgan pecadora pública, cuando es víctima  también de un infame negocio clandestino.
                                                           Se trata de gente que en general y con todo derecho  a estarlo se encuentra situada a la derecha y más aún a la extrema derecha.  Que se opone a la educación sexual en las escuelas, una asignatura  que puede prevenir tantos embarazos no deseados,  y objeta el uso del preservativo y los anticonceptivos. Gente que en su momento repudió  el matrimonio igualitario y antes el divorcio, demostrando una preocupación por la vida sexual ajena que linda con el voyerismo.  En su selectivo escándalo  por la pérdida de vidas humanas, defiende a los militares genocidas, torturadores de embarazadas y ladrones de bebés y en el plano de la seguridad postula la pena de muerte. Por lo demás, en su tradicionalismo hispanista almibarado con la leyenda rosa, denigra a quienes  rechazamos el exterminio de los naturales de América y más cerca, con hábil disimulo del liberalismo y anticlericalismo del general Roca y  el consiguiente desprecio de raza y de clase a los mapuches sobrevivientes, celebra la Campaña del Desierto cuyas crueldades puso de manifiesto en su hora el mismísimo Arzobispo de Buenos Aires, Monseñor León Federico Aneiros.  Otro punto  increíble es que  suele ensalzar  “in totum”  a Juan Manuel de Rosas, el más portuario de los caudillos, olvidando el crimen de Camila O Gorman embarazada de su amante el sacerdote Ladislao Gutiérrez.
                                                             Por cierto que  para los abortistas caben también reparos a su fundamentalismo, para el caso no religioso sino religiosamente laicista. Uno de los principales argumentos que esgrimen es que ninguna prohibición impide que se realicen a diario. En términos hegelianos  lo real puede ser racional, la discusión es si es o no justo, porque de la vigencia de un hecho o de una norma no se desprende su validez.  Aparte, ¿por qué  es progresista eliminar el embrión, fruto de una violación, y es reaccionario pedir la pena de muerte para el autor de ese delito aberrante? ¿Será qué están tan seguros algunos de que no hay persona, al menos hasta las doce o catorce semanas del embarazo? De pensar así: ¿por qué según lo he escuchado en  debates, hablan precisamente de que “nadie” lo es hasta ese tiempo en vez de emplear el  “nada” a lo Fernando Pessoa en su poema “Tabaquería: “Yo soy nada/ Nunca seré nada”,  como sería más lógico para reflejar con propiedad  lingüística, su teoría que se presume científica? Y si la respuesta la da la ciencia y no la religión o la moral ¿es que volvemos peligrosamente a la superstición positivista decimonónica olvidando la provisionalidad de los postulados de toda ciencia que enseña Karl Popper al hablar de conjeturas y refutaciones?  Extraña que cuando con equidad se ha  reconocido el derecho a la vida y más que eso de los animales, cosa que habla del avance de la civilización,  se los rechace con énfasis para los no nacidos de humanos, cuando menos proyectos de personas humanas. 
                                                            Otro argumento esgrimido a favor del aborto es que de realizarse en hospitales públicos, se evitarían las muertes de mujeres que suelen ocurrir en las clínicas clandestinas, cuando no en manos de practicones inhábiles carentes de asepsia. Claro que no se cuenta con la mala praxis y con las infecciones intrahospitalarias  de las que ningún centro médico está exento como lo escuché decir al doctor René Favoloro. Sumado al hecho de que la  práctica abortiva en sí misma implica el riesgo de complicaciones, en concepto del profesor Juan Carlos Fustinoni,  destacado médico y humanista.   
                                                            Por si faltara algo sobre el dramático tema que  nos ocupa, la discusión legislativa habilitada ahora por el Poder Ejecutivo con bombos y platillos y no para ejecutar la Marcha Fúnebre de Chopin, suena a estrategia de su gurú  Durán Barba para tapar los graves problemas que el gobierno de Cambiemos está lejos de solucionar, como la inflación y el descontento popular creciente. Incluso resulta algo  absurdo y descomedido que se habilite desde el P.E. ese debate y que las máximas autoridades nacionales que se declaran en lo personal contrarias a la legalización, siendo que  legalizarlo no es obligarlo ni proponerlo,  se autoproclamen “defensoras de la vida”, lo cual  es ofensivo para los que dentro del espacio oficialista sostienen  otra posición y ni qué hablar para los miembros de la oposición que asimismo la convalidan. Valga  además advertir a los neoliberales de uno y otro bando que la vida se defiende proporcionando condiciones dignas para su desarrollo.

                                                         Cabe lamentar que la política pocas cosas  solucionó en nuestro país, por de pronto en las últimas décadas e incluyo por supuesto a la política destructora de vidas y soberanía que llevó a cabo  la última dictadura. La política que se inmiscuye en todo acaba en totalitarismo, pero en otro nivel no menos peligroso se encuentra  la politiquería o sea politización barata de todo, algo que desgasta el juego democrático con estrategias oportunistas y banales, pertrechadas con frases hechas y meros recursos dialécticos.  En ese aquelarre de provisionales intereses tironeados, se pierden de vista los valores y se diluyen los principios. Signos de la posverdad tan de moda.         

(Carlos María Romero Sosa, se publicó en Salta Libre, el 9 de marzo de 2018)

miércoles, 7 de marzo de 2018

NICANOR PARRA, POESÍA CON OVEROL


Si en las clases de lengua y literatura  de los primeros años del bachillerato,  me hubieran enseñado que las matemáticas  y las letras no son antagónicas; y hasta mencionado ejemplos  al respecto, como  el del colombiano Jorge Isaacs, que era ingeniero; el de nuestro Ernesto Sábato, doctor en física; o el del  chileno  Nicanor Parra, que se dedicó con paralelo  ahínco tanto a la docencia e investigación de las  ciencias exactas, como a la poesía y a las traducciones de Shakespeare y otros genios del idioma inglés, sin duda hubiera mirado yo con simpatía la aritmética y la geometría, tan mal enfocadas desde el punto de vista pedagógico en mis lejanos tiempos de estudiante secundario. Traigo esto a cuento, porque fue uno de los primeros sentimientos que me asaltó al enterarme de la muerte del inventor de la “antipoesía” y recordar  que el “futuro poeta de Chile”, según el  augurio de  Gabriela Mistral en 1938, luego de la publicación del  primer libro de Nicanor: “Cancionero sin nombre”, estudió  hasta graduarse matemáticas,  física y  mecánica y enseñó esas disciplinas durante décadas: “Soy profesor de un liceo obscuro,/ He perdido la voz haciendo clases, (Después de todo o nada/ Hago cuarenta horas semanales”)
                                                           Quizá uno de los argentinos que más lo frecuentó  fue el escritor Roberto Alifano,  tan vinculado a Borges. Asiduo visitante  a la casa de Las Cruces, frente al Pacífico, a su generosa intermediación debo  un dibujo que el sin par creador oriundo de la región del Bío Bío me dedicó, hace casi  dos décadas y el que conservo enmarcado. Ese boceto con el que ilustré la tapa de  mi poemario “Otrosi Digo” en 2008,  luce en la característica caligrafía de Parra  la leyenda final: “El Siglo XX y yo nos estamos muriendo”. Por fortuna para él y para el Arte y la Cultura en general, erró en el vaticinio ya que traspasó con holgura el siglo XXI. 
                                                        Como prestigio y popularidad no son sinónimos, gozó siempre por sobre todo de lo primero. En lo segundo le ganaba su hermana Violeta: “Y, para colmo, hermano de Violeta”, repite el leitmotiv de las estrofas  en metro endecasílabo dedicadas por  Joaquín Sabina al ganador en  2011  del Premio Cervantes.  Fue así hasta que, precisamente su longevidad, resultó dar más motivo a los comentarios periodísticos  que su literatura. (Otro tanto ocurrió aquí con el cordobés universal Juan Filloy, que tan antiacadémico como él, llegó a las puertas de los 106 años).  
                                                   Tal vez afloraron a su alrededor resquemores y sectarismos políticos,  ya que su biografía muestra que el compromiso ideológico no fue lo más gravitante en su existencia: “Políticamente, éramos, en general, apolíticos; más exactamente izquierdistas no militantes (…) Yo me inclinaba por la filosofía oriental”, memoró sobre la Generación del 38 a la que pertenecía. Por de pronto el compromiso era  menor que el de  Violeta, próxima al Partido Comunista; y por cierto que el de sus contemporáneos  Pablo Neruda y Gonzalo Rojas. O del bastante mayor en edad Pablo de Rokha que publicó en 1950 “Funeral por los héroes y mártires de Corea”,   un año antes de aparecer los “antipoemas” en los Anales de la Universidad de Chile con un estudio preliminar de Enrique Lihn; anticipo del libro “Poemas y antipoemas” de 1954. Sin embargo, el después crítico del pinochetismo por el atajo de las humoradas en  “Chistes para desorientar a la policía/poesía”,  en septiembre de 2010 con  noventa y seis años, se sumó a  una huelga de hambre en respaldo a los presos políticos mapuches. Y bien se enmarca esa actitud del humanista lector de la Biblia y atento también a la ecología, con su historial solidario. Ya en la muy anterior composición “Los vicios del mundo moderno”, escribió contra: “Las discriminaciones raciales,/ El exterminio de los pieles rojas,/  Los trucos de la alta banca,/ La catástrofe de los ancianos,/ El comercio clandestino de blancas realizado por sodomitas internacionales.”
                                              ¿Por qué lo de “antipoemas”? Se ha teorizado que han de serlo menos por sentido de oposición al arte de Erato, que por significar una anticipación, un ir delante de la Poesía como el antifaz que se antepone al rostro.   En suma, de adelantarle a ella nuevas  posibilidades expresivas, lo hizo con versos nada abstractos sin hiperrealismo, vitales lejos del agobio existencial, escandidos extremando el registro estético sin caer en el mal gusto, de rotundidad aforística o incluso de greguería ramoniana por la metáfora más el humor que los caracterizan. Versos  desprejuiciados, irónicos y, al subrayar de Harold Bloom,  redactor del prefacio de sus Obras Completas editadas por Galaxia Gutemberg: concebidos en los límites de la ironía. Versos  referenciados a lo cotidiano equilibradamente despejados de prosaísmo por chispazos líricos sin desbordes románticos ni adjetivos que “si no dan vida, matan”, como enseñó su compatriota Vicente Huidobro. Por cierto que los animan  el imperativo adánico de renombrar lo existente, sin juegos lingüísticos: “El poeta no cumple su palabra/ Si no cambia el nombre de las cosas.” A veces  el autor se sintió arrastrado en la confusión babélica: ¿Quién hizo esta mezcolanza?;  y –el que advierte no traiciona- se  proclamó mendaz: “Yo digo una cosa por otra.”    
                                            Cronometró del poema el tiempo correspondiente al  encuentro de la conciencia y el  inconsciente, del intelecto y el sentimiento, del recuerdo y la desmemoria. Así, aferrado  para evitar el vértigo del abismo a los objetos y los hechos que lo circundaban, confesó: “Me dediqué a dormir;/ Pero las escenas vividas en épocas anteriores se hacían presentes en mi memoria”.  ¿Habrá de ser  que sus versos tan  ajenos a la solemnidad, suelen iniciarse con letra mayúscula  para significar que cada uno de ellos oficia como una proposición autónoma y articulada con el contexto  de la estrofa y el mundo?  Eso sí: suelen ser versos de overol con manchas de trabajo y  “acción a distancia”, a los que rehusó vestir con lujo esteticista ni evasivo ensueño. Y ello sin haber descuidado en la juventud los latidos del corazón enamorado y pruebas al canto el antológico “Es olvido”, con ecos modernistas y resuelto con el impactante -y oportuno- recurso del hipérbaton: “Juro que no recuerdo ni su nombre,/ más moriré llamándola María,/ No por simple capricho de poeta:/ Por su aspecto de plaza de provincia./ ¡Tiempos aquellos!, yo un espantapájaros,/ Ella una joven pálida y sombría/ Al volver una tarde del Liceo,/ supe de la su muerte inmerecida,/ Nueva que me causó tal desengaño/ que derramé una lágrima al oírla.”
                                                       Sin embargo y más allá de que se mantuvo ajeno a un idealismo filosófico a lo Borges, al surrealismo y al onerismo,  al leer su producción, bien puede imaginarse a Nicanor Parra  coincidiendo con  Macedonio Fernández –una de sus admiraciones de este lado de la Cordillera, otra era José Hernández- en la experiencia que no todo es vigilia la de los ojos abiertos.                   
                                                               


(Carlos María Romero Sosa, se publicó en la Revista Con Nuestra América, el 17 de febrero de 2018)